La joven del acantilado

Lucinda Riley

Fragmento

Capítulo 1

1

Bahía de Dunworley, West Cork, Irlanda

La pequeña figura se encontraba peligrosamente cerca del borde del acantilado. Su hermoso y abundante cabello pelirrojo ondeaba tras ella impulsado por el fuerte viento. Una prenda de fino algodón blanco la cubría hasta los tobillos y dejaba al descubierto sus pequeños pies descalzos. Tenía los brazos extendidos y rígidos, con las palmas de las manos dirigidas hacia la masa espumeante del mar de color gris que se extendía ante ella, y el pálido rostro mirando al cielo, como si estuviera ofreciéndose en sacrificio a los elementos de la naturaleza.

Grania Ryan se detuvo y la observó, hipnotizada por la visión espectral. Tenía los sentidos demasiado embotados para dilucidar si lo que veía ante sí era real o imaginario. Cerró los ojos durante una fracción de segundo; luego volvió a abrirlos y vio que la figura seguía allí. Tras enviar los mensajes apropiados a su cerebro, avanzó indecisa unos cuantos pasos.

Al aproximarse, descubrió que la figura era simplemente una niña y que la prenda de algodón blanco era un camisón. Observó las negras nubes de tormenta que se cernían sobre el mar y notó en las mejillas las primeras gotitas saladas que anunciaban una lluvia inminente. La fragilidad de aquel pequeño ser ante la violencia de su entorno hizo que apresurara el paso hacia la niña.

Ahora el viento le azotaba los oídos y había empezado a expresar su furia. Grania se detuvo a diez metros de la niña, que seguía sin moverse. Vio que, con los pequeños dedos de los pies de color morado, se aferraba estoicamente a la roca mientras el vendaval procedente del mar la golpeaba y zarandeaba su cuerpo menudo como si fuera un joven sauce. Se acercó más a la niña y se detuvo justo detrás de ella, sin saber qué hacer a continuación. Su primer impulso fue echar a correr y sujetarla, pero si la niña se sobresaltaba y daba media vuelta, un paso en falso podía provocar una tragedia inimaginable y arrastrar a la niña a una muerte segura contra las rocas cubiertas de espuma treinta metros más abajo.

Grania se quedó allí plantada, inmovilizada por el pánico mientras trataba desesperadamente de idear la mejor forma de librarla del peligro. Y entonces, antes de que tuviera tiempo de tomar ninguna decisión, la niña se dio la vuelta despacio y se la quedó mirando con expresión vacía.

En un acto reflejo, Grania extendió los brazos.

—No te haré daño, te lo prometo. Acércate a mí y estarás a salvo.

La niña siguió mirándola sin moverse del borde del acantilado.

—Si me dices dónde vives, te acompañaré a casa. Ahí te vas a matar. Por favor, deja que te ayude —suplicó Grania.

Dio otro paso adelante y de repente, como si acabara de despertar de un sueño, en el rostro de la niña apareció una expresión de terror. Al cabo de un instante, se volvió hacia ella y echó a correr por el borde del acantilado, alejándose de Grania hasta desaparecer de su vista.

—Ya estaba a punto de enviar a la patrulla de rescate a buscarte. Se avecina una tempestad de las buenas, te lo digo yo.

—Mamá, tengo treinta y un años y llevo diez viviendo en Manhattan —repuso Grania con brusquedad tras entrar en la cocina y colgar la chaqueta mojada encima de los fogones de la Rayburn—. No hace falta que te preocupes por mí. Ya soy mayorcita, ¿recuerdas? —Se acercó sonriendo a su madre, que estaba poniendo la mesa para cenar, y la besó en la mejilla—. De verdad que no hace falta.

—Es posible, pero sé de auténticos hombretones que se han caído del acantilado por culpa de un vendaval así. —Kathleen Ryan señaló por la ventana de la cocina el furor del viento, que estampaba contra el cristal las ramas marrones desprovistas de flor de la glicinia—. Acabo de hacer té. —Kathleen se secó las manos con el delantal y se dirigió a la cocina económica—. ¿Te apetece una taza?

—Sí, muchas gracias, mamá. ¿Por qué no te sientas y descansas un poco? Yo serviré el té para las dos. —Grania guió a su madre hacia una silla, la retiró y la ayudó a sentarse con suavidad.

—Pero solo cinco minutos, ¿eh? Los muchachos llegarán a las seis y querrán tener la cena a punto.

Mientras Grania llenaba dos tazas de un té muy concentrado, arqueó las cejas en silencio pensando en cómo su madre había consagrado la vida a atender a su marido y a su hijo. En los diez años transcurridos desde que ella se marchara nada había cambiado; Kathleen siempre había consentido a sus hombres, siempre había dado prioridad a sus necesidades y deseos. Sin embargo, el contraste de la vida de su madre con la propia, en la que la emancipación y la igualdad entre los dos sexos eran lo habitual, incomodaba a Grania.

Aun así… a pesar de todo lo liberada que ella se sentía de lo que muchas mujeres modernas considerarían una tiranía masculina obsoleta, ¿cuál de las dos, madre o hija, vivía más feliz? Grania suspiró con tristeza mientras añadía leche al té de su madre. Sabía cuál era la respuesta a esa pregunta.

—Aquí tienes, mamá. ¿Te apetece una pasta? —Grania situó la lata frente a Kathleen y la abrió. Como siempre, estaba llena hasta los topes de bocaditos de nata, bizcochos de chocolate y galletas de mantequilla. Otra de las costumbres de su niñez, que seguro que sus coetáneas de Nueva York, siempre preocupadas por la figura, observarían con tanto horror como si se tratara de un artefacto nuclear.

Kathleen tomó dos.

—Coge una tú también, para hacerme compañía —dijo—. Ni que decir tiene que con lo que comes no sobreviviría ni un ratoncillo.

Grania hizo lo que su madre le pedía y mordisqueó una pasta mientras pensaba que los diez días transcurridos desde su vuelta a casa se los había pasado con la sensación de estar completamente saciada de alguna de las abundantes especialidades culinarias de su madre. Aun así, consideraba que llevaba una alimentación más sana que la mayoría de las mujeres de Nueva York que conocía. Además, ella utilizaba el horno para lo que realmente servía, y no solo como un práctico rincón donde almacenar bandejas.

—El paseo habrá servido para que te despejes un poco, ¿no? —aventuró Kathleen mientras se lanzaba a por la tercera pasta—. Yo siempre salgo a dar un paseo cuando algún problema me trae de cabeza, y cuando vuelvo ya tengo la solución.

—Pues… —Grania dio un sorbo de té— he visto una cosa rara ahí fuera, mamá. Una niña de unos ocho o nueve años en camisón estaba en el borde mismo del acantilado. Tenía una melena pelirroja muy bonita, larga y rizada. Parecía sonámbula, porque cuando me he aproximado a ella se ha dado la vuelta y tenía la mirada… —buscó la palabra apropiada— vacía. Daba la impresión de que no me veía. Entonces se ha despertado y ha echado a correr por el camino del acantilado como un conejo asustado. ¿Sabes quién puede ser?

Grania observó que el rostro de su madre perdía el color.

—¿Te encuentras bien, mamá?

Kathleen se estremeció y pareció reaccionar. A continuación miró a su hija.

—¿Dices que la has visto hace unos minutos mientras paseabas?

—Sí.

—Virgen santísima. —Kathleen se santiguó—. Han vuelto.

—¿Que han vuelto? ¿Quiénes, mamá? —preguntó Grania, preocupada por lo afectada que parecía su madre.

—¿Por qué habrán venido? —Kathleen observó la oscuridad a través de la ventana—. ¿Qué querrán? Creía… Creía que por fin había terminado todo, que se habían marchado para siempre. —Kathleen aferró la mano de Grania—. ¿Estás segura de que has visto a una niña? ¿No era una adulta?

—Estoy convencida, mamá. Tal como te he dicho, debía de tener ocho o nueve años. Me preocupaba que pudiera pasarle algo malo; iba descalza y parecía estar helada. A decir verdad, hasta me he planteado si estaba viendo a un fantasma.

—Pues más o menos, Grania; eso es en efecto lo que has visto —masculló Kathleen—. Debe de hacer pocos días que andan por aquí. El viernes pasado tuve que cruzar la colina y pasé junto a la casa. Eran las diez de la noche y no se veía luz en ninguna ventana, o sea que no había nadie.

—¿De qué casa me hablas?

—De Dunworley.

—¿El caserón que está justo en la cima del acantilado, más arriba de nuestra granja? —preguntó Grania—. Lleva muchos años abandonado, ¿no?

—Es cierto que cuando tú eras pequeña no vivía nadie allí, pero… —Kathleen suspiró—. Regresaron después de que te mudaras a Nueva York. Y entonces, cuando lo del… accidente, volvieron a marcharse. Todos estábamos convencidos de que no los veríamos nunca más por aquí. Ni falta que hacía —añadió—. Esa familia y la nuestra están enfrentadas por una historia de hace muchos años. En fin. —Kathleen dio una palmada en la mesa y se dispuso a levantarse—. Lo pasado, pasado está. Te aconsejo que te mantengas alejada de esa gente, no hacen más que traernos problemas, te lo digo yo.

Grania observó a su madre dirigirse a la cocina económica. Estaba muy seria mientras sacaba de uno de los hornos la pesada cacerola de hierro fundido que contenía la cena.

—Si esa niña tiene madre, sería mejor que supiera que ha estado en peligro, ¿no te parece? —dijo, tanteando el terreno.

—No tiene madre. —Kathleen removió el estofado con la cuchara de madera a ritmo regular.

—¿Murió?

—Sí.

—Ah, ya… ¿Y quién cuida de la niña?

—No me preguntes cómo se las arreglan para organizarse en casa. —Kathleen se encogió de hombros—. No es asunto mío y no quiero saberlo.

Grania arrugó la frente. La actitud de su madre en nada se parecía a como solía reaccionar habitualmente. El gran corazón de una madraza como Kathleen sufría por cualquier criatura viviente en apuros. Era la primera persona a quien tanto la familia como los amigos acudían cuando tenían un problema y necesitaban ayuda. Sobre todo si había algún niño implicado.

—¿Cómo murió su madre?

La cuchara de madera cesó de dar vueltas en la cacerola y se hizo el silencio. Al final Kathleen exhaló un profundo suspiro y se volvió hacia su hija.

—Bueno, supongo que si no te lo cuento yo, pronto te enterarás por alguna otra persona. Se quitó la vida, eso es lo que pasó.

—¿Quieres decir que se suicidó?

—Exacto, Grania.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?

—Se tiró de lo alto del acantilado hace cuatro años. Encontraron el cadáver al cabo de dos días, cuando la corriente lo arrastró hasta la playa de Inchydoney.

Esa vez fue Grania quien guardó silencio. Al final se decidió a formular una pregunta.

—¿Desde dónde se tiró?

—Por lo que deduzco, probablemente desde donde hoy has visto a su hija. Me parece que Aurora estaba buscando a su madre.

—¿Sabes su nombre?

—Pues claro; no es ningún secreto. La familia Lisle era propietaria de todo Dunworley, incluida esta casa. Muchos años atrás, eran los amos y señores de toda la zona. En los años sesenta vendieron las tierras, pero conservaron la casa de lo alto del acantilado.

—He visto ese nombre en alguna parte. Lisle…

—En la iglesia del pueblo hay muchas tumbas de la familia. Una es la de la madre de Aurora.

—¿Habías visto alguna vez a esa pequeña paseándose por el acantilado?

—Fue por eso por lo que su padre decidió llevársela de aquí. Cuando su madre murió, la pobre niña no hacía más que pasearse por el acantilado llamándola. Diría que el dolor la volvió medio loca.

Por la expresión de su madre, Grania observó que se había serenado un poco.

—Pobrecilla —musitó.

—Sí, la estampa era lamentable, y la niña no se merecía para nada una cosa así. Pero esa familia arrastra una especie de maldición. Hazme caso, Grania, no te mezcles con ellos.

—¿Por qué habrán vuelto? —musitó Grania casi para sí.

—A los Lisle no hay quien los entienda. Ni lo sé ni me interesa. Bueno, ¿qué te parece si haces algo de provecho y me ayudas a poner la mesa para la cena?

Grania subió a su dormitorio nada más dar las diez, tal como hacía todas las noches desde que había vuelto a casa de sus padres. En la planta baja, su madre andaba ocupada por la cocina poniendo la mesa para el desayuno mientras su padre dormitaba en una silla frente al televisor y su hermano Shane se encontraba en el pub del pueblo. Entre los dos hombres dirigían la granja de doscientas hectáreas, destinada sobre todo a la ganadería lechera y lanar. A sus veintinueve años, el «chico», nombre con el que seguían llamando cariñosamente a Shane, no parecía tener ninguna intención de formar su propio hogar. Ahora salía con una mujer, ahora con otra, pero rara vez llegaban a cruzar el umbral de la granja de sus padres. A Kathleen le sorprendía que su hijo siguiera soltero, pero Grania sabía que en el fondo se sentiría perdida sin él.

Se coló entre las sábanas y escuchó la lluvia que tamborileaba en el cristal de la ventana mientras pensaba que ojalá la pobre Aurora Lisle se encontrara a cobijo, calentita y segura. Cogió un libro y empezó a hojearlo, pero no hacía más que bostezar, incapaz de concentrarse. Tal vez fuera cosa del clima más fresco de Irlanda, que le provocara somnolencia; en Nueva York no solía acostarse antes de medianoche.

Al contrario que Aurora, Grania apenas recordaba una noche de su infancia en que su madre se hubiera ausentado. Y si alguna vez la misericordia la había obligado a pernoctar fuera de casa para cuidar de un paciente enfermo, lo había dejado todo organizado con una precisión castrense para que la familia no pasara hambre ni se encontrara la ropa sin lavar. En cuanto a su padre, Grania dudaba que hubiera dormido una sola noche en una cama que no fuera la suya durante los treinta y cuatro años que llevaba casado. Absolutamente todas las mañanas se levantaba a las cinco y media y se marchaba al cobertizo para ordeñar las vacas, y siempre regresaba a casa al anochecer. Marido y mujer sabían en todo momento dónde se encontraba el otro. Sus vidas eran como una sola; dos seres unidos e inseparables.

Y la sustancia que los mantenía unidos eran sus hijos.

Cuando ocho años atrás Matt y ella se fueron a vivir juntos, dieron por sentado que algún día tendrían hijos. Y, como cualquier pareja moderna, esperando el momento oportuno se habían dedicado de lleno a acumular experiencias y a impulsar sus respectivas carreras, y habían vivido rápida e intensamente mientras podían.

Entonces, una mañana Grania se despertó y, como todos los días, se enfundó los pantalones de deporte y la sudadera con capucha y salió a hacer footing. Bordeó el río Hudson hasta Battery Park y se detuvo en Winter Gardens para deleitarse con un café con leche y un dónut. Allí fue donde ocurrió; mientras tomaba el café a pequeños sorbos echó un vistazo al cochecito de bebé situado junto a la mesa contigua. Dentro había un niñito recién nacido durmiendo profundamente. A Grania la invadió una necesidad repentina y acuciante de tomar al bebé en brazos y arrimar la suave y sedosa cabecita contra su pecho con afán protector. Cuando la madre le sonrió con nerviosismo y luego se puso en pie y apartó el cochecito para evitar su indeseada atención, Grania volvió a casa con la respiración entrecortada a causa de la emoción que la agitaba por dentro.

Al principio creía que se trataba de algo momentáneo y pasó el día inmersa en su estudio, dedicándose a modelar la blanda arcilla marrón para dar forma a la última obra que le habían encargado. Sin embargo, el sentimiento no disminuyó.

A las seis, salió del estudio, se dio una ducha y se puso ropa apropiada para la inauguración de una galería de arte a la que iba a asistir esa noche. Se sirvió una copa de vino y se dirigió a la ventana desde donde se veían brillar las luces de New Jersey al otro lado del río Hudson.

—Quiero tener un bebé.

Grania dio un gran sorbo de vino, y soltó una risita ante las absurdas palabras que acababa de pronunciar. Por eso volvió a decirlas, para asegurarse de que le sonaban bien.

Y así fue. No solo le sonaban bien, sino que le parecían de lo más naturales, como si toda la vida hubiera tenido esa idea en la cabeza y, de repente, los motivos para ignorarla se hubieran desvanecido y le parecieran ridículos.

Grania fue a la inauguración de la galería, charló con el habitual círculo de artistas, coleccionistas y aficionados a romper moldes que solían asistir a esos eventos. Sin embargo, en su fuero interno no paraba de dar vueltas a las cuestiones prácticas de la decisión que había tomado hacía un rato y que iba a cambiarle la vida. ¿Tendrían que trasladarse? No, probablemente de momento no; el loft que ocupaban en TriBeCa era bastante espacioso y no costaría mucho transformar el estudio de Matt en una habitación infantil. De todos modos, lo usaba muy poco porque prefería llevarse el ordenador portátil a la sala de estar y trabajar allí. Vivían en un cuarto piso, pero el montacargas era lo bastante grande para alojar un cochecito de bebé. En Battery Park, que disponía de una zona de juegos bien equipada y donde se respiraba el aire fresco del río, resultaba fácil moverse a pie. Grania trabajaba en una habitación en casa, así que, aunque tuvieran que contratar a una niñera, en cuestión de segundos podía plantarse junto al bebé si era necesario.

Trepó a la enorme cama ocupada solo por ella y suspiró irritada pensando que tendría que guardarse los planes y la emoción para sí un poco más de tiempo. Matt se había marchado de viaje la semana anterior y aún tardaría un par de días en regresar a casa. Y esas cosas no se decían por teléfono. Al final se quedó dormida de madrugada, imaginando la mirada llena de orgullo de Matt cuando le pusiera en los brazos a su hijo recién nacido.

Por fin regresó del viaje, y se mostró tan emocionado como ella con la idea. Se habían puesto manos a la obra de forma inmediata y muy placentera para hacer realidad sus planes; a ambos les entusiasmaba tener un proyecto secreto común que los uniría y fortalecería su relación, tal como les había sucedido a los padres de Grania. Era la pieza que faltaba a su rompecabezas y que los fundiría de una vez por todas en una unidad homogénea y mutuamente dependiente. En definitiva, en una familia.

Grania yacía tendida en la estrecha cama de su niñez, escuchando el viento aullar con furia alrededor de los sólidos muros de piedra de la granja. Estiró el brazo para coger un pañuelo de papel y se sonó la nariz con fuerza.

De aquello hacía un año. Y la cruda realidad era que el «proyecto común» no los había unido sino que había destruido la relación.

Capítulo 2

2

Cuando Grania se despertó a la mañana siguiente, la tormenta de la noche se había desvanecido como un recuerdo y se había llevado los nubarrones grises. El sol había hecho una rara aparición invernal; iluminaba el ondulado paisaje que se extendía frente a la ventana y confería nitidez al verde infinito de las praderas que rodeaban la granja salpicado de los puntitos blancos y lanosos de las ovejas que pacían en ellas.

Sabía por experiencia que el panorama no tardaría en cambiar; el sol de West Cork era igual que una diva caprichosa: aparecía en el escenario para honrarlo con una actuación especial e inundarlo de gloria y luego desaparecía con tanta rapidez como había llegado.

La lluvia incesante de los últimos diez días le había impedido cumplir con su rutina diaria de salir a hacer footing de buena mañana, así que saltó de la cama y revolvió la maleta que todavía no había deshecho en busca de la sudadera con capucha, los leggings y las zapatillas de deporte.

—Hoy te has espabilado temprano —comentó su madre cuando Grania bajó a la cocina—. ¿Quieres papilla de avena?

—La tomaré cuando vuelva. Voy a correr un rato.

—Bueno, no te canses mucho. Me parece que no tienes muy buen aspecto; no se te ve ni un poco de color en las mejillas.

—Precisamente por eso salgo a correr, mamá. —Grania reprimió una sonrisa—. Hasta luego.

—No cogerás frío, ¿verdad? —gritó Kathleen a su hija, que ya se perdía en la distancia. Observó desde la ventana de la cocina cómo Grania recorría el estrecho camino formado en los prados por un antiguo muro de mampostería, que acababa desembocando en la carretera y empalmaba con el camino que ascendía a los acantilados.

Cuando Grania llegó de Nueva York, su aspecto impresionó a Kathleen. En los tres años transcurridos desde que la viera por última vez, su bella y rozagante hija, que siempre había atraído miradas con aquel cutis de seda, aquel pelo rubio y ensortijado y aquellos ojos expresivos de color turquesa, parecía haber perdido vitalidad. Tal como le comentó a John, su marido, ahora Grania parecía una camisa de color rosa vivo que se hubiera mezclado por error con una colada oscura. El resultado era un aspecto desvaído y ceniciento que apenas recordaba vagamente al anterior.

Kathleen sabía cuál era el motivo. Grania se lo había contado cuando la telefoneó desde Nueva York para preguntarle si podía pasar una temporada en casa. Ella había dicho que sí, por supuesto; estaba encantada ante la oportunidad inesperada de poder compartir un poco de tiempo con su hija. Sin embargo, no entendía las razones que habían impulsado a Grania a obrar de ese modo; a buen seguro lo que su marido y ella necesitaban en un momento así era estar juntos para ayudarse mutuamente a soportar el dolor, no que hubiera medio planeta de distancia entre ellos.

Matt, que era un encanto, llamaba todas las noches para hablar con Grania, pero ella se empeñaba en no ponerse al teléfono. Kathleen siempre había sentido debilidad por él; con aquel aspecto atractivo y pulcro, aquel suave acento de Connecticut y aquellos modales impecables, Matt le recordaba a los galanes del cine con quienes soñaba de jovencita. A Robert Redford; a él era a quien se parecía en su opinión. No alcanzaba a comprender por qué Grania no se había casado con él años atrás. Y ahora su hija, tan terca como siempre que alguien le iba detrás, estaba a punto de perderlo para siempre.

Kathleen no había recorrido mucho mundo, pero sí conocía a los hombres y su amor propio. No estaban hechos de la misma pasta que las mujeres, no tenían la misma capacidad de soportar el rechazo, y si de algo estaba segura era de que pronto dejaría de sonar el teléfono todas las noches y Matt se daría por vencido.

A menos que hubiera algo que ella desconocía…

Suspiró mientras tiraba los restos del desayuno de los platos y los amontonaba en el fregadero. Grania era su niña mimada, la única del clan Ryan que había volado del nido y había hecho todo lo posible porque su familia, en especial su madre, se enorgulleciera de ella. Era por ella por quien todos los parientes preguntaban; leían con detenimiento los recortes de periódicos que Grania les enviaba, donde se detallaba la última exposición que había hecho en Nueva York, y se mostraban fascinados ante los adinerados clientes que le encargaban que inmortalizara en bronce los rostros de sus hijos o sus mascotas…

Triunfar en Norteamérica; ese seguía siendo el sueño supremo de los irlandeses.

Kathleen secó los cuencos y los cubiertos y los guardó en el aparador de madera. Nadie tenía una vida perfecta, por supuesto; eso ya lo sabía. Hacía tiempo que daba por sentado que Grania no albergaba el deseo de notar las pataditas de unos pies diminutos en su interior, y lo había aceptado. ¿Acaso no tenía un hijo fuerte y apto para darle nietos un día u otro? Pues bien, al parecer se equivocaba. Grania, con su sofisticado estilo de vida en lo que a Kathleen se le antojaba el centro del universo en Nueva York, echaba en falta tener hijos. Y mientras no vinieran, no sería feliz.

Kathleen no podía evitar pensar que se lo había buscado. Por muchas moderneces químicas que se hubieran inventado para ayudar a que ocurriera el milagro de la naturaleza, no había sustituto posible de la juventud. Ella tenía diecinueve años cuando concibió a Grania. Y en cuestión de dos años se sentía en perfectas condiciones de vérselas con otro bebé. Grania, en cambio, ya había cumplido los treinta y uno. Y creyeran lo que creyesen esas mujeres modernas con carrera, era imposible tenerlo todo.

Así, aunque sentía que su hija hubiera perdido al bebé, era una forma de que se contentara con lo que tenía y no buscara lo que no podía tener. Con ese pensamiento en la cabeza, Kathleen se dirigió a la planta superior para hacer las camas.

Grania se dejó caer en una roca húmeda y cubierta de musgo para recobrar el aliento. Resoplaba y jadeaba como una anciana; era obvio que el aborto y la reciente falta de ejercicio se hacían sentir. Apoyó la cabeza entre las piernas mientras recobraba el aliento y daba patadas con las zapatillas de deporte a los desiguales montículos que los hierbajos formaban junto a sus pies y que se negaban en redondo a abandonar las fuertes raíces que los sujetaban muy por debajo de la superficie del terreno. Ojalá el pequeño ser que había albergado en su interior hubiera hecho lo mismo.

Cuatro meses… Justo cuando Matt y ella creían que por fin la cosa había llegado a buen puerto; porque todo el mundo sabe que esa etapa ya se considera segura. Y Grania, que hasta ese momento había vivido obsesionada, había empezado a relajarse y a dar rienda suelta a la inminente y tan deseada idea de convertirse en madre.

Matt y ella habían comunicado la noticia a los abuelos de ambas partes. Elaine y Bob, los padres de Matt, los habían llevado a L’Escale, cerca de la enorme casa que poseían en la urbanización privada de Belle Haven, en Greenwich, y Bob les había preguntado sin rodeos cuándo pensaban celebrar su tan anhelado matrimonio ahora que Grania estaba esperando un bebé. A fin de cuentas, iban a ser abuelos por primera vez, y Bob les había dejado clarísimo que el pequeño debía llevar el apellido de la familia. Grania había reaccionado poniéndose a la defensiva; se enfurecía mucho cuando se sentía entre la espada y la pared, sobre todo si era por culpa del padre de Matt. Así que respondió que Matt y ella todavía tenían que hablarlo.

Una semana más tarde, en su loft de TriBeCa, el interfono anunció la llegada de una furgoneta de Bloomingdale’s que transportaba todo lo necesario para montar la habitación del bebé. Grania, que era demasiado supersticiosa para guardar las cosas en el piso, les había indicado que lo dejaran todo en el sótano, donde lo almacenarían hasta que se acercara la fecha prevista. Al observar las cajas que iban quedando apiladas en un rincón, se dijo que Elaine no había olvidado nada de nada.

—Ya no hace falta que me moleste en ir a Bloomingdale’s para elegir la cuna, o decidir qué marca de pañales me gusta más —había soltado Grania con ingratitud a última hora de esa misma tarde.

—Mamá solo trata de ayudarnos, Grania —había contestado Matt a la defensiva—. Sabe que yo apenas gano nada y que tus ingresos son cuantiosos pero esporádicos. A lo mejor debería plantearme entrar en el negocio de papá ahora que el pequeño está en camino. —Matt señaló la incipiente barriga de Grania, que ya era visible.

—¡No, Matt! —había protestado Grania—. Habíamos acordado que nunca trabajarías para tu padre. No tendrías vida privada ni ningún tipo de libertad, ya sabes lo pesado que es.

Grania desistió de arrancar los hierbajos de sus raíces y levantó la cabeza para mirar al mar. Sonrió con tristeza ante el eufemismo que había empleado en aquella conversación con Matt. Bob controlaba a su hijo a todas horas de forma exagerada. Aunque entendía que se sintiera desilusionado por el hecho de que Matt no mostrara interés en ponerse al frente de la empresa de inversiones que pertenecía a la familia, no comprendía que la carrera de su hijo no le inspirara el mínimo interés ni orgullo. A Matt le estaba yendo muy bien, y se estaba convirtiendo en toda una autoridad en el campo de la psicología infantil. Ocupaba una cátedra en la Universidad de Columbia y continuamente recibía invitaciones para dar clases en otras universidades a lo largo y ancho de Estados Unidos. Bob también trataba a Grania con igual condescendencia, y continuamente hacía pequeños pero incisivos comentarios sobre su educación y su nivel de estudios.

Mirándolo en retrospectiva, Grania se alegraba de no haber aceptado ayuda económica de los padres de Matt. Ya de buen principio, cuando intentaba hacerse un nombre como escultora y Matt estaba terminando el doctorado y a duras penas podían pagar el alquiler de su diminuto piso de una sola habitación, se había empeñado en evitarlo a toda costa. Y tenía buenos motivos para hacerlo, pensó. Las chicas de Connecticut, de aspecto reluciente y prendas inmaculadas, que había conocido a través de Matt y su familia de ningún modo podían compararse con la muchacha de gustos sencillos educada en un colegio de monjas y criada en un pueblecito irlandés. Tal vez la cosa estuviera destinada al fracaso…

—Hola.

Grania se sobresaltó al oír la voz. Miró a ambos lados, pero no vio a nadie.

—¡He dicho «hola»!

La voz sonaba a sus espaldas. Se dio media vuelta para ver quién había hablado, y allí estaba Aurora, de pie detrás de ella. Por suerte, ahora llevaba puestos unos pantalones tejanos, un anorak que le colgaba por todas partes debido a su delgadez y un sombrero de lana que ocultaba por completo su espléndida cabellera pelirroja a excepción de algún que otro mechón. Tenía el rostro menudo y en forma de bello corazón, los ojos enormes y unos labios carnosos y sonrosados que resultaban desproporcionados para el diminuto fondo en el que se insertaban.

—Hola, Aurora.

El saludo de Grania hizo asomar una expresión de sorpresa a los ojos de la niña.

—¿Cómo sabes cuál es mi nombre?

—Te vi ayer.

—¿Me viste? ¿Dónde?

—Aquí, en el acantilado.

—¿En serio? —Aurora arrugó la frente—. No recuerdo haber estado aquí ayer. Y seguro que no hablé contigo.

—Es que no hablaste conmigo, Aurora. Yo te vi, eso es todo —explicó Grania.

—Entonces, ¿cómo sabes mi nombre? —Aurora habló con un marcado acento inglés, muy entrecortado.

—Le pregunté a mi madre si sabía quién era aquella niña con una bonita melena pelirroja, y me lo dijo.

—¿Y cómo es que ella lo sabe? —preguntó la niña en tono imperioso.

—Ha vivido toda la vida en el pueblo. Me dijo que tú y tu familia os marchasteis hace años.

—Sí, pero hemos vuelto. —Aurora miró hacia el mar y extendió los brazos para abarcar la costa—. Este sitio me encanta, ¿a ti no?

Grania tenía la sensación de que la pregunta de Aurora era retórica y no daba lugar a mostrarse en desacuerdo.

—Claro que sí. Aquí es donde nací y crecí.

Aurora se sentó con gracilidad en el césped al lado de Grania y clavó en ella sus ojos azules.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Grania. Grania Ryan.

—Pues la verdad es que no había oído hablar nunca de ti.

A Grania le entraron ganas de sonreír ante la forma tan adulta de expresarse que tenía Aurora.

—Supongo que no hay ninguna razón para que me conozcas. He pasado fuera casi diez años.

El rostro de Aurora se iluminó de placer y juntó las dos manos con una palmada.

—Eso significa que las dos hemos llegado al mismo tiempo a un lugar que nos encanta.

—Imagino que sí.

—¡Así podremos hacernos compañía! Serás mi nueva amiga.

—Es muy amable por tu parte, Aurora.

—Bueno, debes de sentirte muy sola.

—Puede que tengas razón… —Grania sonrió—. ¿Y tú? ¿También te sientes sola aquí?

—A veces. —Aurora se encogió de hombros—. Papá siempre tiene trabajo pendiente y muchas veces no está en casa, así que solo puedo jugar con el ama de llaves. Y no sabe muchos juegos. —Aurora arrugó su naricilla respingona y ligeramente pecosa en un gesto de desagrado.

—Vaya —exclamó Grania mientras pensaba en algo mejor que decir. El peculiar comportamiento de la niña la desconcertaba y la desarmaba al mismo tiempo—. Pero seguro que en la escuela tienes amiguitos, ¿verdad?

—No voy a la escuela. Mi padre prefiere que me quede en casa con él. En vez de eso, tengo una institutriz.

—¿Y hoy dónde está?

—Papá y yo decidimos que no nos caía bien y la dejamos plantada en Londres. —De repente, Aurora soltó una risita—. Hicimos las maletas y nos marchamos.

—Ya lo comprendo —dijo Grania, aunque no comprendía nada de nada.

—¿Trabajas? —preguntó Aurora.

—Sí, sí que trabajo. Soy escultora.

—¿Eres de esos que se dedican a hacer figuras con arcilla?

—Más o menos es eso, sí —respondió Grania.

—Oh, ¿y conoces el papel maché? —El semblante de Aurora se iluminó—. ¡Me encanta el papel maché! Una vez tuve una niñera que me enseñó a hacer cuencos, y luego los pintábamos y se los regalábamos a papá. ¿Te gustaría venir a mi casa y ayudarme a hacer cosas con papel maché? Por favor.

Grania se sintió encantada ante la buena predisposición de Aurora y sus genuinas muestras de entusiasmo.

—De acuerdo. —Se sorprendió a sí misma asintiendo—. No veo por qué no.

—¿Te vienes ahora? —Aurora la cogió de la mano—. Podemos acercarnos hasta mi casa y preparar una sorpresa para papá antes de que se marche. —Alargó la mano y tiró de la sudadera de Grania—. ¡Por favor, di que sí!

—No, Aurora. Ahora mismo no puedo. Tengo que ir a buscar todo lo necesario. Además, mi mamá creería que me he perdido —añadió Grania.

Al momento vio que la expresión de Aurora decaía y observó que la luz de sus ojos desaparecía y su cuerpo se abatía.

—Yo no tengo mamá. La tenía, pero murió.

—Lo siento mucho, Aurora. —De modo instintivo, Grania alargó la mano y dio unas palmaditas en el hombro de la niña—. Debes de echarla mucho de menos.

—Sí. Era la persona más guapa y más especial del mundo. Papá siempre dice que era un ángel, y que por eso los otros ángeles vinieron a buscarla, para llevársela al cielo, el lugar al que pertenece.

Grania se estremeció ante el evidente dolor que sentía Aurora.

—Seguro que tu papá tiene razón —convino—. Además, por lo menos lo tienes a él.

—Sí —repuso Aurora—, y es el mejor padre del mundo, y el más guapo. Seguro que si lo vieras te enamorarías de él. Les pasa a todas las chicas.

—Muy bien, entonces tendré que conocerlo, ¿no te parece? —Grania sonrió.

—Sí. —De repente, Aurora se levantó del césped de un salto—. Tengo que irme. Mañana te espero aquí a la misma hora.

No era una propuesta, era una orden.

—Yo…

—Muy bien. —De forma espontánea, Aurora se arrojó en los brazos de Grania y la abrazó—. Trae todas las cosas para hacer papel maché. Podemos ir a mi casa y pasar la mañana construyendo cuencos para papá. Adiós, Grania. Hasta mañana.

—Adiós. —Grania agitó la mano y observó a Aurora alejarse danzando y dando brincos como una joven gacela por los acantilados. Incluso vestida con el anorak y los pantalones de deporte, sus movimientos eran gráciles.

Cuando Aurora hubo desaparecido de la vista, Grania exhaló un prolongado suspiro, se sentía como si la hubieran hechizado, subyugada por un ser pequeño y etéreo. Se puso en pie y sacudió la cabeza para despejarse mientras se preguntaba qué diría su madre cuando le contara que al día siguiente iba a ir de visita a Dunworley House para jugar con Aurora Lisle.

Capítulo 3

3

Esa noche, cuando su padre y su hermano se hubieron levantado de la mesa (dejando los platos y los cubiertos sucios; ya se ocuparía su madre de retirarlos), Grania ayudó a Kathleen a fregar los cacharros.

—Hoy he vuelto a ver a Aurora Lisle —dijo Grania en tono despreocupado mientras secaba los platos.

Kathleen arqueó una ceja.

—¿Y hoy también iba en camisón y tenía pinta de espíritu?

—No, iba vestida normal. Es una niña un poco rara, ¿verdad?

—Pues lo cierto es que no sé cómo era. —La boca de Kathleen dibujaba una línea firme y severa.

—Me ha pedido que vaya a su casa y la ayude a hacer manualidades con papel maché. Parece muy sola —dijo Grania.

Hubo una pausa antes de que Kathleen respondiera.

—Ya te lo advertí, Grania; te aconsejé que no te mezclaras con esa familia. Pero eres una persona adulta y no puedo impedírtelo.

—Pero, mamá, no es más que una niñita muy simpática que se siente sola. Se la ve perdida… No tiene madre. Seguro que no hay nada de malo en que pase un par de horas con ella, ¿no?

—No pienso volver a hablar de eso contigo, Grania. Ya has oído cuál es mi opinión, ahora tienes que decidir por ti misma. Punto y final.

El sonido del teléfono interrumpió el silencio subsiguiente. Grania no mostró intención de cogerlo, y su madre tampoco. Cuando hubo sonado diecisiete veces, Kathleen puso los brazos en jarras.

—Seguro que sabes quién es.

—No —respondió Grania sin decir la verdad—. ¿Por qué tendría que saberlo, mamá? Podría ser cualquiera.

—Las dos sabemos quién llama a estas horas de la noche, cariño, y a mí me resulta demasiado violento volver a hablar con él.

El teléfono continuó sonando; la desagradable premura de los timbrazos contrastaba de plano con la forzada inmovilidad de madre e hija. Al final paró, y las dos mujeres se miraron directamente a los ojos.

—No pienso consentir semejantes groserías bajo mi techo, Grania. Ya no sé qué más decirle. ¿Se puede saber qué es lo que te ha hecho ese pobre hombre para merecer que lo trates así? Has perdido un hijo, de acuerdo, pero él no tiene la culpa, ¿no?

—Lo siento, mamá. —Grania sacudió la cabeza—. Tú no lo comprendes.

—Es la primera cosa que has dicho con la que estoy de acuerdo. ¿Por qué no me lo explicas?

—¡Mamá! ¡Por favor! No puedo… —Grania se retorció las manos, frustrada—. ¡No puedo!

—A mi entender, Grania, con eso no basta. Sea lo que sea lo que ha pasado, está afectando a todos los que vivimos en esta casa y necesitamos que nos pongas al corriente de la situación. Yo…

—Es Matt, querida —terció su padre mientras entraba tranquilamente en la cocina con el teléfono en la mano—. Hemos charlado un buen rato, pero me parece que es contigo con quien quiere hablar. —John le sonrió a modo de disculpa y le tendió el auricular.

Grania lanzó una mirada asesina a su padre y le arrancó el aparato de las manos. Salió de la cocina y empezó a subir la escalera camino de su habitación.

—¿Grania? ¿Eres tú? —Los suaves y familiares matices de la voz de Matt hicieron que sintiera un nudo en la garganta de inmediato mientras cerraba la puerta tras de sí y se sentaba en el borde de la cama.

—Matt, te pedí que no intentaras ponerte en contacto conmigo.

—Ya lo sé, nena, pero ¡por el amor de Dios! No soy capaz de adivinar lo que está pasando. ¿Qué te he hecho? ¿Por qué me has dejado?

Grania posó la mano que le quedaba libre en el muslo cubierto por los tejanos para tranquilizarse.

—¿Grania? ¿Aún estás ahí, cariño? Por favor, si me explicas qué se supone qué he hecho a lo mejor puedo defenderme.

Grania siguió sin responder.

—Grania, por favor, háblame. Soy Matt, el hombre que te ama, con quien has compartido ocho años de tu vida. Y voy a volverme loco aquí solo, sin saber por qué te has marchado.

Grania dio un hondo suspiro.

—Por favor, no vuelvas a llamarme, no quiero hablar contigo. Además, estás molestando a mis padres, importunándolos todas las noches.

