No es medianoche quien quiere

António Lobo Antunes

Fragmento

cap-2

1

Despertaba en medio de la noche seguro de que el mar me llamaba a través de las persianas cerradas, giraba la cabeza hacia la ventana y lo sentía mirándome como el sonido de los pinos mirándome y las voces de mis padres, al final del pasillo, mirándome, todo me miraba en la oscuridad y repetía mi nombre, preguntaba

—¿Qué es lo que he hecho?

y silencio, el mar y los pinos desaparecían de la ventana, adónde os habéis marchado, y mis padres callados, si perdemos el mar y los pinos no queda casi nada, unos tejados, unos cañizos, la arena, sin huellas de gaviotas, por la mañana muy temprano, solo la porquería de la bajamar que todavía no han barrido, maderas, algas, gasoil, yo cinco años, mis hermanos siete y nueve, no voy a hablar de mi hermano mayor, no se habla de mi hermano mayor, ahí está sonriéndome

—Niña

y bajando a la playa en bicicleta y yo en el cuadro que me hacía algo de daño, feliz y con miedo

—No vamos a caernos prométemelo

y no nos caíamos, al saltar del cuadro seguía doliéndome un poco y después se me pasaba, ponían delante de las olas una bandera verde en un mástil, de vez en cuando un buque a lo lejos, mi padre se quedaba durmiendo, con el periódico sobre el pecho, en el sofá, es decir se veía que dormía por la boca abierta, no tenía canas ni estaba enfermo, no había muerto, mi madre, que charlaba con la vecina de sombrilla

—Me paso la vida repitiéndote que no la traigas en la bicicleta hasta que no se le rompa una pierna a la niña no vas a estar tranquilo

mi hermano no sordo y mi hermano sordo se tiraban cosas el uno al otro y mi hermano sordo, gritábamos su nombre y no nos miraba, empezó a llorar, mi pelo ya no negro como el de mi padre, teñido de rubio, mi madre a la vecina de sombrilla, limpiando las mejillas de mi hermano sordo con la toalla

—¿Ya ha visto qué cruz?

en un extremo de la playa, sobre las rocas más allá de la laguna, una construcción abandonada, con la frase Alto da Vigia Mariscos & Bebidas descolorida en la cal, donde se juntaban los rateros después de cenar para planear sus robos, mi madre

—Ojalá os robasen a todos para tener paz y tranquilidad

aunque no se distinguiese a nadie con un palo y sacos para meternos dentro, vi hacer eso con los gatos pequeños y el saco se movía, sumergían el saco en la pila de la ropa y ya nadie se movía, lo tiraban todo en un hoyo en una esquina del huerto mandándonos

—Fuera de aquí

solo se quedaba mi hermano sordo, intentando levantar la tierra con los pies, yo a él

—No te agobies

y un mirlo dos notas en los pinos, qué motivo hay para agobiarse por un saco que goteaba y la gata por allí olfateando, no tengo hijos, yo, es decir tuve uno y se perdió, en qué hoyo lo metieron, mi marido

—No lo metieron en ningún hoyo todavía no era un bebé

mientras la bicicleta subía despacio la ladera de casa, recuerdo el sonido del timbre, el del cartero más fuerte, llegué por la mañana para despedirme de la casa, la semana que viene entregamos las llaves, los árboles ofendidos conmigo, que esos sentimientos se notan

—Qué maldad dejarnos

no van a mirarme esta noche, fingen olvidar quién fui, habitaciones sin muebles, un trozo de papel a la derecha y a la izquierda en la tarima, restos de paja de colchón en el sitio de mi cama, las mismas hormigas de otro tiempo en la cocina pero los estantes sin tazones, un paquete de azúcar cerrado con una pinza de la ropa, solo en el armario, y el recuerdo de mi padre buscando la botella en la despensa, yo a su prisa que había dejado de existir, más los dedos temblorosos desprendiéndose de mi memoria

—Se han acabado las botellas padre

y mi padre, tozudo, escudriñando un baúl, intentándolo con una caja, renunciando mirándome con los mechones despeinados, no me acostumbro a mi rubio, murió hace años, cuál es el motivo para volver aquí, señor, hoy, para atormentarme con su sed más el pañuelo con el que intenta limpiarse la frente y no llega ni a la cara, agita un adiós sin destinatario, reflexiona por un momento, duda, termina escondiéndose en el bolsillo, como un gato en el saco, dentro de poco inmóvil, se cava un hoyo en el huerto y desaparece para siempre a medida que lo que queda tropieza en el salón, mi madre a la vecina de sombrilla, señalándonos

—No sirven para nada

mi cruz, doña Liberdade, uno sordo, una inútil, otro que se mata, otro loco, por no mencionar al marido con los efluvios del alcohol

—Quítame las arañas de la ropa

una tropa de cuidado, amiga, en el Alto da Vigia Mariscos & Bebidas me pareció que un ratero pero, fijándome mejor, un arbusto sacudido por el viento del mar, dos o tres burros flaquísimos olvidados por los gitanos, pisando el mundo con la fragilidad de los cascos, en silencio como el mar y los pinos, mirándome desilusionados

—¿De verdad vas a dejarnos?

y que mi hermano sordo parecía entender por el modo como las cejas le cambiaban de sitio, se daba con una cuchara en una cazuela y mi hermano sordo como si tal cosa, nos callábamos para pensar y él, midiendo cada letra

—Tal vez

descubrió antes que los demás, no sé cómo, que me iba a casar y me empujó hasta el pasillo

(muchas menos gaviotas que cuando era pequeña ¿por qué?)

en un aliento

—No

muchas menos gaviotas, ningún ratero, el Alto da Vigia inexistente, ni un muro, ni un trozo de huerta, hierbas balanceándose sin descanso, uno de los burros se cayó al ceder un pico de una roca y los perros a su alrededor, esqueléticos, despertaba en medio de la noche seguro de que el mar me llamaba a través de las persianas cerradas, quién habrá revelado mi nombre, giraba la cabeza hacia la ventana y lo sentía mirándome, si me acercaba a las persianas todo oscuro, dónde están los ojos, el burro hinchado en la costa, las patas tiesas, solo dientes, mi padre, también hinchado en pijama

—Niña ¿has visto por ahí una botella?

los pies con dificultades para andar, la voz empujando por una cuesta difícil, mi madre

—¿Quieres matarte como tu hijo mayor?

he venido a esta casa para despedirme de ella, los socorristas taparon el burro con un hule y se lo llevaron al almacén, ecos de pinos en el eco de mis pasos, cuál de nosotros es los árboles y cuál de nosotros soy yo, un mirlo cambió de rama en un frenesí de páginas, las habitaciones aumentaron de tamaño, me pareció que un trozo de vestido de Esmeralda, una muñeca que tuve, y al final el sol en una esquirla de plato, si me sirviese para comunicarme en cuántas voces se dividiría mi voz, mi madre

—¿No puedes estarte quieta?

