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No se me ocurre otra explicación...
Colette observaba la granja con detenimiento, como si la acechara un peligro que no identificaba. Lo tenía delante, lo sabía, pero miró inquieta hacia un lado y aguzó el oído. En el campo, sólo se oía el zumbido de las moscas y el murmullo intermitente de las hojas de los castaños. Lo más ruidoso era su corazón; a punto de estallar, le latía en las sienes. De pronto, se estremeció. El perro debía de haberla olido porque había empezado a ladrar con furia. Esa mala bestia, del tamaño de un ternero, se escapaba constantemente y atacaba sin motivo, y ya había mordido a más de uno. Desde la visita de los gendarmes, Macagne lo ataba durante el día. Era el único que se le podía acercar.
Y Joseph.
El gato de Colette y aquel perro se odiaban. Joseph cruzaba el campo, desafiándolo, y se instalaba en la primera rama del tilo, casi hasta donde daba la cadena. El perro se volvía loco. Luego Joseph procedía a asearse sonriendo y sin dejar de mirarlo fijamente. Colette había visto esa escena muchas veces.
Pero ahora quien debía preocuparse por la longitud de la cadena era ella.
La granja era un edificio alargado con el granero arriba y un patio grande y polvoriento delante que, en cuanto terminaba la estación seca, se embarraba con el primer chaparrón. A la izquierda tenía un garaje para la maquinaria (básicamente, un tractor, un Renault D22 modelo R-7052, de un rojo todavía flamante, porque sólo llevaba allí un mes); y a la derecha, un conjunto heterogéneo de talleres y cobertizos donde Macagne guardaba sus herramientas.
Y sus productos.
Con cautela, Colette retiró la paja que ocultaba el agujero que había abierto en la alambrada que daba a la parte de atrás de la casa, convencida de que por allí podría entrar en la propiedad sin ser vista.
La primera vez, había intentado levantar la valla para pasar por debajo, pero, aunque era alta para sus diez años, no tenía bastante fuerza. Al día siguiente, con la cizalla de su abuelo, tampoco le había resultado fácil, pero al final había logrado cortar un trozo suficientemente grande de malla metálica para pasar sin desgarrarse la ropa.
Colette se quedó quieta.
El perro se calló.
Le entraron ganas de salir corriendo, pero esperó. El corazón le palpitaba con fuerza y le costaba respirar. Se le nubló la vista; todo daba vueltas a su alrededor. Tuvo que apoyarse en la verja. El frío y la solidez de la valla la calmaron.
El paisaje se estabilizó.
Volvieron lo ladridos.
Colette se decidió.
Respiró hondo una vez más, se tumbó boca arriba en el suelo, pasó los pies por la abertura, se arrastró sobre la espalda y se levantó al otro lado.
Había elegido ese momento del domingo porque sabía que Macagne no volvería hasta el anochecer: con la excusa de jugar al 421, se quedaba empinando el codo en el bar de la plaza con su compinche Daniel. Pero ella debía estar de vuelta en casa antes de que advirtieran su ausencia, y su madre tenía una intuición terrible para esas cosas.
Sacó el cuchillo de cocina que sujetaba dentro del bolsillo y avanzó con sigilo por el sendero en dirección al cobertizo.
—Loulou, ¿has visto mi cuchillo de cocina, el del mango negro?
Angèle no oyó la respuesta: sus cuatro nietos se movían a su alrededor gritando y blandiendo las cucharas.
En realidad, sólo tres, porque Philippe seguía en su taburete, mirando a sus primos con superioridad, como si los contemplara desde un pedestal.
—¿No vienes a tomarte el chocolate, cariño? —le preguntó su abuela.
—No —respondió el niño con soberbia—, mamá no me deja.
Mamá no quería que se ensuciara y se manchara la ropa. Aunque el pequeño se mostraba orgullosamente conforme con esa prohibición, Angèle sabía que la respetaba a regañadientes. Se cruzaba de brazos en señal de rechazo, pero no dejaba de mirar a Annie, un año más pequeña. De no ser por el mandato de su madre, se habría lanzado a rebañar el fondo de la cacerola con su prima, que le parecía guapísima incluso con los labios embadurnados de chocolate.
—Bueno, vamos a elegir las habitaciones para este verano —dijo Angèle.
