Uno
1
Yo no lo vi venir, como tantos otros.
Pero William es científico, y él sí lo vio venir; lo vio antes que yo, quiero decir.
William es mi primer marido; estuvimos casados veinte años y llevamos divorciados casi el mismo tiempo. Mantenemos una relación cordial, y voy a verlo de vez en cuando. Vivimos los dos en Nueva York, adonde vinimos cuando nos casamos, pero, como mi (segundo) marido ha muerto y su (tercera) esposa lo ha dejado, lo he visto con más frecuencia este último año.
Más o menos cuando lo dejó su tercera esposa, William descubrió que tenía una hermanastra en Maine: lo averiguó en una web de genealogía. Siempre había creído que era hijo único, así que se llevó una sorpresa mayúscula y me pidió que lo acompañara un par de días a Maine para buscarla. Eso hicimos, pero la mujer, que se llama Lois Bubar, en fin, yo la conocí, pero ella no quiso conocer a William, que se sintió fatal. Además, en ese viaje a Maine descubrimos cosas sobre la madre de William que lo dejaron realmente desolado. A mí también me dejaron desolada.
Resulta que su madre había vivido en medio de una increíble pobreza, en unas circunstancias incluso peores que en las que me había criado yo.
El caso es que dos meses después de nuestro pequeño viaje a Maine, William me pidió que lo acompañara a Gran Caimán, que es adonde habíamos ido con su madre, Catherine, hacía muchísimos años, y adonde íbamos con nuestras hijas cuando eran pequeñas, y también con ella. El día que vino a mi casa a pedirme que lo acompañara a Gran Caimán, William se había afeitado el enorme bigote y se había dejado muy corto el abundante pelo blanco, y hasta más adelante no caí en la cuenta de que debía de ser la consecuencia de que Lois Bubar no quisiera verlo y, por añadidura, de todo lo que había averiguado sobre su madre. Por entonces tenía setenta y un años, pero creo que debía de haberse sumido en una especie de crisis de los cuarenta, o una crisis de madurez, por la pérdida de su esposa, mucho más joven, que se había marchado y se había llevado a la hija de ambos, de diez años, y encima que su hermanastra no quisiera verlo y descubrir que su madre no había sido quien él creía que era.
Así que eso hice, ir con él a Gran Caimán tres días, a principios de octubre.
Y fue raro, pero agradable. Teníamos habitaciones individuales y nos tratábamos con cariño y la consiguiente cortesía. William parecía más reservado que de costumbre, y me extrañaba verlo sin bigote, pero a veces echaba la cabeza para atrás y se reía de verdad. Había una afabilidad real entre nosotros; resultaba un poco extraño, pero agradable.
Pero, cuando volvimos a Nueva York, lo eché de menos. Y eché de menos a David, mi segundo marido, que había muerto.
Los echaba de menos a los dos, de verdad, sobre todo a David. ¡Qué silencio había en mi casa!
Soy novelista, y ese otoño iban a publicar un libro mío, así que, después del viaje a Gran Caimán, tenía que viajar por todo el país. Lo hice, a finales de octubre. También tenía previsto ir a Italia y Alemania a principios de marzo, pero a primeros de diciembre —fue un tanto raro— ya decidí que no iría a esos países. Nunca cancelo una gira promocional, y a los editores no les hizo ninguna gracia, pero no iba a ir. Ya casi en marzo alguien me dijo: «Menos mal que no vas a Italia, tienen el virus ese». Y fue entonces cuando caí en la cuenta. Creo que fue la primera vez. No se me ocurrió que el virus pudiera llegar a Nueva York.
Pero a William sí.
2
Resulta que la primera semana de marzo William había llamado a nuestras hijas, Chrissy y Becka, para pedirles —para rogarles— que se marcharan de Nueva York; las dos vivían en Brooklyn. «Y no se lo digáis todavía a vuestra madre, pero, por favor, marchaos. Ya me ocupo yo de ella». Así que no me lo contaron. Y es curioso, porque me siento muy unida a nuestras hijas, yo diría que más que William, pero le hicieron caso. El marido de Chrissy, Michael, que se dedica a las finanzas, se lo tomó realmente en serio, y Chrissy y él lo prepararon todo para irse a Connecticut, a la casa de sus padres (como estaban en Florida, Chrissy y Michael podían quedarse allí), pero Becka se negó, asegurando que su marido no quería salir de la ciudad. Las dos insistieron en que querían que yo supiera lo que estaba pasando, pero su padre les dijo: «Yo me ocupo de vuestra madre, os lo prometo, pero marchaos de Nueva York ya».
