La Verdad es lo que buscas cuando todavía no sabes lo que es, pero sabes que existe.
UMBERTO CERRONI
Si en el cole no hubieran empezado a agobiarnos con el rollo del árbol genealógico, esta historia ni siquiera habría empezado.
Sin embargo, aquí estoy, sentado delante del despacho de la directora, la señora Pani, esperando a que mamá me saque de este lío.
Me llamo Gauss, tengo diez años (once en agosto, sí, soy Leo) y digo siempre la verdad. Es mi característica principal, mi marca de fábrica, mi bandera y —según mamá— mi peor defecto.
Hasta la he oído confiarle a la abuela su temor de que se trate de una especie de tic nervioso, pues no hay manera de hacerme parar. Por suerte la abuela ha dicho «¡Tonterías!», mientras le agitaba una mano abierta debajo de las narices, como si estuviese ahuyentando una mosca. Y ha seguido leyendo su revista de jardinería.
Pero como todo el mundo no es tan inteligente, por culpa de mi sinceridad he acabado metiéndome en más de un lío y una vez frente a la asistente social, aunque, esa vez, más que «lío» lo definiría «drama de proporciones galácticas».
Aún me acuerdo de mi madre intentando justificar a una mujer rubia, gorda y con ronchas de sudor en las axilas grandes como rodajas de mortadela, por qué se me había ocurrido contarle a la maestra del parvulario que la abuela a veces me encerraba en el trastero para emborracharse en paz y mi hermana de doce años me obligaba a besarla con la lengua.
No lograba entender por qué habían armado semejante alboroto y no paraban de decir que yo no tengo papá y que un niño sin papá es un niño con problemas. Varias veces estuve a punto de gritarles en la cara que diciendo ese tipo de cosas los problemas me los estaban creando ellos.
Si alguien se hubiese tomado la molestia de preguntármelo habría descubierto que mi padre no tenía nada que ver con contarle todas esas cosas a la maestra Wanda. Simplemente la abuela me encerraba de verdad en el trastero porque de vez en cuando —pobre mujer— tenía ganas de echar un trago sin que nadie le diese la lata y, hace cinco años, el único tío con el que Leonora podía practicar antes de besar a su propio chico era yo. Eso es todo.
Como ya he dicho, Leonora es mi hermana. El mero hecho de que se llame así da pie a pensar, con razón, que algo le falta. Pero ese algo, se lo juro, no se limita a una letra.
Por lo que sé, su padre la reconoció de mala gana, así que quizá se olvidó aposta una «E» fuera del registro civil. Eleonora debía de parecerle un nombre demasiado bonito.
O quizá —quién sabe— también existen Uises, Nmaculadas y Lejandros dando tumbos por el mundo sin parar, preguntándose adónde han ido a parar las «L», las «I» y las «A» de las que han sido mutilados desde el día en que nacieron.
Aclarado este punto: no tengo ni idea de quién es mi padre; cómo voy a conocer al de Leonora. Pero teniéndola siempre en medio como los jueves, entiendo que se haya ido a vivir a Alemania y no haya querido saber nada de ella. Esa chica, por si todavía no se han enterado, es como una patada en las pelotas. Un ataque de diarrea fulminante. La peor hermana mayor que un hermano menor pueda desear. Leonora se llama Sandretti de apellido.
Lo de los besos era una de las muchas manías que le daban de vez en cuando: había tenido la racha de Hello Kitty, luego la pasión por los pintaúñas y más tarde por una cantante que no recuerdo, con la que nos martirizaba los oídos hasta el agotamiento. En el verano de 2006 se le había metido en la cabeza que tenía que aprender a besar. Había que ver las ganas que ponía: parecía un boxeador preparándose para el primer asalto. Cuando el espejo ya no le bastaba, venía a incordiarme a mí.
Mamá, a pesar de ser madre de una chica de diecisiete años y de mí, tiene solo treinta y seis y todavía está de buen ver. Para no tener que dar demasiadas explicaciones —cosa que odia— dice que se llama Matilde, pero en realidad se llama Genna. No Gemma, como escriben los de Elle cuando le mandan la revista. Y no Genna de apellido, que sería mejor. Su apellido es Bassi, como el mío.