abrochándome la blusa que me picaba en la espalda, lo único que me fastidia de la idea de crecer es que mi hermano mayor no me lleve en el cuadro hasta la playa, a partir de la próxima semana, después de entregar las llaves, no podré divisar la casa a lo lejos, las páginas del periódico se caían al suelo mientras mi padre dormía, de vez en cuando iba a la despensa a echar un trago a escondidas

—Jarabe para la tos niña jarabe para la tos

con un color diferente en las orejas y en la frente, decir a los pinos que no me miren, no tengo la culpa, llegábamos en agosto, nos marchábamos durante las mareas vivas, con las gaviotas no en la playa, posadas en las chimeneas, las olas alcanzaban la muralla y se llevaban la arena, por no mencionar el verano y la voz de mi madre, mis hermanos y yo en el asiento de atrás del coche lleno de maletas, ellos mirando hacia delante y yo al contrario, de rodillas, viendo cómo las vacaciones se esfumaban en el cristal, el quiosco, el bar del futbolín, los últimos árboles y después la carretera, la gasolinera donde nos mandaban hacer pipí aunque no tuviésemos ganas, mis hermanos en la puerta con la silueta del hombre y yo en la puerta con la silueta de la mujer, adonde mi madre ya no me acompañaba

—Lávate bien las manos

y yo orgullosa de entrar sola, allí siempre restos de perfume, a pesar de mi cara abajo en el espejo, tardé siglos en subir por el espejo, había una tercera puerta con una silueta en una silla de ruedas que incluso hoy despierta mi curiosidad, pasado un instante Lisboa, faltaban azulejos en el edificio al lado de la pastelería Tebas

—Madre ¿qué quiere decir Tebas?

y mi madre, como siempre que no tenía ni idea

—Cuántas preguntas

con una mirada negra de reojo a mi padre, revisando el sitio de las botellas antes de vaciar las maletas, olores a cerrado y a ausencia que se prolongaban durante semanas, hasta que el olor de la comida y el olor de las personas se volvía más fuerte, se pasaba el dedo por cualquier mesa y polvo, no dije que no había pasta de dientes para que no me obligasen a usarla, me dio la sensación de que el mar y los pinos iban a volver y no volvían, aunque restos de arena en los pies y yo contento de verlos, una gaviota perdida atravesó la terraza pero ningún burro ni ningún ratero en los tejados vecinos, al escribir que no se mencionaba a mi hermano mayor me refería a, un día, si le echo valor, lo cuento, mi hermano sordo empezó a protestar, exigiendo dormir con el elefante que le protegía de las trampas del mundo, oculto en medio de la ropa sucia en una mochila por abrir, mi madre le gritó al oído

—¿No te da vergüenza con siete años abrazarte a un animal?

y no necesitaba al elefante, tenía un hipopótamo en la mesilla, llamado Ernesto, que me cuidaba sin necesidad de agarrarme a él, no me importaba meterlo entre las sábanas pero Ernesto prefería la mesilla

—Yo aquí y tú ahí

como prefería que el nombre Ernesto fuese un secreto nuestro

—No se lo cuentes a nadie ¿vale?

y yo, claro, obedecía, mi abuela muy mayor, más de cuarenta o sesenta años por lo menos

—Niña ¿cómo se llama tu hipopótamo?

yo, no se lo cuentes a nadie, callada, doña Alice, casi tan mayor como mi abuela, con un defecto en el pulgar, ayudaba a mi madre tres veces por semana, a fin de mes se juntaban para echar cuentas, a lápiz, en la parte de atrás de una factura, equivocándose en los números, el sobrino con un riñón flotante, qué es un riñón flotante, no te cansas de aburrir a las personas, niña, doña Alice metía empujando los almohadones en sus fundas, mi madre, que se interesaba por las enfermedades

—¿Cómo está el riñón flotante de su sobrino doña Alice?

doña Alice con el almohadón mitad fuera mitad dentro de la funda

—Unos días mejor y otros días peor quieren operarlo a barriga abierta

y por momentos la idea de morir me aterró, la muerte era mucha gente a nuestro lado y tener que hablar susurrando

—¿Ya no se respeta a los muertos?

mi padre, con corbata negra, más asiduo en la despensa, mi madre pausas envueltas en un sollozo, sin enfadarse tanto con nosotros, anunciando, con solemnidad resignada

—Todo pasa en un minuto

y mentira, los días larguísimos, por ejemplo una eternidad entre la comida y que mi padre se levantara del sofá para llevarnos al circo tras un viaje a la despensa, mi hermano sordo, inquieto con los focos, se nos agarraba llorando por el elefante, yo no, hechizada con la chica del trapecio, rubia como yo ahora, la seguridad de que si nos conociéramos nos haríamos amigas y podría prestarle a Ernesto una noche o dos, incluso con el mar llamándome a través de las persianas cerradas y los rateros en el jardín avanzando hacia mí, alrededor de la carpa jaulas de leones sonámbulos, con la piel igual a las alfombras gastadas que se dejan en la calle para que las recoja la furgoneta del Ayuntamiento, y un payaso, metiendo la bola de la nariz en el sombrero, con la intención de regañar a su hijo con la boca enorme, palabras gigantescas que no podía escuchar, confundidas con la música de la orquesta, vi al sobrino de doña Alice pero no encontré el riñón flotante, le di la vuelta para investigar y observándolo por fuera idéntico a nosotros, mi madre

—¿Creías que el riñón flotante andaba por ahí?

el riñón por ahí y el sobrino de doña Alice intentando cogerlo como sucedía con el jabón en el baño, lo cogía con la mano cerrada y se escapaba, una mancha azul si nos quedamos quietos, ni un rastro si agitamos el agua, por qué razón los jabones merman, no se enfade, madre, que no era una pregunta, solo me lo imaginaba, la chica del circo nunca vino a mi cuarto, qué edad tendrá hoy día y tampoco se trata de una pregunta ni quiero que me responda puesto que no la conoció, estaba pensando, olvidé el hipopótamo pero el mar y los pinos siguen conmigo, giraba la cabeza hacia la ventana para sentir que me miraban, todo me miraba repitiendo niña, me acuerdo de la tarde en que la cara de mi madre diferente

—Tienes que ponerte un bañador que te tape aquí arriba

donde, en mi opinión, no había nada que tapar, dos bultitos que empezaban a molestarme y ya está, lo demás igual, el hipopótamo, preocupado

—¿Vas a tirarme?

y yo, me salió así

—Cuántas preguntas

arrepintiéndome enseguida

—No era eso lo que quería decir perdona es evidente que no voy a tirarte

esto en la época en que mi hermano mayor seguía vivo

—Es evidente que no voy a tirarte

y lo tiré, necesitaba la mesilla para fotografías de actores de cine y el estuche de las pulseras y los pendientes, además de librarme de la burla de mis amigas

—¿Tienes un rinoceronte?

no rinoceronte, hipopótamo, no le perdono que no estuviese conmigo cuando mi hermano mayor, cuando las olas, cuando mucha gente cuchicheando en la arena y no fue un burro el que se cayó del acantilado, cuando un policía trajo la bicicleta que quedó en la muralla mi padre, sin esconderse en la despensa, con la botella en el salón, mi madre se levantó de la máscara de las manos, a mí