Una semana después, William me llamó y me lo contó. No me asusté, pero sí me quedé un poco confusa. «O sea ¿que se van de verdad?», pregunté, refiriéndome a Chrissy y Michael, y William me contestó que sí. «Dentro de poco todo el mundo trabajará desde casa», dijo, y yo seguía sin entenderlo bien. Añadió: «Michael es asmático, así que debe tener especial cuidado».
«Pero no tiene un asma terrible», repliqué, y William dijo, pasados unos segundos: «Sí, vale, Lucy».
Después me contó que su viejo amigo Jerry tenía el virus y le habían puesto un respirador. La esposa de Jerry también había cogido el virus, pero estaba en casa. «¡Ay, Pill, cuánto lo siento!», exclamé, pero seguía sin entenderlo, sin entender la importancia de lo que estaba ocurriendo.
Es curioso cómo la mente no asimila algo hasta que puede hacerlo.
Al día siguiente William me llamó para decirme que Jerry había muerto.
—Lucy, déjame sacarte de esta ciudad. No eres joven, y además estás muy flaca y no haces ejercicio. Estás corriendo un riesgo. Así que deja que te recoja y nos vamos. —Añadió—: Solo unas semanas.
—Pero ¿y el funeral de Jerry? —pregunté.
—No va a haber funeral, Lucy. Estamos metidos en… Es un lío tremendo.
—Nos vamos de la ciudad, ¿adónde?
—Nos vamos de la ciudad.
Le expliqué que tenía varias citas, que había quedado en ver a mi gestor y se suponía que iba a arreglarme el pelo. William dijo que llamara a mi gestor y adelantara la cita, que anulara lo de la peluquería y me preparase para marcharme con él en dos días.
No podía creerme que Jerry hubiera muerto. Lo digo sinceramente, no podía creérmelo. No veía a Jerry desde hacía muchos años, y quizá por eso me resultara difícil, pero que hubiera muerto… No me cabía en la cabeza. Fue una de las primeras personas que murió por el virus en Nueva York. Entonces yo no lo sabía.
Pero adelanté la cita con mi gestor, y también la de la peluquería, y cuando llegué al despacho del gestor subí en el pequeño ascensor, que siempre se para en todos los pisos. Él está en la decimoquinta planta, y la gente se apretuja dentro con los vasos de cartón y se queda mirándose los zapatos hasta que salen, una planta tras otra. Mi gestor es un hombre alto y corpulento, exactamente de mi edad, y siempre nos hemos querido. Puede parecer un poco raro, porque no nos tratamos mucho, pero en cierto sentido es una de las personas que más aprecio, por haber sido tan sumamente amable conmigo durante todos estos años. Cuando entré en su despacho, dijo: «Distancia de seguridad», haciéndome un gesto con la mano, y comprendí que no íbamos a darnos un abrazo como de costumbre. Hizo unas cuantas bromas sobre el virus, pero me di cuenta de que el tema le ponía nervioso. Cuando acabamos la conversación me dijo:
—¿Por qué no bajas en el montacargas? Yo te enseño dónde está. Así irás tú sola.
Me sorprendió y le contesté que no hacía falta. Esperó un momento.
—Como quieras. Adiós, Lucy B —se despidió, lanzándome un beso al aire, y bajé hasta la calle en el ascensor normal.
—Nos vemos a finales de año —le dije. Recuerdo haberle dicho eso. Y después cogí el metro hasta el centro para ir a arreglarme el pelo.
Nunca me ha caído bien la mujer que me da el tinte. Me encantaba la primera que me tiñó durante años, pero se mudó a California, y la que ocupó su puesto, esa nunca me ha caído bien. Y aquel día tampoco me hizo ninguna gracia. Era joven y tenía un niño pequeño y un novio nuevo, y ese día comprendí que no le gustaba su hijo, que era fría, y pensé: no voy a volver contigo nunca.
