Long Island

Colm Tóibín
Colm Tóibín

Fragmento

cap-3

1

—El irlandés ese ha venido otra vez —dijo Francesca al tiempo que se sentaba a la mesa de la cocina—. Ha ido a todas las casas, pero te buscaba a ti. Le he dicho que no tardarías.

—¿Qué quiere? —preguntó Eilis.

—He hecho lo imposible por que me lo dijera, pero no ha querido. Preguntaba por ti. Te ha llamado por tu nombre de pila.

—¿Conoce mi nombre?

Francesca sonrió con aire insinuante. Eilis apreciaba la inteligencia de su suegra y su socarrón sentido del humor.

—Lo último que necesito es otro hombre —añadió.

—A mí me lo vas a decir —replicó Francesca.

Las dos se rieron y Francesca se levantó para irse. Eilis observó desde la ventana cómo cruzaba con cautela la hierba húmeda en dirección a su casa.

Larry no tardaría en llegar del instituto y Rosella de sus horas de estudio extraescolar, y luego Eilis oiría a Tony aparcar fuera.

Ese sería un momento ideal para un cigarrillo, pero, tras enterarse de que Larry fumaba, había hecho un trato con su hijo: ella dejaría el tabaco si él le prometía no probarlo nunca más. Aún guardaba una cajetilla en su habitación.

Cuando sonó el timbre de la entrada, se levantó con indolencia suponiendo que sería uno de los primos de Larry, que iba a buscarlo para que saliera a jugar. Sin embargo, desde el recibidor distinguió la silueta de un hombre tras el cristal esmerilado. Hasta que la llamó por su nombre no se le ocurrió pensar que fuera el individuo del que Francesca le había hablado. Abrió la puerta.

—¿Eres Eilis Fiorello?

Tenía acento irlandés, con un leve deje de Donegal, pensó ella, como un maestro que tuvo en el colegio. También la forma en que el hombre estaba plantado allí, como si esperase a que lo desafiaran, le recordó su tierra natal.

—Sí —respondió.

—He estado buscándote.

Su tono era casi agresivo. Eilis se preguntó si la empresa de Tony le debería dinero.

—Eso me han dicho.

—¿Eres la mujer del fontanero?

Ante la rudeza de su tono, Eilis no vio motivos para responder.

—Tu marido es bueno en su oficio. Dicen que está muy solicitado.

El hombre se interrumpió un segundo y miró hacia atrás para asegurarse de que nadie le oía.

—Lo dejó todo bien arreglado en nuestra casa —prosiguió al tiempo que la apuntaba con un dedo—. Incluso hizo algo más de lo presupuestado. De hecho, volvió a menudo cuando sabía que mi mujer estaba allí y yo no. Y es tan bueno en lo suyo que ella tendrá un hijo en agosto.

Retrocedió y sonrió de oreja a oreja al ver la expresión de incredulidad de Eilis.

—Así es. Por eso he venido. Y te aseguro que yo no soy el padre. No he tenido nada que ver en eso, pero estoy casado con la mujer que va a tener a esa criatura, y si alguien piensa que voy a meter en mi casa al mocoso de un fontanero italiano y dejar que mis hijos crean que ha venido al mundo tan decentemente como ellos está aviado. —Volvió a apuntarla con el dedo—. Conque te traeré al pequeño bastardo en cuanto nazca. Y si no estás, se lo entregaré a esa otra mujer. Y si no hay nadie en ninguna de las casas de tu familia, lo dejaré aquí mismo, en tu puerta. —Se acercó a ella y bajó la voz—. Y dile de mi parte a tu marido que, si alguna vez me lo cruzo, iré tras él con una barra de hierro que tengo siempre a mano. ¿Me he explicado bien?

Eilis quiso preguntarle de qué parte de Irlanda era, una forma de pasar por alto lo que acababa de decirle, pero el hombre ya se alejaba. Intentó discurrir algo que decir para llamar su atención.

