I. UN HOGAR DIVIDIDO
He perdido la cuenta de los días transcurridos desde que huí de los horrores de la demente fortaleza del pueblo andaluz de Benengeli; escapé de la muerte al amparo de la oscuridad y dejé un mensaje clavado en la puerta. Y desde entonces, a lo largo de mi camino hambriento y envuelto en la calima, ha habido otros montones de papeles garrapateados, martillazos y exclamaciones agudas de clavos de dos pulgadas. Hace tiempo, cuando era joven e inexperto, mi amada me dijo con cariño: «Oh, Moro, extraño hombre negro, siempre con la boca llena de tesis y sin una mala puerta de iglesia en que clavarlas.» (Ella, que se autodeclaraba india devotamente poco cristiana, bromeaba con la protesta de Lutero en Wittenberg, para tomar el pelo a su amante cristiano, decidida y devotamente indio: ¡cómo viajan las historias, en qué bocas acaban!) Desgraciadamente, mi madre la oyó; y disparó su dardo, rápida como una serpiente al morder: «Quieres decir tan llena de heces.» Sí, madre, tú tienes la última palabra también en ese tema: como en todo.
«Amrika» y «Moskvá», las llamó alguien alguna vez, Aurora mi madre y Uma mi amor, apodándolas como las dos grandes superpotencias; y la gente decía que se asemejaban, pero a mí nunca me lo pareció, no me lo parecía en absoluto. Las dos están muertas, por causas no naturales, y yo en un país lejano con la muerte a mis talones y su historia entre mis manos, una historia que he estado crucificando en una puerta, una valla, un olivo, extendiendo, por este paisaje de mi último viaje, la historia que me señala. En mi carrera, he convertido al mundo en mi mapa pirata, con todas sus pistas que conducen («la X indica el lugar») al tesoro que soy yo. Cuando mis perseguidores hayan seguido el rastro, me encontrarán esperándolos, sin quejarme, jadeando, dispuesto. Aquí estoy. No hubiera podido hacer otra cosa.
(Mejor: aquí estoy sentado. En esta selva oscura –es decir, en este monte de los Olivos, dentro de este grupo de árboles, observado por las cruces de piedra burlonamente inclinadas de un pequeño cementerio lleno de maleza y algo adentrado en la ruta de la estación de gasolina del «Último Suspiro»–, sin contar con Virgilios ni necesitarlos, en lo que debería ser la mitad del camino de mi vida, pero, por razones complejas, se ha convertido en el final del camino, me derrumbo exhausto, carajo.)
Y sí, señoras, se han clavado muchas cosas. Por ejemplo, la bandera al mástil. Pero, después de una vida no tan larga (aunque chillonamente coloreada), siento que estoy libre de tesis. La vida misma es crucifixión suficiente.
Cuando se te está acabando el gas, cuando casi se ha extinguido el soplo que te impulsa, ha llegado el momento de confesarte. Llámalo testamento o como quieras, a tu (última) voluntad; el Salón de las Postrimerías de la vida. De ahí este aquí-estoy-o-aquí-me-siento con las frases de mi vida clavadas al paisaje, y las llaves de un fuerte rojo en el bolsillo, estos momentos de espera antes de la rendición final.
Por ello, resulta ahora apropiado cantar los finales; de lo que fue y no puede ya ser; de lo que estuvo bien en ello, o mal. Un último suspiro por un mundo perdido, una lágrima por su desaparición. También, sin embargo, una última ovación, una escandalosa madeja de historias larguísimas (las palabras tendrán que bastar, a falta de medios audiovisuales) y una serie de canciones alborotadoras para despertar. El relato de un Moro, lleno de ruido y de furia. ¿Lo queréis? Bueno, pues aunque no lo queráis. Y, para comenzar, pasadme la pimienta.
–¿Qué dices?
Hasta a los árboles se los sorprende hablando. (Solos y desesperados, ¿no habéis hablado a las paredes, a vuestro chucho idiota, al vacío?)
Repito: la pimienta, por favor; porque, si no hubiera sido por los granos de pimienta, lo que ahora es un final en Oriente y Occidente podría no haber comenzado nunca. Pimienta es lo que trajeron los altos barcos de Vasco da Gama a través del océano, desde la Torre de Belém de Lisboa hasta la costa de Malabar: primero a Calicut y, luego, por su puerto de laguna. Los ingleses y franceses siguieron la estela de aquel portugués primer llegado, de forma que, en el período llamado Descubrimiento de la India –¿cómo podían descubrirnos si no estábamos cubiertos?– fuimos «no tanto un subcontinente como un subcondimento», como decía mi ilustre madre.
–Desde el principio, lo que quería el mundo de la maldita madre India estuvo clarísimo –decía–. Vinieron buscando algo picante, como cualquier hombre que se va de putas.
Mi historia es la de la caída en desgracia de un mestizo de alta cuna: yo, Moraes Zogoiby, llamado «el Moro», durante la mayor parte de mi vida único heredero varón de los crores de las especias-y-altas-finanzas de la dinastía Da Gama-Zogoiby de Chochin, y de mi destierro de lo que tenía todo el derecho a considerar mi vida natural, por mi madre Aurora, de soltera Da Gama, la más ilustre de nuestros artistas modernos, una gran belleza que era también la mujer de lengua más afilada de su generación, y administraba sus picardías a todo el que se ponía a su alcance. No se apiadaba de sus hijos.
–Nosotras, las chicas beatniks de cruz y rosario, tenemos guindilla en las venas –solía decir.
¡Nada de privilegios para los de nuestra carne y sangre! Queridos míos, nosotras mascamos la carne y la sangre es nuestra bebida favorita.
–Ser un vástago de nuestra demoníaca Aurora –me dijo de joven el pintor de Goa V. (de Vasco) Miranda–, significa ser, realmente, un moderno Lucifer. Ya sabes: hijo de la condenada mañana.
Para entonces, mi familia se había trasladado a Bombay, y ésa era la clase de cosas que, en el paraíso del legendario salón de Aurora Zogoiby, pasaba por un cumplido; sin embargo, yo lo recuerdo como una profecía, porque llegó el día en que fui realmente arrojado de aquel jardín fabuloso y precipitado al Pandemonio. (Desterrado de lo natural, ¿qué otra opción tenía que abrazar lo opuesto? Lo que quiere decir el antinaturalismo, el único ismo verdadero de estos días de continuo enfrentamiento y galimatías. Puestos más allá de lo Pálido, ¿no trataríais de hacer de lo Oscuro día? Como lo oís. Moraes Zogoiby, expulsado de su propia historia, cayó dando tumbos hacia la Historia.)
–¡Y todo eso desde un pimentero!
No sólo pimienta, sino también cardamomos, anacardos, canela, jengibre, pistachos, clavos; y además de especias y frutos secos estaban los granos de café y hasta la hoja de té poderosa. Pero el hecho es que, según Aurora, «la pimienta era lo primero y primoeminente... sí, sí, primoeminente, ¿por qué decir pre-eminente? ¿Por qué destacar el “antes” si lo que importa es que era lo primero?» Lo que era cierto de la Historia en general lo era también de las fortunas de nuestra familia en particular: la pimienta, la codiciada especialidad de mis viejos, podridos de dinero, los comerciantes más ricos en especias, frutos secos, granos y hojas de Cochin, que, sin prueba alguna, salvo siglos de tradición, pretendían ser descendientes por la puerta falsa del mismísimo Vasco da Gama...
Se acabaron los secretos. Los he clavado en la puerta ya.
A la edad de trece años, a mi madre, Aurora da Gama, le dio por vagar descalza por la casa grande y olorosa de sus abuelos en la isla de Cabral durante las rachas de insomnio que, por algún tiempo, se convirtieron en su dolencia nocturna y, durante esas odiseas noctívagas, abría invariablemente todas las ventanas de par en par: primero las ventanas interiores con mosquitero, cuya tela metálica de finas mallas protegía la casa de los diminutos mosquitos, luego los marcos mismos de vidrios emplomados, y por último los postigos de listones de madera. Como consecuencia, la matriarca Epifania, de sesenta años –cuyo mosquitero personal tenía, con el paso de los años, algunos agujeros pequeños pero importantes que ella era demasiado miope o demasiado tacaña para observar–, se despertaba cada mañana por las molestas picaduras de sus antebrazos azules y huesudos y soltaba un débil chillido al ver a las moscas zumbando en torno a la bandeja de té matutino y galletas que había dejado a su lado Teresa, la doncella (que huía velozmente). Epifania se dedicaba, con inútil frenesí, a rascarse y dar manotazos, arremetiendo en torno a su curvilínea cama-embarcación de teca, y derramando a menudo el té sobre las sábanas de algodón con encajes o sobre su camisón de blanca muselina, de alto cuello de volantes que ocultaba el cuello de la propia Epifania, en otro tiempo de cisne pero ahora más bien corrugado. Y mientras la paleta matamoscas de su mano derecha azotaba y golpeaba, mientras las largas uñas de su mano izquierda rastrillaban su espalda en busca de unas picaduras de mosquito cada vez más esquivas, el gorro de dormir de Epifania da Gama se le resbalaba, dejando al descubierto un revoltijo de cabello blanco y serpentino, a través del cual se podían ver muy fácilmente (¡ay!) zonas de moteado cuero cabelludo. Cuando la joven Aurora, que escuchaba junto a la puerta, consideraba que los ruidos de la furia de su aborrecida abuela (juramentos, destrozo de porcelana, los impotentes palmetazos del matamoscas, el desdeñoso zumbido de los insectos) estaban llegando a su apogeo, adoptaba su sonrisa más dulce y se presentaba tan fresca ante la matriarca con un alegre saludo matutino, sabiendo que la madre de todos los Da Gamas de Cochin llegaría al paroxismo de su cólera salvaje con la llegada de aquella juvenil testigo de su impotencia de vejestorio. Epifania, con el pelo en desorden, arrodillada sobre unas sábanas manchadas, agitando el alzado matamoscas como una varita mágica rota y buscando un escape para su rabia, aullaba como un bicho raro, una rakshasa o una banshee, al ver a la intrusa Aurora, para secreta alegría de la chica.
–Uju-ju, niña, qué susto me has dado, un día me vas a matificar el corazón.
Así fue como a Aurora da Gama se le ocurrió la idea de asesinar a su abuela, de labios de su propia y futura víctima. Después de eso comenzó a trazar planes, pero sus fantasías, cada vez más macabras, de venenos y precipicios se venían abajo invariablemente por problemas pragmáticos, como la dificultad de agarrar una cobra y meterla entre las sábanas de Epifania, o la rotunda negativa de la vieja bruja a caminar por cualquier terreno que, como ella decía, «subiera o bajara de puntillas». Y aunque Aurora sabía muy bien dónde echar mano a un buen cuchillo de cocina afilado y, por otra parte, estaba segura de que tenía ya fuerza suficiente para estrangular la vida en Epifania, excluyó también esas opciones, porque no tenía la intención de ser descubierta y una agresión demasiado evidente podía dar lugar a que le hicieran preguntas molestas. Al no revelársele el crimen perfecto, Aurora siguió desempeñando su papel de nieta perfecta; sin embargo, continuó dando vueltas al asunto, aunque nunca se dio cuenta de que en sus cavilaciones había mucho de la implacabilidad de Epifania:
–La paciencia es una virtud –se dijo–. Aguardaré mi momento.
Entretanto, siguió abriendo ventanas en aquellas noches húmedas, y a veces tiraba por ellas adornos valiosos, figuras de madera tallada con trompa de elefante, que se iban cabeceando sobre las mareas de la laguna, lamiendo los muros de aquella mansión insular, o colmillos de marfil delicadamente labrados que, naturalmente, se hundían sin dejar huella. Durante varios días, la familia no supo qué pensar de lo que pasaba. Los hijos de Epifania da Gama, el tío de Aurora, Irish (pronunciado Aires) y el padre de Aurora, Camoens (pronunciado Camonsh con la nariz tapada) se despertaban y se encontraban con que traviesas brisas nocturnas se habían llevado prendas camperas de sus armarios y papeles de negocios de sus bandejas de asuntos pendientes. Diestras corrientes de aire habían desatado el cuello de sacos de muestras, sacos de yute llenos de cardamomos y hojas de karri y anacardos grandes y pequeños, situados siempre como centinelas a lo largo de los sombríos pasillos del ala de oficinas, y como consecuencia había simientes de alholva y pistachos que daban vueltas alocadamente por el suelo gastado y viejo de caliza, carbón, clara de huevo y otros ingredientes olvidados, y el aroma de las especias en el aire atormentaba a la matriarca, que, con el paso de los años, se había vuelto cada vez más alérgica a las fuentes de las fortunas de su familia.
Y si las moscas zumbaban a través de las abiertas ventanas de rejilla y las maleducadas ráfagas a través de las separadas hojas de vidrio emplomado, la apertura de los postigos dejaba entrar todo lo demás: el polvo y el tumulto de los barcos del puerto de Cochin, las sirenas de los cargueros y los resoplidos de los remolcadores, los chistes groseros de los pescadores y la vibración de sus aguijones para las medusas, la luz del sol afilada como un cuchillo, un calor que podía ahogarte como un trapo húmedo que te envolviera apretadamente la cabeza, los gritos de los flotantes vendedores, las bocanadas de tristeza de los judíos solteros a través de las aguas en Mattancherri, las amenazas de los contrabandistas de esmeraldas, las maquinaciones de los rivales comerciales, el creciente nerviosismo de la colonia británica de Cochin, las exigencias de dinero contante del personal administrativo y de los trabajadores de las plantaciones de las Montañas, los relatos de alborotos comunistas y políticas de los wallahs del Congreso, los nombres de Gandhi y de Nehru, los rumores de hambrunas en el este y de huelgas de hambre en el norte, las canciones y tamborileos de los narradores callejeros y el sonido pesadamente retumbante (al romper contra el desvencijado embarcadero de la isla de Cabral) de las crecientes mareas de la Historia.
Qué país de tercera, por Cristo –maldijo el tío Aires a la hora del desayuno, con su mejor estilo de sombrero y polainas–. Como si el mundo exterior no fuera suficientemente sucioasqueroso, ¿eh, eh? Pero bueno, ¿quién es la horrible muñeca, el atolondrado maricón que se ha dejado otra vez todo abierto? ¿Es ésta, por Júpiter, una residencia honesta o es un cagadero, valga la metáfora, del bazar?
Aquella mañana, Aurora comprendió que había ido demasiado lejos, porque su amado padre Camoens, un tipejo de barbita de chivo y camisa campera llamativa que era ya una cabeza más pequeño que la larguirucha de su hija, se la llevó al pequeño embarcadero y, dando literalmente saltos de emoción y excitación de tal forma que, contra la increíble belleza y el ajetreo comercial de la laguna, su silueta parecía un personaje de sueño, quizá un leprechaun bailando en un claro, o un yinni bueno escapado de una lámpara, le confió, con sibilante secreto, la noticia inmensa y desgarradora. Camoens, que llevaba un nombre de poeta y tenía un carácter dado a (aunque no el don de) la ensoñación, le sugirió tímidamente la posibilidad de un hechizo.
–Creo –dijo a su hija muda de asombro– que tu querida mami ha vuelto con nosotros. Tú sabes cuánto le gustaba el aire fresco, cómo se peleaba con tu abuela por el aire; y ahora, por arte de magia, las ventanas se abren de golpe. Y además, hija mía, ¡fíjate en lo que... en lo que falta! Sólo lo que ella aborreció siempre, ¿te das cuenta? Los dioses elefantinos de Aires, solía decir. Lo que ha desaparecido es la pequeña colección de Ganeshas que era el pasatiempo de tu tío. Eso y el marfil.
Los colmillos de elefante de Epifania. Hay demasiados elefantes sentados sobre esta casa. La difunta Belle da Gama había dicho siempre lo que pensaba.
–Creo que si me levanto esta noche podré ver una vez más su querido rostro –le confió su padre anhelante–. ¿Tú qué crees? El mensaje es claro como el agua. ¿Por qué no esperas conmigo levantada? Tú y tu padre estáis en la misma situación: él añora a su señora y tú quisieras, ay, volver a ver a tu mamá.
Aurora, ruborizándose de turbación, le gritó: –¡Pero al menos no creo en puñeteros fantasmas! –Y corrió a la casa, incapaz de confesar la verdad, que era que el fantasma de su madre muerta era ella, haciendo lo que ella hacía y hablando con su voz difunta; que la hija sonámbula mantenía a su madre viva, dándole su propio cuerpo para que ella lo habitara, aferrándose a la muerte, rechazándola, insistiendo en la constancia, más allá de la tumba, del amor... que se había convertido en el nuevo amanecer de su madre, en carne para su espíritu, dos Belles en una.
(Muchos años más tarde, llamaría a su propio hogar Elephanta; de manera que, después de todo, las cuestiones elefantinas, lo mismo que las espectrales, siguieron desempeñando un papel en nuestra saga familiar.)
Belle llevaba muerta sólo dos meses. Belle de Luzbel, solía llamarla el tío de Aurora, Aires (pero la verdad es que él siempre estaba poniendo apodos a la gente, imponiendo bravuconamente al mundo su universo privado): Isabella Ximena da Gama, la abuela que yo nunca conocí. Entre ella y Epifania había habido guerra desde el principio. Viuda a los cuarenta y cinco años, Epifania había empezado enseguida a interpretar el papel de matriarca y solía sentarse, con el regazo lleno de pistachos, en la sombra matutina de su patio favorito, abanicándose, rompiendo cáscaras con los dientes en una impresionante demostración de fuerza y cantando mientras, con voz alta e implacable:
Bobo Shafto fue a la ma-ar Bolas de plata a llevar...
¡Kir-rick! ¡Ker-rack!, hacían las cáscaras en su boca.
Conmigo querrá baila-ar Bueno Bobo Shafto.
En todos los años de su vida, sólo Belle se negó a asustarse de ella.
–Cuatro «insuficientes», cuatro «B-menos» –dijo brillantemente una Isabella de diecinueve años a su suegra, el día en que entró en la casa como novia no aprobada pero aceptada a regañadientes–. No es bobo, ni bolas, ni bailar, ni bueno. Para su edad, canta usted muy bien una canción de amor, pero esas palabras que no son hacen que carezca de sentido, ¿no?
–Camoens –dijo glacialmente Epifania–, informa a tu mujercita de que debe cierrificar la espita. Le está chorreando agua caliente por la cara.
En los días que siguieron, se lanzó indomablemente a un popurrí de salomas adaptadas: ¿Qué hacemos con el marino borracho?, provocó en su nueva nuera muchas risas insuficientemente sofocadas, lo que hizo que Epifania, frunciendo el ceño, cambiara de canción: Boga, boga, boga con tu amado, corrienteabajo, cantó, aconsejando quizá a Belle que se concentrara en sus obligaciones conyugales, y añadió luego la acotación, algo más metafísica: Moralmente, moralmente, moralmente, moralmente... ¡kir-ranch!... una esposa no es una reina.
¡Ah, las leyendas de los pendencieros Da Gamas de Cochin! Las cuento como me han llegado, abrillantadas y fantaseadas por muchas repeticiones. Son viejos fantasmas, sombras distantes, y yo cuento sus historias para acabar con ellas; son todo lo que me queda y por eso las pongo en libertad. Del puerto de Cochin al puerto de Bombay, de la costa de Malabar a la colina de Malabar; la historia de nuestras reuniones, destrozos, de nuestras ascensiones, caídas, de nuestras subidas y bajadas de puntillas. Y después de eso, adiós Mattancherri, vete con Dios, Marine Drive... en cualquier caso, para cuando mi madre Aurora llegó a aquella casa sin niños, convertida en una niña alta y rebelde de trece años, las pautas estaban claramente trazadas.
–Demasiado larga para una niña –fue el desaprobador veredicto de Epifania sobre su nieta, cuando Aurora entró en la adolescencia–. La inquietud de sus ojos significa el diablo en su corazón. Vergüenza en su delantera, también, como cualquiera puede ver. Sobresalifica demasiado.
A lo que Belle replicó furiosa:
–¿Y cuáles son esos hijos tan, tan perfectos, que ha
producido tu querido Aires? Al menos aquí hay una
joven Da Gama, vivita y coleando, y nada importan sus
grandes bobos. Del hermano Aires y la hermana Sáhara no hay signo de producto alguno: ni bebés ni bobos.
La mujer de Aires se llamaba Carmen, pero Belle, imitando la afición de su cuñado a inventar apodos, le había dado ese nombre de desierto, «porque es plana y estéril como la arena y en tanto terreno desperdiciado no se ve ningún lugar donde echar un trago».
Aires da Gama, luchando con brillantina por mantener alisado su cabello cano, espeso y ondulado (el encanecimiento prematuro ha sido siempre una característica familiar; mi madre Aurora tenía el pelo blanco como la nieve a los veinte, ¡y qué seducción de cuento de hadas, qué grávitas helada añadían a su belleza los suaves glaciares que descendían en cascada de su cabeza!); ¡cómo adoptaba poses mi tío abuelo! En las pequeñas fotografías en blanco y negro que recuerdo, de dos por dos pulgadas, ¡qué ridículo parecía con su monóculo, cuello duro y terno de la mejor gabardina! Tenía un bastón de puño de marfil en una mano (de estoque, me susurra al oído la Historia familiar), una larga boquilla en la otra y también, lamento decirlo, tenía la costumbre de llevar polainas. Si se añadiera altura y un par de bigotes retorcidos, el retrato de un villano de ópera bufa quedaría completo; pero Aires era de un tamaño tan de bolsillo como su hermano, iba totalmente afeitado y le brillaba un poco la cara, de forma que su aspecto de falso Zángano era algo que, quizá, había que compadecer más que silbar.
También aquí, en otra página del álbum de fotografías de recuerdo, está la tía abuela Sáhara, cargada de espaldas y bizca, la Mujer sin Oasis, masticando betel con aquellas mandíbulas tan camellunas y con aspecto de estar bastante jorobada. Carmen da Gama era prima carnal de Aires, huérfana de Blimunda, hermana de Epifania, y de un impresor de poca monta llamado Lobo. Sus dos padres fueron víctimas de una epidemia de paludismo, y las perspectivas de matrimonio de Carmen habían estado bajo cero, totalmente congeladas hasta que Aires sorprendió a su madre, accediendo a la boda. Epifania, en los tormentos de la indecisión, padeció una semana de noches insomnes, incapaz de elegir entre su sueño de encontrar para Aires algún pez que compensara el anzuelo y la necesidad, cada vez más desesperada, de enjaretar a Carmen a alguno antes de que fuera demasiado tarde. Finalmente, sus deberes hacia su hermana muerta predominaron sobre las esperanzas para su hijo.
Carmen nunca tuvo aspecto de joven, nunca tuvo hijos, soñaba con estafar su herencia a la rama Camoens de la familia, por las buenas o por las malas, y nunca contó a alma viviente que, en su noche de bodas, su marido entró muy tarde en el dormitorio, hizo caso omiso de su joven novia, aterrorizada y escuálida, que yacía virginalmente temblando en la cama, se desnudó con gran lentitud y, con la misma precisión, introdujo su cuerpo desnudo (de proporciones tan similares al de ella) en el vestido de boda que la criada había dejado en un maniquí como símbolo de su unión, y salió de la estancia por la puerta exterior de la letrina. Carmen oyó silbidos que venían hacia ella sobre las aguas y, levantándose envuelta en sábanas, mientras la pesada certeza de su futuro caía sobre sus hombros haciéndolos encorvarse, vio su vestido de boda reluciente a la luz de la luna, mientras un joven se los llevaba remando a él y su ocupante, en busca de lo que, entre aquellos seres tan arcanos, pasara por felicidad.
La historia de la aventura del vestido de Aires, que dejó a la tía abuela Sáhara abandonada en las frías dunas de sus sábanas sin ensangrentar, me ha llegado a pesar del silencio de ella. La mayoría de las familias corrientes no saben guardar secretos; y en nuestro clan nada corriente, nuestros más profundos misterios terminaban normalmente en óleos sobre tela colgados de la pared de una galería... pero ¿quizá todo el incidente fuera inventado, una fábula que la familia fabricó para chocar-pero-no-demasiado, para hacer más agradable al paladar –al ser más exótica, más bella– la homosexualidad de Aires? Porque, aunque es cierto que Aurora da Gama llegó a pintar la escena –en su lienzo, el hombre del vestido iluminado por la luna se sienta remilgadamente frente a un torso sudoroso y desnudo de remero–, se podría aducir que, a pesar de todas sus credenciales bohemias, ese doble retrato era una fantasía domesticadora y sólo convencionalmente escandalosa: que la historia, tal como se contaba y pintaba, vestía bonitamente el secreto desenfreno de Aires, escondiendo de ella pollas y culos, sangre y leche, el miedo valiente y decidido de aquel dandy mequetrefe que buscaba compañeros fornidos entre la canalla del puerto, la exaltación aterrada de los abrazos comprados, las suaves caricias en callejones traseros y antros de ponche a cargo de estibadores, el amor de las nalgas intensamente musculadas de los jóvenes de las ciclorickshas y de las bocas desnutridas de los golfillos del bazar; que hacía caso omiso de la realidad del amour fou fastidioso y discutidor de su relación larga, pero en modo alguno fiel, con el tipo de la barca de la noche de bodas, al que Aires bautizó como «Príncipe Enrique el Navegante»... que hacía salir de escena a la verdad, excitantemente vestida, y luego apartaba los ojos.
No señor. No he de negar la autoridad de la pintura. Cualquier otra cosa que pueda haber ocurrido entre esos tres –la increíble intimidad, en su edad madura, entre el Príncipe Enrique y Carmen da Gama se recogerá en su lugar–: el episodio del vestido de boda compartido fue donde empezó todo.
La desnudez debajo del atuendo de boda, el rostro del novio bajo el velo nupcial es lo que conecta mi corazón con el recuerdo de aquel hombre extraño. Hay muchas cosas en él que no me interesan; pero, en la imagen de su mariconería, en la que muchos de mi país (y no sólo del mío) verían degradación, yo veo su coraje, su capacidad –sí– para la gloria.
–Si no hubo una picha por los bajos –solía decir mi querida madre, heredera de la lengua intrépida de su propia madre, sobre su vida con el poco querido tío Aires–, entonces, querida, aquello fue un coñazo.
Y mientras estamos llegando a ello, a la raíz de todo el asunto de las escisiones familiares y muertes prematuras y amores frustrados y locas pasiones y pulmones delicados y poder y dinero y la seducción y los misterios, todavía más moralmente dudosos, del arte, no debemos olvidar quién lo inició todo, quién fue el primero en salir de su elemento y ahogarse, y cuya muerte acuática eliminó el factor vital, la piedra fundamental, y comenzó el largo deslizamiento de la familia, que terminó arrojándome a mí a la fosa: Francisco da Gama, el difunto esposo de Epifania.
Sí, también Epifania había sido en otros tiempos una novia. Procedía de una familia antigua, pero muy reducida ahora, de comerciantes, el clan de los Menezes de Mangalore, y hubo muchos celos cuando, tras un encuentro casual en una boda de Calicut, pescó el pez más gordo de todos, contra toda lógica, en opinión de muchas madres decepcionadas, porque un hombre tan rico hubiera debido sentirse decentemente asqueado por las cuentas bancarias sin fondos, la bisutería y la confección barata de aquel pequeño clan de buscadores de oro en la miseria. Al amanecer del siglo, ella llegó del brazo de mi bisabuelo Francisco a la isla de Cabral, el primero de los cuatro universos secuestrados, edénicoinfernales y con serpiente de mi historia. (El salón de Malabar Hill de mi madre fue el segundo; el jardín aéreo de mi padre el tercero; y el singular reducto de Vasco Miranda, su «Pequeña Alhambra» en Benengeli [España], fue, es y se convertirá en este relato en el último.) Allí encontró una gran mansión antigua de estilo tradicional, con muchos patios, deliciosamente interconectados, de estanques verdosos y fuentes musgosas, rodeados de galerías ricas de madera tallada, más allá de las cuales había laberintos de habitaciones de techo alto, con sus altos tejados alicatados y a dos aguas. Se encontraba en un paraíso de follaje tropical de rico; exactamente lo que le había recetado el médico, en opinión de Epifania, pues, aunque sus primeros años habían sido relativamente indigentes, siempre había creído que tenía talento para la magnificencia.