Recuerdo haber pensado eso.
Cuando llegué al edificio de mi casa, me encontré en el ascensor con un hombre que dijo que acababa de ir al gimnasio de la segunda planta y que estaba cerrado. Parecía sorprendido. «Es por el virus», aclaró.
William me llamó esa noche.
—Lucy, paso a buscarte mañana por la mañana y nos vamos.
Fue algo raro, o sea, no estaba preocupada, pero sí un tanto sorprendida por su insistencia.
—Pero ¿adónde vamos? —pregunté.
—A la costa de Maine.
—¿A Maine? ¿En serio? ¿Vamos a volver a Maine?
—Ya te lo explicaré. Pero, por favor, prepara tus cosas.
Llamé a las chicas para contarles lo que proponía su padre, y las dos dijeron: «Mamá, son solo unas semanas». Aunque Becka no se iba a ninguna parte. Su marido —se llama Trey y es poeta— quería quedarse en Brooklyn, y ella iba a quedarse con él.
3
William apareció al día siguiente, más como era años antes, con el pelo más largo y el bigote más crecido —se lo había afeitado hacía cinco meses—, pero ni mucho menos como había sido antaño, y me resultó un poco raro. Me fijé en que tenía una calva en la parte posterior de la cabeza y se le veía el cuero cabelludo rosa. Y todo en él parecía un poco extraño. Se quedó allí plantado, en mi apartamento, con expresión de ansiedad, como si yo no me desenvolviera con suficiente rapidez. Después se sentó en el sofá y dijo:
—Por favor, Lucy, ¿podemos irnos ya?
Así que metí un poco de ropa en mi maletita de color violeta y dejé sin fregar los platos del desayuno. La mujer que me ayuda con la limpieza de la casa, Marie, iba a venir al día siguiente, y no me gusta dejarle platos sucios, pero William quería ponerse en marcha inmediatamente.
—Llévate el pasaporte —ordenó. Me di la vuelta y lo miré.
—¿Para qué me voy a llevar el pasaporte, si se puede saber? —pregunté.
William se encogió de hombros.
—A lo mejor vamos a Canadá.
Fui a buscar mi pasaporte; cogí el portátil y volví a dejarlo. William dijo:
—Lucy, llévate el ordenador.
Pero yo me opuse.
—No, no voy a necesitarlo. Para un par de semanas es suficiente el iPad.
—Creo que deberías llevarte el ordenador —insistió William. Pero no lo cogí.
William lo recogió y se lo llevó.
Bajamos en el ascensor, y yo arrastré la maletita con ruedas hasta su coche. Me había puesto el abrigo de entretiempo que había comprado hacía poco. Era azul oscuro y negro, y las chicas me convencieron para que lo comprara la última vez que estuvimos en Bloomingdale’s, unas semanas antes.
4
Esto es lo que no sabía aquella mañana de marzo: no sabía que no volvería a ver mi casa. No sabía que una amiga mía y un miembro de mi familia morirían por el virus. No sabía que la relación con mis hijas cambiaría de una manera que jamás habría podido prever. No sabía que mi vida entera se convertiría en algo nuevo.
Estas son las cosas que no sabía aquella mañana de marzo mientras me dirigía al coche de William con la maletita de ruedas de color violeta.
5
Cuando arrancamos miré los narcisos que había al lado de mi edificio y luego los árboles floreciendo cerca de Gracie Mansion. El sol derramaba un suave calor, la gente andaba por las aceras, y pensé: ¡qué bonito es el mundo, qué bonita ciudad! Entramos en la autovía FDR, con muchísimo tráfico como siempre, y a la izquierda había un grupo de hombres jugando al baloncesto en una cancha rodeada por una valla metálica.
Una vez en la autopista de Cross Bronx, William me contó que había alquilado una casa en un pueblo llamado Crosby —en la costa—, y que se la había encontrado Bob Burgess, exmarido de Pam Carlson, que vivía allí. Pam Carlson es una mujer con la que William estuvo liado a temporadas durante años, no importa cuántos. O sea, ya no importa. Pero Pam sigue llevándose bien con William. Y también con su exmarido, Bob. Por lo visto, Bob era abogado en ese pueblo, y la propietaria de la casa la había sacado al mercado hacía poco: su marido había muerto, ella se había ido a un piso tutelado y le había pedido a Bob que se encargase de la casa. Bob dijo que podíamos alojarnos allí; el alquiler no era ni la cuarta parte del precio de mi piso de Nueva York, y, además, William tiene dinero.
