Aquel verano en París

Jose Luis Díez-Garde

Fragmento

Capítulo 1

1

«Solo las mejores van a París». Esa frase se le quedó grabada a Matilde desde el momento en el que puso un pie en el taller de la calle Caballero de Gracia, donde el genial Cristóbal Balenciaga había montado su atelier en Madrid después de la Guerra Civil.

Aquellos fueron unos años duros para todo el mundo, aunque para ella realmente fue la época en la que se aficionó a coser. Durante los años de la contienda, su tía Carmen se había refugiado en Lesaka, pensando que en tiempos difíciles lo mejor era volver con la familia, y había dedicado las tardes a convertirla en una gran costurera. Le solía decir que tenía manos de pianista, pero que a falta de piano, bien podía ganarse la vida con una aguja. De esta manera, desde los diez años, Mati, como la llamaban en casa, se había formado en la exigente técnica Balenciaga.

Después de la Guerra, entrar en el taller de San Sebastián fue pan comido: la buena consideración que seguía teniendo su tía en el atelier ya le habría bastado para conseguir un puesto en la casa, pero es que además ella llegaba aprendida. «La niña apunta maneras, Carmen», «¡Menudo arte tiene tu sobrina!», solían comentar sus compañeras entre puntada y puntada. Mati lo escuchaba concentrada en el bies o el cuello que se le resistían, buscando ser todavía mejor de lo que ellas se esperaban.

Pero San Sebastián ya era solo un recuerdo. Desde enero vivía en un pequeño cuarto que le medio alquilaban unos amigos de la familia que regentaban un hostal en pleno Chamberí. El sitio era apañado y decente; la habitación, sin grandes lujos pero cómoda, y en el salón común, por las mañanas se colaba el sol de Madrid que poco le recordaba a los nublados cielos de febrero en su pueblo.

Don Julián y doña Amparo eran casi como de la familia, y una de las cosas que más le gustaba de aquella casa era poder quedarse por las noches un rato en la cocina escuchándola a ella contar las anécdotas de cuando iba con la madre de Mati al río o a la verbena con los que después de un breve noviazgo se convirtieron en sus maridos.

Mientras le echaba una mano secando los cacharros que se habían empleado ese día para servir la comida y la cena, se enteraba de cosas que su madre nunca le hubiera contado sobre su padre, requeté de la Ribera fallecido durante la toma de Bilbao y de quien llevaba siempre consigo una foto en la que lucía la misma boina roja que ella conservaba y que, de vez en cuando, se ponía haciendo juego con un abrigo rojo que se había cosido ella misma.

Los fines de semana, si había que hacerle algún remiendo a alguna cortina, a alguna sábana o arreglar algún calcetín, no tenía problema ninguno en ponerse a zurcir, aunque la intención no era tan inocente o voluntariosa como los huéspedes podían pensar.

Los sábados y domingos era cuando Luisete descansaba de estudiar. Estaba preparando oposiciones para ser alguien importante en la Administración o, al menos, poder ganar lo suficiente como para liberarse de la carga del hostal, que no quería heredar de sus padres. Fue en aquellos domingos por la mañana, junto a la ventana, entre hilos, dedales y agujas, cuando empezaron a conocerse y a surgir lo que parecía amor, según las novelas de Corín Tellado a las que ella se había empezado a aficionar.

—Algún día podría llevarte a dar una vuelta, Mati.

—¿Y por qué no vienes a recogerme al taller el jueves?

—¿A esperar como todos esos en grupo a que salgan sus novias? Si muchos se marchan porque no bajáis nunca.

—Ay, chico, pero es que el que algo quiere… ¡Si te pasas el día entero entre libros! Así al menos hablas con alguien más que con el Código Civil.

—No sé ni si debo, no tardaré mucho en tener el examen.

—Eres imposible, chico. De todas formas, que sepas que el jueves, sí o sí, a la salida nos iremos a dar una vuelta a celebrar San Isidro. Las amigas me preguntan por ti. Quieren conocerte.

—¿También chismorreáis de mí?

