Prólogo
En mi Instagram personal —donde me siguen solo las 238 personas con las que he compartido casa, parentesco, viajes o curso académico— nunca pongo turras de @hazmeunafotoasi, naturalmente. Mis amigos más cercanos están más o menos al tanto de lo que hago en internet y de cómo esto ha influido en mi trabajo, pero todos son hiperajenos al faranduleo digital y se la pelan sus entresijos, así que cuando nos vemos en persona no suele salir el tema porque hay mucha cuñada que criticar, mucho jefe en el que cagarse y mucho crush con el que hacerse ilusiones vagas.
Pero luego están los conocidos.
La chica con la que compartiste piso cuando vivías en Londres, el rollete que tuviste cuando vivías en Buenos Aires o el pelirrojo aquel con el que hiciste el trabajo final de una optativa en tercero de carrera y desde entonces te da pena borrarlo.
Esa gente generalmente no sabe nada de lo que te ha pasado los últimos años, y un buen día uno de ellos te escribe porque está de paso por Madrid y le molaría tomarse un café contigo sobre las cinco de la tarde. Entonces tú te debates entre inventarte una cita médica a la misma hora para proponerle otro horario o contarle de sopetón que no puedes quedar a las cinco porque a esa hora grabas un pódcast porque te siguen trescientas mil personas porque un día en pandemia hiciste un meme.
Es un marrón que, como os podéis imaginar, yo trato de evitar diciendo simplemente: «A las cinco tengo una reunión», pero hay veces en las que estoy relajada, digo una frase sin pensar y eso me delata sin que haya vuelta atrás. Por ejemplo, hace unos días una amiga de mi etapa argentina estaba haciendo escala en Madrid y paseando por Gran Vía me contó que se casaba en noviembre.
—¡Ay, boluda! Vos sabés lo hermosa que está Buenos Aires en noviembre con todos los jacarandás en flor, venite el mes entero, te quedás en casa de Jose, que tiene lugar, y te volvés después del casamiento.
—¡Boluda, no! —Cuando estoy con amigos argentinos me mimetizo, como Laura Matamoros cuando coincide con María Pombo y se hace la pija—. Qué mala suerte, justo en noviembre es cuando se publica mi libro y necesito estar aquí para presentarlo en las librerías y todo eso.
—Pará, ¿cómo que sacás un libro?
Si la vida fuera como la serie Qué vida más triste, aquí iría el clip de Borja diciendo: «FLIPA, FLIPA, EL LOCURÓN».
—No, bueno…
—¿Cómo que no?
(Carol, DÉJAME PENSAR, LA CONCHA DE TU MADRE).
—Bueno, sí, saco un libro, en noviembre, pero bueno, es un experimento, con una editorial pequeña…
—Pero ¡amiga, felicitaciones! ¿De qué trata?
Aquí iría Borja diciendo: «YA ESTÁ, LA LIADA PADRE».
—Bueno, es un libro de humor…, eehmm…, es mi experiencia personal…
Y en ese momento te das cuenta de que te es imposible inventarte algo mínimamente verosímil sobre la marcha y que la opción más sencilla es darle unas pinceladas de lo que te ha pasado en estos cuatro años sin que parezca que te estás tirando el pisto o que tienes un trastorno de fantasía compulsiva.
¿Sabéis esa señora que hay en todos los pueblos que cuando llega a la panadería abre las compuertas de su trastorno fantasioso y se pone a contar que su hija se está carteando (clave aquí usar el verbo cartear) con Alberto de Mónaco y que este, completamente loco de amor, le ha regalado treinta y ocho edificios de apartamentos en primera línea de playa en Benalmádena? Si te detienes a observar a las personas que están haciendo cola, compruebas que todos la miran con lástima mientras ella sigue añadiendo nuevos y rocambolescos detalles a la historia. Pues bien, exactamente esa señora me siento cuando le cuento a alguien de sopetón la historia de @hazmeunafotoasi.
