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De la relativa semejanza de los títulos conviene no derivar más intenciones de la cuenta. La iniciativa de reunir en un mismo volumen En el estado y En la penumbra obedece principalmente a razones de tipo técnico. La economía editorial recomendaba juntar dos novelas más bien breves, que sumadas dan un volumen de dimensiones muy conformes a las de una biblioteca de bolsillo. Otra cosa es que, una vez reunidas, y leídas en secuencia, las dos novelas —entre las que media más de una década— revelen sintonías que van más allá de las naturalmente esperables en dos obras escritas por la misma mano.
En el estado se publicó por vez primera en 1977. Juan Benet se hallaba por entonces embarcado en la redacción de Saúl ante Samuel (1980), el libro que iba a constituir la cumbre de su ambicioso proyecto literario. Escribirlo le llevó siete años de esfuerzo sostenido, cuya tensión descargó en unas cuantas «maniobras de distracción»: algunos cuentos, varios ensayos y una novela insólita, que causó el estupor de propios y extraños: En el estado, uno de los primeros títulos publicados por la entonces recién creada editorial Alfaguara.
«Es una novela menor en que he cambiado el tono», advertía Benet en una entrevista publicada ese mismo año. «Es una novela más humorística, que ha gustado muy poco a mis amigos [...] Ya le digo, es una novela en tono menor que escribí para acompañar la redacción de otra mucho más larga que todavía no he acabado, y que no acabaré hasta dentro de tres, cuatro, cinco años.» Poco después, en la misma entrevista, añadía: «En el estado es una novela breve, una novela de doscientas páginas, muy enigmática, aparte de eso. Y es una novela que está un poco basada en la vieja técnica de Marguerite de Navarre, o de Chaucer, o de Boccaccio, de los personajes que hacen un viaje y se encuentran en una posada, y cada cual relata una historia para entretener el tiempo. Aquí tiene que inventar una historia cada personaje en un abandonado y siniestro chamizo en una carretera española. A cada personaje le ocurre un pequeño incidente bastante descomunal, fantástico. Y eso es la novela. Es una parodia. Es una parodia de estilos literarios, y están parodiados, pues, desde Homero hasta Cervantes, y desde Cervantes hasta Bataille pasando por Flaubert, y pasando por Turgeniev, Chéjov, mucha gente» («Entrevista a Juan Benet», de Anita Rozlapa y John P. Dyson, publicada en The American Hispanist, III, núm. 22, diciembre de 1977, y recogida en Juan Benet, Cartografía personal, ed. Mauricio Jalón, Valladolid, cuatro.ediciones, 1997, pp. 117-123). Sobre este último aspecto volvería a insistir Benet en una entrevista posterior del mismo año, añadiendo que «hay personajes inspirados en una ninfómana de Bataille, en Dickens o en Céline».
El caso de Benet y En el estado encuentra un notable paralelismo en Luis Goytisolo y los extraños textos que reunió bajo el título de Ojos, círculos, búhos (1971) y Devoraciones (1976), mientras se hallaba inmerso en la redacción de su monumental Antagonía, que no había de culminar hasta la publicación, en 1981, del cuarto y último volumen de la tetralogía, Teoría del conocimiento. También en este caso la descarga de la tensión acumulada durante el sostenido esfuerzo creativo dio lugar a una escritura extravagante, disparatada, de naturaleza esencialmente paródica, que si bien asume lúdicamente su condición de divertimento, con la perspectiva de los años revela poseer una poderosa carga subversiva, resultado de una feliz mezcla de humor, osadía y radicalidad.
El estupor que, cuando su aparición, produjo En el estado no puede relacionarse con la dificultad o rareza del texto, no más exigente ni mucho más opaco para el lector que Un viaje de invierno (1972) o La otra casa de Mazón (1973), las dos novelas anteriores del autor. Los seguidores de Benet no podían menos que reconocer en el nuevo libro rasgos ya patentes en esas novelas. Lo relativamente nuevo, en este caso, era la desinhibición con que Benet daba rienda suelta a su vena más bufa. Pero basta recordar un relato tan temprano como el que dio título al primer libro de Benet (1961), «Nunca llegarás a nada», para cobrar conciencia de que su afición por lo grotesco, por el absurdo, por el capricho de corte surrealista, venía de muy antiguo. Tanto más si nos remontamos al primer texto publicado por Benet, la pieza teatral Max (1953), como en general a sus piezas dramáticas, donde emergen de un modo más que incipiente no pocos de los rasgos que caracterizan En el estado. El primero y más evidente de todos: la inveterada inclinación de Benet por la farsa y el melodrama.
