El ángel que nos mira

Thomas Wolfe
Thomas Wolfe

Fragmento

Al lector

Al lector

Este es un primer libro, y en él ha escrito el autor sobre experiencias ahora lejanas y perdidas, pero que antaño fueron parte del tejido de su vida. Por consiguiente, si algún lector dijere que el libro es «autobiográfico», el autor no podría contestarle; a su entender, toda obra seria de ficción es autobiográfica, y así, por ejemplo, no es fácil imaginar una obra más autobiográfica que Los viajes de Gulliver.

Sin embargo, esta nota va principalmente dirigida a las personas a quienes pudo conocer el autor en el periodo abarcado por estas páginas. A estas personas les diría algo que cree que comprenden ya: que este libro fue escrito con espíritu cándido y desnudo, y que el principal empeño del autor fue dar plenitud, vida e intensidad a las acciones y a los personajes del libro que creaba. Ahora que este va a publicarse, quisiera insistir en que es un libro de ficción, en el que no pretendió retratar a nadie.

Pero nosotros somos la suma de todos los momentos de nuestras vidas; todo lo nuestro está en ellos: no podemos eludirlo ni ocultarlo. Si el escritor ha empleado la arcilla de la vida para crear su libro, no ha hecho más que emplear lo que todos los hombres deben usar, lo que nadie puede dejar de usar. Ficción no es realidad, pero la ficción es una realidad seleccionada y asimilada, la ficción es una realidad ordenada y provista de un designio. El doctor Johnson observó que un hombre debería revolver media biblioteca para escribir un solo libro; de la misma manera, el novelista puede tener que estudiar a la mitad de la gente de una ciudad para crear un solo personaje de su novela. Esto no es todo el método, pero cree el autor que ilustra todo el método en un libro escrito desde media distancia y sin rencor ni mala intención.

Primera parte

Primera parte

... una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas.

Desnudos y solos llegamos al desierto. En su oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre; desde la prisión de su carne, vinimos a la prisión indecible e inexplicable de este mundo.

¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario?

Erial de perplejidad, en los ardientes laberintos; perdidos, entre brillantes estrellas, en esta tediosísima ceniza, ¡perdidos! Recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo?

¡Oh fantasma perdido, batido por el viento, vuelve a nosotros!

Capítulo 1

1

Un destino que conduce a un inglés hacia los holandeses es bastante extraño; pero el que lleva de Epsom a Pennsylvania, y de ahí a los montes que se cierran en Altamont sobre el soberbio grito de coral del gallo, y a la dulce sonrisa de piedra de un ángel, tiene algo de ese oscuro milagro del azar que constituye la nueva magia en un mundo polvoriento.

Cada uno de nosotros es el total de sumas que no ha contado: reducidnos de nuevo a la desnudez y a la noche, y veréis cómo empezó en Creta, hace cuatro mil años, el amor que ayer terminó en Texas.

La semilla de nuestra destrucción florece en el desierto, la flor que ha de curarnos crece junto a una roca, y una arpía de Georgia hostiga nuestras vidas, porque un ladrón de Londres se libró de la horca. Cada momento es fruto de cuarenta mil años. Los días se desgranan en minutos y zumban como moscas que vuelan de nuevo hacia la muerte; cada momento es una ventana sobre el tiempo.

He aquí un momento:

Un inglés llamado Gilbert Gaunt, apellido que más tarde cambió por Gant (probablemente como concesión a la fonética yanqui), y que había llegado a Baltimore desde Bristol en 1837, en un barco de vela, dejó que los beneficios de una taberna que había comprado fuesen muy pronto engullidos por su imprudente gaznate. Entonces se dirigió hacia el oeste, a Pennsylvania, ganándose peligrosamente la vida con gallos de pelea enfrentados a los campeones de los corrales rurales, y a menudo escapando después de pasar una noche en la cárcel del pueblo con su campeón muerto en el campo de batalla sin una moneda en el bolsillo y, a veces, con la huella de los gordos nudillos de un granjero en su cara desvergonzada. Pero siempre escapó y, cuando al fin llegó junto a los holandeses en tiempo de recolección de las cosechas, se sintió tan impresionado por la riqueza de sus tierras que echó ancla en el lugar. Al cabo de un año se casó con una enérgica y joven viuda que poseía una bonita hacienda y que, como las otras holandesas, se había sentido atraída por su aire de trotamundos y por su grandilocuente lenguaje, sobre todo cuando recitaba Hamlet al estilo del gran Edmund Kean. Todos decían que debería haber sido actor.

El inglés engendró hijos —una hembra y cuatro varones—, vivió tranquila y descuidadamente y llevó con paciencia el peso de la lengua dura pero honrada de su esposa. Pasaron años; los ojos brillantes y un poco asombrados se volvieron opacos y con bolsas, y el alto inglés empezó a arrastrar los pies como un gotoso; una mañana, cuando su mujer fue a despertarle, lo encontró muerto de un ataque de apoplejía. Dejó cinco hijos, una hipoteca y en sus extraños ojos oscuros, ahora de nuevo brillantes y abiertos, algo que no había muerto, una apasionada y oscura sed de viajar.

Así, con este legado, dejaremos a este inglés y nos preocuparemos en adelante del heredero a quien lo transmitió, su segundo hijo, un muchacho llamado Oliver. De cómo este muchacho se plantó en la carretera próxima a la finca de su madre y vio pasar a los Rebeldes cubiertos de polvo en dirección a Gettysburg; de cómo sus ojos fríos se oscurecieron al oír el glorioso nombre de Virginia y de cómo, al terminar la guerra, cuando tenía solo quince años, caminó por una calle de Baltimore y vio, en un pequeño taller, pulidas lápidas funerarias de granito, ovejas y querubines esculpidos, y un ángel erguido sobre unos pies fríos y héticos, y con una sonrisa de piedra, dulce y tonta..., lo cual es una historia más larga. Pero sé que sus ojos fríos y hundidos se anublaron con la sed oscura y apasionada que había vivido en los ojos del muerto y que le habían llevado desde Fenchurch Street hasta más allá de Filadelfia. Al observar el chico aquel enorme ángel con un lirio esculpido en la mano, se sintió presa de una excitación fría e indefinida. Cerró los largos dedos de sus grandes manos. Sintió que su mayor deseo era esculpir delicadamente con un cincel. Quería plasmar en fría piedra algo oscuro e inexpresable que llevaba dentro. Quería la cabeza de un ángel.

Oliver entró en el taller y pidió trabajo a un hombre alto y barbudo que manejaba un mazo de madera. Se convirtió en aprendiz del tallista de piedra. Trabajó cinco años en el polvoriento taller. Y llegó a ser tallista. Cuando terminó su aprendizaje, se había convertido en un hombre.

Pero no había encontrado lo que buscaba. No había aprendido a esculpir la cabeza de un ángel. Sí la paloma, el cordero, las lisas y cruzadas manos de mármol de la muerte, y letras finas y bellas..., pero no el ángel. Y todos los años desperdiciados y perdidos —los años turbulentos de Baltimore, de trabajo y de salvaje embriaguez, y el teatro de Booth y Salvini, que tuvo un efecto desastroso en el tallista, que se aprendía de memoria cada inflexión del retumbante y noble lenguaje y rondaba farfullando por las calles, con rápidos ademanes de sus enormes y expresivas manos— fueron como pasos a ciegas y tanteos en nuestro destierro, la imagen de nuestra hambre cuando, recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta. ¿Dónde? ¿Cuándo?

Nunca lo encontró, y bajó tambaleándose a través del continente hacia el Sur de la Reconstrucción, como un extraño y fiero personaje de un metro noventa de estatura, ojos fríos e inquietos, nariz grande y afilada, un caudal inagotable de retórica y una invectiva cómica y descabellada, formalizada como el epíteto clásico, que empleaba seriamente, pero con un débil rictus inquieto en las comisuras de los finos y gemebundos labios.

Montó un negocio en Sidney, pequeña capital de uno de los estados del mediano Sur, vivió sobria y laboriosamente bajo la mirada atenta de una gente todavía irritada por la derrota y la hostilidad, y, una vez consolidado su buen nombre y ganada su aceptación, se casó con una solterona flaca y tuberculosa, diez años mayor que él, pero con buenos ahorros y un deseo inquebrantable de casarse. A los dieciocho meses, volvía a ser un vocinglero maniático, había arruinado su negocio y seguía pasando la maroma, cuando Cynthia, su esposa —cuya vida, según los nativos, no ayudó él a prolongar— murió repentinamente una noche, después de una hemorragia.

De nuevo lo había perdido todo —a Cynthia, el negocio, la a duras penas ganada fama de templanza, la cabeza del ángel— y vagaba por las calles cuando era de noche, gritando maldiciones en pentámetros contra los hábitos de los rebeldes y su gran indolencia; pero, presa de miedo, de perplejidad y de remordimiento, descaecía bajo la mirada reprobadora de la ciudad y se iba convenciendo, mientras la carne menguaba en su escuálido armazón, de que el flagelo de Cynthia caía ahora sobre él como venganza.

Tenía poco más de treinta años, pero parecía mucho más viejo. Su rostro era amarillento y demacrado. Su nariz cérea y afilada parecía el pico de un ave. Tenía un largo bigote castaño, cuyas puntas pendían fúnebremente rectas.

Las tremendas libaciones habían arruinado su salud. Estaba flaco como un palo y tosía a menudo. Pensó en Cynthia, en la ciudad retraída y hostil, y tuvo miedo. Pensó que padecía tuberculosis y que iba a morir.

Y así, de nuevo solo y perdido, sin haber encontrado orden ni arraigo en el mundo, y sin tocar de pies en el suelo, Oliver reemprendió su viaje sin rumbo por el continente. Marchó hacia el oeste, en dirección a la gran fortaleza de los montes, sabiendo que su mala fama no los habría cruzado y esperando poder encontrar en ellos aislamiento, una nueva vida y una salud recobrada.

Los ojos del macilento espectro se oscurecieron de nuevo, como habían hecho en su juventud.

Durante todo el día, bajo el cielo gris y húmedo de octubre, Oliver viajó hacia el oeste, cruzando el poderoso estado. Al mirar tristemente por la ventanilla los grandes campos sin cultivar, salpicados de tarde en tarde por fútiles, ocasionales y pequeñas granjas, que parecían haber hecho solamente mínimas roturaciones en el erial, sentía que se le enfriaba y le pesaba el corazón. Pensaba en los grandes heniles de Pennsylvania, en las mieses maduras de granos dorados, en la abundancia, en el orden, en el limpio progreso de la gente. Y pensaba en que también él había querido imponerse un orden y ganarse una posición, y en la desenfrenada confusión de su vida, en las manchas y borrones de los años, y en el anárquico despilfarro de su juventud.

«¡Dios mío! —pensó—. ¡Me estoy haciendo viejo! ¿Por qué aquí?».

Los horribles años espectrales desfilaron en tropel por su cerebro. De pronto, vio que su vida había sido canalizada por una serie de accidentes: un rebelde loco cantando a Armagedón, el sonido de una cometa en la carretera, los mulos del ejército, la tonta cara blanca de un ángel en un taller polvoriento, la descarada oscilación de las nalgas de una ramera al pasar. Había trocado el calor y la abundancia por esta tierra yerma; al mirar fijamente por la ventanilla y ver el suelo pardo y baldío, la grande y áspera elevación del Piedmont, las fangosas carreteras de arcilla roja y los papanatas boquiabiertos en las estaciones —un granjero flaco oscilando sobre las riendas, un negro haraganeando, un patán desdentado, una mujer nervuda y pálida con un bebé mugriento—, la extrañeza del destino le produjo un miedo intenso. ¿Cómo pudo pasar de la limpia abundancia holandesa de su juventud a esta vasta tierra perdida de seres raquíticos?