—¿Por cuánto tiempo? —volví a preguntar.
William titubeó.
—A lo mejor solo unas semanas.
Pensándolo ahora, lo extraño es que yo sencillamente no supiera qué estaba ocurriendo.
Llevaba unos meses un tanto desanimada, porque mi marido había muerto un año antes; además, muchas veces me siento decaída al final de una gira promocional, y esta situación empeoró al no tener ya a David para llamarme desde casa. Esa era la parte más dura para mí: no tener a David para hablar con él todos los días.
Hace poco, una escritora a la que conozco —se llama Elsie Waters, y su marido murió justo antes que David, mi marido, así que nos sentíamos especialmente unidas por eso— me invitó a cenar y le dije que estaba demasiado cansada. «¡No pasa nada —contestó—, en cuanto descanses nos vemos!».
Eso es algo que también recordaré siempre.
En un momento dado, William paró a echar gasolina y al mirar al asiento de atrás vi algo que parecían mascarillas quirúrgicas en una bolsa de plástico transparente, y también una caja de guantes de plástico.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—No te preocupes —contestó William.
—Pero ¿qué es? —insistí.
Y William repitió:
—No te preocupes, Lucy.
Pero se puso un guante de plástico para sujetar la manguera de la gasolina, me fijé en eso. Pensé que estaba exagerando y puse los ojos en blanco, pero no le dije nada.
Así que William y yo fuimos a Maine aquel día, un trayecto largo y soleado, y no recuerdo que habláramos mucho. Pero William estaba disgustado porque Becka se quedaba en Nueva York, en Brooklyn. Dijo: «Le dije que yo les pagaría una casa en Montauk, pero no quieren. —Y añadió—: Ya verás como dentro de poco Becka trabajará desde casa».
Becka es asistente social, y yo dije que no veía cómo iba a poder trabajar desde casa, pero William simplemente movió la cabeza. Trey, el marido de Becka, da clases de poesía —es profesor adjunto— en la Universidad de Nueva York, y yo tampoco veía claro cómo iba a trabajar desde casa, pero me callé. En cierto modo no parecía real, quiero decir que, curiosamente, no me preocupaba.
6
Cuando al fin salimos de la autopista para dirigirnos al pueblo de Crosby, el cielo se nubló de repente. Me quité las gafas de sol y todo parecía terriblemente marrón y lóbrego, y sin embargo despertaba cierto interés. Había muchos tonos diferentes de marrón en los pastos por los que pasábamos, y un sosiego que lo envolvía todo. Entramos en el pueblo, con una iglesia grande y blanca en lo alto de una pequeña colina, aceras de ladrillo y casas de listones blancos, y también algunas casas de ladrillo. El pueblo era bonito de cierta manera, si te gustan esas cosas.
A mí no.
Nos detuvimos en casa de Bob Burgess, un edificio de ladrillo en el centro del pueblo. Los árboles que lo rodeaban eran grises y con muchas ramas, sin hojas, y el cielo también era grisáceo. Bob salió y se quedó en la entrada, a cierta distancia del coche. Era un hombre corpulento, de pelo canoso, y llevaba camisa vaquera y vaqueros caídos. Se inclinó para vernos —William tenía la ventanilla abierta— y dijo que las llaves estaban en el porche delantero de la casa. Nos explicó cómo llegar, y añadió: «Tenéis que poneros en cuarentena dos semanas, ¿vale?». Y William le aseguró que sí, que lo haríamos. Bob dijo que había dejado en la casa suficiente comida para que nos durase todo ese tiempo. Me pareció tremendamente simpático e intenté verlo, pero William se interponía, y yo no acababa de entender por qué no salía del coche, por qué no se daban la mano, así que, cuando nos alejábamos de allí, William me lo explicó: «Le damos miedo. Acabamos de llegar de Nueva York. Para él somos tóxicos, y es posible que lo seamos».
