No hay que hacer nada luego
1
Del ya muy remoto año de 1971, que pasé en Melilla como soldado del ejército español, recuerdo muy especialmente los veinte días que estuve internado en el manicomio militar de esa plaza fuerte. Todo habría transcurrido distinto, diría que hasta con cierta normalidad, de no haber sido porque un buen día, a muy primera hora de la mañana —no voy a negar que desesperado—, subí al palomar del cuartel y en pocos minutos me bebí una botella de coñac, fumé varios porros de kif y tomé cinco anfetaminas. Dos horas después, en plena instrucción militar, condicionado por los efectos de la feroz mezcla, lanzaba con potente ímpetu mi fusil a las nubes. Después, farfullé cuatro palabras confusas que el capitán del pelotón intentó descifrar preguntándome, con notable insistencia, qué sucedía. Sí, qué pasaba, parecían estar diciendo también mis compañeros, entre asombrados y aterrados. El fusil había volado muy alto, como si anduviera yo escandalosamente sobrado de fuerzas. Siguieron cinco segundos interminables.
Dicen que hacerse pasar por inglés es una de las representaciones más difíciles de poner en escena. Pues bien, simular que uno está loco (sin estarlo) también es muy complicado, pero desde luego no lo es tanto si uno —como me ocurría a mí en aquel momento— está loco perdido, loco de verdad.
—Sucede que tengo demencia —terminé diciendo. Solemne, el gordo Canterías, el capitán Canterías del Morral, avanzó lentamente hacia mí y, supongo que buscando de golpe atajar todo aquello, me dijo que los locos nunca decían estarlo. Aun así, era tan furibunda mi mirada que fui ingresado en calidad de perturbado mental en el Hospital Militar de la ciudad, donde lograría estar en observación —tuvo su mérito aguantar tanto tiempo en un lugar donde cada día había una rigurosa revista matinal de locos, y no siempre podía uno, a horas tan tempranas, fingir desvarío— veinte largos días con sus veinte eternas noches.
Conviví con grandes desequilibrados a los que estudié a fondo, dándome cuenta de que aquella gente era una nada desdeñable fuente de inspiración para posibles relatos. A mí me interesaba ser realizador de cine (de hecho, antes de verme obligado a cumplir el servicio militar en Melilla, había dirigido ya dos cortometrajes), pero en aquellos días de manicomio recordé que tenía o creía tener ciertas condiciones para la escritura.
Algo emerge con cierta nitidez en mi memoria: aquélla fue la primera vez en la que reparé seriamente en conductas humanas que podía contar por escrito. Es más, todo aquello terminó por convertirse en literatura, pues años después mi experiencia de frenopático, debidamente transformada, la utilicé para escribir «Todos conocemos Hong Kong», cuento de Nunca voy al cine.1
Aquella estancia en el manicomio tenía algún día que terminar y la verdad es que acabó cuando menos lo deseaba, cuando más acostumbrado estaba ya a mi vida de loco. Se vivía muy bien allí, sin hacer nada, fumando todas las tardes en los jardines del recinto la marihuana que mi amigo JFC me traía, día tras día, al hospital. Me llamó a su despacho el coronel psiquiatra y me dijo que no había conseguido engañarle con mi supuesta enajenación y que para él estaba claro que yo no tenía problema mental alguno. «Se le ha visto todas las tar
1. Años más tarde reciclé «Todos conocemos Hong Kong» y lo convertí en un texto más extenso, en el relato «El hijo del columpio», de mi libro Hijos sin hijos.
des ir al despacho del asistente jefe y robarle el periódico para leer un rato», me dijo, como si manejara la prueba irrefutable de mi cordura. «Además», añadió buscando mi complicidad, «usted tiene estudios». La misteriosa frase del coronel me ha acompañado el resto de mis días. ¿Estudios universitarios o estudios profundos acerca de la locura ajena? ¿Los estudios están en el lado opuesto de la locura?
Días después de salir del manicomio, fui enviado a un nuevo destino dentro del cuartel de Ingenieros al que pertenecía. Un comandante pidió «quedarse conmigo», lo solicitó con estas palabras y tuve la impresión de que el hombre se aprovechaba de que había pasado yo a ser no apto para muchas actividades castrenses. Me había sido de repente prohibido, por ejemplo, el manejo de armas, lo que demostraba que no estaban del todo seguros de mi cordura. Y ese comandante dio la orden de que me mandaran al colmado militar que él regentaba y donde me encomendó —sin que faltara, por mi parte, una gran sensación de estupor— una misión secreta: se esperaba de mí que llevara la contabilidad del establecimiento y de paso actuara como un discreto detective del lugar y tratara de averiguar quién semanalmente se llevaba de allí a escondidas unas tres cajas de botellas de whisky, lo que impedía que cuadraran las cuentas.