Gritos de alegría.
Sabiendo cuánto les gustaba a sus nietos aquel ritual, Angèle lo repetía tres veces al año. Al volver de las vacaciones, se elegían las habitaciones para las Navidades; a principios de año, para Semana Santa; y en abril, se repartían los dormitorios para el verano. El resultado de esas duras negociaciones carecía de importancia. Al llegar la noche, cambiaban los cuartos unos con otros creyendo que su abuela no se enteraba.
Todos corrieron hacia la escalera, salvo Philippe, que cruzó las piernas: su decisión de no participar parecía un desafío, pero el deseo de seguir a Annie fue más fuerte que él. Suspiró y, por fin, se puso en pie cuan largo era (estaba muy alto para su edad).
En el piso de arriba, con Martine en los brazos, Angèle abrió la primera puerta.
—¿Qué te parece esta, Annie?
—¡No, ya la tuve la última vez!
Se le trababa un poco la lengua, lo que no impedía que fuera charlatana.
—¿Puedo dormir en la misma habitación que mi hermano? —preguntó Martine.
—Aquí es como en la escuela —decretó Angèle—. Las chicas con las chicas y los chicos con los chicos.
—Es que dormir en ésta me da miedo... —protestó la niña apretando contra ella su muñeco de peluche, del que nunca se separaba.
—Bueno, entonces vamos a ver la siguiente.
Al pasar junto a la ventana, Angèle miró fuera con inquietud.
Consciente de que Colette odiaba aquel ritual, no le extrañaba que se hubiera escapado para ahorrárselo. «Claro, es la mayor, lo encuentra pueril.»
¿Cuánto hacía que había desaparecido?
Angèle escrutaba la parte visible del parque, pero no veía a su nieta. Intentaba recordar la última vez que la había visto. De pronto Joseph se subió de un salto al alféizar y, con gesto nervioso, se puso a mirar también por la ventana.
Era un gato patilargo y con una oreja cortada que, en teoría, pertenecía a toda la familia Pelletier. Había vivido en casa de Hélène y en casa de François, pero al final se había quedado con Colette. Aquellos dos se adoraban.
Detrás de ella, los niños se impacientaban. Angèle reanudó su marcha por el pasillo. Joseph se quedó observando el parque.
—Entonces, ¿para quién va a ser la habitación azul?
Philippe seguía a los demás con desinterés. No participaba en el reparto de habitaciones, porque, a sus siete años, continuaba durmiendo con su madre.
—Ahora ya podría dormir solo, es mayor... —se aventuraba a decir de vez en cuando Angèle, preocupada por la situación.
Geneviève desechaba el argumento con un gesto de la mano.
—¡No sería capaz, lo conozco! ¡Además, ya sabe que los aries necesitamos nuestras rutinas!
Dado que Philippe no había dejado la cama de su madre desde que había nacido, la vida de pareja de sus padres era todo un misterio. ¿Cómo se las arreglaban? ¿Y cuándo? Las hipótesis que podrían barajarse no encajaban con la idea que uno tenía de Jean, de Geneviève y de ellos dos juntos. En realidad, para ceder el sitio a su hijo, Jean se había exiliado a una habitación al fondo del pasillo. Hacía siglos que Geneviève y él no tenían relaciones, quizá la última vez se remontaba a su viaje de novios.
—¿Tú sabes dónde está Colette? —le preguntó Angèle a Louis mientras bajaba la escalera precedida por los niños, que seguían peleándose por las habitaciones.
Louis salía de la cocina con tres botellas.
—¿No está contigo? —contestó distraídamente.
Siguió su camino al salón, donde las conversaciones se animaban.
Allí encontró a sus tres hijos: Jean, el mayor (al que también llamaban «el Gordito» porque de pequeño tenía un poco de sobrepeso, lo que no había cambiado con los años), y su mujer, Geneviève, repantigada en un sillón con una copa de oporto en la mano; un poco más allá, encendiendo un cigarrillo tras otro con la brasa del anterior, estaba François; y cerca de él, Hélène, que apenas había entrado en el cuarto mes de embarazo pero parecía a punto de parir.