Sin embargo, unos años después del nacimiento de sus dos hijos, Francisco da Gama volvió a casa un día, con un francés increíblemente joven y sospechosamente encantador, un tal M. Charles Jeanneret, que se daba aires de genio de la arquitectura aunque tenía apenas veintidós años. Antes de que Epifania pudiera parpadear siquiera, su crédulo marido había encargado a aquel petulante que construyera no una sino dos nuevas casas en los preciosos jardines de ella. ¡Y qué edificios más disparatados resultaron!... Uno de ellos, una casa de bloques extrañamente angular, en donde el jardín penetraba en el espacio interior, tan concienzudamente, que a menudo era difícil saber si estabas dentro o fuera de la casa, y los muebles parecían hechos para un hospital o una clase de geometría, y no te podías sentar sin tropezar con alguna esquina puntiaguda; el otro era un castillo de naipes de madera y papel –«al estilo japonés», dijo a una Epifania consternada–, una endeble trampa en caso de incendio, cuyas paredes eran pantallas de pergamino móviles y en cuyas habitaciones no se podía estar sentado, sino arrodillado, y tenías que dormir de noche en una esterilla en el suelo, con la cabeza sobre un bloque de madera, como si fueras un criado, mientras que la falta de intimidad indujo a Epifania a observar que «al menos, conocer el estado digestivo de los miembros de la familia no es ningún problema en una casa con papel de retrete en lugar de paredes en los baños».
Peor aún, Epifania descubrió pronto que, una vez listas aquellas casas de locos, su marido se cansaba con frecuencia de su precioso hogar, golpeaba con las palmas de las manos en la mesa del desayuno y anunciaba que se «trasladaban a Oriente» o se «iban a Occidente»; entonces la familia entera no tenía otra opción que trasladarse con armas y bagajes a una u otra, según los caprichos del francés, sin que ningún volumen de protestas supusiera la menor diferencia. Y, al cabo de unas semanas, se mudaban otra vez.
Francisco da Gama no sólo era incapaz de llevar una vida ordenada como la gente corriente, sino que, como descubrió Epifania con desesperación, era también un mecenas. Bebedoras de ron y whisky y mascadoras de cannabis, de baja extracción y repulsivo gusto para vestirse, eran importadas por largos períodos y llenaban las casas del francesito de música crispante, maratones poéticos, modelos desnudos, colillas de cantos, timbas la noche entera y otras manifestaciones de su conducta entodos-los-sentidos incorrecta. Llegaban artistas extranjeros para quedarse, y dejaban atrás extrañas esculturas móviles que parecían gigantes perchas de metal retorciéndose en la brisa, y cuadros de diablesas con ambos ojos en el mismo lado de la nariz y lienzos gigantes que parecían como si hubiera ocurrido un accidente con la pintura, y todas aquellas calamidades tenía que ponerlas Epifania en las paredes y los patios de su amado hogar, y mirarlas a diario, como si fueran cosas decentes.
–La fealdad de tus cascotes artísticos –dijo viperinamente a su marido– me va a ceguificar un día.
Pero él era inmune a sus venenos.
–La belleza antigua no basta –dijo–. Antiguos lugares, comportamientos antiguos, dioses antiguos. Actualmente el mundo está lleno de preguntas, y hay formas
nuevas de belleza.
Francisco tuvo pasta de héroe desde el día en que nació, predestinado a preguntas y pesquisas, tan incómodo en la domesticidad como Don Quijote. Era hermoso como el pecado pero dos veces más virtuoso y, en los lanzamientos de críquet con esterillas de fibra de coco de aquella época resultó ser, de joven, un retorcedor endemoniadamente lento del brazo izquierdo y un elegante bate número cuatro. En la universidad fue el estudiante de física más brillante del año, pero se quedó pronto huérfano y decidió, tras mucho reflexionar, renunciar a la vida académica, cumplir su deber y entrar en el negocio familiar. Creció y se convirtió en un experto en el antiquísimo arte de los Da Gama de convertir especias y frutos secos en oro. Podía oler el dinero en el aire, podía olfatear el tiempo y decirte si iba a traer pérdidas o ganancias; pero era también un filántropo que financiaba orfanatos, abría consultorios médicos gratuitos, construía escuelas en las aldeas que bordeaban las aguas estancadas, fundaba institutos para investigar el añublo de los cocoteros, iniciaba planes de protección de los elefantes en las montañas, más allá de los campos de especias, y patrocinaba certámenes anuales, en la época del festival de las flores de Onam, para elegir y coronar a los mejores narradores orales de la región: de hecho, tan generoso en su filantropía que Epifania (inútilmente) se lamentaba:
–¿Y luego, cuando los fondos se hayan derrochado y nuestros hijos anden con la gorra en la mano? ¿Van a poder zampificarse tu comosellame, tu antropología?
Luchó contra él por cada pulgada de terreno, y perdió todas las batallas, salvo la última. Francisco el modernista, con los ojos fijos en el futuro, se convirtió primero en discípulo de Bertrand Russell –Religión y ciencia y La religión de un hombre libre fueron sus biblias impías– y luego de la política nacionalista cada vez más ferviente de la Sociedad Teosófica de la Mrs. Annie Besant. Recordadlo: Cochin, Travancore, Mysore y Hyderabad no eran estrictamente hablando parte de la India británica; eran estados de la India, con sus propios príncipes. Algunos de ellos –como Cochin– podían alardear de unos niveles de educación y alfabetización mucho más altos que los existentes bajo el dominio británico directo, mientras que en otros (Hyderabad) existía lo que Mr. Nehru llamaba una situación de «feudalismo perfecto», y en Travancore hasta el Congreso había sido declarado ilegal; pero no confundamos (Francisco no lo hacía) apariencia y realidad; la hoja de higuera no es el higo. Cuando Nehru izó la bandera nacional en Mysore, las autoridades (indias) locales, en el momento en que salió de la ciudad, no sólo destruyeron la bandera sino hasta el asta de la bandera, para que aquello no molestara a los verdaderos gobernantes... Poco después de estallar la Gran Guerra, el día de su trigésimo octavo aniversario, algo se rompió dentro de Francisco.
–Los británicos tienen que irse –anunció solemnemente a la hora de cenar, bajo los cuadros al óleo de antepasados bien trajeados y calzados.
–Dios santo, ¿adónde se van? –preguntó Epifania, sin entender–. En un momento tan malo, ¿nos abandonan a nuestra suerte y a ese coco del emperador Guillermo?
Francisco explotó, y Aires, de doce años, y Camoens, de once, se inmovilizaron en sus asientos.
–El emperador es una factura que estamos pagando ya –tronó–. ¡Los impuestos se han duplicado! ¡Nuestros muchachos mueren vistiendo el uniforme británico! La riqueza del país está siendo liquidada, señora: aquí, nuestro pueblo se muere de hambre, pero los tommies británicos consumen nuestro trigo, arroz, yute y productos del coco. Yo, personalmente, tengo que enviar mercancías a un precio inferior al de coste. Nuestras minas están siendo agotadas; salitre, manganeso, mica. ¡Te lo juro! Esos wallahs de Bombay se están enriqueciendo y el país se está yendo a hacer puñetas.
–Demasiados vivos y demasiados libros te han llenado los oídos –protestó Epifania–. ¿Qué somos nosotros sino los hijos del Imperio? Los británicos nos lo han dado todo, ¿no?… Civilización, leyes, orden, demasiado. Hasta tus especias que apestan la casa las compran por generosidad, poniendo ropas en nuestras espaldas y comida en los platos de nuestros hijos. Entonces, ¿por qué hablificar semejante traición y ensuciar los oídos de mis hijos con todas esas bobadas impías?
Desde aquel día, tuvieron poco que decirse. Aires, desafiando a su padre, tomó partido por su madre; Epifania y él estaban a favor de Inglaterra, Dios, la ignorancia, las costumbres antiguas, una vida tranquila. Francisco era todo ajetreo y energía, de forma que Aires fingía indolencia y aprendió a enfurecer a su padre con su exuberante facilidad para la vagancia. (En mi juventud, por razones diferentes, yo también fui propenso a hacer el vago. Pero no trataba de molestar; mi vano intento era oponer mi lentitud al movimiento acelerado del Tiempo mismo. También esta historia volverá a ser visitada en el lugar apropiado.) Fue en su hijo menor, Camoens, en quien Francisco encontró su aliado, y le inculcó las virtudes de nacionalismo, razón, arte, innovación y sobre todo, en aquellos tiempos, protesta. Francisco compartía el temprano desprecio de Nehru por el Congreso Nacional Indio –«nada más que una tertulia de extranjis»– y Camoens asentía gravemente.
