1
Me aplico la máscara de pestañas, me pinto los labios con mi barra favorita color rojo pasión y me quito las pinzas que me sujetan el flequillo. El espejo refleja una imagen perfecta. No sé por qué, pero presiento que esta va a ser una gran noche.
Me pongo unos tacones plateados a juego con mi vestido negro. Cojo el abrigo —uno tipo poncho de piel sintética de murciélago de color rojo intenso— y me cuelgo el bolso antes de salir al salón.
—¿Sales esta noche, mamá? —pregunto al ver a mi madre vestida como si fuera a la gala de los Oscar.
—Sí, Valeria. Yo también tengo derecho a divertirme. ¿O te crees que eres la única que puede hacerlo? —responde tan altiva como de costumbre.
—Bueno, pásalo bien. —Ignoro su ataque y me acerco a ella para darle dos besos.
—Así, que si no se nos estropea el maquillaje —dice sin dejar que mi rostro roce el suyo y lanzando dos besos al aire a cada lado de mi cara.
Salgo de casa y cierro la puerta. En la calle me espera el uber que me llevará a la fiesta de Navidad de la empresa. Aún no me puedo creer que me hayan invitado, porque apenas acabo de entrar en la compañía.
Hubo un momento en el que pensé que jamás conseguiría llegar a ser auxiliar de vuelo (o lo que es lo mismo, tripulante de cabina de pasajeros o TCP). Hace más de cuatro años que comencé con esta locura. Primero lo intenté en Emirates, donde pasé las dos primeras fases, pero me quedé a las puertas. Luego viajé hasta Polonia, porque Qatar me seleccionó para uno de sus procesos. Lamentablemente, tampoco lo conseguí. Después de estos fracasos probé con todas las aerolíneas españolas, incluso con las low cost, y nada... ¡Quién me iba a decir que finalmente lograría entrar nada menos que en una chárter! ¿Puede haber algo mejor? ¡Qué feliz me siento! Ahora solo faltaría que Sergio me pidiera matrimonio, e irnos a vivir juntos para ser la mujer más feliz del mundo. Aunque presiento que eso no va a pasar. No sé. Él lleva meses ausente, demasiado distante quizá, y noto que ya no tenemos la misma confianza que antes. Es como si nos hubiéramos alejado, como si fuéramos personas diferentes. Y lo peor es que no recuerdo cuándo comenzó a pasar.
Ni siquiera le he contado que ya tengo la licencia para volar y que he firmado mi primer contrato como tripulante de cabina. Él nunca ha querido que yo entrara en el mundo de la aviación. No entiendo por qué.
Y lo peor de todo es que, durante el mes que han durado el curso y las pruebas, no ha notado mi ausencia; lo bueno es que apenas he tenido que darle explicaciones de dónde estaba o dejaba de estar. Por suerte él tiene la cena de Navidad de su empresa esta noche, y allí no llevan acompañantes, así que tampoco he tenido que decirle a dónde voy o poner alguna excusa.
Las fiestas de Navidad de mi nueva empresa son muy famosas dentro del mundo de la aviación, por su exquisitez y porque luego se convierte en el tema de conversación durante semanas. Todos los empleados asisten: Recursos Humanos, programación, jefes, directivos, pilotos, auxiliares, ingenieros... En fin, la compañía al completo.
Miro por la ventana y contemplo Madrid. A estas horas la ciudad continúa activa. El ritmo aquí no para. Me pregunto cómo será Miami... Ya me han programado mi primer vuelo para la semana que viene y estoy muy ilusionada; no podría haberme tocado un destino mejor. Tengo cuarenta y ocho horas de descanso allí, así que estoy segura de que me dará tiempo a visitar la ciudad e ir a la playa.
El uber se detiene frente a la puerta del hotel en el que se celebra la fiesta. Me despido del conductor y salgo del coche. Espero frente al hotel a mi amiga Ana, que estará al llegar. Aún no me puedo creer que nos hayan contratado a las dos. Ana es una de mis mejores amigas. La conocí un fin de semana, cuando me dio la locura de trabajar en una discoteca. No es que me hiciera falta el dinero, porque afortunadamente a mis padres les sobra. Es solo que a veces tengo que hacer cosas como esta para llamar su atención. Ambos están tan centrados en sus respectivas carreras que a veces se olvidan de que tienen una hija.
Veo a mi amiga a lo lejos, acercándose. Alucino con que no haya traído abrigo, con el frío que hace. Seguro que no tiene. Me da mucha pena su situación porque, aunque ella nunca se queja ni habla de su economía, sé que lo pasa muy mal para llegar a fin de mes. Trato de ayudarla en lo que puedo. Pero con lo orgullosa que es, no quiero que se sienta ofendida; así que lo hago con mucha delicadeza.
