I
Carta de Johann Georg von Eckhart, amanuense, a Johann Philipp von Schönborn, Elector de Maguncia
Su Excelencia:
Los fabricantes de manos rascadoras de marfil están de parabienes desde que el palacio se infectó de pulgas. Ocultas en los pliegues de los cortinados, esperan el paso de los lebreles para caerles al cogote, se las ve saltar y aterrizar sobre los cortesanos. Tejiendo redes con sus saltos ornamentales van de peluca a peluca, se hunden en los batidos esponjosos de pelo de cabra o de caballo (las económicas) o de cabellera humana (las costosas). Tienen tanta sangre a su disposición que si uno las captura y aprieta sus caparazones quitinosos sueltan tal cantidad que manchan enteramente la mano. Para eliminar la plaga, Guy Crescent-Fagon, el médico de Su Majestad, dispuso que se cerraran los grandes ventanales y se soltaran frailecillos, zampullines, carboneros, chorlitejos y pinzones. Y es cierto que al principio el número de insectos se redujo gracias al picoteo de las aves, pero pronto, por una pulga que era atrapada, había cientos que encontraban refugio y alimento entre el plumaje. Así, enloquecidas por las picaduras, las aves se lanzaban en vuelos rasantes; rebotaban contra las columnas, pilastras y nichos; chocaban contra las esculturas de Anguier, Girardon, Coysevox, Coustou, Sarazin, los hermanos Balthazar, Marsy y Puget; se estrellaban contra las cornisas y arquitrabes y contra las salientes de los armarios, las puertas y los gabinetes de escritura; enceguecían con el brillo de las chapas cortadas y pegadas a los marcos de los muebles, con las reverberaciones del carey, con las incrustaciones entrelazadas y los relieves en estuco dorado y los paneles policromos; se descerebraban al golpear contra los capiteles de las pilastras de Rancé o se desnucaban contra los trofeos de bronce dorado que adornan los entrepaños de mármol verde de Campan que cinceló Ladoyreau; creían encontrar una salida al mar o un espejismo de arena en las conchas marinas que trazaban sus curvas y arabescos en las paredes; algunas, por cansancio, se posaban sobre los estantes de las chimeneas y volcaban sin querer los jarrones, paraban a respirar sobre las cuatro columnas de las camas duquesa o descansaban enredándose las patas en el repujado de los almohadones y de los cojines, dejando las marcas de su peso en el acolchado de los sillones confesionales y llenando de plumas las sillas y los sillones y los canapés. Pero la gran mayoría, antes de caer muertas de agotamiento, acometían un último vuelo y vaciaban sus cloacas sobre los gobelinos y las alfombras de Aubusson y los cuadros de Rigaud, La Tour y Le Brun. Para detener o al menos moderar los excesos de ese infierno selvático, Su Majestad dispuso una “temporada de caza interior”. Provistos de redes de atrapar mariposas, los cortesanos agitaban sus tules por los Salones de la Guerra y de la Paz, saltaban y se tropezaban y caían en la Escalera de los Embajadores, cumplían con la misión asignada en el Salón del Trono, se internaban con falsa discreción en el Gabinete de los Placeres Reales y alojaban sus capturas en jaulas de mimbre. Pero eran tantos los pájaros y tantas las jaulas requeridas que hubo que contratar de urgencia a maestros de cestería, para quienes Su Majestad diseñó los modelos que precisaba. Las había rectangulares, esféricas, ovoides, cuadradas, de doble o triple piso, en forma de catedral romana, de pagoda china o de laberinto. Debido al apuro por resolver la cuestión, estas jaulas no se vieron beneficiadas por aditamentos de cobre, bronce, estaño, escamas de tortuga, huesos, marfil o piedras preciosas: Su Majestad prefirió resignar los encantos de la forma en beneficio de la función y la corte tomó esa sencillez como una exquisita afectación de despojamiento. Cuando cada jaula tuvo su cautivo, se las distribuyó en galerías, salones y aposentos, en cámaras y antecámaras y escaleras y pasillos y pasadizos, pero eran tantas que resultaba difícil dar un paso sin tropezar con ellas y sin volcarlas, con lo que además se derramaba el agua de los bebederos y se esparcían las semillas de mijo y de alpiste para gran contento de roedores que abandonaron los pantanos rellenados de las cercanías e invadieron el palacio. Las ratas de mayor tamaño se deslizaban entre los barrotes y hacían presa de los ejemplares pequeños y de tonalidades más vistosas, que no tenían más alternativa que morir piando escandalosamente.
La situación empeoró a tal grado que se hacía difícil dormir a causa del alboroto nocturno. La música de las voces de amor que antes corría de habitación a habitación, de gabinete en gabinete y de antecámara en antecámara, fue sustituida por el rumor de las quejas y los llantos de desesperación que se filtraban a través de las puertas y las paredes acolchadas, lo que, sumado al bochinche animal, daba por resultado que Versalles sonara como la jungla africana. Al amanecer, cuando la guardia real inspeccionaba las vastas salas y los salones amplios y las galerías interminables, se encontraba con tal aumento de la población de pulgas que cada paso era una hecatombe de insectos. Crujían éstos, al ser aplastados, como hogazas de pan recién salidas del horno. Y, por otra parte, los guardias, apartados de su función natural, debían emplearse en vaciar las jaulas y sustituir a los pájaros que en el curso de la noche sucumbieron al asedio pulgoso y rateril, quedando secos y con los ojos salidos de las órbitas.
