1.
—Mamá, ¿allá atrás se acaba el mundo?
—No, no se acaba.
—Demuéstramelo.
—Te voy a llevar más lejos de lo que se ve a simple vista.
Lorenzo miraba el horizonte enrojecido al atardecer mientras escuchaba a su madre. Florencia era su cómplice, su amiga, se entendían con sólo mirarse. Por eso la madre se doblegó a la urgencia en la voz de su hijo y al día siguiente, su pequeño de la mano, compró un pasaje y medio de vagón de segunda para Cuautla en la estación de San Lázaro.
Que la locomotora arrancara emocionó a Lorenzo, pero ver huir el paisaje en sentido inverso, despidiéndose de él, lo llenó de asombro. ¿Por qué los postes pasaban a toda velocidad y las montañas no se movían? Nada le preocupaba tanto como la línea del horizonte, porque seguramente llegarían al fin del mundo y caerían con todo y tren al abismo. Cuando se iba acercando a la parte más alta de la montaña, Lorenzo se levantó varias veces del asiento. «Allí viene el barranco; ahí se acaba todo.» En los ojos del niño, Florencia leyó el horror al vacío.
—No, Lorenzo, vas a ver que todo recomienza. Vas a encontrarte con un valle y a continuación otro valle. Después del Popo y del Izta hay otras montañas, otro horizonte, la Tierra es redonda y gira, no tiene fin, sigue, sigue y sigue, las puestas de sol dan la vuelta y van a otros países. Nunca se acaban.
Aquel viaje alimentó a Lorenzo durante meses. Antes de dormir volvía a repasarlo para descubrirle algo que se le había escapado. El viaje le planteaba dilemas. «Entonces lo que veo, mamá, es sólo una parte insignificante de la totalidad.» La alarmante limitación de los sentidos era motivo de otro desvelo. «¿Por qué el ojo no ve más allá? ¿Por qué no abarca más campo? ¿Entonces, mamá, soy yo el que no da para más?»
—Dentro de poco ya no tendré respuestas, las encontrarás en la escuela —advirtió.
Florencia conocía las cosas de la Tierra y del cielo, la multitud de seres vivos en el aire y en el agua. «Esta noche tenemos que taparnos bien, porque va a hacer frío. Fíjate, m’hijo, cuántas estrellas y cómo brillan.» No había necesidad de escuela. Florencia gozaba enseñándoles a los cinco. No contó con que el mayor pondría en duda lo establecido. Sólo un libro de lectura le era suficiente, el de la naturaleza. «A ver, Emilia, píntame un círculo aquí sobre la tierra. Tú, Lorenzo, píntale otro encima.»
Juan y Leticia eran espectadores.
—Tú, Juan, dime qué es...
—Son dos jitomates encimados.
—¡Un ocho! —gritaba Lorenzo.
Reían. Los círculos se multiplicaban, los palitos, los puntos sobre las íes y las historias acerca de la edad de los árboles, los anillos que en el tronco remontan los años, el polen en el centro de las flores, el cristal convexo que logra encender la fogata con el rayo de sol.
Florencia no dejaba de encandilarlo. La madre respondía a sus porqués como ningún maestro. Su rostro se cubría de sudor al jugar con sus hijos. Imposible permanecer inmune al sortilegio de su cuerpo, de sus piernas que daban pasos de danza siguiendo alguna música interior o zancadas fluidas como de río bajo enaguas también ondulantes.
Lorenzo y Juan se parecían, el mismo torso, los mismos ojos inquisitivos, el mismo nerviosismo. ¡Cuánta gracia en Emilia y Leticia! Habrían flotado de no ser por su cercanía con la huerta. «Angelitas», las llamaba doña Trini. «Allá vienen las angelitas», decían los vecinos porque caminaban sobre la punta de los pies y sonreían a quien se les pusiera enfrente.
Despertar en San Lucas era abrirse al primer rayo de sol. Florencia los sentaba a desayunar en medio de risas. De una cesta dorada salía el pan caliente y también dorado y la mermelada y la mantequilla confeccionadas por ella. ¡Los grandes tazones de café con leche, qué maravilla! «A ver a quiénes les salen mejores bigotes», reía viendo a sus cinco hijos, el más pequeño, Santiago, sobre sus rodillas. Lorenzo y Emilia, los mayores, la devoraban con los ojos; los que seguían, Leticia y Juan, no podían vivir sin ella. Después del desayuno corrían a la huerta, a las tareas de su responsabilidad.
—Emilia y Lorenzo son los únicos autorizados para sacar agua del pozo.
