Nuestra gloria los escombros

Lucía Calderas
Lucía Calderas

Fragmento

cap-1

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Incisivo central derecho o receta para elaborar un sujeto de orden inferior (migrante)

1. Prepare previamente el contexto: convierta a la persona seleccionada y sus características en problemas: el analfabetismo, un problema, el color de piel, otro problema, mucho más grave que el anterior. Añada cuantos tenga a la mano, sin dilación.

2. Asegúrese de que haya insertado estos problemas tan profundo que se confundan los límites entre la persona y el exterior.

3. Haga que desee superarse, desarrollarse y progresar. Haga ver al individuo en cuestión que todos estos problemas son su culpa y que sus deseos son innatos. No le deje saber ni por error que son resultado de procesos históricos y sistemáticos. Hágalos ver naturales. La discreción es siempre el mejor ingrediente.

4. Divida a la persona por categorías con cortes precisos. Prieta, indígena, mujer mazahua. Mientras más, mejor.

5. Quítele sus tierras, arrebátele la lengua y cocínela aparte.

6. Cueza todo a la temperatura del clima político de la época. Caliente, casi siempre es caliente.

7. Saque a la persona del lugar donde nació. Este paso es vital, así que recuerde elegir una ciudad o país lejano; de esta manera el individuo adquiere un tinte de miedo en el semblante.

8. Retírele alguna o varias cosas que ama para dejarla en estado de vulnerabilidad.

9. Fuércela a vivir en ese lugar nuevo y desconocido.

10. Tape bien, asegúrese de que no se pueda salir. Eventualmente la nostalgia generará una sensación de asfixia, donde todos los ingredientes harán lo suyo, pero no se confíe, aún pueden bullir subversiones desde los rincones más insospechados. Si desea añadir tensión al ambiente, aunado al que ya producen las categorías previamente mencionadas, el aislamiento es crucial.

Último paso:

Sirva y mastique con cuidado. Probablemente la cocción genere filo en las partes del sujeto. Al final tendrá una mezcla delicada y exquisita de necedad, insistencia, creatividad y añoranza. Si hace falta, añada una pizca de esperanza en el futuro.

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Incisivo lateral derecho

Están sentadas sobre el asfalto caliente. Muchas en silencio, otras pregonando la vendimia sobre el suelo: dulces, semillas, frutas, quizás fayuca. Aquí, donde el tiempo quiebra sus propias leyes, ellas son flores avivando el paisaje crudo. Les dicen marchantas o Marías, en un intento de homogenizar lo indómito. A veces con niños revoloteándoles alrededor; mariposas mamando el polen del desplazamiento, que a su vez engendrarán otros movimientos quizás transatlánticos.

Algunas de ellas, las menos, se dedican a pedir limosna en las avenidas principales y en las colonias de clase «media» o «alta» de la ciudad. Son el paisaje usual. Depende a merced de quién queden, a veces les toca ser de sombra, de malas, de sol y de peores, limpiar su vendimia con el petróleo con el que las riegan los granaderos.

Quien recorre con la vista la ciudad y un buen día no las encuentra se pregunta qué en el cosmos ha sido alterado para haber pasado por alto la presencia de esta flora característica. Hierba mala nunca muere, aunque lo cierto es que de lo indispensable muchas veces sabemos nada, como nada sabemos de esta planta. Para algunos plaga, maleza, para otros adorno exótico, síntoma de un luto incesante. Lo que sí es que no viven de fotosíntesis ni han llegado aquí por casualidad: ¿qué idiomas hablarán entre sí sus pistilos?, ¿qué belleza endémica guardan como secreto sus pétalos?, ¿qué llantos cantan y riegan sus raíces? No lo sabemos, pero podemos intuir que en sus células se esconde tal vez una sed de supervivencia anterior a lo humano, más cercano a los atavismos, que intenta decir algo más allá de las palabras y cuya presencia nos secretea algo que entendemos pero todavía no podemos nombrar. Solo podemos atrevernos a soñar con la flor que en primavera regalará esta semilla. Mientras, nos conformamos con mirar esa tierna relación simbiótica: flores secas, mariposas; ambas comulgadas en su soledad fecundando una tierra de nadie y esparciendo la semilla de su origen de aire.

Fotografía en blanco y negro, enmarcada. El marco tiene volantes y algunas perlas pegadas en la parte superior izquierda. En la fotografía aparece una familia indígena con mujeres y niños y niñas en edad temprana, todos vestidos de blanco. A la izquierda, una mujer de mediana edad, también indígena, mira al grupo sonriendo. Se ha recortado en fondo para falsearlo y se ha pegado la fotografía de unas montañas. El recorte es sencillo y se aprecia sin problemas. Al pie de la foto, aparece la alargada ombra del fotógrafo.

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Canino derecho

y luego hay quien sabe que una bestia herida es tan peligrosa como un niño

CLARICE LISPECTOR

Cuando nuestro gallo Jubileo echa su canto de voz bronca apenas asoma el alba, Elisa se levanta de un salto. Hace una seña de silencio con la mano. Se pone un vestido de lana, me agarra la mano y vamos. Una luz de travesura le ilumina la cara, su expresión es de animal que se prepara para cazar y sus crías, como yo, lo atestiguan.

Llegamos a la tienda y me dice: Te estás quieta. Ya dentro agarra una caja de cerillos, dos veladoras. Me da un cartón con dos palmos de leche. Mételo bajo tu faldón. Solo paga los cerillos y las veladoras. Yo abrazo nuestro cartón de leche. ¿Así se hacen las crías, sintiendo que hay una felicidad clandestina bajo tu entraña?

La bisabuela Lucía ya nos espera cinto en mano cuando llegamos. Salen insultos de su bozo como matas de yerbamala. Palabras que no entiendo. Flores desconocidas. Más tarde de la golpiza yo recojo el coagulito que mamá escupió y lo guardo: Te voy a cuidar para que crezcas fuerte. Elisa, tendida en el suelo, se amorata. Muestra su herida en secreto. De su hocico brotan más coagulitos. Flores desconocidas. Las beso todas y les pongo sus nombres: Sirena. Alhelí. Flor de azahar.

Bisabuela hierve la leche en el pocillo y la saborea como ninguna otra, a sorbitos, riendo.

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Primer premolar derecho (daja)

Me acuerdo de mi pasado en el pueblo a solas durante el alba, trepada en lo alto del naranjo, atisbando el límite del río, soñando ya el fin del mundo. Recuerdo la muerte de mi padre, el que arrullaba la milpa. La cicada bajaba y se acurrucaba en los surcos de mi mente que sufre de inmemoria y ansina[1] ya lloraba mientras la piedra del sol quebraba la luz. El coyote cantaba para recibir el día y el día, ya quebrado, escuchaba mi voz invocar sucesos viejo

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