Visto el fracaso de esas soluciones, Su Majestad decidió mandar sobre las fuerzas naturales y ordenó la realización de los planos de un ingenio hidráulico llamado Máquina de Marly, con el fin aparente de proveer de agua del Sena a las fuentes y estanques del palacio y el más secreto de un lavado general de toda la edificación que eliminara el flagelo.
En cuanto a la vida cotidiana, debo mencionar que la disposición arquitectónica de Versalles sirve a las costumbres del monarca. Para dar un ejemplo, la Antecámara Real comunica directamente con su Gabinete de las Pelucas, que guarda, según él mismo se precia, mil y uno de estos aditamentos, el último de los cuales está hecho de oro trabajado hebra por hebra para dar la ilusión propia de la cabellera de Apolo. Del Gabinete de las Pelucas, sin transición de pasillos o pasadizos, se accede a la Habitación del Consejo. Luego, Su Majestad debe atravesar dos, tres o cinco cámaras más antes de acceder al Real Salón de Baño, donde mantiene las reuniones con el Gabinete sumergido en su tina. Incluso, hay quienes aseguran que se baña varias veces por día y luego derrama sobre su cuerpo litros y litros de perfume, pasándose también un pañuelo embebido en alcohol por el rostro para limpiarlo de cualquier impureza o resto graso. No puedo descartar esta versión, pero la más difundida indica que prefiere recibir a sus Ministros en la Sala de Menesteres, a la que ingresa, perdonando la expresión, cuando tiene ganas de cagar.
Este tema, el de sus deposiciones, se ha convertido en un asunto de Estado y en fuente de ingresos para la corona. Nobles y cortesanos pagan anualmente entre sesenta y cien mil escudos de oro para asistir al acto de evacuación en la Silla de Menesteres, que es un trono con un agujero que desemboca en una vasija de porcelana blanca. La asistencia a ese acto cotidiano es tenida por un privilegio y una oportunidad de gestionar exenciones impositivas y oportunidades de negocios. Su Majestad hasta rentó el puesto de Encargado de Menesteres, es decir, de vaciador de vasijas y limpiador de culo, al Duque de Rochechouart, Primer Gentilhombre de la Cámara, quien recauda en contante y sonante el tributo de los asistentes y se queda con un porcentaje fijo del total. Como detalle tal vez nimio, pero que ilustra los modos en que sube y baja la figuración en Versalles, el Duque de Rochechouart ha sufrido una merma en el afecto de Luis XIV que pone en serio peligro la continuidad de su labor y el futuro de su descendencia, luego de que el monarca encontrara inadecuado el material empleado para la higiene íntima, llevándolo a quejarse a viva voz de su aspereza y falta de absorción. Sus gritos se escuchaban por todas partes: “¿Qué pasa? ¿No hay papel a la altura de mi culo que vienen a limpiármelo con una ortiga? ¿Es una broma o estoy rodeado de imbéciles?”.
Después de producida la real evacuación, la vasija es entregada a los médicos, que examinan consistencia, color y cantidad de lo expulsado, lo olfatean y revuelven con cucharas de plata hasta desmenuzarlo en busca de cualquier signo de enfermedad o trastorno digestivo, llegando incluso a retirar partes cuando observan mucosidades verdolagas o negruzcas, que de inmediato someten a análisis. Este trato ceremonial de heces se volvió de rigor a partir del año en que Su Majestad comenzó a padecer un bulto situado en el nacimiento del ojo solar u ojete que le impedía la cabalgata matinal y sentarse derecho en su trono, sillón o butaca. Los médicos de la corte intentaron remediar el problema recurriendo a ungüentos, lociones y enemas, pero nada dio resultado: Su Majestad tenía una fístula anal. Así que finalmente hubo que recurrir a su cirujano. Ahora bien, Charles-François Félix de Tassy estaba acostumbrado a seccionar forúnculos y escrófulas y a rebanar brazos y piernas en ocasión de gangrena o de mutilaciones de guerra, pero jamás había operado sitio tan delicado ni a paciente de tal condición. Por lo que tras estudiar a conciencia la forma, textura y ubicación de la fístula, informó a Su Majestad que precisaría de unos meses para diseñar el bisturí adecuado para la intervención y para adiestrar la mano realizando prácticas de cirugía intensivas. La propia guardia del Rey se ocupó de reclutar voluntarios en los asilos de huérfanos, entre las mujeres retiradas de las casas de tolerancia, entre los mendigos que infectan las calles y los extramuros de París. Nadie se tomó el trabajo de calcular el número de operados, y tampoco es posible saber el estado en que les quedaban los traseros. Sí se conoce en cambio que los pantanos y las tierras húmedas acogieron a quienes no resistieron la faena médica. En cuanto al propio Rey, llegado el momento, se encerró en su Aposento Real, se puso boca abajo, invocó el auxilio divino, tomó de la mano a su amante oficial, Françoise-Athénaïs de Rochechouart, Marquesa de Montespan, y se entregó al trabajo del bisturí curvado que terminaba en una sonda que se introdujo a todo lo largo de la fístula. La intervención duró tres horas, y al día siguiente ya recibía en el Salón del Trono.