—¿Alguna pregunta?

yo que no molesto a nadie, he venido a despedirme, no entiendo la razón

—Vas a tener que ponerte un bañador que te tape aquí arriba

por la que la casa ya no nos pertenece, sintiendo el mar diferente, los pinos diferentes, ceremoniosos con las habitaciones vacías, caminando ligeros dudando en las puertas

—¿Podré entrar?

donde estaba el cañaveral un chalet, dos y un chaval jugando con una pelota de tenis contra una pared, cerca de una regadera caída, fui a la calle a tirar a Ernesto a la basura, entre dos bolsas, lo más al fondo que pude, se veía una de las patas, cogí una bolsa del contenedor de al lado y Ernesto inexistente, cuando una ambulancia subió la calle, que la bicicleta bajaba hacia la playa, mi padre nos encerró en la habitación de mi hermano sordo

—No salgáis de ahí

se sentía la presencia de varias personas en el salón, un hombre a mi padre

—Firme junto a la cruz en lápiz

el burro solo dientes y las patas tiesas, durante la firma mi madre, con la voz que existe en el interior de los pañuelos

—Siempre juró que no iría a la guerra

un mirlo colocándose las plumas junto a los marcos, observándonos de lado y siguiendo con su limpieza, nosotros apoyados los unos en los otros, con miedo, cuál de estos corazones es el mío, el hombre a mi padre

—Escriba bien su nombre que no hay otro impreso

y un martillo, tórtolas, la cancela un corte alargado en el que un clavo iba lacerando el cemento, todo me hace daño, hoy, todo me hiere, mi madre, siempre dentro del pañuelo

—Voy detrás con él no insistan

la ambulancia marchándose, no hacia la playa, por el lado de la parcela donde nunca he visto a nadie, una capilla, olivos, mi hermano sordo se apretaba el elefante en la barriga, mi hermano no sordo

—Tengo hambre

el mirlo desapareció con una prisa oblicua y por primera vez en la vida, qué tontería, eché de menos a un pájaro, ninguna ola, ningún pino, nosotros tres sentados en la cama con la mano de uno de ellos, húmeda de terror, apretándome el brazo, y no entendí si mi sangre me pertenecía o pasaba de unos a otros, aturdimiento, nervios, en esto mi hermano mayor sonriéndome

—No te preocupes niña

o sea en esto

(el hombre aprobando a mi padre

—Venga que la firma ha quedado más o menos

y una censura oculta

—Es un borracho)

en esto pasos, primero en la arena, después en el escalón, después en el interior de la casa, en los marcos un cactus con una flor roja que vibraba explicándolo todo, se entendían frases sueltas, lo demás no, presté atención

—¿Qué?

el cactus

—Eres muy pequeña para saberlo

y se calló, frases relacionadas con un cuerpo con las piernas tendidas, solo dientes, en la playa, los pasos en el interior de la casa se acercaron a la habitación de forma que solo existía la tarima, no las paredes, no los muebles, una vuelta de la cerradura, una segunda vuelta, la vecina de sombrilla, solemne

—Me quedo aquí unos días hasta que vuelvan vuestros padres

yo muy pequeña para saber que mi hermano mayor se había ahogado, la prima de la vecina de sombrilla en la cocina, peleándose con el fogón

—No me acostumbro a esto

abriendo y empujando armarios, tirando con fuerza de los cajones

—¿Dónde guardan las cosas?

mi marido a mitad de ciruela, con los dedos amarillos de zumo, extrañado

—¿Ir a despedirte de la casa?

yo no con once, con cincuenta y dos años, o sea yo con once y con cincuenta y dos años, con el pelo negro y el pelo rubio por encima del pelo blanco, sin entender que mi hermano mayor se había ahogado, entendía los dientes, las patas tiesas y un hule por encima, no entendía la muerte, los círculos de las gaviotas llegaban a las copas además de una docena en el techo del Casino, mi marido limpiándose los dedos en la servilleta, con la punta de la lengua en la comisura de los labios, que antes me enternecía porque le hacía más joven y desde hace siglos ha dejado de enternecerme, te agradecería que no sacases la lengua, gracias

—Vete donde te apetezca pero yo necesito el coche

de manera que llegué en tren y autobús, en las estaciones edificios antiguos con los postigos sustituidos por tablas, una niña, mirándome desde una huerta minúscula, moviendo el brazo en un hasta luego sin fin, no un hasta luego de persona, un hasta luego de muñeco cuando acaba la cuerda, si fuese solo sacar la lengua, el brazo se detuvo lentamente, nunca

—¿Tu hermano mayor se ha ahogado?

nunca he visto ojos tan serios, la huerta empezó a andar hacia atrás y la perdí, gané un cementerio, que también perdí, donde un grupo de criaturas bajaba a mi hermano mayor a la tierra con unas cuerdas, mi madre no estaba en medio de ellas ni mi padre dialogaba con una botella escondida en la solapa de la chaqueta, mi hermano no sordo cogió la lata de las galletas

—Tengo hambre

la vecina de sombrilla le quitó la lata y puso los platos en la mesa, con nuestros sitios y las servilletas cambiados, odiaba sentarme en una silla que no fuese la mía

—Tranquilo que ya vas a comer

la silla de mi hermano mayor vacía para siempre, mi madre apoyaba la mano en el asiento

—Esta cruz me acompañará toda la vida

mi padre volvió de la despensa tropezándose con la alfombra, se enderezó

—No alteres a los chicos que bastante tienen ya

vestida de negro al volver de Lisboa, ojalá los gitanos no abandonen más burros en las rocas, si un peñasco se rompe vuelven a caer en el mar y puede no ser mi hermano mayor, puede ser mi hermano sordo, puedo ser yo, siempre juró que no iría a la guerra y cuál guerra, madre, mi padre

—¿Has oído alguna historia de África?

y se escuchaban las olas por detrás de su voz, una tarde en que supuestamente no lo veían me encontré a mi padre delante de la bicicleta de mi hermano mayor, en el garaje donde se acumulaban la estructura de una cuna, objetos rotos, basura, al darse cuenta de que yo allí

—Vete a dar una vuelta niña

mi marido

—Conque entonces a despedirte de la casa de la playa

y yo odiando la ciruela, los pedazos dentro de la boca le modificaban los carrillos, mi padre y yo bajamos la calle hasta la playa, las casas, el ultramarinos, el bar del futbolín donde mi padre pidió una copita y algo de sí mismo, que entiendo y no entiendo, le impidió beber

—Después

la expresión de su cara casi me hizo gritar, he heredado su nariz, las manos, mi madre a la vecina de sombrilla

—Sale toda al padre

al final de la calle la pensión con las paredes forradas de caracolas y después la arena, toda al padre, unos sujetos con cestas cogían mejillones y cangrejos pequeños, casi transparentes, en las rocas, mi padre me sentó en la muralla sujetándome por el vientre, las gotas de las olas me salpicaban, la bandera en el mástil no verde ni amarilla, roja, quise decirle