También eran los escogidos para encender las velas en la noche, dar pastura a la vaca y Emilia ya sabía ordeñarla. A Lorenzo le gustaba el sonido del chisguete de leche en la cubeta, pero nada lo atraía tanto como visitar a El Arete. En el momento de su entrada, El Arete volvía la cabeza con el gesto más gallardo imaginable y afocaba sus ojos centelleantes en la puerta. En guardia, sus orejas al aire, parecía preguntar algo. Todo él era oro líquido, un oro que tiraba a rojo, tanto que habían dudado en llamarlo Colorado. A Florencia le gustó El Arete por delicado, fino, lucidor como el oro columpiándose en el lóbulo de su oreja.
El caballo tenía siete años, tres menos que Lorenzo: «Para mí ese animal es más misterioso que las pirámides de Teotihuacán —decía, Florencia—, no lo vamos a conocer nunca. Este caballo es para ti, Lorenzo, y la burra para Emilia».
—Sí, sí, la burra de Emilia.
Florencia investía las labores matutinas en la huerta con un ritual exacto que las sacralizaba. Nada más importante que hacerlo bien, sacar el día adelante. A los animales había que cuidarlos, a los árboles y a las plantas también. De la tarea hecha conscientemente dependía el orden del mundo.
A las seis llegaba Amado. Los niños lo querían. Era «el trabajador de los Tena». Nadie sabía bien a bien de dónde venía ni dónde dormía, pero su total devoción por doña Florencia saltaba a la vista. Iba por pastura, acomodaba las pacas, limpiaba el establo, componía lo irreparable con una lenta y asoleada sabiduría mientras devanaba con voz pausada cuentos de su pueblo que se le quedarían grabados a Lorenzo.
En la tarde, los niños tenían permiso de acompañarlo a vender la leche sobrante y a caminar por un Coyoacán arbolado porque él los cuidaba mejor que cualquier mujer. Sobre todo al más pequeño, Santiago. A horcajadas sobre sus hombros inauguraba para él una insuperable manera de ver el mundo. Con su criatura en alto, parecía un San Cristóbal a mitad del río.
Años antes había cargado a Lorenzo en la misma forma mientras le contaba de los gladiadores romanos.
Graco, el mejor de los gladiadores, el más diestro y fogoso de los esclavos, pidió al emperador permiso para luchar contra su maestro. Aunque sorprendido, porque ningún discípulo lo había desafiado, el emperador lo concedió siempre y cuando el anciano aceptara.
Graco, el joven, encontró a su mentor, de pelo blanco y músculos cansados, sentado al sol de la tarde sobre una piedra caliente, su noble rostro en actitud contemplativa.
— Maestro, quiero luchar contigo.
—¿Por qué conmigo, hijo, si todo lo que sabes te lo enseñé yo?
—Porque eres el único al que no he vencido.
El antiguo gladiador lo miró largamente.
—Está bien, lucharemos.
En medio de fanfarrias, de la expectación y el morbo de la multitud, los luchadores entraron al Coliseo. Desde su palco real de oro y plata, el emperador dio la señal. Todos los cuellos se tensaron al acecho. Se inició la lucha. A medida que transcurría, el joven se veía más fuerte y ágil, el viejo daba traspiés, sin aliento bajo los golpes despiadados de Graco. Un lamento femenino recorría las graderías cada vez que el maestro mordía el polvo. Lorenzo imaginaba a los luchadores, de túnicas cortas y fuertes piernas calzadas con sandalias iguales a las del libro que en la noche hojeaba con su madre. En una de sus caídas, Graco se atrevió a ponerle el pie encima, un agudo murmullo apretó el círculo en torno a la arena. El viejo sangraba, ni un solo pedazo de su cuerpo libre de heridas, y de pronto, y ante el azoro general, derribó al joven y apretó su cuello sin matarlo. El emperador entonces declaró victorioso al más notable de los gladiadores y cuando ambos salían por un túnel del Coliseo, Graco reclamó:
—Maestro, eso nunca me lo habías enseñado.
—No, porque es la llave del traidor.
El mismo arrobo que ese cuento le producían los conocimientos de Florencia al enseñarle a descifrar esas arañitas danzarinas difíciles de atrapar: las letras. «Son veintiséis, recuérdalo, veintiséis.» Gracias a ella destacó en el primer año de escuela porque sabía leer, sumar y restar. «Yo no terminé la primaria, hijo, no quiero que a ustedes les pase lo mismo.» Florencia enseñaba a cada paso en la huerta. Trazaba un signo en la tierra: «¿Adivinen qué letra es?». En la cocina, los ponía a vigilar el momento de la subida de la leche para que entendieran la pasteurización y los mayores se disputaban el privilegio de retirar la olla a tiempo, fascinados por el estallido de las burbujas y la subida del vapor. «¡Mira, bailan y cantan!»
En la noche, los misterios se volvían más impenetrables. Florencia los hacía reconocer la Osa Mayor y la Menor y las Siete Cabrillas, y en la casa a la luz de la vela, frente a la pared, les enseñaba a formar con sus manos la mariposa, el caracol, el lobo, en sombras chinas. También resultaba mágico lanzar pompas de jabón. «Flotan porque pesan menos que el aire», les decía, y de allí a hablar de los hermanos Wright no había más que un paso y Lorenzo lo dio de la mano de Florencia.