Philippe, que había dejado el grupo de sus primos y se había reunido con los mayores, estaba sentado a los pies de su madre con la cabeza apoyada en sus rodillas. Una vez más, Jean pensó que su mujer trataba a su hijo como si fuera un animal de compañía: siempre lo tenía pegado a ella, rascándole distraídamente el cuero cabelludo.
Louis acababa de abrir una segunda botella de vino.
—De modo, Jean, que te vas de gira por los dominios de Kruschev... —dijo.
—No, no... —respondió su primogénito, confuso—. Voy a Praga, Checoslovaquia... ¡Eso no es la URSS!
—¡Pero también está detrás del Telón de Acero, córcholis! —dijo Lambert—. ¡Un país con un futuro prometedor!
El marido de Hélène repetía aquel lema del Partido Comunista con burlona satisfacción; era un bromista, no se tomaba nada en serio.
—Bueno, cuéntanos —le pidió Louis a su hijo.
—Pues nada, que Checoslovaquia nos regala un viaje a un grupo de empresarios para mostrarnos las maravillas de su tejido industrial.
—¡Bravo! —exclamó Louis volviendo a llenar las copas.
El señor Pelletier tenía una concepción democrática de las reuniones familiares: la conversación debía involucrar sucesivamente a cada uno de sus hijos y sus respectivos cónyuges, no dejar a nadie en la sombra.
Pero, aunque estaba contento porque Jean estaba gozando de su cuarto de hora de interés colectivo y él ya sólo tendría que preocuparse de los otros tres (nunca contaba a Geneviève, que no tenía ninguna dificultad para que le prestasen atención), estaba decepcionado. Habría preferido que su hijo fuera a la URSS, el país de la carrera espacial, que ahora dirigía aquel hombre con cabeza de mujik, grande y rubia, Kruschev, en lugar de a Checoslovaquia, un país del que no tenía nada que decir... Con el Gordito, la alegría nunca era completa... Incluso el éxito tenía algo de incierto, de provisional, cuando se trataba de su hijo mayor, pensaba el señor Pelletier.
—¿Visitarás el país? —preguntó Nine, la mujer de François, con su voz baja y suave.
Jean se azoró. Nine siempre le había gustado; era el tipo de mujer inaccesible para él. Quiso citar algunos sitios a los que irían; había leído y releído el programa cien veces, pero era imposible retener aquellos nombres checos.
—No, sólo Praga —dijo al fin; y temiendo que la respuesta no estuviera a la altura de las expectativas añadió—: ¡Pero veremos cosas muy interesantes!
La afirmación, demasiado genérica para despertar admiración, no le hacía justicia, porque la idea de aquel viaje había sido suya.
Tras leer en un artículo breve de la revista de la Cámara de Comercio que se crearía una delegación de empresarios franceses para realizar una «visita informativa» a Checoslovaquia, Jean había enviado su candidatura al ministerio que organizaba el viaje.
—¡No le veo ningún interés! —había declarado su mujer.
Evidentemente, cuando el ministerio aceptó su candidatura (Jean no se lo podía creer), Geneviève no se cansó de proclamar a los cuatro vientos que la visita sería tremendamente beneficiosa para «la reputación» de la empresa que ambos habían fundado.
Unos años antes, a Jean se le había ocurrido que la ropa de hogar podía venderse en grandes cestas, como en los mercadillos, así las clientas podrían rebuscar a placer para comprar toallas y fundas de almohada a precios muy económicos y, por tanto, de escasa calidad. Su propia mediocridad lo salvó, porque el Gordito siempre había carecido de intuición: la idea, tonta a más no poder, resultó ser tremendamente rentable, y les permitió abrir unos grandes almacenes en la place de la République, buque insignia de la empresa Dixie, que dirigía la misma Geneviève en persona. Por su parte, Jean ahora se pasaba la vida en la carretera, recorriendo Francia para visitar a los proveedores y supervisar sus cinco sucursales. Incluso se hablaba de una sexta.
—¿Esperas vender toallas de baño a los checoslovacos? —preguntó Lambert.
—¡Uy, no! —se apresuró a responder Geneviève—. ¡Son muy pobres!
Geneviève disfrutaba con las desgracias ajenas; compadecerlas le permitía parecer una mujer sensible y caritativa.
—¿No será peligroso? —preguntó Angèle.
—Las cosas han cambiado mucho, mamá —dijo Hélène.