La investigación fue agotadora, no sólo porque me obligó a pasarme la vida en el colmado, lo que me condujo, entre otras cosas, a tratar de ocupar parte del tiempo escribiendo en la trastienda el primer libro de mi vida —esa nouvelle que primero se llamó El libro de Caldetes, luego En un lugar solitario (que he considerado siempre que era su verdadero título), y finalmente Mujer en el espejo contemplando el paisaje, el título con el que se publicó—, sino porque descubrí que aquellas cajas de botellas las robaba el mismo comandante que me había encargado investigar el caso.
O sea que, gracias a que pasé infinidad de horas en mi estratégico rincón de la trastienda buscando cuadrar las difíciles cuentas, o bien escribiendo, o simulando que escribía, o simplemente simulando que cuadraba cuentas, acabé por descubrir al inesperado culpable de los hurtos.
Desde entonces, indagar y escribir me parecen dos actividades paralelas, a veces casi idénticas.
—¿Por qué escribe? —me preguntan a veces.
Si lo supieras, pienso.
Una respuesta posible: porque a un comandante español le dio por robar cajas de whisky en un colmado de África.
Quizá sea una ley universal: a uno le espera el destino esencial de su vida en el lugar más trivial, el más fútil de todos. En mi caso, el destino de escritor me esperaba detrás de la pedestre puerta de madera —casi de western— de aquel lánguido economato militar de Melilla en el que —para no sentir que perdía tanto el tiempo, pues me quedaba por delante un año en África sin hacer nada— me puse a escribir un monólogo poético —que para aclararme llamaba «novela», pero que era un texto sujeto a leyes líricas, las únicas que conocía, pues hasta entonces apenas había leído yo algo que no fuera poesía—, un monólogo de escritura automática acerca de todo lo que buenamente fuera dictándome la inspiración.
Nada veo de malo en ese método empleado para mi primer libro, sino todo lo contrario. A fin de cuentas, como dice J.M. Coetzee, una de las cosas que la gente no suele comprender de los escritores —los escritores serios, por lo menos— es que uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello, sino que es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir.
Otro asunto es que En un lugar solitario —narración vanguardista, especie de primerizo ejercicio de estilo; investigación melancólica sobre el arte de escribir, pensada sin ánimo alguno de que alguna vez se publicara— permitiera respirar al lector. La ausencia total de puntos y de puntos y aparte de las que hace gala este abigarrado texto sigue pareciéndome, al igual que entonces, un arma asesina para asfixiar sin contemplaciones y acabar con el lector más bondadoso. Pero ha de tenerse en cuenta que el libro fue pensado y escrito sin la idea de ser publicado. Cuando éste fue editado por Tusquets editores, el joven Javier Marías —entonces «joven Marías» de verdad, no tenía ni veinte años— se adentró brevemente en aquellas páginas —fue el entrañable Michi Panero quien le pasó mi librito— y recuerdo que, un día, bajando por la calle de Velázquez, me comentó Marías que había apreciado el ejercicio vanguardista de En un lugar solitario, pero que eso no quitaba que habría agradecido, como lector, una puntuación más formal. Como Javier Marías siempre ha tenido tres años menos que yo y a tan tempranas edades las diferencias se ven más grandes de lo que son, por unos momentos pensé que me había faltado al respeto, pero por suerte comprendí a tiempo que sólo había querido sugerirme un sensato consejo, disuadirme de que en mis siguientes libros insistiera demasiado en aquel tipo de prosa sin pausas.
Hoy, al regresar a aquellas páginas del pasado, creo descubrir que debutar en la literatura de aquella forma (no especulando acerca de posibles lectores) condicionó mis primeros años de escritor, hasta el punto de que, durante un tiempo (aunque para el segundo y tercer libro pasé ya a escribir narraciones pensadas para ser publicadas), seguí con esa inercia inicial de no preguntarme si me interesaba ser leído, de no preguntármelo quizá porque me entraba pánico ya sólo de imaginar que pudiera haber gente a la que se le ocurriera leerme.
De hecho, sólo ese miedo podría explicar de forma plenamente razonable que concibiera mi segunda obra, La asesina ilustrada, con la idea de matar a todo aquel que intentara acercarse a ella. Y, sin embargo, no puede decirse que ese librito criminal no lo imaginara yo pensando precisamente en los lectores, aunque también es cierto que si pensé en ellos fue tan sólo porque quería verles lo más pronto posible a todos bien muertos a causa de haberse atrevido a entrar en mis páginas. En este contexto cobran su mayor sentido las palabras con las que Carlos Trías comentó La asesina ilustrada cuando ésta apareció en abril de 1977. Para Trías, siempre inteligente y original, el libro funcionaba como la tumba de Tutankamon: adentrarse en él era exponerse al veneno y venganza mortal de la momia.