Los animales de la huerta eran parte de su aprendizaje. Ver que el polluelo —esa cosita fea y endeble con su ridículo piar— se convertía al cabo de unos meses en un imponente gallo de cresta de monarca era un prodigio. La burra de Emilia, en cambio, era zonza, inamovible, gris, imposible comunicarse con ella, pero el gallo tenía mucho que mostrar y sus actitudes impresionaban a Lorenzo por su trato desdeñoso con las hembras. Súbito y colérico montaba a la gallina y la tonta se sometía doblando el pico y cerrando los ojos. La intensa vibración de sus plumas incendiaba la atmósfera y los pensamientos de Lorenzo. Una enorme oleada de vida salía del corral cuando lanzaba su canto, al que respondían otros gallos coyoacanenses. «Kikirikí, no quiero flojos aquí», coreaba Florencia risueña. El gallo, el cuello alargado, estallaba como un flamboyán, era un animal en flor o una roja flor de plumas que desafiaba al universo.
También el pito rojo del Orión salía a veces de su matorral de pelos intrigando a Lorenzo. Con Santiago en brazos, bien amarrado dentro del rebozo («cada día pesa más», sonreía Florencia), la madre ponía todo en su lugar con una naturalidad que Lorenzo no habría de encontrar en ninguna otra mujer. «Es que se lo quiere acomodar dentro a alguna perra, anda ganoso.» Al ver la atención que su hijo le daba a los acoplamientos del gallo y del perro pastor, Orión, Florencia le explicó que las especies todas, plantas, animales, hombres, se cruzan para no morirse. «Es su afán, hijo.»
—¿Cuál afán?
—El de la vida.
Cuando la vaca empezó a bramar le llevaron un toro prestado por doña Trini, pero la montó tan rápido que Lorenzo no alcanzó a ver. O a lo mejor Florencia no propició el espectáculo. Sólo mandó a su hijo con Amado a que le pagaran a doña Trini, su amiga. A los nueve meses, cuando La Blanquita tuvo su becerro, llamó a los mayores. «Ustedes van a traerme el agua.»
La Blanquita empezó a moverse de aquí para allá en el establo, desesperada, sus pezuñas rascaban las piedras, iba y venía del pesebre a la puerta sin encontrar acomodo, algo dentro de su gran vientre la sacudía entera, tenía que librarse del estorbo, de vez en cuando un ronco mugido salía de su garganta. En un momento dado, como si una voz se lo ordenara, fue al pajar, se abrió de patas y algo debió abrírsele también por dentro, porque bajo el impacto se dobló. «No sale», dijo Florencia. Entonces enrolló su manga arriba del codo y metió su mano y luego todo su brazo en las entrañas sanguinolentas de la vaca. «Viene bien, viene bien», dijo en voz alta y jaló. Primero salió la cabeza enorme y luego el cuerpo, las patas flaquísimas pegadas al costillar y las pezuñas tiernas.
Después de que el becerro empapado estuvo sobre la paja, el brazo de Florencia siguió hurgando dentro de La Blanquita que se dejaba hacer, los ojos a media asta. Buscaba algo, y al encontrarlo jaló muy fuerte una bolsa roja, gelatinosa, que a Lorenzo le pareció una enorme lengua enroscada. El becerro no se movía y la vaca también ausente se había instalado en una inmensa indiferencia. Florencia se lavó el brazo en la cubeta ante los ojos espantados de sus dos mayores y sólo dijo:
—Tiren esa agua y traigan más.
Cuando regresaron ya no estaba la placenta (que así habría de llamarla su madre) ni la sangre babeante. Acariciaba a La Blanquita con su estrella en la frente. Los niños guardaron silencio y de pronto escucharon que Florencia se dirigía al becerro:
—Ahora tú, ponte de pie, órale.
Rodeó su vientre y su lomo, lo apoyó contra su pecho, el becerro se arrodilló y luego, sobre sus patas, guardó el equilibrio.
Vuelta hacia sus hijos, Florencia les dijo triunfante:
—Ya ven, lo que al hombre le cuesta año y medio, el animal lo hace al nacer.
¡Oh, mi flor de monte, oh, mi flor de agua, mi Florencia!
En los días que siguieron vino el deleite de ir a ver a la vaca amamantarlo, el becerro de pie bajo el gran vientre como un cielo protector. La Blanquita, otra vez ella misma, lamía a su cría, la testereaba, la volvía a lamer, el chorro poderoso y caliente de su orina amarilleaba el suelo cubierto de boñiga, llenaba sus cuatro estómagos con su lento y eterno rumiar, sus enormes ubres encima del recién nacido que las succionaba sin comedimiento.