El tren traqueteaba sobre la tierra vaporosa. La lluvia caía sin parar. Un ferroviario entró presurosamente en el sucio vagón de asientos tapizados y vació un cubo de carbón en la gran estufa del fondo. Una risa aguda y tonta sacudió a un grupo de patanes tumbados sobre dos asientos vueltos al revés. La campana tocó lúgubremente dominando los crujidos de las ruedas. Hubo una espera tediosa e interminable en una bifurcación próxima a los montes bajos. Después, el tren avanzó de nuevo sobre la tierra vasta y ondulada.

Llegó el crepúsculo. La enorme masa de los montes surgía entre brumas. Lucecitas humeantes brotaban de chozas en las laderas. El tren se arrastraba soñoliento entre altos bastidores que esparcían fantásticos chorritos de agua. Muy arriba, y muy abajo, cabañas de juguete, empenachadas de humo, se adherían a las riberas, a las quebradas y a las faldas de las montañas. El tren serpenteaba lentamente, cuesta arriba, por hendiduras en la roja tierra. Al hacerse de noche, Oliver se apeó en la pequeña población de Old Stockade, donde terminaba la vía del ferrocarril. La última gran muralla de los montes se erguía rígida ante él. Al abandonar la triste y pequeña estación y contemplar las luces grasientas de un almacén pueblerino, Oliver tuvo la impresión de que se arrastraba, como una bestia grande, hacia el círculo de aquellos enormes montes, para morir.

A la mañana siguiente continuó en diligencia su viaje. Su destino era la pequeña población de Altamont, a cuarenta kilómetros más allá de la gran barrera de montes exterior. Al subir fatigosa y lentamente los caballos por la carretera de montaña, Oliver se animó un poco. Era un día gris clorado de finales de octubre, brillante y ventoso. El aire montañés era luminoso y cortante. La cordillera se elevaba ante él, próxima, inmensa, limpia y desnuda. Los árboles crecían flacos y rígidos; casi no tenían hojas. El ciclo estaba poblado de jirones de nubes blancas arrastrados por el viento; una espesa capa de niebla envolvía la muralla de un monte.

Debajo de él, un torrente de montaña fluía espumoso sobre su lecho de rocas, y distinguió unas manchitas que eran hombres que tendían la vía férrea que llevaría a Altamont, serpenteando entre los montes. Entonces, el sudoroso atelaje llegó a lo alto del puerto y, entre altísimas y majestuosas cimas que se perdían en una niebla purpúrea, inició el lento descenso hacia la altiplanicie donde había sido construida la villa de Altamont.

En la obsesionante eternidad de estas montañas, inmersa en su enorme copa, encontró una población de cuatro mil almas, desperdigadas en cien montículos y depresiones.

Era una tierra nueva. Su corazón se animó.

Esta villa de Altamont había sido fundada poco después de la Guerra Revolucionaria. Había sido un lugar de parada conveniente para los ganaderos y los granjeros en su marcha hacia el este, desde Tennessee hasta Carolina del Sur. Y durante varias décadas, antes de la Guerra Civil, había disfrutado del patrocinio veraniego de personas distinguidas de Charleston y de las plantaciones del cálido Sur. Cuando Oliver llegó allí por primera vez, el lugar empezaba a tener cierta fama, no solo como población de veraneo, sino también como sanatorio para tuberculosos. Varios ricachones del Norte habían construido pabellones de caza en los montes, y uno de ellos había comprado extensos terrenos de montaña y, con un ejército de arquitectos, carpinteros y albañiles importados, estaba proyectando la mayor casa de campo de América: una construcción de piedra caliza, con pronunciados tejados de pizarra y ciento ochenta y tres habitaciones. Se había inspirado en el castillo de Blois. Había también un nuevo y gran hotel, suntuoso edificio de madera, cómodamente instalado en la cima de una colina elevada.

Pero la mayoría de la población seguía siendo indígena, reclutada en las montañas y entre los lugareños de los distritos circundantes. Eran montañeses de origen escocés o irlandés, toscos, provincianos, inteligentes y laboriosos.

Oliver poseía unos mil doscientos dólares, salvados del naufragio de la hacienda de Cynthia. Durante el invierno alquiló una pequeña barraca en uno de los bordes de la plaza pública de la villa, compró un poco de mármol y montó un taller. Pero al principio tuvo muy poco que hacer, salvo pensar en la perspectiva de su muerte. Durante el crudo y solitario invierno, mientras creía que se estaba muriendo, el macilento espantapájaros yanqui, que vagaba farfullando por las calles, se convirtió en objeto de los chismorreos de la gente del pueblo. Todos los que habitaban en su pensión sabían que, por la noche, andaba por su habitación a grandes pasos de animal enjaulado, y que un prolongado y grave gemido, que parecía arrancado de sus entrañas, temblaba incesantemente entre sus finos labios. Pero no hablaba a nadie de ello.

Y entonces llegó la maravillosa primavera de la montaña, verde y dorada, con breves soplos de viento, magia y fragancia de flores, y tibias ráfagas de bálsamo. La profunda herida de Oliver empezó a cicatrizar. Volvió a sonar su voz en el lugar, resurgieron purpúreos destellos de la vieja retórica y el fantasma de la antigua vehemencia.

Un día de abril, cuando estaba plantado delante de su taller observando el animado barullo de la plaza, como si tuviese agudizados sus sentidos, Oliver oyó la voz de un hombre que pasaba detrás de él. Y aquella voz, llana, pausada, complaciente, iluminó de súbito una imagen que había estado muerta en su interior durante veinte años.

—¡Se acerca el día! Según mis cálculos, será el 11 de junio de 1886.

Oliver se volvió y vio, alejándose, la nudosa y persuasiva figura del profeta que había visto por última vez perdiéndose en la polvorienta carretera que conducía a Gettysburg y Armagedón.

—¿Quién es? —preguntó a un hombre.

Este miró e hizo un guiño.

—Es Bacchus Pentland —dijo—. Todo un carácter. Tiene mucha familia por aquí.

Oliver se chupó un momento el grueso pulgar. Después, sonriendo débilmente, dijo:

—¿Ha llegado ya Armagedón?

—Lo espera de un momento a otro —dijo el hombre.

Entonces Oliver conoció a Eliza. Una tarde de primavera, estaba tumbado en el liso sofá de cuero de su pequeño despacho, escuchando los claros y vivos ruidos de la plaza. Una paz restauradora invadía su corpachón extendido. Pensaba en la gredosa tierra negra con su súbita iluminación de flores jóvenes, en el espumoso frescor de la cerveza y en los pétalos que se desprendían del ciruelo. Entonces oyó el vivo taconeo de una mujer que llegaba entre los mármoles y se puso rápidamente en pie. Cuando ella entró, se estaba poniendo la gruesa y acepillada chaqueta negra.

—Voy a decirle una cosa —dijo Eliza, frunciendo los labios con burlona expresión de reproche—. Quisiera ser hombre y no tener nada que hacer, salvo estar todo el día tumbada en un mullido sofá.

—Buenas tardes, señora —dijo Oliver, con una ceremoniosa reverencia—. Sí —añadió, mientras una débil y taimada sonrisa se dibujaba en las comisuras de sus finos labios—, confieso que me ha sorprendido usted cuando tomaba mi reconstituyente. En realidad, raras veces me tumbo a descansar durante el día, pero ando mal de salud desde hace un año y no puedo trabajar como solía. —Guardó silencio unos momentos; su cara adoptó una expresión lastimosa de perro apaleado—. ¡Ay, Dios mío! ¡No sé lo que será de mí!

—¡Bah! —dijo Eliza, viva y desdeñosamente—. En mi opinión, no tiene nada malo. Es usted un mocetón en la primavera de la vida. La mitad de estas cosas son fruto de la imaginación. La mayoría de las veces que creemos estar enfermos, solo lo estamos en nuestra mente. Hace tres años, cuando enseñaba en la escuela de Hominy Township, pillé una pulmonía. Nadie pensaba que saldría con vida de ella, pero, de alguna manera, superé la enfermedad. Recuerdo muy bien un día en que estaba descansando..., según suele decirse, aunque yo creo que estaba convaleciendo. Lo recuerdo porque el viejo doctor Fletcher acababa de visitarme y, al salir, vi que miraba a mi prima Sally y meneaba la cabeza. «¿Cómo es posible, Eliza? —dijo ella, cuando él se hubo marchado—. Me ha dicho que escupes sangre cada vez que toses; seguro que es tuberculosis». «¡Bah!», le dije, y recuerdo que reí a mandíbula batiente, resuelta a tomarlo todo a broma; diciéndome que no iba a darme por vencida y que los burlaría a todos. «No creo una palabra de esto», le dije —prosiguió, moviendo pícaramente la cabeza y frunciendo los labios—, «y además, Sally —le dije—, todos tenemos que irnos algún día, y es inútil preocuparse por lo que va a ocurrir. Puede ser mañana o puede ser más tarde, pero, en definitiva, nos tiene que ocurrir a todos».

—¡Ay, Señor! —dijo Oliver, meneando la cabeza con tristeza—. Esta vez ha dado usted en el clavo. Jamás se ha dicho una verdad más grande.

«¡Dios misericordioso! —pensó haciendo interiormente una mueca dolorosa—. ¿Cuánto tiempo va a durar esto? Aunque, es cierto, esa chica es un bombón». Miró con aprecio su esbelta y erguida figura, observando su piel blanca y lechosa, sus ojos de un castaño oscuro, de rara expresión infantil, y sus cabellos negros como el azabache y peinados lisos hacia atrás desde la alta y blanca frente. Tenía una curiosa manera de fruncir reflexivamente los labios antes de hablar. Le gustaba tomarse tiempo, y solo iba al grano después de interminables divagaciones por los vericuetos del recuerdo y de lo que este sugería, regocijándose con la ostentosa exhibición de todo lo que había dicho, hecho, sentido, visto o replicado, con egocéntrica delicia.

Entonces, mientras él la miraba, de pronto se interrumpió, se llevó la mano enguantada a la barbilla y lo observó con fijeza, frunciendo reflexivamente la boca.

—Bueno —dijo al cabo de un momento—, si está usted recobrando su salud y pasa tumbado buena parte de su tiempo, debería tener algo en que ocupar su mente. —Abrió una maletita de cuero que llevaba y sacó una tarjeta de visita y dos gruesos volúmenes—. Me llamo Eliza Pentland —dijo en tono pomposo, con lento énfasis— y represento a la Compañía Editorial Larkin.

Pronunció estas palabras con orgullo, con digna satisfacción.

«¡Dios mío! ¡Una vendedora de libros!», pensó Gant.

—Ofrecemos —dijo Eliza, abriendo un grueso libro amarillo con un caprichoso dibujo de lanzas y banderas y coronas de laurel— un libro de poemas titulado Gemas poéticas para el hogar y las veladas junto al fuego, y también El médico en casa y libro de remedios caseros de Larkin, en el que se dan instrucciones para la curación y prevención de más de quinientas enfermedades.

