
Día 1.299 de cautiverio
La oscuridad me sienta bien.
Todas las tardes aguardo el clic que apaga las luces del techo y que deja únicamente el resplandor del acuario principal. No llega a ser perfecto, pero se le acerca bastante.
Semioscuridad, como la que reina poco antes de tocar el fondo del mar. Allí vivía yo antes de que me capturaran y me encarcelaran. Pese a que no lo recuerdo, aún puedo sentir las corrientes indómitas del frío mar abierto. La oscuridad me recorre la sangre.
Os preguntaréis quién soy. Me llamo Marcellus, aunque la mayoría de los humanos no me llaman así. Lo más habitual es que me llamen «ese bicho». Por ejemplo: «Mira a ese bicho, está allí, se le ven los tentáculos por detrás de la roca».
Soy un pulpo gigante del Pacífico. Lo sé por la placa que cuelga en la pared próxima a mi lugar de encierro.
Sé lo que estáis pensando. Sí, se leer. Sé hacer muchas cosas que no os imagináis.
La placa deja constancia de otros hechos: de mi tamaño y mi dieta favorita, y de dónde viviría de no estar preso aquí. Menciona mi talento intelectual y mi aguda inteligencia, que por alguna razón resulta una sorpresa para los humanos: «Los pulpos son unas criaturas increíblemente brillantes», reza el texto. Advierte a los humanos de mi habilidad para el camuflaje, les dice que me busquen con atención por si me he disfrazado para confundirme con la arena.
La placa no revela que me llamo Marcellus. Pero el humano llamado Terry, el que dirige este acuario, a veces se lo cuenta a los visitantes que se congregan cerca del tanque. «¿Lo veis allí atrás? Él es Marcellus. Es un tipo especial».
Un tipo especial. Y tanto.
Fue la hija menor de Terry la que me bautizó. Marcellus McCalamar es mi nombre completo. Y sí, es bastante absurdo. Induce a muchos humanos a pensar que soy un calamar, lo cual supone un insulto de la peor especie.
Os preguntaréis cómo debéis llamarme. Bueno, eso lo dejo a vuestro arbitrio. Quizá terminéis llamándome «ese bicho», como el resto. Espero que no, pero tampoco os lo tendría en cuenta. Al fin y al cabo, no sois más que humanos.
Debo advertiros que el tiempo que vamos a pasar juntos puede ser breve. La placa da un último dato: la vida media de un pulpo gigante del Pacífico. Cuatro años.
Mi esperanza de vida: cuatro años. Es decir, 1.460 días.
Me trajeron aquí cuando era muy joven. Moriré aquí, en esta pecera. Como mucho, me quedan ciento sesenta días de encarcelamiento.
UNA CICATRIZ DEL TAMAÑO DE UN DÓLAR DE PLATA
Tova Sullivan se prepara para la batalla. Cuando se agacha para observar al enemigo, del bolsillo trasero le asoma, cual pluma de canario, un guante amarillo de plástico.
Chicle.
—Por el amor de Dios.
Frota esa masa rosada con la bayeta. Hilos gomosos se pegan a la superficie de la bayeta, pringándola.
Tova nunca ha entendido para qué sirve el chicle. Para colmo, la gente lo pierde de vista con mucha frecuencia. Quizá este mascador de chicle estuviera hablando sin parar, y el chicle simplemente salió de su boca, empujado por el torrente de palabras superfluas.
Se agacha a arrancar el borde de esa porquería con la uña, pero no se despega de la baldosa. Todo porque alguien no quiso tomarse la molestia de recorrer los tres metros que lo separaban de la papelera. En una ocasión, cuando Erik era pequeño, Tova lo pilló aplastando un trozo de chicle debajo de una mesa. Fue la última vez que se lo compró, aunque la manera en que se gastaba la paga semanal cuando llegó a la adolescencia quedó, como muchas otras cosas, fuera de su control.
Va a necesitar armamento especializado. Un cúter, tal vez. Lo que lleva en el carro no le servirá.
Cuando se incorpora, la espalda le cruje. El sonido resuena por la curva del pasillo vacío, bañado por la habitual luz azulada, mientras se dirige al armario de mantenimiento. Nadie la culparía por limitarse a pasar la fregona por encima del chicle, claro. A sus setenta años, nadie espera que realice una limpieza a fondo. Pero, al menos, debe intentarlo.
Además, eso le da algo que hacer.
Tova es la empleada más antigua del Acuario de Sowell Bay. Todas las noches friega los suelos, limpia los cristales y vacía las papeleras. Cada dos semanas recoge un talón al portador en la sala de descanso. Catorce dólares la hora, menos los impuestos y deducciones de rigor.
El cheque se guarda en una vieja caja de zapatos que tiene en la parte alta de la nevera, cerrada. Los fondos se acumulan en una cuenta que no usa de la Caja de Ahorros de Sowell Bay.
Se encamina ahora hacia el armario de mantenimiento, a un paso rápido que resultaría sorprendente para los estándares de cualquiera, pero que es francamente alucinante para una diminuta mujer mayor con la espalda curvada y huesos de pájaro. Gotas de lluvia caen sobre la claraboya, iluminada por el resplandor de la luz de seguridad del viejo muelle cercano. Las gotas plateadas resbalan por el vidrio, dibujando lazos de agua bajo el cielo nebuloso. La gente no para de repetir que ha sido un junio horrible. A Tova no le molesta el mal tiempo, aunque estaría bien que la lluvia cesase lo suficiente para que se le secase el jardín. El cortacésped se atasca con el barro.
Con su forma de dónut, con un gran tanque de agua en el centro y otros más pequeños a su alrededor, el acuario con cúpula en el techo no es especialmente grande ni impresionante, lo cual resulta bastante adecuado para un lugar como Sowell Bay, que tampoco es que sea ninguna de las dos cosas. Desde el lugar donde se ha producido el encuentro entre Tova y el chicle, esta debe recorrer todo el diámetro del espacio para alcanzar el armario de mantenimiento. Las zapatillas blancas crujen por la zona que ya ha limpiado, dejando marcas en el reluciente suelo de baldosas. Volverá a fregarlo, sin duda.