A partir de entonces, gran parte de la corte buscó congraciarse con Su Majestad solicitando idéntico tratamiento, en tanto que otros optaron por pasearse por los jardines de palacio con el culo sano pero envuelto en vendas o cubierto por una almohada. La moda cular duró lo que duraron otros tantos caprichos, pero aquel fue declarado “año de la fístula”, y un músico de creciente reputación, Jean-Baptiste Lully, compuso en honor de Luis XIV la canción “Dios salve el trasero del Rey”.
Volviendo al punto de la vida cotidiana… cuando Su Majestad visita a la Reina para cumplir con sus obligaciones conyugales debe atravesar las siete antecámaras de su departamento, cruzar el Patio de los Naranjos (con el riesgo de coger un resfriado), recorrer el Gran Gabinete, surcar el Salón de la Paz… y recién accede a su departamento luego de ascender los doscientos escalones de la Escalera de la Reina. Esto indicaría una distancia en el vínculo entre ambos, que por el momento no puedo evaluar si es frialdad personal o asunto político.
II
Diario de Johann Georg von Eckhart
Para el caso de que estas páginas escritas por mi humilde persona pasen a la posteridad, me veo en la obligación de presentarme al lector. Soy Johann Georg von Eckhart. Pertenezco a una de las familias tradicionales y de mejor posición del condado de Baviera, pero una serie de circunstancias desfavorables (que no es del caso mencionar) me redujeron a un estado de necesidad lindante con la extrema pobreza. Por fortuna, cuando ya veía el abismo abierto ante mis pies, Su Excelencia, Johann Philipp von Schönborn, Elector de Maguncia, me recomendó calurosamente al filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz, sugiriéndole que me tomara como valet, amanuense, asistente de cámara y confidente. Siendo Schönborn su principal mecenas, el señor Leibniz no pudo negarse y me concedió el empleo. Y antes de ponerme a las órdenes del filósofo firmé un contrato de prestación de tareas con el Elector de Maguncia, una de cuyas cláusulas exige que el señor Leibniz ignore su existencia. Así, él sirve a Su Excelencia y yo a ambos y recibo doble salario.
Pasado un tiempo pude ganarme la confianza de mi nuevo amo. Tal como me ordenó Johann Philipp von Schönborn, atiendo al señor Leibniz en sus necesidades cotidianas y además tomo sus dictados, tanto los que versan sobre asuntos filosóficos, matemáticos, ópticos, literarios, políticos, lingüísticos, religiosos, químicos y alquímicos, como los destinados a su correspondencia. De todo ello, así como de mis propios informes, guardo copias que transcribo en clave criptográfica y envío para conocimiento del Elector. Así, mientras el señor Leibniz se ocupa de representar los intereses de Alemania ante el monarca francés, yo cargo con la misión de registrar el funcionamiento del país en lo relativo a población, religión, clases sociales, costumbres, economía, ejércitos, fortalezas, y en lo que concierne a la vida privada y el comportamiento público de Luis XIV. En tiempos futuros tal vez estos apuntes tendrán lugar junto a la Historia universal de Polibio, la Anábasis de Jenofonte o la Historia de Alejandro Magno de Flavio Arriano, libros que no he leído pero que el señor Leibniz suele citar en su correspondencia.
Volviendo a mis circunstancias personales, confieso que en un comienzo me sentí superado por las dificultades en el aprendizaje de la criptografía; en mis prácticas de transcripción confundía equivalencias, introducía guiones donde correspondían espacios, ponía números en lugar de vocales o consonantes, erraba en los valores y la disposición de letras, sílabas, palabras… Si en el doble ejercicio de traducción probaba redactar una frase sencilla como: “El Rey tarda en recibirnos” y luego la pasaba al sistema criptográfico elegido, convirtiéndola en, por ejemplo, “L4Rt 8iuzi wjMitxmñ90”, cuando debía volver al origen, es decir, a la sencilla frase “El Rey tarda en recibirnos”, lo que quedaba a cambio era, por ejemplo, “Una sombra en terraplén”, o “araña en la tela”, o, peor aún, “Drk clat mulki stolun”. Y no es que me fallaran los espejuelos o confundiera espacios, signos, letras y palabras completas; de haber ocurrido esto tampoco habría podido tomar al vuelo los dictados del señor Leibniz, quien revisa mis transcripciones y jamás encontró ocasión de queja.
Pero con la práctica fui mejorando y ya puedo decir que soy un criptógrafo a la altura de los expertos. Por eso, y para tener la “mano caliente”, decidí que también emplearé el mismo sistema para la escritura de estas notas de diario, al que ahora doy inicio.