—Bueno —dijo Gant, con una débil sonrisa, humedeciéndose brevemente el gordo dedo pulgar—, puede que encuentre la que he tenido.

—Pues sí —dijo Eliza, asintiendo enérgicamente con la cabeza—. Como dijo alguien, se puede leer poesía para bien del alma, y a Larkin para bien del cuerpo.

—Me gusta la poesía —dijo Gant, hojeando las páginas y deteniéndose con interés en la sección titulada «Canciones de la espuela y del sable»—. Cuando era chico, podía estarme una hora recitando.

Compró los libros. Eliza guardó sus muestras y se levantó, mirando vivamente y con curiosidad el pequeño y polvoriento taller.

—¿Hace negocio? —preguntó.

—Muy poco —dijo con tristeza Oliver—. Apenas lo bastante para que el alma no se separe del cuerpo. Soy un extraño en tierra extraña.

—¡Bah! —dijo en tono animado Eliza—. Debería salir y conocer a más gente. Necesita algo que le distraiga de usted mismo. Si yo estuviese en su lugar, me lanzaría de lleno a la tarea común y me interesaría en el progreso de la villa. Tenemos todo lo que se necesita para hacer una gran ciudad: paisaje, clima y recursos naturales; y todos deberíamos trabajar unidos. Si tuviese unos miles de dólares, ¿sabe lo que haría? —Le guiñó un ojo, pícara, y empezó a hablar, acompañándose de ademanes curiosamente masculinos, con el índice extendido y el puño cerrado pero no apretado—. ¿Ve usted este rincón, el que usted ocupa? Doblará su valor en pocos años. Y ahora ¡esto! —Señaló delante de ella, con el mismo ademán varonil—. Un día abrirán una calle por allí, a buen seguro. Y cuando lo hagan... —dijo, frunciendo con expresión pensativa los labios— esa propiedad valdrá mucho dinero.

Siguió hablando de propiedades con extraño y reflexivo afán. La villa parecía ser un enorme plano para ella; tenía la cabeza extraordinariamente llena de cifras y de cálculos; sabía quién era el dueño de tal solar, quién vendía el suyo, el precio de venta, el valor real, los importes de las primeras y segundas hipotecas, etcétera. Cuando hubo terminado, Oliver dijo, con el énfasis de una aversión profunda, pensando en Sidney:

—Confío en no tener más propiedad en la vida que una casa para vivir en ella. Solo traen preocupaciones y trabajo, y, en definitiva, se lo lleva todo el recaudador de impuestos.

Eliza le miró con expresión pasmada, como si acabase de decir una horrible herejía.

—¡Qué está diciendo! ¡No puede hablar así! Querrá tener algo para un día de apuro, ¿no?

—El día de apuro lo tengo ya ahora —dijo tristemente él—. La única propiedad que necesito son doce palmos de tierra para que me entierren.

Después hablando de algo más alegre, la acompañó hasta la puerta del taller y la observó mientras cruzaba primorosamente la plaza, recogiéndose la falda en los bordillos con señorial elegancia. Y volvió a sus mármoles sintiendo nacer en su interior un gozo que creía perdido para siempre.

La familia Pentland, de la que Eliza era miembro, era una de las tribus más extrañas que jamás hubiese salido de los montes. Su derecho al apellido Pentland no estaba muy claro: un escocés-inglés así llamado, ingeniero de minas, abuelo del actual cabeza de familia, había llegado a los montes después de la Revolución, buscando cobre, vivido allí durante varios años y tenido varios hijos con una de las pioneras. Cuando desapareció, la mujer tomó para ella y para sus hijos el apellido Pentland.

El actual jefe de la tribu era el comandante Thomas Pentland, padre de Eliza y hermano del profeta Bacchus. Otro hermano había resultado muerto durante los Siete Días. El comandante Pentland había ganado honradamente, aunque sin ostentación, su título militar. Mientras a Bacchus, que nunca pasó de cabo, le salían ampollas en las duras manos en Shiloh, el comandante, como jefe de dos compañías de voluntarios, guardaba la fortaleza de sus montes naturales. Esta fortaleza no se vio amenazada hasta los últimos días de la guerra, cuando los voluntarios, emboscados detrás de árboles y rocas adecuados, dispararon tres ráfagas de tiros contra un destacamento rezagado de Sherman y se dispersaron sin ruido para acudir en defensa de sus fieles esposas y de sus hijos.

La familia Pentland era tan antigua como otra cualquiera de la comunidad, pero siempre había sido pobre y nunca había alardeado de nobleza. Por matrimonio, y por bodas entre parientes, podía presumir de alguna relación con la grandeza, de un poco de locura y de un mínimo de idiotez. Pero, debido a su evidente superioridad, en inteligencia y en carácter, sobre la mayoría de los montañeses, gozaba de una sólida posición de respetabilidad entre ellos.

Los Pentland estaban fuertemente marcados por su clan. Como en la mayoría de las personalidades valiosas en familias extrañas, su acusado sello de grupo era aún más imponente gracias a sus diferencias. Tenían firme y ancha la nariz, con aletas carnosas y bien marcadas; boca sensual, en la que se mezclaban extraordinariamente la delicadeza y la tosquedad, y que, a fuerza de pensamiento, había adquirido una asombrosa flexibilidad; frente ancha e inteligente, y mejillas planas y un poco hundidas. Los hombres solían tener el rostro colorado y eran de complexión llena, vigorosa y de mediana estatura, aunque aquella podía variar hasta una delgadez cadavérica.

El comandante Thomas Pentland era padre de familia numerosa, de la que Eliza era la única hija superviviente. Una hermana menor había muerto hacía pocos años de una enfermedad que la familia definía tristemente como «escrófula de la pobre Jane». Había seis hijos varones: Henry, el mayor, que ahora tenía treinta años; Will, de veintiséis; Jim, de veinticuatro, y Thaddeus, Elmer y Greeley, que tenían, respectivamente, dieciocho, quince y once. Eliza tenía veinticuatro.

Los cuatro hijos mayores, Henry, Will, Eliza y Jim, habían pasado su infancia en los años que siguieron a la guerra. La pobreza y las privaciones de aquellos años habían sido tan terribles que ninguno de ellos hablaba de eso ahora, pero el cruel destino había afligido sus corazones, dejando heridas que no cicatrizarían nunca.

Efecto de aquellos años sobre los hijos mayores fue el desarrollo de una tacañería insensata, de una sed insaciable de riqueza y de un afán de escapar de la casa del comandante lo más rápido posible.

—Padre —dijo Eliza, con señorial dignidad, al introducir a Oliver en el salón de la casa—, quiero presentarle al señor Gant.

El comandante Pentland se levantó despacio de su mecedora junto al fuego, dobló una larga navaja y dejó sobre la repisa de la chimenea la manzana que estaba mondando. Bacchus, que estaba tallando un bastón, levantó con benevolencia la mirada; y Will, que, como de costumbre, se estaba limpiando las cortas y rígidas uñas, saludó al visitante con un movimiento de cabeza y un guiño de pájaro. Aquellos hombres se divertían constantemente con navajas de bolsillo.

El comandante Pentland se acercó despacio a Gant. Era un hombre robusto y metido en carnes, mediaba la cincuentena, de rostro colorado, barba patriarcal y las facciones gruesas y satisfechas propias de su tribu.

—Su nombre es W. O. Gant, ¿eh?

—Sí —dijo Oliver—, así es.

—Por lo que Eliza me había contado de usted —dijo el comandante dando la señal a su público—, pensaba que debería haber sido L. E. Gant.

La risa complacida de los Pentland resonó en la estancia.

—¡Uy! —exclamó Eliza, llevándose una mano al costado de su ancha nariz—. ¡Qué cosas tiene, padre! Debería darle vergüenza.

Gant sonrió, con débil y fingido regocijo.

«Pobre y viejo bribón —pensó—. Tiene pensada esta frase desde hace una semana».

—Ya conoce de antes a Will —dijo Eliza.

—De antes y de después —dijo Will, dándoselas de ingenioso.

Cuando se hubieron extinguido las risas, dijo Eliza:

—Y ese es... según le llaman..., el tío Bacchus.

—Sí, señor —dijo Bacchus, haciendo una reverencia—, grande como la vida y dos veces más descarado.

—En todas partes le llaman Back-us —dijo Will, haciendo un guiño a todos—, pero aquí, en la familia, le llamamos Behind-us.

—Supongo —dijo deliberadamente el comandante Pentland— que habrá formado usted parte de muchos jurados, ¿eh?

—No —dijo Oliver, resuelto a soportar ahora lo peor con una sonrisa helada—. ¿Por qué lo dice?

—Porque —dijo el comandante, mirando de nuevo a su alrededor— pensaba que era usted experto en hacer la corte.

Entonces, en medio de una carcajada general, se abrió la puerta y entraron algunos de los otros: la madre de Eliza, una escocesa vulgar y ajada; Jim, joven porcino y coloradote, vivo retrato de su padre sin barba; Thaddeus, blando, rubicundo, de cabellos y ojos castaños, bovino, y por último Greeley, el menor, dado a las mimosas sonrisas idiotas y pródigo en extraños ruidos agudos que hacían reír a los demás. Tenía once años y era retrasado, débil, escrofuloso, pero sus manos blancas y húmedas sabían arrancar del violín una música que tenía algo de irreal y de espontánea.

Y, mientras estaban sentados en la pequeña y caldeada estancia, con su cálido olor a manzanas maduras, fuertes vientos bajaban aullando de los montes, y bramaban los pinos, lejanos y enloquecidos, y crujían las ramas desnudas. Y, mientras los hombres mondaban o pelaban o tallaban, su conversación pasó de la tosca jocosidad a la muerte y a los entierros: desgranaron con monotonía, con maligno afán, su verborrea sobre el destino y sobre hombres recién depositados bajo tierra. Y, mientras ellos hablaban y él escuchaba los gemidos espectrales del viento, Gant se sintió sepultado en la confusión y la oscuridad, y su alma se sumió en el abismo de la noche, porque vio que debía morir como un extraño..., que todo, salvo los triunfales Pentland que hacían de la muerte un festín, tenía que morir.

Y, como el hombre que está agonizando en la noche polar, pensó en los ricos prados de su juventud: el maíz, el ciruelo, la mies madura. ¿Por qué aquí? ¡Oh, perdición!

Capítulo 2

2

Oliver se casó con Eliza en mayo. Después de su viaje de bodas a Filadelfia, regresaron a la casa que él había construido para ella en Woodson Street. Con sus manazas había asentado los cimientos, excavado profundos y húmedos sótanos, y revestido los altos costados con lisas paletadas de enlucido de color castaño oscuro. Tenía muy poco dinero, pero su extraña casa se ajustaba al modelo creado por su rica fantasía; una vez terminada, seguía la inclinación del estrecho patio costanero, tenía un alto y ancho porche en la parte delantera, y cálidas habitaciones a las que uno podía subir y bajar a su antojo. Construyó su casa cerca de la calle tranquila y empinada; plantó flores en el suelo margoso; trazó un corto camino hasta la escalera de la alta galería, con losas cuadradas de mármol de colores, y levantó una valla de hierro con púas entre su casa y el mundo.