Todavía hoy me pregunto por qué ese interés por mi parte en asesinar a los intrusos, es decir, a los lectores. Lo más probable es que simplemente deseara liquidarlos para evitar que pudieran descubrir que era un escritor incipiente y humano, demasiado incipiente, demasiado humano, y flojo. Pero a la vista de lo que años después fue sucediendo con mi escritura, puede que sobre todo me molestara que alguien, tras leerme, pudiera llegar a creer que ya sabía algo de mí. Porque, si se piensa bien, yo siempre he escrito ocultándome, dando falsas pistas y al mismo tiempo ofreciendo al lector aspectos insólitos de mis diferentes personalidades, todas verdaderas. Nada me molestaría más que saber quién soy, aunque la tensión de mi escritura procede de ahí, pues viene siempre de la empecinada, casi obsesiva, búsqueda de mi identidad más única, también la más próxima a la ficción, aunque al mismo tiempo, paradójicamente, la más cercana a la verdad.
De todo este problema con los lectores quizá se desprenda una pregunta que dejo abierta: ¿le conviene a un joven escritor pensar desde el primer momento en quiénes le van a leer? Si no lo hace, puede que escriba novelas no publicables. Al sur de los párpados, por ejemplo, mi tercer libro, no debió ser nunca editado y sólo tiene sentido sacarlo a la luz ahora porque puede servir a perversos estudiosos de mis dramáticos balbuceos iniciales y también a almas creativas, que quizá sepan hallar oro en lo que durante años he hecho pasar yo mismo por inmundicia, guiado quizá por la intención de que los lectores más animosos del futuro, esperando encontrarse con un texto tan horrible, terminaran, por puro contraste con lo que pensaban que iban a encontrarse, agradablemente sorprendidos. Sorprendidos y fascinados con alguna idea perdida en el libro, porque ideas en él no faltan y alguna puede que haya resistido el paso del tiempo y, quién sabe, puede que incluso alguna hoy irradie cierta grandeza, toda la grandeza que puede surgir de la lucidez del que sabe aceptar el fracaso, sin rencor ni vergüenza, como prefiguración natural del destino. ¿O acaso, como dice Sergio Chejfec, no ha dejado de ser el fracaso una eventualidad literaria para pasar a ser sinónimo de la literatura en general?
Vuelvo a la pregunta. ¿Le conviene a un joven escritor pensar de forma prioritaria en sus lectores? Si les da preferencia en sus desvelos, puede que haga concesiones al mundo de fuera antes que a su mundo personal y que a la larga, con el paso del tiempo, eche en falta todo un largo período de aprendizaje, todo un duro período de curtirse en la soledad inteligente del que escribe para (por) uno mismo.
En la «soledad inteligente» del colmado de Melilla, mi primer libro no llegó a tener nunca título, lo cual es lógico puesto que no pensaba publicarlo; me bastaba con escribirlo y que, encima, me sirviera para espiar mejor los movimientos de los sospechosos en la trastienda del colmado. Cuando en marzo de 1972 regresé por fin a Barcelona seguía sin título para la novelita y si tenía que hablar de ella la llamaba El Libro de Caldetes, ya que el espacio imaginario en el que transcurría mi narración tenía como centro o eje mental los alrededores del Hotel Colón del pueblo de Caldes de Estrach, más popularmente conocido como Caldetes, escenario que se hallaba al fondo de la fotografía que mi padre, en pleno noviazgo, le había hecho a mi madre en 1947, once meses antes de que yo naciera.
Según cómo se mire y sobre todo si se mira con voluntad de capricho shandy, con voluntad de querer ver los asuntos del mundo de una forma alegre y chiflada (que eso parece ser, ante todo, lo shandy), aquel primer libro mío fue pariente le jano de la novela que más iba a cambiar mi manera de ver la literatura, La vida y las opiniones de Tristram Shandy de Laurence Sterne, con su impagable atmósfera digamos que prenatal, aunque en aquellos días de 1971 me faltaban años aún para ese gran momento, para ese inolvidable, prodigioso momento en el que oí hablar por primera vez de aquella novela del escritor irlandés, cuyo narrador y personaje central tardaba en venir al mundo, tardaba una barbaridad en nacer, en realidad se demoraba todo el libro: «En suma, es el cuento de nunca acabar; por mi parte les aseguro que estoy en ello desde hace seis semanas, yendo a la mayor velocidad posible, y no he nacido aún».