Creo que mis amigos más cercanos saben que no es un invent porque me conocen y no es el primer giro de guion trambólico que me ha traído la vida, pero sus caras al escucharme son una mezcla de asombro e incredulidad, supongo que porque su concepto de éxito no es compatible con las pintas de pordiosera que suelo llevar, o porque no terminan de ver coherente que alguien que coloca su pódcast entre los más escuchados de España les proponga ir a comer a un bareto con el menú del día a nueve euros.
—Boluda, no te puedo creer. Pero ¡qué grosa! ¡Qué locura! Decime el perfil, que te sigo ya.
—Ay, es que me da vergüenza…
Que si yo paso vergüenza de pensar en que una amiga me vea haciendo lo que hago, no puedo imaginarme lo que sentirá Loveyoli cuando se vea en un brete así.
—Boluda, ¿me estás jodiendo? Acordate de cuando íbamos los sábados a la sinagoga de Once vestidas como de discoteca porque vos te querías ligar a un judío, más vergüenza que eso no hay.
Y bueno, tenía razón. Ya os había dicho que la vida me ha traído muchos giros de guion trambólicos.
—Nah, dejate, prefiero que los que me conocés no me sigáis, que si no me siento observada y me da mucha vergüenza.
Supongo que es ahí donde la otra persona confirma que es un invent, que dicha cuenta de Instagram no existe y que me lo he inventado todo con tal de ahorrarme su regalo de boda. Y la verdad es que si a mí me lo contaran, también me encajaría mucho más esa teoría.
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Cien años de mendigram
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Hazme había de recordar aquella tarde remota en la que el representante de una influencer se reunió con ella en su antiguo trabajo para hacerle un mendigram.
Pero empecemos por el principio.
Valencia, 2020.
Érase una vez unos ojos y una boca flotantes que una vez fueron una niña dulce e inocen… PARA, PARA el carro. Lo de dulce no seré yo quien lo niegue, pero de inocente he tenido muy poco siempre y os lo voy a demostrar desde el inicio de esta historia. Por aquel entonces era una joven licenciada con ganas de tener un trabajo que me ofreciera algo de estabilidad. ¿Que por qué, os preguntaréis? Había pasado buena parte de la segunda década de los dosmiles bambando por esos mundos de Dios y, de vuelta en mi tierra, me parecía buen momento de echar el freno. Y yo, que aún tenía casi colgada la mochila de haberme recorrido Latinoamérica en albergues borregueros llenos de liendres, fui a dar con mis huesos en un hotel de ricachones. De ricachones de verdad, no de estos nuevos ricos que se pillan una promo de suite júnior con jacuzzi y se pasan dos meses fronteando con eso en Instagram. Los ricos que iban allí eran ricos pa’ dentro, de esos que no impresionas con cuatro oropeles de poca monta porque se pasan el año entero pisando moqueta.
Yo me encargaba de la comunicación del hotel, y eso englobaba muchas cosas, pero entre ellas las colaboraciones con influencers.
Y más o menos así comienza esta historia: con esta muchacha que acababa de reemplazar las zapatillas roñosas del Decathlon con las que había recorrido un continente por un atuendo digno de aquel hotel de gente pudiente que no había visto un albergue ni en fotos, yendo día a día a trabajar de nueve a cinco a un trabajo que, insospechadamente, le cambiaría la vida. Bueno, en realidad este trabajo no me la iba a cambiar (no adelantemos acontecimientos), pero sí me haría estar en el lugar y momento precisos para que unos años después, estirada de chicle mediante, yo pudiera escribir este libro que tenéis entre vuestras manos.
Al principio ninguna mañana era muy distinta de la otra: los saludos de siempre, el café de cápsula, la camisa arrugada y la desgana que una va transitando con resignación cristiana porque tiene facturas que pagar. Pero un anodino día, cuando la directora del hotel me preguntó cuál era la diferencia entre dar like y comentar, y cuando al día siguiente me dijo que se había pasado dos horas en LinkedIn y que si yo sabía si el contenido se acababa en algún momento (la santa esperaba una especie de ventanita que le dijese: «Estás al día», como cuando terminas de leer noticias), entendí que el hotel hasta ese momento había sido un coladero para estos jetas profesionales.
—Pero ¿entonces no termina nunca?
—No, si usted sigue deslizando hacia abajo, siguen apareciendo cosas nuevas.
—Pero ¿cómo es eso posible? Si solo sigo a doscientas personas, en algún momento su contenido se acabará.
—Claro, pero es que cualquier red social va intercalando publicaciones de personas que sigue con publicaciones de personas que no sigue pero le podrían resultar afines. Y en el caso de LinkedIn, también le muestra las publicaciones que sus contactos han comentado o recomendado, por eso el contenido no se acaba nunca.
—¡Qué cosa, esto de las redes sociales!
A la señora, con los ojos como platos, le parecía que yo le estaba hablando de astrofísica nuclear y a mí, que había regresado de trabajar tres años en una agencia de publicidad en Argentina, aquello me hacía preguntarme si no me había puesto el listón demasiado bajo a mí misma con tal de asegurarme un trabajo cómodo de nueve a cinco.
No sé cuánto tiempo más hubiera durado en ese puesto de no haber pasado todo lo que pasó después, pero es cierto que ahora echo la vista atrás y me cuesta contener la risa al recordar el glorioso lunes que os cuento a continuación. Ese día yo tenía una reunión con el representante de una influencer local bastante conocida. El buen hombre llegó al hotel, lo pasé a un despacho y la siguiente media hora fue tan digna de recordar que ahora ocupa espacio aquí entre estas páginas.
—Lo que nuestra representada busca es emular la Feria de Abril.
—¿La de Sevilla? —le pregunté yo, algo despistada y con la esperanza de que aquello no fuera la soplapollez que aparentaba ser.
—Sí, la de Sevilla. Pero en Valencia. Aquí en este hotel, concretamente.
No tan concretamente, puesto que, según me comentó más tarde en la conversación, antes de reunirse conmigo ya lo había hecho días antes con mi homólogo del otro hotel de lujo de la ciudad. Pero, en sus palabras, la influencer había considerado que nuestro hotel era el enclave ideal para su exhibición anual de mamarracheo, y estaba muy interesada en hacer una colaboración con nosotros. Dijo colaboración porque «robo a mano armada» no es algo que se suela decir en una primera reunión.
El representante solicitaba que la influencer pudiera disponer de los jardines —convenientemente tematizados— durante una jornada entera, la reserva de varios salones para que las invitadas se maqueasen y algunas habitaciones para que los más allegados a la cumpleañera («o los que más seguidores tuvieran», palabras textuales) pudieran pernoctar. A cambio, el hotel aparecería como telón de fondo en todos los stories de una lista de invitadas que traía clasificadas en base a su alcance. Yo trataba de contener la risa mientras él ponía de ejemplo una y otra vez el #DulceWeekend (el sarao que montó Dulceida por su treinta cumpleaños y que incluía un avión a Ibiza fletado en colaboración con una aerolínea y un hotel cerrado para sus asistentes en colaboración con una cadena hotelera). Aunque ya me parecía lo suficientemente bochornoso que una persona adulta y en un contexto profesional usase la palabra #DulceWeekend, la gota que colmó el vaso fue que dijese con gesto completamente serio que al fin y al cabo los cumpleaños de las influencers eran la versión patria del Baile de la Rosa de Mónaco. Os juro que le tuve que mirar la entrepierna de reojo para asegurarme de que no acababa de reventar las costuras de su traje de Emidio Tucci con esos cojonazos.
Al final el cumpleaños nunca se celebró en el hotel porque para cuando llegó todos estábamos confinados, y la pobre influencer se tuvo que conformar con la tarta de la abuela de Mercadona como una mileurista más. Pero desde luego lo que ni ese representante ni yo podríamos entonces imaginar es que unos años después no solo me iba a poder reír a boca llena de este despropósito, sino que además la guasa iba a adquirir tintes profesionales.
En fin, que mi día a día fue volviéndose mucho más divertido de lo que a priori habría sospechado. No mucho después de la historia del influcumpleaños, le cedimos a un influencer una de las suites durante un fin de semana entero a cambio de varias publicaciones en su perfil. Esto debió parecerle poca deferencia, porque decidió arrasar con el minibar con el ansia propia de alguien que viene de vagar por el desierto de Arabia durante tres meses y además, pedir absolutamente todo lo que figuraba en el menú de room service. Y cuando digo todo es todo, no es una manera de hablar. Lo imagino ojeando el menú completamente poseído por el espíritu de María Antonieta, y diciéndole al camarero con desdén: «Tráeme uno de cada». No era gula ni glotonería porque apenas tocó los platos, era simple y llanamente el más absoluto desprecio por el valor de las cosas. Y yo, que aunque ahora tenga un Loewe siempre he llevado dentro al Che Guevara, me ofendí tanto por este despilfarro que me tomé de manera personal la misión de conseguir que se lo cobrasen.
Revisé palabra por palabra los mails que habíamos intercambiado y en efecto, no habíamos hecho alusión alguna a la gratuidad de las viandas, así que de ese clavo me agarré para dar instrucciones al recepcionista.
Bueno, qué has dicho. Cuando el mequetrefe este fue a hacer el check out y le pasaron la factura, los gritos se oían en todo el vestíbulo. «Esto es intolerable, sinvergüenzas, ladrones, cutres». Que si a vosotros os está pareciendo gracioso leerlo, imaginadme a mí despollada desde la oficina sabiendo que los improperios estaban saliendo de la boca de una persona que había estado varios meses petándome el mail con tal de ahorrarse pagar dos noches de hotel, y una vez había logrado que yo cediese a su coacción me lo había agradecido con dos stories de mierda y la santa cachaza de pedir comida como para alimentar a diez ejércitos. «Me voy a encargar de que todo mi círculo sepa lo miserables que sois, os voy a dejar veinticinco reseñas en Google Reviews, voy a ponerme en contacto con el director de la cadena», y por fin, el culmen, la guinda del pastel de la vergüenza ajena, la frase con la que te dan el título de imbécil cum laude sin tener siquiera que rellenar la solicitud: «Tú-no-sabes-quién-soy-yo».
Fuera coñas, cuando en alguno de mis trabajos de cara al público alguien me ha dicho esa frase, mi gesto ha permanecido impertérrito porque tenía un alquiler que pagar, pero he disociado por completo recreando con precisión una realidad paralela donde, tras pronunciar la frase a cámara lenta, aparecen de la nada cuatro bailarinas sosteniendo un carnet gigante a lo late show noventero con la palabra FLIPADO escrita con celofán. De la nada se encienden los focos al compás de la música, aparece todo un cuerpo de baile enfundado en lentejuelas, la gente de alrededor se suma a la fanfarria dando palmas a compás y se escucha a José Luis Moreno decir por megafonía: «Enhorabuena, es usted un gilipuertas de marca mayor». Entonces la primera bailarina —que en mi imaginación suele ser la Malena Gracia de los noventa— se acerca a nuestro querido protagonista y le pone el micro en la boca mientras le dice: «¡Enhorabuena, pedazo de fantoche! ¿Podría usted repetirlo a cámara para quien se lo haya perdido?».
Y mirando a cámara cariacontecido, el muy imbécil balbucearía: «Tú-no-sabes-quién-soy-yo».
La cuestión es que yo sí sabía quién eras, pedazo de botarate. Y la suerte que tuviste es que en ese momento el hotel estuviese casi vacío y nadie grabase la escena con su móvil, porque no iba a ser yo la que impidiese su difusión.
Apenas llevaba un mes trabajando allí, acostumbrándome al nuevo ajetreo (o la nueva tranquilidad, según como se mire) de mi vida, cuando viví otra de las anécdotas que con más cariño recuerdo. Un buen día, una influencer que tenía una marca de joyas propia nos escribió absolutamente obnubilada por las instalaciones tan stunning, tan amazing, tan dazzling que había visto en nuestro perfil de Instagram. No le alcanzaban las 93.000 palabras del diccionario de la RAE para expresar lo mucho que matcheaba nuestro hotel con su aspirational luxury lifestyle kromenaguer: tres toneladas de paja esnob para terminar publicando, en todo un fin de semana de alojamiento gratuito, el story de uno de sus anillos metido en una rama de una maceta del hotel. Y esto es tan real como que el sol saldrá mañana, no es una exageración literaria. Al preguntarle tras su check out si no pensaba pub