Se detiene en la hornacina hueca, donde se halla la estatua de bronce a tamaño real de un león marino del Pacífico. Algunas zonas de la espalda y la calva, gastadas por décadas de niños que se encaraman encima o lo acarician, solo sirven para acentuar su realismo. En la chimenea de la casa de Tova luce una foto de Erik, de cuando tenía once o doce años, montado a lomos de la estatua, sonriente, con una mano alzada como si se dispusiera a echar el lazo. Un cowboy marino.
Esa foto es una de las últimas en las que se le ve infantil y despreocupado. Tova guarda las fotos de Erik en orden cronológico: un montaje que atestigua su transformación de bebé sin dientes en apuesto adolescente, más alto que su padre, vestido con una cazadora de cuero. Prendiéndose una flor en la solapa. Encima de un podio improvisado en las rocosas orillas del estrecho de Puget, de aguas de un profundo color azul, con el trofeo de la regata juvenil. Tova toca la cabeza fría del león al pasar y sofoca la necesidad de saber qué aspecto habría tenido Erik ahora.
Sigue adelante, como debe ser, por el pasillo en penumbra. Se detiene ante el tanque de los peces sol.
—Buenas noches, queridos.
A continuación están los cangrejos japoneses.
—Saludos, amores. ¿Cómo te va? —pregunta al charrasco de nariz afilada.
Las anguilas lobo no son precisamente sus favoritas, pero Tova las saluda de lejos. Hay que guardar las formas, a pesar de que le recuerdan a esas películas de terror a las que se aficionó Will, su difunto marido, cuando las náuseas de la quimio no lo dejaban dormir. La anguila lobo más grande sale de la caverna rocosa, con la boca cerrada en ese rictus característico en su especie. Dientes afilados que suben desde la mandíbula inferior como si fueran pequeñas agujas. Las cosas como son, bonita no es. Pero, en realidad, la apariencia no lo es todo, ¿verdad? Tova le sonríe, a pesar de que el animal nunca podría devolverle la sonrisa ni queriendo con una cara como esa.
La siguiente pecera es la favorita de Tova. Se acerca al vidrio.
—Bueno, caballero, ¿cómo has pasado el día?
Tarda un poco en encontrarlo: un destello anaranjado detrás de la roca. Visible, pero por error, como un infante torpe que jugara al escondite: la coleta de una niña que surge de detrás del sofá o un pie que asoma de debajo de la cama.
—¿Esta noche estamos de mal humor?
Da un paso atrás y espera; el pulpo gigante del Pacífico no se mueve. Ella se imagina lo que ocurre durante el día: gente golpeando el vidrio con los nudillos, enfadándose cuando no consiguen ver nada. Ya nadie practica la paciencia.
—No te culpo. Ahí atrás parece acogedor.
El brazo anaranjado tiembla, el cuerpo permanece oculto.
El chicle se defiende con valor del cúter de Tova, pero se trata de una batalla perdida.
Cuando Tova tira la masa seca a la basura, esta emite un rumor satisfactorio al caer sobre el plástico.
Luego friega. Por segunda vez.
El aire se llena del olor a vinagre con un punto de limón que emerge de las baldosas húmedas. Mucho mejor que aquella solución horrible que usaban cuando empezó Tova, una basura de color verde brillante que le escocía en la nariz. Había protestado desde el principio. Por un lado, la mareaba, y, por otro, dejaba unas marcas feísimas en el suelo. Y lo que tal vez fuera lo peor de todo: olía a la habitación de hospital de Will, a su enfermedad, aunque esa parte de la queja Tova se la guardó para sí misma.
Los armarios de la limpieza estaban abarrotados de garrafas de esa basura verde, pero Terry, el director del acuario, terminó por encogerse de hombros y le dijo que podía usar lo que le pareciera mejor siempre y cuando lo trajese ella misma. Tova accedió sin dudarlo. De manera que todas las noches se trae un frasquito de vinagre y la botella de aceite de limón.
Le queda más basura por recoger. Vacía las papeleras del vestíbulo, la que hay a las puertas de los servicios, y acaba en la sala de descanso, con sus interminables migas en la encimera. No entra dentro de sus obligaciones, ya que se ocupa de ello un equipo profesional de Elland que viene cada dos semanas, pero Tova siempre pasa el trapo por la base de la cafetera, una antigualla, y dentro del plato del microondas, que huele a espaguetis. Hoy, sin embargo, se encuentra con elementos de mayor enjundia: cartones de tetra-brik en el suelo. Tres, para ser exactos.
—Vaya por Dios —dice ella, regañando a la sala vacía. Primero el chicle y ahora esto.
Recoge los cartones y los mete en la basura, que, extrañamente, ha sido desplazada varios metros de su lugar habitual. Después de verter el contenido en la bolsa grande, la devuelve a su sitio correcto.
Junto a la papelera hay una mesita para comer. Tova endereza las sillas. Entonces lo ve.
Algo. Ahí debajo.
Un montículo de color marrón anaranjado, metido en un rincón. ¿Un suéter? Mackenzie, la jovencita agradable que trabaja en la venta de entradas, a menudo se deja uno en el respaldo de la silla. Tova se arrodilla, lista para cogerlo y colocarlo en el cubículo de Mackenzie. Pero entonces el montículo se mueve.
Se mueve un tentáculo.
—¡Por el amor de Dios!
El ojo del pulpo se materializa en algún lugar de esa masa de carne. La pupila marmórea se amplía, luego estrecha el párpado. Con aire de reproche.