Es inútil decir que medir un metro treinta seis y llamarse Bassi no es una buena tarjeta de visita para empezar la secundaria. Ni siquiera lo es si todavía estás en primaria, como yo. Por eso no me lo quito de la cabeza. Incluso ahora: aquí estoy, esperando sentado en este banco de madera, con los ojos clavados en la puerta de la directora, la señora Pani, preguntándome por qué razón mis pies apenas rozan el suelo. Sospecho que tengo los fémures cortos, aunque nadie me lo ha confirmado nunca. La única esperanza es que este verano dé de golpe un tirón de veinte o treinta centímetros. Podría ser. Nunca se sabe.
Siempre y cuando logre salir con vida de esta situación, porque las cosas se están poniendo bastante feas y, por desgracia, ni siquiera está aquí la abuela para defenderme.
A propósito: la abuela Olimpia, la del trastero, es mi familiar preferido. Adoptó a mamá cuando ya tenía más de sesenta años (mamá tenía doce). Los del orfanato se la dieron a pesar de ser viuda y ya un poco vieja porque de todas formas una niña tan mayor no la habría adoptado nadie.
Pues bien, con esto ya habría descrito a mi familia al completo, pero, por amor a la verdad, en la redacción también he hablado del abuelo Terenzio, que, aunque murió mucho antes de que yo naciese, es un elemento importante de mi historia, porque precisamente gracias a él llevo este nombre tan raro.
De joven, el abuelo Terenzio era profesor de física en la Universidad de Viterbo, donde vivió durante casi treinta años con la abuela Olimpia antes de que se trasladaran a Turín. Estaba tan obsesionado con Friedrich Gauss que escribió un montón de libros sobre él.
Parece ser que en los últimos meses estaba tan ensimismado estudiando sus teorías que se olvidaba incluso de comer y, si la abuela no le hubiese preparado cada día platos suculentos y tentadores, se habría caído muerto de hambre sobre el escritorio. Al final se murió de un infarto y amén. Mamá dice que el nombre «Gauss» ha sido una especie de homenaje, porque de llamarme Friedrich, ¡ni hablar!
Pues, muchas gracias: ¡como si fuese más fácil tener un nombre semejante! No solamente eso: incluso queriendo enterarme de algo, no me han dejado ojear nunca los libros del abuelo que están guardados bajo llave en la vitrina del salón como si fueran santas reliquias. Aparte de eso, entre lo que me ha contado la abuela y las numerosas incursiones a la biblioteca, he encontrado algunas noticias.
Por ejemplo, sé que Carl Friedrich Gauss era hijo único de una pareja con pocos recursos económicos, como yo, con la diferencia de que su familia era normal y no tenía una hermana como Leonora que lo marease, impidiéndole llegar a ser un genio. A los tres años ya sabía leer, hablar y contar, mientras que yo, a los tres años, ya sabía más de cincuenta tacos, mear contra la pared y morder como una mangosta. A los nueve le dieron permiso para asistir a las clases de un tal Büttner, que era famoso por ser iracundo, sobre todo con los estudiantes pobres. Se mire por donde se mire, es mejor que bregar con la directora, la señora Pani, que es famosa únicamente por ser una bruja.
Un día este tal Büttner castigó a sus estudiantes con un examen que consistía en calcular la suma de los primeros cien números: 1+2+3+... +100. Mientras se frotaba las manos, satisfecho por haberlos humillado a todos, la vocecilla inteligente de Gauss lo interrumpió: «El resultado es 5.050». Aprendí la cifra de memoria con la esperanza de que alguien me preguntase alguna vez si sé calcular la suma de los primeros cien números, pero nadie me lo ha preguntado nunca, así que un día le dije a la abuela: «¿Quieres saber cuánto suman los primeros cien números?», pero ella me dijo que le importaba un pimiento.
En cualquier caso: Büttner, que habrá sido un cabrón pero en resumidas cuentas era un hombre inteligente, dándose cuenta de que ya no le quedaba nada por enseñar a mi joven tocayo, lo recomendó al duque de Brunswick, que, profundamente impresionado, le dio a Gauss todo el dinero necesario para estudiar hasta acabar la universidad.
En 1799 Gauss demostró el teorema fundamental del álgebra y en 1801, con veinticuatro años, dejó pasmado a todo el mundo con sus números complejos o imaginarios y la teoría de las congruencias. No sé explicar lo que significa, pero eso es lo que he encontrado buscando en internet.
Después de las matemáticas se dedicó a la astronomía, a la física, a la geometría y a la ingeniería, pero no se hizo rico. Puesto que era un genio, decidió entonces darse a la economía y finalmente logró ganar un montón de pasta. Luego se murió porque ya se había convertido en un viejo chocho o porque ya no le quedaba nada por estudiar, no lo sé exactamente.
Mamá está enfadada conmigo. Lo noto por cómo me aprieta la mano y me arrastra por la calle, a dos pasos de ella. Lo hace para demostrarme que no estoy a la altura de sus zancadas. Es una manera cruel de hacerme sentir una criaturilla insignificante, una pulga sin domador, un enano sin circo.
La última vez que la vi así fue cuando nos salvó, a mi hermana y a mí, de ir a parar al reformatorio.
Fue hace cinco años. El colegio de Leonora y mi parvulario se habían acabado hacía poco, mamá llevaba trabajando un buen tiempo de auxiliar del dentista con el que aún trabaja y tenía horarios imposibles. La abuela, después de tantos años, por fin se había dejado convencer para ir al balneario, a curarse la artrosis y, como no teníamos bastante dinero para pagar una canguro, mi hermana y yo nos quedábamos solos a menudo. Antes de salir mamá nos advertía de que nos portásemos bien y no mirásemos mucho la televisión.
Obediente, Leonora había encontrado un pasatiempo alternativo: llevarme consigo a la perfumería de los almacenes Coin y llenarme los bolsillos de pintalabios.
Nuestro plan era que si nos pillaban, ella tenía que representar la comedia del «Mi hermano solo tiene cinco años... quería hacerme un regalo... no entiende lo que significa robar».
Lástima que cuando llegó la hora de la verdad, en lugar de hacer el papel se echó a llorar (y yo también porque el llanto se me contagia como los bostezos) y confesó incluso antes de que se lo preguntaran, no solamente aquella, sino también todas las demás raterías de poca monta.
Cuando mamá nos llevó a casa encajamos más tortazos que en toda nuestra vida. Sobre todo mi hermana, aunque no han sido suficientes para espabilarla.
Si se enfada, mamá parece talmente un dragón con las narices humeantes: las dilata como si los nervios le pudieran salir más fácilmente por ahí. Cuando se pone así es intratable. En efecto, si ahora le dijese que tiene las manos frías y pegajosas, lo cual me da bastante asco, me daría un tortazo.
Ya es un milagro que no lo haya hecho leyendo mi redacción delante de la directora.
«¡Me daría coscorrones contra la pared!», ha dicho. Pero luego me ha mirado como si quisiera dárselos muy fuerte contra mi cabeza.
«¡Con esta fantasía, su hijo podría llegar a ser escritor!», ha ironizado la directora como dando a entender todo lo contrario: «¡Y un cuerno que será escritor!».
En todo caso se equivoca de lleno porque tengo un gran espíritu de observación, lo cual sirve, y de qué manera, cuando tienes que contar algo.
Por ejemplo, he notado un montón de cosas sobre mí mismo. Podría empezar diciendo que quizá no sea muy alto, pero estoy proporcionado. Giamma, por el contrario, mide un metro cincuenta y lleva el mismo número de zapatos que yo. Si inclina un poco hacia delante el cabezón que tiene corre el peligro de caerse.
Tengo los ojos grandes y de color avellana, como el pelo. Al contrario de mamá y Leonora, lo tengo medio rizado, y la tez oscura como la de la gente del sur que veo siempre en una telenovela que se titula Un posto al sole. ¡Con la abuela Olimpia no nos perdemos un solo episodio!
Quizá mi padre también sea de Nápoles. Qué guay: me parece que allí la gente sonríe mucho más que aquí.
Mi boca es bastante carnosa y la frente algo alta. Tengo la nariz ligeramente de patata, pero no hasta el punto de acomplejarme, como Antonio, que en lugar de una nariz tiene la trompa del elefante Dumbo.
Para compensar, de Dumbo tengo las orejas, y si estoy muy nervioso la punta se me mueve al hablar, sin que pueda hacer nada para impedirlo. ¿Lo ven? ¡Seguro que sí!
Un inciso: la Pani tiene los hijos más feos del mundo. ¡Si mis hijos fuesen así de feos los escondería, en lugar de ponerlos en un marco y tenerlos todo el día a la vista encima del escritorio! Claro que después se vuelve mala a la fuerza y hace sentir a los demás niños como pobres idiotas diciendo que pueden llegar a ser escritores mientras en realidad piensa lo contrario. Sea como sea, hijos o no, a mí la directora me da miedo.
—Perdone que la haya hecho venir —continuaba dirigiéndose a mamá—, póngase en mi lugar... tenía que cerciorarme de que se trataba solamente de un malentendido. En los tiempos que corremos se oye de todo...
Y digo yo: alguien que usa expresiones como «en los tiempos que corremos», ¿necesitaría o no un diccionario de sinónimos y antónimos? Creo que sí. Y un buen palo en la cabeza.
—¡Es como se lo estoy contando, créame! —ha replicado mamá, poniéndose el poncho y haciéndome señales para que me vistiera—. Un estúpido malentendido causado por un niño tonto.
No me lo puedo creer: ha recalcado las palabras «tonto» y «niño» mirándome directamente a los ojos. Estoy a punto de protestar cuando me da un pellizco por debajo de la mesa y yo suelto: «¡Ay!», de manera que me da otro más fuerte y entonces me callo porque al tercero me voy a echar a llorar.
Finalmente, la directora parece satisfecha. Hay gente que no reconocería la verdad ni teniéndola delante de las narices.
—¿Puedo hablar con usted un minuto más en privado? —le ha dicho a mi madre (lo cual significa que tengo que salir del despacho).
—¡Gauss, por favor, espera en el pasillo!
Me importa un rábano: también oigo perfectamente a través de la puerta, ¿qué se creen?
—Hay otro asunto que necesitaría discutir con usted, señora Bassi —susurra la directora a mamá en cuanto salgo.
—Pues dígame. —La oigo mover la silla en la que estaba sentada un momento antes y sentarse de nuevo. Si fuese creyente sacaría el rosario y empezaría a rezar para que no le haga el tipo de preguntas con las que yo la agobio cada día.
—Como puede imaginarse —empieza diciendo la Pani—, cada año el cuerpo docente redacta un programa coherente que toque cada materia transversalmente. Se lo digo para explicarle que el proyecto del árbol genealógico que ha desencadenado la imaginación de Gauss forma parte de un unicum más ambicioso, cuyo objetivo es que los niños adquieran una mayor conciencia de sí mismos.
Me pregunto si mamá entiende algo, porque yo no.
—Para ser breve: nuestra intención es que los alumnos den los primeros pasos en el conocimiento del cuerpo humano, la genética y la educación sexual.
Hace una breve pausa.
—Fíjese bien... ¡estamos hablando de unas simples nociones! —La directora coge aire mientras mi madre, puedo casi oírlo, contiene la respiración—. Pero cuando hemos preguntado a los niños su grupo sanguíneo y el de sus padres, para los deberes de ciencias, Gauss se ha negado a acabar la clase normalmente y se ha encerrado en el baño, donde ha permanecido atrincherado hasta que ha tocado el timbre. ¿Puede explicarme el motivo?
—En realidad, sí —empieza diciendo mi madre en el tono típico de cuando hace el papel—, el papá de Gauss y yo nos hemos separado hace poco...
Y dispara una sarta de bolas que hasta el mismísimo Pinocho se quedaría corto. Se las he oído contar un millón de veces, en mil ocasiones diferentes y en otras tantas versiones. Algunas veces mi padre ha muerto, otras trabaja en el extranjero, y otras mis padres han pasado por una separación difícil pero ahora tienen una buena relación... ¡Lástima que se haya trasladado a Canadá con su nueva familia! Falta solo un papá que se haya hecho misionero. ¡Qué asco! Oigo una silla que se desplaza, y luego otra.
—No puede imaginarse qué alivio, señora Bassi. Le confieso que por un momento he tenido miedo de que se tratase de algo más serio.
—¡Ya sabe cómo son los críos! —bromea mi madre, hecha un saco de nervios—. Lo exageran todo.
—Sí, tiene usted razón. Pues gracias de nuevo y... ¿señora Bassi?
—Dígame.
—¿Así que puedo decirle al profesor que mañana Gauss traerá todos los datos necesarios para hacer el trabajo?
—Desde luego.
La puerta se abre.
—Que tenga un buen día.
—Igualmente.
Mamá sale con una sonrisa de circunstancias impresa en la cara, que se le borra inmediatamente apenas me ve y se da cuenta de que me he enterado de todo. Entonces tuerce la boca y me levanta por un brazo, como si fuese un muñeco.
«¿No te da vergüenza?», dice con un soplido. No se da cuenta de que es ella la que se merece el rapapolvo de la directora, no yo. Y, bien pensado, ¡al fin y al cabo quizá ha sido así!
Camino arrastrando los pies, en silencio, intentando mantener el paso de mi madre que echa humo por la nariz como un dragón. En la esquina con via Paolo OnoratoVigliani se para de sopetón.
—¿Por qué has escrito esas cosas en la redacción? —me pregunta sin mirarme, exasperada y triste.
—Porque son verdad.
—¡Sé perfectamente que son verdad! Pero si un extraño las lee puede hacerse una idea muy equivocada de nuestra familia —suspira mientras echa a andar arrastrándome—, una idea muy mala y equivocada.
—¿Por qué? —pregunto con la voz entrecortada por la rabia y el miedo al notar que a mamá se le va a ir la mano de un momento a otro.
—¡Porque sí! —responde dándome tirones del brazo—. Ya no sé cómo decírtelo: decir la verdad no significa necesariamente que la gente esté dispuesta a aceptarla.
—¡Pues yo creo que sí, si les explicas bien las cosas! —insisto. Y como en mi familia se tiene poca fe en la inteligencia de los demás, me siento obligado a añadir—: Y yo también lo entiendo, ¿qué te crees? —Y pongo cara de sabérmelas todas.
—¿Qué quieres decir? —Mamá no parece muy impresionada, pero sí muy enfadada.
—Lo sabes perfectamente —farfullo.
—Pues no.
—Quiero decir que no me ha traído la cigüeña de París y que tampoco he nacido de un repollo... —Cada vez que lo pienso me da una rabia...—. Los cuentos de hadas que te inventas no me van a servir para hacer el árbol genealógico. Pero ¡saber quién es mi padre, sí!
Mamá me suelta la mano y da un paso atrás. Respira profundamente y añade:
—Ahora tengo que volver al trabajo. Ya hablaremos de eso otro día.
—¿Cuándo?
—¡No lo sé!
Se ha ofendido como si la acabase de insultar.
Cada vez que le pregunto por él pasa lo mismo. A los tres años mi padre era un superhéroe, a los cinco, un eremita, a los siete, un explorador. Ahora que ya soy lo bastante mayor como para no tragarme cualquier cosa, es simplemente un cabrón que ni siquiera tiene nombre. ¡Un cabrón que, además, tendrá la culpa de que me den un cate en italiano!
Cuando llegamos a la portería de casa, mamá se pone en cuclillas y me mira directamente a los ojos. Parece haber recuperado la calma.
—Es mejor no contarle a la abuela lo que ha pasado con pelos y señales. Es mayor y no vale la pena que se preocupe inútilmente. —Me acaricia el pelo, cosa que odio—. ¿De acuerdo?
Asiento c