Esa huerta de San Lucas era una celebración de la vida. La luminosidad, quién sabe si del cielo o de su madre, hacía que Lorenzo entrecerrara los ojos. Después de la lluvia, subía de la tierra un olor a hierba fresca y los árboles goteaban su verdor causándole una emoción viva parecida a la que le provocaba su madre. Lorenzo asociaría siempre a la tierra mojada con ella, sin pensar que a veces la naturaleza toma venganza, cosa imposible en Florencia.
Lo único que a Lorenzo le oscurecía los días era la visita de su padre. A la inmediata simpatía que producía la presencia de su madre, la de su progenitor inhibía a sus hijos. Descendía con los guantes puestos de un automóvil de alquiler. Hasta sus palabras traían guantes y su mirada azul, muy extranjera, se posaba con displicencia sobre la tierra apisonada de la casa.
—Niños, vengan a saludar a su papá.
Florencia sacaba una silla al patio; imposible que él hiciera el menor esfuerzo por ayudarla.
Don Joaquín de Tena venía a verlos directamente de la tintorería, lo que contrastaba con la ropa de su mujer y de sus hijos, pantalones de ayer, suéteres gastados, zapatos enlodados. Al tomar asiento, don Joaquín jalaba su pantalón para que la raya no fuera a perderse. Y Florencia lo miraba con los mismos ojos de La Blanquita, húmedos y dulces, a veces implorantes. Nada de eso le gustaba a Lorenzo, nada de ese señor tieso con su bastón de empuñadura de plata o su paraguas negro, según el clima.
—Cuéntenle a su papá lo que han hecho.
Emilia se lanzaba graciosa, comunicativa, los más pequeños intervenían sin acercarse a él para no ensuciarlo, Lorenzo no abría la boca. Don Joaquín de Tena apenas los veía con su mirada deslavada, como si sus ojos muy hundidos en las cuencas no hubieran alcanzado color. «Ojos de pescado muerto», pensaba Lorenzo. A él no podía importarle que su hijo mayor no le dirigiera la palabra porque ni lo tomaba en cuenta. Veía a sus hijos como a un racimo, sin distinguirlos.
—Despídanse de su papá.
Cuando los mandaban a dormir, Lorenzo ignoraba si su padre se iba. Sabía, sí, que en el ropero había ropa suya. «Las camisas de tu papá», decía Florencia, que las planchaba con esmero con sus callosas manos de campesina.
Don Joaquín de Tena vivía en la colonia Juárez con su hermana y los domingos por la tarde viajaba a Coyoacán en coche de alquiler desde «la ciudad». Ese viaje era una inmensa deferencia.
Para él, para su hermana Cayetana de Tena, para la sociedad mexicana, Joaquín era soltero. La clase social a la que pertenecía invalidaba su unión, y por lo tanto, los hijos no existían. Ningún De Tena registraría a un hijo ilegítimo. En contadas ocasiones, Cayetana disertaba en voz baja con Carito, amiga de confianza, acerca de «la campesina», error de Joaquín, pero lo hacía como si fuera alguna enfermedad contra la cual había que vacunarse. A veces pasaban quince días y Joaquín no llegaba. A veces, hasta tres meses y Florencia informaba por si lo echaban de menos: «Su papá se fue a una reunión de ex alumnos de Stoneyhurst, en Inglaterra», o bien: «Su papá viajó a Vichy a tomar las aguas». Ni una postal siquiera. Qué bueno, para Lorenzo, entre menos noticias mejor. Ese hombre los separaba de su madre.
Hacía algo peor, la denigraba con su presencia y eso quizá solamente Lorenzo lo percibía. Su madre podía no saber lo que es Picadilly Circus, pero sabía observar. Sabía que la Tierra no ocupaba el centro del universo y deducía, por lo tanto, que tampoco el hombre era el centro del mundo y al creerlo reducía todo a su justa proporción. «No hagamos una montaña de eso», le decía a Emilia, que tenía tendencia a dramatizar. «Hoy en la noche te parece enorme, mañana te darás cuenta de su insignificancia.» «Es que papá no me hace caso, no me ve», gritaba Emilia mesándose los cabellos. «Bueno, ¿y? A mí tampoco y no me he muerto.» ¿Qué podía ser el llanto de una niña malquerida bajo la inmensidad de la bóveda celeste?
Si a Florencia le hacía falta don Joaquín, tampoco se le notaba. Entre los hijos, los animales y las plantas, no había en su vida resquicio para la nostalgia. Cuando Santi —el de brazos— dormía arropado en su cuna y la madre cosía o remendaba alguna prenda, uno de los hijos iba a recargarse en sus rodillas:
—Mamá, cuéntame algo.