—De ti y de todo lo que se nos ocurra, guapo.

Las horas se le pasaban rápido en el taller, donde nunca les faltaba el trabajo. La de Madrid era una de las cuatro casas que dirigía Balenciaga junto con las de San Sebastián, Barcelona y París, y, aunque en las etiquetas españolas aparecía el nombre de EISA, el nivel de exigencia era tanto o más que en los vestidos que se cosían en Francia: «Las gabachas son unas finolis que se llevan la fama, pero cuando hay que sacar el trabajo, ¿a quién recurren?», se quejaba de vez en cuando Paquita, una soriana con mucha guasa que desde el primer momento había hecho muy buenas migas con Mati. Era ella quien le había metido en la cabeza eso de ir a París, y así es como comenzó a forjarse en su interior esa obsesión. Quería ser de las elegidas que en verano viajaban a la capital francesa a ayudar a terminar la colección que unas semanas después sería admirada por el mundo entero. Desde pequeña, el trabajo de su tía Carmen le había posibilitado tener acceso de vez en cuando a alguna de las revistas de moda que se leían en París y su deseo era conocer la ciudad más bonita del mundo según aquellas páginas. Además, siempre se había fijado en las elegantes señoras que veía pasear por la Concha cuando iban a visitar a la tía. Mujeres engalanadas que habían cruzado la frontera aprovechando sus vacaciones en Biarritz. Ahora, tenía al alcance de la mano aquella fantasía y sentía que la podía tocar con los dedos, pero ya le había dicho Paquita: «Por ahora vete olvidándote de ello, guapa, que acabas de llegar».

El jueves no tenía claro si Luisete la estaría esperando, como parecía que habían acordado veladamente aquella mañana de domingo. Razón no le faltaba cuando le dijo que no quería ser de aquellos chavales (incluso hombres) que se dedicaban a esperar durante horas a que bajaran sus novias del taller. Las jornadas en EISA podían ser interminables, pero eso era algo que sucedía con más probabilidad cuando se acercaba algún desfile, había un encargo importante o el maestro estaba de visita. Y aquella semana las cosas habían ido sin mucho sobresalto. La única excepción fue la llegada de una de las señoras más elegantes de Madrid aquella misma mañana. La marquesa de Llanzol había pasado por el taller. No era lo habitual en ella, ya que era de las pocas que contaban con el privilegio de ser visitadas por don Cristóbal en casa, pero parecía que los astros se habían alineado y el nerviosismo cundió entre las empleadas en una mezcla de curiosidad —traducida en un intento de atisbar por la cerradura de la puerta a semejante señora— y miedo a perder la oportunidad de salir la noche del jueves porque hubiera que cumplir algún compromiso inaplazable. El chófer se había quedado esperando en la calle mientras la marquesa subía a consultar los plazos para un encargo: el embajador español en Alemania iba a poner de largo a su hija en Bonn y, en una España que todavía vivía con cartillas de racionamiento, aquello iba a ser el acontecimiento del año. Además, para la Llanzol era una oportunidad perfecta de verse a escondidas con su amante, Ramón Serrano Suñer, el cuñado de Franco y el fruto de sus desvelos.

A la salida de la señora, Felisa Irigoyen, la jefa de taller que había recibido a la marquesa, llamó a Mati y a Paquita para darles los detalles del encargo, ya que ellas iban a ser sus responsables. Enseguida le vino a la mente Luisete y el temor de darle calabazas justo el primer día que venía a buscarla.

—¿Tú crees que saldremos a la hora? Va a venir Luisete —preguntó Mati a Paquita mientras andaban por el largo pasillo que comunicaba el taller con los elegantes salones en los que se recibía a la clientela.

—Hoy sí, pero que no le coja gusto a eso de salir puntual. Si va a esperarte en la puerta muy a menudo que se compre un buen gabán, a ver si va a coger frío. Y mejor que le dé una buena propina al sereno, le trae más cuenta. ¿Hoy conoceremos entonces a tu pretendiente?

—Parece que sí… Si no se le atraganta alguna ley. Se está tomando muy en serio lo de las oposiciones.

