Olor a hormiga

Júlia Peró
Júlia Peró

Fragmento

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PERSISTIR EN LA JUVENTUD

La vejez es una larga enfermedad. Una enfermedad difícil de mantener en el cuerpo. Pesa, debilita y te hace temblar. El cuerpo intenta escupirla, no la quiere, la repudia. Las arrugas no son más que el sarpullido de esta alergia inevitable.

Las personas suelen nacer sanas, suelen crecer sanas, y luego, todas las que persisten en la juventud, empiezan a enfermar lentamente. Empiezan a enfermar y ya no recuerdan haberse alejado de otras que enfermaron antes. Se alejaron de la vejez ajena como si fuera contagiosa. Pero no es contagiosa, la vejez. Es intrínseca. Porque ningún cuerpo tolera tanta vida. Siempre llega un punto, tarde o temprano, en el que empieza a ponerse malo, a pudrirse, a llenarse de colgajos. Colgajos que tiran del cuerpo hacia el suelo, dentro de la tierra, alimento para hormigas. Es imposible mantenerse firme y constante en la mocedad, nadie se salva de acabar con socavones en la piel, agujeros que no son más que el cuerpo hundiéndose en el aire, pidiendo remansar.

Hay quien tiene una suerte de piel que le permite vivir en un estado primaveral por mucho más tiempo. Mi cuerpo, en cambio, empezó a deformarse a los catorce y aún no ha parado.

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Hay más de doce mil especies de hormigas en el mundo. Cada una con su respectiva arquitectura y organización del hormiguero. Hoy, en Animales Curiosos, hablaremos de la más singular: la hormiga de la piel.

Así como otras especies acostumbran a construir sus hormigueros en suelos de tierra o arcilla, esta especie de hormiga se caracteriza por elegir como futuro habitáculo el interior de un cadáver. Sí, sí. ¡Han oído bien! Una vez se ha escogido el hormiguero en el que llevar a cabo la colonia, las hormigas de la piel proceden a reutilizar los órganos del cuerpo ya inerte para situar sus cámaras, que, interconectadas, se destinarán al almacenaje de comida y a la atención de las larvas y la reina. La boca del cuerpo inerte marca la entrada a la colonia, y el ano la salida. Y a diferencia del resto de especies, la hormiga de la piel se agrupa en colonias medianas o pequeñas, según las limitaciones de tamaño del cadáver.

Una colonia de hormigas de la piel es un sistema con control central, situado en el estómago del cadáver y donde habita la hormiga reina de la piel. Aquí está. ¿La ven? ¡Hola! El hormiguero se compone de hembras estériles, conocidas como obreras de la piel; de hormigas macho, conocidas como zánganos de la piel; y de una hormiga reina de la piel, fértil. Las obreras de la piel se encargan de la limpieza de los órganos y la posterior adecuación de las cámaras, así como de la búsqueda de alimento y el cuidado de las larvas. Los zánganos de la piel, en cambio, viven fuera del hormiguero y tienen como única función la de aparearse con la reina para que ella pueda poner sus huevos. Tienen una existencia efímera, apenas de pocas semanas, y únicamente se interesan por el hormiguero durante el vuelo nupcial, ceremonia en la que se fecunda a la reina. Mueren tan pronto como han cumplido esa función…

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DA MIEDO EL RECIBIDOR, A VECES

El piso, más viejo que yo,

—Que ya es difícil.

le digo al gato a veces, parece arrugarse en algunas zonas. Es como si el recibidor y parte del pasillo hubieran envejecido en un ambiente más frío, más húmedo, esperando a pudrirse. Es como si al atravesar el pasillo las rugosidades del gotelé quisieran llegarme a la piel, llegar a mí y atraparme, succionarme hasta dejarme como el color hueso de la pared. El olor tampoco ayuda. Tan acre que intenta acariciarme cada vez que me acerco y me aprieta la cara con sus manos de aire y me obliga a hacer muecas. Por eso no suelo frecuentar esa parte de la casa.

No es que tenga miedo al exterior. Al exterior no. Es solo que no me gusta el recibidor de casa. Un recibidor que a veces, sí, huele mal, pero otras no huele a nada. Un recibidor en el que a veces se oyen moscas volando y otras parece que él me oiga a mí. Por eso cojo carrerilla cada vez que alguien llama al telefonillo y he de cruzar el pasillo. Por eso, cuando esto ocurre, tengo como oración cuatro pasos importantes: llegar rápida a la puerta, descolgar el interfono, preguntar quién habla al otro lado, colgar de un adiós sin aire.