—¿Me he explicado bien? —repitió el hombre al llegar al coche.

Viendo que ella no respondía, hizo ademán de acercarse a la casa una vez más.

—Volveré en agosto, o puede que, a finales de julio, y esa será la última vez que nos veamos, Eilis.

—¿Cómo es que sabes mi nombre?

—Ese marido que tienes le da mucho a la lengua. Por eso sé cómo te llamas. Le contó todo de ti a mi mujer.

Si hubiera sido italiano o un estadounidense corriente, Eilis no habría sabido juzgar si se trataba de una amenaza que no tenía intención de cumplir. A ese hombre, pensó, le gustaba el sonido de su propia voz, pero advertía en él cierta tozudez, quizá incluso una especie de sinceridad.

En Irlanda había conocido a hombres así. Si uno de ellos hubiera descubierto que su esposa le había sido infiel y de resultas estaba embarazada, no habría aceptado a la criatura en casa.

Sin embargo, en su tierra natal ningún hombre sería capaz de coger a un recién nacido y dejarlo en la puerta de una casa. Alguien lo vería. Un sacerdote, un médico o un policía lo obligarían a llevárselo. En cambio, ahí, en esa tranquila calle sin salida, aquel individuo podría dejarle al bebé en la puerta sin que nadie se enterara. Sí, podría hacerlo. Y su forma de expresarse, la firmeza de su mandíbula y la determinación de su mirada la habían convencido de que hablaba en serio.

En cuanto el hombre se marchó, Eilis regresó a la sala de estar y se sentó. Cerró los ojos.

No lejos de allí había una mujer que llevaba en su vientre un hijo de Tony. Eilis ignoraba por qué daba por sentado que era irlandesa como ella. Tal vez resultara más creíble que aquel individuo tuviera dominada a una irlandesa, porque cualquier otra le plantaría cara o lo abandonaría. De pronto la imagen de esa mujer sola con una criatura acudiendo a Tony en busca de ayuda la asustó aún más que la de un recién nacido abandonado delante de su puerta. Pero enseguida esa segunda imagen, cuando se permitió visualizarla con fría minuciosidad, la puso enferma. ¿Y si la criatura lloraba? ¿La recogería? Y si la recogía, ¿qué haría después?

Cuando se levantó para cambiarse de silla, el hombre que hacía unos minutos había tenido delante, de carne y hueso, vigoroso e imponente, le pareció una persona sobre la que había leído o que había visto en televisión. Sencillamente, no era posible que imperara en la casa una absoluta tranquilidad y de improviso recibiera a aquel visitante.

Si se lo contara a alguien, tal vez sabría cómo sentirse, qué hacer. De golpe le vino a la mente la imagen de su hermana mayor, Rose, fallecida hacía más de veinte años. Durante toda su infancia había podido recurrir, incluso en las crisis más insignificantes, a Rose, que entonces asumía el mando. Nunca le hizo confidencias a su madre, quien, en cualquier caso, se hallaba en Irlanda y no tenía teléfono en casa. Y sus dos cuñadas, Lena y Clara, eran de familia italiana y estaban unidas entre sí, pero no a ella.

Salió al recibidor y miró el teléfono sobre el mueble. ¡Ojalá hubiera un número que pudiera marcar, una amiga a quien relatar la escena que acababa de vivir ante su puerta! No era que el hombre, comoquiera que se llamase, fuera a volverse más real si ella se lo describía a alguien. No le cabía duda de que era real.

Levantó el auricular como si se dispusiera a marcar un número. Escuchó la señal. Colgó. Volvió a descolgarlo, tenía que haber algún número al que llamar. Se acercó el auricular a la oreja y se dio cuenta de que no había ninguno.

¿Sabía Tony que el hombre iba a presentarse allí? Intentó pensar en el comportamiento de su marido en las últimas semanas, pero no recordó nada fuera de lo común.