Tova parpadea, insegura de poder fiarse de lo que ven sus ojos. ¿Cómo es posible que el pulpo gigante del Pacífico haya salido de su pecera?
El brazo vuelve a moverse. La criatura está enredada en el barullo de cables. ¿Cuántas veces ha maldecido ella esos cables? No hay manera de barrer como Dios manda.
—Estás atascado —murmura ella, y el pulpo levanta su gran cabeza bulbosa al tiempo que estira uno de los brazos, alrededor del cual se aprecian varias vueltas de un cable fino que parece un cargador de teléfono. La criatura se estira con más fuerza y el cable se tensa, atrapando aún más su carne. Erik tuvo un juguete parecido, de una tienda de artículos de broma. Un cilindro pequeño de tela: se trataba de meter los dedos índice de las manos y luego intentar sacarlos. Cuanto más tirabas, más apretaba.
Ella se acerca. A modo de respuesta, el pulpo da un golpe en el suelo con uno de sus brazos, como si quisiera decir: «Retroceda, señora».
—Vale, vale —susurra ella, y sale de debajo de la mesa.
Se incorpora y enciende la luz del techo, que baña el cuarto con su resplandor fluorescente, y se dispone a agacharse de nuevo, esta vez más despacio. Pero entonces, como suele pasarle, le cruje la espalda.
Al oírlo, el pulpo vuelve a azotar el suelo, empujando una de las sillas con una fuerza alarmante. La silla resbala por el suelo y termina en la pared contraria.
Debajo de la mesa, el ojo inconcebiblemente claro de la criatura brilla.
Decidida, Tova se arrastra hacia ella, intentando controlar el temblor de las manos. ¿Cuántas veces ha pasado por delante de la placa que hay colgada junto al tanque del pulpo gigante del Pacífico? No recuerda haber leído nunca que sean peligrosos para los humanos.
Está a unos tres metros. Él parece encogerse y su color se ha vuelto pálido. ¿Los pulpos tienen dientes?
—Amigo mío —dice ella—, me voy a acercar a desconectar el cable.
Mira a su alrededor y descubre cuál de los cables es el origen de la desgracia. Está a su alcance.
El ojo del pulpo sigue sus movimientos con suma atención.
—No te haré daño, querido.
Uno de los brazos libres palmea el suelo como lo haría el rabo de un gato doméstico.
Cuando desenchufa el cable, el pulpo se echa hacia atrás. Tova también da un respingo. Espera verlo avanzar por la pared hacia la puerta, en la dirección que parecía querer tomar.
Pero en cambio él se le acerca.
Uno de sus brazos se desplaza hacia ella, como si fuera una serpiente. En cuestión de segundos, se le enrolla en el antebrazo, gira en torno a su codo y su bíceps como si lo hiciera en torno al palo de una bandera. Ella es capaz de sentir cada una de las ventosas pegándose a su piel. Intenta apartar el brazo, en un acto reflejo, pero el pulpo se aferra con más fuerza, hasta un punto casi incómodo. Pero su ojo raro despide un brillo juguetón, como el de un niño travieso.
Los cartones del suelo. La papelera desplazada. Todo cobra sentido.
Un instante después, él la suelta. Tova contempla con incredulidad cómo el pulpo sale por la puerta de la sala de descanso, apoyándose en la parte más gruesa de sus ocho patas. El manto parece arrastrarse tras él y su palidez ha aumentado; le cuesta moverse. Ella se apresura a ir tras él, pero, cuando llega al vestíbulo, no se aprecia ni rastro del pulpo.
Tova se lleva una mano a la cara. Está perdiendo facultades. Sí, es eso. Así empiezan estas cosas, ¿no? ¿Teniendo alucinaciones con pulpos?
Años atrás fue testigo de cómo su madre perdía la cabeza. Todo empezó con olvidos ocasionales, fechas y nombres conocidos que de repente le fallaban. Pero Tova no olvida los números de teléfono ni tiene que hacer esfuerzos para recordar los nombres. Se mira el brazo, que está cubierto de círculos pequeños. Las marcas de las ventosas.
Medio mareada, finaliza las tareas nocturnas, y luego, como siempre, da la última vuelta al espacio para dar las buenas noches.
«Buenas noches, peces sol, anguilas, cangrejos japoneses, charrasco de nariz afilada. Buenas noches, anémonas, caballitos y estrellas de mar».
Dobla la esquina y prosigue.
«Buenas noches, atún, platijas y rayas. Buenas noches, medusas y pepinos de mar. Buenas noches, tiburones, angelitos». Tova siempre ha sentido una gran empatía hacia los tiburones, que no paran de moverse en el tanque. Comprende esa incapacidad para dejar de moverse, que te falte el aliento si lo haces.
Ahí está el pulpo, de nuevo oculto detrás de la roca. Sobresale un trozo de carne. Su naranja es más vívido ahora, en comparación con el aspecto que tenía en la sala, pero sigue estando más pálido de lo habitual. Bueno, quizá le sirva de lección. Debería quedarse quieto. ¿Cómo diablos se las ha apañado para salir? Ella observa el agua agitada, busca por debajo de la tapa, pero nada parece fuera de sitio.
—Trasto —le dice ella, moviendo la cabeza. Se detiene un momento de más delante de su pecera antes de dar por terminada la noche.
El coche amarillo de Tova enciende las luces de posición en cuanto ella mete la llave en el contacto, una característica a la que aún no se ha acostumbrado. Sus amigas, el grupo de señoras que quedan para comer y que se llaman afectuosamente las Jefas del Ganchillo, la convencieron de que necesitaba un coche nuevo cuando empezó a trabajar. Arguyeron que era un tema de seguridad: no podía conducir de noche un vehículo antiguo. Le dieron la lata con el tema durante semanas.
A veces es más fácil resignarse a ceder.