Todo la distraía de pensamientos que no fueran los inmediatos, hasta que después de una prolongada ausencia de don Joaquín, Lorenzo la escuchó decirle a Amado que se le estaba acabando el dinero. Algo debió hacer Amado, quizá preguntó en el barrio porque a los diez días, quién sabe por qué artes, le ofrecieron a Florencia el empleo de vendedora a comisión de la dulcería del cine Edén y ella dijo que sí, que todos los días estaría allá antes de la función de las cuatro y llevaría a los dos mayores para que ayudaran. Entonces la vida de Lorenzo y Emilia ya no se confinó al paraíso de la huerta, sino que entró al de las imágenes proyectadas en la pantalla, imágenes que a ambos les produjeron un gran desasosiego porque los arrojaban a lo desconocido. Una noche, también a Lorenzo le resultó desconocido el tono suplicante en la voz de su madre.
—Pero ¿cómo vas a vender dulces en un cine? —reclamaba don Joaquín.
—Es que no me alcanza, entiende, Joaquín, son muchas bocas, no me doy abasto.
—No puedo aceptar que mi hijo ande con un cajón de dulces en el Edén. ¿Qué pasa si lo reconocen?
—Nadie nos conoce, has tenido buen cuidado de que así sea. La única que se asoma a la huerta de vez en cuando es doña Trini y siempre para hacernos un favor.
—¡Ah sí, la que nunca se quita el delantal!
—No se quitará el delantal, pero me lame el alma como La Blanquita lame a su becerro.
—En Coyoacán los conocen, Florencia, y al cine Edén van muchas personas.
—No las de la colonia Juárez, el Edén es un cine de barrio.
—No puedo permitirlo.
En ese momento, Lorenzo oyó el sollozo de su madre, el primero que había escuchado jamás. «Yo a este hombre lo mato, lo mato», lo sacudió la rabia. Habría entrado a golpearlo de no estar la puerta cerrada con llave.
2.
Lorenzo se hizo amigo del cácaro del Edén, don Silvestre, y éste le permitió quedarse en la cabina, con todo y cajón de dulces. A la hora del intermedio, se levantaba a toda prisa a venderlos. «Dulces, chicles, chocolates, muéganos, cacahuates garapiñados», voceaba en los pasillos para luego deslizarse entre las filas de butacas. La oscuridad lo devolvía a la cabina y el pespunteo del proyector era su arrullo. Florencia dejó de preocuparse por el contenido de las películas, porque si al principio Lorenzo siguió la trama, otro interés sustituyó a la anécdota. En la cabina, don Silvestre echaba la película para atrás: el agua regresaba a la jarra, la tormenta al cielo, la rosa al botón, la flecha al arco y Lorenzo se rompía la cabeza tratando de entender si los hombres podrían regresar a ser niños.
También Florencia devolvió a Emilia a la huerta. «El Edén no es para ti.» Los adanes del barrio ni siquiera entraban a la sala y, boleto en mano, zumbaban en torno al mostrador de la dulcería atrapados por la miel en los ojos de la niña de trece años, su aliento de pastilla de anís, sus labios más rojos que las gomitas, su cintura de paleta Mimí. «Mejor quédate a cuidar a tus hermanitos, Emilia.» Ante la ausencia de Emilia, algunos desaparecieron pero otros no se inmutaron. Lorenzo se dio cuenta de que también su madre era deseable, ¡oh, mi dulce, mi Florencia con su cuerpo de pétalos en flor!, porque uno de los zánganos aventuró: «¿A qué horas cierra para acompañarla a su casa?». Florencia respondió, severa: «Mi hijo es el caballero que me acompaña».
Lorenzo acribillaba a don Silvestre a preguntas: «¿Qué es la luz?». «¿De qué material es la película?» «¿Cómo es la lente de la cámara?» Misterios que ni en sueños se había planteado el bueno del proyectista. Una tarde, a don Silvestre se le reventó el rollo y Lorenzo cortó, pegó y lo echó a andar de nuevo. «¿Quién sabrá del tiempo?», atosigaba al proyectista. «Yo creo que en la escuela tu maestro debe saber», le respondió. Florencia era más explícita: «Para mí el tiempo es una medida, un minutero. Es inasible, se va, a nadie le pertenece». «Yo quiero saber si es aire, si es espacio, ¿qué diablos es, mamá?» Le asustaba la intensidad de su hijo, en ella percibía angustia y se decía a sí misma: «Mi hijo no va a ser feliz».
