INVIERNO
1
Tima
Siempre hay indicios de que algo está llegando a su final.
Siempre.
El beso entre los protagonistas en una comedia romántica; el tintineo de la cucharilla al chocar contra el fondo del bote de Nutella; el descubrimiento del asesino en una novela de misterio; los bises en un concierto de rock… Siempre hay pistas que te indican que se acabó, «c'est fini», «the end», «game over», «esto es todo, amigos».
Otra cosa es que queramos darnos por enteradas.
Esa es otra historia.
Y no es esta historia.
En ocasiones, cuando tenemos una decisión frente a nosotras y después de mucho pensar sobre posibles soluciones, conseguimos reducir las opciones a dos: hacer algo al respecto o no hacerlo.
Y, siendo como soy, no voy a engañarme, tengo que hacer algo. Necesito hacerlo, sobre todo, porque ya no soy feliz.
Ignoro si el camino que voy a emprender a mis cuarenta y cuatro años es el correcto. De hecho, ignoro incluso si tendré el valor para emprenderlo. Sólo sé que a veces pienso en emprenderlo. Cada vez con mayor frecuencia.
La idea está ahí, plantada en mi cabeza, germinando día tras día. Nutriéndose con el riego de mis esperanzas y deseos, abonada por lo que podría ser el resto de mi vida, lo que podría llegar a suceder.
Por otro lado, también están ahí intentando entorpecer su crecimiento la incertidumbre, el miedo, el dolor, la culpa, la frustración, el cabreo… Ahora, hacia quién dirigir cada una de esas emociones no lo tengo tan claro. No sé si el objetivo es él o soy yo misma.
Lo que está claro es que mi matrimonio se arrastra por el suelo como un animal herido de muerte, uno que deja un rastro rojizo y embarrado a su agonizante paso; uno en cuyo pelaje encrespado resaltan heridas abiertas, húmedas, todas ellas fatales; uno al que se le escapa la vida por sus cortes con cada exhalación que se atreve a dar, sin darse cuenta de que cuanto más rápido respire, antes morirá; uno de esos a los que su manada deja atrás para que muera de forma discreta, solo, en silencio y sin molestar.
Y la discreción nunca ha sido lo mío.
No sé cuándo empecé a darme cuenta de esas señales que indicaban el final de mi vida marital. No tengo ni idea de cuándo comenzó el colapso de lo que yo, hasta ese momento, había llamado «mi vida».
Sí sé, no obstante, cuándo empecé a hacerles caso.
2
Tima
Me desplomo a su lado agotada y sudorosa, con las endorfinas bailoteando en mi interior como adolescentes en una discoteca. Lo normal si considero el polvazo que acabamos de echar.
Me retiro el pelo del rostro con un gesto de la cabeza y apoyo el dorso de la mano en la frente, saboreando el momento.
Él intenta abrazarme y, antes de que consiga hacerlo, me doy media vuelta rechazando su muestra de cariño. Ahora mismo no me apetece charlar con él, sólo quiero dormir.
—¿Qué ocurre? —pregunta David—. ¿Estás enfadada? ¿No te ha gustado?
—No, no es eso. He tenido un día muy duro, estoy cansada —replico con más sequedad en la voz de la que me hubiese gustado.
—Si no te apetecía, no tenías más que decirlo…
—Claro que me apetecía, no te preocupes. En serio, sólo estoy cansada. —Esta vez intento envolver mi tono en una capa de azúcar por aquello de rebajar la tensión que yo misma he creado.
Él no dice nada más, pero noto su confusión y su recelo. Siempre que hacemos el amor solemos hablar un rato, de todo y de nada, de cómo nos ha ido el día, de planes para el fin de semana, de él, de mí.
Una vez atravesamos las puertas del dormitorio, dejamos todo lo demás fuera, sólo somos él y yo: David y Tima. Un hombre y una mujer. No somos la madre y el padre de Jorge, ni la pintora y el arquitecto; en nuestra habitación somos la persona de la que se enamoró el otro. Es algo que nos propusimos cuando nos casamos, volver a ser nosotros en la cama, ya que, fuera de ella, la vida se iba a encargar de darnos otros papeles.