Dos, esencialmente, fueron las lecturas que acompañaron la redacción de En un lugar solitario. Pero debo ante todo decir que me puse a escribir ese primer libro sin tener apenas experiencia como lector de novelas, ni de cuentos, ni de ensayos, si acaso había leído algo de poesía; calculo que me había acercado a unos treinta poetas y un total de cien poemas. Ése era mi levísimo bagaje cuando comencé a golpear la Olivetti Lettera del colmado de Melilla. Un forastero en el mundo de las letras. Un perfecto iletrado, según cómo se mire. Envié una carta a una amiga, a la que había empezado a llamar «novia» —palabra anticuada en el ambiente en que me movía en Barcelona, término visto como camp (como popular o pueblerino) que no usaba nunca, pero que allí empecé a utilizar para no ser visto como un tipo raro; allí casi todos los soldados tenían «una novia» que esperaba su retorno a la vida civil, que les «guardaba la espera» solía decirse— y le pedí que me enviara libros que acabaran de publicar narradores o cuentistas españoles, preferentemente de mi generación. De algunos había ya oído hablar, e incluso con más de uno me había cruzado en bares nocturnos de mi ciudad. Se trataba de leer lo que hacían para hacer algo parecido, aunque distinto, quizá para hacer todo lo contrario de lo que ellos hicieran.
Recibí unos quince libros, que me cundieron mucho. Casi todos de escritores de generaciones anteriores a la mía. Entre ellos, algunos no españoles: argentinos, mexicanos, peruanos, todos bastante desconocidos, y en todo caso sin nada que ver con los famosos García Márquez y Vargas Llosa, que por aquellos días vivían en Barcelona. Mi novia decidió que me convenía leer a latinoamericanos raros y creo que me hizo un favor.
Esas dos lecturas esenciales que me acompañaron durante la redacción de En un lugar solitario fueron, por un lado, el Juan Benet de Una meditación, libro clave en mi formación como narrador, aunque a lo largo de En un lugar solitario ni se note. Y por otro, la novela de un escritor argentino, hoy lamentablemente casi olvidado, llamado Néstor Sánchez,2 que había escrito un libro, Nosotros dos, de estilo cortazariano, impregnado de un voluntario sentido de la espontaneidad que se podría calificar de jazzístico.3
De hecho, Claudio, el hijo de Néstor Sánchez, recordaba no hace mucho a su padre yendo a la página en blanco, «sin ningún plan de escritura», sólo con la idea de liberar allí las
2. Sobre Néstor Sánchez —que acabó convirtiéndose en un bartleby Néstor Sánchez. El Arte de la FugaPágina 12, Radar, Buenos Aires, 9 de septiembre de 2007.
Añado aquí ahora un comentario reciente de Ricardo Piglia: «Siempre
me acuerdo de una frase de Néstor Sánchez, un tipo tan querido. Cuando
dejó de escribir, buscándole una explicación dijo: “Y bueno, se me acabó la
épica”».
»—Sí. En este largo proceso de pérdidas entró ese extraño estímulo capaz de encenderle a uno todas las luces. El jazz alienta la emoción, convoca ganas de vivir, hurga en la rajadura de la tela» (De una entrevista a Néstor Sánchez al final de su vida).
fuerzas puras de la improvisación; le recordaba tirado en el suelo y tecleando frenéticamente su Remington a fines de los sesenta, mientras sonaba a todo volumen un disco de John Coltrane o Sonny Rollins.
Así precisamente, «sin ningún plan de escritura», tecleando frenéticamente la Olivetti Lettera del economato melillense y buscando contar una historia acerca de la cual un hipotético lector no debería preguntarse de qué trataba sino a qué sonaba —como después me enteré que hacía también Néstor Sánchez—, sin olvidarme de manejar un método parecido al utilizado por Juan Benet para Una meditación —donde, además de escribir una de las primeras novelas españolas, si no la primera, en la que no hay un solo punto y aparte, creó un artilugio, mediante un rollo de papel continuo, que le impedía volver sobre lo escrito para seguir escribiendo—, fui trabajando, noche y día, en la escritura automática de mi novelita de colmado, buscando en todo momento un benetiano fluir torrencial en el que un hipotético lector no tuviera más remedio que sumergirse y tratar de dejarse llevar sólo por la música de la frase y perder casi el sentido de lo que pudiera estar diciéndose:
Elige tu mejor aspecto que la noche está nublada te dirás acodado al balcón que da al paseo, ponte tu corazón preferido y busca las palabras que han de llevarte al silencio...
Más allá de su música, de su sintonía eufórica y a la vez melancólica, esas palabras inaugurales de Mujer en el espejo contemplando el paisaje —título que hasta hace bien poco ha encubierto al verdadero, En un lugar solitario— parecen seguir diciendo, hoy en día, que en la literatura contemporánea se trata, a fin de cuentas, de saber elegir una buena cara para la noche nublada (para el pésimo tiempo que rige la vida actual de la poesía), no traicionar nunca nuestras convicciones y comprender que en nuestro principio, como decía Eliot, está el fin, y que, indagando y escribiendo, dos actividades muy parecidas, acabaremos siempre por caminar hacia el luminoso silencio de nuestro hondo hogar esencial.
¿Pensaba en ese hogar hondo y solitario cuando escribí aquel primer libro? No podría jurarlo, sólo sé que actuaba por intuiciones que surgían de las influencias de Juan Benet (tenía la referencia constante de su rollo de papel continuo) y de Néstor Sánchez (que en sus libros parecía pasárselo muy bien con la victoria del estilo sobre la trama) y, si en alguna ocasión ampliaba el campo de mis influencias al cine, pensaba entonces en In a Lonely Place, la película de Nicholas Ray que en España se llamó En un lugar solitario y que tenía como protagonista a un bebedor compulsivo, a un cínico y agresivo guionista de Hollywood venido a menos, un tipo de extremo escepticismo incapaz de adaptarse a lo que le rodeaba, es decir, más o menos, la clase de tipo en el que temporalmente me convertí a mediados de la primera década de este siglo y que afortunadamente ya no soy, o al menos eso quiero creer.
Desde luego, en aquellos años de mis primeros escarceos literarios no me parecía en nada a ese personaje principal (interpretado por Humphrey Bogart en el film de Ray), salvo en la incapacidad total de adaptarme a lo que me rodeaba. Y sin embargo, a pesar de que el parecido era mínimo, me dio por identificarme con aquel guionista bebedor y escritor de genio, sobre todo cuando vi que, precisamente gracias a ese talento, se le disculpaba su antipatía, su mala onda por tanto alcohol, su cinismo, su agresividad, su odio a la sociedad bienpensante. Tanto me identifiqué que durante meses fui antipático de un modo casi exagerado, porque insensatamente creía que podía encontrar mi genialidad a través del desprecio de los otros: un desprecio que yo imaginaba siempre trocándose a cada momento en respeto y admiración, reconocimiento de mi talento, a pesar de ser yo tan idiota. Desde luego nunca en mi vida he alimentado algo tan absurdo como aquella creencia, pero el hecho es que con ella precisamente me presenté en Barcelona cuando terminó mi servicio militar y durante los meses en los que fui antipático —creyendo que eso equivalía al reconocimiento de mi talento para el arte— no paré de caer mal a todo el mundo, sin que nadie diera señales de captar mis supuestas dotes —supuestas sólo por mí— de escritor.
Un amigo clave en esos días: Gonzalo Herralde. Él le habló a su amiga Beatriz de Moura de la novelita de colmado con la que me había presentado en Barcelona después del duro pasaje africano. Al preguntarme Beatriz —a modo de primera pregunta antes de que le dejara ver el libro— cómo pensaba titular aquellas páginas, no dudé un solo instante a pesar de que no tenía título alguno, pero fue como si me hubiera salido muy de dentro:
—En un lugar solitario.
—¡Solitario! —dijo Beatriz, y en ese momento pensé que
era mi propio eco.
Aparte de la película de ese mismo nombre, creo recordar que a la elección de este título colaboró cierta voluntad de reflejar mi especial momento anímico y, de paso, otro tipo de voluntad, la de situarme en un lugar aparte con respecto a la literatura que se hacía en mi tierra en aquellos días; situarme bien aparte, no porque no me gustara lo que se hacía (que no sabía muy bien todavía qué era; estaba esperando que los envíos de libros que iría haciendo mi novia me fueran instruyendo debidamente sobre el asunto), sino porque, a la hora de escribir, deseaba ser muy distinto a todo el mundo, no parecerme a nadie, seguir un camino solitario y único.