—¿Tan rápido te quiere retirar?

—No, qué va. Yo creo que tiene que ver más con salir de casa. Don Julián y doña Amparo son un encanto y a mí me tratan como a una más de la familia, pero Luisete no quiere ver el hostal ni en pintura. No se quiere hacer cargo del negocio y yo en parte lo entiendo. Además, es muy listo.

—A ver si vas a acabar alternando con la Llanzol.

—Calla, tonta. Se lo toma muy en serio y yo eso lo respeto. Es un cielo.

—Tú hoy vas a conocer a Tomás.

—¿Cuánto tiempo lleváis?

—Va para seis meses que me pretende y, qué quieres que te diga, yo estoy encantada.

A las siete de la tarde, puntuales como les habían dicho a sus novios, salieron por la puerta de servicio, destinada a las costureras, acompañadas del revuelo formado por sus otras compañeras. En la entrada se agolpaban un grupo de muchachos que inmediatamente dibujaron una sonrisa en sus caras cuando vieron aparecer a las modistillas: «¡Viva la costura española!», gritaba uno mientras cogía por la cintura y le plantaba un beso en la mejilla a una de las compañeras de Mati. Ella, testigo de cómo cada una se emparejaba con su chico, estiraba el cuello intentando encontrar a Luisete. Estaba apoyado en la pared de uno de los edificios de la calle y algo alejado del resto de los chicos.

—Pero ven aquí, hombre, que no te va a comer nadie —le espetó Mati a la vez que agarraba del brazo a Paquita y le señalaba quién era su novio.

—Además de listo, ¿tímido? Menudo partidazo se lleva la navarra.

—¡Calla, tonta! Verás qué majo. Te va a caer muy simpático. Luis, ¡vienes o qué!

Luisete se abrió camino entre la algarabía montada por los encuentros amorosos, las despedidas de las chicas y los apretones de manos de ellos emplazándose a la próxima espera y alcanzó a Mati que, tras un tímido beso, le cogió de la cara.

—Este es Luisete, el mejor opositor de España —dijo mientras le aplastaba los cachetes y soltaba una generosa y cariñosa risa.

—Un placer, oiga. Que Mati nos cuenta poco, pero algo sabemos. No sé si has conocido a Tomás, mi novio. Él se encarga hoy de llevarnos por lo mejorcito de la verbena.

Los chicos se cruzaron la mirada y se sonrieron en un gesto que buscaba simular un saludo a la par que ellas se agarraban del brazo y emprendían el camino hacia el Madrid más castizo.

Tras un paseo por la Gran Vía, las parejas se perdieron entre la juventud que había salido para celebrar al santo más milagroso y, cumplida la tradición de beber agua de la fuente, unos churros les sirvieron como cena barata con la que sus novios no tuvieron que empeñar medio jornal para darles el gusto. A Mati aquello le pareció el paraíso. La verbena apenas tenía que ver con las fiestas de su pueblo, y el chocolate que tomó le supo como el mejor manjar, poco acostumbrada en los últimos tiempos a los dulces, que eran una excepción en el hostal. Luisete, además, se convirtió en aquella velada en el mejor hombre del mundo. Parecía un galán como los que se veían en las películas, y eso que al chaval se lo podía llevar cualquier brisa y de tanto estar encerrado en su cuarto tenía un color translúcido. Pero esa noche, no sabía si por la luz de los farolillos o por el vermut que tanto le gustaba y que sabía que enseguida le subía, vio en él al hombre de su vida.

Al llegar al hostal, antes de la medianoche, como bien les habían dejado claro don Julián y doña Amparo, y encerrada ya en su cuarto, encendió la lamparita de su mesa decidida a escribir a su madre para contarle todo lo que había sentido esa noche de la mano de Luis (cuando se dirigía a la familia del pueblo, Luisete era Luis, que le parecía más serio). Sabía que estaría encantada de poder emparentar con su amiga Amparo y, a fin de cuentas, ellos estaban ejerciendo si no de padres, sí de suegros o, al menos, de tíos en Madrid. Pero apenas escribió el saludo, decidió abandonar la idea de la carta. ¿Para qué esperar tantos días cuando podía llamar por la mañana a su madre y contárselo directamente?

Paquita llegó con retraso el día siguiente al taller, por lo que Mati tuvo que improvisar alguna excusa con la que justificar a su amiga. «Luego te cuento, cari. Menuda noche la de ayer», le explicó rápidamente mientras se sentaba a su lado y se apresuraba a ponerse con la tarea.

La mesa era grande, de madera, con todo lo necesario para empezar con el trabajo. Sobre ella se disponían unas telas de algodón crudo, donde ya estaban cortados los patrones del vestido que iban a tener que confeccionar. Por lo que pudieron adivinar, se trataba de un diseño de noche, con una cintura marcada, escote palabra de honor y muchísimo volumen en la falda. Si bien el maestro ya había trabajado con esas siluetas unos años atrás, no fue hasta hace dos, en 1947, cuando ese tipo de faldas se pusieron de moda en todo el mundo.

La idea fue de Christian Dior, un diseñador que pasaba de los cuarenta años y que se había formado con Lelong y Piguet y que, apoyado por Marcel Boussac, el multimillonario del algodón, había lanzado su firma en febrero de aquel año presentando lo que la prensa había llamado «el New Look». La revolución fue tan grande que incluso algunos titulares dijeron que tras aquel desfile el francés se había convertido en la persona más famosa del mundo. Eso a Mati, a la que su tía había educado en la veneración al maestro Balenciaga, le pareció una afirmación de mal gusto y muy poco respetuosa contra un genio que llevaba tres décadas de profesión. Pero ya nadie podía negar que las mujeres demandaban esas siluetas de grandes faldas y cinturas estrechas con las que parecía que Francia, que todavía seguía recuperándose de la guerra, había dicho adiós a los años de carestía.

—En París no tendrán pan, pero tienen faldas —comentó Paquita al empezar a medir con los palmos de la mano el patrón.

Mati decidió tomarse aquel vestido como un reto. Era mayo y no podía faltar mucho para que decidieran quiénes iban a acompañar a los jefes de taller, Juan Emilas y Felisa Irigoyen, a París para terminar la colección cuya presentación estaba programada para después de las vacaciones de verano. Mati estaba segura de que aquella iba a ser una colección clave tras el éxito del New Look y quería estar ahí presente. Le daba igual si se quedaba sin vacaciones, París era su destino. Lo sabía desde pequeña cuando soñaba leyendo aquellas revistas que le traía su tía, y ahora parecía que lo podía conseguir. Se sentía predestinada para ello y nada se lo iba a impedir.

—¿Cuándo crees que dirán algo de lo de París? —le preguntó a Paquita sin retirar la mirada del hilo y la aguja.

—Ya te dije que te fueras quitando eso de la cabeza, no son más que pájaros. Las recién llegadas no vais a Francia.

—Tú di lo que quieras… ya veremos.

Su amiga negó con la cabeza, consciente de que era difícil quitarle una idea a esta chica cuando se le metía entre ceja y ceja.

—Cómo te tira esa tierra, guapa —le solía contestar.

Al mediodía, cuando pararon para comer, Mati se acercó a un locutorio que había cerca del taller. Fue difícil dar con su madre, pero más complicado se le hizo contarle la historia de Luisete, de la que no tenían noticias en el pueblo. Ella había decidido comenzar aquella relación sin consultárselo a su madre, dejando de lado la fama de chica responsable con la que había abandonado Lesaka. Pensó que tampoco era nada grave, y eso que la mentira piadosa había llegado también a Madrid. En el hostal todos pensaban que la familia de Mati estaba al tanto de la relación y ella rezaba para que nunca se llegaran a comunicar directamente ambas familias, ni apareciera alguien del pueblo en Madrid que luego pudiera llevar la noticia a su casa. Tampoco sabía responderse por qué había ocultado aquello. Quizá hasta la noche anterior no había visto en él un serio pretendiente. Quizá era verdad lo que le había dicho una compañera de la escuela sobre que las que van a la capital al final cambian. Y solo pensaba en la advertencia que le hizo don Justo, el párroco, cuando se enteró que dejaba San Sebastián: «Eres buena cristiana, no lo vayas a estropear».