Hasta hoy.
Hoy ha sido diferente.
O lleva un tiempo siéndolo.
No sé qué ha cambiado, ya no me gustan tanto esas conversaciones que antes llegaban a durar horas y nos obligaban a levantarnos al día siguiente con las ojeras destacando como charcos sobre el asfalto. Porque, claro, el despertador continuaba sonando a la misma hora de siempre. Una hora que, si me preguntan a mí, siempre me pareció muy temprana. Y, aun así, sonreíamos. Sonreíamos continuamente. Sonrisas sinceras y abiertas que se trasladaban a nuestra mirada.
Sonrisas enamoradas.
No quiero que se me malinterprete, me encanta el sexo con David, me encanta follar con él, me encanta cómo es en la cama, cómo me hace sentir y, sobre todo, lo mucho que me hace disfrutar.
No, ese no es el problema. Creo que es de las pocas cosas que siguen funcionando en nuestro matrimonio.
¿Quiero a mi marido?
Sí, supongo que sí.
¿Sigo enamorada de él?
Esa es la cuestión.
Nos hemos convertido en una de esas parejas que se mueven por la inercia de la costumbre.
Me aburro con él.
Me aburro.
Ya lo he dicho.
Y el aburrimiento es una de las peores emociones que puedes sentir cuando estás con la persona con la que se supone que has elegido pasar el resto de tu vida.
Escucho su respiración regular, noto el peso de su cuerpo junto al mío, le miro por encima del hombro y decido que ya se ha dormido. Ni sé el tiempo que llevo dándole vueltas a todo esto que me está sucediendo.
Giro sobre mí misma para verle mejor. Observo la silueta de David, ahora inmóvil, y acerco una mano a su rostro. Siempre me ha gustado recorrer su perfil deslizando un dedo suave por su contorno. Solía empezar en el nacimiento del cabello e ir descendiendo con lentitud por la colina de su frente; a continuación, afrontaba la escalada hasta la cima de su nariz, la única manera de llegar a la siguiente etapa, los labios, ahora relajados y entreabiertos, carnosos y deliciosos. El camino solía terminar en la barbilla, en la que mi índice tomaba un desvío para darse un paseo por su mandíbula y serpentear después hasta su pecho, amplio y musculoso, y de ahí… Al infinito o más abajo.
Esta noche retiro la mano antes de rozarle siquiera. No quiero despertarle. Eso supondría tener que responder sus preguntas y rezar por que no hiciese las correctas.
Me conformo con hacer el recorrido con la mirada. Me recreo unos instantes en sus pestañas, que, con los ojos cerrados, acarician la parte alta de sus mejillas. Siempre las ha tenido muy largas, y hago todo el camino acabando en su vientre. Tiene la costumbre de arroparse tan sólo las piernas, lo que me permite disfrutar del espectáculo de su figura desnuda. Más de una noche de insomnio, al darme la vuelta en la cama y verle, no he podido —o no he querido— evitar despertarle con mis caricias. Como decía, el sexo nunca ha sido un problema.
Reprimo un suspiro de tristeza.
La verdad es que David está muy bueno, a sus cuarenta y seis años sigue conservando el mismo cuerpo que tenía a los treinta… Sus horas de gimnasio le cuesta. Y el pelo, también conserva ese cabello ondulado y castaño, con algunas canas ya, que es la envidia de la mayor parte de sus amigos, al menos, de aquellos que con el paso de los años han ido dejándoselo por los recovecos de la edad.
Sí, David está muy bueno.
Recuerdo cuando le conocí.
Nos presentó una amiga común.
Él estudiaba Arquitectura y yo Bellas Artes, era dos años mayor que yo. También era el tipo más crujiente de aquel lugar.
Poco después de entrar en el piso de mi compañera de clase, mis ojos se cruzaron con él. Charlaba con un grupo de otros tres invitados, dos chicos y una chica, sosteniendo un vaso de plástico en la mano. Se apoyaba en la pared de manera relajada y reía a carcajadas. Hasta mí llegó el sonido de su risa y mis ojos viajaron hacia la procedencia del sonido.
Elena, mi amiga y anfitriona de la fiesta, siguió la dirección de mi mirada y una sonrisa rasgada se extendió por su rostro.
—Está bueno, ¿eh? —preguntó dándome un codazo—. Ven, que te lo presento. Es David, un amigo de mi hermano. Le conozco desde que tengo uso de razón…
Por supuesto, no me negué.
—¡David! —llamó Elena arrastrándome al centro del salón y agitando una mano en el aire para llamar su atención—. ¡David! ¡Ven! Quiero presentarte a alguien.
Él volvió la cabeza en nuestra dirección, sus ojos saltaron de Elena a mí y se aproximó a nosotras con paso seguro y una sonrisa preciosa tatuada en sus rasgos.
A su espalda vi que por el rostro de la chica del grupo con el que había estado charlando se extendían la contrariedad y el fastidio. La verdad, no me importó mucho.
El sonido de los Red Hot Chili Peppers y su Otherside llenaba el ambiente a un volumen dos puntos más alto de lo que habría sido recomendable para la salud auditiva, pero éramos jóvenes, qué más daba. El disco acababa de salir y marcaba casi el final del curso. Celebrábamos haber sobrevivido un año más en la universidad.
En aquel momento no sabía que aquella canción me recordaría a él.
Se acercó al ritmo de los acordes y sonrió de nuevo, observándome con curiosidad.
—Mira, esta es Tima, somos compañeras de clase —nos presentó Elena—. Tima, este es David.
—¿Tima? —La curiosidad se había transformado en interés.
—Sí… Bueno, es una historia muy larga —repliqué sintiendo cómo el calor subía hasta mis orejas.
—Tengo tiempo. —Ojeó un inexistente reloj en la muñeca.
—Tima, qué quieres tomar, que te lo traigo —interrumpió Elena.
—No, voy contigo —dije sacando de mi mochila la botella de ron que había comprado para la fiesta.
—Ni hablar, tienes que Contestar a su pregunta… Ron cola, ¿no? —Mi amiga se hizo con la botella que yo todavía sostenía y la agitó frente a mi cara.
—Sí… Claro… Gracias.
No sé si me escuchó, porque ya se alejaba en dirección a la cocina para preparar las bebidas.
Me volví para enfrentarme a David. Sus ojos se clavaban en mí con intensidad. Reí para relajar el ambiente.
—Bueno, qué —dijo—. ¿Me vas a explicar de dónde viene ese nombre tan… original?
Suspiré antes de contestar.
—Sí, claro… A ver, mi madre y mi padre estudiaron los dos Arte, de hecho, así se conocieron —comencé casi aburrida. A los veinte años ya había explicado el origen de mi nombre demasiadas veces—. Él comenzó trabajando en un museo… Luego se pasó a la publicidad y mi madre tiene una galería de arte… Ya sabes, son creativos y esas cosas… Así que cuando me tuvieron, les pareció buena idea llamarme Timarete, que es el nombre de una de las primeras mujeres pintoras de las que se tiene noticia en la Antigua Grecia… Nunca consideraron que yo me pasaría el resto de mi vida dando explicaciones… Pero bueno, esa es otra historia.
—Y también te dedicas al arte… O te quieres dedicar, ¿no? —quiso saber.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno, eres compañera de Elena y ella estudia Bellas Artes…
—Ah, claro. —Me sentí muy estúpida. Ese chico me ponía nerviosa. Mucho.
Por suerte, en aquel instante apareció Elena con un vaso en cada mano. Me tendió uno y volvió a desaparecer entre la gente antes de que pudiese siquiera darle las gracias.
Escuché la risa de David a mi espalda.
—Parece que Elena tiene un plan para ti… Siempre ha sido igual, le encanta emparejar a la gente.
—Algo sabía de eso —dije riendo yo también—. He perdido la cuenta de las veces que ha intentado liarme con alguien.
—¿Alguna ha funcionado?
—No. Jamás. Sus amigos suelen pudrirme el alma. Demasiado pijos para mi gusto.
—¿Hasta ahora?
—Ya veremos —repliqué riendo de nuevo.
No funcionó. O, al menos, no tal y como Elena había planeado en su cabeza. Aquella noche, por supuesto, nos enrollamos; sin embargo, no fuimos a más, no nos hicimos pareja, no compartimos palomitas viendo una película en el cine ni paseamos cogidos de la mano por las calles de Madrid. Nada de hacer del lunes otro sábado ni de cruzar en rojo los semáforos. Ambos teníamos cosas más importantes que hacer como, por ejemplo, acabar nuestras respectivas carreras, ser esclavizados hasta conseguir un primer trabajo con remuneración suficiente para mantenernos y, por fin, convertirnos en adultos funcionales y aburridos como nuestros padres.
Los dos seguimos a la perfección el guion establecido por la sociedad, si bien continuamos coincidiendo durante los siguientes años en las suficientes ocasiones como para, por lo menos, llamarnos amigos.
¿Qué va a ser ahora, tras catorce años casados y un hijo en común, de esa amistad?
No tengo ni idea.
3
Eva
El gato se despidió de Eva con su mirada más rancia y un maullido despechado, seco, casi rencoroso.
—Lo siento, Vader —se disculpó ella—, tengo que salir a ganar dinero para pagar tu comida, tu arena, tu veterinario, tus juguetes y los muebles que destrozas con tus putas uñas.
Avanzó por el pasillo hasta la puerta y se despidió de su piso —y del gato— con un último vistazo al espejo de la entrada. Aquella mañana se había esmerado al elegir la ropa, quería causar buena impresión. Un maquillaje suave y natural, nada exagerado, el cabello castaño recogido en un moño alto medio deshecho, unos vaqueros negros, una camiseta blanca y un blazer oversize gris que le tapaba la zona de las caderas, algo más anchas de lo que a ella le hubiese gustado. Completaban el conjunto unas zapatillas de deporte, por aquello de no ir demasiado arreglada, y un abrigo largo también gris, por aquello de no sufrir demasiado las inclemencias del invierno madrileño.
Asintió frente al reflejo que le devolvió el espejo, cogió las llaves y salió asegurándose de cerrar bien la puerta. Lo último que quería era tener que pasarse la tarde buscando al maldito Vader. Le daba pánico perder la única compañía que tenía cuando llegaba a casa después del trabajo. No era una gran compañía, pero, a veces, sólo a veces, sentía que aquel gato la quería muchísimo. Eso no sucedía muy a menudo ya que, no se engañaba, era un gato y no un precioso y juguetón cachorro de labrador con el que salir de paseo, un ser peludo que te proporcionaba amor incondicional a cambio de unos mimos y abundantes trozos de pollo.
Nada que ver con los gatos.
Eva hubiera preferido tener un perro. Había tenido uno, Mot, en casa de sus padres cuando era pequeña, y le encantaban; no obstante, sus horarios de trabajo no le permitían adoptar uno, así que, ahí estaba, atrapada con un gato antipático que un buen día, cuando ella caminaba por la calle, había decidido que aquella señora que pasaba frente a él era la humana perfecta a la que agraciar con su inestimable compañía.
No, Eva no se engañaba, el gato la había adoptado a ella y no al revés.
El animal, una pelota de pelo diminuta, negra y apestosa, se había arrojado a sus pies cuando iba a entrar en su portal después de ir a comprar palomitas al súper. Eva sólo quería relajarse viendo una película en casa con sus doscientos kilos de palomitas y había acabado pasando la tarde en el veterinario para que le dijesen si aquel bicho estaba sano y le pusiesen las vacunas que fuesen necesarias. No había tenido el corazón tan putrefacto como para dejarlo en aquella acera, solo, abandonado y con las probabilidades de sobrevivir al tráfico de Madrid rozando el cero.
En aquel momento ella no tenía ni idea de gatos, cuatro años después, seguía sin tener ni idea, pero, poco a poco, iba descubriendo más y más sobre ellos.
Primero había aprendido que para bañarlos tienes que tener un máster, ser un experto en krav magá y la piel de la dureza de las escamas de un dragón; después, que había que hacerse con un arenero y limpiarlo veinte veces al día para que la casa no oliese mal; a continuación, que aquel ser minúsculo y negro guardaba el suficiente odio en su interior como para destrozar un sofá bonito, cómodo y de piel sólo por el placer de destrozarlo; y, más tarde, que tú no tienes al gato, el gato te tiene a ti.
Aun con todo ello, adoraba a ese animal insensato y tarado que en mitad de la noche se ponía a maullar con la fuerza de los mares porque le entusiasmaba el sonido de su propia voz. El felino tenía sus cosas buenas, claro, como cuando decidía pasar la noche enroscado a su lado y notaba la calidez de su cuerpecito junto a ella; en esos momentos, Eva sentía el corazón calentito. O cuando la seguía por toda la casa esperando a que ella acabase de hacer lo que fuese que estuviera haciendo para subirse de un salto a su regazo y ponerse a ronronear como un motor al ralentí. O cuando ella estaba triste y él se tumbaba a su lado y le ponía la patita en la pierna… Sí, los gatos tenían sus cosas buenas, pero lo que más apreciaba Eva era eso, la compañía. Llegar a casa y que estuviese allí, esperándola. Escucharse hablar una vez atravesaba la puerta que la separaba de la sociedad. Siempre se ha dicho que hablar solo es de chalados, pero ella no estaba chalada, ella tenía a Vader y a él le hablaba. Él nunca contestaba, pero eso era lo de menos.
Vader era su antídoto contra la soledad.
Eva tenía cuarenta años y había llegado a ellos sin una pareja estable, sin casarse, sin tener que aguantar las tonterías de otro, sin tener que renunciar a nada por tener unos hijos que no deseaba tener.
Había llegado a ellos sola y no se arrepentía de nada.
O eso se decía ella.
Tenía un buen trabajo, un buen piso, un buen coche, unos cuantos buenos amigos, una buena familia y un gato negro.
No solía sentirse sola por más que muchas personas insistiesen en decirle que lo estaba. Nadie de su círculo más íntimo, por supuesto. Ese círculo sabía que esa soledad era buscada, deseada, cultivada con cariño. Y aun así, Eva era humana y, cuando miraba a su alrededor, le era imposible no ver cómo la mayor parte de sus seres queridos vivían o habían vivido en algún momento de sus vidas en pareja: sus padres, su hermano, sus amigas… ¡Hasta muchas de sus compañeras de la oficina! Era inevitable que, de vez en cuando, se preguntase si había elegido la caja correcta, si el premio fruto de su elección era suficiente. Eso sí, muy de vez en cuando. En general, Eva estaba satisfecha con su vida.
Su esfuerzo le había costado.
Descendió en el ascensor hasta el aparcamiento del edificio y, con una sonrisa en el rostro de líneas suaves y redondeadas, se dirigió a su coche. No lo usaba más que para ir a trabajar, ya que la oficina se encontraba a las afueras o para alguna escapada de fin de semana, el resto de los desplazamientos los hacía andando o en taxi, no estaba todavía lo suficientemente loca como para moverse por la ciudad en coche… Y, viviendo al lado del parque del Retiro, ningún trayecto le llevaba más que los proverbiales quince o veinte minutos madrileños. Por supuesto, esos quince o veinte minutos andando solían ser más, pero ya se sabe, en Madrid todo está a quince o veinte minutos andando.
