Nada sucede la víspera

Chufo Lloréns

Fragmento

Prólogo. La noche de la tragedia

Prólogo

La noche de la tragedia

Barcelona, noviembre de 1969

Desde el exterior, la casa de los marqueses se ve tan espléndida y plácida como siempre. Las nubes de otoño ocultan una luna blanca que no logra iluminar por completo el cuidado jardín. Esa misma luna que hace unos meses el hombre consiguió pisar por primera vez en una hazaña inaudita ahora se oculta, como si presintiera que la calma que se respira en los alrededores de ese edificio del Putxet barcelonés es sólo aparente, un engaño. Como si la escena que alcanzaríamos a ver, si pudiésemos atravesar sus muros, fuera en realidad bien distinta.

La luna no se equivoca. Bastaría con cruzar la puerta, recorrer el vestíbulo de la casa y subir la escalera hasta la habitación del marqués para, una vez dentro, constatar que la paz del entorno es una falacia. En el interior, ya ajeno a todo sufrimiento o cualquier esperanza, sentado en el sillón, yace el cadáver de don Julio Urquízar, marqués de Soto, con dos agujeros de bala en el pecho. Hasta hace unos minutos, sus manos habían sostenido una de sus escopetas de caza, su preferida, del calibre 12, perfectamente cargada, en apariencia lista para defenderlo de una amenaza de la que, es evidente, no lo salvó. En los ojos sin vida del marqués se vislumbra el miedo, ese instante de pánico y dolor que antecede a la muerte, pero también algo más: una expresión de sorpresa, de incredulidad, que le enmascaró las facciones justo antes de que el corazón dejara de latirle.

Claro que desde fuera de la casa no se adivina siquiera esa escena macabra. Lo que sí podría ver alguien que casualmente pasara por allí es una sombra furtiva que huye despavorida. Es la silueta de alguien que va armado y que en ese momento maldice para sus adentros esa luna que, harta de ocultarse, se diría que ha decidido apartarse de la nube justo para revelar su presencia.

Cuando lo hace, no obstante, la sombra ha conseguido alejarse ya de esa casa, de ese crimen, de ese cadáver, así que su luz fría tan sólo alcanza a iluminar un escenario repleto de preguntas.

Las respuestas, sin embargo, no se hallan ya allí.

Las respuestas suelen esconderse entre las brumas oscuras del pasado.

PRIMERA PARTE

1

Padres e hijos

La reja automática se abrió con un suave movimiento y el pesado Bentley accedió al camino de grava, que crujió a su paso. Don Julio Urquízar contó mecánicamente los veinticuatro robles que lo conducían hasta el templete que protegía la entrada de la casa de su familia, situada muy cerca del Tibidabo, en la parte noble de Barcelona.

Sebastián, el chófer, descendió del vehículo de inmediato para abrir la portezuela a su patrón, pero, cuando rodeó el Bentley, don Julio se había apeado ya.

—¿Manda usted algo para más tarde?

—Sí, vuelve a las cinco y media. No es seguro que salga, pero estate aquí.

—Sí, señor.

El marqués se dirigió lentamente hacia la casa, en cuya puerta, ya abierta, lo aguardaba una criada, a quien entregó su bufanda y su abrigo.

—Buenos días, señor.

—Hola, Matilde. Estaré en mi estudio, procura que no me moleste nadie. Si decido no bajar a cenar, avisaré para que me suban algo.

—Sí, señor.

—Ah, advierte en la cocina que seguiré el régimen.

—Sí, señor.

Cuando salía dos noches seguidas y se excedía con la comida, su úlcera le pasaba factura. También su edad. Desde que cumplió el medio siglo, notaba la diferencia. Subió despacio por la escalera de madera que conducía a su estudio y se dispuso a poner un poco de orden en sus pensamientos.

Buscó la llave en el fondo de uno de los bolsillos de su pantalón y, como ésta se le resistía, dio un tirón seco a la cadena que amarraba el llavero, pero se le enganchó en la tela y le hizo un desgarro. «Menudo contratiempo», pensó mientras entraba en la espaciosa habitación. Estaba en penumbra, de modo que abrió la cortina y los portones del balcón. Al instante, un olor intenso subió desde el jardín, y sus sentidos se extasiaron. Su olfato detectó la mejorana y el membrillo, y su vista se recreó en el color ciclamen de la buganvilla del porche.