Criada en una familia católica, nacional y decente, con una madre que guardaba la ausencia de su padre muerto, no quería ser bajo ningún concepto la oveja negra, y, además, lucía con orgullo siempre que podía aquella boina roja que para ella no solo era un accesorio con el que resaltaban más sus cabellos dorados heredados de él como el antojo que tenía en el ojo derecho y que siempre trataba de ocultar con maquillaje, sino toda una declaración de intenciones, un compromiso con una causa con la que iría hasta el final.

No sabía por dónde abordar la conversación cuando al final escuchó la voz de su madre al otro lado del teléfono:

—Madre, ¿cómo está? ¿Qué tal todo en el pueblo?

—¡Matilde, cariño! Pero ¡por qué no escribes!, que esto te va a costar una fortuna. ¿Pasa algo?

—Nada, madre. Todo bien. Trabajando mucho como me dijo y ayudando a doña Amparo en todo lo que me pide.

—Trátalos bien, que sabes que son como de casa. Hija, ¿para qué esta llamada entonces? Me habías asustado.

—Le iba a escribir, pero me han podido las ganas. Es por Luis, el chico de don Julián y doña Amparo. Me pretende, ¿sabe, madre?

—Ya imaginaba yo que haríais buenas migas. Si de pequeños, aunque tú no te acuerdes, siempre os llevasteis bien. Era cuestión de tiempo. ¿Y qué te dicen ellos?

—A todos les parece bien. Se lo tenía que haber contado hace un tiempo, pero no sabía si yo también le quería… y creo que sí, madre. Creo que estoy enamorada.

Capítulo 2

2

El general Miguel de Arzúa puso un pie sobre la acera sin darse cuenta de que justo ahí, en ese mismo lugar, había un charco. Así es como comprobó que, pese al sol que hacía esa mañana, todavía no se había secado el suelo de París.

—Carmencita, ten cuidado, no te manches los zapatos al bajar —le avisó a la muchacha su madre, doña Julia López de Quesada—. Miguel, ¿me ayudas, por favor?

El general retiró la mirada de la imponente fachada en la que se leía tres veces el nombre «Balenciaga». «Solo con uno no debía de bastar», había pensado para sí nada más alzar la mirada y verlo para, acto seguido, girarse al coche y ofrecerle la mano a su mujer, que con cuidado bajaba del Mercedes Benz que les había traído desde el hotel Ritz, en el que se alojaban esos días en París.

Doña Julia había insistido mucho en que la cita exigía puntualidad, ya que no se podía hacer esperar a don Cristóbal. Así que cuando todavía faltaban cuatro minutos para que dieran las once de la mañana, el matrimonio y su hija, la verdadera protagonista de todo aquel embrollo, ya estaban entrando por la puerta de la sede de Balenciaga en la avenida de Jorge V de la capital francesa. Para don Miguel, aquello solo era un trámite al que le habían forzado por causas de Estado que le iba a costar una fortuna; para doña Julia, la manera de fortalecer su posicionamiento social, y para Carmencita, que pese al diminutivo familiar estaba a punto de cumplir los diecisiete años, formaba parte más de un juego que de la vida real.

Entraron por el gran portal que daba acceso a los salones de la firma, dejando a un lado y a otro los espacios destinados a la boutique en la que se vendían los bolsos, guantes y pañuelos de Balenciaga. Doña Julia pensó que luego tendría tiempo para detenerse en aquellas frivolidades que tanto le gustaban y que, desde que su marido había sido nombrado embajador de España en Alemania, se habían convertido en una parte fundamental de su indumentaria. Cualquier excusa le bastaba para comprar un bolso, unos zapatos o unas medias de seda. España, un país imperial, debía dar ejemplo de buena presencia allá donde fuera. Eso pensaba o, al menos, es lo que esgrimía como excusa cada vez que llegaba alguna factura abultada.