Subió a su dormitorio y lo inspeccionó como si fuera una extraña en su propia casa. Recogió el pijama que Tony había tirado al suelo por la mañana y se preguntó si debería dejar de lavarle la ropa. Y enseguida se dijo que no tenía ningún sentido.

En cambio, quizá le pidiese que se marchara a casa de su madre y hablar con él una vez que ella se hubiese repuesto de la impresión.

Pero ¿y si se trataba de un malentendido? Obraría mal al mostrarse dispuesta a pensar lo peor del hombre con el que llevaba más de veinte años casada.

Entró en la habitación de Larry y examinó el mapa a gran escala de Nápoles clavado en la pared. El muchacho insistía en que era su verdadera tierra, sin hacer caso de los intentos de Eilis de explicarle que él era medio irlandés, que su padre había nacido en Estados Unidos y que, en cualquier caso, sus abuelos eran de un pueblo situado al sur de la ciudad.

—Zarparon de Nápoles rumbo a América —dijo Larry—. Pregúntaselo.

—Y yo zarpé de Liverpool, pero eso no significa que sea de allí.

Durante unas semanas, mientras realizaba un trabajo escolar sobre Nápoles, Larry se había vuelto como su hermana: fascinado por los datos, se quedaba levantado hasta tarde a fin terminar lo que había empezado. Sin embargo, una vez acabada la tarea, volvió a ser el de siempre.

A sus dieciséis años, Larry era más alto que Tony, tenía los ojos oscuros y una tez mucho más morena que su padre y sus tíos. En cambio, pensó Eilis, había heredado de ellos la costumbre de exigir que se respetaran sus intereses en casa y se reía de las evidentes pretensiones de seriedad de su madre y su hermana.

—Quiero llegar a casa —decía a menudo Tony—, asearme, tomarme una cerveza y poner los pies en alto.

—Yo también —asentía Larry.

—Muchas veces le pregunto a Dios —replicaba Eilis— qué más puedo hacer para que mi marido y mi hijo estén más cómodos.

—¡Menos cháchara y más televisión! —exclamaba Larry.

En las casas de esa calle sin salida, donde Enzo y Mauro, hermanos de Tony, vivían con sus respectivas familias, los hijos, en su mayoría adolescentes, no hablaban con tanta libertad como Rosella y Larry. A Rosella le gustaban las discusiones que podía ganar esgrimiendo datos y detectando fallos en el razonamiento de su interlocutor. En cualquier conversación, Larry solía convertir el debate en una serie de chistes. Eilis, por más que se esforzara, acababa apoyando a Rosella, del mismo modo que Tony se echaba a reír incluso antes que el mismo Larry por alguna sandez que este había dicho.

—No soy más que un fontanero —decía Tony—. Solo me necesitan cuando hay fugas y filtraciones. Si de algo estoy seguro es de que ningún fontanero entrará jamás en la Casa Blanca, salvo que tengan problemas con las cañerías.

—Pero si la Casa Blanca está llena de filtraciones —dijo un día Larry.

—Vaya —intervino Rosella—, veo que te interesa la política.

—Si Larry estudiara —afirmó Eilis—, tal vez nos sorprendiera a todos.

Eilis oyó entrar a Rosella. Se preguntó si ese día serían posibles las chanzas entre los cuatro cuando se sentaran a la mesa. A menos que la visita del hombre hubiera sido una artimaña, una parte de la vida de Eilis había llegado a su fin. Deseaba que el hombre hubiera tomado otra decisión con respecto al embarazo de su mujer, una que no los implicara ni a ella ni a Tony en ningún sentido. Pero comprendió lo desesperado y vano que era ese deseo. No podía prohibir al hombre que llamara a su puerta solo porque a ella le convenía.

Todas las noches, cuando se sentaban a cenar, Tony contaba cómo le había ido el día y describía con detalle a sus clientes y sus casas, la suciedad que a menudo encontraba alrededor del lavabo o la taza del váter. Si Eilis le mandaba callar era solo porque hacía reír demasiado a Rosella y Larry.