—No me agarre con tanta fuerza

pero entendí que tenía que ser así, no por mí, por él, no dije

—No hable de mi hermano mayor

porque sabía que no iba a hablar y la prueba de que no iba a hablar era que casi no podía moverme, cuántos momentos en que debíamos decir

—Padre

y no lo decimos, el Alto da Vigia Mariscos & Bebidas ya destruido, familias con tarteras comiendo, dos o tres perros, cabizbajos, sin encontrar un olorcillo que olfatear, he venido aquí a despedirme con la esperanza de un olorcillo que olfatear, y ni los pinos responden a lo que pregunto, la garganta de mi padre ruidos de quien cierra la vida con siete llaves, he venido a despedirme de la casa, sí, y no necesito coche, no te necesito a ti, qué sabes tú de los ojos en las persianas por la noche, de las voces que repiten mi nombre, necesito que una niña me diga adiós en una huerta hasta que el tren me obligue a perderla, a mis hermanos pequeños, a los mirlos, a Ernesto que vuelve a la mesilla y me espera, mi padre y yo en los escalones donde las personas sacudían los zapatos antes de ponérselos, mi hermano sordo delante del cuarto de mi hermano mayor sin atreverse a entrar, vaciaron sus estanterías y lavaron su ropa, mi madre

—No quiero oír nunca más su nombre

mientras mi padre y yo íbamos caminando a lo largo de la línea de asfalto, le apetece una botella, no le apetece, quiere que vaya a por ella y él callado

—No

él callado

—¿También te doy vergüenza?

y no me la daba, se lo aseguro, ni siquiera cuando se quedaba en la cabecera sin poder levantarse no me la daba, lo vi en el hospital y me sonrió

—¿Te acuerdas de la ola?

cuando paseamos por la playa la semana siguiente al, la semana siguiente, casi no me llegabas a la cintura, no bebí verdad, me porté bien, me enorgullezco de ti, el médico

—Échele un vistazo a estos análisis todo en morado, ni uno solo en azul

ningún resto en el lugar donde encontraron el cuerpo, yo pensando a lo mejor no tuvieron aquel hijo, cuando acabó la hora de la visita se volvió hacia la pared para no ver cómo me marchaba

—Niña

y uno o dos días después estuve en el velatorio y en el entierro, primos desconocidos que me daban la mano murmurando consuelos, señoras que no sabía quiénes eran, mi madre sentada, delante del ataúd y de las velas, acompañada por criaturas severas, la caja saliendo del coche fúnebre bajo paraguas, las coronas de flores mojándose, yo mojándome, el cura, con las gafas mojadas, dándose prisa con las oraciones, mi hermano sordo sin saludar a nadie, huiría si le tocasen, fue él quien pinchó las ruedas de la bicicleta, rompió el timbre y torció el sillín, el agua le caía por la nariz, no por los párpados, estaba en una escuela donde se discutía con los dedos y un sonido en la garganta como mi padre en la arena, cuya última cosa que recuerdo es la nuca girando hacia la pared, con todos los análisis en morado y un tubo en el brazo, sin despedirse de nosotros, quién se despide en esta familia antes de morirnos, nos vamos y ya está, mi marido

—¿Cuándo vuelves?

y yo sin responderle, probablemente ni vuelvo, caigo como una piña del árbol y me quedo allí en el patio, los chopos del cementerio pesados por la lluvia, los dientes de mi hermano mayor pesadísimos en el interior de la tierra, esto en invierno con todas las bombillas encendidas e incluso así oscuro, me gustaría escribir otras cosas y no puedo, me quedo saludando como la niña en la huerta hasta el final de la cuerda, mi marido, mientras me ponía la chaqueta

—El padre bebe hasta caer redondo y la hija decide despedirse de una casa donde nunca pone los pies ¿cómo me he metido en esto?

y mientras esperaba el ascensor oí loza que se rompía pero lo que pasaba más allá del felpudo no me afectaba, en el espejo una mujer rubia que tardé en reconocer que era yo, si tuviese un hijo no lo traería conmigo, lo olvidaría, y en esto me vino a la cabeza el hipopótamo perdiendo relleno, mi madre me mandó a buscar algodón al armario de las medicinas y metió un trozo en el hipopótamo, pidió el costurero con aquella tijera horrible con la que se cortaba las uñas, lo cosió y mientras cosía, puede parecer extraño, me sentó en su regazo sin preguntar

—¿Cuánto hace que no te bañas?

me cobijé en su cuello y la lluvia de todos los entierros se detuvo, mi padre y yo subimos de la playa por un camino diferente, rodeando el barrio, su sombra llegaba siempre antes que la mía a los desniveles de la tierra, de vez en cuando parábamos para que mi padre se ajustase los pulmones en las costillas, respirando con fuerza, y las olas cada vez más lejos, mi madre cortó el hilo con la boca y me dio a Ernesto, cerró el costurero

—¿Qué tal?

tapó la lata de algodón y me dio las dos cosas

—Pon esto en su sitio

o sea el costurero encima de la tabla de planchar y el algodón junto a las tiritas, me entristeció no ninguna herida para ponerme una en la rodilla y ganarme el respeto de mis hermanos cojeando, el grifo de agua fría con una C grabada, mientras que el grifo de agua caliente una F, goteaba sin parar por más que lo apretásemos, mi padre

—Un día de estos le cambio la zapatilla

si le llamaban la atención, semanas después

—Es verdad se me ha pasado

y desaparecía dentro del periódico sin ningún dibujo, solo palabras y retratos de caballeros de edad que se llamaban todos Ministro, al volver al salón mi madre, sin prestarme atención, mecía a Ernesto haciéndole caricias, al darse cuenta de que estaba allí me lo dio enseguida

—Estoy tonta

y su labio una especie de lágrima, se notaba que en su cabeza un carrusel con jirafas y caballos de madera y tablas inseguras crepitando, a medida que una voz enorme en un altavoz

—Vaya en el ocho irá mejor

y el tipo del Pozo de la Muerte, con su casco de motorista, acelerando en un estrado

—Madre, ¿se acuerda del carrusel?

su memoria, contenta, llena de jirafas, si mi hermano mayor no me hubiese invitado

—Niña

seguiríamos las dos, encaramadas en los animales, radiantes de miedo, dando vueltas y sacudidas, recuerdo a su padre tosiendo en la manga, recuerdo a su madre, muy gorda, escalando por el bastón para abandonar el sofá, pregunté

—¿Quiere que le preste a Ernesto para una noche o dos?

y mi madre dudando, lo acepto, no lo acepto, mirando al hipopótamo, mirándome a mí, apoyándose mejor en la jirafa de madera que empezaba a girar, mi madre creciendo de repente, doblando las gafas que usaba para coser, guardándolas en su estuche, dejando el estuche en el brazo del sillón y mandando

—Vete de mi vista

mientras el tipo del Pozo de la Muerte, del que estuvo enamorada hasta los doce años, ignoraba su sonrisa acelerando en el estrado.