Tras meter el frasco de vinagre y la botella de aceite de limón en el maletero, como siempre, porque, por mucho que Terry le insista en que puede dejarlos en el armario de la limpieza, una nunca sabe cuándo va a necesitar un poco de limón o de vinagre, ella contempla el muelle. A estas horas está vacío, los pescadores vespertinos ya se han ido hace rato. El viejo muelle del ferry yace frente al acuario como una especie de máquina herrumbrosa. Sus patas frágiles están cubiertas de percebes. Con la marea alta, los percebes arrastran trozos de algas, que luego, cuando baja el agua, se secan sobre la superficie tiñéndola de un matiz negro verdoso.
Ella cruza las gastadas placas de madera. Como siempre, el viejo parquímetro está a treinta y ocho pasos de su plaza de aparcamiento.
Tova vuelve a mirar a su alrededor por si ve a alguien agazapado en las largas sombras. Apoya la mano en el vidrio del parquímetro, que presenta una raja en diagonal que recuerda a una cicatriz que cruzase un rostro.
Luego se dirige hacia el muelle, a su banco de siempre. Está húmedo de agua salada y manchado de excrementos de gaviota. Se sienta y se sube la manga para ver las extrañas marcas del brazo, medio esperando que ya hayan desaparecido. Pero están allí. Recorre con el dedo la más grande, justo en torno a su muñeca. Tiene el tamaño de un dólar de plata. ¿Cuánto tiempo seguirá allí? ¿Se convertirá en un cardenal? Se le amorata la piel con facilidad estos días, y la marca está cogiendo un color marrón, como el de una llaga. Quizá no se le vaya nunca. Una cicatriz del tamaño de un dólar de plata.
La niebla se ha disipado, arrastrada hacia el interior por el viento, exiliada a las colinas. Al sur, hay un barco de carga anclado. El cascarón bajo por las filas de contenedores de a bordo que recuerdan a las piezas de construcción de un niño. La luna se refleja en el agua, como si un millar de velas flotasen en la superficie. Tova cierra los ojos e imagina a Erik bajo el agua, encendiéndole velas a ella. Erik, su único hijo.

Día 1.300 de cautiverio
Cangrejos, almejas, gambas, vieiras, berberechos, abalón, pescado, huevas de pescado. Esta es la dieta de un pulpo gigante del Pacífico, según indica la placa que hay al lado de mi pecera.
El mar debe de ser un bufet delicioso. Todas esas exquisiteces al alcance de mi brazo.
Pero ¿qué ofrecen aquí? Caballa, rodaballo y, sobre todo, arenque. Arenques, arenques y más arenques. Son unas criaturas asquerosas, unos pececitos de lo más desagradable. Estoy seguro de que su abundancia por aquí obedece a su bajo precio. A los tiburones del tanque principal se les premia su sosería con mero fresco mientras que a mí me sirven arenque descongelado. A veces incluso medio congelado. Es por eso por lo que debo tomar el asunto en mis brazos cuando anhelo la sublime textura de la ostra fresca, cuando añoro sentir el crujido de un cangrejo en mi boca, cuando muero por la carne dulce y fresca de un pepino de mar.
A veces, mis carceleros, cuando intentan lograr que colabore en un examen médico o chantajearme para que me embarque en uno de sus juegos, me lanzan alguna miserable vieira. Y, muy de vez en cuando, Terry me regala un mejillón o dos solo porque quiere.
Claro que he cazado cangrejos, almejas, gambas, vieiras, berberechos y abalones en muchas ocasiones. Solo tengo que preocuparme de conseguirlos fuera de horario. Las huevas de pescado son un aperitivo ideal, tanto en términos de placer gastronómico como de valor nutricional.
Podría añadirse aquí una tercera lista, que consistiría en cosas que encantan a los humanos, pero que cualquier ser de inteligencia superior consideraría absolutamente inadecuadas para el consumo. Por ejemplo: todo lo que sale de la máquina de vending del vestíbulo.
Pero esta noche llegó hasta mí otro olor fascinante. Dulce, salado, sabroso. Encontré su origen en la papelera, unos restos metidos en una bandejita de plástico blanco.
Fuera lo que fuese, se me antojó delicioso. Pero, si no llego a tener suerte, esa escapada podría haber supuesto mi final.
Fue la señora de la limpieza. Ella me salvó.
LAS GALLETITAS DE LA FALSEDAD
Hubo una vez siete Jefas del Ganchillo. Ahora solo quedan cuatro. Cada pocos años aparece un nuevo hueco en la mesa.
—¡Madre mía, Tova!
Mary Ann Minetti deja la tetera sobre el mantel sin perder de vista el brazo de Tova. La tetera está recubierta por una funda de punto monísima de color amarillo, con toda seguridad una labor que alguien tejió en el pasado, cuando las Jefas del Ganchillo tejían de verdad en sus almuerzos semanales. La funda de la tetera hace juego con el pasador de pedrería que Mary Ann lleva en la sien para recoger sus rizos indómitos.
Janice Kim mira el brazo de Tova mientras se llena la taza.
—¿No será una alergia?
Una nube de vapor de té oolong le empaña las gafas redondas, y ella se las quita para limpiarlas con el borde de su camiseta, que, a juicio de Tova, debe de pertenecer al hijo de Janice, Timothy, porque le va al menos tres tallas grande y lleva impreso el logo del centro comercial coreano de Seattle donde Timothy montó un restaurante años atrás.
—¿Esta marca? —dice Tova al tiempo que baja la manga del suéter—. Eso no es nada.
—Deberías ir a que te lo miraran.
Barb Vanderhoof echa el tercer terrón de azúcar en el té. Se ha peinado el corto cabello gris en forma de púas engominadas: es uno de sus estilos favoritos de los últimos tiempos. Cuando estrenó este aspecto, hizo la broma de que era una Barbie moderna, lo cual hizo reír a las Jefas del Ganchillo. No por vez primera, Tova se imagina apoyando el dedo en uno de los picos de la cabeza de su amiga. ¿Le pincharía, como pasa con los erizos del acuario, o se hundiría al tacto?