—Aun así...
Angèle se ruborizó. Le habían venido a la cabeza las imágenes de la gente haciendo cola delante de las tiendas y había pensado en preparar un cesto con comida para su hijo, como si fuera a un pícnic en el bosque de Fontainebleau.
—¿Cuándo te marchas, cariño? —preguntó.
—El viaje está programado para el 11 de mayo —dijo Geneviève—. A mí también me habría gustado ir, pero...
Con una expresión un poco apenada, hizo un gesto con la cabeza en dirección a su hijo. Nadie comprendió qué había querido decir con eso.
Hélène se volvió hacia su hermano François.
—¿Acompañarás tú al Gordito?
Dos años antes, con los directores de Le Journal du Soir, François había creado Edición Especial, el primer magazine informativo de la televisión francesa. Era un éxito espectacular. Todos los meses, a la hora programada, uno de cada tres franceses se sentaba delante de la pantalla en blanco y negro para ver una serie de reportajes sociales o políticos, entrevistas a jefes de Estado extranjeros o incursiones en el mundo del cine o la música.
Cuando Jean le contó que se había organizado aquel viaje, François le propuso que un equipo de televisión acompañase a la delegación. Y, ¡oh, sorpresa!, las autoridades checoslovacas dieron su autorización. La noticia causó mucho revuelo entre los periodistas, dadas las escasísimas oportunidades de entrar en territorio comunista. La negociación había sido difícil, y lo que se podía filmar, objeto de duros debates. Hubo que movilizar a la diplomacia, pero finalmente se había conseguido.
—No, no seré yo —respondió François—. Serán Goulet y Vertbois. Yo he de rematar un reportaje sobre energía nuclear.
—Muy interesante, también —dijo Louis, que no se había perdido una sola emisión del magazine (cuando se anunciaba el nombre de François Pelletier, el corazón siempre le daba un brinco de alegría).
Sin embargo, había calificado el tema de «interesante» con una voz sensiblemente más baja, más apagada, y todas las miradas se habían vuelto discretamente hacia Angèle, que por suerte estaba ocupada anudándoles las servilletas en el cuello a sus nietos...
Dos semanas antes, él y la señora Pelletier habían ido a ver La hora final. Ella adoraba a Gregory Peck —un actor que a Louis le parecía sobrevalorado—, y se había identificado totalmente con el sufrimiento de aquellos pobres australianos condenados a esperar una nube radiactiva que ya había devastado Estados Unidos. Había visto la película, ese mundo asolado en el que toda la población, con una simultaneidad sorprendente, se atrinchera en los edificios, en las viviendas —Dios sabe dónde, porque no había ni un alma en la calle—, con el corazón encogido. Esa reacción unánime de la gente había impresionado a Louis, que había encontrado un gran parecido entre aquel escenario desierto y la ciudad de París en el mes de agosto. Angèle había salido del cine llorando. Anthony Perkins le había recordado a Étienne, su difunto hijo pequeño, y el momento en que el actor le pide a un médico una pastilla para «suicidar» a su bebé se le había clavado en el alma. Luego ella misma se había burlado de su sensiblería, pero la verdad era que estaba obsesionada con la bomba atómica desde Hiroshima, para consternación de Louis, que seguía tan fascinado por la energía nuclear como por cualquier otro avance tecnológico.
Todos creyeron que Angèle andaba ocupada con los niños y no había oído la palabra «nuclear», pero se equivocaban.
—Espero que tu reportaje hable de la lluvia radiactiva...
Era la gran preocupación; los periódicos la mencionaban con frecuencia. Louis soltó un discreto suspiro.
—¡Te he oído, Louis, no disimules!
—Suspiro porque te dejas impresionar.
—¿Ah, sí? —El rostro de Angèle había adquirido el tono rosáceo que acompañaba sus estallidos de cólera—. Porque, naturalmente, crees que el polvo de vuestras porquerías no vuelve a caer al suelo, que no se posa en la hierba que comen las vacas, que la leche que les damos a los niños está libre de toda sospecha... —Antes de que su marido pudiera contestarle, tapó la copa con la palma de la mano para que no volvieran a llenársela y le preguntó a François—: ¡En fin, François, díselo tú! ¡Tu periódico lo ha explicado veinte veces! Al parecer, son los cereales los que transportan el polvo radiactivo, ¿o me equivoco?
François, demasiado precavido para tomar partido en un tema que enfrentaba a sus padres, se limitó a hacer un gesto neutro que podía significar cualquier cosa y satisfacía a todo el mundo.
—Pero, cariño... —empezó a decir Louis en un tono docto y paciente, deseoso de hacerse entender—. Te lo han dicho y te lo han repetido: la radiactividad de la atmósfera sólo es peligrosa durante los minutos que siguen a la explosión.
—¿Ah, sí? Y después, ¿qué? ¿Se evapora?
—No, pero en ese momento no es más nociva que un examen con rayos X. ¡Un lavado con agua y jabón, y sanseacabó! —Esta vez la que suspiró fue Angèle—. Y para empezar —continuó Louis, que se sentía en vena— la radiactividad no es nociva en sí, ¡al contrario!
—¡No me digas! ¿Es buena para la salud?
—¡Naturalmente! ¿Crees que, de lo contrario, el gobierno permitiría que un agua mineral presumiera de ser radiactiva?
Era un argumento bastante torticero: el caso se remontaba a los años treinta.
Lambert hizo un gesto torpe y volcó la copa de vino. Todos se apartaron enseguida y Angèle se precipitó servilleta en mano. Hélène sonrió discretamente a su marido, maestro consumado en el arte de la distracción.
Lambert siguió a Angèle a la cocina. Había que echar sal en la mancha del pantalón enseguida, era el mejor remedio. A Angèle le caía bastante bien su yerno, aquel larguirucho de rostro risueño que siempre estaba de buenas y nunca decía una palabra más alta que otra. «Debe de ser estupendo vivir con un hombre al que todo siempre le va bien», se decía. No acababa de comprender su afición a... nunca recordaba el nombre, una palabra inglesa... había visto fotos... una especie de coches muy bajos, sin carrocería, que por lo visto corrían mucho y en los que el conductor iba sentado como una rana. Eran su pasión, cualquiera lo entendía...
Entretanto, Louis observaba a sus hijos, enfrascados en la conversación. Estaba orgulloso de ellos, a todos les iba bien.
François tenía un buen sueldo en Le Journal du Soir y cobraba otro tanto en la televisión, sin contar con que Nine había recibido una herencia considerable. Vivían en un piso estupendo, en la rue de la Cerisaie.
Hélène tampoco podía quejarse. Lambert, que había dejado el periodismo, había retomado su trabajo en la correduría de seguros al morir su padre, y el negocio marchaba viento en popa. Vivían en el barrio del ayuntamiento.
En cuanto a Jean, iba camino de hacerse rico, algo increíble porque era un chico que nunca había destacado en nada. El matrimonio vivía en un piso de lujo en la avenida de Maine. Geneviève, con la excusa de que se encargaba de los grandes almacenes, tenía servicio: una cocinera, dos veces por semana, y los martes, una mujer de la limpieza. Además del empleado que la llevaba cada día al trabajo. Geneviève había hecho ese trayecto en taxi mucho tiempo, pero le parecía un gasto excesivo, así que ahora usaba una furgoneta de Dixie como coche de empresa con chófer. El piso era bastante grande, e incluso contaba con dos cuartitos abuhardillados que Geneviève alquilaba siempre que podía a «estudiantes pobres», como decía ella, de esos que pagan un precio prohibitivo por una caja de cerillas, helada en invierno y achicharrante en verano, y con el baño en el rellano.
—Es por hacerles un favor... —decía bajando los ojos, como una monja en el confesionario.
—¿Dónde está Colette? —preguntó Philippe con su habitual desgana.
—¡Es verdad! —exclamó Geneviève, súbitamente indignada—. ¡Estamos en familia, y ella desaparece! Por amor de Dios, Jean, ¿a qué esperas?
Jean dejó la copa en la mesa y abandonó el salón sin tener la menor idea de qué dirección tomar o de dónde buscar a su hija... No saber lo que debía hacer era una constante en su vida.
En realidad, la ausencia de Colette no sorprendía a nadie.
Cuando llegaba su madre, la niña se escabullía enseguida.