cap-3

2

Morir es cuando hay un hueco libre en la mesa apartando las sillas para disimularlo, se nota el desconsuelo de la ausencia porque el cuadro más a la izquierda y el aparador más lejos, sobre todo el cuadro más a la izquierda y el agujero del primer clavo, en el que el marco no quedó bien, a la vista, se habla de manera diferente esperando una voz que no llega, se come de manera diferente, dejando una ración en la fuente que nadie se sirve, los codos vecinos dejan de estorbarnos y necesitamos que nos estorben, mi madre a mi hermano no sordo, que aún no había ido a África y vuelto afectado por la guerra, dándole palmaditas en el dorso de la mano

—¿Esa es forma de coger el tenedor?

mi padre desmenuzando una rebanada de pan en el mantel sin fijarse en el pan, se fijaba en el sitio que debería haber a su lado y el cuello de la botella vibraba en el vaso, no se sentía el mar, se sentía un martillo neumático en la casa de atrás que nos descoyuntaba la tarima y alteraba la paz del agua en la jarra, mi madre dijo

—Si al menos tú

y se calló puesto que la expresión de mi padre le ordenaba

—Ya vale

mi hermano sordo, ante una bandeja con vaquitas estampadas, con la servilleta al cuello y granos de arroz en la barbilla, el motociclista que aceleraba en el estrado del Pozo de la Muerte apareció y desapareció, una jirafa de madera observaba balanceándose en el alféizar, acercando un ojo con pestañas enormes, la voz del altavoz apagada, la música más tenue que los pinos, mi hermano no sordo no se las apañaba con los cubiertos y el pescado se le caía del tenedor, mi madre equilibrando lágrimas en el interior de los párpados, doblándose y desdoblándose

—Un chico de dieciocho años Dios mío

la jirafa dejó el alféizar dando sacudidas, desde que me casé contigo no soy feliz, el alcohol, el desempleo, las deudas, es imposible que los niños no lo entiendan, yo a ella, igualmente dentro de mí

—Entender ¿el qué?

y la rebanada de pan de mi padre deshecha enseguida, unas uñas más largas que otras, la camisa manchada, pupilas que ahora veían ahora no veían, me veían a mí

—Niña

y las formas de antes que volvían, aquella pasión por la hija, señores, mi padre que no me besaba, no merezco besarla, seguro que mi hermano sordo se daba cuenta de todo, descubría las voces mudas que no paran, no paran, tanta gente hablando en el interior de las personas, ganas de taparse las orejas con las manos

—Déjenme

solo mi hermano mayor callado aunque con nosotros a la mesa, la presencia de quien no está me asusta, su silla al mismo tiempo arrimada a la pared y allí, a cada rato me hacía una señal

—No te preocupes

aunque las olas lo empujasen a la playa, ahora un brazo, ahora el otro, ahora los pantalones rotos, mi madre quitaba los granos de arroz de la barbilla de mi hermano sordo con el borde de la servilleta

—¿A quién habrá salido este infeliz?

y la tarima en paz porque los operarios del martillo neumático fumando, cuando el padre de mi madre aún no era un retrato me frotaba la mejilla con fuerza, después de saludarle, para quitarme el bigote, incluso después de comprobar en el espejo que la mejilla limpia el bigote me seguía picando, la única cosa amable que me decía

—Espabilada

tenía que atravesar muchos pelos, que olían a tabaco y a sopa, hasta alcanzarme, el

—Espabilada

que un par de dientes oscuros empañaba, se desplazaba moviendo bisagras sin aceite, no articulaciones, que se paraban a mitad de camino, igual que el marinero de madera de mi hermano no sordo, el que vino afectado de la guerra y vivía no sé dónde, el marinero se dirigía a la cómoda, con determinación, lento, chocaba, se caía, y aunque caído iba por el vacío, la madre de mi madre suspirando en el interior de la grasa

—De pequeña tuve un perro ciego

y no me acuerdo de otras frases, me acuerdo de la alianza imposible de, oye cómo me llama el mar, sacar del dedo y del reloj de pulsera, con agujas romanas, al que no le daba cuerda, marcando las once y veinte, el reloj de la cocina, también inamovible, las seis y catorce, y otro, en una vasija, con un par de angelitos de bronce sosteniendo la esfera, fijo en las dos y cincuenta y ocho, qué múltiple el tiempo, el bigote y el perro ciego

—Le pusieron una inyección en mi regazo

me aturdían, en qué momento vivieron, en qué momento vivo yo y cuál mi edad cuando estoy allí, mi madre

—Pruébatelo

un bañador de mujer que me negué a ponerme

—No quiero ponerme eso no quiero ser mayor

los pinos a mí

—Eres profesora ¿verdad?

en la tapa rayada de la lata de galletas que nos ofrecían un carruaje con una princesa, o sea la chica del trapecio, con una corona, asegurándome

—Somos amigas lo juro

y aunque me apeteciesen no cogía las galletas para que ella se las pudiera comer cuando entra hambre por la noche y no se encontrase la lata vacía, yo a los pinos, admitiéndolo, avergonzada

—Profesora sí

segura de que no me creerían, no hay profesores con once y veinte años, o seis o catorce, o dos y cincuenta y ocho, con el trapo de la cocina al cuello

—No sé cómo lo haces pero siempre te manchas

el bastón de mi abuela perforaba la tarima con dificultad al acompañarla, debería besar el bastón, no a ella, mi abuela una cosa enorme que usaba el bastón, morir es cuando hay un hueco libre en la mesa, disimulado con las sillas apartadas, y nosotros esperando a que mi hermano mayor aparezca y se sorprenda sin decidirse

—¿Y dónde me siento yo ahora?

algunas veces le pongo el plato con la cena, mi marido

—¿Tenemos visita?

yo

—Sí

sin escuchar la pausa que se va convirtiendo en enfado ni el plato en el suelo, mi marido barriendo los cubiertos y el vaso

—¿Te importaría decirme a quién has invitado?

y yo sabiendo perfectamente que era al hermano mayor al que no llegué a tiempo de proteger, al sordo le conseguí trabajo, al loco le pago el alquiler, a la madre le transfiero dinero todos los meses, el hermano mayor que se metió en el mar hace siglos por culpa de la guerra de África, y si ya perteneciese a la familia no tendría más remedio que sacarlo de las olas, sostengo a su parentela y mi mujer me lo agradece con tonterías como esta, un plato para el difunto y yo a pagar que el sueldo de profesora es una miseria, qué vi en ella cuando nos conocimos, la ropa un desastre, la manía de hablar con las cosas, hasta cuando se quedó embarazada se equivocó en el sitio donde se pone al niño, tras la operación el doctor

—No puede tener más hijos

yo

—No puedes tener más hijos

y ella en la cama dormitando, la única frase que le escuché fue

—¿Son las once y veinte o las seis y catorce?

apartando la cara

—Con bigote no

y ahora sola en la playa despidiéndose de una ruina vacía, buscando el pasado en los pinos o sea un padre borracho susurrándole

—Niña

un hipopótamo que tiró a la basura y yo, sin obligaciones, aguantando a la familia, una casa de playa barata en lo alto del pueblo, con la bicicleta del hermano mayor, ella

