Sueños de felicidad

Lisa See

Fragmento

 

 

 

 

 

A mi padre, Richard See

 

Nota de la autora

 

En 1958, un comité del Gobierno de la República Popular China desarrolló el estilo pinyin de transliteración para las palabras chinas, pero transcurrieron varios años antes de que se utilizara de forma generalizada en el continente y no fue adoptado por la Organización Internacional de Normalización hasta 1982. Por esa razón, he utilizado el sistema Wade-Giles de transliteración de términos chinos de conformidad con la época, el pasado y la formación de Pearl. Quienes hayan leído Dos chicas de Shanghái recordarán que Pearl también utiliza una combinación de cantonés y mandarín cuando habla.

El Gran Salto Adelante comenzó en 1958 y terminó en 1962. Aunque nunca se sabrá a ciencia cierta cuánta gente murió en la posterior hambruna, materiales de archivo publicados recientemente por el Gobierno chino, además de investigaciones realizadas por estudiosos y periodistas, apuntan a cuarenta y cinco millones de víctimas.

 

 

 

 

El aullido de una sirena de policía en la distancia me recorre todo el cuerpo. Los grillos chirrían en un incesante coro de recriminaciones. Mi tía gimotea en su cama gemela en el extremo opuesto del porche cubierto que compartimos, un recordatorio del sufrimiento y la vergüenza que han causado los secretos que ella y mi madre se han confiado durante la discusión de esta noche. Trato de escuchar a mi madre, que se encuentra en su habitación, pero está demasiado lejos. Ese silencio es doloroso. Me aferro a las sábanas y pugno por concentrarme en una vieja grieta del techo. Intento resistir desesperadamente, pero me hallo al borde de un precipicio desde la muerte de mi padre, y ahora tengo la sensación de que me han empujado y me precipito al vacío.

Todo cuanto creía saber acerca de mi nacimiento, de mis padres, de mis abuelos y de mí misma era mentira. Una gran mentira. La mujer a quien consideraba mi madre es mi tía. Mi tía es en realidad mi madre. El hombre al que quise porque ejerció de padre no guardaba parentesco alguno conmigo. Mi verdadero progenitor es un artista de Shanghái a quien mi madre y mi tía han amado desde antes de que yo naciera. Y eso es solo la punta del iceberg, como diría la tía May. Pero yo nací en el Año del Tigre; así pues, antes de que me abrumen la persistente negrura de culpabilidad por la muerte de mi padre y la angustia que albergo por esas revelaciones, me agarro con más fuerza a las sábanas, aprieto la mandíbula e intento acobardar mis emociones con mi ferocidad de tigre, pero no funciona.

Desearía hablar con mi amiga Hazel, pero estamos en mitad de la noche. Pero, por encima de todo, deseo regresar a la Universidad de Chicago, ya que mi novio, Joe, entendería por lo que estoy pasando. Sé que lo haría.

Son las dos de la mañana cuando mi tía concilia el sueño, y la casa parece en calma. Me levanto y me dirijo al salón, donde tengo guardada la ropa en un armario. Ahora oigo a mi madre llorar y es desgarrador. Ni se imagina lo que estoy a punto de hacer, pero, aunque así fuera, ¿me lo impediría? No soy hija suya. ¿Por qué iba a detenerme? Preparo una bolsa atropelladamente. Allá donde voy necesitaré dinero, y el único lugar que conozco donde puedo conseguirlo me traerá más desgracia y rubor. Me encamino presurosa a la cocina, busco bajo el fregadero y saco la lata de café que contiene los ahorros con los que mi madre pretendía costearme la universidad. Ese dinero representa todas las esperanzas y sueños que tiene depositados en mí, pero ya no soy esa persona. Siempre ha sido previsora, y por una vez en la vida le estoy agradecida. Su temor a los bancos y a los estadounidenses sufragará mi huida.

Busco papel y lápiz, me siento a la mesa de la cocina y garabateo una nota.

 

Mamá, ya no sé quién soy. Ya no entiendo este país. Detesto que esta nación matara a papá. Sé que pensarás que estoy confusa y que soy una estúpida. Y tal vez lo sea, pero tengo que encontrar respuestas. Quizá China sea mi verdadero hogar...

 

Sigo escribiendo y le digo que me dispongo encontrar a mi verdadero padre y que no debe preocuparse por mí. Doblo la hoja y la llevo al porche. La tía May ni se inmuta cuando deslizo la nota sobre mi almohada. En el umbral titubeo. Mi tío, que ha quedado inválido, está en su dormitorio, ubicado en la parte trasera de la casa. Nunca me ha hecho nada. Debería despedirme de él, pero sé lo que dirá: «Los comunistas no son buenos. Te matarán.» No necesito oír eso, y no quiero que alerte a mi madre y a mi tía de mi partida.

Cojo la maleta y echo a andar en plena noche. Doblo la esquina de Alpine Street y me dirijo a Union Station. Es 23 de agosto de 1957 y quiero memorizarlo todo, porque dudo que vuelva a ver el barrio chino de Los Ángeles nunca más. Antes me encantaba deambular por estas calles y las conocía mejor que cualquier otro lugar en el mundo. Aquí conozco a todos y todos me conocen. Las casas, casi todas ellas chalés de listones, han sido chinificadas, como yo digo, con bambú plantado en los jardines, macetas con naranjos enanos dispuestas en los porches y tablones de madera tendidos en el suelo, sobre los cuales se esparcen sobras de arroz para los pájaros. Después de nueve meses en la facultad y de los acontecimientos de esta noche lo veo diferente. Aprendí e hice muchas cosas en la Universidad de Chicago durante mi primer curso. Conocí a Joe y me uní a la Asociación Democristiana de Estudiantes Chinos. Estudié la República Popular China y lo que está haciendo el presidente Mao por el país, lo cual contradice todas las creencias de mi familia. Así que, cuando llegué a casa en junio, ¿qué hice? Critiqué a mi padre porque parecía que acabara de desembarcar, por la comida grasienta que servía en su bar y por los estúpidos programas que le gustaba ver en televisión.