—Grania, por favor, comprendo que para ti ha sido muy duro perder al bebé, pero podemos volver a intentarlo, ¿no? Yo te amo, cariño, y haré lo que sea para…

—Adiós, Matt. —Grania apretó la tecla que cortaba la llamada; no podía soportar oír más su voz. Se quedó sentada donde estaba, con la mirada fija en las flores desvaídas del papel pintado de las paredes del dormitorio de su infancia. Había contemplado ese motivo noche tras noche mientras concebía sueños de juventud acerca del futuro, donde aparecía su príncipe azul y se la llevaba a una vida perfecta llena de amor. Matt había representado para ella todo eso y más… Se enamoró perdidamente desde el momento en que posó sus ojos en él. La verdad es que había vivido un auténtico cuento de hadas.

Se tumbó en la cama y abrazó la almohada. Ahora, aquello que siempre había creído de que el amor lo podía todo, que era capaz de franquear todas las barreras, de superar cualquier problema en la vida y alzarse victorioso, se había desvanecido.

Matt Connelly se dejó caer en el sofá con el teléfono móvil todavía en la mano.

Llevaba dos semanas devanándose los sesos, tratando de deducir las razones de Grania para recoger los bártulos y marcharse. Pero no se le ocurría ninguna. ¿Qué podía hacer para solucionarlo? Ella le había dejado clarísimo que no quería saber nada con él… ¿De verdad su relación se había roto para siempre?

—¡Mierda! —Matt arrojó el móvil a la otra punta de la sala, y vio saltar la batería por los aires. Comprendía que Grania estaba deshecha a causa del aborto, pero no veía por qué por eso tenía que apartarlo también a él de su vida. Tal vez debería coger un avión e ir a verla a Irlanda. Pero ¿y si se negaba a recibirlo? ¿Y si empeoraba aún más las cosas?

Se puso en pie tras tomar una decisión repentina. Fue a donde estaba el portátil pensando que cualquier cosa sería mejor que la incertidumbre por la que estaba pasando en esos momentos. Más valía que Grania le dijera a la cara que todo había terminado a seguir sumido en la ignorancia.

Se conectó a la red y empezó a buscar vuelos de Nueva York a Dublín. Mientras lo hacía, sonó el timbre del portero automático, pero él lo ignoró. No esperaba a nadie y la verdad era que no le apetecía recibir visitas. El timbre siguió sonando con insistencia hasta que, de puro nervioso, Matt cruzó la sala y apretó el botón del intercomunicador.

—¿Quién demonios es?

—Hola, cariño, pasaba por aquí y se me ha ocurrido llamar para saber si estás bien.

Matt abrió la puerta de inmediato.

—Lo siento, Charley, sube. —Dejó la puerta entreabierta y siguió buscando billetes. Charley era una de las pocas personas a quienes se sentía con ánimos de ver. Eran amigos desde la infancia, pero le había perdido la pista (igual que a muchos de sus viejos colegas) cuando empezó a salir con Grania. Ella se sentía incómoda con su grupo de Connecticut, y por eso él los había dejado de lado. Unos días atrás, Charley se había puesto en contacto con él y le había dicho que sabía por amigos comunes que Grania se había marchado a Irlanda. Luego había ido a visitarlo y se lo había llevado a comer una pizza. A Matt le sentó muy bien verla.

Al cabo de pocos minutos, unos brazos lo rodearon por los hombros y Charley le dio un suave beso en la mejilla. En la mesa, al lado de su portátil, apareció una botella de vino tinto.

—He pensado que lo necesitarías. ¿Traigo un par de copas?

—Me parece genial. Gracias, Charley. —Matt siguió comparando horarios y precios mientras Charley descorchaba el vino y lo servía en dos copas.

—¿Qué estás buscando? —preguntó mientras se despojaba de las botas y doblaba hacia atrás sus largas piernas para sentarse sobre ellas en el sofá.

—Vuelos a Irlanda. Si Grania no piensa volver, tendré que ir yo.

Charley arqueó las cejas, depiladas a la perfección.

—¿Te parece sensato?

—¿Y qué coño se supone que tengo que hacer? ¿Quedarme aquí y volverme medio loco dándome cabezazos contra la pared una y otra vez mientras trato de averiguar qué ha pasado?

Charley se echó hacia atrás la brillante cabellera morena y bebió un sorbo de vino.

—¿Y si resulta que lo que necesita es un poco de distancia? Para superar… Bueno, ya sabes. Si vas allí, solo servirá para empeorar las cosas, Matty. ¿Te ha dicho Grania que quiere verte?

—¡No, joder! Acabo de llamarla y me ha pedido que la deje en paz. —Matt se apartó del ordenador portátil, tomó un gran trago de vino y se sentó en el sofá junto a Charley—. Puede que estés en lo cierto —dijo con un suspiro—. A lo mejor tengo que darle un poco más de tiempo y acabará entrando en razón. Supuso un duro golpe para ella perder al bebé. Ya sabes lo ansiosos que están mis padres por que la familia estrene una nueva generación, y mi padre no se esforzó en ocultar lo decepcionado que estaba cuando nos visitó en el hospital.

—Me lo imagino. —Charley alzó los ojos en señal de exasperación—. La sutileza nunca ha sido uno de los fuertes de tu padre. A mí no me ha ofendido nunca, porque para mí vosotros sois como de la familia y estoy acostumbrada a tratar con él. Pero para alguien de fuera como Grania debe de ser difícil aguantarlo.

—Sí. —Matt puso los codos sobre las rodillas y apoyó la cabeza en las manos—. Igual no la he protegido lo suficiente. Sé que siempre se ha sentido muy incómoda por el hecho de que tengamos orígenes tan diferentes.

—Matty, cariño, de verdad… No podrías haber hecho más de lo que ya has hecho. Si hasta a mí me arrojaste al cubo de la basura cuando apareció Grania.

Matt la miró y arrugó la frente.

—Oye, no lo dirás en serio, ¿verdad? No te habías creado expectativas sobre lo nuestro, ¿no? A la larga no habría funcionado, ya hablamos de eso, ¿te acuerdas?

—Claro, Matty. —Charley le dirigió una sonrisa tranquilizadora—. Era algo que tenía que ocurrir tarde o temprano, ¿verdad?

—Claro. —Matt se serenó al oír que Charlie pensaba lo mismo que él.

—Mira —prosiguió Charley—, a veces, cuando veo a mis amigas pasarlo así de mal, doy gracias al cielo por estar soltera. Últimamente a todo el mundo le va fatal con su relación de pareja. Y yo que creía que a vosotros sí que os iban bien las cosas.

—Nos iban bien —repuso Matt con tristeza—. No te plantearás en serio quedarte soltera toda la vida, ¿no? Del grupo de Greenwich, tú eras precisamente la que más opciones tenía. Eras la tía más enrollada, la estudiante que sacaba mejores notas y la más guapa de tu clase. Y ahora eres la reputada directora de una revista. Por dios, Charley, podrías tener al hombre que quisieras.

—Sí, y puede que ese sea precisamente el problema. —Charley exhaló un suspiro—. Igual eso me confunde y nadie me parece lo bastante bueno. Pero, disculpa, no es momento de hablar de mí. Eres tú quien tiene serios problemas. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

—Vale… ¿Crees que hago bien en coger un avión mañana mismo y tratar de salvar mi relación de pareja? —preguntó él.

—Eso tienes que decidirlo tú, Matty. —Charley arrugó la nariz—. Pero si quieres saber mi opinión, yo le daría un poco de tiempo y de espacio a Grania. Es evidente que necesita asimilar cosas. Estoy segura de que cuando esté preparada, volverá contigo. Te ha pedido que la dejes tranquila, ¿no? ¿Por qué no haces lo que la señorita dice y vuelves a planteártelo dentro de unas semanas? Además, creía que estabas saturado de trabajo.

—Lo estoy —dijo Matt con un suspiro—. A lo mejor tienes razón. Tengo que dejarle espacio como me ha pedido. —Alargó la mano y dio unas suaves palmaditas en la pierna que Charley tenía estirada—. Muchas gracias. Eres como una hermana, siempre estás ahí cuando te necesito, ¿eh?

—Sí, cariño. —Charley le sonrió con los ojos entornados—. Siempre lo estaré.

Unos días más tarde, volvió a sonar el timbre del portero automático de Matt.

—Hola, cielo, soy mamá. ¿Puedo subir?

—Claro. —Matt le abrió la puerta, sorprendido por la visita improvisada. Pocas veces sus padres se dignaban acercarse por esa parte de la ciudad, y menos sin avisar.

—¿Cómo estás, encanto? —Elaine besó a su hijo en ambas mejillas y entró en el piso detrás de él.

—Estoy bien —respondió Matt, que se encontraba demasiado desanimado y cansado para esforzarse más. Observó a su madre despojarse del abrigo de piel, sacudir rápidamente la cabeza para arreglarse el peinado realzado con ligeros reflejos rubios y acomodar en el sofá con elegancia su perfecta figura de la talla treinta y seis. Enseguida apartó las zapatillas de deporte de Matt y unos cuantos botellines de cerveza vacíos que rodeaban sus pequeños pies enfundados en unos zapatos de tacón de aguja—. ¿Qué te trae por aquí?

—Estaba en la ciudad porque tenía una comida de la organización benéfica y tu casa me venía de paso. —Elaine sonrió—. Quería ver qué tal le van las cosas a mi chico.

—Estoy bien —repitió Matt—. ¿Quieres que te sirva alguna bebida, mamá?

—Un vaso de agua me vendrá de perlas.

—Claro.

Elaine observó a Matt dirigirse a la nevera y llenar un vaso de agua. Se le veía pálido y cansado; el lenguaje corporal lo traicionaba y revelaba su desdicha.

—Gracias —dijo ella cuando le llevó el agua—. ¿Has tenido noticias de Grania?

—Hace unos días llamé y pude hablar un momento con ella, pero está claro que no tiene ningún interés en comunicarse conmigo.

—¿Has averiguado por qué se marchó?

—No. —Matt se encogió de hombros—. No sé qué he hecho mal. Dios santo, mamá, ese bebé lo era todo para ella.

—La verdad es que estuvo muy callada el día que fuimos a visitarla al hospital, y cuando salió del cuarto de baño parecía que hubiera estado llorando.

—Sí, y al día siguiente pasé a verla después del trabajo y resulta que le habían dado el alta. Y cuando volví aquí encontré una nota en la que decía que se había marchado a Irlanda, a casa de sus padres. Desde entonces no ha vuelto a darme explicaciones. Sé que lo está pasando mal, pero no sé cómo comunicarme con ella.

—Tú también debes de estar pasándolo mal, cariño. El niño no solo era de Grania, también era tuyo —observó Elaine, que detestaba ver a su queridísimo hijo sufriendo en soledad.

—Sí, la verdad es que de momento no lo llevo muy bien. Íbamos a formar una familia. Era… mi sueño. ¡Mierda! Lo siento, mamá. —Matt hizo todo lo posible por contener las lágrimas—. La quiero tanto, y quería tanto al bebé que no llegó a nacer y que ya formaba parte de nuestras vidas que… que…

—Oh, cariño. —Elaine se puso en pie para abrazar a su hijo—. Lo siento; lo siento mucho. Si puedo hacer algo para ayudarte…

Matt habría preferido que su madre no lo sorprendiera en un momento tan bajo. Se esforzó mucho para sacar fuerzas de flaqueza y recobrar la serenidad.

—Ya soy mayorcito, mamá. Me recuperaré, en serio. Solo necesito saber por qué Grania se ha marchado, porque no lo entiendo.

—¿Y si te vienes unos días a casa? No me gusta saber que estás aquí solo.

—Gracias, mamá, pero tengo un montón de trabajo. Solo necesito saber que Grania volverá cuando llegue el momento, una vez que se haya recuperado del golpe. Siempre ha sido bastante especial. Supongo que por eso la quiero tanto.

—Es muy peculiar, sí —convino Elaine—. Y al parecer no se molesta en seguir las normas de conducta de casi todo el mundo.

—A lo mejor es porque a ella no la han educado igual —repuso Matt, que no estaba de humor para soportar observaciones insidiosas por parte de sus padres, ni comentarios del tipo «ya te lo advertimos», con respecto a la pareja que había elegido.

—No, no, Matt, no me malinterpretes. —Elaine se apresuró en rectificar—. De verdad que admiro a Grania; os admiro a los dos, por haber dejado de lado los convencionalismos y estar juntos porque os amáis y punto. Tal vez los demás también tendríamos que hacer más caso del corazón y olvidarnos un poco de la educación que hemos recibido. —Exhaló un suspiro—. Tengo que volver a casa, esta noche los compañeros de golf de tu padre vendrán para celebrar la cena anual de todos los inviernos.

Sin mediar palabra, Matt fue a buscar el abrigo de piel de Elaine y la ayudó a ponérselo.

—Gracias por venir, mamá. Te lo agradezco.

—Me he alegrado de verte, Matt. —Lo besó en la mejilla—. Sabes que estoy muy orgullosa de ti, ¿verdad? Siempre que necesites hablar, cuenta conmigo, cariño; en serio. Comprendo… cómo debes de sentirte. —En los ojos de Elaine apareció un repentino atisbo de tristeza, pero se desvaneció con igual rapidez—. Adiós, Matty.

Matt cerró la puerta con la sensación de que la compasión que le mostraba su madre era genuina. Y, al pensar en el amor que eso le inspiraba, reparó por primera vez en lo poco que sabía de la mujer que se escondía detrás de aquella máscara de perfecta esposa y madre de Connecticut.

Capítulo 4

4

A la mañana siguiente, cuando Kathleen partió hacia Clonakilty para hacer la compra semanal, Grania se acercó al establo donde

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