Geneviève la había detestado desde el primer día porque ella siempre había querido un varón (más adelante se convenció de que, como la niña era géminis y ella sagitario, las cosas nunca podrían ir bien entre las dos). Desde su nacimiento, su caótica convivencia había estado salpicada de todo tipo de accidentes domésticos, desde caídas de la trona a cortes con un cuchillo de cocina pasando por la ingesta de lejía: la vida de la pequeña había pendido de un hilo muchas veces, hasta que un día sufrió una misteriosa caída por la escalera y acabó ingresada en Lariboisière con pronóstico reservado. Colette tenía tres años.
Durante las horas de angustia en el pasillo del hospital, nadie tuvo el valor de preguntarle a Geneviève por las circunstancias de un accidente que nadie podía explicarse y del que no había testigos, y cuando la niña estuvo fuera de peligro —«¡Es dura!», se había felicitado Geneviève—, ya era demasiado tarde para hacerlo, el incidente había quedado relegado al pasado.
No obstante, aquel suceso, que a punto estuvo de acabar en tragedia, les marcó a todos. Hélène, hermana de Jean y madrina de la niña, la visitaba aún más a menudo. «Estoy un poco preocupada», le decía a Nine. Todos compartían esa inquietud.
Cuando Geneviève volvió a quedarse embarazada, Angèle, con la excusa de «ayudar a mi nuera», les propuso que Colette se fuera a vivir una temporada a Beirut, donde Louis y ella residían.
Así que Colette había dejado París y a su madre, para alivio de todos.
Jean también se quedó más tranquilo sabiéndola a salvo, pero la partida de su hija lo dejó acongojado. No pasaba semana sin que le mandara una postal, de Lille, de Brest, de Marsella, con algún mensaje cariñoso. Pedía fotos de la niña a sus padres (escribía la fecha en el dorso con su letra redonda y escolar, y las guardaba, a espaldas de su mujer), le mandaba pequeños regalos y daba todo tipo de recomendaciones inútiles a su madre, en las que ella veía otras tantas pruebas de amor, añoranza y mala conciencia.
En Beirut, Colette había crecido «como una flor», en palabras de su abuelo. Tenía facilidad para estudiar y, con poco esfuerzo —porque el mínimo siempre bastaba—, aprobaba todas las asignaturas. Para Colette, siempre tan pragmática, era importante sacar buenas notas. Lo consideraba un modesto precio a pagar para seguir disfrutando de esa paz regia en casa de sus abuelos (a Louis le maravillaba y sorprendía la regularidad de los resultados escolares de Colette), porque estaba convencida de que si suspendía su madre tendría el pretexto perfecto para reclamarla.
Pero a Geneviève esa posibilidad ni se le pasaba por la cabeza. De hecho, nunca hablaba de su hija; por fin había traído al mundo a un chico, Philippe, «un guapo niño rubio criado con nata y bollos», decía citando a Víctor Hugo, autor del único poema que había aprendido en la escuela.
Sin embargo, aunque podría parecer que se había olvidado de Colette, no era así en absoluto. En realidad, sufría; se sentía víctima de una injusticia. Philippe la había colmado de felicidad, pero no entendía por qué había tenido que engendrar antes a una niña. Le parecía un precio excesivo. Por suerte, madre e hija vivían separadas por tres mil kilómetros, y la primera sólo recorría esa distancia una vez al año («A Philippe no le sienta bien viajar», le explicaba a su suegra).
Nada más verla, Geneviève le decía en tono autoritario:
—¡Vamos, ven a darme un beso!
Y entonces, Colette se acercaba, con miedo y ganas de salir corriendo, y le rozaba la mejilla con los labios, oliendo su perfume, que le revolvía el estómago, mientras ella le decía en voz baja:
—Ay, nunca has sido muy guapa, pobrecita mía, y eso no tiene remedio.
O bien:
—¡Qué trenzas, Dios mío! ¡Parecen cañerías roñosas!
O si no:
—Cada vez tienes más pecas, pareces un huevo de oca.
Y siempre que iba a ver a la niña a Beirut se marchaba lo antes posible.
—Nos quedaríamos más tiempo, ¿verdad, Jean? Pero Philippe no está bien; no le prueba el clima de esta ciudad.
Durante cinco años, ese arreglo había sido muy cómodo para todos.
Nadie había contado con que la situación en Oriente Próximo cambiaría radicalmente en 1956, cuando Egipto nacionalizó el canal de Suez y puso en peligro los intereses de Francia, debilitados ya por la crisis argelina. La respuesta de Francia e Inglaterra no se hizo esperar: ambos países emprendieron una ofensiva militar, que, unida a su apoyo a Israel, condujo a una catástrofe diplomática.
En Siria y Jordania, los manifestantes se encarnizaron con las escuelas francesas e incluso quemaron un convento —las hermanas dominicas tuvieron que huir—, se lanzaron artefactos explosivos delante de la embajada de Francia en Damasco... Que el presidente de Egipto prestara ayuda a los independentistas argelinos, contra los que luchaba Francia, no hizo más que agravar la coyuntura.
¿Se extendería al Líbano el sentimiento antifrancés?
Para sorpresa de Louis, su mujer empezó a leer el periódico todos los días, cosa que nunca había hecho antes. En cuanto a Angèle, pasaban las semanas y veía a su marido con el ceño cada vez más fruncido, lo que no presagiaba nada bueno. A Louis le preocupaba, sobre todo, que el Líbano se estuviera planteando hacer pagar el impuesto de sociedades a las empresas extranjeras. Lo consideraba escandaloso e inmoral.
Ese verano, le preguntó a Angèle de sopetón:
—Cariño, ¿qué te parecería volver a Francia?
Lo dijo como si fuera una nadería que se le acabara de ocurrir.
—Es una muy buena idea, Loulou.
Angèle sabía mejor que nadie el sacrificio que esto representaba para Louis: tendría que deshacerse de la jabonería, la empresa que había creado de la nada y asegurado el bienestar de la familia, y que él llamaba «la joya de la corona». Le invadió una oleada de amor tan grande por aquel hombre que apenas podía respirar.
—¿Te ocupas tú? —le preguntó con lágrimas en los ojos.
—Dalo por hecho, cariño —respondió Louis sonriendo.
Unos días más tarde, le anunció que ya tenía un candidato para comprar el negocio.
Cuando les comunicó que había vendido la fábrica y que regresaban a Francia, sus hijos se quedaron de piedra. Luego, digerida la sorpresa, se preguntaron por las consecuencias de ese regreso.
Hélène temía que su madre la atosigara con sus consejos sobre la educación y crianza de los niños. Y François no soportaba la idea de que su padre le diera «lecciones de vida» a todas horas. Por su parte, Geneviève, le dijo a Jean:
—¡Tus padres vuelven porque están mayores! ¡Si esperan que los cuide yo, van listos! Además, Venus está retrógrado en Leo y... ¡Bueno, yo ya me entiendo!
Sin embargo, todos se calmaron enseguida, porque el matrimonio Pelletier se instaló en una gran casa a treinta kilómetros de París, en Le Plessis-sur-Marne, «¡con estación de tren!», les recalcaba Louis sin reparar en que todos tenían coche.
Su regreso a Francia, país que habían abandonado en los años veinte, implicaba el de Colette.
Pero, si unos años antes a todos les había parecido razonable que la niña se fuera a vivir lejos con sus abuelos, ahora no parecía tan lógico que siguiera con ellos estando a unos pocos kilómetros del lugar donde residía su madre.
Sin embargo, Jean ya era feliz con tenerla cerca, y Angèle y Louis estaban decididos a conservar su custodia, porque toda la familia, empezando por Colette, temblaba al pensar en lo que podía ocurrir si Geneviève decidía hacer valer sus derechos sobre lo que ella llamaba su «descendencia».
Lo que, naturalmente, no tardó en hacer.
En todas sus visitas, Geneviève hablaba del momento «cada vez más cercano» en que su hija debería «volver a casa». Ese mes no sería posible, pero tendrían que organizarlo pronto. No daba ninguna razón para la demora; la idea flotaba en el aire como una nube cargada de lluvia. A veces incluso se presentaba con una maleta: «Para las cosas de la niña.» La dejaba en la entrada, donde permanecía lo que duraba la visita, como símbolo de la catástrofe que se avecinaba. Cuando Geneviève se iba por fin, la subían al granero con alivio. Colette había empezado a tener brotes de soriasis.
—¡Ven a sentarte aquí! —le decía su madre los domingos que comían en familia.