Esos recuerdos desencadenan un monólogo interior que he mantenido desde su fallecimiento. ¿Por qué no vi lo que mis padres estaban pasando? Ignoraba que mi padre fuese un inmigrante que había llegado ilegalmente a este país. De haberlo sabido, jamás habría suplicado a mi padre que confesara ante el FBI como si no tuviese nada que ocultar. Mi madre responsabiliza a la tía May de lo ocurrido, pero se equivoca. Incluso la tía May cree que fue culpa suya. «Cuando el agente del FBI vino a Chinatown», me desvelaba en el porche hace solo unas horas, «le hablé de Sam». Pero al agente Sanders nunca le importó realmente el estatus legal de mi padre, porque lo primero que hizo fue preguntar por mí.

Y luego el círculo de culpabilidad y tristeza se estrecha todavía más. ¿Cómo podía yo saber que el FBI consideraba el grupo al que me uní un frente de actividades comunistas? Formábamos parte de piquetes contra establecimientos que no permitían a los negros trabajar o sentarse al mostrador. Denunciábamos que Estados Unidos había internado a ciudadanos de origen japonés durante la guerra. ¿Cómo podía convertirme eso en comunista? Pero así era para el FBI, motivo por el cual ese espantoso agente aseguró a mi padre que quedaría limpio si denunciaba a quien considerara comunista o simpatizante. Si yo no hubiese ingresado en la Asociación Democristiana de Estudiantes Chinos, el FBI no habría podido presionar a mi padre para que delatara a otros, concretamente a mí. Mi padre jamás me habría entregado, y no le quedó otra opción. Mientras viva no olvidaré la imagen de mi madre sosteniéndole las piernas en un intento desesperado por aliviar el peso de la cuerda que le rodeaba el cuello, como tampoco me perdonaré a mí misma por mi papel en su suicidio.

 

PRIMERA PARTE

El tigre se abalanza

 

Joy

Salvavidas

 

Recorro Broadway y después Sunset, lo cual me permite pasar por lugares que deseo grabar en la memoria. La atracción turística mexicana de Olvera Street está cerrada, pero las estridentes luces de Carnaval proyectan un brillo dorado sobre los puestos de souvenirs. A mi derecha se encuentra la plaza, el lugar de nacimiento de la ciudad, con su quiosco de música de hierro forjado. Justo detrás atisbo la entrada de Sanchez Alley. Cuando era pequeña, mi familia vivía allí, en el segundo piso del edificio Garnier, y ahora me inundan los recuerdos: mi abuela jugando conmigo en la plaza, mi tía regalándome piruletas mexicanas en Olvera Street y mi madre llevándome a la escuela de Chinatown todos los días. Fueron años felices y, sin embargo, estaban tan llenos de secretos que me pregunto qué era real en mi vida.

Ante mí, las palmeras dibujan sombras perfectas en las paredes de estuco de Union Station. La torre del reloj marca las 14.47. Apenas tenía un año cuando se inauguró la estación ferroviaria, así que este lugar también ha sido una constante en mi vida. A esta hora no hay coches ni tranvías, de modo que no me molesto en esperar a que cambie el semáforo y cruzo Alameda. Un único taxi aguarda junto al bordillo de la terminal. En su interior, la cavernosa sala de espera está desierta, y mis pasos retumban sobre los suelos de mármol y baldosa. Me meto en una cabina telefónica y cierro la puerta. Se enciende una luz cenital y me veo reflejada en el vidrio.

Mi madre se empeñó siempre en que no fuera arrogante. «No querrás ser como tu tía», decía cada vez que me descubría admirándome en un espejo. Nunca quiso que mirara muy de cerca, porque, ahora que observo, ahora que observo de verdad, veo lo mucho que me parezco a la tía May. Tengo las cejas como hojas de sauce, la piel pálida, los labios carnosos y el cabello de un negro ónice. Mi familia siempre ha insistido en que me lo dejara largo, pero a comienzos de este año fui a una peluquería de Chicago y pedí que me lo cortaran como a Audrey Hepburn. La estilista lo definió como un corte de duendecillo. Ahora llevo el pelo como un chico y brilla incluso aquí, bajo la tenue luz de la cabina telefónica.

Vierto el contenido del monedero sobre la repisa, marco el número de Joe y espero a que la operadora me indique cuánto me costarán los tres primeros minutos. Introduzco las monedas en la ranura y suena la línea de Joe. Son cerca de las cinco de la madrugada en Chicago, así que lo despertaré.

—¿Sí? —dice con voz somnolienta.

—Soy yo —anuncio, tratando de sonar entusiasta—. Me he escapado. Estoy lista para hacer lo que dijimos.

—¿Qué hora es?

—Tienes que levantarte y hacer las maletas. Coge un avión a San Francisco. Nos vamos a China. Dijiste que debíamos formar parte de lo que está sucediendo allí. Bien, pues hagámoslo.