Continuamos por una carretera estrecha y larga, muy larga. Había unos cuantos árboles de hoja perenne, pero todos los demás estaban desnudos, y de repente, al mirar por la ventanilla del coche, lo que vi me dejó pasmada. El mar estaba a los dos lados de la carretera, pero yo nunca había visto un mar como aquel. Incluso con el cielo cubierto me pareció increíblemente bonito. No había playa, solo rocas grises y marrón oscuro y árboles de ramas puntiagudas que parecían salir de las cornisas rocosas. El agua verde oscuro se rizaba por encima de las rocas, y las algas de color marrón dorado, casi cobrizo, se extendían ondulantes sobre las rocas salpicadas por el agua verdosa. El resto del mar era gris oscuro, y más lejos de la orilla se veían olas blancas pequeñísimas: una enorme extensión de agua y cielo. Tomamos una curva y justo después había una caleta con muchos barcos langosteros, y daba la impresión de que había mucho aire, con los barcos posados en la caleta, todos orientados en la misma dirección y el mar abierto detrás… Francamente, pensé que era precioso. Pensé: ¡esto es el mar! Para mí era como un país extranjero, pero, a decir verdad, los sitios desconocidos siempre me asustan. Me gustan los sitios que me son familiares.
La casa en la que íbamos a alojarnos parecía grande desde fuera y estaba al final de un promontorio, en lo alto de un acantilado, sin ninguna otra casa alrededor. Era de madera, estaba sin pintar y maltratada por la intemperie. Un camino tremendamente empinado y pedregoso nos llevó hasta allí; el coche fue dando bandazos de un lado a otro. En cuanto me bajé, olí el aire, y comprendí que era el mar, el océano, pero no como en Montauk, en el extremo oriental de Long Island, adonde habíamos ido cuando las niñas eran pequeñas, ni como en Gran Caimán: era un olor penetrante a sal, y en realidad no me gustaba.
La casa debía de haber sido bonita, es decir, se notaba que había sido bonita en cierta época, con su enorme porche acristalado justo encima del agua, pero al entrar sentí lo que siempre siento en las casas ajenas: aversión. Detesto el olor de la vida de otras personas —ese olor se mezclaba con el del mar—; el porche acristalado en realidad era de plexiglás grueso, y el mobiliario un poco extraño, bueno, en el fondo no, simplemente eran objetos tradicionales: un sofá desvencijado rojo oscuro, sillas desparejadas y una mesa de comedor de madera con un montón de arañazos, y arriba había tres dormitorios con edredones de retazos en todas las camas. Esos edredones tenían algo que me deprimió de verdad. Y hacía un frío que pelaba. «¡Tengo mucho frío, William!», grité desde las escaleras, y, sin levantar la mirada, William fue hasta el termostato y al cabo de un momento oí el calor saliendo por los conductos del suelo a un lado de las habitaciones. «¡Ponlo más fuerte!», le pedí. La casa no era tan grande como parecía desde fuera con el enorme porche, y dentro estaba bastante oscuro, precisamente por el porche. Y, como estaba nublado, encendí casi todas las luces.
Todo estaba ligeramente húmedo. La cocina y el salón daban al mar, y allí quieta volví a pensar en lo increíble que era: el agua inmensa y oscura que se arremolinaba y golpeaba las rocas con olas blancas, algo digno de verse. Más allá distinguí dos islas, una pequeña y otra más grande, con unos cuantos árboles de hoja perenne y rocas alrededor.
Al ver aquellas dos islas sentí cierta ternura, y recordé que cuando vivía de pequeña en nuestra casa minúscula de Amgash, un pueblo de Illinois, entre sembrados de soja y maizales, solamente había un árbol, y que siempre consideré a ese árbol mi amigo. Y al mirar aquellas dos islas tuve casi la misma sensación que con el árbol de mi infancia.
—¿Qué habitación quieres? —me preguntó William mientras dejaba las cosas del coche en el suelo del salón.
Ninguno de los tres dormitorios era especialmente grande, y en el del fondo los árboles llegaban hasta la ventana, así que le dije que, menos esa habitación, cualquiera de las otras me daba igual. Lo observé desde el pie de las escaleras mientras subía mi maleta y una bolsa de lona con sus cosas.