—Ana, te vas a morir de frío. ¿Y tu abrigo? —pregunto cuando se acerca dándole un abrazo.
—No tengo abrigo para salir, pero da igual; en el metro se pasa mucho calor y dentro no voy a necesitarlo.
—Vamos antes de que te constipes. Por cierto, me encanta ese vestido. ¿De dónde es?
—De Zara.
—Voy a tener que empezar a comprar en esa tienda. Me sorprenden. Parece de un prestigioso diseñador.
Entramos y dejo mi abrigo en el guardarropa.
El lugar está abarrotado de gente. Tanto la decoración como el atuendo de los invitados son exquisitos.
—Pero, bueno, ¿y estos bellezones de dónde han salido? —dice Álex acercándose a nosotras.
Álex es un compañero que hemos conocido en el curso de capacitación. Me cae genial, y además tengo la suerte de volar con él la semana que viene a Miami. Su primer vuelo será mañana, así que, cuando me toque a mí, él ya habrá volado y podrá ayudarme. Lo que no me creo es que, estrenándose mañana, esté aquí tan tranquilo. Yo estaría de los nervios.
—¡Venid! Quiero que conozcáis a unas amigas —dice tirando del brazo de Ana.
Después de presentarnos nos quedamos todos charlando.
—¿No estás nervioso? —le pregunto.
—Un poco, pero, bueno, no me podía perder esta fiesta por nada del mundo. ¿De qué vamos a hablar los próximos días si no, cariño?
—¡Qué loco! Por cierto, me encanta ese traje. Te sienta muy bien el color rojo.
—Esto no es rojo, querida. Es bermejo —responde él cual diva.
—Bueno, cari. «Bermejo» —digo imitando su tono.
—Oye, ¿cómo es que no estás bebiendo nada?
—Acabábamos de llegar cuando nos has secuestrado.
—Vamos, que te acompaño a pedir una copa.
—Pero si tú no puedes beber, que tienes el primer vuelo mañana.
—Yo no, pero tú sí. —Ríe.
—No te preocupes, quédate aquí. Voy yo con Ana y ahora volvemos.
Aviso a Ana, que está hablando con uno de los pilotos que conocimos en el curso. Mi amiga y yo nos dirigimos a la barra y pedimos dos gin-tonics.
—Por esta nueva aventura —dice ella alzando su copa en cuanto el camarero nos sirve.
—¡No puedo creer que lo hayamos logrado! —digo al tiempo que brindamos.
Cogemos sendas copas y regresamos a la pista cuando de pronto veo algo que me deja sin aliento.
Sergio, mi novio, está en la fiesta. ¿Qué hace aquí? ¿Se habrá enterado de que he pasado el curso? ¿Habrá venido a buscarme? Comienzo a esbozar una sonrisa. ¿Será una sorpresa? Sin embargo, cuando miro a su lado, se me borra la ilusión de los ojos. No puede ser. Está acompañado de una morenaza despampanante.
Sin pensarlo dos veces, me voy directa a él.
—Ni se te ocurra. —Ana me agarra del brazo y tira de mí, tratando de detenerme.
—¿Cómo se atreve? Este no sabe quién soy yo. —Las lágrimas ya han comenzado a resbalarme por las mejillas, pero aun así me noto llena de rabia.
—No puedes montar una escena en esta fiesta, Valeria; no después de lo que has luchado por este trabajo. Y menos por este gilipollas. —Mi amiga me tira de la mano, intentando razonar conmigo, pero no logro concentrarme en sus palabras.
Nunca me he sentido tan estúpida como en este preciso instante. Ese cabrón me ha visto cara de tonta. Ana trata de detenerme de nuevo, pero me giro hacia ella.
—Ana. Me ha estado engañando todo este tiempo y encima con una auxiliar. —La voz se me rompe y ahogo un sollozo.
—Con razón no quería que entraras en este mundo de la aviación. ¡Menudo hijo de...!
—Me dijo que tenía una cena de empresa. Claro, que lo último que se esperaría era que yo también estuviese invitada a este evento —relato como ausente.
Ana titubea, pero luego me aprieta la mano de nuevo.
—Mira el lado positivo: al menos no haberlo invitado te ha servido para darte cuenta de la clase de capullo que es.
Pero yo no estoy dispuesta a dejarlo pasar. Me doy la vuelta otra vez.
—Esto no se va a quedar así.
—Claro que no. —Ana vuelve a agarrarme del brazo, esta vez con más fuerza—. Pero esta noche te vas a comportar y no vas a montar ningún numerito si quieres conservar tu nuevo trabajo. Mañana ya pensaremos en cómo vengarte de él.