Después plantó árboles y parras en el raso de más de cien metros de detrás de la casa. Y todo lo que tocaba en esta rica fortaleza de su alma cobraba una vida dorada; con el paso de los años, los árboles frutales —el melocotonero, el ciruelo, el cerezo, el manzano— crecieron ufanos y se doblaron bajo el peso de sus frutos. Las parras formaron una espesa red de cuerdas gruesas y pardas, que serpenteaban en las altas vallas de alambre, colgaban en denso tejido de los enrejados y daban dos veces la vuelta a la finca. Treparon por la fachada de la casa y encuadraron las ventanas con gruesos marcos vegetales. Y las flores crecieron con esplendor desenfrenado; capuchinas de hojas aterciopeladas, salpicadas de cien motas tostadas, y rosas, viburnos, tulipanes rojos y lirios. Las madreselvas vertían su pesada masa sobre la valla. Dondequiera que Oliver tocase la tierra con sus manazas, el suelo le daba fruto.

Para él, la casa era la imagen de su alma, la vestidura de su voluntad. En cambio, para Eliza, era una propiedad cuyo valor apreciaba sagazmente, un inicio de su caudal. Como todos los otros hijos del comandante Pentland, había empezado a los veinte años su lento acceso a la propiedad; con los ahorros de su mezquino salario de maestra y vendedora de libros, había comprado ya un par de terrenos. En uno de ellos, un pequeño solar al borde de la plaza pública, había hecho que Oliver construyese un taller. Él lo hizo con sus manos y la ayuda de dos negros; era una casita de dos pisos, de ladrillo, con anchos peldaños de madera que bajaban a la plaza desde un porche de mármol. En este porche, flanqueando la puerta de madera, colocó unas piezas de mármol, y, junto a la puerta, la pesada y bobalicona figura de un ángel.

Pero a Eliza no le satisfacía este negocio: la muerte no daba dinero. «La gente —pensaba— tardaba demasiado en morir». Y preveía que su hermano Will, que había empezado a trabajar a los quince años como ayudante en un almacén de maderas y era ahora dueño de un pequeño negocio, estaba destinado a hacerse rico. Por consiguiente, persuadió a Gant de que se asociase con Will Pentland. Sin embargo, al cabo de un año, Oliver perdió la paciencia, su torturado egotismo rompió las cadenas; vociferó, diciendo que Will, que se pasaba casi todas las horas de trabajo haciendo números en un sobre sucio con un trozo de lápiz, limpiándose reflexivamente las cortas uñas o moviendo la cabeza y guiñando los ojos como un pájaro, les arruinaría a todos. Por consiguiente, Will compró sin chistar la parte de su socio y siguió en su empeño de acumular una fortuna, mientras Oliver volvía a su aislamiento y a sus mugrientos ángeles.

La extraña figura de Oliver Gant proyectó sobre la villa una sombra famosa. La gente oía de día y de noche la fórmula consagrada de su imprecación contra Eliza. Le veían sumergirse en la casa y el taller, inclinarse sobre sus mármoles, moldear con sus manazas —maldiciendo y aullando, con apasionada devoción— la rica textura de su hogar. Se burlaban de la exageración de sus palabras, de sus sentimientos, de sus ademanes. Guardaban silencio ante la furia loca de sus borracheras, que pillaba casi puntualmente cada dos meses y duraban dos o tres días. Lo recogían, sucio y atontado, del suelo empedrado, y lo llevaban a casa; esto lo hacían el banquero, el policía y un robusto y abnegado suizo llamado Jannadeau, desaliñado joyero que tenía alquilado un pequeño espacio vallado entre las lápidas sepulcrales de Gant. Y siempre lo manejaban con tierno cuidado, sintiendo que algo extraño y soberbio y glorioso se había perdido en esta ruina embriagada de Babel. Era un desconocido para ellos: nadie, ni siquiera Eliza, le llamaba por su nombre de pila. Era, y siempre siguió siendo, señor Gant.

Y nadie sabía lo que tenía que soportar Eliza, en dolor y en miedo y en gloria. Él lanzaba sobre todos su cálido aliento leonino de deseo y de furia; cuando estaba borracho, la cara pálida y fruncida de Eliza, y los lentos movimientos, como de pulpo, de sus reacciones, le producían una locura furiosa. En esos momentos, ella se encontraba en verdadero peligro; tenía que encerrarse para protegerse de él. Pues desde el principio se había entablado entre ellos una guerra oscura y definitiva, más profunda que el amor, más profunda que el odio, tan profunda como los huesos descarnados de la vida. Eliza lloraba o guardaba silencio ante sus imprecaciones, le encocoraba brevemente en respuestas a su retórica, cedía como un cojín golpeado a su furiosa embestida y... poco a poco, de forma implacable, se salía con la suya. Año tras año, a pesar de los gritos de protesta de Oliver, y sin que este supiese cómo, fueron reuniendo pequeños trozos de tierra, pagaron los odiosos impuestos e invirtieron en más tierra el dinero que quedaba. Por encima de la esposa, por encima de la madre, la mujer propietaria, que era como un hombre, fue avanzando lentamente en su camino.

En once años, dio a su esposo nueve hijos, de los que vivieron seis. El primero, una hembra, murió de cólera infantil a los veinte meses; otros dos murieron al nacer. Los otros sobrevivieron a los sucios y descuidados alumbramientos. El mayor, un varón, nació en 1885. Le llamaron Steve. Quince meses después nació una niña, Daisy. La siguiente, Helen, vino al mundo al cabo de tres años. Después, en 1892, fueron dos gemelos, varones, a los que Gant, siempre aficionado a la política, puso los nombres de Grover Cleveland y Benjamin Harrison. Y el último, Luke, nació dos años más tarde, en 1894.

Dos veces durante este periodo, y con un intervalo de cinco años, la borrachera periódica de Gant duró ininterrumpidamente varias semanas. Lo atraparon cuando se estaba ahogando en la marea de su sed. Ambas veces le envió Eliza a Richmond, para una cura de alcoholismo. En una ocasión, Eliza y cuatro de sus hijos enfermaron al mismo tiempo de fiebre tifoidea. Pero, durante la tediosa convalecencia, ella frunció hoscamente los labios y llevó a sus retoños a Florida.

Eliza alcanzó, impasible, la victoria. En el transcurso de aquellos años tremendos de amor y de fracaso, teñidos con los ricos matices del dolor y del orgullo y de la muerte, y con el fulgor salvaje de su vida extraña y apasionada, sus miembros flaquearon al borde de la ruina, pero, a pesar de la enfermedad y de la extenuación, siguió adelante y alcanzó una fuerza victoriosa. Sabía que había algo glorioso en ello: por insensato y cruel que él hubiese sido a menudo, recordaba el tremendo y palpitante colorido de su vida, y aquel algo perdido y aplastante que él llevaba en sí y que no descubriría nunca. Y cuando veía que los ojos pequeños e inquietos se fijaban y oscurecían con el hambre amortiguada y vacilante de una frustración antigua, sentía miedo y una piedad inexpresable. ¡Oh, perdición!

Capítulo 3

3

En el gran desfile de los años en que se desarrolló la historia de los Gant, pocos estuvieron tan cargados de dolor, de terror y de aflicción, y ninguno tenía que acarrear sucesos tan decisivos como el que marcó el comienzo del siglo XX. Para Gant y para su esposa, aquel año de 1900 en el que se encontraron un día sin pensarlo, después de haber madurado en otro siglo —transición que debió de infundir, en todas partes, un breve pero acerbo sentimiento de soledad a miles de personas imaginativas—, tuvo coincidencias, demasiado chocantes para pasar inadvertidas, con otros momentos cruciales de sus vidas.

Aquel año cumplió Gant su quincuagésimo aniversario. Sabía que había vivido la mitad del siglo muerto, y que raras veces vive el hombre todo un siglo. Y también aquel año, Eliza, encinta del último hijo que habría de tener, pasó la raya final del terror y la desesperación, y en la rica oscuridad de la noche de verano, yaciendo boca arriba en su cama, con las manos cruzadas sobre el vientre hinchado, empezó a proyectar su vida para los años en que dejaría de ser madre.

En el golfo que ya se estaba abriendo y en cuyas orillas separadas se fundaban sus vidas, empezaba a buscar, con la infinita serenidad y la tremenda paciencia con que espera media vida, un acontecimiento, no tanto con certera previsión como un profético y caviloso instinto. Esta cualidad, esta complacencia casi budista que, arraigada en la estructura fundamental de su vida, no podía eliminar ni ocultar, era la que él menos comprendía y la que más la enfurecía a ella. Él contaba cincuenta años; tenía una conciencia trágica del tiempo, veía menguar la plenitud apasionada de su vida y se revolvía como una bestia furiosa e insensata. Tal vez tenía ella más motivos que él para permanecer tranquila, pues había superado el cruel comienzo de su vida, a través de la enfermedad, de la debilidad física, de la pobreza, de la constante inminencia de la muerte y de la miseria; había perdido a su primer hijo y salvado a los otros a través de las plagas sucesivas; y ahora, a sus cuarenta y dos años, cuando el último hijo se agitaba en su vientre, tenía la convicción, reforzada por su superstición escocesa y por la ciega vanidad de su familia, de que la extinción solo era para los demás, de que ella había sido creada para un fin.

Mientras yacía en la cama, una estrella grande brilló en su campo visual, en el cuadrante occidental del cielo, y se imaginó que ascendía despacio hacia lo alto. Y, aunque no habría podido decir hacia qué pináculo tendía su vida, veía en el futuro una libertad que nunca había conocido, bienes y poder y riqueza, el deseo de los cuales estaba indefectiblemente mezclado con el torrente de su sangre. Pensando en esto en la oscuridad, frunció los labios con reflexiva satisfacción, aunque sin regocijo, viéndose trabajar en aquel carnaval y recoger fácilmente, de manos de la locura, lo que esta no había sabido nunca guardar.

«Lo tendré —pensó—. Lo tendré. ¡Will lo tiene! Jim lo tiene. Y yo soy más lista que ellos». Y con desazón, teñida de dolor y de amargura, pensó en Gant: «¡Bah! Si yo no hubiese cuidado de él, no tendría un clavo al que agarrarse. Lo poco que poseemos ha sido gracias a mi esfuerzo; de no haber sido por esto, no tendríamos un techo que nos cobijara; habríamos de pasar el resto de nuestras vidas en una casa alquilada», lo cual era para ella la ignominia final de los pobres y desamparados.

Prosiguió: «Con el dinero que dilapida todos los años en bebidas podríamos comprar un buen pedazo de tierra; si hubiésemos empezado desde el principio, podríamos ser ahora personas acomodadas. Pero él ha odiado siempre la idea de propiedad; una vez me dijo que no podía soportarla, ya que había perdido su dinero en aquel negocio de Sidney. Si yo hubiese estado allí, podríais apostar hasta el último dólar a que no habría habido pérdidas. O a que no habríamos sido nosotros los perdedores», añadió, frunciendo el ceño.

Tumbada allí, mientras los vientos de principios de otoño soplaban desde los montes del sur, llenando el negro aire de hojas muertas y produciendo, con sus ráfagas intermitentes, un trueno remoto y triste entre los grandes árboles, pensó en el desconocido que había venido a vivir dentro de ella, y en aquel otro desconocido, autor de tanta aflicción, que había vivido con ella durante casi veinte años. Y, al pensar en Gant, sintió de nuevo un incipiente y doloroso asombro, recordando la furiosa rivalidad entre ellos y la fuerte lucha subyacente, fundada en el odio y el amor a la propiedad, y en la que no dudaba de su victoria, pero que la frustraba y desconcertaba.