Se quitó el abrigo y lo dejó en el asiento de atrás, donde lo dejaría olvidado hasta el día siguiente. Entró en el coche y, pisando el freno, pulsó el botón de encendido. A Eva le encantaba su coche, un DS 4 híbrido en un rojo cereza brillante y alegre que le había enganchado la mirada nada más verlo. No entendía nada de coches, pero su hermano sí y él le había recomendado —con muchísima insistencia— ese modelo, y con eso a ella le bastaba. Comprarlo le había supuesto pasarse de su presupuesto… Sólo un poco… O mucho, pero ¿para qué estaba el dinero si no era para gastarlo en cosas bonitas? Además, para algo trabajaba. Podría decirse que no hacía mucho más que trabajar. Alcanzar el puesto de directora creativa en una importante agencia de publicidad, con varios equipos a su cargo, le había costado muchos sacrificios, bien podía permitirse un capricho de vez en cuando… Y tampoco salía muy a menudo, así que sus gastos no eran muy elevados.
Era posible que Eva tuviese lagunas en su vida privada, pero, en lo laboral, estaba más que satisfecha.
Solía escuchar música cuando iba al trabajo, siempre la relajaba. Intentaba no ponerse de mala leche a causa del tráfico. Era una conductora tranquila, disfrutaba conduciendo y no se estresaba cuando había atasco, ya que era algo que no dependía de ella. No podía controlarlo. Además, nadie la obligaba a fichar en la oficina, de hecho, muchas veces trabajaba desde casa; no obstante, aquella mañana tenían una reunión con la directora general y el director de marketing de una empresa de cosméticos que se proponía dar el salto internacional y estaba buscando agencia.
La casualidad había hecho que tuviesen su central en el mismo edificio que la empresa de Eva… Y la empresa en la que ella trabajaba contaba, además, con oficinas en las ciudades más importantes del mundo, así que los de los cosméticos habían mantenido una primera reunión con Luis, el director general de la agencia y jefe de Eva, para saber si podían encargarse del lanzamiento.
Como buena profesional, Eva se había preparado a fondo para la reunión estudiando la historia de la empresa, sus valores y sus productos, si bien estos últimos ya los conocía muy bien porque los usaba, y le hacía mucha ilusión poder trabajar con la marca. También había hecho una investigación sobre los mercados en los que pensaban lanzar los cosméticos. Se sentía segura.
Ella actuaría como apoyo al director general. Su papel, de momento, era conseguir que creyesen que estaban contratando a los mejores para sus objetivos. Y eso se le daba de muerte. Siempre presentaba algún concepto gancho, original y potente, pero no demasiado elaborado. Tampoco quería darles el trabajo hecho si decidían contratar a la competencia.
Cuando llegó al parque empresarial dejó el coche en el aparcamiento. El edificio aglutinaba diversas compañías, ellos ocupaban dos plantas. Algunas empresas utilizaban más y otras, apenas un par de despachos.
Subió en el ascensor hasta el vestíbulo y salió por la puerta central del complejo para dirigirse a la cafetería de al lado. No le gustaba el café de la máquina que tenían en su oficina, por lo que solía llevarse un termo con café hecho de casa; sin embargo, aquella mañana no le había dado tiempo y Eva, sin café, no funcionaba. Era su droga y no pensaba renunciar a ella.
Entró en la cafetería, esperó a que llegase su turno y pidió la bebida.
Con ella en la mano y mientras recorría de vuelta los escasos metros que la separaban del edificio en el que trabajaba, sintió que, ya sí, estaba lista para comerse el mundo.
Enfiló de nuevo hacia el interior del edificio de oficinas, en dirección a los ascensores. Si algo tenía claro era que no pensaba subir diecisiete pisos andando. A lo mejor el ejercicio le hubiese venido bien, pero existían ciertas líneas que no pensaba cruzar, una de ellas era lo de subir escaleras a primera hora de la mañana. No en esta vida. Y si de Eva dependía, tampoco en la siguiente.
En ese momento su teléfono sonó. Sostuvo el vaso caliente con la mano izquierda y con la otra rebuscó dentro del bolso sin dejar de caminar.
No sabía que avanzaba hacia el desastre.
4
Eva
¿Dónde estaría el maldito teléfono?