Sin soltarme, me lleva hasta una de las mesas grandes que hay, haciendo caso omiso de la resistencia que le pongo, y me sirve una copa de champán. No me gusta demasiado el champán, pero ahora mismo me bebo lo que sea. Me la bebo de un trago y dejo que me la rellene. Observo cómo se sirve otra para ella mientras trato de recomponerme. En estos momentos soy capaz de cualquier cosa; la rabia me corroe por dentro. Me siento estúpida. Nada tiene sentido, parece que todo esto fuese una pesadilla de la que no voy a despertar. Miro de reojo y trato de ver si Sergio sigue en el mismo sitio, pero se ha esfumado.
—Por nuestro futuro. —La voz de Ana hace que me vuelva a centrar en ella.
—Por el futuro —repito distraída, antes de acercarme la copa a la boca.
Voy a necesitar todo el alcohol posible para lo que está por venir.
2
—¿Dónde os habíais metido? —pregunta Álex, que aparece de la nada en mitad de la fiesta.
Ana y yo cruzamos una mirada.
—Te estábamos buscando, pero no te encontrábamos —dice disimulando mi amiga. Yo me limito a asentir con la cabeza.
—Pues aquí estoy. ¿Estás bien, Valeria?
—Sí, sí, ¿por qué?
—No sé, te veo mala cara.
—Vaya, gracias, tú también estás hermoso —ironizo.
Cuando me vuelvo, esperando algún comentario de Ana, me doy cuenta de que está hablando con ese piloto que la vuelve loca, aunque ella lo niegue. En otro momento esto me habría sacado una sonrisa. En este no.
Ana, al notar las miradas de Álex y la mía, nos presenta al guaperas, y justo en ese instante vuelvo a localizar a Sergio. Así que no entro en la conversación. Solo puedo pensar en cómo voy a arruinarle la noche a ese cabrón. Ella tiene que saber que él tiene novia, y que esa novia soy yo.
Me sirvo otra copa de champán, y otra, y otra. Necesito entrar en calor.
Entonces, uno de los directivos de la compañía sube al pequeño escenario y se hace con el micrófono que le entrega uno de los asistentes. Me distraigo un segundo y pierdo de vista a Sergio, que ya no está donde antes. Hago un barrido con la mirada, pero ni rastro de él ni de la chica.
—¡Escucha! No me lo puedo creer —dice Álex tirándome del brazo para que preste atención al discurso.
—¿Qué pasa? —pregunto confundida.
—Que van a anunciar la nueva política de uniformidad. Había rumores, pero no imaginé que fuera verdad, y mucho menos que lo fuesen a anunciar esta noche.
Trato de concentrarme en lo que el representante de la compañía está diciendo.
—Desde siempre los pasajeros han podido elegir cómo ir vestidos en nuestros vuelos. A partir del próximo 1 de enero, los miembros de la tripulación también podrán hacerlo. Esta noche queremos anunciar que vamos a sustituir nuestra antigua política de uniformes de género por una neutral. Históricamente, las aerolíneas han mantenido estrictas políticas de uniformidad: faldas y tacones para mujeres, pantalones y chaquetas para hombres. Queremos permitir a nuestros tripulantes elegir el uniforme en el que se sientan más cómodos, independientemente del diseño original masculino o femenino.
—¿Eso quiere decir que si te apetece puedes ponerte la falda y los tacones? —le pregunto a Álex sin dar crédito a la noticia.
—Sí —responde demasiado entusiasmado—. De hecho, va a ser lo primero que haga en cuanto se pueda.
—¿Hablas en serio?
—Por supuesto.
Miro a Ana para ver si está prestando atención al discurso y preguntarle su opinión, pero sigue inmersa en la conversación con Víctor.
—No entiendo muy bien cómo va a funcionar esta política —confieso.
—Pues muy fácil: cada uno que elija el uniforme con el que más cómodo o cómoda se sienta. Si tú quieres ir con falda, pues vas con falda. Si prefieres ir con pantalones, pues con pantalones. Y si te sientes más cómoda con el uniforme masculino, pues usas el masculino.
—Entonces ¿tú vas a ir siempre con la falda y la chaqueta?
—Cuando me sienta mujer y me apetezca.
—¿Cuándo te sientas mujer? —pregunto sin entender nada.
—Sí, soy género fluido —dice con seguridad.
—¿Y eso significa...? Perdona mi ignorancia —me disculpo, pues por sus comentarios había dado por hecho que era gay.
—Significa que puedes transitar entre dos o más géneros de forma permanente o esporádica. Es decir, que un día te puedes sentir mujer y al otro hombre, o sencillamente ninguna de las dos cosas