Antes, mucho antes de eso, todo era más fácil y diría casi instintivo. Dejaba pasar a la chica, cogía la bolsa de la compra si ese día traía alguna y cerraba la puerta con delicadeza y un intento de elegancia. Pero desde que la chica no llama a la puerta, eso ya no sucede. Desde que la chica no llama, este recibidor da tanto respeto que parece que le deba el perdón, que le deba algo, mi cuerpo quizá. Desde que la chica no viene a verme, parece que la casa haya encogido. Más pequeña, la casa. Como si hubiera perdido un trozo. Y si antes de conocer a la chica ya me costaba salir de este piso, ahora que ella no está lo que me cuesta es salir al recibidor. La chica se lo ha llevado con ella. Debo de padecer de miedo al recibidor y ya ni me miro en el espejo de la entrada, el del armario empotrado, y ya no barro ni limpio el polvo y este se acumula hasta en la mirilla. Y así, en ese recibidor, todos los males.

Tanto miedo que a veces, del correr —del huir—, me duelen los juanetes, enamorados de las esquinas de los rodapiés, que aprovechan el mínimo resbalón para rozarse. Tanto miedo que a veces es él —el miedo— quien se atreve a obviar el timbre de casa, por mucho que suene. Todo para no llegar allí. A ese pantano con puerta de entrada.

No es que tenga miedo al exterior. Es solo que no me gusta el recibidor. Da miedo el recibidor, a veces. Tan vasto. Tan amenazante. Imagino que como mirar un suelo de cristal desde un rascacielos. Dos metros cuadrados de vértigo.

Podría describir de memoria todos y cada uno de los recovecos de la cocina, la habitación, el baño y el saloncito. Hasta ser enfermizamente consciente de convivir con sesenta y ocho baldosas —ochenta y ocho teniendo en cuenta las del baño—; una mancha de café escondida bajo el cojín feo del sofá; un cuadro amarillento con unos girasoles impresos colgado en la pared y, debajo de él, una maceta vacía de terracota esmaltada demasiado grande para estar encima de la mesa del saloncito; el taburete de madera de roble que es engullido por el tocador de madera de pino en la habitación; la planta que se hace la muerta en la estantería que vive sobre el váter; las cuatro tazas chinas compradas en el bazar de abajo —a mi madre, en aquel entonces, le pareció fiable comprarlas allí dada la procedencia del vendedor— y el vaso de cristal que tiene esa grieta con síndrome de Peter Pan, luchando cada día por no crecer.

Pero estoy tan familiarizada con algunos sitios de la casa como tan poco lo estoy con otros, que se me escapan igual que se me escapa la edad.

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LA HORA DEL CAFÉ

Las tres y cuarto. Me gusta marcar un ritmo estridente haciendo bailar la cucharita dentro de una de las tazas chinas, golpeando, sin que se lo esperen, la una con la otra. Puede parecer que el sonido ácido que producen al chocar nace de un gesto desatendido, un despiste, pero es a propósito. Y el gato lo sabe.

Hago girar la cucharita unas cuantas veces con precisión —nítidamente, sin ningún accidente—, y cuando siento que es el momento, cambio levemente el eje central del giro, llevando la cabeza de la cucharita al límite de la taza. Cuando las hago sonar me imagino que gritan, que se quejan por el golpe. Eso sí es sin querer. Llega la idea a mi cabeza sin avisar. Pero siento satisfacción al hacerlo y el azúcar acaba por mezclarse.

—¿Te apetece un café?

Se lo pregunto, de espaldas, al gato y él tiene que dejar de hacerse el dormido para contestar. Se le olvida que yo no bebo esa clase de mejunjes, Olvido. Eso es lo que me contesta. Siempre me lo recuerda educadamente con las orejas.

—Vaya, habrá que comprar té la próxima vez.

El olor a café se hace con todos los escondrijos de la casa, amenazándolos con quedarse en ellos para siempre. Luego va durmiéndose hasta que por fin se despega de ellos de forma dócil y bastante mediocre.

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ALGUIEN TOCÓ EL TIMBRE

Ese día… Recuerdo ese día porque la casa olía a gato y eso nunca se puede esconder. Y alguien tocó el timbre, y no esperaba a nadie, y quién será. Seguro que es el hombre que siempre ha estado esperando, que viene a llevársela, a llevársela con sus manos de grasa, dijo el gato. Es malo conmigo, el gato. A veces es malo conmigo. Y no callaba, y siguió diciendo es un ladrón. Ladrón, llévatela y llévate todos los muebles menos la mesa y el sofá. Llévate su visera, seguro que la quieres, llévatela. Llévate el camisón y el pelo de la ducha. Llévatelo, ladrón. Llévate esta vejez que cansa tanto y que mece a la par que magulla. Llévate sus lloriqueos a otra parte.

