La criatura del deseo

Andrea Camilleri

Fragmento

 0002_0001

La historia que vamos a contar empieza en 1912 en Viena y termina en 1919 en Dresde, aunque, para poder apreciarla mejor y comprenderla en toda su complejidad y profundidad, es absolutamente necesario remontarnos a mucho antes.

En el año 412 a.C., Eurípides pone en escena una tragicomedia (no puede definirse de otra manera) titulada Helena que se inspira en la Palinodia del poeta Estesícoro, quien la escribió con el fin de recuperar la vista que había perdido como castigo divino por haber compuesto con anterioridad dos obras contra la misma Helena. La Palinodia era una suerte de rehabilitación de la figura de Helena, universalmente conocida como causa primera y única de la guerra de Troya, una mujer a la que Esquilo definió como de costumbres laxas, ruina de hombres y navíos, y a la que el propio Eurípides, en otra tragedia, calificó explícitamente de gran meretriz.

Helena pasará a través de los siglos marcada de este modo para siempre.

El caso es que, retomando una antigua leyenda, Estesícoro da la vuelta a ese juicio, o mejor dicho, prejuicio, y sostiene en su obra que Helena fue siempre fiel a su esposo Menelao, y que los dioses, conmovidos por el llanto de la mujer, que no quería que la secuestrasen, enviaron una copia exacta de ella, tan lograda que nadie notó el cambio.

Eurípides parte de esta idea y la desarrolla de forma ingeniosa.

Como es bien sabido, en el primer certamen de belleza de la Historia, Venus logra ser elegida Miss Olimpo tras corromper con facilidad al único juez, el príncipe troyano Paris.

A cambio de su voto, la diosa le permitirá hacerse con la mujer tenida por más bella entre las mortales: Helena.

No obstante, hay un pequeño problema: dado que Helena está casada con el griego Menelao, será necesario secuestrarla. Sin perder un instante, Paris pone rumbo al palacio de Menelao para apropiarse de la bella mujer.

Helena, sin embargo —y aquí empieza la variante euripídea—, es una mujer de rígidos principios morales y severas costumbres, fidelísima a su marido y sin afán alguno de aventuras extraconyugales.

Cuando se da cuenta de que está a punto de ser secuestrada, derrama copiosas lágrimas y suplica al dios Hermes que la salve de tan espinosa situación.

Y el dios, ipso facto, la traslada a Egipto y deja en el palacio un simulacro de Helena, una copia perfecta que respira y habla, hecha de un material nobilísimo: un trozo de cielo.

El mismo material del que están hechos los sueños, dirá cientos de años después otro dramaturgo, William Shakespeare.

De ese modo, Paris rapta a un simulacro de Helena, aunque está convencido de que tiene entre sus brazos a una mujer de carne y hueso.

Ese simulacro es lo que desencadenará la guerra de Troya.

Helena, en Egipto, es acogida con todas las atenciones en el palacio del rey Proteo, pero a la muerte de éste las cosas se complican.

Teoclímeno, el hijo de Proteo, se enamora perdidamente de Helena y quiere desposarla. Ella, como es natural, lo rechaza, entre otras cosas porque la sacerdotisa Teónoe, hermana de Teoclímeno, que conoce la historia de la sustitución, profetiza que Helena pronto volverá a ver a su amado esposo Menelao en tierras de Egipto.

Entretanto, Menelao regresa de Troya con el simulacro que él toma por la verdadera Helena y naufraga frente a la costa egipcia.

Tras esconder el simulacro en una gruta protegida por sus hombres, parte en busca de víveres y refugio.

Y, como había predicho la sacerdotisa, encuentra a la verdadera Helena.

El estupor y la perplejidad de Menelao duran poco, pues enseguida llegan sus hombres para contarle que la Helena de la gruta ha desaparecido de manera misteriosa.

Y Helena, la de verdad, al fin puede revelar a su esposo la sustitución operada por Hermes.

Más tarde, Helena urde un engaño destinado a Teoclímeno. Le dice que está dispuesta a casarse con él, pero que antes quiere tomar prestado un barco para realizar un rito especial que favorecerá las nupcias.

Al barco suben también Menelao —que va disfrazado— y sus hombres, quienes, una vez en mar abierto, se deshacen de la tripulación egipcia y ponen proa hacia su patria.