Lo constató con perspicacia Vicente Molina Foix en su prólogo al teatro completo de Juan Benet: «Sus novelas son construcciones de alta mecánica verbal, de afilado concepto, pero incluso en las más densas y programadas se distingue el gusto por el latiguillo del melodrama, el guiño soez de las candilejas, el desfile de los figurones salidos de un guardarropa del antiguo régimen. Hay un espíritu histriónico y travieso en la literatura de Benet que no todos han visto o aceptado, por ceguera o respeto desmedido, y en eso, aunque no sólo en eso, se asemeja a Beckett: dos humoristas trágicos apegados a las formas más populares y tradicionales de una teatralidad que —entre los registros sublimes y la ciencia exacta de su lengua literaria— ambos hacen aflorar con intermitente guasa» («Benet comediante», prólogo al Teatro completo de Juan Benet, ed. de Miguel Carrera Garrido, Madrid, Siglo XXI, 2010, p. IX). Y bueno, es ese «espíritu histriónico y travieso» el que campa por sus respetos en las páginas de En el estado.
El mismo Molina Foix se ocupó del prólogo a la cuidada edición que, a modo de homenaje, la editorial Alfaguara publicó apenas un mes después de la muerte de Juan Benet (1993), y a la que también contribuyó Javier Marías con «Una invitación». El prólogo de Molina Foix, recogido al final del presente volumen, procura algunas valiosas claves para la lectura de la novela, subrayando su doble condición de farsa tanto literaria como política. Poco cabe añadir a lo sugerido con tanta finura por Molina Foix, como no sea anotar un dato que suele pasar desapercibido y que subraya con buen ojo Francisco García Pérez (Una meditación sobre Juan Benet, Madrid, Alfaguara, 1997, p. 191): la pertenencia —bien que muy tangencial— de En el estado al espacio mítico de Región, al que la adscribe la mención, muy al comienzo de la novela, de dos topónimos bien localizables en el mapa de su territorio (levantado por el mismo Benet): el puerto de La Requerida y la llanura de La Portada.
Aunque publicada en 1989, En la penumbra fue concebida y empezada a escribir mucho antes, al poco de haber concluido Benet la redacción de El aire de un crimen (1980). En 1982, en una pequeña editorial santanderina (Gonzalo Bedia), apareció un relato de poco más de sesenta páginas titulado ya así, En la penumbra, y que, como se revelaría más tarde, era el borrador de algunos de los capítulos que habían de titularse «Octubre» en la edición mucho más amplia de la novela homónima publicada años después por Alfaguara. Los primeros pálpitos de En la penumbra se sitúan, pues, todavía en los aledaños de Saúl ante Samuel, y la novela parece más próxima a las inquietudes y a las maneras narrativas del Benet de los años setenta que a las del Benet de los años ochenta.
Entre los años 1982 y 1989, tiene lugar la publicación de los doce primeros libros de Herrumbrosas lanzas, aparecidos en tres entregas sucesivas en 1983, 1984 y 1986. Es decir, tiene lugar el intento de Benet —exhausto tras el esfuerzo invertido en Saúl ante Samuel— de explorar estrategias narrativas menos exigentes tanto para los lectores como para él mismo. Si la escritura de El aire de un crimen tuvo algo de reto con que Benet quiso demostrar que era capaz de escribir en pocos meses una novela «comprensible», «con argumento», algo «ameno, ligero y liviano», la de Herrumbrosas lanzas tuvo algo de ensayo, de prueba destinada a tantear la posibilidad de embarcarse en un proyecto de largo aliento graduando el esfuerzo puesto en ello en atención, entre otras cosas, a la respuesta del público. Ahora bien, el público no respondió bien (ni tampoco la crítica, valga decirlo) y, por si fuera poco, a medio camino Benet se rebeló contra el plan trazado por él mismo para su obra, de modo que resolvió tomarse un respiro y retomar la novela que había dejado abandonada cuando, seis años antes, se le impuso con inusual premura la idea de ponerse a escribir por fin «una historia militar de la Guerra Civil».
Si en En el estado constituyó, como se ha visto, una tarea de diversión destinada a aliviar la presión a que lo sometía la escritura de Saúl ante Samuel, la redacción definitiva de En la penumbra fue acometida por Juan Benet con un espíritu muy diferente, determinado por el desánimo a que lo abocó la tibia recepción de las sucesivas entregas de Herrumbrosas lanzas y con el deseo de entregarse de lleno a una tarea no sujeta a los cálculos ni a los imperativos de un relato de largo aliento, minuciosamente planificado.
Ya se ha dicho que En la penumbra —novela inequívocamente regionata, como indican las alusiones a varios topónimos y la mención de varios apellidos familiares al lector— supuso, en cierto modo, el retorno de Benet a sus viejas y consabidas maneras. Pero se trataba de un retorno transido de escepticismo y, hasta cierto punto, de la fatiga del escritor que, alcanzada ya la cima de su proyecto literario, no tiene nada que demostrar a los demás ni tampoco a sí mismo, y que en consecuencia se entrega fruitivamente a sus más directas apetencias, sin necesidad ninguna de poner a prueba sus facultades.