Muchas cosas pasaron desde que el señor Leibniz y yo llegamos a Versalles. Sobre todo, tiempo. Estamos a comienzos de la temporada invernal y el Rey aun no nos ha recibido. Esta demora no inquieta al señor Leibniz; da por hecho que es la conducta usual del monarca, aun con delegaciones más numerosas que la nuestra, compuesta de dos personas. Al parecer, Luis XIV busca que los visitantes sientan el peso de su propia importancia, dato que a embajadores, legatarios o simples enviados les consta de antemano; de lo contrario no se armarían de paciencia para soportar el destrato, que por su parte tiene un precio que estos dignatarios se cobran cuando, llegado por fin el momento del encuentro con el Rey, piden más de lo que venían a buscar. Y no sólo eso. Durante toda la espera vivieron, cohabitaron, jugaron a los juegos de salón, intrigaron, fornicaron con las cortesanas y las criadas y se alimentaron a expensas del Estado francés, y en esa frecuentación reunieron además toda clase de datos acerca de la situación del reino. Entonces, ¿cuál es la ventaja que el monarca obtiene con semejante conducta? Llevado por estas dudas, en un momento de desazón me atreví a transmitirle mis dudas al señor Leibniz. Él me contestó:
—Creo que Luis XIV lo tiene todo fríamente calculado. Quiere que conozcamos al detalle los aspectos de la actual grandeza de Francia para que perdamos de antemano toda esperanza de que le interesará lo que otra nación pudiera ofrecerle…
—Pero en ese caso no tiene sentido que el Rey reciba a nadie, ni tampoco que permanezcamos aquí… ¿Qué nos retiene entonces, señor?
—Por un lado, nuestro encargo; por el otro, la curiosidad —respondió mi amo.
III
Diario de Johann Georg von Eckhart
La respuesta de Gottfried Wilhelm Leibniz es doblemente razonable; la misión que nos condujo a Versalles está lejos aún de su cumplimiento y, siendo mi amo un filósofo a la altura de Sócrates, Platón, Plotino, Aristóteles, Descartes y otros tantos que conozco de mentas, sus intereses y su curiosidad abarcan territorios más amplios que los míos… Incluso, no parece alterado por la demora. Mientras yo me ocupo de husmear por aquí y por allá, mi amo se queda muy tranquilo en las habitaciones donde nos alojaron, envuelto en su bata, con la mirada perdida en las pinturas del techo abovedado, pensando y aspirando lo que él llama su “humo de meditaciones”.
Para hacerlo, recurre a un dispositivo que le envió uno de sus corresponsales de la orden de los jesuitas. Está compuesto de una vasija provista de una cazoleta, una serpentina y una boquilla, y su funcionamiento es el siguiente. La boquilla, de nácar, se prolonga en una serpentina que a su vez entra por la parte inferior de una vasija llena de agua fresca. Esta vasija, pequeña y de forma tosca, está hecha de una porcelana blanca a la que los años resquebrajaron en series intrincadas de finísimas heridas que, según mi amo, imitan el alfabeto chino. Ya en el interior de la vasija, la serpentina se retuerce en espiral, trazando un recorrido envolvente, y asciende y se adhiere a la base de la cazoleta, de bronce repujado, primorosamente horadada con figuraciones de estrellas y dragones, tan diminutas que sus agujeritos impiden que se filtre hasta la menor brizna de una bolita de tabaco perfumado que reposa encendida en la concavidad.
En el fondo, el dispositivo es como una pipa común, sólo que refinada y retorcida como un alambique. Y también se le parece en el uso. Como no tengo el hábito, alguna vez me llamó la atención el empeño de los fumadores y consulté al señor Leibniz al respecto. Le dije:
—Advierto el placer de contemplar cómo se forman y disipan las volutas en el aire. Pero ¿qué utilidad se deduce de esta práctica?
Mi amo sonrió.
—Debes saber —me dijo— que existen sensibles diferencias entre el tabaco proveniente de las Américas y el que me llega de Oriente. El mío favorece las ensoñaciones y los pensamientos, volviéndolos más dúctiles y deleitables. Una vez que me dispongo a fumar, debo concentrarme en el proceso. Amaso mi bola de tabaco, la coloco sobre la cazoleta, la enciendo y aspiro por la boquilla para que la brasa no se apague. Aspiro, la bolita intensifica su ardor, el humo baja a través de las perforaciones de la cazoleta, ingresa en la serpentina, se enfría en la travesía acuática, surca la boquilla y empieza a acariciar mi garganta y a invadir mis pulmones, a expandirse, a filtrarse por todos mis átomos… Y entonces mi cuerpo comienza a aflojarse, quedo laxo como una medusa, y mis pensamientos se demoran. ¿No hay pensamiento?, te preguntarás. No, no es así. Hasta en el vacío puede oírse el eco del pensamiento, la risa de una palabra en fuga. Es en ese mismo vacío donde aparece la primera idea. Tímida, se alza y desaparece. Después, tras unos instantes de espera, como si se descorriera un telón de sombras, aparece la segunda, luego la tercera. Juntas, a cambio de huir o precipitarse como siempre, se mueven lentas, se van abriendo, dejando lugar a otras, despegándose, encontrando sus espacios, en contorsiones exquisitas. Se independizan y desarrollan, crecen en el espacio, pródigas en curvas, en elípticas, en líneas súbitas, pliegues y retorcimientos y estiramientos que culminan en plétoras de iridiscencia. Fumando este tabaco, en suma, a un pensamiento le sucede otro, que a veces deriva del primero y otras surge en disparidad espontánea, incluso en antagonismo. Y todos ellos se proponen como una especie de pensamiento que se piensa a sí mismo, ya no como idea sino como forma, un pensamiento que ilustra la posibilidad y los límites de los conceptos de extensión y duración. ¿Lo entiendes, Johann Georg?