En este punto no podemos dejar de recordar la fábula de Pigmalión, el escultor que, disgustado con las mujeres de Amatunte, jura no casarse y crea un perfecto simulacro femenino de marfil con el que convive felizmente.

La estatua, no obstante, está privada de la palabra, inanimada. Y Pigmalión empieza a sufrir por ello. Hasta que un día suplica a la diosa Venus que obre el milagro de dar vida a la estatua. Venus accede a su deseo. Y así es como Pigmalión acaba teniendo en casa a su mujer ideal, con la que se casará y tendrá un hijo.

Demos ahora un salto vertiginoso hasta nuestros tiempos.

Me parece indispensable citar un relato extraordinario de Tommaso Landolfi titulado «La mujer de Gógol», que abre el tema del simulacro femenino a nuevas posibilidades. Téngase en cuenta que Landolfi publicó este cuento en 1954, cuando en Italia no se hablaba todavía de muñecas hinchables.

El autor finge que su relato es un capítulo de una minuciosa biografía gogoliana escrita por un amigo y confidente de Gógol, un tal Foma Paskálovich.

A diferencia de todos sus otros biógrafos, que hablan de un Gógol soltero, Paskálovich sostiene que Gógol tenía una mujer de la que estaba enamorado y a la que no permitía que nadie viera, salvo el propio Paskálovich, quien llegó a conocerla e incluso a frecuentarla, si bien siempre en presencia del marido.

La razón por la que Gógol nunca quiso que ningún extraño la viera no eran los celos, como banalmente podría creerse, sino el hecho de que la mujer era un muñeco o, mejor dicho, una muñeca hinchable construida por un artesano cuyo nombre Gógol nunca quiso revelar.

La muñeca poseía los rasgos de una mujer morena, de belleza media, estatura normal, con la piel rosada y aterciopelada, y dotada de unos órganos sexuales perfectos, minuciosamente descritos por el biógrafo gracias a que el propio Gógol, muy complacido, se los había hecho ver de cerca.

El escritor le había puesto nombre: Caracas.

Pero cuidado: las formas de la mujer cambiaban en función de los deseos de Gógol; bastaba con que él la hinchase más o menos, con una bomba especial que le introducía en una válvula localizada en el ano, para obtener una mujer delgada, rellenita o incluso gorda. Mediante un complejo procedimiento, podía cambiarle incluso el color de los ojos y la piel. Luego sólo hacía falta ponerle otra peluca y el cambio era total.

La mujer de Gógol no tenía ropa, siempre iba desnuda y pasaba los días en una habitación decorada al estilo oriental. Por la noche, Gógol se la llevaba al lecho conyugal.

Ella, de vez en cuando, hablaba, pero únicamente cuando estaba a solas con su marido.

Con todo, un día Paskálovich la oyó hablar. Él y Gógol estaban en el cuarto de la mujer —que en ese momento era una opulenta rubia con la que Gógol estaba muy satisfecho— cuando la oyeron decir:

—Tengo que hacer popó.

Al instante, Gógol, muy turbado, corrió hacia ella y la deshinchó accionando la válvula de salida de aire que tenía en el fondo de la garganta.

Luego se puso a despotricar de la mujer afirmando que no podía tener esas necesidades, dado que no comía, y que había dicho eso para dejarlo en evidencia ante su amigo.

Después se puso a llorar, porque «aquella» mujer rubia le gustaba de verdad, se había enamorado de ella y ahora no sabía cómo recomponerla.

Así, poco a poco y gracias a las confidencias de Gógol, Paskálovich descubre que Caracas ha ido adquiriendo un carácter independiente y más bien quisquilloso, y que las discusiones entre los cónyuges son cada vez más frecuentes.

Con el paso de los años, la vida conyugal se convierte para Gógol en un auténtico infierno.

Paskálovich no se permite hacer muchas preguntas, pero se da cuenta de que su amigo está cada vez más flaco y de que vive en un continuo estado febril. Hasta el punto de que parece estar constantemente drogado.

Gógol ya no soporta a su mujer. Es más, en ocasiones siente hacia ella una profunda repugnancia. La tragedia estalla el día de las bodas de plata.

Gógol se encuentra al límite y no de

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos