El silencio y la cólera (Los años gloriosos 2)

Pierre Lemaitre

Fragmento

 g-4

1

 

Todos tenían sus razones

 

 

 

Desde principios de febrero, la perspectiva de la «peregrinación» ocupaba las mentes de todos los Pelletier: los padres deseaban mantener la tradición y los hijos, como todos los años, intentaban saltársela. Aquel ceremonial conmemoraba, cada primer domingo de marzo, la fundación en Beirut de lo que Louis Pelletier insistía en llamar «la jabonería familiar», aunque fuera solamente suya en realidad. Se trataba de ir en procesión hasta la rue de Marseille, frente a los depósitos de la aduana, hacer la visita a la fábrica y, tras una escala en el Café des Colonnes para tomar el aperitivo, regresar a la avenue des Français a la hora de comer.

—Sólo falta la corona de flores y el toque de silencio —solía decir François.

Su padre le tenía mucho apego a aquella celebración que, según él, encarnaba el «espíritu Pelletier» (a saber qué era eso exactamente), y organizarla lo mantenía ocupado durante meses. A veces Angèle, su esposa, se preguntaba qué preparación podía requerir un acto que no había sufrido ningún cambio en treinta años.

—Nunca lo entenderás —le respondía.

Pero ella lo entendía perfectamente: aquella conmemoración reflejaba la ardiente aspiración de su marido al papel de patriarca. Louis siempre había intentado instaurar «tradiciones familiares» a partir de hechos banales, pero la verdad era que nunca había dado con la tecla. Cuando los chicos aún vivían con ellos, sus propuestas de celebrar un consejo familiar semestral, un viaje anual a las ruinas de Baalbek e incluso una modesta visita dominical al Gaumont Palace habían pinchado en hueso, así que se aferraba al aniversario de la jabonería con la energía que suele dar la desesperación, hasta el punto de estar dispuesto a pagarles el viaje a sus tres hijos, que ahora vivían en París.

La muerte de Étienne, el benjamín, cuatro años antes, ha­bía teñido de tristeza las reuniones familiares y amenazado el sacrosanto peregrinaje, pero el señor Pelletier había querido ver en esa tragedia un motivo más para mantenerla («en memoria de Étienne»), pese a que, la verdad sea dicha, al hijo difunto siempre le había importado un pito. Pero tratándose de la peregrinación no había argumento que valiera.

Angèle ni de lejos le daba la misma importancia, pero apoyaba a su marido porque las oportunidades de reunir a toda la familia no abundaban. «Dadle ese gusto a vuestro padre...», les escribía todos los años, y los tres sabían que más bien hablaba de sí misma.

Así que, atrapados entre la obstinación de su padre y la discreta insistencia de su madre, los tres, Jean, François y Hélène, se las ingeniaban para encontrar todo tipo de pretextos, pero sólo por costumbre. Llegado febrero, lo que los agobiaba no era tanto la pejiguera anual de viajar a Beirut como la penosa obligación de ceder, a su edad, a las exigencias de sus padres.

En cualquier caso, ese año en particular todos tenían sus razones para intentar, una vez más, sustraerse a esa obligación.

Hélène, miedo de una traición, y Jean, de una bancarrota.

En cuanto a François, era un muerto en vida desde la desaparición de Nine, que se había marchado el martes por la mañana (su jefe la había enviado a Normandía para concretar los detalles de un pedido y hacer un presupuesto) y debería haber vuelto el viernes.

Sin embargo, nadie la había visto esa noche en el tren.

No había enviado ningún mensaje.

Y en su hotel aseguraban que había dejado el establecimiento a media tarde con su maleta.

Desde entonces, no había noticias de ella.

Él había estado esperándola en el andén hasta la llegada del último tren procedente de Ruan y se había acostado a medianoche, muerto de preocupación.

Si le hubieran preguntado qué era lo más importante en su vida, pese a su pasión por Le Journal du Soir, en el que trabajaba como reportero, no habría vacilado: habría respondido «Nine». Se habían enamorado a primera vista y arrojado a los brazos del otro en la segunda cita. El cuerpo de ella era todo lo que él había deseado sin saberlo, y ya no le quedaba ni un milímetro por descubrir. Durante cuatro años, su olor y su calor; su piel y sus labios; su raso, su vellón y su terciopelo se habían convertido en el país que habitaba. Y Nine, a menudo silenciosa, se colgaba de su cuello y también daba la impresión de haber llegado a alguna parte y no querer marcharse, aunque rehusara imaginar siquiera una vida en común.

¿Debería haber insistido en acompañarla?

Se había enfadado ante la mera sugerencia de que él pediría un permiso para ir con ella.

—¡No estoy a tu cargo! ¡No eres mi padre!

No soportaba que intentara ayudarla. «La típica reacción de los huérfanos», se había dicho François: «no les gusta depender de nadie».

Le había anunciado aquel viaje llena de emoción: había que visitar una biblioteca, hacer un inventario, concretar el pedido, evaluar el trabajo y elaborar un presupuesto.

—¡Es la primera vez que me envía sola para un encargo tan importante!

Nine era una preciosa morena de veintiséis años con una boquita de piñón y unos ojos increíblemente negros y brillantes. Trabajaba en el «taller de Léon Florentin, encuadernación artística y restauración de libros antiguos», una actividad solitaria y silenciosa que le iba como anillo al dedo y para la cual mostraba una gran habilidad. Al entrevistarla para el puesto de aprendiz, al señor Florentin le había llamado la atención su leve acento. ¿Era húngara? ¿Holandesa? ¿Nórdica? En realidad, se trataba de un trastorno del habla: Nine sufría una sordera del noventa por ciento desde la adolescencia. Lo poco que oía le llegaba «como a través de un colchón», según le había explicado a François.

Había vuelto a hablar poco a poco, pese al hándicap de que no podía oírse a sí misma, pero temiendo gritar sin darse cuenta había cogido la costumbre de hablar muy bajo. La gente tenía que forzar el oído para comprender lo que decía, a lo que se sumaba la incomodidad de ser observados con insistencia sin entender que les estaba leyendo los labios. Ella, por su parte, huía de las situaciones en las que había muchas personas por miedo a sentirse perdida, a no enterarse, a hacer el ridículo. No había querido aprender el lenguaje de signos ni probado ningún aparato: era su vida, decía; y, como resultado, la vida era una acrobacia permanente y opresiva que, aunque fuera muy de tanto en tanto, le provocaba unos ataques de rabia terribles.

La relación entre ambos había estado marcada por la negativa de Nine a dejarse ayudar y la impotencia de François, quien, por otro lado, después de cuatro años seguía sabiendo muy poco sobre ella (su infancia humilde en Courbevoie, el prematuro fallecimiento de su madre y, tiempo después, el de su padre, profesor y medievalista mediocre muerto a causa del alcoholismo). Entre los dos existía una inmensa pasión plagada de discusiones. Ella era muy susceptible: siempre estaba en el disparadero, y él a veces carecía de tacto. Era complicado.

¿Dónde estaría? Él no sabía el nombre del cliente de Normandía y el señor Florentin se había tomado unos días libres para viajar a algún lugar de Auvernia y no había dejado ningún número de teléfono.

 

 

Entretanto, François estaba en la reunión matutina del consejo de redacción de Le Journal du Soir con los jefes de sección.

Su contribución consistía en fingir que seguía la discusión y mirar al jefe, Adrien Denissov, aunque sin escucharlo. Denissov era el único que permanecía de pie, como si no le bastara con ser el más alto (le sacaba dos cabezas a todo el mundo). Distaba de tener un físico de joven galán, pero era un hombre asombrosamente seductor y, aunque casado y padre de familia, se le atribuían muchas conquistas.

Aquellas reuniones eran el marco de todo tipo de escaramuzas, batallas y justas (a causa de un titular, una foto, un tema o un acento) que Denissov zanjaba una vez que los protagonistas se habían dicho de todo. El gran clásico de esas sesiones era el duelo entre Stan Malevitz, redactor jefe de sucesos, y Arthur Baron, responsable de política interior y exterior: sus monumentales broncas ocupaban algunas de las mejores páginas de la leyenda del diario, y sus mejores réplicas iban de boca en boca por todo el periódico en cuanto acababa la reunión.

Ese día, sin embargo, no habría pelotera porque Malevitz no estaba: a sus cincuenta y siete años, había sufrido una apendicitis, lo cual era motivo de chacota para todos.

—¡Ya le vale, a su edad!

—Mira que si vuelve con acné...

—¿Alguien le ha mandado piruletas?

François sonrió educadamente. Desde que, hacía cuatro años, había cubierto el célebre «caso Mary Lampson»: el asesinato de una actriz en un cine de barrio, todos lo consideraban el mejor cronista de sucesos del periódico y, como tal, tenía el privilegio de sustituir a Malevitz, pero le habría parecido indecoroso participar en el cachondeo generalizado del que era víctima su jefe.

Oyó aplausos y salió de su ensimismamiento.

—¡Sí, bravo! —exclamó a su vez.

Denissov acababa de someter a la consideración de su equipo la última página de la edición del día, formada por entero por grandes fotografías con un escueto pie: una idea suya y una absoluta novedad en la prensa parisina muy bien acogida por los lectores. El ritual consistía en tomarse el tiempo necesario para estudiar la página, y evaluarla mentalmente y luego, salvo que alguien pusiera algún pero, se aceptaba por aclamación. No había ninguna regla para elegir las imágenes: podía ser una que no hubiera cabido en algún artículo; divertida, sorprendente o tranquilizadora... aquella página tenía que ser el reflejo mismo de la actualidad palpitante y diversa.

Arriba a la izquierda, un recuadro mostraba un coche hecho trizas: los accidentes de tráfico estaban en boga. Fran­çois reconoció la imagen: la había tomado su hermana Hélène, que trabajaba eventualmente para el Journal. Cuatro años antes, Denissov había visto algunas de sus fotos de Indochina, había encontrado que «apuntaba maneras» y desde entonces recurría a ella con frecuencia. François se guardó mucho de señalar que aquella foto no se había tomado en la carretera, como parecían demostrar el ángulo y la presencia de un hombre de gabardina, sino en el garaje en el que había acabado el vehículo. Denissov lo sabía perfectamente: era un pecadillo venial que todo el mundo comprendería. «Es por una buena causa», solía decir, y la causa era Le Journal du Soir.

En esos momentos el equipo pasaba revista a los principales temas de la edición del día.

En cuanto a François, seguía pensando en Nine y en su inquietante desaparición, y su angustia crecía por momentos. Ya había temido perderla mil veces antes, dejar que se perdiera, e intentaba razonar consigo mismo: «Déjala en paz, joder.»

Eso era justo lo que le decía su hermana, que estaba muy unida a Nine, y él sabía que no tenía mucho sentido preocuparse así porque alguien hubiera perdido un tren, pero su angustia no era un mero capricho: ya había comprobado lo... frágil que era Nine. Podía tener reacciones intempestivas, dejarse llevar por errores de apreciación... Procuraba no verla como una persona con dificultades, pero no podía evitarlo. Los extravíos de Nine le daban miedo.

Sin embargo, trató de concentrarse en lo que se decía; Denissov tenía el aspecto de los grandes días: esa manera bien suya de morder el labio inferior y menear la cabeza... Era bastante vanidoso.

—Señores, la próxima semana nos interesaremos... ¡en las mujeres!

—¡Eeeh!

Era un grito liberador, sobre todo porque no había ninguna mujer en el consejo de redacción.

—Desgraciadamente —continuó Denissov—, no lo haremos desde el punto de vista más favorable...

—¡Oooh!

Teatral, como siempre, mostró en alto una página en la que de inmediato se leía el titular:

 

¿Son sucias las francesas?

 

Daba igual que sólo hubiera hombres: era una pregunta al menos incómoda. Tras un instante de reflexión, la encontraron violenta; salvo François, a quien le parecía directamente insultante.

La página estaba ilustrada con un dibujo vagamente humorístico de una mujer que se maquillaba sonriente delante de un espejo. Iba en sujetador, y daba un poco de reparo establecer una relación con el título.

Denissov estaba feliz: la reacción de sus jefes de sección confirmaba su intuición. Bajó los brazos, se puso unas grandes gafas de pasta y leyó en voz alta la entradilla del artículo:

 

A la francesas no sólo se las considera

unánimemente elegantes, sino también finas.

¿Oculta esa fama una realidad

mucho menos lisonjera?

 

Dejó la hoja sobre el escritorio y esbozó una amplia sonrisa.

—Es un estudio sobre la higiene de las mujeres: cinco artículos en cinco días.

Todos estaban estupefactos.

—¿Quién ha escrito eso? —preguntó François.

—Forestier.

El nombre no le sonaba a ninguno.

—No quería arriesgarme a perder un tema así —explicó Denissov—, de modo que recurrí a una freelance. Si la serie tiene éxito, la contrataré.

—Pero ¿no se sentirán insultadas nuestras lectoras?

Denissov se echó a reír.

—¡Pues claro que no! Cada cual pensará que hablamos de su vecina o su compañera de trabajo, y si se da por aludida se cuidará mucho de confesarlo. No hay peligro: tendremos a todo el mundo a nuestro favor...

Pocas veces lo contradecían, entre otras cosas porque solía tener buenas ideas, pero aquélla distaba de provocar entusiasmo. En todo caso, parecía especialmente contento.

—Señores: ¡al tajo! —exclamó. Era la frase con la que solía levantar la sesión.

François se puso de pie y de pronto entró en pánico: en tan sólo una semana partiría hacia Beirut para participar en la «peregrinación», y acababa de asaltarlo una idea: ¿qué haría si, en el ínterin, Nine no había aparecido?

Como cronista de sucesos, sabía mejor que nadie que, si no había señales de ella en esos ocho días, la situación tendría un cariz totalmente distinto: la policía habría tomado ya cartas en el asunto, los periódicos estarían buscando y publicando noticias... y esa perspectiva le dio escalofríos.

Sería cruel, pensó, que la desaparición de Nine fuera el primer motivo fundado para evitarse el fastidio de Beirut.

Hélène, por su parte, no estaba preocupada: sabía que Nine era rara, por no decir imprevisible, y estaba segura de que el misterio no tardaría en aclararse. Simplemente confiaba en que... No, cuanto más lo pensaba, más le costaba imaginarla enamorándose de otro hombre que no fuera su hermano, aunque cualquiera sabía...

En esos momentos recorría los pasillos de La Samaritaine en busca de un regalo para Colette, la hija de su hermano Jean, a la que adoraba. Pronto cumpliría tres años y aún no ha­blaba muy bien (¿no estaba tardando demasiado?), pero tenía una mirada penetrante y atenta que indicaba una mente despierta, aunque sin manifestación exterior, algo sorprendente para una niña de su edad. La relación con su madre nunca había sido muy armoniosa; ¿podría explicar eso la actitud de rechazo que mostraba a veces: brazos cruzados, mirada al frente, labios fruncidos?

Nine, que también la quería mucho, opinaba que no era feliz.

A veces, a Hélène la imagen de la pequeña le removía algo en las entrañas. A los veintitrés años, la mayoría de sus amigas ya eran madres o tenían intención de serlo. Ella no quería ni planteárselo: todavía no. Para empezar, se necesitaba un hombre. Y no es que le faltaran candidatos, porque era bonita como pocas y rubia a más no poder, con un rostro delicado, los pómulos altos y una boca sensual que era un rasgo de familia. Y por si fuera poco, tenía pechos y trasero: todo lo que les gustaba a los hombres, que solían silbarle por la calle. En el metro, a menudo tenía que hacer contorsiones para evitar a los manilargos.

De todas formas no, aún no, y menos con el hombre que estaba en su vida en esos momentos.

Pensando en él, Hélène negó con la cabeza y decidió centrarse en la pequeña Colette.

Lo de ser su madrina había sido idea de su cuñada, que quería hacer las cosas «como es debido», lo que para su mentalidad significaba: «como todo el mundo», con peladillas, aunque nadie se las comiera, misa, aunque nadie fuera nunca, y una crismera de plata grabada que ahora se ennegrecía en el aparador Enrique II, del que sólo salía algún que otro domingo, por ejemplo, cuando Geneviève conseguía reunir a los tres hermanos. Decididamente, entre los Pelletier las reuniones familiares eran una obsesión...

Hélène optó por una carraca amarilla que estaba al alcance de su bolsillo y pidió que se la envolvieran para regalo. No nadaba en la abundancia. Colaboraba con LeJournal du Soir y colocaba sus fotos en otros periódicos y revistas, pero le pagaban una miseria, así que siempre estaba en la cuerda floja: cada fin de mes era un nuevo desafío.

Vivía en la rue de la Grange-aux-Belles, del décimo distrito, en un pisito de dos habitaciones reducido al comedor desde que había transformado el dormitorio en laboratorio de revelado al que tenía que llevar el agua en cubos desde la caja de cerillas que hacía las veces de cocina. Dormía en el sofá, el baño estaba en el rellano... vaya, lo habitual en París, pero a Hélène le encantaba.

Compartía aquel pequeño espacio con Joseph, un gato atigrado que había pertenecido a su hermano Étienne. Patilargo, de mirada misteriosa, tenía la oreja derecha partida por la mitad, seguramente debido a una pelea en su vida anterior (había tenido tres: la primera en Beirut, la segunda en Saigón y ahora era parisino). Vivía en las alturas: la biblioteca, el armario, todo le iba bien. En casa de Hélène, se pasaba la mayoría del tiempo ovillado junto a un Buda de barro que la joven se había traído de Indochina, y desde allí posaba una mirada grave y penetrante sobre el mundo. Le encantaba saltar sobre los hombros de la gente sin previo aviso: era bastante payaso.

Hélène estaba contenta, cada vez más segura de su talento y convencida de que el futuro se abría ante ella y de que sus precarias condiciones de vida eran el precio a pagar por su independencia.

Guardó el regalo en su bolso y suspiró. Como si tener que partir hacia Beirut en diez días no fuera bastante, en el ínterin debería soportar una comida dominical en casa de Geneviève y Jean (al que, de vez en cuando, aún llamaban «Gordito» porque siempre le habían sobrado unos cuantos kilos). Por lo general declinaba la invitación, pero en esa ocasión la había aceptado, lo que había sorprendido incluso a su hermano.

—¡Ah! ¿Tú también vendrás?

No era extraño que pasara a ver a su ahijada (a Geneviève le encantaba esa expresión), pero esta vez no iría por Colette: simplemente no había encontrado mejor ocasión para hablar con François.

Urgía aclarar las cosas.

El lunes sería demasiado tarde.

Así que: «Nos vemos el domingo», le había dicho al Gordito, pero cuanto más se acercaba el día más vueltas le daba a lo que debía decir.

Cerró los ojos.

¿Cómo iba a explicárselo, por Dios? Llevaba tres semanas planeando la conversación y disponía de un arsenal impresionante de frases, muchas de las cuales rayaban en el insulto porque no podía permitir que François se quedara tan campante ante un asunto que sin duda acabaría envenenando la relación entre ambos.

Su hermano tenía muchas dotes; en el Journal, siempre era quien encontraba los titulares más contundentes, aquel a quien se pedía consejo discretamente cuando se buscaba un enfoque para un artículo, pero hacía mucho tiempo que estaba insatisfecho. No se había hecho periodista para escribir gacetillas sobre crímenes pasionales, asesinatos cutres y atracos a joyerías; soñaba con grandes reportajes, investigaciones de interés social... y Denissov, poco dispuesto a introducir cambios en un equipo que funcionaba bien, hacía oídos sordos.

Se sentía mal sólo de pensar en la desafortunada cadena de coincidencias que los había llevado hasta donde estaban: eso era lo que tenía que explicarle a su hermano, pero ¿sería suficiente?

Quince días antes, Denissov le había mencionado a la señorita Blanche, una secretaria que pasaba por ser una de las más sexys de la redacción.

—¡Más le valdría lavarse! —había soltado Hélène, y Denissov se había parado en seco, asombrado—. ¡Pues sí! —había añadido ella—: podría cepillarse los dientes y bañarse un poco más a menudo, pero bueno...

Se limitaba a confirmar algo que afectaba a muchas mujeres: la higiene no era su principal preocupación.

—¿Estás segura? —le preguntó Denissov.

—¡Segurísima!

Tenía amigas que no se cambiaban de ropa interior más que una vez a la semana y no lavaban la faja en un mes.

Al instante, lo que a sus ojos era tan sólo una triste realidad, se convirtió, para Denissov, en la perspectiva de un reportaje extraordinario. En menos de un cuarto de hora ya le había garantizado los fondos para contratar a cinco chicas que, durante una semana, realizarían una encuesta a veinte mujeres cada una. Cien en total.

—Pero que no levanten sospechas, ¿eh? Habrá que decirles que se trata de un cuestionario sobre productos de higiene o algo así, ya se te ocurrirá algo. Y que haya de todo: obreras, amas de casa, maestras, profesionales... ¡todo el mundo tiene que sentirse reflejado!

Le dio una semana para levantar la encuesta y luego una semana más para escribir una serie de cinco artículos y, antes de que ella pudiera siquiera pensarlo, ya la había convertido en redactora, cosa que ella nunca había querido ser, y para colmo de la clase de artículos de tema social con los que su hermano soñaba en vano.

—Deberías usar un seudónimo —le había sugerido el zorro de Denissov.

Oficialmente, eso permitiría diferenciar a la fotógrafa de la periodista, pero era una estratagema un poco burda que no engañaría a François.

Y cuando se enterara de lo suyo con Denissov aún sería peor. A nadie le escandalizaba que muchas chicas debieran su éxito a sus encantos, así eran las cosas, pero ella se sentía incómoda porque, en su caso, aquello era cierto y falso al mismo tiempo. Cierto porque Denissov jamás le habría propuesto hacer ese reportaje si la conversación no hubiera tenido lugar en la habitación del hotel donde se veían regularmente, y falso porque Denissov, que vivía para y por el Journal, jamás le habría hecho aquel encargo si no la creyera capaz de llevarlo a buen puerto. Pero ¡a ver cómo se le explica eso a François!

Ahora lamentaba haber esperado a la comida en casa del Gordito para sacar el tema. Era para ahorcarla: parecía que sólo pensara en sí misma. ¿Cómo se le había ocurrido siquiera plantear semejante conversación en presencia del pobre Gordito, tan angustiado últimamente?

¿Podría ser que su negocio marchara peor de lo que él mismo afirmaba?

Tres años antes, había abierto una tienda llamada Dixie que vendía, a precios muy asequibles, ropa para el hogar presentada en cestas o cajones de madera, como en el mercado. A las clientas les encantaba rebuscar para encontrar el juego de seis servilletas o el par de unos guantes de baño. La regla comercial aconseja comprar lo más barato que se pueda para vender lo más caro posible, pero Jean había tomado otro camino: comprar barato para... vender barato, pero en mayor cantidad. El éxito había sido fulminante, así que se le había ocurrido alquilar un local más grande y ofrecer también ropa de mujer.

Su esposa Geneviève, que siempre había pensado que las servilletas y las toallas tenían poca clase (por no hablar de aquellos cajones de madera: ¡los encontraba tan vulgares!), había imaginado de inmediato una boutique de moda con modistas y costureras, y el primer desfile en algún palacio parisino... Cuando comprendió que se trataba de ropa de confección por poco le da un ataque. Y cuando supo que ofrecerían prendas «hechas en serie», entonces sí se cerró en banda. Desde luego, aquel marido suyo no tenía arreglo: todas sus ideas los hundían en la banalidad y el mal gusto.

—¿Y quién va a comprar estas porquerías? —preguntó cuando Jean apareció con las primeras muestras.

—Mmm... ¿las clientas?

—Pero, hombre de Dios, no comprendes nada, ¡no conoces a las mujeres!

—No son caras —le hizo notar Jean.

—¡Sólo faltaría!

Geneviève sostenía un vestido estampado con las puntas de los dedos, como si fuera un pañal de bebé que estuviera a punto de meter en la tina de lavar.

Jean volvió a plegar los artículos, pero siguió con su plan, basado en la premisa de que a las mujeres les gusta cambiar: ofrecería vestidos, faldas, blusas, jerséis... de mediana calidad, sí, pero a tan buen precio que las clientas podrían renovar su vestuario a menudo. En el fondo, una prenda que dura diez años está pasada de moda nueve. Por otra parte, bastaba mirar alrededor para darse cuenta de que por todas partes había bebés a los que era necesario vestir, que se manchaban, que crecían deprisa... La práctica de vestir a los pequeños con la ropa que iban dejando los mayores tenía sus límites, y distaba de satisfacer a las mamás que querían llevar a sus hijos «bien arreglados» como los que aparecían en los anuncios de las revistas. Para Jean, la sección de señoras debía complementarse con otra dedicada a los pequeños: una joven madre deseosa de comprarse, por poco dinero, un vestido que pudiera cambiar por otro la siguiente temporada, adoraría un establecimiento donde pudiera hacer lo mismo para sus hijos sin salirse de un presupuesto limitado.

En junio Geneviève había quedado impresionada ante el local que Jean había escogido para su segunda tienda: un edificio magníficamente situado en una esquina de la place de la République.

¡Mil doscientos metros cuadrados!

—¡Qué sucio está! —se había limitado a exclamar ella. Pero él había comprendido que iba por el buen camino.

De todas formas, Geneviève, que había estado muy activa mientras montaban la primera tienda, con la segunda se había dedicado a saborear las mieles de la pereza conyugal y no había movido un dedo para ayudarlo. La tarea necesaria para acondicionar semejante superficie resultaba ingente, y Jean perdía peso a pasos agigantados, parte por el esfuerzo, parte por la angustia ante los inacabables pendientes.

—¡Tú puedes permitírtelo! —se había justificado ella, pero él era víctima de neuralgias devastadoras que lo clavaban a la cama mañanas enteras. Para levantarse, tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos, y muchos días trabajar era un calvario.

¿No había ido demasiado deprisa?, se preguntaba varias veces al día. Pensar en los préstamos que había tenido que pedir para llevar a buen fin aquel proyecto le daba taquicardias. No pegaba ojo. ¿Había pecado de exceso de confianza? Llevaba en el bolsillo una libretita de la que nunca se separaba, y en la que apuntaba febrilmente los incesantes gastos. El total resultaba bastante desmoralizador.

Con lo bien que había empezado todo...

Le costaba situar el momento en que las cosas habían comenzado a torcerse. El sistema de venta que había imaginado requería alquilar un almacén, y él había encontrado uno en Montreuil, pero tenía mil metros cuadrados y, para llevarlo, se necesitaban al menos seis mozos a los que hubo que añadir un par de administrativos. Dios mío... aquel pequeño ejército había empezado a cobrar hacía un mes, pero la tienda no abriría antes de finales de marzo, puede que incluso a principios de abril.

La libretita temblaba entre sus manos ante aquel panorama.

El tren en el que regresaba a París acababa de dejar atrás Charleville bajo un cielo encapotado. En el compartimento sólo lo acompañaba un joven con gafitas redondas y traje estrecho que tenía toda la pinta de volver de un seminario o regresar a él. Jean escribió «15»: el número de trabajadoras que debería contratar la semana siguiente para preparar la apertura, organizar las secciones, etiquetar los artículos... Y «2»: los operarios que asegurarían el reabastecimiento permanente.

Estaba agotado, pero sabía que ni siquiera el soporífero traqueteo del tren serviría de nada: la columna de cifras y las miradas furtivas del seminarista lo mantenían despierto.

Hacía mucho que no conseguía dormir.

La noche anterior había sido particularmente espantosa.

Por la tarde, en un restaurante cercano al hotel, una pareja sentada dos mesas más allá no había parado de soltar risitas y besarse en la boca entre plato y plato. Jean ya no se acordaba del hombre, pero lo que era de la chica... Al sentarse, su vestido no había acompañado su movimiento, y el blanco muslo, el borde de la media e incluso parte de la liga habían quedado a la vista. Le había costado Dios y ayuda fingir indiferencia. Para colmo, cuando se arrimaba a su acompañante (y no paraba de cogerlo del cuello entre risas y atraerlo hacia ella), se marcaba la ligera curva de su vientre y, sobre todo, sus pechos abundantes y pesados, que el hombre se complacía en acariciar disimuladamente, lo que la obligaba a ahogar la risa en la servilleta. El camarero, un individuo alto y flaco como un fideo, rubio y de bigote amarillento, hacía como si no viera nada (en cuanto se alejaba, el hombre, creyéndose a cubierto, volvía a pasar las manos por los muslos de la chica y por sus pechos, a veces incluso por debajo del jersey), pero iba a apostarse discretamente en la puerta de la cocina, desde donde tenía una vista privilegiada. En un momento dado, se percató de que Jean lo observaba y, lejos de azorarse, intentó establecer con él una complicidad silenciosa dirigiéndole guiños y miradas pícaras.

Jean, confuso, puso todo su empeño en concentrarse en su plato, pero estaba literalmente fascinado por el espectáculo que ofrecía la pareja.

En cuanto se tomó el café, abandonó el restaurante y pudo ver por fin la cara de la chica, a la que el hombre seguía sobando: una morena de pelo corto que le recordó a la lesbiana que aparecía en la cubierta de una novela que había causado escándalo y que él no se había atrevido a comprar.

Para colmo de males, la parejita se alojaba en el mismo hotel: los vio llegar mientras fumaba en el balcón. La chica ya no reía tan alto como en el restaurante. Subieron a una habitación cercana y él pudo oírlos durante casi toda la noche. Cuando la cosa se calmaba, se quedaba traspuesto un instante, pero casi enseguida volvían a despertarlo los jadeos, gruñidos y grititos de la chica. Se imaginaba sus pechos bamboleándose. Nadie consideró oportuno intervenir: era un ho­tel barato y estaba casi vacío.

Jean, momentáneamente distraído por aquel recuerdo, volvió a posar la vista en la columna de cantidades.

La mañana anterior, la negociación con el propietario de una manufactura para la confección de faldas y blusas no había salido bien, pero los plazos eran demasiado ajustados para buscar a otro proveedor, así que una vez más había tenido que resignarse a reducir sus beneficios. Todo le había costado más de lo que pensaba: las obras en el local, los sueldos del personal y los contratos con los proveedores.

Por no hablar de Geneviève, que, desde que había tenido a Colette, se había entregado al dispendio.

Para empezar, había exigido que se mudaran.

—¿No esperarás que me quede en este cuchitril con una niña tan difícil como la nuestra? —le había soltado.

A Jean no le parecía que su hija fuera especialmente complicada...

Geneviève pintaba a una Colette que le costaba reconocer: no había día que, al volver a casa, no tuviera que oír una retahíla de quejas. Aquello había empezado ya las primeras semanas (lo recordaba muy bien), pero no le había hecho mucho caso. «Un parto es una dura prueba: es normal que Geneviève esté irritable», se decía. «Necesita dormir.» Su mujer había metido el moisés en un armario cuyas puertas mantenía medio cerradas.

—¡Mira que es escandalosa: no me deja pegar ojo! —rezongaba, aunque, como siempre, él la veía dormirse prácticamente en cuanto se metía en la cama y jamás despertaba antes de que fuera de día.

Y la alimentación había sido tan difícil como el sueño.

—No puedo más —le había dicho al médico al acabar la segunda semana—. ¡Me hace un daño horroroso!

Al instante, habían pasado a la leche artificial.

—La cosa es que no veo mastitis ni obstrucción —opinaba el buen doctor Paul—, ni canales bloqueados, ni aftas... No entiendo a qué se deben semejantes dolores...

Todo aquello era muy duro para Jean, que se había encariñado mucho con la pequeña Colette. Si lloraba cuando su madre aún estaba despierta, y él se levantaba, Geneviève se apresuraba a decirle:

—¡Haces mal! ¡Se acostumbrará, y luego ya verás!

Al contrario que su esposa, no tenía ningún problema en cambiarla, ponerle polvos de talco y vestirla (ella siempre de­cía que se le revolvía el estómago), y la encontraba la mar de despierta. A cambio, Colette lo recibía siempre con gritos de alegría.

—¡Mira que es inquieta! ¡No para! —gruñía su madre.

El caso era que las «dificultades» que planteaba Colette le daban alas a su madre para hacer toda clase de exigencias.

Jean había tenido que batallar mucho para convencerla de renunciar a un piso con aseo y retrete. Al final, habían encontrado una vivienda de tres habitaciones en la rue du Paradis, que aun así superaba en un tercio lo que Jean tenía pensado gastar.

—¡Realmente es lo mínimo! ¡Cómo se nota que no te ocupas a menudo de tu hija!

De todas formas, nada de lo que él hacía le parecía bien a su mujer. Estaba convencido de que, tal como había hecho desde la tercera semana de casados, cinco años atrás, ella simplemente aprovechaba cualquier pretexto para justificar la total ausencia de relaciones íntimas. Nada había funcionado jamás entre ellos, y esa falta de entendimiento se había extendido enseguida al terreno sexual. Cierto que nunca habían dejado de compartir la cama, pero Geneviève la ocupaba casi del todo, obligándolo a hacer contorsiones para no rozarla, so pena de acusarlo de intento de violación.

—¡Tengo derecho a mi intimidad! —había sido su respuesta a los primeros avances de su marido, tímidos de por sí.

Luego había alegado que «copular» (palabra que empleaba siempre, poniendo cara de asco) ofendía su virtud y finalmente había dado con el argumento decisivo. Siempre que se quejaba de algo, añadía: «¡Como si tener un marido impotente no fuera bastante!»

Hay que reconocerle que limitaba esas quejas a su vida doméstica, así que su marido era el único que se preguntaba cómo se las había arreglado para quedarse embarazada. Él calculaba que la concepción de Colette se remontaba a septiembre de 1948, cuando Geneviève había regresado al Líbano para asistir al entierro de su madre: seguramente había aprovechado esa breve estancia en Beirut para reencontrarse con alguno de sus múltiples amores de juventud, de los que había tenido varios, según se había enterado él después de la boda. Su segundo embarazo, que tocaba a su término (Geneviève esperaba un bebé para principios de mayo), era aún más misterioso: la concepción debía de datar del verano anterior, época que a él no le decía nada en particular.

Sería un error creer que todo aquello lo dejaba indiferente. No era así, ni mucho menos: lo hacía sufrir terriblemente, pero, en su opinión, y pese a no ser creyente, Geneviève había entrado en su vida para hacerlo expiar sus pecados.

Los gastos de la nueva vivienda (que se sumaban a las deudas, los préstamos y los abusos de todo tipo), sólo engrosaron la lista de las penitencias cuya inflexible impositora era, a su modo de ver, Geneviève. Pronto tuvo la confirmación, porque la mudanza propició un descubrimiento que sería determinante en el destino de la pareja: el Salón de las Artes Domésticas de 1951. Los adelantos de la industria del hogar, que prometían un alivio increíble a las mujeres, habían subyugado a Geneviève.

El nuevo cochecito de la marca Darvey, con amortiguadores, caja extraíble, manillares con suspensión y un precio de veinticinco mil francos, era indispensable.

Jean, enfrentado a ese nuevo capricho, había intentado oponerse, por supuesto, pero ella siempre tenía razones superiores que sabía hacer valer:

—¡Tú no sabes lo que es empujar un cochecito todo el día!

Otro tanto podía decirse de la Unidad Lavelle a Gas, que lavaba mediante una «turbulencia suave»: ochenta mil francos.

—¡Esto sí que parece práctico! —aseguró golpeando el chasis del aparato con la palma de la mano como si estuviera ante un caballo de carreras—. ¡A ti ni fu ni fa, claro! Como no te pasas la vida lavando pañales...

Y del Tendedero Universal Pratic, que permitía secar la ropa a la altura del techo izándolo con unos cordeles: siete mil francos.

Tampoco dio su brazo a torcer respecto a la necesidad de comprar un calentador a gas ciudad de catorce mil francos y una ducha de mano de trece mil.

Para colmo, parecía tener un sexto sentido para elegir los productos más problemáticos: el Tendedero Universal jamás se pudo instalar porque los cordeles que permitían izarlo hasta el techo se enredaban. Sólo llegaba (torcido) a la altura de la cabeza, así que, para pasar, había que agacharse como para entrar en una tienda de campaña. Al cabo de un mes, Jean se lo encontró en la acera, junto a los cubos de la basura. El calentador, aunque muy ruidoso, consiguió proporcionar agua bastante tibia, pero la unidad Lavelle no resultó tan útil como se preveía porque rara vez dejaba la ropa de una pieza. Además, era imposible poner a funcionar los dos aparatos a gas a la vez: producían tal condensación que no tardaron en hacer necesaria la adquisición de un aireador antivaho de siete mil francos que tampoco funcionó durante mucho tiempo porque Geneviève dejó de usar la lavadora cuando se enteró de que en el edificio de al lado había una obrera que redondeaba su salario haciendo la colada de otras.

Jean acababa de pagar el préstamo a doce meses que les había permitido comprar los aparatos cuando el Salón de las Artes Domésticas de 1952 abrió sus puertas a una Geneviève totalmente decidida a «coger lo mejor», como decía ella.

—Lo que no es caro no vale la pena —aseguraba—. ¡No somos lo bastante ricos para comprar barato!

Él se había enfadado, claro, pero ella había empezado a quejarse por los pasillos del Salón de aquel marido suyo «incapaz de proporcionar el mínimo de comodidades a su mujer», etcétera. Se marcharon con un frigorífico con compresor electromagnético, un aspirador Jumbo de 115voltios, una cocina (esta vez eléctrica, pero que no instalarían de momento porque, cuando se la entregaron, descubrieron que el edificio no disponía de la potencia necesaria), una nevera portátil Igloo («¡A ti, que en verano nos asemos te la refanfinfla! ¡No paras en casa!»), una maravillosa mesa auxiliar Adap’Table, que permitía comer en la cama (y que Geneviève usaba a menudo), y un nuevo crédito de ochenta y cinco mil francos a devolver en doce meses.

Ese nuevo agobio había acabado de hundir moralmente al pobre Jean Pelletier, ya hundido de por sí.

De pronto, sentado en el compartimento del Charleville-­París, se sintió abrumado por la conjunción de su calamitosa negociación comercial, la situación desastrosa de su economía doméstica y el acondicionamiento de la tienda de la République, cuyo presupuesto excedía lo previsto una y otra vez.

Sintió que se ahogaba y el joven seminarista venció su timidez y lo miró francamente asustado.

Necesitaba aire de inmediato. Se levantó de un salto, se tambaleó hasta la puerta, que corrió con dificultad, salió al pasillo y se agarró desesperadamente a la barra de la ventanilla para reprimir una fuerte arcada. Al otro lado del cristal, el paisaje, igual de siniestro que antes, desfilaba como en una mala película que imitara a la vida. Cuando se volvió, vio al joven, que lo observaba desde el compartimento. Los dos se apresuraron a desviar la vista.

Avanzó por el pasillo y abrió la pesada puerta que daba acceso a la plataforma. El estrépito de las ruedas sobre los raíles le saltó encima como un animal furioso. Se paró en seco. De espaldas a él, una mujer fumaba contemplando el paisaje. No se volvió, pero su cara se reflejaba en el cristal de la ventanilla: era la chica de la tarde anterior en el restaurante, la que se había pasado buena parte de la noche jadeando y gimiendo. Era ella.

A su vez, la joven vio la imagen de Jean en el cristal y la escrutó unos instantes con los ojos entrecerrados, tratando de recordar de qué le sonaba aquella cara.

Cuando quiso darse cuenta de lo que hacía, Jean ya se había arrojado sobre ella y, agarrándola del pelo, le había estrellado la cabeza contra el cristal con todas sus fuerzas, una, dos veces. El cuerpo de la chica no tardó en dejar de ofrecer resistencia.

Sin soltarle el pelo, Jean la arrastró hasta la plataforma, pasó por encima del cuerpo y abrió la puerta que daba al exterior. El viento helado le azotó el rostro. Se volvió y, cogiendo a la chica por debajo de las axilas, la colocó ante la escalerilla de acceso al coche y la hizo caer al vacío. Volvió a cerrar. En el suelo no parecía haber sangre, sólo anchos regueros rojizos en el cristal de la ventanilla. Sacó el pañuelo, escupió varias veces en él e intentó limpiarlos lo mejor que pudo. Retrocedió un metro para comprobar el resultado. Era un cristal sucio, con churretones, pero sólo si no se sabía que era sangre... Iba a abrir de nuevo la puerta para arrojar el pañuelo fuera, pero, presa de un súbito cansancio y unas enormes ganas de dormir, se lo metió en un bolsillo de la chaqueta, volvió al compartimento y se sentó otra vez en su sitio, totalmente agotado. Las manos le temblaban un poco. Echó la cabeza atrás y fingió adormilarse.

Por una asociación de ideas, el tren lo llevó hasta el avión a Beirut, que cogerían una semana después. Allí había sido don­de, unos años antes, había matado a la primera chica, golpeándola con el mango de un pico. No le gustaba volver a Beirut: sólo le traía malos recuerdos. Lo haría de muy mala gana.

 

 

En definitiva, a la única de los cuatro que le hacía ilusión asistir a la «peregrinación» de los Pelletier era a Geneviève.

Su familia también vivía en Beirut, pero no le apetecía volver a ver a sus hermanas, a las que odiaba, ni a su padre, al que le reprochaba que no hubiera tenido el sentido común de impedir su boda con Jean. No, si se alegraba de ir era porque el viaje en primera clase, pagado por el señor Pelletier, le producía escalofríos de millonaria que la excitaban a más no poder.

Estaba arrellanada en un sillón abatible que, como les había explicado el vendedor del Salón, permitía «recostarse, descansar y volver a la posición inicial con una simple pulsación sobre uno de los reposabrazos». Apoltronada, tejía la ropita del bebé, actividad en la que se mostraba bastante torpe: se saltaba hileras y puntos, y el resultado era invariablemente desolador. La pobre Colette siempre iba hecha un adefesio.

Miró a su hija, que estaba intentando subirse a una silla. Era una personita tan hermosa como sólo los médicos de aquella época sabían producir: mofletuda y regordeta a más no poder, criada con harina de trigo enriquecida con jarabe de maíz y azúcar; pero, como ya hemos dicho, poco sonriente, seria. Con todo lo que le había pasado, lo raro era que siguiera viva: ¡la de veces que se había caído de la trona o cortado tras apoderarse de un cuchillo de cocina! Una vez incluso había cogido la caja de Persil (perborato y silicato) y había engullido varios puñados de polvos. Jean había tenido que llevarla a urgencias a la carrera. Que un cuchillo de cocina o un detergente pudieran dejarse al alcance de una criatura de dos años lo preocupaba.

—¡Tienes razón, esta cría es un demonio! —respondía Geneviève.

Mientras ella se entregaba a su labor, Colette había acabado de trepar a una silla y se disponía a subirse a las dos guías telefónicas apiladas en el asiento: era muy temeraria.

—¡Tú puedes, cariño! —la animó su madre cuando levantó la vista.

Geneviève estaba haciendo un gorrito, y se esmeraba mucho. Era un gorrito azul: quería un niño. La llegada de Colette había sido una tremenda decepción, de modo que tenía puestas sus esperanzas en su actual embarazo, ya muy avanzado.

—El vientre puntiagudo suele indicar que es niño —le decía a la señora Faure, que iba a cocinar dos veces por semana—. ¡Ya va siendo hora de que haya un hombre en esta casa! —añadía.

Estaba convencida de que era el pilar de su matrimonio: de que, sin ella, «todo se iría por el desagüe». «Por mucho que diga y se queje», se decía a menudo, «el Gordito tiene suerte de que aceptara casarme con él porque, sin mí, sabe Dios cómo habría acabado». Le gustaba pensar que salvaba a su marido in extremis de las situaciones catastróficas en las que nunca dejaba de meterse. La prueba era, según ella, aquel asunto de la tienda de la place de la République por el que, el pasado verano, su cuñada Hélène la había citado en el parque.

Era un día de principios de agosto, pero había llovido buena parte de la mañana.

Al verla llegar, Geneviève se había lanzado sobre Colette a una velocidad inaudita para sacarla del charco de barro en el que chapoteaba desde hacía un cuarto de hora.

—¿Se ha caído al agua? —le preguntó su cuñada.

Geneviève, toda sonrisas, tenía a Colette en las rodillas y le limpiaba las manos y la cara con su pañuelo.

—Sí, pobrecita mía... ¡Te distraes sólo un segundo y mira qué faena! ¿Eh, marranota? ¿A que es una faena? ¡Bu, bu, bu!

—Pero es tan rica... —opinó Hélène.

—¡Una ricura! —exclamó Geneviève frotando su nariz contra la de su hija—: ¿A que eres una ricura? ¿A que sí?