Al otro lado de la línea telefónica lo oigo darse la vuelta e incorporarse.

—¿Joy?

—Sí, soy yo. ¡Nos vamos a China!

—¿A China? ¿A la República Popular China? Por el amor de Dios, Joy, es de noche. ¿Te encuentras bien? ¿Ha ocurrido algo?

—Me dijiste que tramitara el pasaporte para poder marcharnos juntos.

—¿Estás loca?

—Dijiste que si íbamos a China trabajaríamos en el campo y cantaríamos canciones —prosigo—. Que haríamos ejercicio en el parque. Que ayudaríamos a limpiar el barrio y compartiríamos comidas. Que no seríamos ni pobres ni ricos, que seríamos todos iguales.

—Joy...

—Ser chinos y llevar eso sobre los hombros y en el corazón puede ser una carga, pero también un motivo de orgullo y alegría. También dijiste eso.

—Una cosa es hablar de lo que está pasando en China, pero yo tengo un futuro aquí: la escuela de odontología, trabajar en la consulta de mi padre... Nunca he pensado marcharme allí de verdad.

Cuando detecto su tono burlón, me pregunto a qué venían todas aquellas reuniones y aquella cháchara. ¿Hablar de igualdad de derechos, de compartir la riqueza y del valor del socialismo frente al capitalismo era una manera de llevarme a la cama? (No se lo permití.)

—Me matarían, y pronto a ti también —concluye, haciéndose eco de la misma propaganda que el tío Vern me ha recitado todo el verano.

—¡Pero fue idea tuya!

—Mira, es de noche. Llámame mañana. No, no lo hagas. Es demasiado caro. Estarás de vuelta en un par de semanas. Podemos hablarlo entonces.

—Pero...

Ha colgado.

Me niego a que la furia y la decepción que siento hacia Joe me disuadan de llevar a cabo el plan. Mi madre siempre ha tratado de cultivar mis mejores virtudes. Los nacidos en el Año del Tigre son románticos y artísticos, pero también me ha advertido que está en la naturaleza del tigre el ser imprudente e impulsivo, el dar un salto cuando las circunstancias se afean. Mi madre ha intentado inculcarme todo eso, pero mi deseo de saltar es incontenible, y no permitiré que este revés me detenga. Estoy resuelta a encontrar a mi padre, aunque viva en un país de más de seiscientos millones de habitantes.

Vuelvo afuera. El taxi sigue ahí y el conductor duerme en el asiento delantero. Doy un golpecito en la ventanilla y se despierta de una sacudida.

—Lléveme al aeropuerto —le digo.

Una vez allí, voy directa al mostrador de Western Airlines, ya que siempre me han gustado sus anuncios de televisión. Para viajar a Shanghái, tendré que hacer escala en Hong Kong. Para llegar a Hong Kong tendré que salir desde San Francisco. Compro un billete para el tramo inicial de mi viaje y embarco en el primer vuelo a San Francisco. Todavía despunta el alba cuando aterrizo. Me dirijo al mostrador de Pan Am para preguntar por el vuelo 001, que va al otro extremo del mundo con escalas en Honolulú, Tokio y Hong Kong. Una mujer que luce un desenfadado uniforme me observa extrañada cuando pago en metálico un billete de ida a Hong Kong, pero, al tenderle el pasaporte, me lo entrega de todos modos.

Faltan unas dos horas para que despegue mi avión. Encuentro una cabina telefónica y llamo a casa de Hazel. No tengo pensado decirle adónde voy. Joe ya me ha dejado en la estacada, y sospecho que la reacción de Hazel sería todavía peor. Me advertiría que la China comunista es un lugar peligroso y cosas por el estilo, el habitual pesimismo al que nuestras familias nos tienen acostumbradas.

La más joven de las hermanas Yee responde al teléfono y me pone con Hazel.

—Quiero despedirme —le digo—. Me voy del país.

—¿De qué estás hablando? —pregunta Hazel.

—Tengo que huir.

—¿Te vas del país?

Intuyo que Hazel no me cree, porque ninguna de las dos ha viajado nunca, salvo a Big Bear y San Diego en excursiones de fin de semana con la iglesia metodista y la universidad, pero acabará haciéndolo. Para entonces yo estaré sobrevolando el Pacífico y no habrá marcha atrás.

—Siempre has sido una buena amiga —prosigo. Se me llenan los ojos de lágrimas—. Has sido mi mejor amiga. No me olvides.

—No te olvidaré. —Tras una pausa, pregunta—: ¿Quieres ir a Bullock’s esta tarde? No me importaría comprar algunas cosas para llevarlas a Berkeley.

—Eres la mejor, Haz. Adiós.

El sonido del receptor depositándose sobre la horquilla suena a despedida. Cuando anuncian mi vuelo, embarco y ocupo mi asiento. Busco con los dedos la bolsa que llevo colgada del cuello. La tía May me la regaló el verano pasado, antes de marcharme a Chicago. Contiene tres semillas de sésamo, tres judías y tres monedas de cobre chinas.

—Mamá nos dio estas bolsas a Pearl y a mí para protegernos cuando huimos de Shanghái —me contó la última noche—. Yo te regalé la mía el día que naciste. Tu madre no quería que la llevaras cuando eras un bebé, pero me permitió entregártela cuando te fuiste a la universidad. Me alegro de que la hayas llevado este último año.

Mi tía... Mi madre... Empiezan a anegárseme los ojos, pero contengo las lágrimas, sabedora de que si empiezo a llorar, puede que nunca pare.