Cerró de nuevo y graduó la luz tal como a él le gustaba. Ese estudio era su sanctasanctórum, el único lugar de la casa donde se sentía relajado y conseguía ser pasablemente feliz. Fue hasta una mesilla y se vació los bolsillos en la bandeja. Se amontonaron llaves, encendedor, cartera, agenda, lentes y la cajita de plata con las pastillas de cafinitrina que llevaba encima siempre desde el último susto que tuvo en Niza. Se desvistió sin prisa y se encontró inmerso en el reconfortante placer de una ducha en la bañera. Al terminar, se envolvió en una toalla blanca inmensa e inmaculada y se miró en el espejo. Ante sí, vio a un hombre que le resultó vagamente conocido, alguien con un ligero aire de familia, si bien envejecido de manera prematura y con una sombra de angustia en el fondo de los ojos. Se fijó en la incipiente papada vertical de anciano delgaducho. Dudó, pero se abrió la toalla para descubrir un tórax estrecho seguido de ese abdomen que los delgados mostraban cuando engordaban, todo ello sustentado por dos piernas fibrosas, quizá lo único positivo del conjunto. Acabó de secarse, tomó el frasco de agua de colonia, se humedeció el cabello y se peinó. Acto seguido, se cambió de ropa y se puso encima un batín de seda.

Dos golpes ligeros sonaron en la puerta. Era Martín, el mayordomo.

—Perdone, señor, Matilde me ha advertido que no desea ser molestado, pero es que tengo dos recados para usted.

—No importa. ¿De qué se trata?

—La señora ha llamado diciendo que llegará tarde, que no la espere para cenar, puesto que tomará algo en el club de bridge. Sobre las cinco y media vendrá la tata del señorito Julio, y ha solicitado verle, si no es mucha molestia. ¿Le preparo al señor un martini?

—Bueno, ya que estás aquí, hazlo.

El mayordomo se dirigió al mueble bar en tanto que don Julio se sentaba en su sillón favorito de cuero negro y cogía el periódico; luego le dejó la bebida en una mesita auxiliar, al alcance de la mano.

—Gracias.

—Le aviso cuando venga la tata.

—Sí, por favor.

—¿Manda algo más el señor?

—No, gracias, Martín, puedes retirarte.

Don Julio miró un instante la copa y recordó su última visita al médico. «Ni alcohol ni tabaco. Para ti son veneno», había vuelto a advertirle. Pero él lo había intentado veinte veces y veinte veces había caído. Su maldita falta de voluntad, que tanto había influido en su vida, también en aquello se dejaba notar.

Sorbió un trago y sacó los lentes del estuche, desplegó la prensa y limpió los cristales de las gafas con un gesto mecánico y ausente. En aquel momento le vino a la mente un episodio de su vida como de una vieja película en color sepia. Su falta de voluntad, ¡su maldita falta de voluntad!, había sido el factor determinante de su existencia.

Tomó un nuevo sorbo del martini al tiempo que su mente mariposeaba entre el pasado y el presente. El olor a caoba y a cuero lo devolvió a su estudio, y su vista recorrió lentamente las paredes: fotos, trofeos de caza, copas de tiro de pichón… Aquél era su mundo, un mundo de confort y de aislamiento desgajado por completo del entorno, un espacio singular en el que se sentía bien, pero veía con melancolía que pronto sería parte del pasado. Se sabía miembro de un selecto grupo en peligro de extinción. Lugares como el Círculo Ecuestre o el Club de Tiro formaban con su persona una simbiosis perfecta; de lo demás no quería enterarse. En otros ambientes se notaba extraño e inseguro, cada día amaba más sus soledades y deseaba no conocer a tanta gente a la que se veía obligado a saludar. Él era un esteta del siglo XIX.

La fábrica tenía problemas, pero el marqués se consolaba pensando que no había hecho nada para que fuera mal, como tampoco hizo nada para que fuera bien. Tenía en plantilla un director general, un gerente y un administrador, y, a su juicio, de ellos era el mérito o el fracaso.

Sus ojos siguieron vagando en la semipenumbra y se toparon con la foto de Marina montando a Chispa. Su hija era lo que más amaba del mundo y quizá su única fuente de ilusión. Marina, a sus veintidós años, era una belleza trigueña. En ella se combinaban a la perfección los rasgos eslavos de su madre con un desparpajo muy ibérico.

Sabía que su amor era correspondido, aunque ya no con la admiración de cuando era pequeña y él la enseñaba a montar, sino con la ternura de alguien que, a pesar de ver las debilidades de su padre, lo quería por encima de cualquier cosa.

Marina era fuerte, más fuerte que él, desde luego, más fuerte que su hermano, sin duda. Julio José era un nihilista, casi nada merecía la pena para él, únicamente vivía de noche. Nunca encontró algo que lo hiciera vibrar, ni el deporte, ni el arte, ni los viajes…, nada de nada. ¿Cómo era posible que, siendo hermanos, ambos fueran tan diferentes?

Recordó un día en el que su hija, que tendría entonces alrededor de quince años, llegó de una fiesta más tarde de la hora acordada y su madre, sin mediar palabra, le levantó la mano. Marina se la sujetó por la muñeca y le dijo: «No lo intentes jamás, yo no soy papá». Él sintió una profunda pena al oírlo, pero también orgullo. Por fin alguien se atrevía a plantar cara a su mujer.