Sudor frío, tembleques. Abrí un resquicio de puerta con el reflejo del brazo preparado para cerrarla de nuevo, pero no era un ladrón. Era una chica y tuve que esconder al gato.

—¡Buenos días, Olvido! ¿Qué tal?

La chica hizo ademán de entrar, pero yo no pensaba abrirle la puerta del todo. Mis manos prietas en el marco de madera. Una piel tostada por el sol me hizo desconfiar: a quién se le ocurre estar tantas horas en el exterior. Qué se había creído esa niña, que se podía entrar en casa ajena así, tal cual, sin previo aviso y siendo una desconocida, sin llegar con una placa que enseñar o una identificación sacacuartos. Entrar como lo hace un hombre excitado.

—Tú no eres un hombre, chica.

—¿Cómo?

Mi voz se había deformado con el miedo, pero sabía que me había oído bien. Me has oído, niña, pero te lo repito.

—Que quién eres.

—Olvido…

Su risa cohibida me estremeció. Luego se quedó callada. Estaría pensando qué inventarse. Como no diga ya algo le cierro la puerta en esos morros secos que tiene.

—Vengo algunas veces durante la semana. A limpiar. ¿Te acuerdas?

El tono de su voz se suavizó, tan condescendiente como cuando le hablas a un animal asustado. A uno que acabas de atropellar con una mierda de coche y al que mientras se desangra le pides un perdón de conciencia tranquila.

—Yo no soy un animal asustado, idiota.

—Olvido, soy…

—Ah, sí, ahora caigo. Pasa, niña.

No, no caía. Pero si se empeñaba en limpiar la casa por mí, no iba a ser yo quien le dijera que no.

Nada más entrar, sus facciones cambiaron aunque intentara disi­mularlas. Debía de oler un poco feo. Como a establo, pero áspero. Yo ya no me acuerdo bien porque ya me he acostumbrado. No huele mal, mi casa, pero huele. Sé que es de esas casas con gato en las que no se ventila. Aunque sin gato, porque ella no debe saber.

—No tengo gato. Es que hace frío siempre.

—Lo sé, Olvido. No te preocupes. Yo me encargo.

Su voz evocaba la seda de un pañuelo. Eso es típico de las buenas personas o de las que te quieren embaucar. Si es de las segundas, esta casa está llena de bichos: no creo que aguante mucho.

Llegó con paso firme pero simpático hasta el saloncito. Yo la seguí. Echó un vistazo al sofá, a la mesa y a la cocina, con determinación. Se notaba que ya había estado allí. Vio el bol de pienso en el suelo. Luego se giró y me miró.

—¿Por qué has vuelto a poner comida de gato aquí?

Me quedé callada. Luego le dije lo primero que se me ocurrió:

—Por si acaso me apetece tener uno.

Ladeó la cabeza y sonrió extrañada. Parte de su melena le resbaló por los hombros. Aproveché para mirarla bien. La inspeccioné con disimulo. Solo se me ocurrió pensar que era tan bella que la vejez no sabría por dónde empezar a roer.

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NO SE PUEDE IR POR AHÍ SIN COLA

Tengo miedo de lo que pueda entrar. ¿O es de lo que pueda salir? Me resulta imposible acordarme de los detalles a veces. Dice el gato que por eso hace tiempo que opto por actuar por inercia. Que he aprendido a mantener mi miedo al recibidor sin necesidad de alicientes.

Al otro lado de la puerta, el rellano de un ático en un edificio de la zona humilde de la ciudad. No recuerdo mucho más que eso. Cuando la curiosidad intenta matarme, se apodera de mí y me obliga a fisgonear por la ventana del saloncito asomando mi cuerpo de pasa igual que lo hace el gato. Aun así, yo nunca me atrevo a caminar por el alféizar ni dejo colgar mi larga cola acostumbrada a la emoción de las cosas peligrosas —porque no tengo—, para volver a cruzar de nuevo la ventana como si nada hubiera pasado.

—Este gato… Un día te vas a caer y no voy a ser yo quien baje a buscarte.

Dice que siempre le riño cuando este gato hace de gato. Y yo siempre le recito:

—Caerá el gato / encima de una chica. / Muerte inútil.

A este lado de la puerta, el recibidor. No vamos a hablar de él. No se habla de aquello a lo que se tiene miedo.

Aunque sí hablo de otras cosas.