—Eso es lo que nos da de comer —replicaba Larry.

—Esperad, que la cosa ha sido aún peor esta tarde —empezaba otra vez Tony.

En el futuro, pensó Eilis, vigilaría a su marido para ver qué ocultaba.

Tras saludar a voces a Rosella, volvió a su dormitorio y cerró la puerta. Intentaba imaginar la reacción de Rosella y Larry al enterarse de que Tony iba a tener un hijo con otra mujer. Creía que Larry, pese a sus fanfarronadas, era un poco ingenuo, de modo que le costaría asimilar que su padre se hubiera acostado con una mujer en cuya casa había estado reparando una fuga de agua. En cambio Rosella leía novelas y hablaba con su tío Frank, el hermano menor de Tony, de los procesos judiciales más escabrosos. Si un hombre estrangulaba y descuartizaba a su esposa, Frank, que era abogado, el único de los hermanos que había ido a la universidad, se enteraba de los datos más inquietantes y los compartía con su sobrina. A Rosella tal vez no le escandalizara descubrir que su padre había tenido relaciones con otra mujer, pero Eilis no estaba segura.

Curiosamente, pensó, Tony era más puritano que ella. Se mostraba incómodo con las escenas de besos en la televisión que duraban demasiado. En las comidas familiares, él y sus hermanos se daban codazos e insinuaban chistes que no debían contarse en la mesa, pero no pasaban de ahí. No llegaban a contarlos. A ella le gustaba que Tony fuera tan chapado a la antigua. Recordó cómo se había ruborizado cuando hablaron de métodos anticonceptivos. Al final, tras escuchar por casualidad una conversación entre sus dos cuñadas, quienes al parecer no tenían inconveniente en desoír las enseñanzas de la Iglesia, Eilis se limitó a dejar una caja de preservativos en la mesilla de Tony.

Él sonrió al verla y la abrió como si no estuviera seguro de su contenido.

—¿Son para mí? —preguntó.

—Creo que son para los dos —le respondió ella.

Tony podría haber dado por bien empleado uno de esos preservativos unos meses antes, pensó, y así les habría ahorrado lo que se les venía encima.

Se sentó en el borde de la cama. ¿Cómo iba a contarle a Tony que el hombre se había presentado en casa? Por un segundo deseó tener algún sitio al que ir, un lugar donde no tuviera que reflexionar sobre lo sucedido.

La habitación que habían añadido a la casa, antaño el despacho de Eilis, ahora era el cuarto de estudio de Rosella y Larry, aunque su hijo pasaba poco tiempo en él.

—Si quieres, te preparo té o café —dijo Eilis a Rosella al encontrarla allí.

—Ayer lo hiciste tú —repuso Rosella—. Me toca a mí.

Rosella tenía una forma de mantener la calma, de no sonreír, de guardar silencio, que la diferenciaba de sus primos. Estos aprovechaban cualquier excusa para soltar risotadas o expresiones de sorpresa, y Rosella miraba a su madre con la esperanza de que la sacara pronto de la reunión familiar y la devolviera a la tranquilidad de su hogar. Cuando Tony y Larry se dedicaban a alterar esa tranquilidad, a menudo compitiendo entre sí para reproducir los comentarios radiofónicos de la retransmisión de los partidos de béisbol, Rosella se retiraba a lo que llamaba «su estudio». Incluso había pedido a Tony que pusiera un cerrojo en la puerta para que Larry no irrumpiera mientras ella intentaba concentrarse.

A veces a Eilis le agobiaba vivir al lado de los padres de Tony y sus dos hermanos con sus respectivas familias. Casi podían verla a través de sus ventanas. Si decidía salir a dar un paseo, una de sus cuñadas o su suegra le preguntaba adónde había ido y por qué. Solían criticar su deseo de privacidad y de estar a solas y lo consideraban un rasgo irlandés.

En cambio, como el físico de Rosella era tan italiano, no creían que tuviera nada de irlandesa. Por tanto, no entendían de dónde había sacado su carácter serio.

Rosella intentaba no llamar la atención. Escuchaba a sus tías y primas y hablaba de ropa y peinados, pero en realidad no le interesaba la moda. Eilis sabía que, si su hija no hubiera sido tan guapa, la habrían considerado excéntrica y un ratón de biblioteca.

—La elegancia y la belleza le vienen de mi madre y mi tía —había dicho un día la madre de Tony—. Esos rasgos se saltaron nuestra generación, Dios sabe que a mí no me tocó ni una pizca, y al final llegaron a Estados Unidos. Rosella pertenece a un tiempo pasado. Y aquellas mujeres de mi familia tenían cerebro además de belleza. Mi tía Giuseppina era tan inteligente que estuvo a punto de no casarse.

—¿Eso es inteligente? —le preguntó Rosella.

—Bueno, a veces sí, pero creo que al final no. Y estoy segura de que a ti se te rifarán cuando llegue el momento.

Dos días a la semana, entre el instituto y la cena, Rosella salía para ir a la casa de su abuela y conversar con ella durante una hora.

—¿Y de qué habláis? —le preguntó Eilis.

—De la reunificación italiana.

—¿En serio?

—¿Sabes que, de sus tres nueras, tú eres a la que más aprecia?

—No, ¡qué va!

—Hoy me ha pedido que rece con ella.

—¿Por qué?

—Para que el tío Frank encuentre una buena esposa.

—¿Una esposa italiana?

—Una esposa sin más. Dice que con el cerebro que tiene el tío Frank, su sueldo y los complementos que cobra, junto con el hecho de que viva en Manhattan, las mujeres deberían correr tras él por la calle. Creo que le da igual que sea italiana o no. Fíjate en lo que encontró papá cuando fue a un baile irlandés.

—¿No preferirías tener una madre italiana? ¿No sería la vida más fácil?

—Me gustan las cosas tal como son.

Mientras hojeaba los libros que Rosella tenía en el escritorio, Eilis pensó que la vida que su hija daba por sentada dependía por entero de que su padre y sus dos tíos casados, que trabajaban juntos, se aplicaran en su oficio y fueran cumplidores y formales para que la gente confiara en ellos. El grueso de los encargos les llegaba gracias al boca a boca. Su área de influencia era mucho mayor que la de una ciudad pequeña, pero a veces parecía más familiar, más limitada. Pronto alguien se enteraría de que Tony había dejado embarazada a una mujer cuando hacía reparaciones en su casa. Y la noticia se propagaría como en un pueblo.

Hasta entonces había conseguido no visualizar a Tony con ropa de trabajo en casa de esa mujer. Y ahora tenía la imagen de su marido incorporándose tras arreglar una tubería y encontrándose con que la señora de la casa lo miraba con gratitud. Imaginó la timidez inicial de Tony, que, cuando ya estaba a punto de irse, decidía quedarse. Reinaría un silencio incómodo.

—¿Tienes problemas en el trabajo? —le preguntó Rosella.

—No, en absoluto.

—Pareces preocupada.

—Todo va bien en el trabajo. Demasiada actividad.

Cuando Larry entró por la puerta, le dio un beso rápido en la mejilla y se señaló los pies.

—He dejado los zapatos fuera, aunque están limpios. Y quiero escuchar la radio. Si alguien me busca, estaré en mi habitación.

Más tarde llegó Tony, que, como de costumbre, subió a ducharse y cambiarse de ropa. Luego bajaría en busca de Rosella, como había hecho a diario desde que ella era un bebé. Si lograba escuchar la conversación de ambos, Eilis se enteraba a menudo de cosas que ninguno de los dos le había contado, de un comentario de la abuela de Rosella o de alguna noticia sobre los hermanos de Tony que este confiaba a su hija.

Mientras Larry ponía la mesa, Eilis añadió patatas al estofado que había preparado la noche anterior. De momento se las había arreglado para evitar a Tony sin que nadie lo notara. Él estaba en la sala viendo la televisión. Ella temía que entrara en la cocina para decir algo sobre el delicioso olor o gastarle una broma a Larry. Tony era capaz de llenar el aire con su presencia siempre jovial, considerada. Las cuñadas de Eilis se quejaban del silencio de sus maridos y su falta de buen humor cuando estaban en el hogar con la familia. Su suegra le había preguntado a Rosella cómo se comportaba Tony en casa.

—¿Qué le has dicho? —quiso saber Eilis.

—Le he dicho que todo le hace gracia y que siempre es adorable.

—¿Y qué ha dicho tu abuela?

—Ha dicho que tú sacas lo mejor de cada uno, conque Lena y Clara deberían aprender de ti y así quizá el tío Enzo y el tío Mauro estén más alegres en casa.

—Eso solo te lo dice a ti. Me pregunto qué dirá a los demás.

—Nunca dice nada que no piense.

Eilis removió el estofado y se puso a lavar unos platos en el fregadero, siempre de espaldas a la puerta. Ojalá continuáramos así, pensó. Ojalá Tony se quede absorto con algún programa de la televisión y retrase todo lo posible el momento de sentarse a la mesa.

Cuando su marido entró en la cocina, Eilis se afanó en secar los platos. De pronto, aturdida, no lograba recordar en qué orden solía servir la cena. ¿Servía primero a Tony? ¿O tal vez a Larry, por ser el menor? ¿O a Rosella? Repartió el estofado en los platos, cruzó la cocina con dos en las manos y dejó uno delante de Rosella y el otro ante Larry. A continuación, sin decir nada ni mirar a Tony, fue a buscar los otros dos. Su marido les estaba contando a Rosella y a Larry que una vez lo atacó un perro cuando él tenía medio cuerpo dentro de un armario porque estaba examinando una tubería que perdía agua.

—El animal agarró entre los dientes los bajos de mis pantalones y empezó a tirar de ellos. Y la dueña era una noruega que jamás había tenido a un hombre en su apartamento.

Eilis se detuvo a escucharlo. Estaba segura de que Tony no tenía la menor idea de cómo sonaba eso a sus oídos. Era una más de sus anécdotas. Dejó su plato, cogió el de Tony y cruzó la cocina. Cuando iba a ponerlo en la mesa, lo inclinó y el estofado empezó a derramarse. Lo inclinó más. La comida cayó en el suelo al lado de Tony. Cuando él la miró sobresaltado, ella se quedó quieta con el plato vacío en la mano.

Rosella se apresuró a quitárselo mientras Tony y Larry movían la mesa y las sillas para limpiar el suelo. Tony empezó a recoger los trozos del estofado.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Rosella—. Te has quedado ahí plantada.

Eilis no apartó la vista de Tony, que había ido a buscar un barreño y una esponja. Estaba esperando a que volviera a mirarla.

—Hay más estofado en la cazuela —dijo Larry.

Con el suelo ya limpio y la mesa otra vez en su sitio, y con una nueva ración de estofado para Tony, cenaron en silencio. Si Tony hablaba, Eilis estaba dispuesta a interrumpirlo. Se dio cuenta de que Rosella y Larry se habían percatado de que algo sucedía entre sus padres. Aun así, centró su atención en Tony; él tenía que ser consciente de que ella sabía algo.

2

Los sábados, el ritual matutino del padre de Tony consistía en visitar a los hijos que vivían en su calle para averiguar si habían tenido problemas con el coche. Prestaba más atención a Eilis desde que se había comprado uno barato, y siempre que la veía le preguntaba cómo le iba.

—Al final ha resultado ser una ganga —dijo un día—. En su momento tuve mis dudas. Mi mujer me ordenó que me las guardara para mí, pero, ahora que se ha visto que me equivocaba, puedo hablar con libertad.

Cada vez que Frank los visitaba, su padre salía a inspeccionar su coche. Abría el capó y comprobaba el nivel del aceite y el agua, pese a la insistencia de su esposa en que no se ensuciara.

—Los mejores automóviles del mercado se paran en seco en mitad la calle porque sus dueños nunca comprueban el nivel del aceite y el agua.

Si algún vehículo necesitaba una revisión, recomendaba a su viejo amigo el señor Dakessian, un armenio que, afirmaba, sabía de automóviles casi tanto como él, lo cual era una suerte, pues el señor Dakessian tenía un garaje, el mejor en muchos kilómetros, con precios muy competitivos y un servicio amabilísimo, siempre y cuando se evitara que el hombre hablara de la historia armenia.

—Los demás maltratarían tu coche y luego te cobrarían un ojo de la cara —decía el anciano—. Si tienes cualquier problema con el coche, ve a Dakessian.

Como en aquella época Eilis todavía llevaba la contabilidad del negocio familiar, trataba a menudo con el señor Dakessian, que se ocupaba de los vehículos de Tony y sus hermanos. Le parecía tan simpático y digno de confianza como su suegro decía que era.

Un día que fue a que le revisaran el nivel del aceite, el señor Dakessian le dio un libro sobre la historia armenia.

—Eres irlandesa, reconocerás todo lo que se cuenta. Aquí la gente no entiende esas cosas. Tu suegro cree que me lo invento. He querido regalarle el libro, pero se niega a aceptarlo.

Mientras lo hojeaba, Eilis preguntó al señor Dakessian, a quien le calculaba unos sesenta y tantos años, si había estado en Armenia durante las matanzas.

—Nací allí, pero nos marchamos cuando yo tenía tres años. Avisaron a mis padres y salimos justo a tiempo. Lo ocurrido me apena, a veces incluso más que eso, sobre todo al ver que mi hijo Erik crece aquí sin saber nada del lugar de donde proviene.

Su hija, con quien Eilis tenía bastante trato porque llevaba las cuentas del garaje, iba a contraer matrimonio.

—Se casa con un armenio y el servicio religioso se oficiará en armenio. Será como si nunca nos hubiésemos marchado. Solo por un día.

—La familia de Tony se comporta a menudo como si siguieran en Italia —apuntó Eilis.

—Son afortunados de tenerte para que les lleves los libros de contabilidad. No sé qué haré cuando Lusin se vaya. A Erik no le interesa nada el negocio.

En la siguiente visita de Eilis, el señor Dakessian le contó que había encontrado un libro sobre Irlanda y que lo sucedido allí era tan terrible como lo de Armenia.

—Siempre lo he sabido, pero ahora conozco los detalles. Te pasaré el libro en cuanto lo acabe.

Volvió a hablarle de la marcha de su hija.

—No quiero poner un anuncio y dar el puesto a un desconocido. Este es un negocio familiar, con clientes de muchos años. Si alguna vez te plantearas que te gustaría cambiar y trabajar con el olor a gas de tubo de escape y el ruido de acelerones de coche, serías bienvenida. Pero tendrías que decírmelo pronto.

Eilis decidió en ese mismo momento aceptar la oferta del señor Dakessian. Le había costado conseguir que Tony y sus hermanos accedieran a adoptar un sistema de facturación y contabilidad ideado por ella. Enzo se quejó a su madre de que pretendía decirles cómo debían llevar el negocio. La madre, por su parte, se lo contó a Frank, quien había informado a su cuñada.

—Quieren que seas más humilde —le dijo Frank—. Yo sé lo que haría.

—¿Qué harías? —le preguntó Eilis.

—Son mis hermanos y los quiero, pero no trabajaría para ellos ni loco.

Eilis era consciente de que antes de aceptar el empleo en el garaje debería haber hablado con Tony, pero estaba segura de que él querría que siguiera llevándoles los libros a él y sus hermanos. Sería difícil decirle que ya había llegado a un acuerdo.

—Empieza lo antes posible —le dijo el señor Dakessian—. Lusin te enseñará lo básico antes de irse.

—Me gustaría entrar a las diez y salir a las tres todos los días, como Lusin, y tener cuatro semanas de vacaciones, dos no remuneradas.

El señor Dakessian silbó con sorpresa fingida y luego mencionó el sueldo que le pagaba a su hija.

—Supongo que querrás más.

—Cuando lleve tres meses trabajando, hablaremos de un aumento.

Tras decir que trato hecho, el señor Dakessian anunció que lo sellarían con un apretón de manos después de lavárselas, pues las tenía manchadas de grasa.

3

Eilis volvió a fregar el suelo para asegurarse de que no quedara ningún grumo de grasa del estofado. Luego se enfrascó en otros quehaceres domésticos. Cuando le pareció que Tony la seguía, se sentó a la mesa con Rosella.

—Creo que debería verte un médico —le dijo su hija—. Perdiste la fuerza de la mano y te quedaste paralizada. Si te pasara eso cuando estás conduciendo, sería terrible.

—Ya me encuentro mejor —afirmó Eilis, pero vio que no convencía a Rosella.

Se acostó temprano y reflexionó tumbada en la cama, con la lámpara de la mesilla encendida. Tony sonrió dulcemente al entrar en la habitación y caminó de puntillas como si ella ya estuviera dormida. En cuanto se metió entre las sábanas, apagó su lámpara y ella la suya.

Eilis esperó, pues quería darle la oportunidad de hablar, de decir algo, de comentar siquiera cómo le había ido en el trabajo o lo que había visto en la televisión. Tony estaba boca arriba, luego se puso de lado, de espaldas a ella, y al cabo de un rato volvió a tumbarse boca arriba. Debía de ser consciente de que estaba despierta. Eilis le oyó carraspear. En la oscuridad, ella podía dejar que el silencio continuara todo el tiempo que considerara conveniente. Incluso podía decidir no romperlo y dormirse al lado de su marido, con lo que él pasaría otro mal día tratando de adivinar qué sabía ella o cómo reaccionaría.

Pero temía que Tony se durmiese y ella se quedara despierta dándole vueltas a lo que podría haberle dicho. Tenía que hablar.

—Quiero que me digas algo —susurró al tiempo que le ponía una mano en el hombro.

Él no se movió.

—¿El hombre que ha venido hoy hablaba en serio? ¿De verdad piensa dejar al bebé en mi puerta o solo era una forma de indicarte que está enfadado?

Él siguió sin decir nada.

—Si se trata tan solo de una amenaza vana, quiero que me lo digas ahora mismo.

Eilis suspiró ante su silencio.

—Tienes que... —empezó a decir.

—Habla en serio —murmuró Tony—. De eso no hay duda. Le encanta dictar normas y hacer grandes declaraciones. La tiene muy asustada.

—No quiero saber nada de ella.

—Ten por seguro que hará lo que dice.

—¿Dejar al bebé en nuestra puerta?

—Es lo que piensa hacer. Las últimas semanas lo he pasado mal intentando encontrar la forma de darte la noticia.

—No lo has intentado mucho, Tony.

—Lo sé.

—Has dejado que ese hombre hable por ti.

—Lo sé. Lo sé.

Permanecieron un rato en silencio.

—Quiero preguntarte algo —dijo Eilis al cabo—, y quiero una respuesta clara, y, por favor, no faltes a la verdad. ¿Ha habido alguna otra?

Tony encendió la lámpara de su mesilla.

—No hay nadie más. Nunca la ha habido.

—Tienes que decirme si hay... —susurró Eilis.

—Nada. Ya te lo he dicho. Te lo prometo. Nada.

—Solo esto.

—Solo esto —repitió él, y suspiró.

Tras la visita del hombre y la noticia del embarazo, Eilis esperaba todos los días con impacienci

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos