Las voces
El hombre miró las lápidas esparcidas por el prado. La hierba estaba alta y los insectos zumbaban en el aire. Un mirlo cantaba sobre el muro desmoronado del cementerio, invadido por saúcos, pero él no lo veía: desde hacía un tiempo no veía muy bien y, pese a que empeoraba cada año, se negaba a ponerse gafas. Había argumentos a favor, pero no quería oírlos. Si alguien se los mencionaba respondía que se había acostumbrado y se sentía a gusto viendo el entorno cada vez más borroso.
Cuando hacía buen tiempo iba todos los días, paseaba un rato entre las tumbas, por aquí y por allá, y luego se sentaba en un banco de madera bajo un abedul que había crecido torcido. El banco no le pertenecía, pero él lo consideraba suyo. Era viejo y estaba podrido, nadie más se fiaría de semejante banco. Él, en cambio, lo saludaba como si fuera una persona, acariciaba la madera con la mano y decía: «Buenos días» o «Ha sido una noche fría, ¿verdad?».
Era la parte más antigua del cementerio de Paulstadt. Muchos la llamaban simplemente «el Campo». Antes era un terreno perteneciente a un ganadero llamado Ferdinand Jonas; una parcela inútil, llena de piedras y de ranúnculos venenosos, que Jonas vendió encantado al municipio en cuanto tuvo ocasión. Si bien no servía para el ganado, era apta para los muertos.
Ya casi nadie lo visitaba: el último entierro había tenido lugar meses atrás y el hombre ya no se acordaba de a quién habían sepultado. Recordaba mejor un sepelio de muchos años antes, el de la florista Gregorina Stavac, a quien habían inhumado en un día lluvioso de finales de verano después de que su cuerpo permaneciera dos semanas, sin que nadie se diera cuenta, en el suelo del almacén de su floristería mientras el polvo se acumulaba en las flores marchitas de delante de la tienda. Él había asistido a la ceremonia junto con un puñado de personas, había escuchado las palabras del cura y luego sólo el rumor de la lluvia. Nunca había intercambiado más que unas pocas palabras con la florista pero, desde que sus manos se rozaron una vez mientras le pagaba, sentía un curioso vínculo con aquella mujer gris, así que, cuando los ayudantes del enterrador empezaron a palear la tierra, notó que las lágrimas corrían por sus mejillas.
Casi todos los días se sentaba bajo el abedul y dejaba vagar sus pensamientos. Pensaba en los difuntos. A muchos de los que yacían allí los había conocido en persona, o por lo menos se había cruzado con ellos alguna vez en la vida. La mayoría habían sido humildes ciudadanos de Paulstadt: obreros, comerciantes o empleados de una de las tiendas de la Marktstrasse o las callejuelas cercanas. Intentó visualizar sus rostros y formar imágenes con sus recuerdos, aunque sabía que esas imágenes no se correspondían con la verdad, que probablemente no guardaban ningún parecido con las personas que habían sido en vida. Pero le daba igual: le gustaba ver los rostros que aparecían y desaparecían en su cabeza, y a veces incluso se reía en voz baja, inclinándose hacia delante con las manos cruzadas sobre la barriga y la barbilla apoyada en el pecho. Si alguien lo observaba desde lejos en ese momento, tal vez uno de los ayudantes del enterrador o un visitante extraviado del cementerio, tendría la impresión de que estaba rezando.
La verdad es que estaba convencido de que oía hablar a los muertos. No entendía lo que decían, pero percibía sus voces con la misma claridad que el gorjeo de los pájaros y el zumbido de los insectos. A veces hasta imaginaba que distinguía palabras o fragmentos de frases entre el enjambre de voces, pero por mucho que aguzara el oído nunca conseguía dotarlos de sentido.
Fantaseaba con cómo sería si cada una de las voces tuviera otra oportunidad de hacerse oír. Por supuesto, hablarían de la vida. Le parecía razonable que un ser humano sólo pudiera emitir un juicio definitivo sobre su vida una vez que hubiera experimentado la muerte.
No obstante, podía ser que los muertos no sintieran ningún interés por lo que habían dejado atrás. Quizá hablaban del otro lado, de cómo era estar en el otro lado. Convocados, en casa, reunidos, transformados.
Luego rechazaba ese tipo de pensamientos: le parecían sensibleros y ridículos, y le asaltaba la sospecha de que los muertos, igual que los vivos, sólo decían banalidades, tonterías y fanfarronadas. Que se quejaban e idealizaban los recuerdos. Que daban la lata, ponían el grito en el cielo, difamaban y, naturalmente, hablaban de sus enfermedades. Tal vez sólo hablarían de sus dolencias, de su larga enfermedad y su muerte.
El hombre permaneció sentado en el banco bajo el abedul torcido hasta que el sol se puso tras la pared del cementerio. Entonces extendió los brazos como si quisiera medir el trozo de tierra que tenía delante y luego los dejó caer. Inspiró de nuevo: olía a tierra húmeda y a flores de saúco. Luego se levantó y se marchó.
En la Marktstrasse había terminado la jornada y los comerciantes volvían a colocar en sus tiendas cajas y estantes con ropa interior, juguetes, jabones, libros o baratijas. Por todas partes se oía el ruido de las persianas, y desde el final de la calle llegaban los gritos de los fruteros y verduleros que repartían los últimos melones entre la gente subidos en una caja.
El hombre caminó despacio. Le horrorizaba la idea de pasar la tarde sentado junto a la ventana mirando a la calle. De vez en cuando levantaba la mano para devolver el saludo a alguien a quien no reconocía. La gente debía de pensar que era un hombre feliz, que se alegraba con cada paso que daba en la acera caldeada por el sol; sin embargo, él se sentía inseguro y extraño en su propia calle.
Se detuvo ante el escaparate de lo que una vez había sido la carnicería equina de Buxter y se acercó a su reflejo. Le habría gustado verse joven; sin embargo, en los ojos que lo contemplaban ya no veía la chispa que podría haber encendido su imaginación. Su rostro era viejo y gris sin más, y bastante deformado. Una hojita de un verde claro se le había enredado en el pelo. Se la quitó y miró hacia atrás. En la otra acera caminaba la perturbada Margarete Lichtlein, tirando de su carrito lleno de compras que no había hecho. La saludó con un gesto de la cabeza y después siguió andando, aunque un poco más rápido. Se le había ocurrido una idea, o más bien había tenido una intuición en relación con su vida: de joven quería pasar el tiempo, más tarde quería pararlo, y ahora que era viejo no quería otra cosa que recuperarlo.
Era la reflexión de un viejo. No sabía qué hacer con ella, pero en todo caso tenía ganas de irse enseguida a casa, pues al ponerse el sol empezaba a hacer frío. Iría a la despensa y se tomaría un trago. Luego se pondría los pantalones marrones cómodos y se sentaría a la mesa de la cocina de espaldas a la ventana. Creía que ésa era la única manera de acabar de perfilar un pensamiento, de espaldas al mundo, en paz y sin distracciones.
Hanna Heim
Cuando me morí estabas sentado conmigo y me cogías de la mano. No podía conciliar el sueño. Hacía ya tiempo que no necesitaba dormir. Hablamos. Nos contamos historias y compartimos recuerdos. Te miré, como siempre me había gustado mirarte. No eras un hombre guapo. Tenías la nariz demasiado grande, los párpados cansados y la piel pálida y manchada. No eras un hombre guapo, pero eras mi hombre.
¿Te acuerdas? Yo era nueva en el colegio, y ya el primer día me preguntaste en la sala de profesores qué me pasaba en la mano. Es deforme, no se puede hacer nada, repuse. La cogiste y la miraste, luego me señalaste la ventana. «¿Ves ese árbol de ahí? No tiene las ramas deformes, sólo torcidas porque han crecido orientadas al sol.» La verdad es que me pareció bastante cursi, pero me gustó cómo me acariciaste los dedos con el pulgar y tu nariz, tan grande. Creo que te encontré bastante sexy.
Cincuenta años después, seguías cogiéndome de la mano. Me sentía como si nunca la hubieras soltado, y te lo dije. Te echaste a reír y comentaste: «¡Es cierto, no la he soltado nunca!»