–Annie esto y Gandhi aquello –le reñía Epifania–. Nehru, Tilak, todos esos gángsters granujas del norte. ¡Tú no hagas caso a tu madre! ¡Sigue así! Y te encontrarás, deprisita, en la cárcel.
En 1916, Francisco da Gama se sumó a la campaña por un Gobierno Nacional de Annie Besant y Bal Gandhar Tilak, enganchando su suerte a la exigencia de un parlamento indio independiente que determinase el futuro del país. Cuando Mrs. Besant le pidió que fundara una Liga del Gobierno Nacional en Cochin y él tuvo la frescura de invitar a unirse a ella a los trabajadores del puerto, los cosechadores de té, los culis del bazar y sus propios trabajadores, así como a la burguesía local, Epifania se sintió abrumada.
–¡Las masas y las grandes casas en un mismo club! ¡Vergüenza y escándalo! Este hombre ha perdido el seso –protestó débilmente, abanicándose, y se hundió luego en un silencio huraño.
Unos días después de la fundación de la Liga, hubo un enfrentamiento en las calles del barrio portuario de Ernakulam; unas docenas de combativos miembros de la Liga consiguieron dominar a un pequeño destacamento de soldados ligeramente armados y los mandó a freír espárragos, sin sus armas. Al día siguiente, la Liga fue prohibida oficialmente, y una lancha motora llegó a la isla de Cabral, para detener a Francisco da Gama.
En los seis meses que siguieron, estuvo entrando y saliendo de la cárcel, ganándose el desprecio de su hijo mayor y la imperecedera admiración de su chico menor. Sí, un héroe, sin lugar a dudas. En aquellos períodos de cárcel, y en su furioso activismo político entre dos condenas, cuando, siguiendo instrucciones de Tilak, se arriesgó a ser detenido en muchas ocasiones, adquirió las credenciales que hicieron de él un hombre prometedor, que valía la pena no perder de vista, un tipo admirado: una estrella.
Las estrellas pueden caer; los héroes pueden fracasar; Francisco da Gama no cumplió su destino.
En la cárcel encontró tiempo para un trabajo que lo deshizo. Nadie averiguó nunca en qué tienda de descuento de artículos defectuosos de la mente conoció el bisabuelo Francisco la teoría científica que lo convirtió de un héroe emergente en un hazmerreír nacional, pero en aquellos años esa teoría le fue preocupando cada vez más, llegando incluso a rivalizar en su afecto con el movimiento nacionalista. Quizá su antiguo interés por la física teórica se confundió con sus pasiones más recientes, la Teosofía de Mrs. Besant, la insistencia del Mahatma en la unidad de todos los millones, muy diferentes, de la India, la búsqueda entre los intelectuales indios modernizantes del período de alguna definición laica de la vida espiritual y de esa palabra gastada, el alma; de cualquier modo, hacia finales de 1916, Francisco había publicado privadamente un documento, que sometió a la amable consideración de todos los periódicos más importantes de la época, titulado Hacia una teoría provisional de los campos transformacionales de conciencia, en el que defendía la existencia, a nuestro alrededor, de «redes dinámicas de energía espiritual similar a los campos electromagnéticos», invisibles, aduciendo que esos «campos de conciencia» eran nada menos que los depósitos de la memoria –tanto práctica como moral– de la especie humana y que, de hecho, eran lo que el Stephen de Joyce había dicho recientemente (en la revista Egoist) que deseaba forjar en la herrería de su alma: es decir, la conciencia no creada de nuestra raza.
En su nivel de funcionamiento más bajo, los campos transformacionales de conciencia (CTC) facilitaban aparentemente la educación, de forma que lo que se aprendía en cualquier lugar de la Tierra, por cualquiera, resultaba enseguida más fácilmente aprendible por cualquier otro, en cualquier otra parte; pero se decía también que, en su plano más exaltado, el plano que, había que reconocer, era más difícil de observar, los campos actuaban éticamente, definiendo nuestras alternativas morales y siendo definidos por ellas, siendo reforzados por toda elección moral adoptada en el planeta y, a la inversa, debilitados por los hechos innobles, de forma que en teoría, demasiados actos malvados dañarían los Campos de Conciencia sin posibilidad de reparación y «la Humanidad se enfrentaría entonces con la realidad indescriptible de un universo convertido en amoral y, por consiguiente, sin sentido, debido a la destrucción del nexo moral, la red de seguridad, podría decirse, dentro de la cual hemos vivido siempre».
De hecho, el escrito de Francisco no propugnaba más que las funciones educativas y más bajas de los campos, sin ninguna convicción, extrapolando las dimensiones morales en un pasaje relativamente breve y confesadamente especulativo. Sin embargo, la irrisión que inspiró fue de grandes dimensiones. Un editorial del periódico The Hindu de Madrás, titulado «Rayos del Bien y del Mal», lo satirizó cruelmente: «Los temores del doctor Da Gama por nuestro futuro ético son como los de un hombre del tiempo chiflado, que cree que nuestros actos controlan el tiempo atmosférico, de forma que, si no actuamos “benignamente”, por decirlo así, no tendremos más que tormentas sobre nuestras cabezas.» El columnista satírico «Waspyjee» del Bombay Chronicle –cuyo director Horniman, amigo de Mrs. Besant y del movimiento nacionalista, había implorado a Francisco, de todo corazón, que no escribiera en los periódicos– preguntó maliciosamente si los famosos Campos de Conciencia eran sólo para el consumo humano o si otras criaturas vivas –las cucarachas, por ejemplo, o las serpientes venenosas– podían aprender a beneficiarse de ellos; o si, otra posibilidad, cada especie tenía sus propios vórtices girando en torno al planeta. «¿Debemos temer la contaminación de nuestros valores –llamémoslo radiación “Gama”– por colisiones accidentales de los campos? ¿No podrían infectar mortalmente nuestras propias psiques las costumbres de la mantis religiosa, la estética del babuino o el gorila, o la política del escorpión? ¡O –no lo quiera el Cielo– quizá lo hayan hecho ya!»
Fueron esos «rayos Gama» los que acabaron con Francisco; se convirtió en un chiste, en pequeño alivio para la guerra asesina, las dificultades económicas y la lucha por la independencia. Al principio, conservó el valor, concentrándose empecinadamente en idear experimentos capaces de probar la primera y menos importante hipótesis. Escribió un segundo trabajo en el que defendía que los bols, largas ristras de palabras sin sentido utilizadas por los profesores de bailes kathak para indicar movimientos de pies brazos cuello, podían servir de base apropiada para ensayos. Una de esas secuencias (tat-tat-taa driiguey-than-than yii-yii-kazey tu, talang, taka-zan-zan, tai! Tat tai!) podía utilizarse, con otras cuatro ristras de tonterías sin sentido destinadas a ser dichas con el mismo esquema rítmico, como «control». Se pediría a estudiantes de algún país que no fuera la India, sin ningún conocimiento de las instrucciones del baile indio, que aprendieran las cinco; y, si la teoría de los campos de Francisco resultaba cierta, la jerigonza de la clase de baile debería resultar mucho más fácil de memorizar.
El experimento no se hizo nunca. Y pronto se pidió su dimisión de la prohibida Liga del Gobierno Nacional, y los dirigentes de ésta, entre los que ahora estaba el propio Motilal Nehru, dejaron de responder a las cartas, cada vez más quejumbrosas, con que mi bisabuelo los bombardeaba. Los tipos con veleidades artísticas no llegaban ya en embarcaciones rebosantes para correrse una juerga en cualquiera de los caprichos de la isla de Cabral, fumar opio en el Oriente de papel o beber whisky en el Occidente puntiagudo, aunque de cuando en cuando, a medida que crecía la reputación del francesito, a Francisco le preguntaban si había sido realmente el primer mecenas de aquel joven que ahora se llamaba a sí mismo «Le Corbusier». Cuando le hacían esa pregunta, el destrozado héroe disparaba como respuesta una nota seca: «Nunca he oído hablar de ese sujeto.» Al cabo de algún tiempo, también las preguntas cesaron.
Epifania exultaba. Mientras Francisco se hundía en la introversión y el abatimiento, y su rostro adquiría el aspecto fruncido habitual en los hombres convencidos de que el mundo, inexplicablemente, les ha hecho una injusticia grande e injustificada, ella se aprestaba rápidamente a matar. (Literalmente, según se vio.) He llegado a la conclusión de que los años de sus quejas reprimidas habían engendrado en ella una rabia vengativa –¡la rabia, mi verdadera herencia!– que a menudo era imposible de distinguir de un auténtico odio asesino; aunque, si le hubieras preguntado alguna vez si amaba a su marido, la pregunta misma la hubiera escandalizado.
–Nuestro matrimonio fue por amor –dijo a su desalentado esposo una interminable noche insular con sólo la radio como compañía–. ¿No cedí por amor a tus caprichos? Pues mira a dónde te han llevado. Ahora, por amor, tú debes ceder a los míos.
Los detestados caprichos del jardín fueron guardados bajo llave. Tampoco se debía volver a hablar de política en presencia de ella: cuando la Revolución estremeció al mundo, cuando acabó la Gran Guerra, cuando la noticia de la Matanza de Amritsar se filtró desde el norte, destruyendo la anglofilia en casi todos los indios (Rabindranath Tagore, premio Nobel, devolvió al Rey su título de sir), Epifania da Gama, en la isla de Cabral, se taponó los oídos y siguió creyendo, en grado casi blasfematorio, en la beneficencia omnipotente de los británicos; y Aires, su hijo mayor, lo creía con ella.