—¡Lo juro! —murmuró—. ¡Palabra que nunca he visto a un hombre como él!

Gant, enfrentado con la pérdida de sus goces sensuales, sabedor de que había llegado el momento de rellenar todos sus excesos rabelesianos en la comida, la bebida y el amor, creía que no había ganancia que pudiese compensarle de la pérdida de su libertinaje; sentía también la fuerte punzada del remordimiento, sabiendo que había tenido facultades y despreciado oportunidades tales como su asociación con Will Pentland, que podían haberle dado posición y riqueza. Sabía que había terminado el siglo en que había transcurrido la parte mejor de su vida; sentía, más que nunca, la extrañeza y la soledad de nuestra pequeña aventura sobre la tierra; pensaba en su infancia en la granja holandesa, en los días de Baltimore, en el viaje sin rumbo por el continente, en la aterradora fijación de toda su vida por una serie de accidentes. La enorme tragedia del accidente se cernía sobre su vida como una nube gris. Veía más claramente que nunca que era un extraño en una tierra extraña, entre gente que siempre le sería ajena. Y pensaba que lo más extraño de todo era esa unión, por la que había engendrado hijos y creado una vida que dependía de él, con una mujer totalmente alejada de cuanto él comprendía.

No sabía si el año 1900 marcaba para él un principio o un fin; pero, con la debilidad propia del hombre sensual, resolvió hacer de él un fin, convirtiendo el fuego que había ardido en su interior en una llamita vacilante. En la primera mitad del mes de enero, todavía sumisamente fiel a la reforma de Año Nuevo, engendró un hijo; pero en primavera, cuando se confirmó que Eliza estaba embarazada, se lanzó a una orgía que ni siquiera tenía precedentes en la famosa borrachera de cuatro meses de 1896. Día tras día se embriagaba como un loco, hasta que se fijó en un estado de demencia constante; en mayo, ella le envió de nuevo a un sanatorio de Piedmont para someterse a la «cura», que consistía solo en una dieta alimenticia vulgar y barata y en privarle del alcohol durante seis semanas, régimen que aumentó su hambre voraz lo mismo que su sed. Volvió a finales de junio, superficialmente corregido, pero rabiando en su interior. El día antes de su regreso, Eliza, cuyo embarazo era ya evidente, visitó resueltamente las catorce tabernas de la villa, imponiendo una expresión severa a su pálido semblante, y, dirigiéndose al dueño o al hombre de detrás del mostrador, dijo con voz clara y fuerte, en presencia de la achispada clientela:

—Escúcheme bien. Solo he venido a decirle que el señor Gant regresa mañana, y quiero que todos sepan que, si me entero de que alguien le ha servido una copa, haré que lo metan en la cárcel.

Ellos sabían que la amenaza era absurda, pero su pálida cara de juez, el tenaz fruncimiento de los labios y su mano derecha cerrada con naturalidad, a la manera de los hombres, con el índice extendido para recalcar su declaración con un ademán sereno pero enérgico, les produjo más temor que un caudal de imprecaciones. Recibieron su anuncio con aturdida estupefacción, murmurando, como máximo, unas palabras de sorprendido asentimiento al marcharse ella.

—¡Dios mío! —dijo un montañés, lanzando con torpeza un chorro de saliva parda a una escupidera—. Es capaz de hacerlo. Esa mujer no se anda con chiquitas.

—¡Caray! —dijo Tim O’Donnel, inclinando cómicamente su cara de simio sobre el mostrador—. No le serviría a W. O. un trago, aunque fuese de quince centavos el cuartillo y estuviésemos solos en el retrete. ¿Se ha ido ella ya?

Hubo una gran risotada que olía a whisky.

—¿Quién es? —preguntó alguien.

—La hermana de Will Pentland.

—Entonces ¡vaya si es capaz de hacerlo! —gritaron varios, y de nuevo retembló la taberna con sus carcajadas.

Will Pentland estaba en Loughran’s cuando ella entró. Eliza no lo saludó. Cuando se hubo marchado, se volvió él a un hombre que tenía al lado, negó con la cabeza y guiñó un ojo como un pájaro, y declaró:

—Apuesto a que tú no podrías hacer esto.

Cuando volvió Gant y se vio públicamente rechazado en un bar, se puso loco de rabia y de humillación. Desde luego, consiguió whisky con mucha facilidad, enviando a un mandadero o a algún negro en su busca: pero a pesar de la notoriedad de su conducta, que, según sabía, había llegado a ser un mito clásico para los niños de la villa, se encogía a cada nuevo anuncio de su comportamiento; con el paso de los años, se había hecho más sensible a eso, y su vergüenza, su temblorosa humillación en las mañanas subsiguientes, producto de su orgullo herido y de sus alterados nervios, eran lastimosas. Sentía con rencor que Eliza le había degradado en público con deliberada malicia, y, al volver a casa, la llenaba de recriminaciones y de insultos.

Durante todo el verano, Eliza soportó aquel horror con blanca y ominosa placidez; incluso tenía sed de ello y esperaba con terrible quietud el regreso del miedo por la noche. Irritado por su estado de preñez, Gant iba casi a diario a la casa de Elizabeth, en Eagle Crescent, donde, por la noche, una pandilla de agotadas y aterrorizadas prostitutas le ponían al cuidado de Steve, su hijo mayor, ahora insolentemente familiarizado con casi todas las mujeres del distrito, que le mimaban con bonachona vulgaridad, reían de buen grado sus atrevidas insinuaciones e incluso soportaban que les diese ligeras palmadas en las nalgas y le perseguían desmañadamente cuando él se alejaba brincando.

—Hijo —decía Elizabeth, sacudiendo con fuerza la oscilante cabeza de Gant—, cuando seas mayor, no hagas como ese viejo gallito. Sin embargo, es un buen muchacho... cuando quiere —seguía diciendo, besándole la calva y deslizando en la mano del muchacho la cartera que, llevado de su generosidad, le había dado Gant; porque era de una honradez escrupulosa.

Generalmente, el muchacho iba acompañado en tales ocasiones de Jannadeau y de Tom Flack, un cochero negro que esperaba con paciente resignación delante de la enrejada puerta del burdel hasta que el creciente tumulto interior indicaba que Gant había sido invitado a marcharse. Y se marchaba, ora debatiéndose torpemente y lanzando furiosos insultos contra sus suplicantes aprehensores, ora con jovial condescendencia, cantando a voz en grito una canción salaz de su juventud frente a las celosías de la plazuela y a lo largo de las calles silenciosas de la villa.

Cuando estoy en aquel cuarto de atrás,

en aquel cuarto mezquino,

rodeado de pulgas y de chinches,

pena me da vuestro triste destino.

Ya en casa, dejaba que, con halagos y zalamerías, le obligasen a subir la escalera de la alta galería y le metiesen en la cama; o bien, resistiendo toda coacción, buscaba a su esposa, generalmente encerrada en su habitación, y la llenaba de improperios y de acusaciones de infidelidad, puesto que alentaba en él una negra sospecha, fruto de la edad y de su menguante energía. La tímida Daisy, pálida de miedo, corría a refugiarse en los brazos de su vecina Sudie Isaacs o de los Tarkinton; y Helen, que tenía diez años y era incluso entonces la niña mimada de su padre, conseguía dominarle, metiéndole en la boca cucharadas de sopa humeante y abofeteándole con su manita cuando se ponía terco.

—¡Bebe esto! ¡Te conviene!

Y a él le complacía enormemente: ambos estaban hechos de la misma madera.

Una vez más perdió del todo la razón. Llevado de una locura extravagante, encendía grandes fogatas en el cuarto de estar, rociando las llamas saltarinas con una lata de petróleo; escupiendo satisfecho sobre el rugiente fuego y vociferando hasta agotarse una canción profana, reducida a unas cuantas notas repetidas, y que, durante cuarenta minutos, venía a decir algo como esto:

Oh, oh, maldita sea, maldita sea,

oh, oh, maldita sea, maldita sea,

adoptando generalmente el ritmo con que da las horas la campana de un reloj.

Y fuera, colgados como monos en los gruesos alambres de la valla, Sandy y Ferguson Duncan, Seth Tarkinton, y a veces los propios Ben y Grover, uniéndose al regocijo de sus amigos, entonaban en respuesta otra canción:

El viejo Gant

volvió a casa borracho.

El viejo Gant

volvió a casa borracho.

Daisy, refugiada en casa de un vecino, lloraba de vergüenza y de miedo. Pero Helen, la pequeña y delgada furia, seguía implacable en su empeño, hasta que él se hundía en un sillón y aceptaba la sopa y los punzantes bofetones con una sonrisa. Arriba, Eliza yacía en su cama, pálida y alerta.

Así transcurrió el verano. Las últimas uvas pendían de las parras en racimos secos y podridos; el viento zumbaba a lo lejos; terminaba septiembre.

Una noche, el adusto doctor Cardiac dijo:

—Creo que esto habrá terminado antes de que anochezca mañana.

Y se marchó, dejando en la casa a una lugareña de edad madura. Era una enérgica y práctica enfermera.

A las ocho, Gant regresó solo. El joven Steve se había quedado en casa, por si Eliza necesitaba algo con urgencia; de momento, la atención no se centraba en el amo.

El vozarrón de este, cantando obscenidades, retumbó en el vecindario. Al oír Eliza el fiero rugido de las llamas en la chimenea, haciendo temblar la casa en su ascensión, llamó a Steve a su lado y murmuró con voz tensa:

—Hijo, ¡nos va a quemar a todos!

Oyeron caer pesadamente una silla en la planta baja y una maldición de Gant; oyeron los pesados pasos de este cruzando el comedor y el vestíbulo; oyeron el crujido del pasamano de la escalera al chocar su cuerpo contra él.

—¡Viene! —murmuró ella—. ¡Viene hacia acá! ¡Cierra la puerta, hijo!

El chico cerró la puerta.

—¿Estás ahí? —rugió Gant, golpeando fuertemente la endeble puerta con el puño—. ¿Estás ahí, señorita Eliza? —aulló, dándole el irónico tratamiento que solía emplear en momentos como aquel.

E inició a gritos un discurso en el que entretejía vulgaridades y vituperios:

—Poco podía yo adivinar —empezó diciendo, entregándose enseguida a la disparatada retórica que solía emplear medio en serio y medio en broma—, poco podía yo adivinar hace dieciocho amargos años, cuando la vi por primera vez, cuando ella vino a mí desde la esquina, reptando como una serpiente sobre su vientre (tosca imagen que, a fuerza de repetirla, era ahora como un bálsamo para él), poco podía adivinar entonces que... que... que esto acabaría así —terminó con desaliento.

Esperó en silencio, en el grávido silencio, alguna respuesta, sabiendo que ella yacía pálida y tranquila detrás de aquella puerta, y sintiendo renacer la antigua y sofocante furia, porque sabía que ella no le contestaría.

—¿Estás ahí? Pregunto si estás ahí, ¡mujer! —vociferó, dando golpes con los gordos nudillos en un furioso bombardeo.

Nada; solo aquel silencio blanco y vivo.