—Solía llevarme en el cuadro

pudriéndose en el garaje, mi madre de repente más grande, sosteniendo unos tirantes azules

—Ponte el bañador y cállate

yo con miedo a que mi padre, contento con un culo de botella en la despensa, dejase de controlarme por ser grande, aunque él, a la entrada del cuarto, reconociéndome y yo feliz, para usted soy niña

—Una señora niña bravo

a medida que, el grifo que necesitaba una zapatilla nueva, iba goteando explosiones en el lavabo, mi madre

—Si tuviese dinero ya lo habría arreglado hace meses

y de repente la sospecha atroz

—¿Somos pobres?

de aquellos que pintan los zapatos en vez de darles lustre y cenan, defendiéndose con los codos de la codicia ajena, una manzanita en la terraza, con pepitas y todo, doy clases de portugués en un colegio, mirando alrededor por miedo a que se la roben, la manzana comida hasta el rabito, que también se mastica, y la inspección de la cazuela, inclinada a un lado y al otro con la esperanza de que algo de sopa de la víspera, si encontrasen la lata de la trapecista se la comían y la trapecista a mí, los alumnos no me respetan

—¿Qué hago si me despierto en mitad de la noche?

si me despierto en medio de la noche tengo el mar, por no mencionar a Ernesto, jaleo todo el tiempo, se levantan, se sientan, la trapecista leones moribundos y payasos sin nariz discutiendo, cuando envejezca la colocan, con sus pulseras exuberantes, en la taquilla o ayudando al ilusionista que saca palomas de las manos vacías, perfeccionando las cabezas con la punta de los dedos, hasta que el martillo neumático volvió al trabajo, desorganizándome las ideas, y el mundo saltando a mi alrededor cambiándome los recuerdos de sitio, mi hermano no sordo en un barco a África, con centenares de compañeros de uniforme verde, todavía sin dientes grandes y las patas tiesas, esto en enero, frío, el Tajo gris balanceando restos, recuerdo una canasta de mimbre y cadáveres de gaviotas, si solo fuese levantarse y sentarse, imitan a los animales, se ríen, no pude encontrar a mi hermano no sordo en la cubierta, no sé si debido a la niebla o a un remolcador que arrastraba un buque, mi madre le enviaba chocolate, conservas, en el caso de que la vecina de sombrilla cerca

—¿Ya ha visto qué cruz?

una mañana en Alcántara agitando mangas hasta que solo el río, mi hermano sordo no existe, existen el agua y los pájaros, la mayor parte protegidos en un hueco de un almacén, la gente en el muelle se fue marchando y yo soltera, había un retrato de mi padre, si me pedían salir cambiaba de tema, uniformado, o respondía

—Después hablamos

en el álbum y, escrito debajo, En Tomar, con una fecha que no se entendía puesto que un dedo índice sobre la tinta fresca, dos fulanos con él junto a una puerta que anunciaba Enfermería, mi padre

—Este de aquí Fernandes el otro la memoria tiene estas cosas ya me acordaré

al día siguiente, a la hora de la cena, una exclamación de triunfo

—¿Osório?

hasta que el álbum sacado del cajón, el meñique en la fotografía

—Osório

y una historia, llena de afluentes y ramificaciones, en la que nos perdíamos, sobre cómo Osório se aplastó una falange en los puestos de tiro, le amputaron el anular y se casó con la alianza en el meñique, mi padre, victorioso

—La novia Cândida el padrino Abel

la interrogación pensativa

—¿Qué habrá sido de Osório?

la vida de Osório, el destino de Osório, el propio Osório instalado en medio de la bandeja de cordero, incómodo, tímido

—Perdonen

deseando disolverse en el álbum disimulando la falta de la falange con la otra mano, el álbum, abierto sobre la mesa, cubría varios platos, mi madre

—Hay un mosquito muerto en esa página

y Osório disminuyendo en el interior de la página mientras mi madre se levantaba apartando la silla

—Ese bicho me ha quitado el apetito

Osório avergonzado y de hecho, en cada gesto, una falange menos

—¿Un mosquito de Tomar?

las personas se marcharon y nosotros todavía en el muelle, convencidos de que el barco volvía o, por lo menos, mi madre con la esperanza de que el barco volviese

—Puede haber una avería en las máquinas

mi padre llevó a Osório y a Fernandes al cajón, con Tomar y la boda en la cabeza, Fernandes y él expulsados en los brindis, dándose empujones por toda la avenida, amiguísimos o enemigos, Fernandes vomitando de rodillas en la plaza, mi padre cantando, ayudándole a ponerse derecho y los dos vomitando, promesas de mantenerse unidos al acabar la mili y no volvieron a verse, le escribió meses después y la carta devuelta, No Vive Aquí, mi padre contemplando el sobre, sospechando

—Me ha dado una dirección equivocada

y después mi madre, y después los hijos, y después los empleos, partes de superiores, partes de clientes, jefes feroces dando con el lápiz en la mesa

—¿Usted no sigue un tratamiento?

un empleo más modesto, otro empleo, cuando nació mi hija, y me dijeron que una hija, juré que, este de aquí Fernandes que nunca respondió, el otro, la memoria tiene estas cosas, la cabeza es caprichosa, ya me acordaré, no bebía durante dos meses, tres, dos meses y unos días, no muchos, dos meses y seis o siete días y un desasosiego, una sed, charlaba con mi hija en la cuna convencido de que me escuchaba incluso cuando dormía

—No puedo

terminé llevándome una botella a la agencia de viajes que me cogió de escribiente, solo para mirarla, abría el cajón y lo cerraba corriendo, una tarde le quité el sello, otra tarde el plástico que protegía el corcho, otra tarde pasó no sé qué con la telefonista, el director plantando la botella en la mesa

—Desgraciado

la telefonista con él, con pinzas en el pelo y lo que parecía un descosido en la blusa notándosele la piel por debajo

—¿No lo había dicho?

las olas al fondo, justificándose por mi hermano mayor

—No tuvimos la culpa

no me importa que no hijos, me importa la voz de los pinos, me da la impresión de que los mirlos, mi madre volvió a la mesa cuando cambiaron el mantel y Osório a mi padre

—Si me avisases no molestaba a nadie

morir es cuando hay un hueco libre en la mesa y la mesa de la cabeza de mi padre vacía, él solo, ahora entiendo que nos diera la espalda, señor, nadie estaba con usted quitando un mosquito de un álbum y un par de reclutas anulados por el tiempo, la convicción de que los mirlos en el pozo puesto que un arbusto agitándose, de niño discursos y discursos, ahora solo se agitan, una vez una serpiente azotando las hierbas, con la lengua entrando y saliendo como mi marido ciertas noches y yo con miedo

—No

mirando fijamente el techo

—No

mi padre

—Niña

solo, mi marido apretándome, abrazos, refunfuños, el cabecero de la cama torcido, uno de mis zapatos puesto