En las Navidades de 1921, Camoens, de dieciocho años, llevó tímidamente a su casa, para que conociera a sus padres, a Isabella Ximena Souza, una huérfana de diecisiete años. (Epifania preguntó dónde se habían conocido, le hablaron con muchos rubores de un breve encuentro en la iglesia de San Francisco y, con un desdeño nacido de su gran capacidad para olvidar cualquier cosa inconveniente sobre sus propios orígenes, Epifania resopló: «¡Una fresca, salida de no se sabe dónde!» Pero Francisco dio a la muchacha su bendición, extendiendo una mano cansada hacia la mesa a-decir-verdad no-demasiado-festiva y poniéndola sobre la encantadora cabeza de Isabella Souza.) La futura esposa de Camoens habló con la franqueza que la caracterizaba. Con los ojos brillantes de excitación, rompió el tabú de cinco años de Epifania y expresó su alegría por el práctico boicot por parte de Calcuta y las grandes manifestaciones de Bombay contra la visita del príncipe de Gales (el futuro Eduardo VIII), elogiando a los Nehru, padre e hijo, por no haber colaborado con el tribunal que los había enviado a los dos a la cárcel.
–Ahora sabrá el virrey lo que es bueno –dijo–. Motilal ama a Inglaterra, pero hasta él ha preferido el calabozo.
Francisco se agitó, mientras una antigua luz alboreaba en sus ojos hacía tiempo apagados. Pero Epifania habló antes.
–En esta casa cristiana y temerosa de Dios, los británicos son aún lo mejor, maddermuaselle –dijo bruscamente–. Si tiene ambiciones orientadas a nuestro muchacho, haga el favor de cuidificar lo que dice. ¿Carne oscura o blanca? Dígalo. ¿Un vaso de vino Dao importado, muy fresco? Lo tendrá. ¿Un flan temblandocomo-un-flan? Por qué no. Ésos son los temas navideños, froulain. ¿Quiere relleno?
Más tarde, en el embarcadero, Belle fue igualmente rotunda en sus conclusiones, quejándose amargamente de que Camoens no la hubiera defendido.
–Tu casa es como un lugar en la niebla –dijo a su novio–. ¿Dónde hay aire que se pueda respirar? Hay alguien que está echándoos un maleficio y chupándoos la vida a ti y a tu pobre papá. En cuanto a tu hermano, a quién le importa, el pobre tipo es un caso desesperado. Ódiame o no me odies, pero es tan evidente como los colores de esa por-cierto-excúsame horrorosa camisa campera tuya que algo malo está creciendo aquí rápidamente.
–Entonces, ¿no vas a volver? –le preguntó Camoens desconsolado.
Belle entró en la embarcación, que aguardaba. –Chico tonto –dijo–, eres un encanto y muy conmovedor. Y no tienes ni idea de lo que, por amor, haré y no haré: adónde vendré o no vendré, con quién me pelearé y no me pelearé, y qué magia desmagiaré con la mía.
En los meses que siguieron, fue Belle la que tuvo a Camoens informado sobre el mundo y quien le recitó el discurso de Nehru al ser nuevamente condenado a prisión en mayo de 1922. La intimidación y el terrorismo se han convertido en los principales instrumentos del gobierno. ¿Se imaginan que conseguirán así infundir afecto? El afecto y la lealtad nacen del corazón. No se pueden arrancar a punta de bayoneta.
–A mí me suena como el matrimonio de tus padres –dijo Isabella alegremente; y Camoens, con su celo nacionalista reavivado por su adoración de la bella y vocinglera muchacha, tuvo la gentileza de ruborizarse.
Belle había hecho de él su proyecto. En aquellos tiempos, él había empezado a dormir mal y a resollar asmáticamente.
–Es todo ese aire viciado –dijo ella–. Vaya, vaya. Tengo que salvar al menos a un Da Gama.
Ordenó que se hicieran cambios. Siguiendo sus instrucciones –y provocando la furia de Epifania: «No creas ni por un segundo que voy a suprimir los pollos en esta casa porque esa gallinita tuya, esa faisana-fulana, quiera que comas comida de mendigo»– él se convirtió en vegetariano y aprendió a hacer el pino. Además, secretamente, rompió el marco de una ventana y se introdujo en la casa, llena de telas de araña, del lado occidental, en la que languidecía la biblioteca de su padre, y comenzó a devorar libros con sus gusanos. Attar, Khayyam, Tagore, Carlyle, Ruskin, Wells, Poe, Shelley, Raja Rammohoun Roy.
–¿Lo ves? –lo animaba Belle–. Tú también puedes hacerlo; puedes convertirte en persona en lugar de ser una alfombrilla con camisa de bicho raro.
No salvaron a Francisco. Una noche, después de las lluvias, se zambulló frente a la isla y se alejó nadando; tal vez trataba de encontrar un poco de aire más allá del confín encantado de la isla. La resaca se lo llevó; cinco días más tarde encontraron su cuerpo hinchado, que golpeaba blandamente contra una oxidada boya del puerto. Se le hubiera debido recordar por su papel en la revolución, por sus buenas obras, por su progresismo, por su inteligencia; pero sus verdaderos legados fueron las dificultades en los negocios (muy descuidados en los últimos años), la muerte repentina y el asma.
Epifania se tragó la noticia de su muerte sin un estremecimiento. Se comió la muerte de él lo mismo que se le había comido la vida; y creció.
En el descansillo de la escalera ancha y empinada que llevaba a la alcoba de Epifania estaba la capilla privada, que Francisco había permitido en los viejos tiempos que decorara uno de sus «francesitos», a pesar de las desgarradoras protestas de Epifania. Habían desaparecido el dorado retablo con las pequeñas pinturas incrustadas en que Jesús hacía milagros contra un fondo de cocoteros y plantaciones de té, y las muñecas de porcelana de los apóstoles, y los querubines gordos posando sobre pedestales de teca y tocando la trompeta, y las velas en sus cuencos de cristal de forma de copa de coñac gigante, y el encaje portugués importado del altar, y hasta el crucifijo mismo; «todo de calidad», se lamentaba Epifania, «y Jesús y María encerrificados en el trastero con» y, no contento con aquellas profanaciones, el condenado individuo había cogido y había pintado todo el lugar como si fuera una sala de hospital, amueblándolo con los bancos de madera más incómodos de Cochin, y luego, en aquella habitación interior sin ventanas, había fijado recortes de papel gigantes en las paredes, imitando vitrales, «como si no pudiéramos tener ventanas como es debido si quisiéramos –gemía Epifania–, mira lo vulgares que nos hace parecer: ventanas de papel en la casa de Dios», y aquellas ventanas ni siquiera tenían cuadros decentes encima, sólo trozos de color formando dibujos de embaldosado loco, «como la decoración de una fiesta de niños», decía Epifania despreciativa.
–En una habitación así no se debería guardar el cuerpo y sangre del Salvador, sino sólo un pastel de cumpleaños.
Francisco había replicado, en defensa de la obra de su protegido, que en ese trabajo el color y la forma no sólo sustituían al contenido sino que demostraban que, debidamente tratados, podían ser realmente el contenido: lo que provocó la desdeñosa respuesta de Epifania:
–Entonces quizá no necesitemos a Jesucristo, porque bastará con una simple cruz, ¿para qué molestarse en crucifijos, no? Qué blasfemia la de ese francesito: excusifica al Hijo de Dios de morir por nuestros pecados.
Al día siguiente del funeral de su marido, Epifania hizo que lo quemaran todo, y volvieron los querubines, el encaje y el cristal, las sillas de la capilla espesamente acolchadas y cubiertas de seda roja, y los almohadones a juego ribeteados de trencilla dorada sobre los que una mujer de su posición podía arrodillarse decentemente ante el Señor. Antiguas tapicerías de Italia que representaban santos hechos kabab y mártires al tandoori fueron devueltas a las paredes y rodeadas de cortinones plisados y fruncidos, y pronto el recuerdo desconcertante de las austeras novedades del francesito quedó borrado por el familiar olor a moho de la devoción. «Dios vuelve a estar en el cielo –anunció la flamante viuda–. Todo va de primera en el mundo.» –A partir de ahora –decidió Epifania–, llevaremos una vida sencilla, pero la Salvación no está en el taparrabos del Hombrecito y la gente de su calaña.
Y, realmente, la sencillez que ella buscaba era cualquier cosa menos gandhiana; era la sencillez de levantarse tarde para enfrentarse con una bandeja de té-enla-cama fuerte y dulce, de dar una palmada para llamar al cocinero y ordenarle los ágapes del día, de hacer que viniera una doncella para aceitarle y cepillarle el cabello, todavía-largo, que rápidamente encanecía y se hacía ralo, y de poder echar la culpa a la doncella de la cantidad cada vez mayor de pelos que se quedaban cada mañana en el cepillo; la sencillez de largas mañanas de reñir al modisto que venía a la casa con vestidos nuevos y se arrodillaba a sus pies con la boca llena de alfileres que de cuando en cuando se sacaba para dar rienda suelta a su lengua aduladora; y luego, de largas tardes en los almacenes de tejidos, mientras, para complacerla, los dependientes lanzaban relámpagos de sedas magníficas a través de un suelo de sábanas blancas, y tela tras tela fluían emocionantemente por el aire para posarse en suaves montañas de pliegues de radiante belleza; la sencillez del chismorreo con sus escasas iguales sociales y de las invitaciones a las «funciones» de los británicos en el distrito del Fuerte, su críquet de los domingos, sus tés-danzantes, los villancicos, propios de la época del año, de sus hijos poco agraciados y abatidos por el calor, porque después de todo ellos eran cristianos, aunque sólo fueran de la Iglesia de Inglaterra, no importa. Los británicos contaban con su respeto, aunque nunca tendrían su corazón, que pertenecía a Portugal, desde luego, que soñaba con ir más allá del Tajo, del Duero, con pavonearse por las calles de Lisboa del brazo de un gran señor. Era la sencillez de las nueras que atendían a la mayoría de sus necesidades mientras ella hacía que sus vidas fueran un verdadero infierno, y de unos hijos que mantenían el flujo de dinero tan abundante como hiciera falta; del cada-cosa-en-su-sitio, del estar, por fin, en el centro de la tela de araña, en lo alto de la pirámide, repantigada como un dragón sobre una pila de oro, soltando, cuando le placía, un borbotón de llamas terroríficas y purificadoras.
–Va a costar una fortuna mantener la sencillez de tu mamá –se quejó a su marido (se había casado con Camoens a principios de 1923) Belle da Gama, adelantándose a una observación hecha a menudo sobre M. K. Gandhi–. Y, si se sale con la suya, a nosotros nos va a costar también la juventud.
Lo que arruinó los sueños de Epifania: Francisco no le dejó nada, salvo las ropas de ella, sus joyas y una pensión modesta. Por lo demás –supo con furia Epifania– dependería de la buena voluntad de sus hijos, a los que él había legado todo a partes iguales, con la condición de no deshacer la Gama Trading Company, «salvo si las circunstancias comerciales obligan a otra cosa», y de que Aires y Camoens «trataran de trabajar juntos con cariño, para que el capital de la familia no se viera perjudicado por desavenencias o discordias».
–Hasta después de muerto –gimió la bisabuela Epifania en la lectura del testamento– me da bofetadas en los dos carrillos.
Esto es parte también de mi herencia: la tumba no resuelve peleas.
Los abogados de la familia Menezes no consiguieron encontrar una salida, con gran consternación de la viuda. Lloró, se mesó los cabellos, se golpeó el busto diminuto y rechinó los dientes, produciendo un ruido alarmantemente agudo; pero los abogados siguieron emperrados en explicarle que el principio matrilineal, por el que Cochin, Travancore y Quilon eran famosos y según el cual hubiera correspondido a Mme. Epifania disponer del patrimonio familiar y no al difunto doctor Da Gama, no se podía considerar aplicable a la comunidad cristiana, forzando de algún modo la ley, ya que sólo formaba parte de la tradición hindú.
–Entonces traedme un lingam de Shiva y una regadera –se dice que dijo Epifania, según la leyenda, aunque luego lo negara–. Llevadme al Ganges y me zambulliré de cabeza. Hai Ram!
(Debo señalar que, en mi opinión, la buena disposición de Epifania para realizar la puja y el peregrinaje suena poco convincente y apócrifa; pero no se habla de los gemidos, crujir de dientes, arrancarse el pelo y golpearse el pecho.)
Los hijos del difunto magnate, hay que admitirlo, descuidaron los negocios, dejándose distraer con demasiada frecuencia por los asuntos terrenales. Aires da Gama, más afligido de lo que quería dejar ver por el suicidio de su padre, buscó solaz en la promiscuidad, provocando un diluvio de correspondencia: cartas en papel barato, escritas con letra apenas legible y semianalfabeta. Cartas de amor, mensajes de deseo y rabia, amenazas de violencia si el amado persistía en su demasiado-hiriente forma de ser. El autor de aquella correspondencia angustiada no era otro que el muchacho del bote de remos de la noche de bodas: el Príncipe Enrique el Navegante en persona. No creas que no me entero de todo lo que haces. Dame tu corazón o te lo arrancaré del cuerpo. Si amor no es el mundo entero y el cielo encima no es nada, peor que porquería.
Si amor no es todo, no es nada: este principio, y su opuesto (quiero decir la infidelidad) entran en colisión durante todos los años de mi relato sin aliento.
Aires, de picos pardos todas las noches, la mitad de las veces se pasaba las horas del día durmiendo los efectos del hachís o del opio, recuperándose de sus esfuerzos y, no pocas veces, necesitando atención por heridas diversas sin importancia; Carmen, sin decir palabra, aplicaba medicamentos y preparaba baños calientes para calmar sus magulladuras; y, cuando él se sumía en un sueño de ronquidos en aquella agua de la bañera extraída del pozo de su pesar, si alguna vez pensó en meterle la cabeza bajo la superficie, no cedió a la tentación. Pronto encontraría otro escape para su rabia.
En cuanto a Camoens, a su estilo tímido y de voz suave, era hijo de su padre. A través de Belle, cayó en un grupo de jóvenes radicales nacionalistas que, impacientados por la cháchara sobre no violencia y resistencia pasiva, estaban obnubilados por los grandes acontecimientos de Rusia. Comenzó a presenciar, y luego a pronunciar, charlas con títulos como ¡Adelante!, y El terrorismo: ¿Justifica el fin los medios?
–Camoens, incapaz de decir buski a un ratonski –se reía Belle–. Qué rojiski más malo y grande serás.
Fue el abuelo Camoens quien descubrió a los falsos Ulyanovs. A finales de 1923, informó a Belle y sus amigos de que un grupo escogido de actores soviéticos había recibido la exclusiva de interpretar a V. I. Lenin: no sólo en espectáculos itinerantes que hablaban al pueblo soviético de la gloriosa revolución, sino también en miles y miles de actos públicos en los que el líder no podía estar presente por falta de tiempo. Los leninistas actores se aprendían de memoria y pronunciaban luego los discursos del gran hombre y, cuando aparecían con todo el maquillaje y el vestuario, la gente gritaba, ovacionaba y trepidaba como si estuvieran en presencia del genuino.
–Y ahora –terminó excitadamente Camoens– admiten solicitudes de actores de lenguas extranjeras. Podemos tener nuestros propios Lenines aquí mismo, debidamente acreditados, hablando malayalam o tulu o kannada o cualquier cosa que queramos.
–Así que reproducen al gran jefe de la Ce Ce Ce Pe –dijo Belle, poniéndole la mano sobre su vientre–, pues mira mira mira, marido, haz el favor, tú has comenzado ya tu pequeña reproducción.
Una prueba de la ridícula –¡sí!, me atrevo a utilizar esa palabra–, de la ridícula y conventícula perversidad de mi familia es que –en un período en que el país, y de hecho el planeta, se encontraba ocupado en asuntos tan trascendentales… y en que los negocios familiares necesitaban la atención más escrupulosa porque, tras la muerte de Francisco, la falta de dirección se estaba haciendo alarmante, había descontento en las plantaciones y dejadez en los dos almacenes de Ernakulam, y hasta los antiguos clientes de la Gama Company habían empezado a escuchar los cantos de sirena de sus competidores… y en que, para colmo, su propia mujer había anunciado su embarazo e iba a dar a luz a quien resultó ser no sólo su primer sino también su único descendiente, más aún, la única descendiente de su generación, mi madre Aurora, la última de los Da Gama–, mi abuelo se obsesionara cada vez más con el asunto de los Lenines de pacotilla. ¡Con qué celo recorrió la localidad para encontrar hombres con las necesarias dotes histriónicas, memoria e interés por su plan! Con qué dedicación trabajó, obteniendo las últimas declaraciones del ilustre dirigente, buscando traductores, contratando los servicios de maquilladores y sastres, y ensayando con su pequeña troupe de siete, a los que Belle, con su brutalidad habitual, bautizó como el Lenin demasiado alto, el Lenin demasiado bajo, el Lenin demasiado gordo, el Lenin demasiado flaco, el Lenin demasiado cojo, el Lenin demasiado calvo y (se trataba de un tipo infortunado de ortodoncia gravemente defectuosa) el Lenin «simplemente demasiado»... Camoens mantenía una correspondencia febril con sus contactos en Moscú, engatusándolos y persuadiéndolos; algunas autoridades de Cochin, tanto de tez pálida como oscura, fueron igualmente persuadidos y engatusados; y finalmente, en la calurosa estación de 1924, Camoens tuvo su recompensa. Cuando Belle estaba ya estallante de hijo, llegó a Cochin un miembro auténtico y con carné de la «Troupe Especial Lenin», un Lenin de primera clase, con atribuciones para aprobar y seguir instruyendo a los miembros de la nueva sucursal en Cochin de la Troupe.
Vino en barco desde Bombay y, cuando bajó por la pasarela, muy en su papel, hubo exclamaciones y gritos en el embarcadero, a los que él correspondió con una serie de inclinaciones y gestos magnánimos. Camoens notó que el Lenin sudaba abundantemente por el calor; le corrían por la frente y el cuello riachuelos de tinte oscuro para el cabello, que tenían que enjugarse continuamente.
–¿Cómo debo hablarle? –le preguntó Camoens, ruborizándose cortésmente al recibir a su huésped, que viajaba con un intérprete.
–Nada de formalidades, camarada –dijo el intérprete–. ¡Nada de títulos! Un simple Vladimir Ilych bastará.
En el embarcadero se había congregado una multitud para ver la llegada del Dirigente Mundial, y Camoens, con un pequeño gesto teatral de su cosecha, dio una palmada y del cobertizo de llegadas salieron los siete Lenines locales, con su barba. Se quedaron en el embarcadero, cambiando de pie el peso del cuerpo y sonriendo amablemente a sus colegas soviéticos; los cuales, sin embargo, estallaron en largas descargas de ruso.
–Vladimir Ilych pregunta qué significa este ultraje –dijo el intérprete a Camoens mientras crecía la multitud que los rodeaba–. Esas personas tienen la piel oscura y sus rasgos no son los suyos. Demasiado alto, demasiado bajo, demasiado gordo, demasiado flaco, demasiado cojo, demasiado calvo y ése, sin dientes.
–Se me informó –dijo Camoens contristado– de que se nos autorizaba a adaptar la imagen del Líder a las necesidades locales.
Más bombardeos de ruso.
–Vladimir Ilych opina que esto no es una adaptación sino una caricatura satírica –dijo el intérprete–. Un
insulto y una ofensa. Mire, por lo menos dos de las
barbas están mal sujetas, a pesar de la atenta presencia
del proletariado. Se hará un informe al más alto nivel.
Por ningún concepto se le autoriza a proseguir.
A Camoens se le cayó la mandíbula; y, viéndolo a punto de llorar, con sus sueños en ruinas, sus actores –sus cuadros– se adelantaron; ansiosos de demostrar el cuidado con que habían aprendido sus papeles, comenzaron a adoptar posturas y a declamar. En malayalam, kannada, tulu, konkani, tamil, telugu e inglés, proclamaron la revolución, exigieron la salida inmediata de los falderos revanchistas del colonialismo y las cucarachas chupadoras de sangre del imperialismo, a la que seguiría la propiedad común de los bienes y el supercumplimiento anual de las cuotas de arroz; los índices de sus manos derechas apuñalaban el futuro, mientras sus puños izquierdos descansaban magistralmente sobre sus caderas. Aquellos Lenines babélicos, a los que se les despegaban las barbas con el calor, se dirigían a la multitud, ahora enorme, la cual comenzó, al principio poco a poco pero luego como una gran marea creciente, a reírse a carcajadas.
Vladimir Ilych se puso púrpura. Vituperios leninistas le brotaban de la boca y se quedaban flotando en el aire sobre su cabeza, en caracteres cirílicos. Luego, girando sobre sus talones, volvió a subir la pasarela y desapareció bajo cubierta.
–¿Qué ha dicho? –preguntó Camoens desconsolado al intérprete ruso.
–Vladimir Ilych –replicó el intérprete–, dice francamente que este país tuyo le da cagalera.
Una mujercita se abrió paso por la hilaridad triunfante del Pueblo y, a través de la húmeda cortina de su propia desgracia, el abuelo Camoens reconoció a Maria, la doncella de su mujer.
–Será mejor que venga, señor –gritó la doncella por encima del regocijo del Pueblo–. Su buena señora le ha dado una niña.
Después de su humillación en el embarcadero, Camoens se apartó del Comunismo y solía decir que había aprendido, duramente, que ése no era «el estilo indio». Se convirtió en un wallah del Congreso, en un hombre de Nehru, y siguió a distancia todos los acontecimientos de los años que siguieron: a distancia porque, aunque todos los días pasaba horas absorto en el tema, excluyendo todo lo demás, leyendo y hablando y escribiendo voluminosamente sobre el tema, nunca volvió a tomar parte activa en el movimiento, nunca publicó una palabra de sus apasionados garrapateos... Consideremos, por un momento, el caso de mi abuelo materno. ¡Qué fácil es descartarlo como un mariposón, un peso ligero, un diletante! Un millonario que flirteaba con el marxismo, un alma tímida que sólo podía ser agitador revolucionario en compañía de algunos amigos o en la intimidad de su estudio, escribiendo textos secretos que –temiendo quizá la repetición de las burlas que acabaron con él– no se decidía a publicar; un nacionalista cuyos poetas favoritos eran todos ingleses, un ateo y racionalista confeso que lograba creer en fantasmas y podía recitar de memoria, y con gran sentimiento, todo el poema de Marwell Sobre una gota de rocío.
Así el alma, esa gota, ese rayo
De la clara Fuente del Eterno Mayo,
Si pudieras verla en esta flor humana,
Recordando aún su primitiva altura,
Negaría hojas y capullos grana;
Y, en memoria de su auténtica hermosura,
Te diría, con un pensamiento puro,
Que no hay otro Cielo que este cielo oscuro.
Epifania, la más severa y menos indulgente de las madres, lo consideraba un muchacho tonto que no sabía lo que quería, pero, influido por las opiniones sobre él, más cariñosas, que me han llegado a través de Belle y de Aurora, mi estimación es diferente. Para mí, las duplicidades del abuelo Camoens revelan su hermosura; su disposición para permitir que coexistieran en su interior impulsos contrapuestos es la fuente de su humanidad plena y amable. Si alguien señalaba las contradicciones entre, por ejemplo, sus ideas igualitarias y la realidad olímpica de su posición social, sólo respondía con una sonrisa de aceptación y un encogimiento de hombros que desarmaba, «todo el mundo debería vivir bien, ¿no? –solía decir–. Una isla de Cabral para todos, ése es mi lema». Y, en su fiero amor por la literatura inglesa, su profunda amistad con muchas familias inglesas de Cochin y su determinación igualmente fiera de que el imperium británico terminara y, con él, el gobierno de los príncipes, yo veo esa suavidad de odia-al-pecado-y-ama-al-pecador, esa histórica generosidad de espíritu que es uno de los auténticos milagros de la India. Cuando el sol del imperio se puso, no matamos a nuestros antiguos amos, reservándonos el privilegio de matarnos entre nosotros... pero la idea es demasiado cruel para habérsele ocurrido a Camoens, a quien desconcertaba el mal, que llamaba «inhumano», una idea absurda como decía hasta su amada Belle; y, afortunada o desafortunadamente, no vivió para ver las matanzas de la Partición en el Punjab. (Tristemente, murió también mucho antes de la elección, después de la independencia, en el nuevo estado de Kerala formado con los antiguos
Cochin-Travancore-Quilon, del primer gobierno marxista del subcontinente, la venganza de todas sus esperanzas rotas.)
Vivió para vivir dificultades de sobra, porque la familia se estaba precipitando ya en aquel conflicto catastrófico, la llamada «batalla de los parientes políticos», que hubiera acabado con muchas casas de menos talla y para recuperarse de la cual las fortunas de nuestra familia necesitaron un decenio.
Ahora se están desplazando las mujeres hacia el centro de mi pequeño escenario. Epifania, Carmen, Belle, y la recién llegada Aurora... ellas y no los hombres eran los verdaderos protagonistas de la lucha; e, inevitablemente, la bisabuela Epifania la alborotadora en jefe.
Declaró la guerra el día en que conoció el testamento de Francisco, y convocó a Carmen a su tocador para un consejo familiar.
–Mis hijos son unos playboys inútiles –anunció agitando su abanico–. A partir de ahora, será mejor que seamos las señoras las que llevemos la voz cantante. –Ella sería el comandante en jefe y Carmen, su nieta y nuera, su lugarteniente, factótum y botones–. Es tu deber, no sólo hacia esta casa, sino también hacia la familia Menezes. No olvides que, hasta que yo te salvé el pellejo, tú estabas sentada en una estantería y te hubieras pudrificado hasta el Día del Juicio.
La primera orden de Epifania fue el más antiguo de los deseos dinásticos: que Carmen concibiera un niño, un futuro-rey por medio del cual gobernarían sus amantes madre y abuela. Carmen, comprendiendo, con amarga consternación, que tendría que desobedecer aquella primera directiva, bajó los ojos y musitó:
–Está bien, tía Epifania, tus deseos son órdenes para mí –y huyó de la habitación.
(Cuando nació Aurora, los médicos dijeron que, por un desgraciado acontecimiento, Belle no podría volver a concebir. Aquella noche, Epifania les leyó la cartilla a Carmen y a Aires.)
–¡Mirad esa Belle, con lo que ha salido! Pero una niña y no más niños será una bendición de Dios para vosotros. ¡Ánimo! Haced un crío, porque si no, todo el tinglado será suyo: ¡la traca entera!
En el décimo aniversario de Aurora da Gama, una barcaza atravesó el puerto para llegar a la isla de Cabral, llevando a un individuo del norte, un tipo de Uttar Pradesh con una gran pila de planchas de madera con las que montó una rueda gigante simplificada, fijando asientos de madera a cada extremo de los brazos de una X también de madera. Sacó de una caja de terciopelo verde un acordeón e inició un alegre popurrí de canciones de feria. Cuando Aurora y sus amigos se hartaron de dar vueltas por el aire al ritmo de lo que el acordeonista llamaba un charraj-chu, se puso una capa escarlata e hizo que de las bocas de las niñas salieran nadando peces y sacó serpientes vivas de debajo de sus faldas, para horror de Epifania, muchos chasquidos de lengua de los todavía sin hijos Carmen y Aires y las risas divertidas de Belle y de Camoens. Cuando Aurora vio al norteño comprendió que lo que más necesitaba en la vida era un mago personal, alguien que pudiera hacer que sus sueños se cumplieran, pudiera hacer desaparecer a su abuela para siempre por arte de magia e hiciera que el tío Aires y la tía Carmen fueran mordidos por cobras que