Ya no sé cuáles fueron mis últimas palabras, pero iban dirigidas a ti, por supuesto; no podía ser de otra manera. Te pregunté si podías abrir la ventana (pensé que me sentaría bien un poco de aire fresco), ¿y luego? ¿Qué dije después?
En cambio, recuerdo muy bien las primeras palabras que te dije. Fue antes incluso de la conversación en la sala de profesores. Llegué por la mañana y te vi cruzando el patio del colegio. Te detuve y te pregunté cómo podía ir al despacho del director. «Disculpe», dije, «soy nueva aquí, ¿puede ayudarme?». Te lo pregunté, pese a que ya conocía el camino. Tú respondiste simplemente: «Venga conmigo, señorita», y luego seguiste andando en silencio. Dabas pasos grandes y pesados, tenías el torso un poco inclinado hacia delante, las manos entrelazadas a la espalda; caminabas como siempre. Brillaba el sol de la mañana y la sombra de la verja de entrada se proyectaba sobre el suelo de hormigón formando una amplia cuadrícula. Yo llevaba un vestido de tubo verde menta con un cuello blanco. Me lo había regalado una tía mía, y yo me había pasado horas ajustándolo a mi medida y cosiéndole el cuello de una vieja camisa de mi padre. En aquel momento esperaba que me diera un aire de seguridad y determinación; sin embargo, ya cuando cruzaba el patio detrás de ti me pareció anticuado y rígido, y me dio vergüenza.
Qué raro: me acuerdo del color del vestido que llevaba hace tantos años, pero no en qué estación del año me morí.
Jamás se me habría ocurrido que pudieras ser profesor. Una parte de mí seguía en clase, con la cartera y las coletillas, así que en mi imaginación todos los profesores tenían que ser viejos, mujeres y hombres viejos y grises que olían a café y tiza, y cuya autoridad se había ido desgastando con los años como las mangas de sus chaquetas de lana. Tú, en cambio, eras joven. Llevabas una camisa arrugada con el cuello abierto y sandalias de cuero. En aquella época nadie llevaba sandalias. Tal vez pensé que eras el padre de un alumno, o el conserje, no lo sé; en todo caso no un profesor. A lo mejor no pensé nada de eso mientras caminaba detrás de ti por el edificio del colegio, y sólo observaba tus manos, que llevabas a la espalda. Las yemas de los dedos se veían muy rosadas, como si brillaran, como si tuvieran luz propia.
Abriste la ventana. Eras la silueta de un hombre. El aire abombó la cortina un instante. Recuerdo la luz: aún debía de ser de día. ¿O se había hecho de día otra vez? Cuando te levantaste para acercarte a la ventana dejaste de sostenerme la mano. No la soltaste sin más, sino que la dejaste sobre la almohada, junto a mi cabeza, y yo exhalé los últimos suspiros de mi vida en la palma de mi pequeña mano deforme.
No te gustaba el café. No sólo ennegrecía los dientes, sino también el corazón. «Mira a tu alrededor», dijiste en voz alta en la sala de profesores, «¡cuántos colegas con el corazón negro! ¡Todos son criaturas infernales!». Algunos se rieron, la mayoría hicieron como si no hubieran oído nada. Sólo Juchtinger, el viejo genio de las matemáticas, te siguió el juego. Abrió la ventana dejando que entrara el aire caliente y dijo: «Iluminadnos, compañeros de las tinieblas» mientras sus ojos bulbosos parpadeaban bajo el sol del verano.
Yo estaba acostada en la cama, escuchando el ruido sordo de los tubos de la calefacción en la pared (o sea que ¿era invierno?). Los dolores que me habían desgarrado durante tanto tiempo ahora eran sólo un vago recuerdo. Desaparecieron de repente, pero yo sabía que ese alivio no era más que el principio de la despedida final. Con todo, aún quedaba un poco de tiempo, y tú te sentaste en el borde de la cama, me cogiste de la mano y charlamos...
«¡Venga conmigo, señorita!» Al principio no entendí la ironía que escondían tus palabras. Me pareció natural que te dirigieras a mí de ese modo. Caminamos uno detrás del otro por la amplia cuadrícula de sombras sobre la superficie de hormigón. Yo oía nuestros pasos, cuyo eco devolvían las paredes enrojecidas por el sol. Caminamos en silencio, aunque ahora recuerdo que hablamos un poco antes de entrar en el sombrío vestíbulo. «Tenga cuidado», dijiste; y yo repuse: «Sí, pero ¿de qué?»
Tu silueta junto a la ventana. Los hombros un poco caídos hacia delante, tu espalda esbelta, las manos entrelazadas detrás, como ahora. ¿Cuántas veces te habré visto en esa posición? Desde que nos mudamos a este piso, siempre te encantó mirar a la calle. A veces, cuando volvía de las clases de la tarde o de hacer la compra, te veía desde lejos de pie junto a la ventana. Si llevaba las pesadas bolsas de la compra, las dejaba para saludarte. Weichselstraβe 11, segunda planta. ¿Quién iba a pensar que nuestra primera vivienda en común sería también la última?
Cuando entramos en el edificio del colegio desapareciste de pronto y yo trastabillé en la oscuridad. Seguro que fue la tensión: apenas había dormido esa noche y por la mañana no había comido nada. Cuando salí, tú ya estabas en la escalinata. Subiste corriendo los escalones de dos en dos sin volver la cabeza ni un instante, y yo detrás. Nuestros pasos resonaban en el frío silencio.
Me cogiste de la mano. Me acariciaste con el pulgar los dedos, esas ramas torcidas. Tenías la otra mano sobre el regazo. Cuando hablabas, tenías los ojos cerrados. Detrás de los párpados, los globos oculares perseguían las imágenes. La luz del día te iluminaba el rostro, y luego la luz de la noche. A menudo oía el tictac del reloj de pulsera en tu regazo, y los días y las noches pasaban como si fueran horas. A veces nos dormíamos juntos y, cuando despertábamos, todo era como antes.
Me preguntaste de dónde era y yo respondí una tontería. «Soy de fuera», dije. «¿De dónde iba a ser?» Creo que eso me hizo sentir bastante audaz. Abajo, en el patio, se oían los chillidos de los niños. Con un suspiro colectivo, la sala de profesores se puso en movimiento. El viejo Juchtinger cerró la ventana y después los ojos. Tu pulgar se detuvo. «“De fuera”, ¡eso es muy lejos, señorita, pero ahora está usted aquí!»
Dejaste mi mano sobre la almohada. Noté la tela suave y fresca y mi aliento cálido. Sentí crujir los tablones del suelo bajo tus pies. Entreví tu espalda y tus hombros en el marco de la ventana abierta. La luz parecía palpitar a tu alrededor. Creo que oí el ruido de un cortacésped, ¿o era la máquina quitanieves? ¿Te dije que volvieras a cerrar la ventana? ¿Hablé del día siguiente? ¿Te dije que te quería? ¿Lo recuerdas?
Gerd Ingerland
«En este mundo hay ovejas y lobos, pero no hay elección: no puedes escoger, ¿entiendes? No es una decisión, es el destino. Pero has tenido suerte: eres un lobo. Eres fuerte y perseverante. No te comerán: tú te los comerás. Nadie conoce el sabor de la carne de lobo. El destino está de tu parte, eres uno de los nuestros.»
Tenía diez años cuando mi padre me dijo eso. Trabajaba en el banco, y en su armario había colgadas unas veinte corbatas y una fila de trajes planchados y cepillados. «Nos está yendo bien y cada vez nos irá mejor», dijo mientras se sentaba en el sofá y echaba un vistazo a la habitación. Mamá, que estaba sentada a su lado, lo cogió de la mano y asintió. Toqueteó el vello largo y negro que le crecía en el dorso de la mano a mi padre. Nunca supe si le gustaban esos pelos o los odiaba; por cómo tiraba de ellos, parecía que quisiera arrancárselos.
Mi primer recuerdo también tiene que ver con pelos. Soy pequeño y estoy sentado en el suelo detrás de una cortina. En algún sitio hay una ventana abierta, la cortina se mueve, la luz del sol brilla a través del tejido. Luego la descorren y veo a mi madre llorando... o tal vez está riendo, en mi recuerdo da igual. Me levanta. El cabello le huele a cocina y a domingo por la mañana. Tiene el pelo largo y rubio, y me da la sensación de que podría cubrirme todo el cuerpo, que yo podría desaparecer en el pelo de mamá.
Más tarde nos mudamos a una buhardilla detrás de la Marktstrasse. Era pequeña y de techos bajos, pero yo podía observar a las palomas en los tejados de alrededor. Algunas veces se dejaba ver un cernícalo y, en el crepúsculo, los murciélagos se tambaleaban por encima de las chimeneas como pequeñas sombras ebrias.
Recogía escarabajos, moscas y otros insectos. Intentaba cazarlos vivos y los metía en cajitas metálicas. Si te acercabas las cajas al oído, se oía cómo morían. Luego se iban secando poco a poco y se quedaban duros como guijarros.
Papá iba al banco, yo al colegio, y todas las mañanas mamá dejaba nuestras cosas encima de los respaldos de la silla antes del desayuno: un traje limpio para él y camisa y pantalones para mí. Al hacerlo, lucía una extraña sonrisa irónica. Casi todo lo hacía con esa media sonrisa en el rostro. No sabría decir exactamente qué significaba, pero tenía la idea de que quizá se sentía orgullosa de nosotros.
Crecí, tuve amigos, me interesé por las chicas. No tenía ningún problema en el colegio. Todo era como debía ser. Creía haber entendido que la vida era una empresa que valía la pena. Estaba seguro de haber encontrado el camino correcto aun sin saber adónde me llevaría.
Entonces ocurrió algo. Fue a finales de verano, acababa de cumplir diecisiete años. Dos amigos míos y yo cruzamos el patio del colegio, una gran explanada de asfalto sin sombra. Ante nosotros se erguía la verja de hierro fundido que daba a la calle. Era alta como una casa, negra con las puntas doradas que brillaban con el sol vespertino. Por el cielo pasaba una bandada de ampelis europeos que proyectaba una sombra centelleante en el patio. Durante unos instantes la bandada se movió arriba y abajo como un velo agitado por el viento, hasta que descendió de golpe por detrás del edificio del colegio y desapareció. Hacía calor. Los chicles de generaciones de escolares se habían ablandado en el suelo de cemento y se pegaban a las suelas a cada paso.
En la calle estaba Johannes Storm, un chico de la clase de al lado. No era muy alto, pero tenía los hombros anchos y fuertes, el tórax prominente como un tonel, la cabeza grande y aniñada y el pelo corto y rubio. Sus ojos estaban muy juntos y, cuando hablaba con alguien, apenas podía mirarlo a la cara. Fuera del colegio nadie se relacionaba con él, pero todo el mundo sabía que vivía con su madre, una mujer recia que fregaba la acera delante de las tiendas de la Marktstrasse y limpiaba los escaparates.
Johannes Storm estaba ahí, fumando con la mirada fija en el suelo, como si hubiera algo muy interesante por descubrir. Nos plantamos delante de él y le dije que me diera un cigarrillo. Él ni siquiera movió la cabeza. Unas gotas diminutas de sudor le brillaban en las sienes. Sujetaba el cigarrillo con la mano izquierda y tenía la derecha metida en el bolsillo del pantalón. Le dije que no quería pelea, sólo un cigarrillo. No contestó. En la calle pasó un camión cargado de escombros y piezas metálicas. La mano del conductor colgaba por la ventanilla: golpeaba con los dedos en la chapa al ritmo de una música inaudible. El camión giró, el estruendo se extinguió. Desde el edificio del colegio se oían los gritos de algunas niñas, luego se cerró una puerta y se hizo el silencio.
—¿No querías un cigarrillo, Gerd?
Mis amigos estaban medio metro por detrás de mí. Por aquel entonces éramos inseparables, aunque al cabo de unos años ni siquiera recordaba sus caras.
Di un paso hacia Storm.
—Seguro que no quieres pelea, ¿verdad? —pregunté—. ¿Quieres pelea, Storm?
No contestó, simplemen