Contemplé a mi amo, que tenía clavada su mirada sobre mí, y no supe qué esperaba que le dijera ni pude anticipar qué pensaría de mí una vez que le diera mi respuesta. Dominado por la incertidumbre, tuve que responder con la verdad:
—Discúlpeme, señor, pero no entendí nada de principio a fin, salvo que al fumar usted sueña sin estar dormido y duerme sin que se lo escuche roncar. Y en mi opinión, creo que eso deriva de la mecánica de vaciado y llenado de los pulmones a un ritmo preciso, más que al efecto de ese humo.
Apenas lo dije me arrepentí. ¿Quién soy yo para opinar sobre lo que hace o deja de hacer Gottfried Wilhelm Leibniz? Sin embargo, mi temor resultó infundado, porque mi amo se limitó a reír. Así que, aliviado, pedí permiso para retirarme, y una vez concedido abandoné nuestros aposentos y fui a cumplir con una de las tareas que me asignara el Elector de Maguncia. Mientras entraba a los salones, pensé: “Mi amo está confundido o perdió la memoria. No es él quien enciende la llama de su bolita. Soy yo quien lo hace, porque tengo la mano firme”.
IV
Diario de Johann Georg von Eckhart
Recorro los Salones de Cartas donde los cortesanos alivian su tedio a la hora del crepúsculo jugando a la baceta, al revesino, al biribí y al sacanete. Lo hago durante muchos días, no muestro voluntad de participar. Durante algunos minutos paseo entre las mesas, de pronto suelto algún comentario como si reflexionara en voz alta. A algunos estas expresiones los arrancan a su concentración; otros ni se inmutan. Con ese pequeño recurso, ya distingo a quienes van ganando y a quienes pierden; los que no manifiestan alteración terminan apropiándose de las bolsas de sus rivales. Cuanto más nervioso un jugador, peor juega. Como el número de cortesanos aficionados a las cartas no fluctúa demasiado, luego de un par de semanas ya conozco el nivel general, que no es alto: la mayoría de ellos no tiene idea de qué hacer con los naipes que le tocaron en suerte, o afecta no tenerla. Trazado ya mi mapa, pido participar en una mesa.
Mi tono gentil y mi aspecto modesto no obran en mi favor. Primero me acompaña un largo silencio, durante el cual soy inspeccionado de pies a cabeza; me miran, subiendo y bajando la vista con rictus altaneros. Luego, alguien —creo que el vizconde Gabriel de Bondin— pregunta si poseo título que avale mi pretensión de sentarme entre nobles. Sonrío, busco entre mis bolsillos hasta encontrar el que fragüé con ayuda de un copista del monasterio benedictino de Luneburg. El documento, arborescente de genealogías, remonta mi familia hasta la corte de Carlomagno y me atribuye la posesión de castillos, abadías y conventos en Baviera; lo exhibo, tomo asiento y pongo sobre la mesa una bolsa repleta de luises de oro (que forma parte de las reservas que me proveyó el Elector de Maguncia). A los pocos minutos de juego me hago de cinco bolsas semejantes a la mía; el rumor se corre entre las mesas y los presentes empiezan a arrimarse para estudiarme: me he vuelto plenamente visible y recordable. Una vez logrado esto, comienzo a perder; a cada mano me revelo más torpe e incapaz de contener los nervios, mi frente se cubre de un sudor espeso que limpio con la manga de mi casaca, por no contar con pañuelo ni puño de encaje. Amago incluso con levantarme, pleno de rencor. Ya sólo me queda lo que traía. Entonces, un vecino me hace el siguiente comentario:
—¿El Conde Von Eckhart quiere retirarse sin haber obtenido beneficio alguno?
—Sería de necio seguir tentando a la fortuna… —digo.
El otro responde:
—Apuesto cinco monedas de oro por cada una de las suyas. Si triunfa sobre mí, con mis ahorros podrá comprarse un traje a la moda francesa… Y también, ya que estamos, un par de zapatos con moño rojo y taco cuadrado…
—¿Y si pierdo?
—Entonces, señor, seguirá ofendiendo nuestra vista con ese desdichado atuendo germano…
El insolente es Philippe de Courcillon, Marqués de Dangeau, quien presume de ser el jugador más habilidoso de la corte. Es obvio que no le importa esquilmarme lo poco que conservo, sino divertirse a mi costa. Acepto de inmediato su oferta. El Marqués esponja las cartas, despliega su rutina de malabarismos con los aspavientos de rigor, mezcla a gran velocidad tratando de confundirme el ojo, me hace cortar sosteniendo con un dedo la carta mala que luego me entrega. Finjo que no me doy cuenta de su trampa y me dejo ganar. Se escucha un coro de voces que ponderan el talento de Dangeau. Me pongo en pie. El Marqués sonríe:
—Estimo que en su caso la mala suerte en el juego no augura una noche de amor. Pero cuando quiera, puede tomarse revancha —dice.
—El amor es la menor de mis preocupaciones, así que tomaré en cuenta sus palabras. Mañana —respondo.
Me inclino, él sonríe, estira la mano y toma mi bolsa. Pienso: “Estás perdido”.