Pero ¿cómo pudo darme May en adopción? ¿Cómo pudo mi verdadero padre desprenderse de mí? ¿Y Sam? ¿Sabía que no era hija suya? May me dijo que nadie más estaba al corriente. De haberlo sabido, no se habría suicidado. Todavía seguiría vivo para echarme a la calle por ser una bastarda irrespetuosa, vergonzante, embustera y problemática. Bien, ahora me he ido. Mi madre y mi tía probablemente estén en el piso de arriba, sin dirigirse la palabra pero preguntándose dónde estoy. Me alegro de no tener que elegir a qué madre amar y ser leal, aun con sus venenosos secretos, porque es una decisión imposible. Y lo que es peor, llegará un momento en que las aguas volverán a su cauce y mi madre y mi tía se reconciliarán, y examinarán todo de nuevo con lupa como siempre hacen. Sumarán dos más dos y se darán cuenta de que la verdadera culpable de lo sucedido a Sam, mi padre, soy yo, y no la tía May. ¿Cómo reaccionarán cuando por fin averigüen que era yo quien interesaba al FBI, que fui yo quien llevó al agente Sanders directo a casa, donde provocó tamaña devastación? Cuando eso ocurra, se alegrarán de mi partida. Quizá.

Suelto la bolsa y me enjugo el sudor de las manos en la falda. Estoy ansiosa —¿Quién no lo estaría?—, pero no puedo ponderar cómo afectarán mis actos a mi madre y a mi tía. Las quiero a las dos, pero estoy enfadada con ellas, y me atemoriza lo que puedan pensar de mí. Además, sé que siempre llamaré tía a May y mamá a Pearl. De lo contrario, me sentiría aún más confusa de lo que ya lo estoy. Si tuviera a Hazel sentada junto a mí, diría: «Joy, eres un desastre.» Por suerte, no está aquí.

 

 

Un billón de horas después aterrizamos en Hong Kong. Unos hombres arrastran unas escaleras hasta el avión y salgo con el resto de los pasajeros. Del asfalto emanan ondas de calor y el aire es sofocante, con una humedad aún peor que cuando abandoné Chicago en junio. Sigo a los demás pasajeros hasta la terminal por un lúgubre pasillo y llego a una espaciosa sala con un sinfín de colas de control. Cuando llega mi turno, el hombre me pregunta con un seco acento británico:

—¿Cuál es su destino final?

—Shanghái, en la República Popular China —respondo.

—¡Échese a un lado!

El agente coge el teléfono y en dos minutos me apresan unos guardias. Me conducen a la zona de equipajes para recoger mi maleta y me escoltan por unos oscuros pasillos. No veo a otros pasajeros, solo a personas vestidas de uniforme que me observan con desconfianza.

—¿Adónde vamos?

Uno de los guardias responde a mi pregunta tirándome violentamente del brazo. A la postre llegamos a una doble puerta. La franqueamos y regresamos al horrible calor. Me meten en la parte trasera de una furgoneta sin ventanas y me ordenan que guarde silencio. Los guardias se montan delante y nos ponemos en marcha. No veo nada. No entiendo qué está ocurriendo y tengo miedo; estoy petrificada, para ser sincera. Lo único que puedo hacer es resistir mientras la furgoneta gira bruscamente y recorre unas carreteras erizadas de baches. Al cabo de media hora se detiene. Los guardias se aproximan a la parte trasera. Hablan unos minutos y me dejan allí dentro, inquieta y sudorosa. Cuando se abren las puertas, veo que nos encontramos en un muelle, donde un gran barco está recogiendo su carga. En él ondea la bandera de la República Popular China, cinco estrellas doradas sobre un fondo rojo. El mismo guardia mezquino me saca del vehículo y me arrastra hasta la pasarela.

—No queremos que difunda el comunismo aquí —me espeta casi a voces mientras me entrega la maleta—. Súbase al barco y no lo abandone hasta llegar a China.

Los dos guardias esperan a los pies de la pasarela para cerciorarse de que embarco. Todo esto es una sorpresa, una sorpresa amedrentadora e inquietante. En lo alto veo a un marinero. No, no se llamaría así. Creo que es un miembro de la tripulación. Me habla atropelladamente en mandarín, el idioma oficial de China, que no domino en su vertiente más pura. He oído a mi madre y a mi tía conversar en dialecto wu —shanghaiano— toda mi vida. Creo que lo conozco bien, pero ni mucho menos como el cantonés, que era el idioma habitual en Chinatown. Cuando hablo con mi familia, siempre utilizo un poco de cantonés, un poco de shanghaiano y un poco de inglés. Supongo que en adelante renunciaré por completo a este último.

—¿Puede repetirlo un poco más lento? —pregunto.

—¿Regresa a la patria?

Asiento, bastante convencida de que entiendo lo que me dice.

—Perfecto, ¡bienvenida! Le mostraré su litera. Luego le llevaré a ver al capitán. Debe pagarle el billete a él.

Vuelvo la mirada hacia los dos guardias, que todavía me vigilan desde el muelle. Los saludo con la mano como una idiota y sigo al miembro de la tripulación. Cuando era más joven trabajé de extra con mi tía en muchas películas. En una ocasión participé en una sobre unos huérfanos chinos que son evacuados en barco desde su país durante la guerra, y esto no se asemeja en nada a aquel plató. Hay óxido por todas partes. Las escaleras son angostas y empinadas. Los pasillos apenas están iluminados. Continuamos atracados en el muelle, pero noto el vaivén del agua bajo mis pies, lo cual evidencia que tal vez no sea el barco que se encuentra en mejores condiciones para navegar. Me indican que dispondré de un camarote para mí sola, pero al verlo, me cuesta imaginar que dos personas puedan compartir un espacio tan claustrofóbico. Afuera hace calor, y puede que aquí dentro haga incluso más.