Había que sacudirlo, quitarle peso, entrenarlo a la levedad: «Pompas ricas de colores, / de matices seductores, / del amor las pompas son: / y al tocarlas se deshacen / como frágil ilusión». Florencia hacía girar a sus hijos para enseñarles «que los sueños son gaviotas / que a las playas más remotas / se disponen a emigrar; / y salpican con sus plumas / los vellones de la espuma / que levanta el ancho mar». Aunque los cuatro revoloteaban en torno suyo y bailaba con uno y otro, Santi a ratos en sus brazos, a ratos en los de Emilia, esas sesiones las destinaba a su primogénito. Su brazo en torno a la cintura materna, él también reía sus dulces ilusiones de un amor que ya se fue: «Mamá, ¿ya no quieres a mi papá?». «Claro que sí, tontito, ¿por qué no habría de quererlo?» «Por las Pompas ricas.» «Ésa es una canción, hijo, no la realidad.» «Entonces, ¿cuál es la realidad, mamá?» «Ay, hijo, la realidad es todo lo que vemos y tocamos con nuestras manos.» «Y lo que no vemos pero aquí está, ¿también es la realidad?» «Claro.» «Pero lo invisible, lo que sólo tú y yo sentimos, ¿es la realidad?» «Sí, también.» «¿Y lo que yo traigo dentro de mi corazón es una realidad?» «Claro, Lorenzo, es tu realidad, aunque no se la enseñes a nadie.»
En sus primeros años, una tarde en que don Joaquín la había reñido, el niño se precipitó en sus brazos y no volvió a separarse de ella; tampoco quiso irse a su cama, durmió junto a ella, la cabeza en su almohada. «Este niño lo entiende todo», le dijo Florencia al día siguiente a doña Trini. A partir de ese momento, Florencia ya no buscó devolverlo a su lugar entre sus hermanos. Hasta Joaquín de Tena percibió la fuerza del lazo madre e hijo: «Oye, Flor, ya es hora de que ese muchachito se aparte de tus enaguas».
Si Florencia se hubiera dado cuenta de la forma en que incidía en la vida de su hijo, habría restringido su imperio, pero era una mujer fogosa y tenía la certeza de estar siempre a su lado. Establecía con Lorenzo no sólo una relación de madre a hijo, sino la complicidad que jamás tendría con Joaquín. Desde niño, Lorenzo empezó a sustituirlo. ¿Qué le sedujo a Florencia de Joaquín? La añoranza en sus ojos hundidos y el hecho de que ella, Florencia, tuviera el poder de quitársela.
A ratos, Florencia se impacientaba. No había modo de satisfacer las preguntas del hijo mayor. «El tiempo es una ilusión, Lorenzo.» ¿Lo era en verdad? Entonces el niño preguntaba: «¿Qué es una ilusión?», y Florencia respondía: «Es un sueño». «¿Qué es un sueño?» «Es un fenómeno que sucede en nuestro cerebro mientras dormimos.» «Entonces yo ya he soñado.» «Sí, y también has tenido pesadillas y has despertado llorando, y ahora vamos al corral, ya es hora de alimentar a las gallinas.» Lorenzo hubiera querido ser más grande para estrecharla y no dejarla salir nunca de su abrazo.
Don Joaquín de Tena no era jefe de familia ni en la huerta ni en la casa de su hermana y, sin embargo, había majestad en su rostro, algo quieto entre sus cejas y el hundimiento de las cuencas de sus ojos; don Joaquín jamás le haría daño a nadie, eso hasta Lorenzo lo percibía. Se retiraría antes. No estaba en medio de la vida, no le entraba a la lucha, nada compartía con el gallo del corral, ni su fiereza ni la respuesta que les daba a otros gallos.
Florencia, en cambio, era gallo de pelea. Y Lorenzo lo sería, claro que lo sería. Nada que ver con ese catrín planchado de los domingos.
Lo peor que Florencia pudo hacerles a sus cinco hijos fue morirse. Una noche, sin más, una mariposa negra voló dentro de la recámara y, a los diez minutos, Florencia ya no respiraba. Eso le dijo doña Trini a Lorenzo. Los niños, sin entender, pasaron a verla a su cama, su cabello desatado sobre lo blanco, sus manos cruzadas, un rosario negro y triste entre sus dedos. Nunca antes la habían visto rezar. Dormir sí, y lo parecía, una sonrisa sobre sus labios. Atónito, Lorenzo le pidió que despertara. Entonces los sacaron de la pieza. Nadie lloró. En la noche, Amado y Trini prendieron veladoras y un rezo monótono taladró los oídos infantiles. En la madrugada, aún sin entender, Lorenzo salió a caminar de un lado a otro, entre el establo y el jardín de las hortalizas, ida y vuelta. Doña Trini gritaba a través de los árboles: «Lorenzo, ven a desayunar». El niño no acudía. «Lorenzo, ven a comer», tampoco. «Lorenzo, ven a merendar.» Amado fue a buscarlo. Quién sabe qué vio en sus ojos que regresó sin él. «Es mejor dejarlo solo», le dijo a la vecina. Por fin, Lorenzo se presentó en la cocina y doña Trini, sin una sola pregunta, puso un plato de sopa en la mesa.
A las ocho de la mañana del lunes, en un coche de alquiler y con una maleta que contenía la ropa de los cinco, viajaron de Coyoacán a la ciudad.
Jamás volvieron a ver a Amado ni a Trini.
Lorenzo escuchó a doña Cayetana ordenarle a Tila, la cocinera: «Suba usted con los huérfanos a enseñarles su recámara, las dos niñas juntas, los dos pequeños juntos, el grandecito hasta arriba, en la buhardilla». A partir de ese día la tía Tana se referiría a ellos como los huérfanos, como si tampoco tuvieran padre. En verdad, no lo tenían. A don Joaquín, distante como siempre, lo saludarían una vez al día, besándole la mano.
—Alístense, mañana van a la escuela —ordenó la tía Tana—, gracias a mi prima hermana Carito Escandón, pude conseguir que los maristas los admitieran.
El infierno no fue el edificio ni la multitud de niños en el patio de recreo, ni los religiosos, ni los vigilantes, ni los pupitres viejos, ni las letrinas sucias, el infierno fue el «Apúrense, córranle» de la tía Tana, que dio instrucciones a Tila para que pusiera en el borde de la ventana que daba a la calle cuatro vasos de leche, cada uno tapado con un pan que los niños debían tomar a las volandas, un pie en la puerta. «Para afuera, anden, para afuera, córranle que se les hace tarde.» Al último momento pescó a Santiago del cuello: «Tú no, tú te quedas aquí». Juan y Leticia, pasmados, salieron con su concha en la mano. Al tercer día Lorenzo aventó la suya a una alcantarilla, nada podría aceptar de esa mujer.
Orgullosos, Lorenzo y Emilia jamás preguntaron qué había sido de la huerta, de los animales, de Amado, de doña Trini, de Coyoacán. Alguna vez Emilia subió a la buhardilla de Lorenzo a inquirir tímida: «¿Cómo crees que esté mi burrita?». «Yo no sé nada de esa burra», le respondió Lorenzo con rabia. Entonces Emilia lloró todo lo que no había llorado desde la muerte de su madre hasta que oyó la voz aguda y distinguida de la tía Tana ordenar que bajaran los huérfanos mayores, porque sólo ellos faltaban para el rosario.
—Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesúuuuus...
La voz cantante de la tía Tana terminaba siempre en interrogación para que contestara la pequeña comunidad de Lucerna 177. Tila, otras dos sirvientas, don Joaquín y sus cinco huérfanos y don Manuel, un marido alto y casi inexistente, al que Tana dominaba por completo. Algún invitado a tomar el té era inmediatamente requerido al rosario. Incluso míster Buckley, un banquero norteamericano, presenció esa costumbre de las buenas familias mexicanas que igualaba a patrones y a sirvientes frente a la Virgen de Guadalupe y a un crucifijo de marfil. La autoridad de míster Buckley, en la casa de Lucerna, hacía que doña Tana les ordenara a los cinco que lo recibieran a coro en la puerta: «Welcome, welcome, Mister Buckley». A Lorenzo le parecía humillante semejante ceremonia, pero no por ello dejó de observar a míster Buckley para descubrir qué lo hacía tan singular.
Doña Cayetana, su marido y su hermano, hablaban francés en la mesa «à cause des domestiques». Lorenzo y Emilia eran los únicos que tenían derecho a sentarse con los mayores. «Yo nunca aprenderé francés —gritó un mediodía Emilia antes de abandonarla tapándose los oídos—, el francés me choca, prefiero el inglés». «Muchachita, no se hacen tacos con la comida.» «Así me enseñó mi mamá.» «Vas a tener que librarte de esa fea costumbre. Todos los que se sientan a mi mesa tienen buenos modales.» «Emilia, ¿por qué no inclinas la cabeza a la hora de la elevación?» «¿Por qué he de esconderla si no sé lo que está pasando?» «Ya es hora de que ustedes vayan al catecismo. Su madre los educó como a salvajes.» «No se meta usted con mi mamá, porque no respondo.» Emilia la desafiaba. Su madre acostumbraba sentarse en el suelo y una vez que Emilia se acomodó en posición de loto en la alfombra de la sala, Tana le gritó: «¿Qué te pasa, te crees perro o qué? Ninguna señorita decente se cruza de piernas en el piso». El perpetuo arqueo de la ceja de Cayetana era una condena a las maneras de sus sobrinos.
—Túpanle al francés —aconsejó Tila en la cocina— y van a ver qué contenta se pone la señora.
En la escuela, los sacerdotes eran franceses, los prefectos venían de Francia. Al superior Mon père Laville, de Lyon, Tana y Carito lo encontraron en la Casa Armand, la más distinguida de todas las tiendas, escogiendo, entre un despliegue de telas suntuosas, el brocado para las casullas, porque desconfiaba del gusto de las monjas bordadoras.
—Lo selecciono personalmente —presumió.
La agraciada figura de Emilia muy pronto desapareció de la casa porque doña Tana resolvió procurarse, con la ayuda de una tómbola entre sus amigas de la obra de San Vicente, un pasaje de ida a San Antonio, Texas, donde su prima hermana, Almudena de Tena, vigilaría los estudios de enfermería de la joven. «Recógete el cabello, Emilia, sólo las criadas se lo desatan para salir a la calle.» El pelo de Emilia era una insolencia, parecido en su color al de El Arete, y en la calle incendiaba las miradas. Los peatones y los conductores se chiflaban por la pequeñez de su cintura, sus piernas largas, sus pechos dos manzanas, ¡ay, mamacita! ¡Intolerable, una De Tena a la merced de los pelados! Por eso cuando Emilia manifestó su interés por la enfermería, doña Cayetana Escandón de Tena recordó a Almudena en San Antonio, casada con un médico, y pensó que nada mejor podría sucederle que enviar allá a su indomable sobrina.
Emilia partió con una pequeñísima maleta, su pelo suelto hasta la cintura, contenta de dejar la casa detestada y triste de abandonar a sus hermanos, pero con la secreta esperanza de triunfar en América, «The Land of Success», como decía el viejo Buckley, y mandar traer, por lo menos, a Santiago, el que más la necesitaba. Podría trabajar en un banco como míster Buckley. «Sure, I’ll be glad to help the little fellow once he’s over here», dijo el banquero en alguna ocasión.
—Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
Más que en la Virgen María, la figura en cuya cabeza crecían las flores era Florencia.
—Hermano, cuando tiras una piedra al aire y se mueve en línea recta frente a ti, ¿por qué cae al suelo? —preguntó Juan.
—No se mueve en línea recta, hace una parábola y luego cae —respondió Lorenzo.
—¿Por qué cae?
—Por la gravitación, todo cae.
—¿La gravitación es la fuerza más importante de la Tierra? ¿Si quitamos todas las demás fuerzas permanece la gravitación?
—Supongo que sí, hermano.
—Pero ¿cómo se mueve la piedra en el aire? ¿Gira?
—No lo he pensado.
—Cuando lo pienses, ¿puedes decírmelo?
—Claro, Juan.
—¡Qué tonterías están diciendo! —interrumpía Tana—. ¡A quien le importan las piedras es a ti, Juan, que según me han contado, juegas batallas en la calle con una banda de pelados! Mejor dedícate a enseñarle algo de provecho a tu hermanita, que los mira con tamaños ojotes. ¡A ver, las tablas de multiplicar!
Como ambos hermanos se las sabían al dedillo enfadaban a Leticia, que se cubría los oídos con la gracia de sus manos llenas de hoyuelos.
—Cuando ya no les vengan los vestidos a tus hijas, dámelos para Leticia, ya ves que ella tiene muy bonito tipo —pidió la tía Tana a Carito Escandón por teléfono.
Leticia había crecido tan espigada como Emilia pero más libre, más desenfadada, mejor dispuesta a adaptarse a las circunstancias. Expansiva, giraba como trompo de colores. Cariñosa, abrazaba a sus mayores, que se dejaban porque la niña era blanquita, de pelo ondulado y grandes ojos verdes. Cayetana la presumía:
—Gracias a Dios, ésa salió a nosotros.
También Lorenzo caía en el encanto de la menor de sus hermanas. La niña lo seguía a todas partes. Inquiría cruzando los brazos como sargento a la hora de comer: «¿Ya te lavaste las manos, Lorenzo? Porque sólo te las lavas al levantarte». Una mañana, Lorenzo escuchó un chiflido y el pájaro lo golpeó en el pecho. Era su madre en Leticia. La recriminación de Tana saltó como gato negro: «¡Las niñas no chiflan!». «¡Ay tía, no seas mala, consígueme un canario, en esta casa hace falta un canario, tiíta!» Cantaba. Hacía reír, era la única en colgarse del cuello de su tía y, para el asombro de los demás, Tana le devolvía el abrazo. A la semana, Tila trajo el canario junto con las lechugas y la bola de ternera. «Me lo dieron barato en el mercado.»
Juan, el segundo, tenía una vida misteriosa de la que doña Cayetana desconfiaba. No lo quería porque una noche, después de acusarlo del robo de tres ceniceros de plata, por toda respuesta, Juan se atrevió a una danza frenética en la penumbra del corredor, que como las sombras chinas se reflejó sobre el muro:
Bruja maldita,
te vas a condenar,
bruja inaudita,
muy pronto apestarás.
A veces, Lorenzo se preguntaba quién era Juan, qué hacía. Sacaba muy buenas calificaciones en la escuela pero nunca esperaba recompensa. A lo mejor él mismo se las daba, pero ¿cuáles? Salía a la calle solo. Ninguno de los cinco hermanos compartía su soledad, y ahora que Emilia se había ido Lorenzo subía corriendo a encerrarse en su cuarto. «No lo molesten, tiene que estudiar.» En la cal