En cuanto a Julio José, el marqués había llegado a la conclusión de que le era imposible entenderse con él. Hablar con su hijo era comparable a intentar dialogar con un marciano. El joven le reprochaba su riqueza heredada, pero a la vez se beneficiaba de ella sin el menor remordimiento. A Julio José le gustaba todo lo que a su padre le disgustaba, y viceversa. Amaba el desorden, la bohemia, el andar entre gentes raras. Frecuentaba ese tipo de personajes que estaban fuera del marco de lo que don Julio consideraba «como tienen que ser las cosas».

El marqués pensaba que los artistas eran diferentes, quizá por eso eran artistas. Cuando daba una fiesta en su casa, era consciente de que un tipo pintoresco aportaba glamour y daba tono siempre. De sus paredes colgaban lienzos de Goya, además de auténticas joyas del Renacimiento italiano. Los tenía por el placer de disfrutarlos, no por esnobismo de nuevo rico, porque, si bien era rico, desde luego no era nuevo.

Al hablar de tipos diferentes se refería a aquella fauna que andaba suelta por las Ramblas y que siempre lo inquietaba cuando acudía al Liceo. Desafectos al régimen, universitarios que organizaban reuniones clandestinas y clamaban por la democracia, chicos de cabellos largos y chaquetas de pana. Intentó que a su hijo le gustara lo que a él… Equivocación rotunda. Cada uno amaba lo que amaba, y nada podía cambiarse.

Lo que al menos exigía a Julio José era corrección, trato respetuoso y orden dentro de su casa. Una esperanza remota latía en su corazón ahora que su hijo estaba cumpliendo el servicio militar. Algo le decía que ahí radicaba la última posibilidad de que el chico cambiara, a pesar de que, con sus influencias, tenía las cosas más fáciles.

Deseaba que entrara en vereda; él lo había intentado sin éxito, así que confiaba en que alguien totalmente ajeno a la familia lograra centrarlo. No pretendía que su hijo fuera hecho a su imagen y semejanza, pero tampoco que fuera su némesis.

Era consciente de que se había equivocado. Desde el primer día le había dado todos los caprichos. Nunca le negó nada, cuando quizá el mayor placer del mundo era desear algo y trabajar para conseguirlo. Julito tuvo a destiempo motos, caballos, coches… Se había equivocado con él, sí. Pero los genes también debían de haber influido, ya que el marqués había tratado de la misma forma a Marina y ella era completamente diferente. Como él, su hija era una apasionada del campo y los caballos, y agradecía cualquier regalo que se le hiciera. Las cosas le duraban mucho más porque las cuidaba. Saltó de alegría cuando le regaló su primer Mini, mientras que Julio tuvo el Lancia parado en la cochera durante un año porque no se sacaba el carnet. Ahora ella conducía un pequeño Triumph que estaba siempre reluciente, algo que no ocurría con el Porsche de su hijo.

Pensar en Julio José hizo que su mente volara a su propio hermano, Enrique, y al verano de 1938, cuando éste llegó a casa radiante con la estrella de seis puntas sobre fondo negro de alférez provisional. Estaba en deuda con su hermano, había dado tantas veces la cara por él… Siempre lo ayudó en la facultad, en la Falange…, así que, a pesar de que su padre le había conseguido un trabajo de sanitario en San Sebastián, Julio decidió irse al frente con él.

Un día inexplicable, una bala estúpida, cuando ya la contienda tocaba a su fin, dejó a un hermano sin hermano y a un asistente sin oficial. Una bala que seguro iba destinada a otro, pero Enrique, como siempre, se había adelantado a su momento. Se le murió entre los brazos, lo dejó como sin sombra, alelado, y, lo que era aún peor, con una última frase que le pesaba como una losa: «Julio, sigue tú por mí». El camino de su vida se le puso cuesta arriba y a partir de entonces cada decisión fue un parto para él. Había llorado tantas noches llamando a su hermano… Su padre, ya mayor, se apoyaba en Julio creyendo que era Enrique. Pero él no era su hermano, no tenía su empuje, le costaba tomar decisiones y se daba perfecta cuenta de que no había creado nada. Vivía del capital heredado, cada vez más mermado debido a sus funestas inversiones.

La tarde caía, llamaron a la puerta.

—¿Sí?

—Señor, la tata del señorito Julio está en la cocina y también ha venido el chófer.

—Di a la tata que bajo en un cuarto de hora.

Le daba una pereza tremenda, pero debía hacerlo. La mujer se iba muy feliz cuando descendía a hablar con ella.