—¡Ay de mí! ¡Ay de mí! —suspiró, compadeciéndose, y después rompió en forzados y gangosos sollozos, dando así una fluida música de fondo a su denuncia—. ¡Dios misericordioso! —gimió—. Es terrible, es horrible, es cruel. ¿Qué he hecho yo para que Dios me castigue de este modo en mi vejez?

No hubo respuesta.

—¡Cynthia! ¡Cynthia! —aulló de pronto, invocando la memoria de su primera esposa, la flaca solterona tuberculosa cuya vida, según decían, no había hecho nada él por prolongar, pero a la que suplicaba ahora de buen grado, sabiendo el daño y la irritación que causaba con ello a su mujer—. ¡Cynthia! ¡Oh, Cynthia! ¡Mírame compasiva en esta hora de angustia! ¡Socórreme! ¡Ayúdame! ¡Protégeme contra ese demonio salido del infierno!

Y prosiguió, llorando con fuerte y fingido gangueo:

—¡U-u-uy! Baja y sálvame, te lo suplico, te lo pido, te imploro, ¡o pereceré!

Silencio.

—Ingrata, más cruel que las bestias salvajes —siguió diciendo, tomando ahora otro camino, lleno de mezcladas y confusas citas—. Serás castigada, tan cierto como hay un Dios en el cielo. Todos seréis castigados. Patead al viejo, golpeadle, arrojadle a la calle: ya no sirve para nada. Ya no puede mantener a la familia... Enviadle al asilo de ancianos. Allí es donde debe estar. Que repiquen sus huesos sobre las piedras. Honra a tu padre, para que tus días sean largos. ¡Ay, Señor!

Mírenlo bien, en este sitio se hundió el puñal de Casio.

Vean el tajo que abrió el rencoroso Casca.

A través de este, el amadísimo Bruto cargó su daga,

y al retirar su maldito acero, dejó un rastro

de sangre de César...

—Jeemy —dijo en ese momento la señora Duncan a su marido—, tendrías que ir allá. Ha vuelto a las andadas, y ella está embarazada.

El escocés echó su silla hacia atrás, resuelto a interrumpir el ordenado ritual de su vida y la tibia fragancia del pan recién cocido.

En la verja, delante de la casa de Gant, se encontró con el paciente Jannadeau, a quien había ido a buscar Ben. Cambiaron unas palabras prácticas y subieron corriendo los peldaños exteriores al oír, arriba, un fuerte golpe y un grito de mujer. Eliza, en camisón, abrió la puerta.

—¡Vengan! —murmuró—. ¡Deprisa!

—¡Por Dios que la mataré! —chilló Gant, lanzándose escalera abajo, con más peligro para su propia vida que para la de nadie más—. Esta vez la mataré, y pondré fin a mi desdicha.

Llevaba en la mano un pesado atizador. Los dos hombres le agarraron; el robusto joyero le quitó el atizador, con fuerza pero sin violencia.

—Se ha abierto la cabeza con el barrote de la cama, mamá —dijo Steve, bajando.

Era verdad: Gant sangraba.

—Ve a buscar a tu tío Will, hijo. ¡Deprisa!

El chico salió corriendo como un galgo.

—Creo que esta vez iba en serio —murmuró Eliza.

Duncan cerró la puerta, pues se había formado una hilera de vecinos boquiabiertos detrás de la valla.

—Se va a enfriar, señora Gant.

—¡Manténgalo lejos de mí! ¡Que no se acerque! —gritó ella con fuerza.

—Sí, yo cuidaré de eso —respondió Duncan, en tranquilo escocés.

Ella se volvió para subir la escalera, pero cayó pesadamente de rodillas en el segundo peldaño. La enfermera rural, que volvía del cuarto de baño, donde se había encerrado, corrió en su ayuda. Eliza subió despacio, apoyándose en la mujer y en Grover. Fuera, Ben se dejó caer ágilmente desde el bajo alero sobre el macizo de lirios. Seth Tarkinton, agarrado a los alambres de la valla, lo saludó a gritos.

Gant se dejó llevar dócilmente, un poco aturdido, por sus dos guardianes; cayó despatarrado en la mecedora, y lo desnudaron. Hacía un rato que Helen trajinaba en la cocina: ahora apareció, trayendo sopa hirviente.

Los ojos muertos de Gant se animaron al reconocerla.

—Hola, pequeña —rugió, haciendo un tonto movimiento circular con ambos brazos—, ¿cómo estás?

Ella dejó la sopa; él estrujó su delgado cuerpecito contra el suyo, rozándole la mejilla y el cuello con su erizado bigote, echándole el aliento cargado de olor rancio a whisky de centeno.

—¡Oh, se ha cortado! —dijo la niña, a punto de llorar.

—Mira lo que me han hecho, pequeña —dijo él, señalándose la herida y estremeciéndose.

Will Pentland, hijo de aquel clan cuyos miembros no se olvidaban nunca los unos de los otros, aunque solo se veían en tiempos de muerte, de peste y de terror, entró en la estancia.

—Buenas noches, señor Pentland —dijo Duncan.

—Solo tolerables —dijo Will, dedicando campechanamente un movimiento de cabeza y un guiño de pájaro a los dos hombres.

Se plantó delante del fuego, limpiando con aire reflexivo sus cortas uñas con una navaja roma. Era su acción acostumbrada cuando estaba en compañía; pensaba que nadie podía ver lo que pensaba uno cuando se estaba limpiando las uñas.

Al verle, Gant salió de inmediato de su letargo. Recordó la sociedad disuelta. La conocida actitud de Will Pentland, plantado delante del fuego, evocaba todas las características del clan que él tanto aborrecía: su engallada complacencia, sus continuos juegos de palabras, sus éxitos.

—¡Sayones de montaña! —rugió—. ¡Sayones de montaña! ¡Lo más bajo de lo bajo! ¡Lo más vil de lo vil!

—¡Señor Gant! ¡Señor Gant! —suplicó Jannadeau.

—¿Qué te pasa, W. O.? —preguntó Will Pentland, levantando inocentemente la mirada de sus dedos—. ¿Has comido algo que te ha sentado mal? —preguntó, guiñando un ojo a Duncan y volviendo a sus dedos.

—¡El viejo miserable de tu padre —aulló Gant— fue azotado en la plaza pública por no pagar sus deudas!

Era un insulto puramente imaginario, pero que se había afirmado como verdadero en la mente de Gant, como tantos otros epítetos gastados, porque le producía una íntima satisfacción.

—Conque lo azotaron en la plaza pública, ¿eh? —Will hizo otro guiño, incapaz de desaprovechar la ocasión—. Entonces se lo tuvieron muy callado, ¿no crees?

Pero, detrás de la expresión intensamente bonachona de su rostro, los ojos eran duros. Frunció con aire pensativo los labios, sin dejar de trabajar con sus dedos.

—Pero voy a decirte algo acerca de él, W. O. —prosiguió al cabo de un momento, con tranquila pero ominosa gravedad—. Él dejó que su esposa muriese de muerte natural en su cama. No trató de matarla.

—¡A fe que no! —convino Gant—. Dejó que se muriese de hambre. Si la vieja tuvo una comida cabal en su vida, la disfrutó bajo mi techo. Una cosa es segura: habría podido ir y volver dos veces del infierno, antes de que se la diesen Tom Pentland o cualquiera de sus hijos.

Will Pentland cerró la navaja roma y se la metió en el bolsillo.

—¡El viejo comandante Pentland no hizo un día de trabajo honrado en su vida! —chilló Gant, como si se le hubiese olvidado esta feliz observación.

—¡Vamos, señor Gant! —dijo Duncan, en tono de reproche.

—¡Silencio! ¡Silencio! —murmuró enérgicamente la niña, plantándose delante de su padre con la sopa.

Acercó la humeante cuchara a su boca, pero él volvió la cabeza para proferir otro insulto. Ella le dio una fuerte palmada en la boca.

—¡Bebe esto! —susurró.

Y él, sonriendo mansamente al mirarla, empezó a tragar la sopa.

Will Pentland miró con atención a la niña durante un momento, después se volvió hacia Duncan y Jannadeau, asintiendo con la cabeza y guiñando un ojo. Sin añadir palabra, salió de la estancia y subió la escalera. Su hermana yacía inmóvil, boca arriba.

—¿Cómo te encuentras, Eliza?

Flotaba en la habitación un fuerte olor a peras maduras; un desacostumbrado fuego de leña de pino ardía en la chimenea; se plantó delante de esta y empezó de nuevo a limpiarse las uñas.

—Nadie sabe, nadie sabe —empezó ella, dando rienda suelta a sus lágrimas— lo que he tenido que pasar.

Se enjugó los ojos enseguida con una punta de la colcha; su ancha y enérgica nariz, roja sobre el pálido semblante, era como una llama.

—¿Tienes algo bueno para comer? —preguntó él, guiñándole un ojo con cómica glotonería.

—Hay unas peras en la alacena, Will. Las puse allí la semana pasada para que madurasen.

Él se metió en la enorme alacena y salió al cabo de un momento con una pera gorda y amarilla; volvió junto a la chimenea y abrió la hoja más pequeña de su navaja.

—Te aseguro, Will, que ya no puedo más —dijo ella a media voz, al cabo de un instante—. No sé qué mosca le ha picado. Pero puedes apostar tu último dólar a que no voy a aguantar mucho más. Sé cómo desenvolverme —dijo, asintiendo vivamente con la cabeza.

Él reconoció el tono. Casi se olvidó de sí mismo.

—Mira, Eliza —empezó a decir—, si estás pensando en afincarte en otra parte, yo... —Pero se recobró a tiempo—: Yo podría ofrecerte el material al mejor precio que puedas encontrar en el mercado —terminó, metiéndose rápidamente un trozo de pera en la boca.

—No —dijo ella—, todavía no estoy en condiciones para eso. Cuando llegue el momento, te lo haré saber.

Las ascuas sueltas cayeron sobre el suelo del hogar.

—Te lo haré saber —repitió, y él cerró la navaja y se la metió en un bolsillo del pantalón.

—Buenas noches, Eliza —dijo—. Supongo que Pett querrá venir a verte. Le diré que estás bien.

Bajó la escalera sin hacer ruido y salió por la puerta principal. Mientras descendía la escalinata de la alta galería, Duncan y Jannadeau bajaron en silencio al patio desde el cuarto de estar.

—¿Cómo está W. O.? —preguntó Will.

—¡Oh, muy bien! —dijo alegremente Duncan—. Está durmiendo como un tronco.

—¿El sueño de los justos? —preguntó Will Pentland con un guiño.

Al suizo le molestó la burla implícita contra su Titán.

—Es una verdadera lástima que al señor Gant le haya dado por la bebida —dijo Jannadeau, con voz grave y gutural—. Con su talento podría llegar muy lejos. Cuando está sereno, es el hombre más simpático del mundo.

—¿Y cuándo está sereno? —preguntó Will, guiñándole un ojo en la oscuridad—. Dígame algo de cuando está dormido.

—Cuando Helen se encarga de él, se pone bien en un minuto —observó el señor Duncan con su dulce voz—. Es maravilloso lo que esa niña puede hacer con él.

—¡Y que lo diga! —exclamó riendo Jannadeau, con gutural satisfacción—. Esa niña conoce a su papá como la palma de su mano.