—No es nada —repite Tova. El calor le llega a las puntas de las orejas.
—Deja que te cuente. —Barb da un sorbo al té y prosigue—: ¿Conoces a mi Andie? Tuvo una erupción cutánea cuando vino el año pasado por Pascua. Ojo, que no llegué a verla, le salió en un lugar íntimo…, ya me entiendes. Pero no se trataba de una de esas erupciones que te salen por comportarte indecentemente, que quede claro. No, era simplemente una erupción. En fin, le dije que fuera a ver a mi dermatólogo. Es maravilloso. Pero mi Andie es más tozuda que una mula, ya lo sabéis. Y la erupción fue empeorando, y…
Janice interrumpe a Barb.
—Tova, ¿quieres que Peter te recomiende a alguien?
El marido de Janice, Peter Kim, está jubilado pero sigue siendo alguien en la comunidad médica.
—No me hace falta un médico. —Tova fuerza una sonrisa débil—. Fue un incidente sin importancia en el trabajo.
—¡En el trabajo!
—¡Un incidente!
—¿Qué pasó?
Tova toma aire. Aún siente el tentáculo enrollado en la muñeca. Las marcas se habían ido disipando por la noche, pero aún eran lo bastante oscuras como para resultar visibles. Vuelve a bajarse la manga.
¿Debería contárselo?
—Un accidente con el equipo de limpieza —dice por fin.
Alrededor de la mesa, tres pares de ojos la miran con extrañeza.
Mary Ann limpia una mancha imaginaria del mantel con una de las servilletas del servicio de té.
—Ese trabajo que tienes, Tova… La última vez que estuve en el acuario casi vomito la comida por el olor. ¿Cómo lo aguantas?
Tova coge una galleta de chocolate de la bandeja que Mary Ann llevó antes a la mesa. Mary Ann calienta las galletas en el horno antes de que lleguen las señoras. Siempre comenta que una no puede tomar el té sin mordisquear algún dulce casero. Las galletas salen de un paquete que Mary Ann compró en Shop-Way. Todas las Jefas del Ganchillo lo saben.
—Serás boba. Claro que huele —dice Janice—. Pero ahora en serio, Tova, ¿estás bien? Una faena tan física, a tu edad. ¿Por qué tienes que trabajar?
Barb se cruza de brazos.
—Yo trabajé en el St. Ann durante un tiempo, después de la muerte de Rick. Para pasar el rato. Me pidieron que me ocupara de toda la oficina, ya lo sabéis.
—Archivabas —murmura Mary Ann—. Lo único que hiciste fue archivar.
—Y lo dejaste porque no podían mantenerlo ordenado a tu gusto —dice Janice con voz seca—. Pero ese no es el tema: ¿acaso estabas fregando suelos de rodillas?
Mary Ann toma la palabra.
—Tova, supongo que sabes que si necesitas ayuda…
—¿Ayuda?
—Sí, ayuda. No sé cómo manejó Will las finanzas.
Tova se envara.
—Gracias, pero no necesito nada.
—Bueno, que lo sepas. —Los labios de Mary Ann quedan cosidos.
—No es el caso —responde Tova en voz baja.
Y es la verdad. El dinero que tiene en el banco cubriría sus modestas necesidades más que de sobra. No necesita caridad, ni de Mary Ann ni de nadie. Además, no le parece un tema adecuado. Todo por unas marquitas en el brazo.
Después de levantarse de la mesa, Tova deja la taza y se apoya en la encimera. La ventana que hay sobre la pila da al jardín de Mary Ann; sus rododendros tiemblan bajo el cielo gris. Los tiernos pétalos de color magenta parecen estremecerse cuando una brisa eriza las ramas y Tova desearía poder meterlos de nuevo en sus respectivos capullos. El aire es inusualmente frío para mediados de junio. No hay duda de que el verano se está haciendo de rogar este año.
En el alféizar de la ventana, Mary Ann ha dispuesto toda una colección de símbolos religiosos: angelitos de cristal con caras de querubín, velas, un pequeño ejército de cruces brillantes de plata de distintos tamaños, alineadas como soldados. Mary Ann debe de limpiarlas todos los días para tenerlas tan relucientes.
Janice le da un golpecito en el hombro.
—¿Tova? ¿La Tierra llamando a Tova?
Tova no puede evitar sonreír. El tonillo de voz de Janice le hace pensar que ha estado viendo telecomedias de nuevo.
—Por favor, no te enfades. Mary Ann no quería ofenderte. Solo estamos preocupadas.
—Gracias, pero estoy bien. —Tova le da una palmadita en la mano.
Janice enarca una de sus depiladísimas cejas para dirigir a Tova de nuevo a la mesa. Es obvio que entiende lo mucho que esta desea cambiar de tema porque lanza un sabroso anzuelo para desviar la conversación.
—Dinos, Barb, ¿qué tal están las chicas?
—Oh, ¿no os lo he contado? —Barb hace una pausa melodramática. Nadie ha tenido que pedirle nunca dos veces que relate las vidas de sus hijas y sus nietos—. Andie tenía que venir con las niñas para las vacaciones de verano. Pero ha habido un cambio de planes. Eso es exactamente lo que dijo: un cambio de planes.
Janice se limpia las gafas con una de las servilletas bordadas de Mary Ann.
—¿En serio, Barb?
—¡No han venido desde Acción de Gracias! En Navidad, ella y Mark se llevaron a las niñas a Las Vegas. ¿Podéis creerlo? ¿Quién se va de vacaciones a Las Vegas? —Barb pronuncia ambas palabras, Las y Vegas, con la misma fuerza y el mismo asco, exactamente igual que si dijera «leche agria».