Fueron muchos años en la casa, y había querido muchísimo a los chicos. Su imagen le traía a la memoria los años más felices de su vida; recordaba cómo la ayudó cuando su chófer se casó con ella y tiempo después consiguió que lo contrataran en el servicio de ambulancias.

Sintió mucho que se fueran de la casa de los guardeses. Sus tres hijos, Jacobo, Marta y Tonio, eran lozanos y robustos, y cuando lo visitaban por Navidad vestían sus mejores galas. La felicidad nada tenía que ver con el dinero y, si le apuraban mucho, tampoco con la salud. Era feliz quien estaba en paz consigo mismo y conforme con su entorno. La sardina o el caviar no eran importantes.

Se levantó con la intención de dirigirse hacia el office. Si seguía en sus cosas, a la pobre tata le darían las tantas. De modo que bajaría a saludarla y luego se iría un rato al club. Allí era otra cosa. Era don Julio, eran los amigos de siempre, era el póquer con su grupo, era hablar entre iguales de temas comunes sin salirse de un mundo encasillado que empezaba a extinguirse. La bohemia de su hijo le resultaba incomprensible teniendo al alcance de la mano lo que él le ofrecía.

Antes de salir del estudio, se miró en el espejo, se pasó la mano por el pelo, se alisó el batín e hizo que la punta del pañuelo asomara un poco más del bolsillo donde estaban bordadas sus iniciales bajo una pequeña corona.

Entró en la cocina, lo cual suponía un gran acontecimiento ya que el señor marqués raramente se dejaba ver en ella, y se acercó a la tata.

—¿Qué hay, Juana? ¿Cómo estás?

—Muy bien, señor marqués. Todo en orden y muy contenta de verle. ¡Qué bien lo encuentro! Está usted muy guapo.

Era sin duda la única persona del servicio que tenía el coraje y la confianza de decirle una cosa así.

Los criados estaban de pie en actitud respetuosa. Miraban con admiración a aquella buena mujer que se atrevía a hablar de esa manera al marqués.

—Lo que está el señor es echando barriga. ¿Es que ha dejado de montar a caballo?

—No, pero los años no perdonan, Juana… Que uno ya no es el que era. Ya he cumplido cincuenta y cuatro…

—El señor siempre está de buen ver.

—No seas exagerada, mujer… Cuéntame, ¿cómo te va?

—Pues bien, señor… No puedo quejarme. Los chicos son muy buenos, la chica va para casarse, aunque aún falta un tiempo. Jacobo se ha metido a boxeador y me tiene desesperada, pero su padre me tiene más desesperada todavía…

—¿Genaro? ¿Por qué?

—Porque a mí me hace la pamema de que no le gusta lo del boxeo del chico y luego va presumiendo por el barrio… Un día agarro la escoba y los echo a los dos de casa.

—Bueno, pues si a Jacobo le gusta, déjalo, es un deporte como otro.

—No, señor, no, deporte es el suyo, el de usted. Eso de montar a caballo es estupendo, pero darse de mamporros con los demás muchachos ni es cristiano ni sienta bien nunca. De todas maneras, quien me tiene más preocupada es mi Tonio… Aunque prefiero no hablar de eso, señor. Ya lo dicen: cría cuervos, que te sacarán los ojos. Y no es que el chico sea malo, no. Pero las compañías que se trae me tienen con la mosca detrás de la oreja.

«Intuición sana y barata de la gente de pueblo», pensó el marqués.

—Bueno, Juana, ¿quieres algo de mí?

—Pues… Es que me da no sé qué decírselo porque siempre le vengo a molestar con cosas…

—Por cierto, ¿cómo le va a Genaro con la ambulancia? ¿Ha podido arreglar lo de los horarios del hospital con los de las pompas fúnebres?

—Sí, señor, y se gana dos sueldos muy majos gracias a usted… ¿Ve como siempre le molesto con cosas?

—Quita, mujer. ¿Qué se te ofrece ahora?

—Resulta que… Pues, como el señor tiene tantos amigos y conoce a tanta gente, si fuera tan amable de darme alguna recomendación para algún militar de esos gordos…

—Querrás decir «de alta graduación», Juana.

—Usted ya me entiende… Es que el novio de mi hija está haciendo la mili aquí, en Barcelona, y si tuviera algún padrino que lo ayudara un poco podría seguir trabajando en lo suyo y así adelantar la boda… Perdone el atrevimiento, señor marqués, pero me lo ha pedido la niña, y ya sabe usted que por los hijos se hace lo que sea.

—Bueno, anda, entérate de en qué cuartel hace la mili, y yo procuraré enchufarlo. ¿Era eso lo que querías?

—Sí, señor. Y muchísimas gracias.

—Toma esto para los chicos. —Don Julio metió la mano en el bolsillo del batín y le alargó un sobre.

—Señor…, no venía para esto.