—¡Te quedas con la claraboya! —gritó, y después lo oí entrar en otro dormitorio. Pasados unos minutos apareció en la escalera con su abrigo; me lo tiró y dijo—: Póntelo hasta que entres en calor.
Así lo hice, aunque no soporto estar en una casa con el abrigo puesto.
—Me asombra que hayas pensado en traerte el abrigo. ¿Cómo sabías que te iba a hacer falta?
Y me contestó, bajando la escalera:
—Porque estamos en Maine, que está al norte, y en marzo, y hace más frío que en Nueva York.
No lo dijo con mala intención, o eso pensé.
Así que nos instalamos.
—No podemos estar con nadie durante dos semanas —dijo William.
—¿Ni siquiera para dar un paseo? —pregunté.
—Podemos dar un paseo, pero sin acercarnos a nadie.
—Yo no voy a ver a nadie —repliqué, y William siguió mirando por la ventana.
—No, sospecho que no.
No estaba contenta. No me gustaban ni la casa ni el frío, y no sabía qué pensar de William. Me parecía alarmista, y no me gusta alarmarme. Comimos por primera vez en la pequeña mesa redonda del comedor, pasta con salsa de tomate. En la nevera había cuatro botellas de vino blanco, y me llevé una sorpresa al verlas.
—¿Nos las ha traído Bob?
—Son para ti —contestó William.
—¿Se lo dijiste tú? —pregunté.
William se encogió de hombros.
—Tal vez.
William casi nunca bebe.
—Gracias —dije, y me miró levantando las cejas. Tuve casi la misma sensación que en el viaje a Gran Caimán de unos meses atrás: que William me resultaba un tanto extraño, todavía sin el bigote de antes, tan grande, y que yo no acababa de acostumbrarme.
Pero podría pasar dos semanas con él, pensé.
Entré en la habitación de arriba en la que los árboles se apretaban contra la ventana y vi —antes no me había fijado— que había una gran estantería en la pared, enfrente de la ventana, con muchos libros, la mayoría novelas de la época victoriana, y también de historia, especialmente sobre la Segunda Guerra Mundial. Quité el edredón de la cama y lo puse encima del que había en la cama de mi habitación. Me quedé dormida y dormí toda la noche, lo que me sorprendió. Era jueves, eso lo recuerdo.
Dedicamos el fin de semana a dar paseos, juntos y por separado. Estaba muy nublado, sin color por ninguna parte, salvo el pedacito verde de césped cerca de la casa, en lo alto del acantilado. Me sentía intranquila, y tenía frío todo el rato. Es que no soporto el frío. Pasé una infancia de terribles privaciones, y cuando era joven siempre tenía frío; me quedaba en el colegio después de clase todos los días para entrar en calor. Incluso en esta casa me ponía dos jerséis míos y la chaqueta de punto de William encima.
7
En esa mañana de lunes William estaba leyendo algo en su ordenador y de repente preguntó:
—¿Conocías a una escritora que se llama Elsie Waters?
Me sorprendió.
—Sí —contesté, y William me pasó el ordenador. Fue así como me enteré de que esa mujer, Elsie Waters, con la que supuestamente tendría que haber quedado para cenar la noche en que le dije que estaba demasiado cansada, había muerto por el virus.
—¡Dios mío! ¡No!
Elsie sonreía radiante en el ordenador.
—Quita eso —dije, devolviéndole el ordenador a William.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no llegaron a caer. Fui a por mi abrigo, cogí el teléfono y salí. No, no, no, pensaba una y otra vez, furiosa. Llamé a una amiga suya a la que conocía, y la amiga estaba llorando, pero yo no podía llorar.
La amiga me dijo que Elsie había muerto en casa, que había llamado a urgencias pero cuando llegaron ya no respiraba. Hablamos unos minutos más y comprendí que no podía consolar a esa amiga nuestra, ni ella consolarme a mí.
Anduve y anduve, como si fuera por un túnel; quería llorar, pero no pude.
Al final de la semana otras tres personas que yo conocía en Nueva York tenían el virus; varias más tenían síntomas, pero no podían hacerse la prueba porque los médicos no las admitían en sus consultas. Eso me asustó, ¡que los médicos no dejaran a la gente entrar en sus consultas!
Llamé a Marie, que me ayudaba con la limpi