Continuó buscándolo mientras esperaba el ascensor. Ya había dejado de sonar, pero, considerando que nadie solía llamarla tan temprano —todo el mundo sabe que existe una ley no escrita que prohíbe las llamadas antes de las diez de la mañana, a no ser que alguien fallezca—, imaginó que sería importante. O su madre, también podía ser su madre, que desconocía todo lo relativo a leyes sobre llamadas telefónicas tempranas y la telefoneaba un poco cuando le daba la gana, pero Eva no se lo tenía en cuenta.
Las puertas del ascensor se abrieron y de repente lo sintió: un empujón y, sin previo aviso, un líquido más que cálido, ardiente, abrasador, como lava del Monte del Destino, expandiéndose por su camiseta, su chaqueta, sus pantalones…
—¡Joder! —exclamó Eva alejando el vaso de cartón de su cuerpo a la vez que sacaba los ojos del bolso para mirar a la persona que había causado aquella hecatombe.
—Lo siento…, lo siento —se disculpó el hombre intentando sacudirle el café de la manga de la chaqueta y provocando con ello que las manchas se extendiesen todavía más—. No te he visto, perdóname…
Eva se mordió la lengua. Se había formado un corrillo de curiosos a los que aquel espectáculo matutino les había sacado de su zombificada rutina. A pesar de que sentía el cabreo escalar por todo su cuerpo a una velocidad vertiginosa, no le apetecía montar una escena poniéndose hecha una furia, al menos, no de manera gratuita, para que hiciese eso, toda aquella gente tendría que pagar una entrada. En ocasiones, Eva podía ser muy zen.
—Nada, no pasa nada, no te preocupes, estas mierdas pasan —replicó con fastidio intentando rebajar la tensión.
Aquel imbécil le había manchado toda la ropa y ahora iba a ir a la reunión hecha una mamarracha. No le daba tiempo a volver a casa para cambiarse.
—En serio, lo siento, déjame que por lo menos te pague el tinte —se ofreció él con una sonrisa azorada apartándose para que la gente subiese en el ascensor.
El público había decidido que allí y en aquel momento, no iba a haber sangre y, claro, un combate a muerte sin sangre perdía mucho.
—No, no hace falta, si es todo ropa de batalla, nada que no se pueda meter en la lavadora.
«¿En serio siguen existiendo pavos que se ofrecen a pagar el tinte?», pensó Eva divertida mirando al tipo con más detenimiento. Había que reconocer que no era ningún orco, aunque tampoco un glorioso. Alto, de rostro agradable —si bien tirando a normalucho—, algo torpe, como acababa de comprobar, y, eso sí, con una sonrisa de esas que iluminan hasta el día más plomizo.
Eva suspiró, en otra situación podría haber trabajado con aquel material.
—Entonces deja que te invite a otro café… Es lo mínimo que puedo hacer —insistió él.
—Tengo una reunión en diez minutos y voy a pasarlos en el baño intentando limpiarme todo esto.
—Ya… Claro… En serio, lo siento mucho. ¿No hay nada que pueda hacer por ti?
Eso la hizo sonreír; el tipo estaba avergonzado.
—No, de verdad, no pasa nada —miró su ropa—. Seguramente cuando se seque, ni se noten las manchas. —Ni de coña, aquellas manchas iban a pasar el día con ella. Eso lo sabía Eva y, por la manera en la que alzó las cejas, también lo sabía aquel hombre.
Escuchó el campanilleo que anunciaba la llegada de otro ascensor, se despidió del tipo insistiendo de nuevo en que todo estaba bien y se metió en el ascensor.
—¡Lo siento mucho! —volvió a disculparse él cuando las puertas ya se cerraban.
Subió hasta el piso diecisiete y corrió al baño a intentar limpiarse la ropa. Por supuesto, no tuvo nada parecido al éxito en su intento.