—Ya sabes que lo hago muy contento y que en esta casa se te quiere, Juana.

—Le estoy muy agradecida, señor. Pero…

—Nada, nada… Saluda a Genaro y a los chicos, y ya sabes que siempre que quieras puedes venir, que ésta es tu casa.

—Muchas gracias, señor… La señora no debe de estar, ¿verdad?

—No, no está… Ah, y di a tu hijo Jacobo que, cuando lo vea anunciado, iré a verlo boxear.

2

La esposa esquiva

Cuando salió de la cocina, el marqués se dio cuenta de que algo le reconcomía por dentro. Enseguida dedujo lo que era. «La señora no debe de estar», había comentado Juana.

No, Renata no estaba nunca. Llevaban veintiséis años casados y él no podía decir que hubieran sido felices. Aun así, el recuerdo del día de su boda seguía presente en su memoria.

La ceremonia se celebró en Suiza según el rito protestante, condición sine qua non que Renata von Kaltz puso para casarse y que él aceptó, no sin objeciones de conciencia, ya que los años de colegio pesaban lo suyo y no dar el paso más importante de su vida siguiendo el rito católico lo traumatizaba bastante. Sin embargo, las conveniencias sociales, la influencia de Alemania y el íntimo pensamiento de que siendo ético cualquier religión era buena acabaron de derribar los últimos escrúpulos de su conciencia.

El día anterior a la boda, en su habitación del hotel Baur au Lac de Zúrich, pensó en mil cosas mientras miraba su carísimo reloj de pedida. El obsequio era soberbio, a la altura del brillante que sus padres habían regalado a su futura esposa, desmontándolo de un pendentif de su abuela materna.

Ese día los marqueses estaban atareadísimos recibiendo invitados de toda España, para los cuales el pasaporte no era un problema, aunque sí lo fuera para el resto de la población. Caía la tarde y, mientras Renata estaba en manos de los peluqueros y los modistos, Julio decidió dar un paseo por el lago. Descendió hasta el vestíbulo del hotel, que era la quintaesencia del refinamiento, y salió rápidamente al jardín para evitar que algún invitado lo reconociera y le impidiese estar solo. Tomó un sendero lateral y, a través de grupos simétricos de gladiolos y tulipanes, llegó a la orilla.

Al día siguiente iba a escoger a su compañera para toda la vida. Serían dos ceremonias, una civil y la otra no sabía cómo clasificarla porque, al no casarse por el rito católico, no le sonaba a boda eclesiástica. La civil tendría lugar en un juzgado y la otra, en una capilla protestante. Sin duda iban a lucirse muchos uniformes por ambas partes, pero ganarían con mucho a los fracs. Escoger compañera para toda la vida… «¿O acaso me han escogido a mí?», pensó mientras lanzaba un guijarro al agua. El gesto lo retrotrajo en el tiempo, a la playa de la Concha de San Sebastián, y recordó con claridad las pautas de su noviazgo: definitivamente, lo habían elegido. No obstante, para ser honesto consigo mismo, tenía que reconocer que se dejó querer y le vino bien.

¿Qué pasó en el interior de su cabeza para llevar adelante ese noviazgo y aceptar el cambio de religión? Era el momento de sincerarse y, tras analizar la situación, llegó a una conclusión. Renata era una mujer muy bella, pero no la más bella. ¿Inteligente? También. Pero no era eso…

¡Tremendamente dominante! Eso era, ahí estaba el quid de la cuestión. Renata era un ser que emanaba seguridad, algo que a él le faltaba desde el día en que su hermano murió en el frente. ¡Eso era! Comprendía que, aunque el apellido de su futura esposa careciera del abolengo del suyo, era alemana, ciudadana de un país que, según todas las opiniones, iba a dominar el mundo. Sus padres debieron de pensar lo mismo ya que desde el primer día aceptaron de buen grado el noviazgo, e incluso, cosa rara, sobre todo en su madre, no pusieron demasiadas objeciones a su cambio de religión.

En realidad, apenas se conocían. Fue un noviazgo de un año y casi a distancia.

Siguió paseando por los alrededores del lago. La tarde era preciosa y los tonos cambiantes del agua, según los macizos de flores que se reflejaban en ella, daban una luz y una iridiscencia diferentes a cada rincón. Veía deslizarse con suavidad las carpas gigantes y cómo algunas libélulas, prácticamente quietas sobre la superficie, celebraban su rito nupcial. ¿Cómo iba a ser el suyo? Deseó con ardor que hubieran pasado dos días para que el festejo hubiera terminado y todo volviera a la normalidad. Tras el viaje de novios a París y Berlín, se instalarían en Barcelona y los días pasarían apacibles, monocordes, uno tras otro como a él le gustaban.