Un conserje los recibió en la puerta y los acompañó hasta un ascensor forrado en cuero. Apretó el botón del tercer piso y durante todo el trayecto nadie dijo una sola palabra. El silencio era fruto de una mezcla de nerviosismo y respeto, un comportamiento normal cuando uno entraba en un museo o en una capilla, y aquella experiencia tenía mucho de ambas cosas.

Al abrirse las puertas, nada más poner un pie en el amplio pasillo, el impecable parquet de madera crujió, haciendo que madame Véra dejara sobre la mesa unos papeles que justo había roto de una manera simétrica y perfecta, como todo en ella, y fijara la mirada, por encima de las gafas, en el trío con el que acababa de empezar a compartir espacio.

Se levantó y con un gesto les invitó a acercarse. Detrás de ella, un gran biombo impedía ver todavía el interior del piso donde se creaba la magia de Balenciaga.

—Y esta quién es, ¿san Pedro? —susurró entre dientes el general.

—Miguel, por favor, las formas —reprendió apurada doña Julia.

La pareja se acercó a paso ligero seguidos a dos metros de distancia por su hija, que al no llegar a ver a madame Véra, se dedicaba a observar la elegancia de aquel espacio, sobrio y clásico, pero demasiado aburrido para una mujercita de su edad.

Sobre la mesa de madame Véra, un libro indicaba en español su cita. Al buscar con la mirada su nombre en él, doña Julia alcanzó a ver también los papeles que esa elegante mujer enlutada había dejado en la mesa y adivinó que eran peticiones de revistas solicitando los looks 12 y 87 de la última colección de la maison. Junto a estos, una nota en francés que indicaba: «Solo el 25». «Mala suerte», pensó ella para sus adentros.

Confirmada la cita y revisada la documentación por parte de madame Véra, ella misma los acompañó hasta un enorme pasillo que a Carmencita, esta vez sí, le pareció un sueño. A un lado, se sucedían ocho puertas cubiertas con espejos que luego descubriría que daban acceso a los probadores. Al otro, la luz de París se colaba a raudales por las enormes ventanas orientadas a la avenida, iluminando el amplio salón donde se celebraban los desfiles. En cada extremo del pasillo, impecablemente arregladas con unos impolutos vestidos negros, se distribuían las ocho vendedoras rodeadas de sus asistentes. Todas se callaron en el momento en el que detectaron su presencia. Una de ellas se levantó y se acercó hasta donde les había dejado madame Véra.

—Buenos días, general y madame —saludó esa mujer en un castellano con un muy marcado acento francés—. Soy mademoiselle Renée, la directora de la casa. Don Cristóbal nos avisó de que llegarían esta mañana.

—¿Él está ya aquí? —interrumpió doña Julia.

—No, madame, don Cristóbal no pasará hoy por el atelier.

Lo cierto es que el genial diseñador llevaba varios días sin aparecer. Y no era la primera vez. Desde el pasado diciembre, el hombre más respetado de la moda parisina no era el mismo. Su mundo se había venido abajo y no precisamente porque, como pensaba la gran mayoría, el efecto del New Look le hubiera trastocado sus planes empresariales. El vasco que podía coger una tela y hacer con ella una obra de arte sufría todavía la muerte de Wladzio d’Attainville, con quien había compartido la vida durante los últimos veinte años. Él había sido su apoyo, la persona que conseguía calmar sus ansias y su obsesión con la perfección. El único que le comprendía y aplacaba sus demonios.

Las paredes del atelier transmitían una fuerza poderosa, pero lo cierto es que la casa se tambaleaba. El propio Balenciaga se había planteado cerrarla por no entender la moda sin la compañía de d’Attainville, y Nicolás Vizcarrondo, el hombre que se sumó a la aventura de Cristóbal y Wladzio en la moda aportando el dinero necesario para lanzar el negocio en París, temía lo peor.

Mademoiselle Renée conocía las preferencias por el sexo masculino de su jefe y asumía, como todas allí, una relación por la qu

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