Por suerte, los vaqueros habían absorbido el café en su negrura, con lo que Eva se limitó a ignorarlos… El resto de las prendas… Bueno, esa era otra historia. La chaqueta lucía varias salpicaduras más oscuras en la zona de las solapas y en las mangas, pero siempre podía quitársela. Era la camiseta lo que le preocupaba. La camiseta podía ser declarada zona catastrófica sin ningún tipo de problema. Toda la pechera había sido alcanzada por la bebida. No había forma humana de disimular el desastre, por lo que ni siquiera lo intentó. Era una imposibilidad física limpiarla y secarla en diez minutos.
Si trataba de quitar las salpicaduras, tendría que asistir a la reunión en plan Miss Camiseta Mojada 2024 y eso sí que no entraba en sus planes. De ninguna de las maneras. Prefería parecer incapaz de sostener un vaso sin tirárselo por encima a estar toda la reunión con la ropa empapada. Se limitó a frotar con agua las mangas del blazer y a intentar secar toda la ropa, vaqueros incluidos, con el aire caliente del secador de manos.
Ahora la decisión consistía en dejarse o no la chaqueta puesta. Miró el reloj. Quedaban apenas un par de minutos para que comenzase la reunión; no obstante, la sala en la que se celebraba estaba a menos de diez metros, podía permitirse el tiempo que le llevaría resolver su duda. Se puso la chaqueta y estudió su imagen en el espejo. Se la quitó y repitió el proceso.
Vale, se la dejaría puesta. Sin ella su aspecto era demasiado informal y la mancha de la pechera demasiado visible. Con ella, su apariencia era la de una profesional que, o bien había tenido un accidente, o bien era ciega de nacimiento y no había visto los manchurrones de su camiseta al coger la ropa del armario.
Tendría que valer.
Entró en la sala donde se encontraba Carlos, el asistente del director general, preparando lo necesario para la reunión.
—Buenos días, Carlos. —Fue consciente de que los ojos del chico viajaban hasta su ropa—. Vale… antes de que preguntes: me he tirado el café por encima y no me ha dado tiempo a limpiarme. ¿Todo ok?
En ese momento llegó el director general, Luis, y Eva se dio la vuelta para saludarle. Llevaban trabajando juntos más de una década durante la cual ella había pasado por casi todos los departamentos de la agencia, siempre bajo la guía de Luis. Podía decirse que era su mentor y, tras tanto tiempo trabajando codo con codo, habían acabado haciéndose amigos. Buenos amigos. Ella sabía que cuando su jefe se retirase, en no muchos años, la recomendaría a ella para ocupar su puesto… Si es que ella seguía en esa empresa, claro, porque ofertas no le faltaban. Pero le gustaban su trabajo, su sueldo y sus compañeros, y sus perspectivas de futuro eran geniales si se quedaba donde estaba, lo que inclinaba la balanza a favor de estarse quietecita y no hacer tonterías. En el fondo, Eva era bastante conservadora a la hora de cambiar de empleo.
—Buenos días. —El hombre miró a Eva y alzó una ceja interrogante.
—No digas nada, Luis, por favor te lo pido.
—Entonces, sabes lo de tu ropa, ¿no? —comentó él sentándose.
—Algo he oído, sí —replicó Eva con algo muy parecido a un bufido—. Me he tirado el café por encima.
—Por todos los dioses… Así que ¿hoy no tienes tu droga? ¿Estás bien?
—¿De verdad tengo que contestar a eso?
—¿Le pido a alguien que te suba uno? —preguntó su jefe con una sonrisa amable.
Sabía que uno de los momentos preferidos de Eva era el de disfrutar de su café a pequeños sorbitos mientras comenzaba el trabajo del día. Hasta sabía que le gustaba con leche y sin azúcar. Era como un ritual para ella.
—No hace falta —replicó sentándose frente a su jefe con un resoplido—. Creo que podré sobrevivir.
La recepcionista asomó la cabeza para anunciar la llegada de los visitantes. Eva se recompuso en su asiento mientras Luis se levantaba para ir a recibirlos y acompañarlos hasta la sala.
—Eva, te veo luego —se despidió Carlos—. Y no te preocupes, con manchas o sin ellas, lo vas a petar.
Carlos abandonó l