Cada noche, durante semanas, el Marqués de Dangeau y yo nos enfrentamos. Como vive por encima de sus posibilidades y está siempre urgido por pagar sus deudas, busca desplumarme lo más rápido posible. Emplea todas las trampas existentes, desde las más transparentes hasta las más elaboradas. Dejo que me gane pequeñas sumas luego de horas de barajar, cortar, trampear, dar de nuevo. A él lo perturba no conseguir rápido un triunfo resonante frente a un rival tan visiblemente inepto. A veces, ante mi vacilación para arrojar una u otra carta sobre el tapete, suelta exclamaciones, reclama que ya queda poco sebo en las velas y que se consumirán antes de la alborada. Yo agacho la cabeza y respondo que soy insomne, y a cada protesta suya me demoro más. A esa lentitud mía los testigos deciden llamarla “el estilo alemán”. Philippe de Courcillon empieza a temer que mi capacidad de resistir a sus embates perjudique su reputación de jugador hábil y experimentado, y asegura en voz alta que terminaré desmoronándome. Yo colaboro con esa esperanza suya: algunas noches parezco al borde del precipicio económico y del derrumbe anímico, pero luego, con explosiones de sudor y de empeño, recupero lo perdido o poco menos. El drenaje de mi economía es mínimo, podría seguir un par de años sin agotar mis fondos y divirtiéndome de paso a costa de su sufrimiento. Sin embargo, el tiempo, aun en su extensión y duración (ahora entiendo el pensamiento de mi amo) no es inextinguible ni eterno para la misión que me encomendaron, y entonces, para sorpresa de todos, es mi rival quien empieza a sufrir el drenaje de su fortuna. Primero como un goteo que parece fruto de una mala noche. Luego se convierte en una pérdida a repetición; disfruto al observar cómo reproduce involuntariamente mis expresiones de antaño mientras yo me entretengo en imitar las anteriores suyas, pero a conciencia. Los testigos pasan de la sorpresa al pasmo y después a la admiración. Alguien me comenta:
—Parece que hoy la suerte lo favoreció...
Mientras junto mis luises de oro, respondo:
—Y si me acompaña durante un par de semanas más, competiré con mi distinguido rival en elegancia, si además me favorece recomendándome a su sastre.
El Marqués de Dangeau se limita a contestar:
—Será un honor hacerlo.
Finalmente, gira la rueda de la fortuna. Empiezo a ganar y ganar y él a perder y perder. Hipoteca propiedades y malquista su herencia y deshereda a sus hijos para no darse por vencido. Pero soy implacable. La última noche en que nos enfrentamos, lo desplumo a conciencia. Cuando no le queda más que admitir su derrota y contemplar el espectáculo de su ruina, Dangeau suelta una risita afectada, se tapa la boca, pide papel y pluma y me firma un compromiso de deuda. Sé que no pagará, que no le queda con qué hacerlo. El riesgo es que al retirarse pretenda recuperar la honra poniendo fin a su vida, por lo que me adelanto y le hago un gesto. Salimos a las terrazas del palacio. El Marqués contempla a lo lejos y comenta:
—Antes del alba, esos macizos de árboles se ven como bultos negros. Alguien tendría que hablar con el jardinero en jefe de Su Majestad y decirle lo que parecen: fantasmas de la desgracia.
Le digo:
—Existe una manera de perdonarle todo lo que me debe.
—Soy todo oídos —me contesta.
(Olvidé mencionar que, mientras el Marqués de Dangeau y yo jugábamos, Georges de La Tour, pintor oficial, copiaba la escena. Al cuadro terminado lo llamará As de diamantes).
V
Carta de Philippe de Courcillon, Marqués de Dangeau, a François-Michel Le Tellier, Marqués de Louvois, Ministro de la Guerra. (Con copia a Gabriel Nicolas de la Reynie, Teniente General de la Policía de Su Majestad)
Señor Ministro:
Confirmo el éxito en nuestra estrategia de acercamiento a Johann Georg von Eckhart, quien pretende ser Conde de alguna brumosa región de Germania y no simple criado del filósofo enviado por el Elector de Maguncia. Lo gracioso o patético es que exhibió como prueba de nobleza un documento lleno de firmas y sellos que a simple vista revelaba su carácter fraudulento.
Luego de mi “derrota” en el Salón de Juegos de Cartas —y salteo el detalle de los prodigios de ineptitud a los que tuve que entregarme para conseguir que me venciera— el agente alemán cayó en la trampa y prometió olvidar mi deuda si yo me ocupaba de sacar de palacio su correspondencia secreta y entregarla a los agentes del Elector de Maguncia.
Es de esperar que, tal como suponemos, además me pedirá datos sobre la economía y las finanzas de nuestro reino, estado de preparación de nuestros ejércitos, calidad y cantidad de soldados, armas y fuentes de aprovisionamiento, y que sobre todo quiera conocer los designios de nuestro soberano respecto del futuro de Europa.
VI
Carta de Johann Georg von Eckhart, amanuense, a Johann Philipp von Schönborn, Elector de Maguncia
Su Excelencia:
En su urgencia excuso la brevedad del informe: mi habilidad para las cartas me ha proporcionado como informante seguro a Philippe de Courcillon, Marqués de Dangeau, quien se vería en la ruina si ejecuto la letra de cambio que se vio obligado a librar a mi nombre. Por su intermedio accederé a las informaciones que Su Excelencia me solicitó. Para mayor seguridad, me cuidaré de encontrarnos en pasillos, antecámaras, aposentos y pasadizos, así como jardines y terrazas: le impuse transmitirme cualquier noticia recurriendo a uno de los sistemas de claves criptográficas que me facilitó Su Excelencia.
VII
Carta de François-Michel Le Tellier, Marqués de Louvois, Ministro de la Guerra, a Luis XIV, Rey de Francia y de Navarra, Copríncipe de Andorra y Conde Rival de Barcelona
Su Majestad:
Me complace confirmarle que el Marqués de Dangeau estableció contacto con el criado del filósofo Leibniz. Pero, si Su Majestad me lo permite, debo mencionar mi temor de que las escasas luces del Marqués le impidan obtener datos relevantes acerca de la naturaleza de la misión encomendada al sirviente y al amo. Si me lo autoriza, probaría también otras líneas de acción.
Atento a la pregunta formulada en su momento por Su Majestad, ofrezco una respuesta tentativa: la serenidad que muestra nuestro visitante ante la demora en ser recibido se debería menos a una disposición propia del espíritu filosófico que al consumo diario de sustancias narcóticas de origen chino que nuestro Teniente General de la Policía encontró en sus arcones durante una furtiva inspección realizada en las habitaciones del susodicho. ¿Qué pasaría con su equilibrio espiritual si tales sustancias le fueran sustraídas? ¿Lograríamos provocarle una crisis de abstinencia que lo conturbara al punto de no distinguir ya entre los intereses propios de su nación y los de la nuestra?
Es sólo una idea. Su Majestad decidirá al respecto.
VIII
Carta de Johann Georg von Eckhart, amanuense, a Johann Philipp von Schönborn, Elector de Maguncia
Su Excelencia:
Ayer, temprano en la mañana, el señor Leibniz se desplazó a la ciudad de París para visitar a su dilecto amigo el señor Antoine Arnauld, eminente lógico y enemigo jurado de los jesuitas. El señor Leibniz había dispuesto que lo acompañara y yo me determiné a no hacerlo porque no quería permanecer durante largas horas mudo, mostrando un rostro imperturbable y sin comprender ni un ápice de una conversación acerca de Dios, el Universo, la naturaleza, el orden de las sustancias, la naturaleza propia de cada sustancia, el modo en que lo que sucede a unas les sucede a otras sin que de manera inmediata obren unas sobre las otras, et coétera et coétera. No es que la metafísica no me interese, sino que, habiendo engordado mucho durante estos meses de ocio forzoso en Versalles, me cuesta mantenerme de pie durante largos períodos, tanto por el dolor de cintura como por el vencimiento de mi arco plantar y el tormento de mis juanetes, que no hay estiramiento o agujero en el calzado que me lo alivie. Pero sobre todo mi reticencia a acompañarlo se debía a la necesidad de cumplir con mi obligación principal, oculta a los ojos del señor Leibniz: la redacción de los informes debidos a Su Excelencia.
Al momento de la partida, entonces, me mantuve en mi lecho dando voces: me revolcaba entre las sábanas que había rociado con agua para simular transpiración y alegaba retorcijones estomacales que auguraban salidas gaseosas capaces de dejar en estado comatoso a quien las respirase, y rematé alegando dolores de giba. Así que, temiendo que apestara el ambiente del diálogo con mis efluvios, el señor Leibniz partió sin mí. Apenas vi que su carruaje se perdía en la perspectiva trazada por el camino arbolado, preparé la tinta y saqué punta a las plumas. Pero cuando estaba a punto de comenzar mi tarea sonaron tres golpes de nudillos contra la puerta. Guardé todo. Por el vano se filtraba la sombra de un par de botas gruesas. Temí que hubieran descubierto mi tarea de espionaje, temí que estuvieran por detenerme. Imaginé las amenazas, los tormentos (las tenazas calientes, el cuchillo en el ojo, el tajeo de mi carne, la ablación del miembro viril, la violación, la muerte). Abrí. Un hombre alto, vestido de negro y de aspecto por demás amenazante, se inclinó ante mí, barriendo el piso con la pluma del sombrero. Por lo elaborado del saludo, presumí que me confundía con el señor Leibniz.
—No soy… —empecé. Pero el visitante me interrumpió.
—Sé quién es y corresponde que me presente. Gabriel Nicolas de la Reynie, Teniente General de la Policía —dijo, y antes de que pudiera impedirlo, pero ¿cómo, cómo?, el hombre ya avanzaba, ya estaba en el medio de la sala, ya tomaba asiento en un sillón y con un gesto de la mano me invitaba a que hiciera lo propio, como si él fuera el dueño de casa, lo cual en algún sentido era cierto.
—Un gusto… —dije temblando.
—¿Hay algo fresco para tomar? ¿Vino? ¿El común, tinto, o nuestro reciente descubrimiento espumante, burbujeante, que proviene de la zona de Champaña? ¿No? Lástima. Quería decirle… Ésta es una visita amistosa, podríamos llamarla un intento de conversación previa. No se trata de una indagatoria. Simplemente… En mi carácter de investigador oficial es mi deber enterarme de los motivos por los que ustedes… No. No es así como debo encarar el asunto. Lo mío está menos ligado a las finuras del lenguaje que al cercenamiento de lenguas, si entiende la figura retórica. Vamos al grano. Su Majestad arde en deseos de conversar con el distinguido filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz. Es tanto su interés, tanto su entusiasmo, que ni siquiera le molesta no haber sido informado de antemano acerca del motivo de vuestra visita. Desde luego, el Rey descarta que Leopoldo I los haya enviado para transmitir una declaración de guerra. David venció una sola vez a Goliat, y hasta ese triunfo parece un cuento judío. Pero en fin. Si el Emperador alemán hubiese querido declararnos la guerra no habría hecho falta mandarnos una embajada, incluso una tan pobre como la que ustedes dos componen... De todos modos, lo que le falta en personal se compensa con la abundancia de intelecto. ¡Eso es lo que entusiasma a Luis XIV! “Hablar con Leibniz, el famoso filósofo, matemático y alquimista…”, dice. “Escucharlo, y sobre todo que me escuche…”. Su Majestad tiene muchísimas ideas… Pero también tiene sus ocupaciones. Nada le gustaría más que contar con tiempo, eones y eones de tiempo para departir amigablemente con su ilustre visitante. Si por él fuera, lo recibiría ya mismo, los dos sentados campechanamente en banquetas de madera rústica y tomándose una cerveza hablarían de mil y una cosas. Su Majestad ama lo simple y lo sincero, pero no escapa a las obligaciones a su cargo. Y el fasto de nuestra corte, que él mismo impulsa, no es frívola expresión de una propensión al lujo y la molicie sino efecto de una necesidad de Estado. ¿Me explico?
—No llego a…
—Tampoco se le pide que sea un genio, señor. Pero retomo el hilo de mi razonamiento. Convertido en sistema, organizado en su instancia ritual, toda realización de un pensamiento certero termina exhibiendo su eficacia y multiplicándola hasta límites insospechados. Vea si no nuestra corte. ¿Entendió ahora?
—No.
—No se preocupe. Soy paciente. El sentido. Todo problema empieza y concluye allí. No tiene objeto discutir eso. Le presentaré una anécdota, sencilla y elemental tal vez, pero muy ilustrativa. Como toda anécdota, ésta ocurrió literalmente y de su nimio origen se desprenden consecuencias incalculables. ¿Me escucha? ¿Duerme o piensa?
—¡Sí!
—¿Sí qué?
—Sí, señor Teniente General de la Policía, lo escucho…
—Mejor para usted. Bien. Hace unos años, Luis XIII, padre del actual monarca, invitó a su amante de temporada, la Duquesa de Fontanges, a un rato de ejercicio ecuestre. Salieron. Galoparon. Llevada por el ímpetu, la yegua que montaba la Duquesa se adentró en zona boscosa con tan mala fortuna que a su jineta se le enredó un mechón de pelo en una rama. Esos accidentes pueden resultar fatales. El accidentado, unos segundos antes rebosante de vida, es desnucado de golpe y queda colgando como un muñeco de trapo. Pero en este caso la rama era débil y estaba seca, así que se quebró apenas se enganchó en ella la cabellera de la Duquesa, quien se limitó a frenar a su cabalgadura y acomodarse el mechón. Quizá fue el gesto femenino, el brazo alzado, la transparencia súbita de la axila y su pilosidad dorada, la curva del brazo, o todo el conjunto, lo que cautivó a Luis XIII. Desmontando, el Rey besó el zapatito de raso rosa que enfundaba el delicioso pie de su amante y le rogó que no cambiara el improvisado arreglo capilar. Al día siguiente, el estilo de “peinado a la Fontanges” estaba en la cabeza de todas. Ahora bien, ¿puede decirse que la imitación general resultaba copia exacta del modelo original? Claro que no. Porque hay cabellos rubios, rojos, castaños, morenos, hay cabellos ásperos y suaves, grasos y secos, lacios y enrulados, ralos y abundantes, y también hay conformaciones craneales distintas. Y convengamos en que el azar es un gran maestro, y reproducir con justeza sus dictados es materia imposible. Por eso, y aun siguiendo la inspiración estilística proporcionada por la cabellera de la Duquesa, cada mujer introdujo su propia modalidad, su sello de distinción. ¿Qué se deduce de esto? ¿Se le ocurre alguna respuesta?
—La verdad, señor, es que no.
—Lo que se deduce es que la voluntad de imitar precede al nacimiento de un azar que termina por imponerse como norma. El peinado a la Fontanges fue el origen de nuevas reglas de etiqueta que indicaban tanto el impulso de evocar al modelo como la necesidad de su variación. Después de todo, el momento inicial, el instante de captura del pelo por la rama, era en sí mismo una señal de cambio. La moda sobrevivió más de veinte años a la temprana muerte de la joven Duquesa, y finalmente fue reemplazada por otra de la que carezco de precisiones porque, al no ser peluquero, ¿qué sabe un hombre de la cabeza de las mujeres? Sin embargo, de ese hecho trivial se deriva una serie de modificaciones de las costumbres cortesanas, una de las cuales dificulta que, aun deseándolo ardorosamente, Su Majestad disponga del tiempo necesario para encontrarse ya mismo con el señor Leibniz. Pero sigamos, porque una explicación a medias es peor que la media sombra; es luz confusa y menguada. Y aun no llegamos a revelar el hilo que une las perlas de esta h