Más tarde me presentan al capitán. El tabaco le ha teñido los dientes y su uniforme está manchado de comida y aceite. Observa con atención cuando abro la cartera y pago el billete. Todo esto me resulta un tanto repulsivo.

De vuelta al camarote, me recuerdo a mí misma que esto es lo que quería: huir, aventuras, encontrar a mi padre, una feliz reunión. Aunque acabo de descubrir que Z.G. Li es mi padre, ya había oído hablar de él. Solía pintar a mi madre y a mi tía cuando trabajaban de modelos en Shanghái. Nunca he visto ninguno de esos carteles, pero sí algunas ilustraciones que le encargó China Reconstruye, una revista de propaganda que compraba mi abuelo en el estanco, donde las guardaban debajo del mostrador. Me resultaba extraño ver el rostro de mi madre y de mi tía en la portada de una revista de la China comunista. Z.G. Li las había pintado de memoria, y lo hizo en muchas más ocasiones. Para entonces se había cambiado el nombre por el de Li Zhi-ge, probablemente en consonancia con los cambios políticos que estaban aconteciendo en China, según mi madre. A mi tía le gustaba colgar las portadas de revistas que publicaban ilustraciones suyas en la pared situada sobre su cama, así que tengo la sensación de conocerlo un poco como artista. Estoy convencida de que Z.G. —o comoquiera que se llame— estará muy sorprendido y contento de verme. Esos pensamientos alivian temporalmente mi desazón por la seguridad del barco y su extraño capitán.

No bien abandonamos el puerto de Hong Kong voy a cenar al comedor y descubro que la función primordial del barco es transportar a miembros de la diáspora china. Cada día zarpa una nave desde Hong Kong, según me cuentan, y lleva a otros como yo a China. Veinte pasajeros —todos ellos chinos— procedentes de Singapur, Australia, Francia y Estados Unidos también han sido conducidos directamente aquí desde otros aviones y barcos (¿Qué cree Hong Kong que ocurrirá si uno de nosotros pasa una noche o una semana allí?). A mitad de la cena empiezo a marearme. Antes de que me sirvan el postre he de levantarme de la mesa porque tengo náuseas. Llego al camarote a duras penas. El olor a combustible y a letrina, el calor y el agotamiento físico y emocional de los últimos días me pasan factura. Durante tres días intento retener caldo y té en el estómago, duermo, me siento en cubierta con la esperanza de respirar aire fresco y charlo con los demás pasajeros, que me ofrecen toda suerte de consejos útiles para el mareo.

La cuarta noche estoy tumbada en la litera cuando por fin se atenúa el bamboleo. Debemos de adentrarnos en el estuario del río Yangtsé. Me han dicho que todavía faltan unas horas para llegar a Shanghái surcando el Huangpu. Me levanto antes de que amanezca y me enfundo mi prenda favorita, un vestido suelto de plumetis en color azul pálido con el forro blanco. Le hago una visita al capitán, le entrego un sobre que debe enviar cuando regrese a Hong Kong y le pregunto si puede cambiarme unos dólares por divisa china. Le doy cinco billetes de veinte. Se guarda cuarenta dólares y me entrega yuanes chinos por valor de sesenta. Estoy demasiado indignada como para discutir, pero gracias a su conducta tomo conciencia de que no sé qué ocurrirá cuando desembarque. ¿Me tratarán igual que en Hong Kong? ¿La gente con la que me tope será como el capitán y me birlará el dinero? ¿O no sucederá nada de eso?

Mi madre siempre ha dicho que China era un país corrupto. Pensaba que eso había desaparecido cuando los comunistas subieron al poder, pero, por lo visto, no se ha erradicado por completo. ¿Qué haría mi madre si estuviera aquí? Escondería el dinero, como hacía en casa. Cuando vuelvo a mi camarote, saco todo lo que robé de la lata que guardaba debajo del fregadero y lo separo en dos montones. Envuelvo la cantidad más grande en un pañuelo y me la coso a la ropa interior. Los doscientos cincuenta dólares restantes los meto en el monedero junto a la divisa china. Luego cojo la maleta, salgo del camarote y desembarco.

 

 

Son las ocho de la mañana, y el aire es denso y cálido como un caldo de patata. Me arrean con el resto de los pasajeros hasta una sala asfixiante cargada de humo de tabaco y un olor acre, como de comida que ha pasado demasiado tiempo sin refrigeración bajo este clima. Las paredes están pintadas de un enfermizo verde guisante. La humedad es tan intensa que las ventanas se empañan. En Estados Unidos todo se haría ordenadamente y la gente formaría cola. Aquí, los pasajeros se hacinan en una masa palpitante para dirigirse al puesto de tramitación de documentos. Estoy tan nerviosa tras mi experiencia en el control de pasaportes de Hong Kong que me hago a un lado. La hilera avanza muy lentamente, con numerosas paradas por motivos que no alcanzo a comprender o intuir. Me lleva tres horas llegar hasta la ventanilla.

—¿Cuál es el motivo de su visita? —me pregunta un inspector ataviado con un uniforme verde apagado que no le sienta nada bien.