La niña estaba sentada en el gran sillón frente al fuego menguante del cuarto de estar; leyó hasta que se apagaron las llamas y solo quedaron los tizones; entonces, sin hacer ruido, cubrió las brasas con ceniza. Gant, sumido en profundo sueño, yacía sobre el sofá de fino cuero adosado a la pared. Ella lo había envuelto en una manta; ahora puso un cojín sobre una silla v colocó los pies de su padre sobre él. Gant olía a whisky rancio; sus ronquidos hacían retemblar los cristales de las ventanas.

Y así, sumido en el olvido, pasó la noche: dormía cuando Eliza empezó a sentir los fuertes dolores del parto a las dos de la madrugada, y durmió mientras sufría la paciente y se afanaban el médico y la enfermera.

Capítulo 4

4

Contradiciendo un epigrama, la criatura tardó un tiempo excesivo en nacer; pero cuando después de las diez de la mañana Gant despertó al fin, temblando a causa de sus agarrotados nervios y de la vergüenza de sus confusos recuerdos, oyó, mientras bebía el café caliente que le había llevado Helen, un fuerte, profundo y prolongado llanto en el piso de arriba.

—¡Oh, Dios mío. Dios mío! —gimió. Y señalando en la dirección del ruido—: ¿Es niño o niña?

—Todavía no lo he visto, papá —respondió Helen—. No nos dejan entrar. Pero el doctor Cardiac salió y nos dijo que, si éramos buenos, tal vez nos traería un niño.

Hubo un terrible estruendo sobre el techado de metal y sonó la voz airada de la enfermera. Steve saltó como un gato desde la cubierta del porche al macizo de los lirios, por delante de la ventana de Gant.

—¡Steve, maldito bribón! —rugió el amo de la casa, recobrando momentáneamente su cordura—. Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo?

El muchacho había saltado ya la valla.

—¡Lo he visto! ¡Lo he visto! —gritó desde el otro lado.

—¡Yo también lo he visto! —chilló Grover, entusiasmado, cruzando la habitación y saliendo a la carrera.

—¡Si os vuelvo a pillar en este tejado —chilló la enfermera campesina desde arriba—, os despellejaré!

Gant se había alegrado durante unos instantes al enterarse de que su último heredero era un varón; pero después empezó a andar arriba y abajo en la estancia, profiriendo continuas lamentaciones.

—¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Por qué he de soportar esta nueva carga en mi vejez? ¡Otra boca para alimentar! Es espantoso, es terrible, es cruel. —Y se echó a llorar afectadamente.

Entonces, dándose cuenta de que no había nadie lo bastante cerca para sentirse conmovido por su aflicción, se interrumpió de pronto y corrió hacia la puerta, cruzó el comedor y llegó al vestíbulo, donde gritó, en tono gemebundo:

—¡Eliza! ¡Esposa mía! ¡Dime que me perdonas!

Y subió la escalera, sollozando trabajosamente.

—¡No le dejen entrar! —gritó con viveza la interpelada, con notable energía.

—Dígale que ahora no puede entrar —dijo Cardiac a la enfermera, con voz seca, fijando la mirada en la balanza—. A fin de cuentas, aquí solo tenemos leche —añadió.

Gant estaba en el exterior.

—¡Eliza, esposa mía! Ten piedad, te lo suplico. Si yo hubiese sabido...

—Sí —dijo la enfermera campesina, abriendo bruscamente la puerta—, si el perro no se hubiese detenido para levantar la pata, ¡habría pillado al conejo! ¡Lárguese de aquí!

Y cerró con violencia la puerta en sus narices.

Él bajó la escalera con la cabeza gacha, pero sonrió con disimulo al pensar en las palabras de la enfermera. Se humedeció rápidamente el grueso pulgar con la lengua.

—¡Dios misericordioso! —dijo, haciendo una mueca.

Después volvió a sus interrumpidas lamentaciones.

—Creo que todo irá bien —dijo Cardiac, sosteniendo un bulto rojo, pellejudo y arrugado hasta los pies, y dándole unas palmadas en el trasero, para animarlo un poco.

En realidad, el presunto heredero había hecho su entrada completamente equipado con todas las pertenencias, dependencias, tuercas, llaves, espitas, garras, ojos, uñas, considerados necesarios para un aspecto cabal, para la armonía de las partes y para la unidad de efecto en nuestro enérgico, estimulante y competitivo mundo. Era el varón completo en miniatura, la diminuta bellota que daría origen al roble vigoroso, el heredero de todas las edades, el causahabiente de un renombre inalcanzado, el hijo del progreso, el niño mimado de la naciente Edad de Oro, y, lo que es más, la Fortuna y el Hada Madrina, no contentas con colmarle de esos dones de tiempo y de familia, le habían reservado cuidadosamente para ese momento en que el Progreso estaba maduro y nimbado de gloria.

—Bueno, ¿cómo va a llamar a eso? —preguntó el doctor Cardiac, refiriéndose, con su tosquedad brutal de médico, al nobilísimo diablillo.

Eliza estaba acorde con las vibraciones cósmicas. Con pleno aunque inexacto sentido de lo que esas presagiaban, dio al Hijo de la Suerte el título de Eugene, hermoso nombre que significa «bien nacido», pero que, como todos podrán comprobar, no significa, no ha significado nunca, «bien criado».

Esta lumbrera escogida, a la que se había dado ya nombre y desde cuyo centro deben contemplarse la mayoría de los sucesos de esta crónica, nació, como hemos dicho, en el momento más crucial de la historia. Pero quizá habrá el lector pensado en eso. ¿No? Entonces, permita que le refresquemos la memoria.

En 1900, Oscar Wilde y James A. McNeill Whistler habían casi acabado de decir las cosas que se les atribuían y que Eugene tendría que oír veinte años más tarde; la mayoría de los grandes victorianos habían muerto antes de que empezase el bombardeo; William McKinley había sido reelegido, y los tripulantes de la Armada Española habían vuelto a casa en un remolcador.

En el extranjero, la torva y vieja Inglaterra había lanzado su ultimátum a África del Sur en 1899; lord Roberts («Little Bobs», como le llamaban cariñosamente sus hombres) había sido designado general en jefe después de varios reveses británicos; la república del Transvaal fue tomada por Gran Bretaña en septiembre de 1900 y formalmente anexionada el mes en que nació Eugene. Dos años más tarde, se celebró una conferencia para la paz.

Mientras tanto, ¿qué pasaba en Japón? Os lo diré: el primer Parlamento se reunió en 1891, hubo una guerra con China en 1894-1895, Formosa fue cedida en 1895. Además, Warren Hastings había sido procesado y juzgado; el papa Sixto V había llegado y se había ido; Dalmacia había sido sometida por Tiberio; Belisario había sido cegado por Justiniano; las ceremonias nupciales y funerarias de Wilhelmina Charlotte Caroline de Brandenburg-Ansbach y el rey Jorge II habían sido solemnizadas, mientras que las de Berenguela de Navarra con el rey Ricardo I eran poco más que un lejano recuerdo; Diocleciano, Carlos V y Víctor Amadeo de Cerdeña habían abdicado todos ellos de sus tronos; Henry James Pye, poeta laureado de Inglaterra, estaba con sus padres; Casiodoro, Quintiliano, Juvenal, Lucrecio, Marcial y Alberto el Oso de Brandenburgo habían respondido a la última llamada; las batallas de Antietam, Smolensko, Drumclog, Inkerman, Marengo, Cawnpore, Killiecrankie, Sluys, Accio, Lepanto, Tewkesbury, Brandywine, Hohenlinden, Salamina y del desierto se habían desarrollado por tierra y por mar; Hipias había sido expulsado de Atenas por los alcmeónidas y los lacedemonios; Simonides, Menandro, Estrabón, Moscos y Píndaro habían saldado sus cuentas terrenales; los beatíficos Eusebio, Atanasio y Crisóstomo se habían ido a sus celestiales hornacinas; Micerino había construido la Tercera Pirámide; Aspalta había acaudillado ejércitos victoriosos; las remotas Bermudas, Malta y las islas de Barlovento habían sido colonizadas. Además, la Armada Española había sido derrotada; el presidente Abraham Lincoln había sido asesinado, y las Pesquerías Award de Halifax habían dado cinco millones y medio de dólares a Gran Bretaña por doce años de privilegios de pesca. Por último, solo treinta o cuarenta millones de años antes, nuestros primeros antepasados habían salido arrastrándose del barro primitivo y, sin duda, encontrando desagradable el cambio, se habían sumergido de nuevo en él.

Así estaba la historia cuando Eugene entró en el teatro de los acontecimientos humanos en 1900.

De buen grado daríamos cuenta más extensa del mundo en que se desenvolvieron los primeros años de su vida, mostrando, en todas sus perspectivas e implicaciones, el significado de la vida vista desde el suelo, o desde la cuna; pero estas impresiones son suprimidas, cuando podrían contarse, no por defecto de la inteligencia, sino por falta de control muscular, de fuerza de articulación, y debido a las continuas oleadas de soledad, de cansancio, de depresión, de aberración y de confusión total, que combaten el orden en la mente humana hasta que esta tiene tres o cuatro años.

Yaciendo a oscuras en su cuna, lavado, empolvado y bien alimentado, pensaba calladamente en muchas cosas antes de sumirse en el sueño, el sueño interminable que borraba el tiempo para él y le daba la impresión de haber perdido para siempre un día de vida rutilante. En estos momentos, le afligía un horror tedioso al pensar en las incomodidades, las flaquezas, la mudez, la infinita incomprensión que tendría que soportar hasta alcanzar, al menos, la libertad física. Se angustiaba al pensar en la enorme distancia que se extendía ante él, en la falta de coordinación de los centros de control, en la indisciplinada y pícara vejiga, en la inevitable exhibición a que se veía obligado en presencia de sus risueños y manoseadores hermanos y hermanas, al ser secado, limpiado y volteado por ellos.

Estaba angustiado porque carecía de símbolos; su mente estaba aprisionada en una red porque no tenía palabras con que expresarse. Ni siquiera sabía los nombres de los objetos que lo rodeaban; probablemente se los definía él mismo con alguna jerga, reforzada por retazos de las palabras que sonaban a su alrededor, las cuales escuchaba con atención día tras día, dándose cuenta de que su primera liberación debía alcanzarla por medio del lenguaje. Lo más deprisa que pudo, indicó su voraz afán por las imágenes y la letra impresa; a veces le mostraban grandes libros llenos de ilustraciones, y él les incitaba de forma desesperada con sus arrullos, chillando entusiasmado, poniendo caras raras y haciendo todo lo que ellos podían comprender. Se preguntaba, furioso, qué sentirían si supiesen lo que pensaba en realidad; otras veces se reía de ellos y de toda su descabellada comedia de errores, cuando hacían cabriolas a su alrededor para divertirle, meneaban la cabeza mirándole y le hacían cosquillas que le obligaban a chillar violentamente contra su voluntad. La situación era enojosa en grado sumo y cómica al mismo tiempo; sentado en el suelo y viéndolos entrar, observando sus caras transformadas al mirarle tontamente de reojo, y oyendo sus voces que se volvían absurdas y sentimentales al dirigirse a él con palabras que aún no comprendía, pero que veía que mutilaban con la ridícula esperanza de hacerlas inteligibles, no tenía más remedio que reírse de aquellos imbéciles, a pesar de su irritación.