A la mañana siguiente, Renata, imponentemente bella, entró en la iglesia del brazo de su padre. Julio la esperaba en el presbiterio y veía un mar de cabezas vueltas hacia la entrada mientras en un órgano de tubos verticales de 1816 sonaba majestuosa la Marcha nupcial de Mendelssohn. El sol filtraba su luz a través de los cristales policromados del rosetón gótico sobre la puerta, haciendo que la figura de Renata apareciera ante él envuelta en un aura de colores como un arco iris.

No era muy consciente de lo que pasaba. ¡Qué capacidad de desdoblamiento tiene el ser humano! En aquel instante era a la vez espectador y protagonista, y asumía perfectamente ambos papeles, estaba como flotando. La novia llegó a su altura y su padre se la entregó. Sin querer, Julio le pisó el velo y, debido al tirón, la diadema se le movió unos milímetros. Renata lo miró con ira contenida en sus ojos verdes, y sus finos labios se torcieron en una mueca.

«Si empezamos así no sé cómo acabaremos», pensó Julio.

Concluida la ceremonia fueron a los jardines, donde se ofreció un aperitivo fastuoso mientras miles de voces lo felicitaban a la vez que miles de manos le palmeaban la espalda. Luego llegó el banquete: consomé, pudin de Coblenza y faisán a las uvas. Como entre nubes, se vio cortando la tarta con un sable alemán y, llegada la hora de los bailes, juraría haber bailado con trescientas mujeres que le hablaban sin que él se enterara demasiado. Por fin, tras la larga fiesta, Renata y él se retiraron a su dormitorio.

Cuando consumaba su matrimonio esa noche, Julio se encontró con una sorpresa y no pudo reprimirse.

—No eres virgen —dijo a Renata.

—Pues me ha parecido que, lamentablemente, tú sí… O si no lo eres, poco te falta. Menos mal que por lo menos uno de los dos sabe algo. No te preocupes, todo se aprende.

Sin molestarse en añadir nada más, Renata se fue al cuarto de baño, cerró la puerta y él, perplejo, oyó cómo corría el agua.

Ahora, más de veinticinco años después, de vuelta en su habitación, el marqués se dijo que ésa fue su primera noche de insomnio, pero ni mucho menos la última. A su mente volvió el recuerdo de otra mujer… Carmen. Pero no podía permitirse ni siquiera el placer de pensar en ella.

3

Merienda en el club

Renata von Kaltz, la esposa del marqués de Soto, tenía cuarenta y ocho años, y los hombres aún la miraban por la calle.

Era delgada y flexible como el mejor acero del Ruhr, lugar de donde su familia procedía, y como el acero era su carácter. Pese a que llevaba toda una vida en España, cada vez rezumaba más germanismo. Era metódica, ordenada y rígida, y creía que el resto de la humanidad era eso, sólo el resto. Tenía un extremado sentido del ridículo y no realizaba ninguna actividad en público hasta no dominarla a la perfección. De joven fue el tenis y de mayor, el bridge. Si se sentía insegura o expuesta en alguna situación, se convertía en un enemigo temible.

Entró en el bar del club para tomar algo. Su partida empezaba a las cinco y media, y había salido de casa con tanta antelación para no cruzarse con su marido. En cuanto se acomodó en un sillón junto a la ventana, el camarero acudió solícito, pues sabía cómo las gastaba la señora. Aguardó erguido y sin preguntarle qué deseaba tomar ya que su experiencia le decía que la prisa la ponía nerviosa.

—Tráeme una ración de jamón serrano, pepinillos y una Carlsberg bien fría.

—Sí, señora marquesa.

Se retiró de inmediato y por el rabillo del ojo vio que ella encendía un mentolado y expelía el humo hacia arriba. La complacía cualquier motivo que la alejara de la comedia que su familia representaba.

Había conocido a Julio durante el verano de 1942, en el que su prestigio de belleza alemana, hija del cónsul de Hitler en San Sebastián, era el pasaporte perfecto para estar presente en todas las fiestas. Encontraba a la mayoría de los chicos españoles intelectualmente mediocres, aunque, eso sí, tremendamente apasionados.

Cada mañana, desde la ventana de su habitación, veía, a la misma hora, a un muchacho alto y atractivo que paseaba a su perro con el pantalón remangado. Recorría la playa de punta a punta lanzando guijarros al agua. Al cabo de varios días le picó la curiosidad y empezó una especie de competición consigo misma para tratar de conocerlo. Era una mujer lista y con poder, y por lo tanto tenía muchos más recursos que el resto de las jóvenes de su edad. Decidió que lo conseguiría a través del agregado cultural. Un mañana lo interceptó en el vestíbulo del hotel, donde el agregado leía el periódico sentado en un sillón.

—¿Herr Hendrick?

El hombre se levantó de inmediato.

—Fräulein…

—Sígame.