A Hélène le pasó por la cabeza una de esas ideas que resuenan en la mente y enseguida quedan en silencio, pero dejando un eco amenazador. Tenía que ver con Colette y su madre, pero no consiguió recordarla.

Esa inquietud repentina dio paso a otra, más concreta, que la había llevado allí: François y ella veían a su hermano mayor tremendamente angustiado.

—El Gordito ha adelgazado mucho —dijo—. Es preocupante... ¿Tan mal va su proyecto de la nueva tienda? ¿No sería mejor que lo dejara en paz?

Geneviève recobró el aplomo al instante: su malevolencia la hacía tener una percepción muy clara de los problemas de los demás.

—De Jean, no me extraña —respondió—: tanto en el trabajo como en la vida, siempre come más con los ojos que con la boca, salvo a la mesa...

Hélène miró a la niña, que se había puesto perdida.

—Habría que cambiarla, ¿has traído una muda?

—No: de eso se encarga la señora Faure, pero se le ha vuelto a olvidar.

Hélène no acababa de entender qué tenía que ver la anciana vecina que les cocinaba con las mudas de Colette y las salidas al parque, pero la organización doméstica de Geneviève se basaba en criterios esotéricos y fluctuantes.

La pequeña estaba empapada.

—Hay que llevarla a casa antes de que coja frío —sugirió.

—Es fuerte como un roble —respondió su cuñada, que no obstante metió a la niña en el cochecito y bajó la capota bruscamente.

Antes de que Geneviève se marchara con Colette, Hé­lène se inclinó de nuevo sobre la niña, que le cogió el dedo índice y se lo llevó a la boca.

—De Jean ya me ocupo yo —dijo Geneviève mirando al frente.

Pensaba en sus intereses. Después de todo, también se trataba de su vida y de su futuro, y la perspectiva de una quiebra la contrariaba enormemente.

—Necesitas a alguien... —le dijo esa misma noche a su marido.

A él le pasó por la cabeza que, efectivamente, necesitaba otra mujer, pero no dijo nada: se había acostumbrado a guardarse para sí sus comentarios. De acuerdo, necesitaba a alguien, pero quién se animaría a...

—Un gerente —especificó Geneviève—: alguien que supervise las obras y luego asuma la dirección de la tienda.

«Ah», pensó Jean ante esa aclaración, «entonces será aún más complicado encontrar a alguien».

—Creo que conozco a la persona adecuada —afirmó Geneviève.

Pero se negó a decir nada más. Dejó a su marido al cuidado de Colette y se puso su traje chaqueta de vestir.

—¿Cuánto se le paga al gerente de una tienda?

Jean abrió unos ojos como platos: no tenía la menor idea.

—No lo sé. Yo diría... ¿treinta mil francos? ¿treinta y cinco mil?

Geneviève asintió y cerró de un portazo.

Al volver, anunció:

—Hecho.

—¿«Hecho» qué?

—Ya tienes gerente. Puede empezar en septiembre: supervisará las obras de acondicionamiento y luego, en primavera, contratará a las dependientas y los mozos de almacén. Le he dicho que la tienda tenía que abrir como muy tarde a finales de marzo.

Jean estaba desconcertado.

—Pero... ¿quién? ¿Quién?

—El señor Guénot.

—¿Guénot?

Jean se atragantó; casi le da un síncope. Tuvo que sentarse.

En 1948, mediante una carta anónima, Geneviève había denunciado a Georges Guénot ante el Comité de Confiscación de Beneficios Ilícitos por haber comprado a precio de remate los stocks de numerosos comerciantes judíos del Sentier que se habían visto obligados a huir durante la Ocupación. Como resultado, el Comité le había confiscado todos sus bienes, incluida una cantidad industrial de tejidos que, a continuación, Jean, por sugerencia de su mujer, había comprado por un tercio de su valor antes de que se subastaran: así habían lanzado la primera tienda Dixie.

—¿Has ido a ver al señor Guénot?

¡Era inconcebible! El día en que Guénot había comprendido de dónde había salido la denuncia que lo había llevado a la ruina había estado a punto de matarla.

—Exactamente —respondió Geneviève quitándose el sombrero.

—Pero ¿por qué él?

—Conoce el negocio como nadie...

—¿Y... ha aceptado?

Eso era lo más sorprendente.

Geneviève esbozó una sonrisa astuta.

—Está en la ruina, y nosotros le ofrecemos una gran oportunidad.

Omitía el detalle de que la primera respuesta de Guénot había sido:

—Aaah, o sea que se avergüenzan de haberme estafado, ¿no es cierto?

Geneviève se había limitado a cruzar las manos sobre el bolso.

—¡Ni mucho menos! Pero necesitamos a un ladrón experimentado y enseguida he pensado en usted.

—¿Y cuánto habrá que...? —preguntó Jean angustiado.

—Catorce mil francos al mes: desde que quebró, vegeta en una pequeña empresa sin futuro. No estaba en condiciones de rechazarnos.

Geneviève tenía razón.

En su campo, Georges Guénot era una especie de prototipo: tenía una intuición prodigiosa para explotar al personal a la que se sumaba un cinismo fuera de serie. Se contaba que una vez, en la «pequeña empresa sin futuro» adonde Geneviève había ido a cazarlo furtivamente, una obrera se había seccionado un dedo de forma accidental y él le había exigido que «limpiara ese desorden», refiriéndose a la mesa llena de sangre, antes de llamar a un médico.

En algo más de seis meses al mando de la tienda de la place de la République ya había timado a representantes de todos los gremios, metido en cintura a todos los jefes de obra y obreros, y se disponía a iniciar la contratación de personal, lo que también prometía buenos momentos.

Su fichaje había aliviado la presión sobre Jean, que pudo dedicarse a lo que sabía hacer: buscar proveedores y negociar contratos. Viajaba por toda Francia visitando talleres a los que proponía importantes pedidos de productos baratos sobre cuya calidad el cliente final no se mostraría muy exigente.

¿Qué hora debía de ser? Geneviève miró el despertador.

«¡Dios mío, las cuatro!» Arrugó la nariz. «Debería cambiar a Colette: se lo ha hecho encima poco después de mediodía...»

Se inclinó sobre la labor para volver a contar los puntos. Podría parecer que no le prestaba atención a su hija, pero no era así ni mucho menos porque, cuando ésta, subida a los dos lis­tines apilados en el asiento, alcanzó el alféizar de la ventana abierta de par en par, se puso de pie agarrándose a la falleba con ambas manos y empezó a oscilar peligrosamente, su madre alzó la vista y, cruzándose de brazos, le dijo con una amplia sonrisa:

—Bueno, ¿y ahora qué?

Hacía buena tarde, pero, de todas formas, era febrero y un aire helado entraba en la habitación: se notaba en los deditos blancos de Colette, que aferraban la falleba. De hecho, hacía rato que Geneviève se había echado un chal grueso sobre los hombros.

La niña se balanceaba de un pie a otro.

De pronto empezó a chillar.

¿Vio el vacío a sus pies?

¿Miró el patio, cuatro pisos más abajo?

—Bueno, cariño, ¿te decides? —dijo plácidamente Geneviève, con las regordetas manos cruzadas sobre la labor, que descansaba en sus rodillas. Sonreía y hacía pequeños gestos con la cabeza para animar a la niña, que se desgañitaba, a tomar una decisión—. Dudas, ¿eh? Claro, lo comprendo, es una gran responsabilidad.

En ese momento Colette soltó la falleba.

Geneviève se inclinó hacia delante.

Los pies de la niña se alzaron del suelo, como si hubiera resbalado en una placa de hielo.

Cayó de golpe hacia el interior. Su frente golpeó las guías y luego el suelo.

Sus chillidos, interrumpidos durante la caída, recomenzaron de inmediato.

Geneviève cerró los ojos. «¡Qué delicada es esta niña!», pensó y, como los gritos se intensificaban, se apretó los oídos con las palmas de las manos.

Por eso no oyó entrar a Jean.

Cuando abrió los ojos, su marido estaba allí, en el umbral de la puerta, con la maleta en la mano.

—Pero bueno, ¿qué pasa?

La pequeña, llorando a lágrima viva, se aferraba a una pata de la silla como la superviviente de un naufragio. Sobre su cabeza, la ventana abierta de par en par.

Sorprendida, Geneviève se había levantado de un salto mientras Jean intentaba comprender la situación.

—¡Yo qué sé! —respondió, se acercó pesadamente a las guías, volvió a ponerlas en su sitio y cerró la ventana—. ¡Llevamos así desde mediodía! ¡Haz el favor de ocuparte tú! —gritó, y volvió hacia el sillón con pasitos lentos y cansados—. ¡Yo no puedo más!

2

 

De momento nadie lo sabe

 

 

 

Los jefes de sección se quedaron un buen rato en el pasillo discutiendo sobre el contenido y la suerte de la serie sobre la limpieza de las francesas; ¿de veras responderían los lectores como esperaba el director? François fingió estar haciéndose la misma pregunta, pero se escabulló en cuanto pudo. Con el rabillo del ojo vio el gran reloj: las once y media. No había mensajes de Nine ni del señor Florentin sobre su mesa. Echó un vistazo a los despachos de agencia, comprobó los artículos encargados e hizo un rápido cálculo: le daba tiempo a pasar por casa de Nine, en la rue Jean-Goujon.

Sabía perfectamente que ir al piso de Nine en su ausencia parecía la reacción de un hombre engañado o que teme serlo, pero, la verdad, no creía que tuviera un amante, o más bien lo atenazaba un miedo de una naturaleza superior: el del naufragio de Nine. Ya había tenido que intervenir en dos ocasiones para sacarla de apuros y estaba francamente asustado.

La portera había salido, así que subió y cogió la llave oculta sobre el dintel de la puerta. No era raro que Nine se olvidara su llave, así que tenía ese duplicado para casos de emergencia. Él la había visto varias veces poniéndose de puntillas y estirando mucho los brazos para alcanzarlo, y la verdad es que invariablemente se sentía excitadísimo.

El piso estaba siempre limpio y bien ordenado. Tenía dos habitaciones, pero muy pocos muebles: apenas una cama, una cómoda y un ropero, una mesa de madera y un antiguo armario empotrado, un poco más hondo de lo normal, que contenía un infiernillo y hacía las veces de minúscula cocina. Desde que se conocían, era él quien subía la bombona de gas.

Lo recorrió con la vista en un santiamén, luego abrió el ropero y el aroma de Nine brotó de sus vestidos, blusas y jerséis, incluso de sus minúsculos zapatos.

¿A qué había ido allí exactamente? ¿Qué esperaba encontrar?

En el estante superior había un sombrerero y varias cajas de zapatos. Abrió una y encontró unos botines, pero al abrir la segunda tuvo que reprimir un juramento. Se sentó en la cama y examinó el contenido: relojes de mujer, mecheros, dos pulseras, una aguja de corbata, varias estilográficas de lujo... La verdad es que estaba anonadado.

Ya eran las doce y media. En vez de ponerlo todo en su sitio se levantó, buscó una bolsa (encontró una de esparto debajo del fregadero, junto a unas botellas de refrescos y aperitivos) y vació la caja dentro. Luego salió, volvió a dejar la llave en el dintel y pasó rápidamente por delante de la portería. Una vez en la acera, creyó oír que lo llamaban, pero ya era tarde: había echado a correr hacia la parada de taxis.

 

 

Al llegar a la Gare de Saint-Lazare se precipitó sobre los listines y marcó el número de André Lecœur. En su impaciencia, daba golpecitos en la pared con el índice. «Descuelga, André, descuelga.» André descolgó.

Era el corresponsal de Le Journal du Soir en Normandía, un viejo periodista con el que había coincidido un par de veces. Tendría unos sesenta años, lo que era sorprendente porque, con lo que fumaba, no debería haber pasado de los cuarenta: tres paquetes de Gitanes Maïs sin filtro, unos cigarrillos anchos como tubos de estufa que se apagaban si uno no aspiraba fuerte y seguido, y los suyos nunca se apagaban. Su voz, al otro lado del hilo, sonaba ronca y cascada.

—Ah, es por esa chica.

François cerró los ojos. «Dios mío, Nine está allí.»

—Sí, sí, está en la comisaría... —siguió diciendo Lecœur—. ¿La conoces? ¿Cómo dices que se llama?

—¿No ha dado su nombre? —preguntó él sorprendido. Le pasaban mil cosas por la cabeza.

Lecœur se echó a reír.

—Pues no: aquí es la señorita misterio: no llevaba documentación encima ni ha abierto la boca desde que la encontraron. El comisario ha hecho un llamamiento público para tratar de averiguar su identidad; en fin, ¿cómo dices que se llama?

François tiró del cable del teléfono, extendió el brazo para alcanzar la guía horaria de trenes y la hojeó rápidamente.

—¿Conoces bien al comisario?

—Sí, y es un mal bicho.

Fue siguiendo una columna con el índice y luego una línea.

—Cojo el tren de las catorce treinta en Saint-Lazare. Nos vemos delante de la comisaría sobre las diecisiete treinta, ¿podrás estar?

—Sí, pero, muchacho...

—¡Gracias, André, hasta luego! —dijo él, y colgó.

 

 

Mientras corría a agarrarse a la barandilla del cabús, que cogía velocidad, vio detrás de la ventanilla a un viejo revisor que, sentado en un transportín, lo miraba con la pachorra de quien ha visto lo mismo montones de veces. No hizo el menor movimiento para ayudarlo: siguió liándose un cigarrillo, aunque sin apartar los ojos de él, y seguramente preguntándose si aquel loco conseguiría su objetivo, si desistiría y se quedaría en el andén o si caería entre las ruedas.

Esa mirada llenó a François de cólera. Dio un salto furioso, aferró la barra de hierro y, raspándose las puntas de los zapatos, consiguió auparse a la escalerilla de madera y abrir la puerta del coche.

—Vaya prisa que llevas —le dijo escuetamente el viejo revisor—; para matarse es lo ideal.

Él jadeaba.

—Sin ayuda, seguro que es bastante peligroso.

—Ah, o sea que, según tú, mi trabajo consiste en ayudar a subir a los viajeros sin billete, ¿no? ¿Tienes billete?

François se estaba sacudiendo el polvo del pantalón mientras procuraba recuperar el aliento.

—Escuche...

—Eso es: te escucho —repuso el revisor con la vista fija en la bolsa de esparto que él llevaba colgada del hombro. Con las prisas, no había podido cambiarla por otra, y la verdad es que era bastante femenina; inesperada tratándose de un varón que ha salido de viaje.

François se sintió incómodo: llevaba consigo todo un botín de objetos cuya procedencia no podía justificar.

—Anda, chico, ve a sentarte, enseguida pasaré a verte.

Él procuró disimular su alivio, entró en el coche y enseguida encontró sitio. Dejó la bolsa de esparto debajo de su asiento y, contemplando el paisaje de la periferia, que empezaba a desfilar al otro lado de la ventanilla, se preguntó cómo iba a deshacerse de aquel tesoro tan comprometedor.

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