—Espera

sin entender el motivo por el que las flores quietas en los jarrones, el copón de los collares tranquilo, los refunfuños cada vez más fuertes, rodillas que se encajan en las mías, un pendiente me saltó de la oreja y dónde estará la tuerca, creí verla en una arruga de la sábana y la perdí, los labios, sin que los hubiese autorizado

—No me hagas daño

sorprendidos de hablar, la serpiente no azotando las hierbas y después no en mí, a mi lado en el colchón, mi hermano mayor le tiró una piedra y la trajo meneándose en un palo, yo no tiré ninguna piedra, buscaba la tuerca a gatas pensando cada vez veo peor y el médico mandándome descifrar mayúsculas en un rectángulo iluminado, levantando almohadones, examinando la colcha, cómo desaparecen las cosas por maldad, cogiendo la lamparilla de vez en cuando, también por maldad, daba chispazos, para buscar bajo el colchón, polvo, una cucaracha panza arriba, el capuchón de un bolígrafo con señales de dientes que me dejó intrigado porque no los muerdo, la tuerca al final en una ranura, se refugió allí mientras buscaba en la tarima, descubrí que en la casa de la playa mi hermano sordo me espiaba al desnudarme, sentía su respiración, abrí la puerta de golpe y se fue, desde entonces me miraba perplejo, o yo de más o ella de menos, introduciendo los dedos en los pantalones para compararse conmigo, cuál de nosotros no es normal, mi madre me amenazó con la tijera y mi hermano sordo, erizado, de rodillas, siempre que una perra en celo lo acompañaba en la playa los otros perros detrás, deseando entenderlo, incluso con el álbum cerrado se escuchaba a Osório, mi padre

—Es verdad Osório

perdonándose

—No me fijé en el mosquito señora

mi padre, por amistad

—No tuvo la culpa el pobre

he venido a despedirme de esta casa, o a despedirme de mi hermano mayor, o a despedirme de mí, el día veintiocho de agosto él y el burro en el mar, los arriates abandonados, la pila de la ropa con una de las patas rota, cuántos años hace que no escuchaba a los pinos y no volveré a escucharlos, solo a los alumnos en Lisboa y a la señora del tercer piso, hablando sola de las miserias de la vida, a la que de vez en cuando visitaba su hermana gemela, con un sombrerito y una cajita de pastas, colgando del dedo a través de una argolla de cordel, seguían discutiendo a quién le pertenecía la cubertería de sus padres hasta que la del sombrerito daba media, veintiocho de agosto, vuelta furiosa, una vez me dio la cajita de pastas que no había manera de soltar del dedo

—Cómetelas niña

y mi padre dispuesto a ayudarla con la guita entorpeciendo más, la vecina iba a la residencia los martes, también con su sombrerito y sus pastas

—¿Cómo estás tú Alfredo?

y el marido, con el ojo derecho enorme, estudiándola con odio, no anda, no habla, redondea el párpado en combustiones silenciosas, nunca imaginé que pudiese haber un enfado tan grande, una empleada le daba la merienda y al tragar el ojo crecía, tal vez mi hermano no sordo viva en algún tugurio, un día de estos me lo encuentro en la acera esperándome, el marido un salto y la vecina y yo retrocediendo aterrorizadas, la cubertería

—Prefiero morir a ceder en esto

media docena de cubiertos oxidados en un estuche

—El regalo de bodas del señor secretario de Estado a mis padres

y yo intentando imaginar qué significaba secretario de Estado, la vecina señaló a un caballero digno en la pared

—Portugal empezó a consumirse cuando él murió

y el caballero de acuerdo con ella, veintiocho de agosto, aunque chiquita nunca olvidé la fecha, en una voz plena, autoritaria, que en otro tiempo dilataba el país

—Es verdad

los cubiertos ni siquiera de plata, de estaño, cómo sería el marido, que según la vecina no fue ingeniero por poco, antes de que el ojo creciera, he venido a despedirme de mí, la primera vez que, a los doce o trece años, enterré las bragas en la arena para que mi madre no lo notase y lo notó, se encerró conmigo en el cuarto de baño, yo pensando

—Me va a echar un sermón

y ella

—Dónde has puesto las bragas

no

—Niña

como mi padre, solo

—¿Dónde has puesto las bragas?

a la mañana siguiente cavé en la playa, en el sitio donde las dejé, y no estaban, en el interior de mi vientre algo que molestaba, no dolores, pinchazos y la fantasía de que mis huesos más anchos, quién soy ahora, si por casualidad mi padre

—Niña

qué le respondo, no me atrevo a decirle, debe de sentirse el olor porque huele, mi hermano sordo evitándome, yo por la arena perseguida por perros, me apetecía no ser yo, me apetecía esconderme, me apetecía huir

—¿Se darán cuenta al sentarme a la mesa?

mi hermano mayor dejó una carta, apoyada en el jarrón, el mes siguiente a que lo llamasen a la mili, el cartero le dio un resguardo a mi madre

—Tiene que poner la hora señora

que pasó eternidades leyendo, presentarse a las nueve de la mañana del día siete de octubre, enrollándose un mechón de pelo en el meñique, mi madre dudosa

—¿Dónde pongo la hora?

no el bolígrafo de mi madre, el que estaba prendido en la solapa del cartero con una cinta, a lo mejor fue el capuchón de ese el que encontré bajo la cama, morir es cuando hay un hueco libre en la mesa, al volver de clase mi hermano mayor

—¿Qué es eso?

apartando incluso las sillas para disimularlo se nota la ausencia porque el cuadro más a la izquierda y el aparador más lejos, mi hermano mayor

—No voy a ir a ninguna guerra

sobre todo el cuadro más a la izquierda y el agujero del primer clavo, en el que el marco no quedó bien, a la vista, mi hermano mayor giró la cabeza hacia mí por un instante y volvió a la convocatoria, un tiempo antes un conocido de mi padre, que trabajaba en un empleo misterioso, haciendo callar a la gente en la pastelería Tebas, previno

—Si su chico sigue por ahí conspirando contra la Patria puede ser que nos cansemos

mi hermano mayor poniéndose colorado

—Debe de estar equivocado

con papeles bajo el paño del cajón, un amigo con un mono esperándolo en una esquina, un toque rápido al teléfono, mi hermano mayor

—Ya vuelvo

y un coche esperándolo en la plaza, mi padre de camino a la despensa

—¿En qué andas metido?

y botellas unas contra las otras, una caja crujiendo, una conserva en el suelo, mi madre

—¿No tienes vergüenza?

la seguridad de que todos sabían lo que me pasaba y hablaban de mí, observándome, si me ponía perfume el olor más fuerte, se habla de forma diferente esperando una voz que no llega, se come de forma diferente dejando una ración en la fuente de la que nadie se sirve, los codos de los demás no nos estorban y necesitamos que nos estorben, olía a mi madre y a doña Alice y no encontraba nada, doña Alice a mí, sin acordarse de echar las sábanas a la lavadora, oliéndose el mandil por turnos, los brazos

—¿Algo raro?

el sobrino del riñón flotante amontonado en un banco porque le cansaba andar

—No lo operan en el hospital

mi hermano mayor rompió la convocatoria del ejército y mi madre

—¿Estás loco?

