MIGRACIONES DE CAGLIOSTRO*
Migraciones de Cagliostro era un título que elegí hace unos meses cuando todavía no sabía de qué iba a hablar, pero ahora me doy cuenta de que debería haber sido el título de todo este congreso, donde la mayor parte de los concurrentes parece fascinada no por el Cagliostro histórico, sino por esa imagen que ha migrado a innumerables narraciones, y a esa especie de pseudonovelas que son las reconstrucciones de los mercaderes de lo oculto, donde tanto filocagliostrismo masónico como anticagliostrismo sanfedista manifiestan gusto por la imprecisión histórica, credulidad indiscriminada hacia cualquier fuente y tendencia a no usar un testimonio cuando se haya demostrado fidedigno sino a juzgarlo fidedigno porque ha sido usado.
Siguiendo la historia de estas migraciones nos deberíamos preguntar por qué Cagliostro ha interesado tanto a los cazadores de misterios, cuando se trata de un personaje que carece de misterio. Es tan previsible que podría haber sido programado por un ordenador dotado con las siguientes informaciones: noticias sobre la psicología de un personaje típico de la cultura dieciochesca, el aventurero (de Casanova a Da Ponte) con su gusto por la aventura cosmopolita, la curiosidad por lo insólito, la pasión por la intriga; informaciones sobre el nacimiento de las sectas masónicas y sobre el papel que han desempeñado en tejer contactos entre una burguesía arribista y una aristocracia insatisfecha del ancien régime; anécdotas sobre monarcas y landgraves que financiaban investigaciones alquímicas con un ojo en la piedra filosofal y otro en la química para la industria manufacturera (incluida la historia del conde de Milly, que para encontrar el elixir de larga vida al final se equivoca y se envenena); y he aquí construido el conde de Cagliostro. Cagliostro es uno de los personajes más obvios de su propio tiempo. Quizá ha atraído la atención porque ha representado de una forma más pintoresca, en voz más alta, el arquetipo eterno del hombre sin atributos, que se deja atravesar por su propio tiempo.
Si, acaso, el verdadero misterio no es Cagliostro, el verdadero misterio que no cesa de inquietarnos es el cardenal De Rohan. Que un aventurero o una aventurera urdan intrigas, a veces sean arrollados por las mismas, a veces obtengan beneficios, es normal. Pero que una persona presumiblemente de mediana inteligencia, con deberes políticos y religiosos, quede convencido por esas intrigas, fascinado, obnubilado, y consiga consagrarse en la historia como monumento de imbecilidad, esto no cesa de preocuparnos. Los Estados no caen cuando los Cagliostro (o los De la Motte Valois) traman desde fuera, sino cuando los De Rohan debilitan desde dentro la credibilidad de las clases dirigentes.
He aquí el quid: ¿cómo explicar que la revolución es un producto del ancien régime y no el resultado cinematográfico de la toma de la Bastilla? Precisamente a causa de su previsibilidad y obviedad, Cagliostro se ha prestado mejor que otros a leer de forma mitológica algunos procesos históricos. El máximo de la tensión mitográfica sobre Cagliostro (entre los dos polos de la santificación y la demonización) se ha establecido en la línea del complot revolucionario. Puede adoptar, en niveles de mayor responsabilidad fabuladora, la forma de la venganza templaria, que encontramos desde Cadet de Gassincourt hasta Guaita (para Guaita, el nombre de los jacobinos no procede del de un convento, sino de Jacques de Molay),* o, en niveles de polémica ideológica mejor construida, la forma del complot ilustrado-masónico (desde el marqués de Luchet, a través del padre Barruel y a lo largo de la tradición jesuítica decimonónica et ultra, pero también en campeones del feuilleton anticlerical). Lo bueno es que la teoría del complot revolucionario se vuelve creíble cuando la metáfora del complot se traduce en términos de historia de la cultura. Entonces nos damos cuenta de que el complot se desarrolló en plein air, al igual que el que había unido a Copérnico, Galileo, Kepler y Newton para poner en aprietos no al cardenal De Rohan sino al cardenal Bellarmino. Pero, ¿cómo explicar a las masas un cambio de paradigma histórico? Traduciendo la noción abstracta de tendencia histórico-cultural, o de ley histórica, a la noción antropomorfa de deus ex machina. Cagliostro, tan obvio que puede ser reconocido por todos, parece hecho adrede para poner en escena lo que no puede ser visto. Y helo ahí en el Joseph Balsamo de Dumas atando en un solo cabo la mística de Swedenborg, la Encyclopédie, écrasez el infame, Jean-Jacques Rousseau, las Neuf Soeurs y la eterna aspiración popular a una figura carismática que se convierta en vindicadora de cualquier desequilibrio social:
—¿Quién eres? —interrogaron a un tiempo las trescientas voces, mientras que brillaban veinte espadas en las manos de los fantasmas que se encontraban más próximos y que, por un movimiento regular como el de una falange aguerrida, llegaron hasta reunirse cercando con sus aceradas puntas el pecho del incógnito que sonrió levantando la cabeza y, sacudiendo su cabellera sin polvos, sujeta por una cinta que rodeaba su desnuda frente:
—Ego sum qui sum —respondió—. Yo soy quien soy.
Y fijando al mismo tiempo su vista sobre la humana muralla que le rodeaba, las espadas se bajaron con movimientos desiguales, según la resistencia que pudieron oponer los que sufrieron aquella dominadora mirada.
—Has pronunciado una palabra imprudente, y así lo has hecho, ignorando tal vez su significado —dijo el presidente.
El extranjero, sonriendo, hizo un movimiento de cabeza y dijo:
—He contestado lo que debía.
—Entonces, ¿de dónde vienes? —preguntó el presidente.