Janice y Mary Ann menean la cabeza al unísono, y Tova coge otra galleta. Las tres mujeres asienten mientras Barb se lanza a contar una historia sobre la familia de su hija, que vive en Seattle, a solo dos horas, pero que, dada la escasa frecuencia con que los ve, bien podría estar en otro hemisferio.
—Le dije que esperaba poder abrazar a mis nietecitas pronto. ¡Solo el Señor sabe cuánto tiempo me queda!
Janice suspira.
—Ya vale, Barb.
—Disculpadme un momento. —La silla de Tova araña el suelo.
Tal y como se deduce de su nombre, las Jefas del Ganchillo empezaron como un club de aficionadas al punto. Hace veinticinco años, un puñado de mujeres de Sowell Bay se reunieron para devanar madejas. Con el tiempo, se convertiría en un refugio del que escapar de unos hogares vacíos, huecos amargos dejados por unos hijos que se habían hecho mayores y se habían independizado. Fue por esta razón, entre otras, que Tova se resistió al principio a unirse a ellas. En su hueco no había alivio, solo amargura; en ese momento, llevaba cinco años sin la presencia de Erik. Las heridas estaban tan tiernas por aquel entonces que costaba poco arrancar las costras y provocar que sangrasen de nuevo.
El grifo del aseo pequeño de Mary Ann emite un quejido cuando Tova lo abre. Las quejas de las demás no han cambiado mucho a lo largo de los años. Primero fue «Qué pena que la universidad quede tan lejos» y «Qué lástima que solo nos llame el domingo por la tarde». Ahora ha llegado el turno de los nietos y biznietos. Esas mujeres siempre han llevado la maternidad como un emblema colgado del pecho, pero Tova mantiene la suya dentro, hundida en las tripas como una antigua bala. Privada.
En un principio, la desaparición de Erik se trató como un caso de fuga. La última persona en verlo fue uno de los trabajadores del muelle que hacía el turno del ferry de las once, el último de la noche, y no apreció nada extraño en él. Luego, Erik debía cerrar con llave la caseta de los tiques, algo que siempre hacía, cumpliendo con su deber. Estaba tan orgulloso de que le confiasen la llave; al fin y al cabo, no era más que un empleo de verano. El sheriff dijo que encontraron la taquilla abierta, con la recaudación del día dentro. La mochila de Erik estaba tirada debajo de la silla, junto con el radiocasete portátil, los auriculares e incluso la cartera. Antes de que descartasen la posibilidad de un crimen, el sheriff especuló con la teoría de que, tal vez, Erik había decidido irse durante un breve periodo de tiempo, con la intención de regresar.
¿Por qué iba a dejar la taquilla sola mientras estaba de servicio? Tova no lo ha entendido nunca. Will siempre tuvo la teoría de que había una chica implicada, pero jamás se encontró la menor pista que señalara a una chica, ni tampoco a un chico. Sus amigos insistían en que no salía con nadie. Si Erik hubiera estado saliendo con alguien, el mundo entero se habría enterado. Erik era un chaval muy popular.
Una semana más tarde encontraron el barco: un viejo y oxidado Sun Cat que nadie había echado de menos y que solía estar anclado en el diminuto puerto deportivo que había al lado del muelle del ferry. Apareció con la cuerda del ancla cortada. Las huellas de Erik estaban en el timón. Las pruebas eran frágiles, pero todo apuntaba a que el chico se había quitado la vida, según el sheriff.
Según los vecinos.
Según los periódicos.
Según dijo todo el mundo.
Tova nunca lo ha creído. Ni por un instante.
Se seca la cara, parpadeando ante su reflejo en el espejo del aseo. Las Jefas del Ganchillo han sido sus amigas durante años, y a veces aún se siente como si fuera una pieza equivocada que se coló en el puzle incorrecto.
Tova retira la taza de la pila, se sirve más té oolong recién hecho y se reincorpora a su sitio y a la conversación. Esta versa ahora sobre el vecino de Mary Ann, que ha demandado a su ortopeda después de una operación mal hecha. Las damas coinciden en que el cirujano debe pagar por ello. Luego llega el momento de admirar las fotos del pequeño yorkshire de Janice, Rolo, que a menudo acude a las reuniones metido en el bolso de su dueña. Hoy, Rolo está en casa con indigestión.
—Pobre Rolo —comenta Mary Ann—. ¿Crees que habrá comido algo en mal estado?
—Deberías dejar de alimentarlo con comida humana —dice Janice—. Rick siempre le daba las sobras a nuestra Sully a mis espaldas. Pero yo lo descubría siempre. ¡Oh, esa mierda hedionda!
—¡Barbara! —exclama Mary Ann con los ojos muy abiertos. Janice y Tova se echan a reír.
—Bueno, perdonad la expresión, pero esa perra podía apestar una habitación entera. Que en paz descanse. —Barb une las palmas de las manos, como si rezara.
Tova sabe lo mucho que Barb quería a su golden retriever, Sully. Quizá más de lo que había querido a su difunto esposo, Rick. Y, el año pasado, con pocos meses de diferencia, los había perdido a ambos. Tova a veces se pregunta si no será mejor así, pasar juntas todas las desgracias que te tocan, para hacer buen uso de la tristeza existente. Acabar con ellas de una tacada. Tova sabía que en esas simas de desesperación se tocaba fondo. Una vez que el alma estaba totalmente empapada en pena, cualquier añadido tan solo resbalaba por encima, como hacía el sirope de arce en las tortitas del sábado por la mañana siempre que Erik tenía permiso para echarlo.
A las tres de la tarde, las Jefas del Ganchillo recogen sus respectivas chaquetas y sus bolsos de los respaldos de las sillas. Mary Ann consigue estar un momento a solas con Tova.
—Haznos saber si necesitas ayuda, por favor.
Mary Ann apoya su mano en la de Tova, y la piel italiana olivácea de la otra mujer se ve joven y suave, en comparación. Los genes escandinavos de Tova, tan amables en su juventud, se habían vuelto contra ella con la edad. A los cuarenta, su cabello de color maíz era gris. A los cincuenta, las arrugas de la cara parecían talladas en arcilla. Ahora, cuando a veces se ve a sí misma reflejada en un escaparate, aprecia que los hombros han empezado a hundírsele. Se pregunta cómo este cuerpo puede ser el suyo.
—Te prometo que no necesito ayuda.
—Si ese trabajo se vuelve demasiado duro, lo dejarás. ¿Verdad?
—Desde luego.
—De acuerdo. —Mary Ann no parece muy convencida.
—Gracias por el té, Mary Ann. —Tova se pone la chaqueta y sonríe en dirección a las otras—. Que tengáis una buena tarde, como siempre.
Tova palmea el salpicadero y presiona el acelerador, como si así animara al coche a emprender el largo ascenso. El vehículo gime mientras sube.
La casa de Mary Ann se asienta en el fondo de un gran valle que antaño no era más que una sucesión de campos de narcisos. Tova recuerda pasar entre ellos, cuando era pequeña, sentada junto a su hermano mayor, Lars, en el asiento trasero del Packard familiar. Papá al volante, mamá a su lado con la ventanilla abierta y sujetándose el pañuelo bajo la barbilla para que no volase con el viento. Tova bajaba la ventanilla y sacaba el cuello tanto como podía. El valle olía a estiércol dulce. Miles de pececitos amarillos flotaban en un mar de sol.
Actualmente el valle es una red suburbana. Cada par de años, el condado se plantea la remodelación del tramo que serpentea por la colina. Mary Ann no para de escribir cartas al consejo sobre el tema, arguyendo que es demasiado empinado y que presenta un gran riesgo de deslizamiento.
—Pero no es demasiado empinado para nosotros —dice Tova cuando el coche llega a la cima.
Al otro lado, una mancha de sol brilla en el agua, mostrándose a través de una grieta entre las nubes. Luego, como si unas cuerdas de marioneta la movieran, la grieta se abre, dotando al estrecho de Puget de un baño de luz.
—Vaya, qué espectáculo —dice Tova al tiempo que baja la visera del coche. Deslumbrada, gira a la derecha por Sound View Drive, que recorre la cima de la montaña por encima del agua. Hacia su hogar.
¡El sol, por fin! Tiene que podar las plantas, y durante semanas el tiempo húmedo y frío, impropio incluso para los estándares del noroeste del Pacífico, ha disipado sus ganas de trabajar al aire libre. Con la idea de hacer algo productivo, Tova aumenta la velocidad. Quizá le dé tiempo a terminar todo el lecho de flores antes de la cena.
Pasa por casa a tomar un vaso de agua antes de salir al jardín trasero, y se detiene a pulsar el botón rojo del contestador. Esa máquina está siempre llena de bobadas, de gente empeñada en venderle algo, pero lo primero que hace siempre es escuchar los mensajes. ¿Cómo puede funcionar una persona con una luz roja parpadeante de fondo?
El primer mensaje es de alguien que solicita una donación. Borrar.
El segundo es claramente un timo. ¿Quién es tan tonto como para llamar y facilitar un número de cuenta bancaria? Borrar.
El tercer mensaje es un error. Voces de fondo, luego un clic. Llamadas con el culo, las llama Janice. Un riesgo derivado de la ridícula manía de llevar los móviles en los bolsillos. Borrar.
El cuarto empieza con una larga pausa. Tova está a punto de darle al botón de borrar cuando oye una voz femenina. «¿Tova Sullivan?». La mujer carraspea. «Soy Maureen Cochran, ¿me recuerda? ¿De la residencia de ancianos de Charter Village?».
El vaso de Tova choca con la encimera.
«Me temo que la llamo para darle una mala noticia…».
Con un gesto rápido, Tova aprieta el botón que para la máquina. No le hace falta oír nada más. Es un mensaje que lleva tiempo esperando.
Su hermano, Lars.

Día 1.301 de cautiverio
Os voy a explicar cómo lo hago.
Cerca del extremo superior del lugar donde me tienen encerrado hay un boquete en el vidrio por donde entra la bomba de agua. Hay un hueco entre la carcasa de la bomba y el vidrio, lo bastante amplio para poder introducir el tentáculo y desenroscar la carcasa. La bomba se queda flotando en el tanque, creando un hueco. Un hueco reducido. Del tamaño de dos o tres dedos humanos.
Diréis que eso es diminuto, que soy demasiado grande para caber por ahí.
Es verdad, pero no me cuesta nada adaptar el cuerpo para pasar por el hueco. Esa es la parte fácil.
Me deslizo por el cristal hacia la sala de bombeo que queda detrás del tanque. Aquí empieza el reto. Los minutos cuentan, como decís vosotros. Una vez me encuentro fuera del tanque, debo sumergirme de nuevo antes de que transcurran dieciocho minutos si no quiero experimentar las Consecuencias. Dieciocho minutos son los que puedo sobrevivir fuera del agua. Este hecho no consta en ningún lugar de la placa, claro. Lo he calculado por mi cuenta.
Sobre el suelo frío de hormigón, debo escoger entre permanecer en la sala de bombeo o cruzar la puerta. Cada opción tiene sus pros y sus contras.
Si decido quedarme dentro, disfruto de un fácil acceso a los tanques que rodean al mío. Por desgracia, dichos tanques tienen para mí una atracción limitada. Las anguilas lobo quedan descartadas por razones que deberían ser obvias. ¡Esos dientes! Las ortigas del Pacífico son demasiado picantes; los gusanos de panza amarilla parecen hechos de goma. Los mejillones de la bahía son bastante insulsos, desde el punto de vista de su sabor, y, aunque los pepinos de mar son deliciosos, tengo que contenerme. Si como demasiados, corro el riesgo de llamar la atención de Terry sobre mis actividades.
En cambio, si opto por salir por la puerta, tengo a mis pies el vestíbulo y el tanque principal. Un menú más surtido. Pero tiene su precio. Para empezar, debo invertir varios minutos en el proceso de abrir la puerta para salir. Luego, dado que la puerta pesa y no se queda abierta, debo dedicar otra cantidad de minutos a reabrirla cuando regreso.
«¿Por qué no la trabas con algo?».
Vale, claro.
Lo hice una vez. Con la banqueta que hay debajo de mi tanque. Con esos minutos extra de libertad, me apropié de un cubo de trozos de rodaballo que Terry había dejado bajo el pestillo del tanque principal. (Es de suponer que dichos trozos de rodaballo debían servir de desayuno para los tiburones a la mañana siguiente. Pero esos tiburones atontados apenas distinguen el día de la noche. No tengo nada que reprocharme por ello).
Bajo el espejismo de tener tiempo libre, disfruté de una velada casi agradable. Quizá la más divertida que he pasado desde que me encerraron. Pero, a mi regreso, descubrí algo que, a día de hoy, aún no puedo entender: por alguna razón, la banqueta no había logrado sostener la puerta.
Lección: no puedo fiarme de trabar la puerta.
Para cuando conseguí abrirla, mis fuerzas flaqueaban. Las Consecuencias me afectaban de lleno.
Solo podía mover los miembros con lentitud y tenía la visión borrosa. El manto me pesaba y se desplomaba hacia el suelo. En medio del horror, vi que mi carne había palidecido hasta adoptar un tono átono de un gris marronoso.
Mientras me deslizaba por la sala de la bomba, ya no sentía el suelo frío. No percibía temperatura alguna en ninguna superficie. De algún modo, mis ventosas torpes me ayudaron a subir por el vidrio.
Metí los tentáculos y el manto por el hueco. Sin embargo, a medio camino me detuve, flotando en la superficie. Los tentáculos estaban completamente agarrotados, no tenían sensibilidad alguna.
Por un instante me planteé esa posibilidad. La nada era algo. ¿Qué podía esperarme en el otro lado de la vida?
Cuando me sumergí en el agua, volví en mí. Mi visión se agudizó al hallarse en su hábitat habitual. Enrollé un tentáculo a la bomba para devolverla a su sitio, dejando el hueco cerrado. Mi carne recuperó el color mientras metía un brazo por la grieta para enroscar el cierre de la carcasa. El manto flotaba en el agua fría mientras yo nadaba, fuerte y rápido, hacia mi guarida de detrás de la roca. Mis tripas, saciadas de rodaballo, me provocaban un dolorcillo agradable.
Más tarde, mientras descansaba en la guarida, mis tres corazones latieron con intensidad. El pulso acelerado debido a la sensación de alivio. Un instinto básico impulsado por una victoria sorpresa frente a la muerte. Supongo que es lo mismo que debe de sentir un berberecho cuando consigue enterrarse en la arena y escapar de mis fauces. Superar las dificultades, lo llamáis los humanos.
Las Consecuencias. No es la única vez que las he experimentado. Ha habido otros momentos en los que he puesto a prueba los límites de mi libertad. Pero nunca he intentado ganar esos minutos de más trabando la puerta.
Me parece obvio que no hace falta comentar que Terry no sabe nada del hueco. Soy el único que sabe de su existencia. Y, dado que me gustaría que las cosas siguieran así, os doy las gracias por adelantado por vuestra discreción.
Vosotros preguntasteis. Yo respondí.
Así es como lo hago.
EL PARQUE MÓVIL WELINA ES PARA LOS AMANTES
El sol inclemente que atraviesa el parabrisas hace parpadear a Cameron Cassmore. Joder, debería haber pillado las gafas de sol. Le toca mover el culo resacoso hasta Welina a una hora indecente para un sábado…, ¡las nueve de la mañana! Tiene la boca tan seca que coge una de las latas que Brad guarda en la camioneta y le da un trago. Una de esas asquerosas bebidas energéticas. Con un gruñido, escupe por la ventanilla y se seca la boca con la manga de la camisa, luego estruja la lata y la lanza sobre el asiento del copiloto.
—¿Que tienes que ocuparte de qué? —Brad había parpadeado, con ojos somnolientos, cuando Cameron le dijo que necesitaba la camioneta. Este había dormido en el sofá de Brad y Elizabeth, después de tocar en el épico concierto de metal experimental de Moth Sausage que se había celebrado en el Dell’s Saloon la noche anterior.
—De una clemátide —le había dicho Cameron. A juzgar por la voz aterrada de su tía Jeanne por teléfono, parecía que el inútil de su casero le estaba dando otra vez la vara con el tema de las enredaderas. La última vez el casero había amenazado con desahuciarla por culpa de esa enredadera.
—¿Qué coño es una clemátide? —Brad esbozó una media sonrisa—. Suena un poco a guarrilla.
—Es una planta, idiota.
Cameron no se había molestado en añadir que era una herbácea perenne trepadora que daba flores, miembro de la familia de las ranunculáceas. Originaria de China y Japón, fue introducida en Europa occidental durante la era victoriana, y aclamada por su capacidad de trepar por los enrejados.
¿Por qué es capaz de recordar esta clase de mierdas? Ojalá pudiera enjuagarse el cerebro y eliminar todo ese conocimiento inútil que lo embota. Ya en la autopista que va directa al parque de caravanas de la tía Jeanne, Cameron acelera, baja todas las ventanillas y enciende un cigarrillo, algo que ya no hace nunca, solo cuando se siente hecho una mierda; y esta mañana se siente exactamente como una mierda caliente y humeante. El humo sale por la ventanilla y se desvanece sobre los llanos polvorientos de Merced Valley.
Las margaritas oscilan por la brisa en el jardín de la tía Je