—Creo que hace meses que tengo un gato en casa, mamá. Viene y va. A veces lo llamo, lo busco y no aparece en días, y otras lo veo ahí mismo… Ahora al menos tengo compañía, ahora que ya no vives conmigo. Mamá, vigila. Joder, te has echado el yogur encima, mamá.

Quién podría imaginar que esas serían las últimas palabras a una madre. Quién podría imaginar que eso no sería lo peor. Esas palabras, ese comentario inusual. Quién iba a imaginar que eso no solo precedería a la muerte de una madre sino, además, mi última salida a la calle. Porque para qué salir si una ya no tiene una madre allí fuera. Una madre… que a saber cómo se llamaba.

Me voy olvidando ya de todas las cosas. Pero aún recuerdo esa vez. A fin de cuentas, esas palabras fueron simultáneamente el inicio y el final de muchas cosas.

Cuando la dieron por muerta, arrancaron a mi madre de la residencia igual que si se hubieran deshecho de una de las malas hierbas del jardín, pero en vez de tirarla a la basura la trasplantaron en el cementerio de la ciudad. No he ido nunca a visitarla. No porque ya no quiera salir de casa, sino

—Porque está muerta, coño. Y es más, es una estupidez usar el concepto visitar para ir a ver un cuerpo gusaneado y enterrado bajo quién sabe cuántos metros de abandono. La soledad ya la ha conocido, ya está con ella y ella ya no quiere estar con nadie más.

En eso siento que me parezco mucho a mi madre de ahora, a la muerta. En que he conocido la soledad. En que al conocerla me he dado cuenta de que no quiero estar con nadie más. Excepto por el gato, que no es lo mismo. Con el gato es compatible vivir porque su compañía es ausente y despreocupada. A veces está y a veces no está. Siempre me dice que si algún día me muero, si usted se muere algún día, vieja, probablemente seguiré viviendo en la casa con total tranquilidad. Eso me dice. Como si yo no fuera a estar despatarrada debajo de la mesa del saloncito, con una mancha reseca de mierda haciendo juego con el color miel del parquet. Pasaré por encima de usted con la misma tranquilidad con la que duermo a veces en el alféizar o tiro al suelo esa taza china que una vez fue la quinta de la colección. Quién sabe, o quizá decida morir con usted. Con usted y con la casa. Eso me dice.

El recibidor conecta con el pasillo y, claro, hay que cruzarlo. Casi seis segundos de miedo a través de un pasillo larguísimo y estrechísimo como una cola de lagartija bien larga y estrecha. Un pasillo de suelos helados que amenazan con agrietarse y esas arrugas en la pared que no se lo pensarían dos veces a la hora de devorar a alguien. Hay que cruzarlo, el pasillo. Y después llegar al saloncito. Llegar a una calidez reconfortante, a una luz que llena toda la ventana, una luz que la ventana casi no puede con ella, una luz que intenta iluminar incluso la esquina de la cocina que se esconde del saloncito. Del saloncito, uno pequeño, uno con una mesa rectangular de esas que suelen disfrazarse de mesa cuadrada, de esas que solo tienen dos sillas plegables de madera. Uno con la cocina abierta, que conecta con él igual que conectan los órganos entre sí. Órganos de lagartija. El saloncito es el corazón, la cocina es el estómago, quizá. Un estómago con esquinas. A un lado de él, los intestinos con cama individual y una almohada blanda y baja. El tocador y la silla, un espejo donde me reflejo a veces, y ese olor amargo y dulzón. Dice el gato que allí huele a mí, huele a vieja, a intestino. Al otro lado el recto, donde meo y, cuando la digestión me lo permite, cago, y a veces hasta apunto bien y no tengo que limpiar la tapa al acabar. Para las veces que no tengo suerte la ducha me espera bien cerca, ahora que la chica ya no trabaja aquí. Ahora que ya no me limpia ella, me levanto sola del váter y con un par de pasos me basta. Es lo bueno de tener un baño tan pequeño.

Con esa ventana en el saloncito, que se estira como un felino y consigue llegar a la habitación, la casa no requiere de calefacción en invierno. O quizá es porque una se acaba acostumbrando al frío constante, una se acaba acostumbrando y empieza a pensar que las salas del cuerpo de lagartija gozan de gran calor. Exceptuando las noches, no se está tan mal. Pareciese que las salas se posaran en un gran rescoldo tímido al que no se oye crepitar.