Beatriz, que dirigía la entonces pequeña editorial Tusquets, leyó en los días siguientes En un lugar solitario y decidió que lo publicaría. Le gustaba que todas las ideas y las numerosas imágenes del libro no fueran maniqueas y tuvieran dos caras, dos aspectos, un haz y su envés, eso me dijo. La publicaría, sí. Me quedé atónito. No descartaba seguir escribiendo, pero mis planes eran otros, quería seguir probando suerte como director de cine. ¡Quería ser director de cine! Creo que lo grité. «¡Voy para director!», recuerdo haber proclamado en la terraza del Café Melitón de Cadaqués. «Una cosa no quita la otra», dijo tranquilamente Beatriz tomando un Martini. «Pero en mi libro yo sólo he hecho un ejercicio de estilo», le apunté tímidamente. «Pues me ha gustado el estilo —replicó Beatriz, y añadió—: Cuanto más protestes, más te publicaré la novela.»
¿La novela?
De En un lugar solitario no se tocó nada, salvo el título y la idea de que era un «librito de colmado», pues pasó a ser, de la noche a la mañana, una novela. Por una extraña acumulación de malentendidos, azares y, sobre todo, a causa de un formidable equívoco (que no comentaré porque ocuparía demasiadas páginas y seguiría, además, quedando todo igual de confuso), la novela pasó a llamarse Mujer en el espejo contemplando el paisaje, título desafortunado (que yo mismo contribuí a colocar) y que he tenido que arrastrar como una condena a lo largo de los años.
Por otra parte, aún muchas semanas después de haber publicado el libro, seguía yo perfectamente atónito. Atónito de haber publicado sin habérmelo propuesto. Hay quien todavía recuerda que por aquellos días mi rostro reflejaba sólo un permanente estupor, como si no acabara jamás de creérmelo. Hasta que un día empezó a dominarme la vaga impresión de que tal vez había empezado a ser escritor. Estoy hablando de una impresión que me llegó como esas leves corrientes súbitas de aire que de pronto nos anuncian el otoño; una de esas corrientes de aire, casi frío, que manan de pronto a ras de suelo y parecen llegar para no marcharse: el primer frescor que se cuela en la casa y anuncia silenciosamente el declinar del verano...
Así que puedo decir que el fin de un verano —que llegó de improviso de forma metafórica— coincidió con mis primeras sensaciones de haberme convertido en un escritor. Eso no quitó que siguiera atónito. Pero comencé a moverme por el mundo con una seguridad que hasta entonces no había conocido. Era escritor, no tenía por qué darle más vueltas. Aún así, se las daba. Pero de cara a la gente actuaba ya como escritor. ¿O no había publicado un libro? A veces hasta tenía una seguridad en mí mismo extraña.
Ignoraba que había comenzado a tener lo que, en virtud de aquella corriente a ras de suelo, podríamos llamar responsabilidades de otoño. En cierta forma el Gran Verano de mi vida había terminado para siempre y comenzaba un período en el que las responsabilidades irían creciendo de forma casi imperceptible y me irían llevando hasta insospechados callejones sin salida, a días en los que me preguntaría «¿Para qué escribo esto?», o bien «¿Qué es lo que pretendo?», y también hasta días en los que, a partir de las secas e incompletas respuestas que me daría a mí mismo, me vería obligado a seguir haciéndome más y más preguntas y a constatar el Gran Embrollo en el que, sin quererlo ni buscarlo —¡yo quería dirigir cine!—, me había(n) metido.
Pero todo eso estaba por llegar. En aquel momento era sólo un pobre joven atónito de haber publicado sin habérselo propuesto. Hoy, según cómo se mire, sobre todo si quiere mirarse desde un ángulo malicioso, toda mi obra se puede leer como un largo movimiento detrás de la pregunta «¿Qué es lo que pretendo?». Y es que ya, desde el primer momento, cada libro publicado fue aumentando mi necesidad de saber adónde iba, mi necesidad de saber por qué estaba en todo aquello.
Lo que a estas alturas me parece evidente es que desde el primer momento fue muy difícil para mí escribir... A causa, en primer lugar, del leve bagaje de lector que me acompañaba cuando comencé a golpear la Olivetti Lettera del colmado de Melilla... Quizás esa dificultad —que ya de por sí tiene la propia creación literaria, pero a la que en mi caso habría que añadir las dificultades que comportaba mi condición de perfecto iletrado cuando me inicié en la escritura—
ha sido siempre un poderoso motor de la creación de mis textos. Una vez leí algo de Italo Calvino que me pareció perfecto y hoy sé más que nunca por qué, pues se acopla perfectamente a mi caso: «La literatura no es otra cosa que inventarse reglas y después seguirlas. Con el lenguaje pasa lo mismo. La literatura nace de la dificultad de escribir, no de la facilidad... Excava ahí, en este punto, trabaja en eso, trata de roer el hueso con paciencia».
Se puede pensar que he estado siempre tan obsesionado por los libros a causa del vacío lector de mis comienzos. Alguien dirá: valora de un modo desaforado lo que le faltó en sus inicios (los libros, las lecturas) y de ahí le viene su obsesiva pasión enfermiza por lo literario. Estoy de acuerdo en todo, menos en lo de la pasión enfermiza, que es un equívoco que llevo con resignación y al que seguro que he contribuido yo con mis libros, muy especialmente con El mal de Montano. Pero es un equívoco. En realidad, cuando me quedo solo y no hay ni la más remota posibilidad de que alguien pueda espiar mis pensamientos, la literatura me trae sin cuidado.
Está dicho pronto y por eso lo repito: me trae sin cuidado. Ahora bien, es cierto que en algunas temporadas viví atrapado por la literatura. En la primera mitad de la última década, por ejemplo. En esos días busqué llevar mi poética, libro a libro, sistemáticamente, a un callejón sin salida, con la idea de ser un héroe y demostrar, una vez tras otra, que sabía salir indemne de las trabas que yo mismo me creaba, que sabía superar todos los obstáculos que yo mismo levantaba para no tener más remedio que caer en mi propia trampa y no poder continuar y tener que caer en un silencio profundo y definitivo (que quizás era el final que realmente buscaba, movido tal vez por un oscuro afán de clausurar, de una vez por todas, la historia de mi alistamiento involuntario en las filas de lo literario).
Nota al margen: pensar que estoy en la literatura porque me alistaron en sus filas sin que yo hubiera dicho, de una for ma explícita, que quería estar en ellas, me hace sentirme en sintonía con la posibilidad de un día abrazar al silencio («el luminoso silencio de nuestro hondo hogar esencial» escribí unas líneas antes y ahora veo que sobra tanta solemnidad) y también en sintonía plena con una frase de Erik Satie que me tranquiliza mucho: «Seamos artistas sin quererlo».
Cuatro palabras acerca de lo que pienso hoy en día sobre el silencio. «En la literatura, así como en la vida —escribe en sus memorias Sándor Márai—, sólo el silencio es sincero.» Es una frase que, desde que la conozco, me ha hecho reflexionar. A medida que envejezco, aprecio mejor el silencio, que muchas veces —tal como pretende el tópico— parece decir más que cualquier palabra. Márai piensa que toda la vida nos callamos sobre quienes somos, algo que sólo nosotros sabemos y sobre lo que no podemos hablar con nadie. «Sin embargo sabemos que quienes somos y eso que no podemos decir constituyen la verdad. Somos aquello de lo que guardamos silencio.» Estas palabras de Márai me hacen pensar siempre. Van contra la literatura, está claro. Por eso, si algunas veces la odio (la literatura), seguramente es porque hay días en los que intuyo, con más fuerza de la habitual, que ella, con tanta palabra escrita, hace esfuerzos para alejarme del núcleo central de mi verdad.
Aun así, no me queda otro remedio que creer en la palabra escrita, que es el mejor o único instrumento que tengo para poder decir precisamente que no confío en ella.
Voy a decir cuatro palabras también acerca de lo que pienso hoy —día 14 de septiembre de 2010, a las 16.48 horas— de la heroicidad romántica del escritor. Tres palabras, para ser más exacto: no la soporto.
Creo que fue Robert Harvey quien dijo que lo ideal para el héroe literario sería un comportamiento intermedio entre el aislamiento monacal y la eficiencia empresarial, aunque lo más probable era que un comportamiento así no fuera fácil de encontrar.
Yo, desde luego, me quedé sólo del lado monacal, incapaz de acercarme ni por casualidad a la figura empresarial, que ni imaginaba que no sólo podía estar relacionada con la literatura, sino que incluso podía salvarme de ella.
El hecho es que, libro a libro, en la primera mitad de la última década, mis visitas como escritor a la poética de la negatividad comenzaron a hacerse rutinarias, a tener todas unas características peligrosamente mecánicas, a buscar el callejón sin salida de una forma repetida. Terminé por darme cuenta de que todo aquello me estaba conduciendo a un proceso de estatización, de inmovilidad bochornosa, aparte de cómica. Y percibí con espanto que todo mi proceso narrativo, en lugar de avanzar hacia adelante e ir descubriendo nuevos paisajes en el camino creativo que iba surgiendo con la obra misma (que era lo que creía que le estaba dando sentido —hasta argumento— a todo lo que hacía), me estaba llevando en realidad a convertirme en alguien que corría el riesgo de quedar reducido a escribir, uno tras otro, libros para preguntarse, al acabarlos, qué hacer luego. Es decir, iba directo hacia un libro, el último, que habría sido muy interesante, quién lo duda, pero que hice muy bien en no escribir; un libro que necesariamente habría tenido que titularse Qué hacer luego.