Y cuando le dejaban solo en una habitación, con las persianas echadas para que durmiese, mientras el sol proyectaba rayas luminosas sobre el suelo, se sentía invadido por una soledad y una tristeza inconmensurables; veía su vida en la solemne perspectiva de un sendero en el bosque, y sabía que siempre estaría triste: encerrada en el pequeño cráneo redondo, aprisionada en el palpitante y secretísimo corazón, su vida discurría siempre por caminos solitarios. Perdida. Comprendía que los hombres eran para siempre extraños los unos a los otros, que nadie llega nunca a conocer de veras a alguien; que, aprisionados en el oscuro seno materno, nos asomamos a la vida sin haber visto nunca la cara de nuestra madre, que nos recibe en sus brazos como extraños, y que, encerrados en la hermética prisión del ser, no escaparemos jamás, aunque unos brazos nos estrechen y una boca nos bese y un corazón nos dé calor. Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca.

Sabía que las grandes figuras que entraban y se movían a su alrededor, las enormes cabezas sonrientes que se inclinaban odiosamente sobre su cuna, las fuertes voces que retumbaban incoherentes encima de él no significaban para ellos mucho más de lo que representaban para él; que incluso sus palabras y todos sus movimientos, fáciles y fluidos, eran insuficientes para comunicar lo que pensaban o sentían, y servían a menudo, no para fomentar la comprensión, sino para ahondar y ensanchar la rivalidad, la amargura y el prejuicio.

Su cerebro se estremecía de terror. Se veía como un extraño inarticulado, como un divertido y pequeño payaso, nacido y alimentado por aquellos enormes y remotos personajes. Había sido enviado de un misterio a otro; en alguna parte, dentro o fuera de su conciencia, oía débilmente una gran campana, como tañendo debajo del mar, y, al escucharla, el fantasma del recuerdo pasaba por su mente, y por un instante sentía que casi había recobrado lo que había perdido.

A veces, izándose en las altas paredes de su cuna, miraba aturdido los dibujos de la alfombra allá en lo hondo; el mundo entraba en su mente y volvía a salir como una marea, estampando su viva imagen por un instante y refluyendo de forma adormilada y vaga, mientras él componía poco a poco el rompecabezas de la sensación, viendo solo el oscilante reflejo del fuego en el atizador y oyendo el fantástico cloqueo de las gallinas bajo el sol, en algún lugar de un mundo lejano y encantado. Cada vez oía con más fuerza y calidad su toque de diana, y se convertía de pronto en un cabal y alerta ciudadano de la vida; o bien oía, yendo y viniendo en ondas alternas de fantasía y realidad, el trueno fuerte, como de cuento de hadas, de la música de salón de Daisy. Años más tarde, volvió a oírla y se abrió una ventana en su cerebro; ella le dijo que era el «Minuet» de Paderewski.

Su cuna era una gran cesta trenzada, con colchón y almohada bien mullidos. Cuando adquirió vigor, pudo realizar en ella extraordinarias acrobacias, dando volteretas, arqueando el cuerpo e irguiéndose con gran agilidad; a fuerza de paciencia, conseguía incluso pasar sobre la barandilla y deslizarse al suelo. Allí se arrastraba sobre los amplios dibujos de la alfombra, observando fijamente las grandes piezas de madera amontonadas de forma caótica en el suelo. Habían pertenecido a su hermano Luke, y todas las letras del alfabeto estaban grabadas en ellas con vivos y variados colores.

Sosteniéndolos con torpeza con sus manitas, estudiaba durante horas los símbolos de la palabra, sabiendo que tenía en ellos las piedras del templo del lenguaje, y esforzándose desesperadamente por descubrir la clave que pondría orden e inteligencia en aquella anarquía. Fuertes voces sonaban en lo alto; grandes formas entraban y salían, alzándolo a alturas vertiginosas y bajándolo de nuevo con vigor inagotable. La campana tañía bajo el mar.

Un día, cuando se hubo desplegado espléndidamente la rica primavera, cuando la tierra negra y esponjosa del jardín se hubo cubierto de pronto de hierba tierna y flores húmedas, y el gran cerezo se llenó poco a poco de ambarinas gotas de savia que eran como gemas, y las cerezas maduraron en copiosos racimos, Gant lo sacó de su cesta y lo llevó al sol del alto porche frontal, y dio con él la vuelta a la casa, pasando junto al macizo de lirios y volviendo por debajo de los árboles donde cantaban pájaros ocultos, hasta el fondo del recinto.

Allí no había sombra, y la tierra estaba seca, surcada por el arado. Eugene supo, por el silencio, que era domingo; junto a la alta valla flotaba el fuerte olor de los hierbajos caldeados. Al otro lado, la vaca de Swain pastaba la hierba fresca y basta, levantando la cabeza de vez en cuando y cantando, con sus mugidos fuertes y graves, la exuberancia del domingo. En el aire limpio y cálido, Eugene oyó con absoluta claridad todos los vivos sonidos de los corrales del barrio, adquirió aguda conciencia de todo el escenario y, al cantar de nuevo la vaca de Swain, sintió que se abrían sus propias compuertas. Respondió «Muuu», imitando tímida pero perfectamente el sonido y repitiéndolo, confiado, un momento después, al contestarle la vaca.

Gant no cabía en sí de gozo. Se volvió y corrió hacia la casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas. Y, mientras corría, rozaba con su erizado bigote el tierno cuello de Eugene, que mugía concienzudamente y siempre obtenía respuesta.

—¡Santo Dios! —gritó Eliza, mirando por la ventana de la cocina y viéndole cruzar el jardín a largas zancadas—. ¡Va a matar a esa criatura!

Al subir él corriendo los peldaños de la cocina —toda la casa, salvo el lado de arriba, estaba separada del suelo—, salió a la pequeña galería enrejada, agitando las manos y roja la nariz.

—¿Qué diablos está haciendo, señor Gant?

—¡Muuu! Ha dicho «¡Muuu!». ¡Vaya que sí! —dijo Gant, hablando más a Eugene que a Eliza.

Eugene le respondió de inmediato; sentía que eso era bastante tonto, y comprendió que tendría que seguir imitando a la vaca de Swain durante varios días; sin embargo, estaba terriblemente excitado, con la impresión de haber saltado un muro.

Eliza estaba también emocionada, pero su manera de demostrarlo fue volver a la cocina, disimulando su satisfacción y diciendo:

—¡Vaya con el señor Gant! Jamás vi a un hombre tan chalado por un niño.

Más tarde, Eugene yacía despierto en su cesta colocada en el suelo del cuarto de estar, viendo pasar los platos humeantes en las manos afanosas de toda la familia, pues Eliza cocinaba de maravilla en aquella época, y las comidas de los domingos eran dignas de recordar. Durante dos horas, después de volver de la iglesia, los chicos pequeños habían estado rondando hambrientos la cocina. Ben, frunciendo orgulloso el ceño, mantenía su dignidad fuera del escenario, limitándose a hacer frecuentes excursiones a través de la casa para observar los progresos de las operaciones culinarias; Grover entraba y miraba con franco interés hasta que lo echaban; Luke, surcada su ancha y divertida carita por una amplia y regocijada sonrisa, corría por la casa, chillando entusiasmado:

Uini, uidi, uiqui,

uini, uidi, uiqui,

uini, uidi, uique,

ui, ui, ui.

Había oído a Daisy y a Josephine Brown recitar juntas Julio César, y la cancioncilla era su propia interpretación de la breve y jactanciosa declaración de César: Veni, vidi, vici.

Yaciendo en su cuna, Eugene oía a través de la puerta abierta la charla del comedor, la ruidosa excitación de los chicos, el chirrido del cuchillo contra el acero al disponerse Gant a partir el asado, y la repetición del gran acontecimiento de la mañana, contado una y otra vez sin variación, pero con creciente entusiasmo.

«Pronto —pensó, al llegar hasta él la intensa fragancia de la comida— estaré allí con ellos». Y pensó, relamiéndose, en el misterioso y suculento yantar.

Durante toda la tarde, en la galería, Gant contó la historia, llamando a los vecinos e invitando a Eugene a repetir su actuación. Eugene oyó claramente todo lo que se dijo aquel día; fue incapaz de contestar, pero vio que el don de la palabra era inminente.

Así vio más tarde los dos primeros años de su vida en brillantes y aislados destellos. Recordaba vagamente su segunda Navidad como un periodo de gran alborozo; fue como un entrenamiento para cuando llegase la tercera. Con la maravillosa facultad de habituarse de los niños, le parecía que la Navidad le era conocida desde siempre.

Tenía conciencia de la luz del sol, de la lluvia, del fuego saltarín, de su cuna, de la fosca cárcel del invierno. Un día cálido de la segunda primavera, vio salir a Daisy cuesta arriba en dirección al colegio; tocaba a su fin el descanso del mediodía, y ella había almorzado en casa. Iba al colegio para niñas de la señorita Ford, un edificio de ladrillos rojos en una esquina de la cima de la empinada cuesta; vio que se reunía con Eleanor Duncan justo antes de llegar a él. Llevaba los cabellos recogidos en dos largas trenzas sobre la espalda. Era una muchacha recatada, modesta, virginal, tímida y que se ruborizaba con facilidad; pero él temía sus cuidados, porque lo bañaba frenéticamente, descargando sobre su pellejo cuanto había de explosivo y violento debajo de su placidez. La verdad era que lo frotaba hasta dejarlo casi en carne viva. Él aullaba de forma lastimera. Al subir ella la cuesta, la recordó. Vio que era la misma persona.

Pasó su segundo cumpleaños en una iluminación creciente. A comienzos de la siguiente primavera, tuvo conciencia de un periodo de abandono; reinaba en la casa un silencio mortal; la voz de Gant no retumbaba ya a su alrededor, y los chicos entraban y salían sin hacer ruido. Luke, el cuarto en ser atacado por la epidemia, estaba muy enfermo de fiebre tifoidea; Eugene fue confiado casi todo el tiempo al cuidado de una negra joven y desaliñada. Después recordó vívidamente su alta y desgalichada figura, sus perezosas y ruidosas pisadas, sus sucias medias blancas y su fuerte olor a negrura y a moho. Un día lo sacó a jugar al porche lateral; era una mañana temprana de primavera, esplendorosa y húmeda después del deshielo. La negra se sentó en un peldaño lateral y bostezó, mientras él, envuelto en su sucio vestidito, reptaba por el sendero y sobre el macizo de los lirios. Al poco rato, se quedó dormida, apoyada en el poste. Y él deslizó hábilmente el cuerpo entre los separados alambres de la valla y salió al caminillo ceniciento que llevaba a la casa de los Swain y, cuesta arriba, al adornado palacio de madera de los Hilliard.

Estos pertenecían a la más alta aristocracia de la villa; procedían de Carolina del Sur, «cerca de Charleston», circunstancia que, por sí sola, daba gran prestigio en aquella época. La casa, una enorme estructura de color castaño de nogal y tejado triangular, que daba la impresión de tener muchos ángulos y ningún plano, había sido construida sobre la cima de la colina cuya ladera descendía hasta la morada de Gant. El suelo llano delante de la casa estaba poblado de majestuosos e imponentes robles. Abajo, a lo largo del caminillo ceniciento y flanqueando el huerto de Gant, había altos y rumorosos pinos.

La casa del señor Hilliard era considerada una de las residencias más elegantes de la villa. El vecindario era de clase media, pero la situación era magnífica y los Hilliard vivían a lo grande, como señores del castillo que bajaban al pueblo pero

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