Es al salir al pasillo, a la intemperie como quien dice, cuando te topas con un frío que destripa, te topas con la falta de luz solar y de ventanas. Es como si un animal hubiese querido cazar a la lagartija y hubiera acabado arrancándole la cola. Ahora el cuerpo intenta resistir, perdurar sin necesidad de cola, pero con miedo al depredador.

La casa: una lagartija que se ha visto obligada a desprenderse de su cola para sobrevivir y a la que le han vuelto a coser la extremidad, sin la esperanza de que volviera a circular la sangre, solamente porque había que hacerlo. No se puede ir por ahí sin cola.

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CUANDO ESTABA LA CHICA EN CASA

A veces duermo en las esquinitas del piso, yo. Menos en las del recibidor, claro. Es imposible dormir dentro de una cola de lagartija. Pero en las otras sí duermo. Me hago pequeñita pequeñita, igual que un gorrioncillo malherido que deja saltitos de sangre, y con mis alas me oculto la cara para que nadie la vea. Después de eso crezco y las patas se me engordan y me salen pelos en las orejas y en la frente y en la barriga y en todos los sitios donde yo antes tenía pelo pero un día se me cayó, y peluda ando a cuatro patas como el gato. O la barbilla se me afina y endurece y entonces llena de plumas me subo a la mesa del saloncito y la picoteo fuerte hasta que duele y vuelo hasta el sofá y no me acerco mucho a la ventana por si acaso un día me voy volando. Me imagino lo que debe de ser volar y me entra miedo.

A veces llevo trencitas, yo. Y mocasines de charol que dan brincos conmigo, y uso al hablar una voz muy aguda, que tal vez haya usado años atrás, pero ya un poco rota. Como si durante muchos años hubiera sido asidua a esa vocecita tierna, pero del desuso se hubiera oxidado. Y al recuperarla ahora, en la voz se notara el polvo.

A veces llamo por el cuchillo, yo. Que es como llamar por teléfono pero más divertido, porque me tengo que imaginar dónde están los botones y a veces me tajo un poco las orejas, si no voy con cuidado. Normalmente no voy con cuidado. Quién va con cuidado cuando habla por teléfono. Nadie. Lo coges, tecleas y lo pegas a la oreja, sin más. Quién va con cuidado. Pues yo cojo el cuchillo y hago lo mismo. Y así me puedo pasar horas y horas hablando con la compañía del gas o con la chica o incluso hablo conmigo, conmigo la de horas que nos pasamos hablando… Y nos reímos y nos enfadamos y debatimos sobre política o sobre geranios. O nos recitamos haikus que nos inventamos.

—Por la mañana / pececillas de plata. / Un par de ancianas.

Y hablo con Olvido hasta que al cuchillo se le acaba el saldo.

A veces, cuando estoy sentada en el sofá, o en el suelo o en la encimera de la cocina, me miro los dedos corazón y anular de mi mano derecha, porque yo soy diestra la mayoría de las veces. Las otras soy zurda. Cuando me convierto en una niña pequeña, soy zurda. Y cuando hablo con mi madre o mi padre, también. Me miro los dedos corazón y anular de mi mano derecha y me los meto por debajo del camisón, dentro, donde tengo mi ombligo y mis pliegues y mi vulva. Y cuando mis dedos tocan mi vulva, mis nudillos se convierten en jorobas, y mis dedos se transforman en dos dromedarios sedientos andando por las dunas de un desierto. Y andando, andando, se encuentran con un oasis medio seco y corretean y corretean y se meten en el agua un ratito, en el agua que queda, que no queda mucha. Y luego salen contentos y mojados. Y enseguida saco a los dos dromedarios del camisón y me los meto en la boca.

Pero cuando estaba la chica en casa intentaba no convertirme en ningún animalillo, ni hablar con voz aguda, ni llamar por el cuchillo, ni lamerme los dromedarios después de metérmelos en la vagina. Cuando estaba la chica en casa, dice el gato, también intentaba usted no hacerme mucho caso a mí.

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UN OLOR INUSUAL DETRÁS
DE ESTA PUERTA CERRADA

Hay un bebé llorando en el recibidor. El eco se golpea contra las paredes del estrecho pasillo, como defendiendo su espacio personal, y así los sollozos van rebotando rápido de pared en pared hasta llegar al saloncito. En mis orejas el sonido chirría, se oyen muy fuertes los berridos. También el telefonillo ha estado sonando pero ya no logra hacerse oír con tanta pena. El llanto compite por el protagonismo de la casa. Parece que llanto y telefonillo plañan al unísono. Cruzo el pasillo intentando esquivar los golpes del eco y me acerco a la entrada. Descifro algo en el espejo del recibidor, entre

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