De este modo, se reconoce en En la penumbra al Benet más intrincado, más pitagórico y abstruso, como se reconoce también al Benet más dado a la ligereza, a la farsa, al choteo. Pero sobre todo se percibe en esta novela —y es este aspecto el que la emparenta más visiblemente con En el estado— un evidente regusto y una recalcitrante propensión al empleo del monólogo dramático, ocasionalmente contrapunteado por breves réplicas que tienen efectos anticlimáticos, por lo general muy cómicos para el lector, dado que constituyen como pinchazos de la progresiva inflación retórica del parlamento principal. Asimismo, se percibe también la afición de Benet al diálogo de sordos —o de besugos—, es decir, al diálogo en que —como ocurre tantas veces en el teatro de Beckett— los dos interlocutores se hallan en posiciones muy asimétricas, lo cual se resuelve, casi siempre humorísticamente, en situaciones de incomunicación o de malentendido.
En la penumbra fue objeto, cuando su publicación, de un gran lanzamiento, acorde con el prestigio y el predicamento de que gozaba Benet por aquellos años. En el texto de cubierta se decían cosas tan subidas de tono como que se trata de «uno de los textos mayores de la narrativa contemporánea en cualquier lengua». Manuel Rodríguez Rivero, por entonces en Alfaguara, hablaba de «un pequeño hito en la historia editorial» del autor, dado que se llegaron a vender, al parecer, cerca de veinte mil ejemplares de la novela («En el corazón de En la penumbra», Insula, núm. 559-560, julio-agosto de 1993, pp. 16-17). Se especuló para la ocasión con la irrupción de «un nuevo Benet», más accesible, más acorde con los gustos del público y las tendencias del momento. Pero nada hay de eso, en realidad, más bien todo lo contrario. La novela no hace más concesiones al público que las que el propio Benet se permite consigo mismo, decidido a pasárselo tan bien, mientras la escribía, como sin duda lo pasó con la redacción de En el estado.
Otra cosa es que Benet escriba desde coordenadas distintas a las que definieron su importante pero problemático magisterio. En 1989 era más que evidente la divergencia entre los rumbos literarios a los que él apuntó y los que siguió la por entonces ya consolidada «nueva narrativa española», algunos de cuyos más conspicuos oficiantes habían tenido a Benet por maestro (mucho antes que por modelo). Desde este punto de vista, En la penumbra contiene un irónico comentario —por no decir una soberbia y quizá melancólica impugnación— de esa narrativa, en el sentido apuntado por Constantino Bértolo en la certera reseña de la novela que se recoge también al final de este volumen y que fue publicada originalmente en la revista El Urogallo, núm. 35, marzo de 1989.
Tanto el texto de En el estado como el de En la penumbra se dan conforme a la última edición hecha en vida del autor, cotejada con el mecanoscrito original; un cotejo del que no se han desprendido novedades reseñables.
En el estado
I
En La Portada
Había un corpulento olmo, que nacía en el mismo borde de la cuneta, a cuya sombra se detuvo el autobús. Se trata del único punto de sombra en toda la extensión que alcanza la vista, esto es, en todo el llano de La Portada, como dirá más adelante el señor Hervás, comentando sus impresiones de viaje con la señora Somer que tiene la costumbre de no escucharle cuando el señor Hervás se alarga en innecesarias explicaciones. No es que la señora Somer se desinterese de algunos pormenores de los relatos del señor Hervás; por el contrario, es tal su interés por cuanto dice y pone tanta atención al escucharle que rara vez puede mantenerla más allá de un cierto rato, para sumirse a continuación en una atmósfera de ensueño de la que, con frecuencia, es arrebatada por un leve codazo de su yerno. Porque el señor Hervás jamás se tomará la libertad de despertarla; la respeta demasiado, asegura él, para intervenir en asuntos que sólo indirectamente le conciernen. Al señor Hervás nada le puede complacer más que sentirse el centro de toda reunión y a pesar de que con frecuencia se verá traicionado por un entusiasmo que al no poder ser permanentemente transmitido a sus interlocutores degenera en una amable y cómplice condescendencia, su propia estimación le impide detenerse para recapacitar sobre el escaso poder suasorio de buen número de sus sentencias.
En tiempos se había dicho del señor Hervás que no conocía la fatiga; pequeño de estatura, tras haber disfrutado de un cuerpo macizo en sus años de plenitud ha adelgazado de manera tan desigual que al friso de su sexta década es contradictoriamente gordo y delgado, ancho y estrecho, consumido y lozano, vestido con unas ropas que tanto le vienen holgadas como cortas, rasgos que en buena medida se corresponden con las notas más sobresalientes de su carácter.
Es el primero que desciende del autobús para observar, sin una mueca de disgusto, la desolación del páramo en las primeras horas de la tarde de uno de los postreros días de junio. En todo lo que alcanza la vista, aparte de las ventas, no se ve ni un punto de sombra ni un alma; una vez que se desciende el puerto de La Requerida se abre esa llanada kárstica de La Portada, reacia al cultivo, cubierta con menos de un palmo de una tierra vegetal blancuzca por la que asoma la costra caliza de color plomo, canchales como calaveras, de órbitas vacías y afiladas quijadas o montones de apelotonadas esponjas de color ceniza que hubieran decidido petrificarse ante el silencio administrativo del clima a su antehistórica petición de agua, donde las cornejas hacen cola sobre las cercas los días que el desventurado paisano decide sembrar de cebada una parcela y donde el cernícalo, inmolado en el cielo para abalanzarse sobre la primera lagartija que divise, tendrá tiempo bastante para estudiar los efectos que sobre la comarca ha tenido la última crisis política que ha sacudido al país. Nada invita al viajero a detenerse donde ni siquiera se percibe el aroma del monte, demasiado tímido para desafiar la vigilancia permanente de un sol de castigo, que rodea su dominio penitenciario de una nube de calina bien para hacer más manifiesto su aislamiento bien para no tolerar otras indiscreciones que las miradas de la sierra, tan fascinada por la desolación del circo como satisfecha de su condición de espectadora, a resguardo de los trágicos sucesos que sin interrupción se vienen sucediendo en la arena; y si no lejos del mencionado y huérfano olmo siguen en pie los caseríos que forman las ventas —unas cubiertas de teja a cuatro aguas y unos corrales a la espalda de la carretera—, donde sin demasiado entusiasmo se anuncia la expedición de vinos y bebidas frescas, no será ni para sorprender ni para engañar al viajero sino para demostrar, con una nueva prueba, de qué manera perduran los efectos morales de una idea tras la extinción de la voluntad que la sustentó. Y sin embargo se dice que todavía existen por allí unas cajas o unas barricas de cerveza, probablemente de la misma clase que mitigara la sed de Rossmithal, y perdidos por algún cajón del refectorio, forrado de azulejo castellano, unos trozos de cecina envueltos en papel de estraza hirsuto como el Krak de todas las moscas de Levante; asimismo se asegura que en la pared que cierra el mostrador y lo separa del refectorio existen todavía —colocadas sobre unas repisas individuales situadas a diferentes alturas— unas cuantas botellas de aguardientes y espirituosos, casi todas ellas mediadas de líquido y que, invariablemente, a consecuencia del clima o de la edad, han perdido su coloración original para ir a depositar en el fondo un gel de tinte aceitunado que sin duda constituye la reliquia coloidal de muchos espíritus aventureros que allí probaron su trago postrero... a la vista de la perezosa pero inquietante agitación que les anima cada vez que en la carretera resuena el motor del ordinario o chirrían sus frenos o retiemblan sus lunas y a continuación un inesperado visitante agita la persiana de cadenetas que cubre el hueco de la puerta.
Del dueño se dicen cosas muy graves. Se decían, más bien, años atrás. Que es un sabio terrible que allí ha buscado refugio para purgar su penitencia tras haber sido el azote de media humanidad de habla eslava; que es un impostor, un guía que además de arrojar a una sima de los Alpes a un famoso ginecólogo de Milán —aficionado al piolet— se vino a España con toda su fortuna; se afirma también que a una voz suya se alzó como un solo hombre la Ucrania bolchevique. Y que en el desván mantiene raptada a una sobrinilla del zar. Pero lo cierto es que el hombre se limita a regentar el establecimiento para lo cual le basta dormitar permanentemente, entre la salida y la puesta del sol, en las nubes de su negocio, casi con la cabeza a la altura del techo, sobre una singular y descomunal silla de Viena de modelo infantil, cuyo asiento se levanta a metro y medio del suelo, provista de una repisa delantera que además de barra de seguridad sirve de plaza para un matamoscas de malla que debe hallarse siempre al alcance de su mano.
En lugares habitados se cree que el hombre no duerme sino que vigila; que jamás desde los días de su maldición —fuera cual fuera— ha conciliado el sueño; que está informado de antemano de quién va a llegar y que además de atesorar un pasado tenebroso conoce innumerables historias referentes a todos los lugares y personas de la comarca; que sabe dónde están enterrados todos los que han desaparecido por allí en los últimos años y que por la noche, cuando cierra la puerta del negocio, se dedica a profanar tumbas. Se dice que en los corrales, y a resguardo de cualquier indiscreción, alimenta una jauría de tres o cuatro perros mudos, de una raza especial y gran ferocidad y que a causa de su incapacidad para el ladrido e incluso para el gruñido se les ha exacerbado un odio inmitigable hacia todo animal de sangre caliente; y que las noches cálidas pasea por los campos, acompañado de los perros que sujeta con unos tiros largos, como los de un tronco de cuatro pares de caballos, iluminándose con una linterna de sodio y de tal manera —tocado con un sombrero pampero— semeja una diligencia en pequeño que su visión despierta —en los pocos espíritus que han sido testigos de ella, insomnes, ya viejos y dados a las reminiscencias— nuevos y abortados retoños de un colérico e incurable afán de colonización y búsqueda de nuevas riquezas. Quizá para salir al paso de lo que bien pudieron ser meras habladurías, compró —por encargo a un recadero que la adquirió en la vecina capital— una cafetera de vapor que se calentaba con un mechero de alcohol y que instaló en una repisa independiente y que, en cuanto imagen la más ilustre de la más poderosa de las deidades allí veneradas, rodeó de una suerte de rústico retablo, con un fondo de esquelas y hojas de calendario, formado con estampas de aquellos bigotudos y fornidos toreros, atletas, pelotaris y sportmen de principios de siglo, orgullosos de sus pantorrillas, mezclados con anuncios de chocolates y bálsamos y alguna que otra figurilla de papel mascado, sin duda para atraer la atención del curioso sobre aquel privilegio que nadie, en muchas leguas a la redonda, podía ostentar.
Recordará el esforzado lector que no bien se hubo detenido el autobús, el primero en pisar la tierra de La Portada fue nuestro viejo conocido el señor Hervás, tras abandonar aquél por su puerta delantera. Ved cómo se sacude los pantalones y las solapas de la chaqueta, cómo se ajusta el nudo de la corbata y cómo, sujetando con dos dedos el puño de su camisa, cepilla con el antebrazo el fieltro negro de su sombrero, acaricia su trencilla y, con un breve y experto golpe con el canto de la mano, rehace por completo su pliegue. Una vez recompuesto, sin más que lanzar una ojeada al páramo (no de complacencia pero tampoco de reprobación, pues en sus sentimientos hacia la naturaleza ha llegado a la neutralidad), alarga su brazo izquierdo para ayudar en su descenso a la señora Somer. Todas sus palabras y sus gestos más insignificantes parecen dictados por las normas a que se debe atener el caballero aun en la sospecha de que la señora Somer puede muy bien prescindir de su oferta e incluso llegar a rechazarla con cierta indignación —teniendo bien presente empero la delicadeza del caballero hacia la dama— por lo que pueda esconder de ayuda del caballero todavía en vigor hacia la dama de edad, o de asistencia del capaz hacia el inválido, porque —según sus propias palabras— la respeta demasiado como para no arriesgar un rapto de despecho si ello ha de servir para rendirle el más nimio y problemático servicio. Tal había sido, por otra parte, su norma constante a lo largo de una vida dedicada al servicio público.
«¡Ah, quítese de ahí!», exclamaría la señora Somer tocando el hombro del señor Hervás con la contera de su antuca, al tiempo que agitaría la mano en el aire para reclamar su ayuda. Con modales parecidos a su compañero, una vez que pisa las tierras de La Portada, se ajusta su sombrero de rafia negra, se sacude ligeramente el busto haciendo sonar las cuentas de su collar de azabache y despliega su sombrilla de color azafrán para considerar bajo su sombra la vasta majestad del páramo.
«¿Hemos llegado?»
«Sí, hemos llegado», confirma el señor Hervás, acompañando su mirada a lo largo del horizonte, como si se tratara de cosa propia. «Y con bien», añade con aplomo.
«¿Con bien?»
«Hemos llegado con bien. No es poca cosa. No ha sido fácil; en modo alguno ha sido fácil; en modo alguno. Decididamente no ha sido fácil. En modo alguno. Pero hemos llegado.»
«¿Y los bultos?»
«Ah, los bultos. Claro está, los bultos. También han llegado los bultos, claro está.»
Ocupados en otear el horizonte ninguno de los dos consideraría que entraba en sus funciones la manipulación de los bultos. Encaramado a la baca, el conductor del ordinario ha desatado y descorrido la lona que protege los equipajes y trata de identificar los pertenecientes a los viajeros sin otra ayuda que los brazos de su cobrador y la mirada un tanto evasiva y bondadosa del yerno de la señora Somer, incapaz de trepar por la escalerilla.
«No parece muy habitado», comenta la señora Somer, pasando revista a aquellos dominios.
«No, no lo parece. Ciertamente no lo parece. Ciertamente. Pero tal vez sea pronto para decirlo. Demasiado pronto. Nuestra tierra nos reserva siempre buen número de sorpresas. Innumerables sorpresas, sorpresas de toda índole. Sorpresas agradables y desagradables, todo hay que decirlo. Sin duda, todo hay que decirlo.»
«No hay un árbol.»
«Tengo entendido que se trata de una comarca que, pese a sus singulares atractivos, se halla injustamente olvidada. Muy injustamente. Los poderes públicos. Exacto, los poderes públicos. Bastará un poco de atención por parte de los poderes públicos y esta tierra revivirá. Olvidada, revivirá. No es cosa de un día, ciertamente; ciertamente, no es cosa de un día. Pero revivirá.»
«Aquí falta el portamantas.»
«Tal vez sea pronto para decirlo.»
«¿Por qué va a ser pronto para decirlo? ¿A qué quiere que espere? ¿A que se vaya el coche?»
«Ciertamente, falta el portamantas. Exacto; correcto. No falta nada más que el portamantas.»
«Ricardo», dice la señora Somer con tono autoritario, «falta el portamantas».
«Falta un portamantas», repite su yerno con cierta timidez, temiendo una reacción violenta por parte del conductor y su ayudante. Uno de ellos lanza una imprecación y vuelven a descorrer la lona.
«No podemos olvidar...»
«Por aquí no hay nada.»
«No podemos olvidar...»
«¿Por qué no subes tú a buscarlo?»
«Me parece que estaba por la parte de allá.»
«No podemos olvidar...»
«Debe ser ése. Sí, ése.»
«No podemos olvidar que acabamos de atravesar una etapa muy dura. Extremadamente dura. No podemos olvidarlo. Nos hemos visto obligados a muchos sacrificios, indecibles renuncias. No podemos olvidarlo. No podemos exigir más de lo que podemos dar. Exacto. Esta es la cosa que no podemos, no tenemos derecho a olvidar.»
«¿Está todo, Ricardo?»
«Desde la más remota antigüedad», apostilla el señor Hervás, quien una vez que ha comprobado por el rabillo del ojo que todos sus efectos se hallan en el suelo puede darse el gusto de aparentar su indiferencia hacia tales minucias. «Desde la oscuridad de los tiempos. Ciertamente, desde que el mundo es mundo. Y no basta un día ni dos, de eso hay que estar seguros. Muy seguros. Porque desde que el mundo es mundo...»
La sentencia se pierde en la nube de polvo y gases del escape con que el autobús —despechado y enloquecido, animado del inusitado brío del animal que sacude su sopor por el miedo o el hambre— se aleja en dirección a la nada, hacia su histriónica fusión con el cosmos entre chirridos de goznes y repique de cristales, entre rugidos y reflejos anaranjados, hacia su taumatúrgica transformación en un paisaje desierto, atravesado por una carretera ocupada por un solo personaje de mediana edad y educadas maneras, rodeado de bultos y maletas.
II
Sucesos diversos que enlazan
los precedentes con los siguientes
«Bendita sea ¿qué pasa ahora?» pregunta Hervás, con un punto de irritación, tras apartar la cortina de cadenetas que cubre el hueco de la puerta del chigre y volver de nuevo al campo después de su larga permanencia en la casa de las sombras.
«¿Es que cree usted que me voy a pasar la tarde en la cuneta vigilando los equipajes?» pregunta a su vez su amigo Ricardo, sin perder su habitual calma.
«Ah, los equipajes. Sí, será mejor meterlos dentro. Ciertamente, será lo más aconsejable. No sé a qué espera usted para ir trayéndolos. No puedo comprenderlo. No acierto a saber, Ricardo, qué mosca le ha picado; realmente no me lo explico», se lamenta el señor Hervás mientras rodea la casa en busca de un rincón recoleto y al tiempo que se va desabrochando los pantalones. «Realmente no me lo explico; a saber qué mosca le ha picado», repite una vez que ha elegido el lugar adecuado, en la fachada trasera de la casa, no lejos de un montón de leña y un cúmulo de desperdicios entre los que destacan las cajas vacías de refrescos, una silla sin una pata y un radiador oxidado. Mientras orina el señor Hervás gusta callar; en general no disfruta cuando se ve obligado a hacer dos cosas al mismo tiempo, pierde la necesaria concentración, su cabeza no rige con la precisión de costumbre, las normas se vulneran. Por otra parte el señor Hervás presume de orinar con salud, abundancia y fuerza; es un acto que gusta tanto de contemplarlo que sus facciones se tornan más rígidas, como para demostrar la firmeza de su carácter. Y sólo cuando sacude el miembro para despojarlo de las últimas y pegadizas gotas —renuentes a abandonar tan cobijado amo— se permite contemplar el techo o el cielo con mirada de ritual bondad, como el sacerdote que en silencio agradece a su divinidad el sacrificio que le ha permitido llevar a cabo.
La puerta se abre sin dificultad, casi se diría que se abre sola, y el señor Hervás no puede reprimir un alarido de sorpresa y repugnancia al tiempo que apresuradamente intenta volver a encubrir su tesoro, como el viajero que en un descuido ha descubierto su bolsa ante una concurrencia de sospechosos.
La puerta se abre sin dificultad y de la oscuridad —destacando primero sus bordes morados—, como una tumescencia del vacío, se adelanta la silueta de la dama, ya entrada en años, encarnación en tal medida del crepúsculo y el desorden que el sol, avergonzado de su error, se apresura a esconderse tras una nube para mitigar los extravíos de su delirio vespertino.
«Tesoro mío», dice, al tiempo que se detiene en el rellano ante el primer escalón y abre los brazos en cruz.
«Ricardo, ¿qué es esto?»
«No vuelvas», dice, «no vuelvas por aquí esta tarde», repite al girar su cabeza hacia el cielo. Vestida con una saya morada, con un parche negro a la altura de su vientre, la olivácea y magdalenita cabellera le cubre hasta la cintura. Sus brazos desnudos se apoyan en el pasamano y cuando se reclina su largo escote triangular alcanza casi al ombligo; asoma por él un pecho en el que se marcan las costillas, el esternón y unos senos pendulares con halos violetas que pondrán de manifiesto el tenaz alargamiento que han sufrido todos sus rasgos y miembros —hasta los nudosos dedos, la piel fláccida que cuelga de sus antebrazos, como las esquilmadas ubres de una perra— a causa de los tirones de la soledad, el deseo, el hambre, los padecimientos y los recuerdos que hierven en su memoria.
«Dios santo», dice.
El señor Hervás ha enmudecido. Con un pie en el primer peldaño, el ángel de la exterminación —o la víctima de la redención—, tras su viaje desde las alturas, contempla el encuentro con esa impasible melancolía —incluso mira a otro lado— de quien conoce de antemano la catástrofe en que ha de degenerar.
«Dios mío», repite. De repente pregunta, «¿Has vuelto?», ante lo que el señor Hervás se siente pasajeramente desconcertado.
«¿Has vuelto?», pregunta de nuevo, y el señor Hervás se ve obligado a recurrir con la mirada a su amigo Ricardo que, ignorante de que ha concluido de orinar, se mantiene entre paréntesis.
«Sí, he vuelto. Es cierto, he vuelto. Nada más cierto, por otra parte.» Conoce perfectamente la técnica, baja la vista y se mira los zapatos. Estima que no debe alzar la cabeza hasta saber cómo seguir adelante; incluso la primera sentencia se pronunciará con la mirada gacha. Son momentos sublimes, toda la categoría de la prueba. De reojo observa a Ricardo; nada. «Sí, he vuelto; tenía que volver. Había decidido volver. No ha sido fácil, nada fácil. Una vida oscura, voluntariamente oscura. Muy duro, extremadamente duro. Y me decía: calla, calla, Hervás. Me lo decía todos los días, a todas horas; calla, Hervás, calla. Comprender es perdonar. No soy sino lo que no quieren que sea. ¿Y qué son ellos? Por eso decidí volver.»
«Y has vuelto... ¿así?»
«¿Así? ¿Cómo así? Sí, he vuelto así; de esta manera; no podía volver de otra. Así he vuelto; así.»
«¡Dios mío!»
«¿A qué viene eso?», pregunta Hervás, pero la mirada de ella vuela por encima de su cabeza.
«¡Ricardo!», exclama al fin.
Ricardo se vuelve. Hasta entonces ha observado la escena manteniéndose aparte, con la elegancia y displicencia de un verdadero caballero, pero al oír su nombre tan nítida y vehementemente pronunciado se ve obligado a retroceder. La dama desciende tres peldaños y se detiene de nuevo, como si no diera crédito a sus ojos.
«Deben ser más de las siete», dice Ricardo, para quien durante toda su vida las siete han representado el punto final de una hora de indefinible congoja.
«Una tarde que invita a las evocaciones», apostilla Hervás tratando de dominar la situación con los recursos de costumbre. De manera disimulada comprueba que se ha abrochado los pantalones cuando la dama desciende con agilidad por la escalera. Por primera vez en mucho tiempo sus pies desnudos hollan la tierra seca de La Portada para detenerse extasiada delante del caballero. Echa la frente hacia atrás y los brazos hacia el cielo.
«¡Dios mío! El Señor de Canaán», exclama de nuevo.
Se acerca un poco más y cuando se sitúa a la distancia de sus brazos extiende la mano derecha para con el dedo índice repasar el perfil de su cara como si tuviera necesidad de comprobar con el tacto la realidad de la engañosa visión. El señor Hervás, más confundido por el encuentro (todo hay que decirlo, cuando se elige determinada clase de crónica) que despechado por la falta de atención que ha recibido, no se decide a interrogar a su amigo cuyas supercherías conoce desde hace mucho. Aun cuando en ésta como en tantas otras ocasiones le gusta tenerse por el responsable y conocedor de la situación, su amigo le ha deparado tan buen número de sorpresas en los últimos años —demostrando una sorprendente familiaridad con ciertos ambientes, un pasado inexplicable y mantenido en secreto— que ha aprendido a conservar ciertas reservas antes de anticipar cualquier desenlace. El sol vuelve a asomar con toda violencia, como el perro reprimendado que —esperando que se haya olvidado su fechoría— abandona su escondrijo para restablecer el clima de amistad moviendo la cola, pero ella se vuelve iracunda:
«¿A qué vuelves? ¿No te he dicho que te vayas? No vuelvas por aquí, desventurado. ¿No te bastan los males que me has causado esta mañana? ¡Aléjate, desgraciado! ¡Ve!»