Habla shanghaiano, lo cual es un alivio, pero dudo que deba contarle la verdad: que he venido a buscar a mi padre pero no tengo ni idea de dónde está exactamente ni de cómo localizarlo.

—Estoy aquí para ayudar a construir la República Popular China —respondo.

El inspector me pide la documentación y abre unos ojos como platos cuando ve mi pasaporte estadounidense. Me mira primero a mí y después la foto.

—Ha tenido suerte de venir este año y no el pasado. El presidente Mao dice que los chinos de la diáspora ya no tienen que solicitar permisos de entrada. Lo único que necesito es algo que corrobore su identidad, y ya me lo ha facilitado. ¿Se considera usted apátrida.

—¿Apátrida?

—Es ilegal viajar a China en calidad de ciudadano estadounidense —precisa—. Por tanto ¿es usted apátrida?

Tengo diecinueve años. No quiero parecer una fugitiva desinformada e ignorante, ni tampoco confesar que desconozco el significado de esa palabra.

—He venido a China en respuesta al llamamiento a los ciudadanos patriotas originarios de Estados Unidos que deseen servir al pueblo —digo, recitando algunas cosas que aprendí en el club de Chicago—. ¡Quiero colaborar con la humanidad y ayudar en la reconstrucción nacional!

—De acuerdo entonces.

El funcionario guarda mi pasaporte en una taquilla y la cierra con llave, lo cual me resulta alarmante.

—¿Cuándo lo recuperaré?

—No lo recuperará.

Jamás se me había pasado por la cabeza que renunciaría a mis derechos si quería abandonar China y volver a Estados Unidos. Tengo la sensación de que se acaba de cerrar una puerta. ¿Qué haré si más adelante quiero irme y no dispongo de la llave? De repente, se me aparecen fugazmente los rostros de mi madre y mi tía y se reavivan de nuevo las tumultuosas y tristes emociones de los últimos días que pasamos juntas. No volveré nunca. Jamás.

—Todo el equipaje de los chinos de la diáspora debe ser registrado —afirma el inspector, señalando un cartel que dice: EL PROCEDIMIENTO DE ADUANAS IMPONE UN TRATO ESPECIAL AL EQUIPAJE PERSONAL DE LOS CHINOS DE LA DIÁSPORA—. Buscamos artículos de contrabando y envíos clandestinos de divisa extranjera.

Abro la maleta y rebusca en su interior. Me confisca los sujetadores, lo cual tendría su gracia si no fuera porque estoy sorprendida y asustada. ¿El pasaporte y los sujetadores?

Me lanza una mirada severa.

—Si estuviese aquí la matrona, le quitaría el que lleva puesto. La ropa reaccionaria no tiene cabida en la Nueva China. Por favor, deshágase de esa prenda ilegal lo antes posible. —El inspector cierra la maleta y la aparta a un lado—. ¿Cuánto dinero ha traído consigo? Le asignarán un grupo de trabajo, pero de momento no podemos permitirle la entrada en el país a menos que tenga un medio de sustento.

Cuando le entrego la cartera, coge la mitad del dinero y se lo guarda en el bolsillo. Me alegro de llevarlo casi todo en la ropa interior. Luego, el inspector me examina de arriba abajo y repara en el vestido de plumetis. Ahora me doy cuenta de que tal vez haya sido un error. Me pide que no me mueva de donde estoy y se va. Me preocupa que se repita lo ocurrido en Hong Kong. Pero ¿adónde me enviarán ahora? Puede que Joe y mi tío tuviesen razón. Puede que esté a punto de sobrevenir alguna tragedia. El sudor empieza a recorrerme la parte baja de la espalda.

El inspector reaparece acompañado de varios hombres, que sonríen con entusiasmo y llevan los mismos uniformes de color verde apagado. Me llaman tong chih, que significa «camarada», pero con la connotación de que eres una persona que comparte el mismo espíritu, objetivos y ambiciones. Oír esa palabra me reconforta sobremanera. «¿Lo ves?», me digo a mí misma. «No tenías de qué preocuparte.» Se agolpan, conmigo en medio, para que puedan sacarnos una fotografía, lo cual explica el retraso anterior. Luego me muestran una pared llena de fotos enmarcadas en las que aparecen personas que, según me cuentan, han entrado en China a través de esta oficina. Veo mayoritariamente hombres, un par de mujeres y varias familias. No todos ellos son chinos. Algunos son de raza blanca. Ignoro de dónde provienen, aunque a juzgar por su vestimenta no parecen estadounidenses. Tal vez sean de Polonia, Alemania oriental o algún país del Bloque del Este. Pronto mi foto colgará también de la pared.

Entonces, los agentes me preguntan dónde me hospedaré. Al percatarse de mi perplejidad, cruzan miradas de preocupación y desconfianza.

—Debe informarnos de dónde dormirá antes de que podamos dejarla salir de aquí —dice el inspector jefe.

Agacho la cabeza y alzo la vista hacia ellos, como diciendo que soy inocente y estoy desamparada. Aprendí esa expresión de mi tía hace años, en un plató de rodaje.

—Estoy buscando a mi padre —confieso con la esperanza de que se apiaden de mí—. Mi madre me sacó de China antes de que yo naciera. Ahora he vuelto a casa, al lugar donde pertenezco.

No había mentido hasta entonces, pero necesito que me ayuden.

—Quiero vivir con mi padre y ayudarlo a construir el país, pero mi madre se negó a decirme dónde está. Se ha vuelto demasiado estadounidense.

Hago una mueca al pronunciar esa última palabra, como si fuese lo más detestable del mundo.