La conversación continuó en alemán; lo acercó a la ventana y dijo simplemente:

—¿Quién es?

El agregado miró.

—No lo sé, pero si le interesa, dentro de dos o tres días podré darle una respuesta.

—Mañana por la noche —se limitó a contestar Renata.

—Por supuesto, fräulein. —Dio un taconazo y se retiró.

La noche siguiente le entregaron dos cuartillas mecanografiadas, que Renata se guardó con discreción en el bolsillo de su falda acampanada. Quería leerlas después de cenar, tranquilamente en la intimidad de su suite.

Julio Urquízar Galindo. Segundo hijo de don Julio Urquízar Soto, marqués de Soto, y de doña Ana María Galindo Paredes, ambos de la alta aristocracia española. Estudió bachillerato en el Liceo de Pau, Francia, junto a su hermano mayor, Enrique. El alzamiento del general Franco sorprendió a la familia veraneando en San Sebastián, cuando él había terminado cuarto de Derecho y su hermano, quinto de Ingeniería.

Trabajó como sanitario en el hospital General Mola de San Sebastián hasta que en el segundo año de guerra solicitó ser destinado al frente de combate en el tabor, la unidad de tropa, de su hermano. Lo hizo en calidad de soldado raso y pidió ser asistente de Enrique, que ya era teniente. Gracias a su valentía, rescató a su oficial, pero cayó herido y, tras ser evacuado, se recuperó en el Hospital de Burgos, de donde Enrique salió con la tercera estrella de capitán, mientras que la persona de la que se me pide informe salió con los galones de cabo. Ambos hermanos regresaron al frente antes de agotar su permiso, y en la batalla del Ebro murió el mayor. El marqués de Soto consiguió que el único hijo varón que le quedaba regresara a la retaguardia.

Así que el desconsolado asistente era el muchacho triste que recorría la playa de la Concha y lanzaba guijarros al mar…

Renata dejó caer las cuartillas a un lado y permitió que su mente volara. Dentro de unos días se celebraría una fiesta en la embajada y ella podía elegir acompañante para la ocasión. Pero no le interesaba ningún joven en particular; además, detestaba que todos fueran tras ella como perros falderos. Decidió, pues, hacer llegar a Julio una invitación a la fiesta, aunque tenía fama de huraño y rara vez se dejaba ver en actos sociales. Se había propuesto conocerlo esa noche, antes de partir hacia Burgos, donde su padre iba a ocupar el nuevo destino que el Führer le había encomendado.

Se puso en pie y fue hacia el espejo. Era una belleza aria que gustaba a los hombres españoles. Tenía el pelo de un rubio dorado y la frente despejada, y debajo de unas cejas finas destacaban sus ojos verdes grisáceos. La nariz recta pero ligeramente larga y el mentón prominente dejaban adivinar una voluntad de hierro.

La noche de la fiesta llegó. La embajada de Alemania tenía que impresionar a sus invitados. Debían quedar deslumbrados por la magnificencia del evento.

Renata von Kaltz estaba en sus aposentos, peinada, maquillada con discreción y vestida con una bata azul. Se observó con detenimiento en el espejo: el tenis había musculado su cuerpo delgado. Se palpó el vientre planísimo y se fijó en sus largas piernas. Esa noche se sentía más guapa de lo habitual. Despacio, se puso su vestido azul celeste con escote bañera, que resaltaba su esbeltez. Imaginó el silencio admirativo que su presencia causaría al hacer aparición apoyada desmayadamente en la barandilla de la escalera de la embajada. Cien pares de ojos iban a fijarse en ella.

Unos golpes sonaron en la puerta de su habitación. El sonido era inconfundible: era su madre quien llamaba. Llegó acompañada de su padre, imponente en uniforme de gala; ella un tanto valquiria y de blanco, él de negro con guerrera cruzada, la gran cruz de hierro con aspas de roble colgada al cuello y el brazalete rojo con la esvástica en su manga izquierda.

Su padre la besó en la frente, orgulloso.

Se dirigieron a la escalinata, sus padres delante. Renata se distanció algo más de lo que el protocolo requería para que todo el mundo tuviera tiempo de reparar en ella.

Todo salió como había previsto. Sus padres ya llegaban al penúltimo peldaño cuando ella aún no había comenzado a descender. El salón brillaba, las arañas de cristal del techo iluminaban uniformes y trajes largos, a cada cual más suntuoso. Renata se concentró en encontrar lo que buscaba. Pasaron unos segundos angustiosos y… allí estaba, displicente, con una copa en la mano, vestido de esmoquin, elegante y abstraído, hablando con una mujer. ¿Quién sería?

Justo entonces él alzó los ojos, entre curiosos, tiernos y tristes, y ella empezó a bajar la escalera.

En ese preciso instante, Renata von Kaltz decidió que iba a casarse con aquel joven.