Dicho quizá de otro modo: comprendí que debía dejar de pensar en avanzar, y también, de paso, dejar de preguntarme qué significaba avanzar y por qué debería avanzar y quién tenía que avanzar.
Salir de aquel círculo infernal, del Gran Embrollo.
«No hay que hacer nada luego», escribí una noche de trágica tempestad, volviendo borracho de una fiesta interminable
en las afueras de Palma de Mallorca.
En la segunda mitad de la última década, esa frase se ha convertido en mi lema. He dejado de lado los callejones sin salida del qué hacer luego y también atrás la idea de avanzar, y me identifico con mi papel de padre de una obra ya exten sa y me paseo por una geografía mental sin pasado ni futuro, donde no se avanza ni se retrocede, una geografía espiritual próxima a esa zona ártica de la que habla Deleuze: un lugar desolado donde todas las brújulas giran enloquecidas sin saber dónde apuntar, y donde se puede pensar a cada momento de un modo distinto. Lugar de libertad, espacio de indagación que, como diría Roberto Bolaño, me lleva a ver, en todo giro del destino, un problema de ajedrez o una trama policíaca que clarificar.
La menos secundaria de esas tramas que clarificar es la de mi existencia individual, misterio genuino, bien digno de investigar y al que le dedico horas. Conectada con mis sueños, mi vida real ha conocido últimamente una intensificación de pensamientos que recrean imaginarias o verdaderas (para el caso es lo mismo) caminatas nocturnas, dominadas por sensaciones de temor.
El mundo parece estar lleno de mensajes en algún código secreto. Esa sospecha, que confirmo día a día, me mantiene muy alerta y me lleva a escribir sin apenas interrupciones.
Investigo, pienso, sueño y escribo investido en mi papel de padre de una obra ya extensa, con algunos momentos fecundos y hoy moviéndose en la zona ártica, lo que me da una gran sensación de plenitud y de diversión inesperada, sobre todo de diversión, porque los hijos —en mi caso, todos, sin excepción, hijos sin hijos— dan alegría y juego, y hasta prólogos como éste, que me permiten recordar que tenía una pálida cultura literaria cuando comencé a escribir y que ése, en parte, fue mi drama, aunque quizás el drama, a la larga, supe transformarlo en el decorado más secundario de la obra.
Investigo —conviene que no oculte nada— con temores, convencido de ser un escritor serio (escribo el adjetivo «serio» porque no me vale el de «verdadero»), que sabe que lo es precisamente porque siente verdadero terror de que le ataquen, de que le destrocen en una reseña, de que le fumiguen. Cada vez que publico un libro escruto el horizonte con mie do de ver aparecer a aquel que dirá haber descubierto que no soy un escritor.4
Sólo porque soy un escritor temo que me descubran. Pero no siempre lo fui.
De aquellos días en los que más bien era sólo un digno principiante, lo que más recuerdo es que sentirme (sin serlo) escritor me dio una gran confianza, y ésta me permitió empezar a moverme por el mundo con una seguridad que hasta entonces no había nunca conocido. En el ámbito de la vida social, no me lo esperaba, quiero decir que no había pensado nunca en ser un joven con un libro publicado. No estaba entonces nada seguro de ser un escritor, pero al mismo tiempo tenía la impresión de que lo era o podía serlo, puesto que tenía una novelita de colmado —o mejor dicho, una novela; no debía olvidarlo— publicada.
Restregarse los ojos fue mi ocupación durante una larga temporada. Y aprender a despedirme de la antipatía otra de ellas, quizá la más decisiva. Un día, le di un vuelco repentino a mi vida. Me fui a pasar unos días a Varsovia en agosto de 1973 y Sergio Pitol, que era ya un narrador importante y trabajaba allí de agregado cultural de la embajada de México, me trató como escritor (la primera persona del mundo que lo hizo), quiero decir que me trató como autor de aquel librito, lo que me ayudó a pensar que, a pesar de vivir en una permanente intemperie personal (llegué a escribir incluso un poema so
Por lo que sea, pensar en esto me remite a George Simenon cuando, en una entrevista de The Paris Review, habló de un argumento, de la posición de un hombre que se ve amenazada y de cómo éste hará lo posible por conservarla: «Un hombre que siempre desea estar en la cima del pequeño grupo donde vive. Y que sacrificará cualquier cosa para permanecer allí. Y puede que sea un hombre muy bueno, pero hizo tal esfuerzo para estar donde está que nunca aceptará no volver a esta