mi padre, volviendo de la despensa, lo presenciaba frunciéndose, no se irritaba con nosotros, leía el periódico, observaba el techo o desmenuzaba una rebanada en el mantel sin coger el pan, mi hermano sordo dejó de comer en la bandeja y articulaba una frase, en un tono parecido al de las muñecas, monótono, lento

—Ata tita ata la tía ató

esto con esfuerzo del cuello y acabando sin aliento, mi madre bajito, en el tono de antes de las lágrimas

—Dios mío

luchando para impedir que subiesen, comiéndolas con el guiso, se notaba que lágrimas porque masticaba agua, el carrusel del ocho perdido, el tipo del Pozo de la Muerte abandonando el estrado y la motocicleta un cadáver

—La máquina se ha fastidiado

ni una greña al quitarse el casco, mi madre, desilusionada

—Es muy viejo

le faltaba un diente, aceptó un pajarito con pan en la caseta de las comidas, le dijo al dueño de la atracción de los espejos

—Qué risa qué risa

que deformaban a las personas

—Estoy hecho polvo

mi madre se quedaba allí clavada, la cabeza enorme y el tronco minúsculo o toda ella delgadita mientras un disco de carcajadas sin alegría, al final siempre la misma, como cuando nos hacen cosquillas y nos retorcemos, giraba saltando espiras y aterrando a los clientes, coja a la abuela, madre, abrace sus piernas

—¿Soy como salgo ahí señora?

la abuela, también flacucha, abrazándola a su vez, tenían que llevárselas a la calle donde se tocaban para comprobar cómo eran

—¿De verdad estoy como antes de los espejos?

el dueño de la caseta en la puerta, indiferente al sufrimiento de los clientes

—Qué risa

con la cabeza enorme y el tronco minúsculo, lo que le hizo la profesión, mi hermano no sordo no daba noticias de África, mi madre iba a preguntar a un palacete de militares que consultaban registros

—Por lo menos no consta en la lista de fallecidos

cinco o seis meses después una carta, la abrieron y en la hoja ata tita ata la tía ató, sin nombre ni fecha, mi madre mirando a mi hermano sordo que se disculpó de inmediato en su vagar uniforme, no articulando, escribiendo letra a letra con la lengua, qué intrigante una voz que se transforma en lápiz

—Oyes cómo sopla el viento abuela

en esa época yo comprometida, ya profesora y todavía agobiada con el olor, escapando de los perros y de los hombres con ojos más grandes, no solo uno, los dos, que el del marido de la vecina de la residencia, mi hermano sordo

—Los gatitos no arañan a los niños

era recadero en una oficina llevando procesos de una mesa a otra, mi madre decepcionada con la vejez del tipo del Pozo de la Muerte, tirando de la manga de los adultos

—Quiero irme

alrededor de la feria demasiada noche como siempre al alejarnos de las luces y probablemente ninguna jirafa, escapada del carrusel, en los matorrales, mi hermano no sordo no repitió las noticias, mi madre convencida de que una de las jirafas iba hacia ella, zozobrante, sobre tablas sueltas que la hacían temblar, además de jirafas búfalos, cebras, un empleado que saltaba de animal en animal cogiendo las entradas y las carcajadas de los espejos burlándose de ella hasta casa

—Qué risa qué risa

cuando el yermo se transformó en edificios y calles, nuestra puerta impidió que se acercaran los animales, inclinados hacia delante o hacia atrás, con grandes pestañas, inestables, con una barra de hierro atravesándoles el cuello para agarrarnos a ella y otra en la barriga para apoyar los talones, guirnaldas de ampollas coloreaban la piel, soy verde, soy lila, soy azul, soy verde de nuevo, cuando se paró me quedé lila, un metro más y azul, mi padre pensando en la botella

—¿Todavía te acuerdas?

mi hija profesora, mi hijo no sordo en la consulta de los nervios de la guerra, le dejábamos la bandeja en la mesa adonde venía a comer cuando nadie en el salón, no podíamos hablarle ni verlo, tapó la cerradura con papel, no nos respondía, doña Alice tenía prohibido entrar y mi madre

—¿Ya ha visto qué cruz?

el mar y los pinos sin dejar de mirarme, una gaviota que sube junto al tejado disolviéndose en el bosque, recuerdo una de ellas en un cable de teléfono con un pez en el pico, qué les pasó a los gitanos, en este momento, por ejemplo, siento el olor en mí, seguro que si busco en la arena encuentro las bragas, los cristales de las ventanas sucios, yo sucia, los alumnos examinándome por encima de los cuadernos, descubriendo la diferencia como mi marido descubría la diferencia

—Hay algo aquí

mi madre

—Vas a tener esto años y años

y ganas de que un burro de los gitanos o yo, morir es cuando hay un hueco libre, se nota incluso apartando las sillas para disimular, cayese de las rocas, mi hermano mayor

—Niña

intentando enseñarme lo que no entendía, seguro que me tocó en el hombro antes de bajar a la playa, seguro que una frase formada con el dedo en el postigo del garaje, allí estaba la cuna, la bicicleta torcida, basura, allí estaba mi hija acercándose al postigo, allí estaba la despedida de mi hijo mayor y no necesité descifrarla porque mi hija miró las marcas del dedo anunciando

—Ata tita ata la tía ató

mientras el hermano mayor o ella, y cómo duele hablar de ello, se desvanecían en el mar.

cap-4

3

Ya no conozco aquí a casi nadie, las personas fueron vendiendo las casas o envejecieron y se convirtieron en otras, donde estaba la taberna del señor Franquelim una farmacia, donde estaba el zapatero una tienda de artesanía, llena de barros y mimbres, el chalet del italiano se mantiene pero deshabitado, sin cortinas, con los girasoles secos, yo que hablaba con ellos y me respondían, las decenas de intimidades que les conté en secreto y los girasoles

—No te enfades

de mi familia, de lo que me pasaba, de mí, uno de los socorristas de cuando era niña sentado en un banco, a la entrada del bar del futbolín, con las muletas al lado, periódicos extranjeros en el quiosco, postales en inglés en un árbol de Navidad enorme de alambre y la esposa del señor Manelinho en la barra, con el pelo blanco, sin conocerme, gorda, qué ha sido de su perra, siempre al sol, con la mandíbula en las patas, que nunca la vi moverse, nos miraba dispuesta a decir lo que quiera que fuese, se lo pensaba mejor, lo dejaba

—¿Para qué?

y yo toda la tarde pensando en lo que le habría venido a la cabeza, detesto que no terminen las frases o se arrepientan de ellas, no me vengan con disculpas

—No era importante

dejándome en suspense imaginando, sin descubrir nada

—¿Qué ha sido de su perra señora?

y la esposa del señor Manelinho buscando mi cara verdadera por debajo de esta, si sonriese tal vez se le encendiera una bombilla en la cabeza claridades difusas

—Vivías ahí arriba más allá del ingeniero ¿verdad?

más allá del ingeniero y de la colonia de vacaciones, con infelices con babi detr

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