—¿De qué trabaja? —pregunta el inspector jefe.

—Es artista.

—Bien —apunta—. Un trabajador cultural.

Aquellos hombres debaten rápidamente las posibilidades, y entonces el inspector jefe dice:

—Vaya a la Asociación de Trabajadores Artísticos de China. Creo que ahora la llaman Asociación de Artistas a secas, sucursal de Shanghái. Supervisan a todos los trabajadores culturales. Ellos sabrán cuál es su paradero.

El inspector anota las indicaciones pertinentes, dibuja un sencillo mapa y me explica que puedo llegar a la Asociación de Artistas a pie. Me desean suerte y salgo a la zona del malecón para unirme a una marejada de gente que se parece a mí. Chinatown era un pequeño enclave de Los Ángeles y no había demasiados chinos en la Universidad de Chicago. Esto es lo más chino que he visto en toda mi vida y me invade una oleada de placer.

Me encuentro sobre una pasarela, una especie de parque que bordea el río. Ante mí se extiende una calle llena de gente montada en bicicleta. Es mediodía, así que es probable que todo el mundo esté almorzando, pero no lo sé a ciencia cierta. Al otro lado de la calle, enormes edificios, más pesados, grandiosos y amplios de lo que me tiene acostumbrada Los Ángeles, se elevan a lo largo del malecón, siguiendo el meandro del Huangpu. Al volverme hacia el río veo buques de la Armada y cargueros de todas las formas y envergaduras. Docenas y docenas de sampanes cabecean como si fuesen un montón de insectos acuáticos. Los juncos se deslizan con las velas hinchadas. Lo que parecen miles de hombres desnudos hasta la cintura, con finos pantalones de algodón remangados hasta la rodilla, cargan fardos de algodón, cestas llenas de productos y enormes cajones en los barcos. Todos y todo parecen ir o venir de algún lugar.

Consulto el mapa para orientarme, agarro con fuerza la maleta, me abro paso entre la multitud y, cuando llego a la acera, espero a que las bicicletas se detengan, pero no lo hacen, y tampoco hay semáforo. Entre tanto recibo golpes y empujones de la incesante caterva de transeúntes. Veo a algunos adentrarse en las hordas de bicicletas y cruzar con osadía la calle. Cuando un peatón se baja de la acera, camino detrás de él con la esperanza de estar a salvo siguiendo su estela.

Mientras enfilo la calle Nanking no puedo evitar comparar Shanghái con Chinatown, donde la mayoría de la gente proviene de Cantón, en la provincia de Kwangtung, situada al sur de China. Mi familia también es oriunda de Kwangtung, pero mi madre y mi tía se criaron en la ciudad. Siempre decían que en Shanghái la comida era más dulce y la ropa más moderna. La urbe tenía más encanto, con sus clubes, sus bailes, sus paseos por el malecón bien entrada la noche y algo más: sus risas. Apenas oía a mi madre reír cuando era pequeña, pero me contaba que ella y la tía May sí lo hacían en su dormitorio, intercambiando chistes con atractivos jóvenes, contentas de encontrarse en el lugar adecuado, el París de Asia, en el momento adecuado, antes de que los japoneses lo invadieran y mi abuela, mi madre y mi tía tuvieran que huir para salvar la vida.

Lo que contemplo ahora sin duda no es el Shanghái del cual me hablaron mi madre y mi tía. No veo mujeres elegantes paseando por la calle, escudriñando los escaparates de los centros comerciales buscando lo último en moda parisina o romana. No veo extranjeros actuando como si fuesen los amos del lugar, sino chinos por doquier. Todos tienen prisa y no me parecen nada elegantes. Las mujeres llevan pantalones de algodón y blusas de manga corta o vestidos azules lisos. Ahora que me he alejado del río, los hombres van mejor vestidos que los trabajadores del puerto. Lucen atuendos grises, que mi padre llamaba «trajes Mao» en tono jocoso. Nadie parece demasiado delgado ni demasiado grueso. Nadie parece demasiado rico, y no veo a los vagabundos ni tampoco los rickshaws de los que siempre se quejaban mi madre y mi tía.

Solo hay un inconveniente: no encuentro la Asociación de Artistas. Las calles de Shanghái son laberínticas y acabo totalmente extraviada. Me adentro por caminos apartados y callejuelas y desemboco en patios y callejones sin salida. Pido indicaciones, pero la gente pasa de largo o me devora con los ojos por ser una desconocida. Imagino que tienen miedo de hablar con alguien que parece tan desorientado. Entro en un par de tiendas a pedir ayuda, pero todos me dicen que jamás han oído hablar de la Asociación de Artistas. Cuando les muestro el mapa, lo miran, menean la cabeza y me echan de mala gana del establecimiento.

Después de varias horas sintiéndome rechazada, ignorada deliberadamente o vapuleada por la muchedumbre, me doy cuenta de que me he perdido. Tengo un hambre voraz y el calor me atonta. El temor empieza a apoderarse de mí. Tengo mucho, mucho miedo; me encuentro en una ciudad desconocida en la otra punta del mundo. Aquí nadie me conoce, y la gente me mira porque tengo un aspecto de lo más extraño con mi estúpido vestido azul de plumetis y mis sandalias blancas. ¿Qué estoy haciendo aquí?

Debo mantener la calma. Tengo que pensar. Necesitaré un hotel. Tendré que regresar al malecón y empezar de nuevo. Pero primero necesito comer y beber algo.