El señor Hervás ha de hacer un gran esfuerzo para disimular su sorpresa. Ambos amigos observan asombrados cómo el sol se oculta tras una nube solitaria, dejando asomar sus rayos como las patas o el hocico del perro que se ha ocultado tras un sillón.
«Ah, Ricardo. Oh, Richard, oh mon roi.»
De súbito cae el crepúsculo y detrás de las corralizas surge cierta agitación. Unas mallas rechinan, azotadas por un cuerpo silencioso pero de peso. El sol incapaz de ladrar, por órdenes severas del aburrimiento, bosteza.
Ha caído de hinojos a los pies del caballero, escondiendo su faz entre las desordenadas melenas. El paisaje retiene la respiración, a conciencia del momento que se avecina, y hasta las sierras se adelantan para escuchar cómo —en el vasto silencio de La Portada— su frente hurga la tierra seca mientras más allá de las cercas comienza a gemir el coro. Alza al fin la cabeza —sus ojos están bañados en chispeantes lágrimas— y a gatas avanza como una penitente para abrazar los tobillos del caballero.
«Oh, Ricardo», dice, con leve acento de otras tierras, «oh mon roi. Nunca te lo pude confesar».
Azorado el caballero conserva empero el aplomo suficiente para comprobar que, antes que a sí mismo, debe una explicación a su compañero de viaje.
«Lo aseguro, Hervás; no la conozco de nada. Es la primera vez que la veo.»
Hervás aspira el aire crepuscular de La Portada. Había desconfiado demasiado, se había temido lo peor. Ahora, con la intimidación de su amigo, siente que el control de la situación vuelve a sus manos. Recupera la flema.
«No lo dudo, amigo mío, no lo dudo. Por eso debemos admitir que nunca se lo pudo confesar. Es preciso conservar las ideas claras, muy claras. Porque dígame usted ¿cómo se lo podía confesar si nunca le había visto? Ideas claras y calma; mucha calma.»
Surge el alarido, se abalanza de nuevo hacia sus tobillos pero el caballero, comprendiendo que puede venir al suelo, echa un pie hacia atrás cediéndole galantemente el otro al que se abraza la dama.
«Así pues, ahora me lo podrá confesar.»
«Ciertamente, muy ciertamente. Mi experiencia me dice que es lo que está esperando la desgraciada. Son momentos difíciles para los que hay que estar preparado. Hay que estar alerta. Cosas siempre nuevas, reacias a ser catalogadas. Amenazas, coacciones. No nos dejaremos sorprender.»
«¿La otra España?», pregunta Ricardo, que conoce bien a su amigo, al tiempo que baja la vista para observar con mayor parsimonia a la dama abrazada a su tobillo izquierdo, personificación de un concepto que él tenía por más etéreo.
«No sé qué decirle. Sí, tal vez. Una vigilia permanente; es la única garantía contra estas amenazas. Ya verá usted cómo de noche refresca; son tierras muy altas, la proximidad de la Sierra.»
«¿Cree usted que nos retendrá mucho tiempo?»
«Es difícil decirlo; nunca se sabe en estos casos.»
«Parece que corre un poco de aire.»
«Es lo que yo decía; el vientecillo de la tarde. Yo en su caso sugeriría pasar adentro.»
«No veo necesidad de ello.»
«Necesidad ninguna, claro que no. Ciertamente. Conveniencia, amigo mío, conveniencia. Estas noches son muy traidoras. Y las ideas claras.»
«¡Ay!»
La dama a sus pies, tras un mudo gesto de súplica, ha hundido sus dientes en el calcañar del caballero que no ha podido reprimir el grito de dolor que sorprende a Hervás quien a su vez se lo afea con la mirada. Ricardo, en efecto, como consecuencia de haber practicado algún deporte en su juventud, es mucho más capaz de retener el gesto que la palabra. Y por lo mismo que no ha retirado el pie ante el mordisco, permite ahora que las largas uñas de la dama acaricien su pantorrilla, por debajo del pantalón, hasta producirle largos pero no dolorosos arañazos desde el corvejón hasta el tobillo, en compensación del daño anterior. Ricardo había nacido, en la primera decena del siglo, en el seno de una recia y acomodada familia castellana, adornada con un apellido compuesto. No había logrado acabar sus estudios pero por cuestiones domésticas y hereditarias había viajado por América; había brillado en algunas fiestas y salones vistiendo el smoking con sencilla elegancia; también había frecuentado el trato de una nueva generación de artistas y poetas en cuyos enigmáticos versos a veces asomaban Parténope y el azur y, sin otorgarle demasiada importancia, asistió al nacimiento de las primeras productoras cinematográficas; tras unos cuantos romances condensados en unas pocas postales nacionales y extranjeras y un par de fotografías de una joven en maillot de baño, había contraído matrimonio con una criatura —de familia del sur