El desconocido contestó tranquilamente:
—Del país de la luz.
—Según nuestros informes, de Suecia.
—Quien viene de Suecia puede venir de Oriente —repuso el extranjero.
—Habla, no te conocemos. ¿Quién eres?
—¿Quién soy?... —replicó el desconocido—. Pues demostráis no comprenderme, me explicaré; pero deseo decir antes quiénes sois vosotros mismos.
Conmoviéronse los fantasmas, y chocaron sus espadas al pasar de sus manos izquierdas a las derechas, levantándolas a la altura del pecho del desconocido.
—Primero a ti —replicó el extranjero, refiriéndose al presidente—, a ti, que me hablas creyéndote un Dios y sólo eres su precursor, a ti, que representas las Sociedades Suecas, voy a decirte tu nombre. Dime, Swedenborg, ¿los ángeles a quien tan familiarmente tratas, no te han dicho que aquel a quien aguardabas se hallaba en camino?
—Cierto (...) Venimos a buscar a aquel que ha formado un misterioso imperio en Oriente, que ha reunido ambos hemisferios en una comunidad de creencias y que ha enlazado las fraternales manos de la humanidad.
—¿Y tiene alguna señal que le conozcáis?
—Sí, y Dios me la ha revelado por conducto de sus ángeles.
—Entonces, ¿únicamente vos conocéis esa señal?
—Yo solo la conozco.
—¿A nadie la habéis revelado?
—A nadie.
—Decidla en voz alta.
El presidente dudó.
—Decidla —insistió con imperio el desconocido—, ha llegado ya el día de la revelación.
—Una placa que traerá sobre el pecho —dijo el jefe supremo— y sobre ella brillarán las tres primeras letras de una divisa que únicamente él conoce.
—¿Cuáles son esas tres letras?
—L.P.D.
Abrió el extranjero rápidamente su casaca y chaleco; sobre su camisa, de holanda finísima, fulguró tan brillante como una estrella de fuego una medalla de diamante, sobre la cual centelleaban tres letras de rubíes.
—¿Él? ... —exclamó asustado el presidente—; ¿él?
—¿El que espera el mundo? —preguntaron los jefes, confusos.
—¿El gran Cophte? —murmuraron trescientas voces.
—¡Y bien! —exclamó triunfante el extranjero—, ¿me creeréis ahora cuando por segunda vez diga: yo soy quien soy?
—Sí —contestaron los fantasmas inclinándose.
—Hablad, maestro —dijeron el presidente y los cinco jefes inclinándose decididamente—; hablad y obedeceremos.*
Pues bien, Dumas no ha inventado nada, y véase esta descripción sacada del Compendio de la vida y hechos de Joseph Balsamo llamado el Conde Calliostro que se ha sacado del proceso formado contra él en Roma el año de 1790 e impreso por la Cámara Apostólica (en la contemporánea traducción editada en Barcelona por la viuda Piferrer), salvo que Dumas habla del complot de un santo y aquí se confiesa el complot de un demonio:
Baxamos juntos à un subterráneo por catorce ò quince escalones; y habiendo entrado en una sala redonda, en medio de la qual observé una tabla, que quitada, vi debaxo de ella una arca de hierro; y abierta también ésta, vi que la misma contenía una quantidad de Escrituras, entre las quales tomáron los dos sobredichos un libro manuscrito, à manera de letra bastardilla ò de misal, en cuyo principio estaba escrito: NOS LOS GRAN MAESTRES TEMPLARIOS &c.; y seguia una fórmula de juramento, concebido con expresiones horribles, de las quales no puedo acordarme, y se contenian las obligaciones de destruir todos los Soberanos Despóticos. Esta fórmula estaba escrita con sangre, tenia once firmas además de mi cifra arriba indicada, que estaba la primera, y todas hechas con sangre. No puedo acordarme de todos los nombres de las dichas firmas, à reserva de estos [...]. Las tales firmas significaban los nombres de los doce grandes Maestres de los Iluminados; pero en realidad, mi cifra no estaba hecha por mí, ni yo sé como estuviese alli. De lo que ellos me dixéron sobre el contenido de este libro, que estaba escrito en Francés, y de lo demás que yo lei en alguna parte, me aseguré mayormente, que el punto determinado de esta Secta, era dirigido primeramente contra la Francia; y con la caida de ésta, debia despues darse el golpe à la Italia, y particularmente à Roma.
Santo o demonio, una vez que el mito ha tomado pie, ya no lo elude nadie. Irónicamente, y con intentos desmitificadores, un tal caballero Clemente Vannetti escribe en 1789 un Liber Memorialis de Caleostro cum esset Roboreti, con el estilo de los evangelistas, las presuntas hazañas del taumaturgo:
En el octavo año del reino de José Emperador, Cagliostro vino a Rovereto. [...] Y algunos decían que era un mago, otros que era el Anticristo; y todos se dedicaban a discutir mucho entre sí. [...] Y llegaban también forasteros que se industriaban, hablando con él, en cogerle en mentira, y desenmascararlo. Pero acababan por quedar admirados de él por la sabiduría de su palabra.
Ahora bien, en 1914, Pericle Maruzzi (Il vangelo di Cagliostro, Todi, Atanor) saca a la luz este texto y lo convierte en pretexto para una revalorización de Cagliostro porque «se trata del único documento imparcial, aun habiendo sido escrito con un ligero sentido de la ironía, sobre la laboriosidad del Taumaturgo y sobre los sistemas que usaba para curar a los enfermos que acudían a él».
Cagliostro migra reverberando su estridente obviedad también sobre otros personajes de su siglo. Llegados a este punto, quisiera trazar un breve perfil de los dos hermanos enemigos (para usar la categoría propuesta por Jean