Encuentro el camino de vuelta a la calle Nanking y después de andar un poco llego a un parque enorme donde veo un par de puestos de comida. Compro unos bollos salados rellenos de cerdo y verduras picadas envueltos en papel manteca. En otro puesto me sirven té en una gruesa taza de cerámica y me siento en un banco cercano. El bollo está delicioso. El té caliente me hace sudar todavía más, pero mi madre aseguraba siempre que una taza te refresca en los días sofocantes. Es última hora de la tarde y la temperatura no ha descendido lo más mínimo. Hay mucha humedad y no sopla la brisa, así que no acierto a decir si el té tiene un efecto refrigerante o no. Aun así, la comida y el líquido me reaniman.

Nunca había visto un parque como este. Es llano y parece extenderse varias manzanas. Gran parte de él está pavimentado y parece más destinado a reuniones de masas que al juego o al recreo. Con todo, hay gran cantidad de abuelas cuidando de niños pequeños. Llevan a los bebés colgados de la espalda. Algunos chapotean con unos pantalones abiertos por la entrepierna. ¡Veo a una niña pequeña ponerse en cuclillas y mear en el suelo! Los más mayores, ninguno de los cuales tiene más de cuatro o cinco años, juegan con palos. Una de las abuelas está sentada en un banco frente a mí. Su nieta rondará los tres años y es preciosa; el pelo, que lleva recogido con unos lazos, le brota de la cabeza como si fuesen pequeñas setas. La niña no deja de mirarme. Debo de parecerle un payaso. La saludo con un gesto y ella hunde la cabeza en el regazo de su abuela. Vuelve a mirarme, la saludo y se esconde de nuevo. Esto se repite varias veces hasta que la pequeña me hace un ademán con los dedos.

Devuelvo la taza de cerámica al vendedor ambulante, y cuando regreso al banco para recoger la maleta, la niña se me acerca, renunciando a la seguridad que le procura su abuela.

—¿Ni hao ma? —pregunto. ¿Cómo estás?

A la niña le entra la risa tonta y echa a correr hacia su abuela. Debería irme, pero es encantadora, y jugar con ella me infunde la sensación de que este es mi lugar, de que todo saldrá bien. La niña me señala y susurra a su abuela. La anciana abre una bolsa, busca en su interior y deposita algo en la diminuta mano de su nieta. Cuando me quiero dar cuenta, la niñita vuelve a estar junto a mí, y con el brazo extendido me ofrece pan de gamba.

—Shie-shie.

Al darle las gracias, la niña esboza una sonrisa. Luego se sienta a mi lado y empieza a balancear las piernas y a parlotear de esto y de aquello. Pensaba que mi dialecto shanghaiano era bastante potable, pero no la entiendo ni mucho menos como yo esperaba. Al final, su abuela se acerca a nosotras.

—Acaba de conocer usted a nuestra decepción —me dice—. Mi marido y yo esperamos que la próxima vez sea un nieto.

He oído cosas como esa durante toda mi vida. Doy una palmada a la niña en la rodilla en un gesto de solidaridad.

—No parece usted de Shanghái —continúa la anciana—. ¿Es de Pekín?

—Vengo de muy lejos —respondo, pues no deseo contarle toda la historia—. He venido a visitar a mi padre, pero me he perdido.

—¿Adónde va?

Le muestro el mapa.

—Sé dónde está esto —dice—. Podemos acompañarla si quiere. Nos viene de camino.

—Les estaría muy agradecida.

La mujer recoge a su nieta y yo la maleta.

Unos minutos después llegamos a la Asociación de Artistas y doy las gracias a la anciana. Busco en el bolso el último paquete de caramelos y se lo regalo a la niña. No sabe qué son.

—Son caramelos —le explico—. Un dulce para un dulce.

El recuerdo de mi tía pronunciando esas palabras me causa una punzada de angustia. He llegado hasta aquí y mi madre y mi tía siguen conmigo.

Después de mostrarles mi agradecimiento varias veces más, me doy la vuelta y entro en el edificio. Esperaba que hubiese aire acondicionado, pero en el vestíbulo hace el mismo calor opresivo que en la calle. En el centro de la sala hay una mujer de mediana edad sentada detrás de una mesa que me sonríe y me indica que me acerque.

—Estoy buscando a un artista llamado Li Zhi-ge.

La mujer adopta un semblante serio y frunce el ceño.

—Llega usted tarde. La reunión está a punto de acabar.

Me siento desconcertada.

—No le permitiré entrar —espeta con sequedad, y señala molesta la doble puerta.

—¿Quiere decir que está ahí dentro? ¿Ahora mismo?

—¡Claro que está ahí dentro!

Mi madre diría que encontrar a mi padre tan fácilmente ha sido cosa del destino. Pero puede que se trate de una casualidad. Sea como fuere, he tenido suerte. Aun así, sigo sin comprender por qué la recepcionista no me deja entrar.

—Tengo que verle —digo casi suplicando.

Justo en ese momento, las puertas se abren y sale un grupo de gente.

—Ahí lo tiene —comenta la recepcionista con desprecio.

Señala a un hombre alto con gafas de montura metálica. Lleva el pelo bastante largo, que le cae sobre la frente. Sin duda la edad coincide —unos cuarenta y cinco años—, y es increíblemente atractivo. Lleva un traje Mao, pero es distinto de los que he visto por la calle: limpio y almidonado, de corte elegante, y la tela parece de más calidad. Mi padre debe de ser muy célebre y poderoso, porque los demás le sig

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