Y ahora, veintiséis años después de la boda, se arrepentía profundamente de aquella decisión.

4

Jacobo

Jaco llegaba tarde al gimnasio y le irritaba sobremanera tener que dar explicaciones de una situación de la que no era culpable. Para salir a correr por las mañanas tenía que robar horas al sueño, y, aun así, el entrenador lo abroncaba por hacer poco entrenamiento. Los mediodías, si volvía a casa a comer llegaba tarde, aunque invirtiera en ello el menor tiempo posible, y si se quedaba en el trabajo, el contenido de la fiambrera que le preparaba su madre, Juana, no lo disfrutaba; no porque la comida no estuviera buena, sino porque no le gustaba alimentarse de cualquier manera. La alternativa de hacerlo en el bar estaba descartada; era caro, y Jacobo no podía permitírselo.

De todas formas, a la fiambrera le debía el hecho de haber descubierto sus cualidades para el boxeo. Recordaba que, un día de julio que hacía un calor de todos los demonios, estaba en el patio de la redacción y a su lado había un grupo de cuatro o cinco que andaban jugando y haciendo el bobo. Jaco no participaba en las bromas, pero aceptaba que los demás hicieran lo que les viniera en gana, siempre y cuando no se metieran con él. Se sentó en su rincón, donde había una minúscula sombra, y dispuso encima de una servilleta a cuadros la fiambrera con la modesta pero sabrosa comida que su madre le había puesto ese día: bacalao. «¡Menuda ocurrencia! Pues no voy a pasar sed ni nada esta tarde…», pensó. Dejó la fiambrera en su rincón y se fue al bar a buscar una gaseosa. Había un poco de cola y tardaron en despacharle, así que tardó cinco minutos en regresar. Cuando llegó a su rincón de nuevo, no vio su fiambrera. Hizo memoria para recordar si realmente la había dejado allí, pero enseguida estuvo seguro de haberla dejado destapada y cubierta con la servilleta mientras iba a por la bebida. Miró hacia todos los lados, y se dio cuenta de que los juegos habían terminado y de que todo el mundo comía en un raro silencio expectante. Aquello le resultó muy extraño. Se acercó al grupo y preguntó con calma:

—¿Alguien ha visto mi fiambrera?

Sonrisitas a hurtadillas y miradas de refilón.

—A ver si te crees que hemos de estar vigilando tus cosas cuando te largas. —La respuesta era de Madariaga, el macho alfa del grupo, que tenía patente de corso para hacer lo que se le antojara porque era muy fuerte y todos lo temían.

—Si ha sido una broma, no pasa nada. Pero devolvedme mi comida.

—Va a ser un poco difícil —contestó Madariaga.

—¿Qué quieres decir?

—Que a los vascos nos gusta mucho el bacalao.

Risas generales y grandes aspavientos de la pandilla que siempre arrastran los matones.

—Mi comida, Madariaga. ¡Basta de cachondeo!

—Chico, ¿qué se le va a hacer? Ya comerás otro día. Tú eres muy de misa, ¿no? Pues hoy te toca ayuno.

—Dame lo mío o habrá jaleo.

—¿Jaleo? No me digas… ¿Y con quién? —preguntó Madariaga mientras se levantaba lentamente.

—Conmigo.

—Será contigo y con algunos amiguetes que traigas, ¿eh? —se mofó Madariaga. Más risas del respetable. Jaco estaba tenso—. A mí de postre me encanta comer niños crudos.

Nunca supo cómo fue, sólo recordaba que se le puso una nube roja ante los ojos y que levantó a Madariaga tirando de su camisa hacia arriba. El vasco lo empujó y, al hacerlo, se dio un golpe en la cabeza con un poste que sujetaba una antena telefónica. Cuando quiso darse cuenta, estaban echándole agua, sangraba de un pómulo y del labio inferior. A Jacobo le dolían los nudillos de la mano izquierda. Sabía que era zurdo, pero no tanto. Las risas habían cesado como por ensalmo y su hazaña corrió como la pólvora. Tras el incidente, en la sección se le acercaron algunos de los vejados por las bromas de Madariaga; los demás lo miraban con respeto. Al cabo de unos días, el redactor jefe de deportes, José Martínez, Joma, lo llamó a su despacho.

—¿Qué pasó el otro día?

—¿Cuándo?

—Venga, no te hagas el tonto y explícame lo del jaleo de la fiambrera.

—No hay nada que contar, señor Martínez, me gastaron una broma pesada y le di a Madariaga.

Jaco sintió peligrar su puesto de trabajo.

—Y… lo tumbaste.

—Fue sin querer… Yo sólo pretendía que me devolviera mi fiambrera.

—Sabes que Madariaga pesará unos noventa kilos, ¿no?

—No sé… Lo único que sé es que él andaba buscando jal

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