Y la pequeña se quedaba allí sentada, quieta como una estatua, con los ojos clavados en el mantel.
—Y ponte derecha, o te saldrá joroba —añadía Geneviève en voz baja para que no la oyera su suegra—. Tienes que fijarte más en tu hermano.
A sus siete años, Philippe era mucho más alto que la media, pero no andaba con una postura especialmente erguida, se ponía perdido comiendo, siempre iba vestido como un mono de circo y no se separaba de las faldas de su madre, a la que siempre contestaba en un tono exasperado. Pero a Geneviève le parecía perfecto.
—A ver, ¿dónde está Colette? —preguntó Philippe de mal humor.
—¡Es increíble! —convino su madre mirando a todos lados—. ¿Qué tontería debe de estar haciendo?
Atado a la cadena, el perro se lanzaba hacia ella con tal furia que Colette paró en seco. El animal tenía los ojos desorbitados y sanguinolentos y sacaba espuma por la boca.
Colette calculó una vez más la distancia y corrió hasta la puerta. En su anterior visita, se había encontrado con un cordel atado entre un clavo curvado y lo que quedaba del pestillo. Como el nudo estaba muy apretado y no consiguió desatarlo, al final tuvo que renunciar.
Esta vez, se había llevado un cuchillo, pero no lo necesitó porque la puerta estaba entreabierta... No se lo esperaba. ¿Habría alguien dentro? Cuando estaba a punto de dar media vuelta, se aventuró a empujar la puerta...
Nadie.
Entró a toda prisa y cerró la puerta.
Una ventana polvorienta dejaba pasar unos pocos rayos de luz gris. Herramientas viejas, utensilios inservibles. Apoyada en la pared, vio una escalera de mano con varios travesaños rotos y reparados a toda prisa. Todo estaba estropeado o se caía a pedazos. Macagne sólo arreglaba lo que necesitaba, con tornillos sobrantes y trozos de cable eléctrico. Era desidia, pero seguramente también tacañería. La penumbra y el polvo que flotaba en el aire, además del miedo por haber entrado sin permiso, le dieron ganas de salir corriendo. Lo habría hecho si no hubiera visto en la pared del fondo unas estanterías de madera peligrosamente combadas bajo el peso de decenas de bidones, pulverizadores y cajas de cartón llenas de productos en polvo.
No pudo evitar acercarse.
Pensar en el doloroso espectáculo de sus abejas le dio el valor para hacerlo.
El abuelo Louis había encontrado una colmena olvidada en el granero poco tiempo después de haberse instalado en Le Plessis.
Le parecía un objeto bonito y pensaba quitarle la tapa y utilizar el recipiente como maceta para sus geranios.
—Es original, ¿no?
Pero Colette, que se había enamorado de ella nada más verla, se la apropió y frustró el proyecto de decoración floral de su abuelo. El jardinero de los Pelletier, el señor Gosset, un ferroviario jubilado que vivía solo en una modesta casa a las afueras del pueblo y tenía nostalgia del campo, la ayudó a restaurar la colmena (las horas las pagaba el abuelo).
—¿No pensarás poner las abejas aquí? —había gruñido la abuela—. ¡Las tendremos zumbando todo el santo día!
La niña no se amedrentaba fácilmente y no tardó en hacerse con un enjambre.
Tras duras negociaciones, la abuela aceptó las abejas a condición de que la colmena estuviera lejos de la casa, junto al seto que separaba el huerto de Macagne del «parque de los Pelletier», como Louis esperaba que se llamara su terreno en tres o cuatro generaciones.
De vez en cuando, el señor Gosset pedía prestado un traje y un ahumador a un apicultor de la zona para poder cuidar la colmena.
La danza de las abejas y su industriosa e incesante actividad fascinaron rápidamente a Colette, que —nunca se supo cómo— consiguió viejas revistas de apicultura y las leyó con fruición. En cuanto llegaba de la escuela, salía disparada hacia el seto. Se pasaba horas observándolas, e incluso dejaba que las abejas le pasearan por la palma de la mano. Fue ella quien detectó la presencia de varroa en la colmena y consiguió erradicarlo con fluvalinato, tras enfrentarse al señor Gosset, que pretendía utilizar ácido oxálico. Colette anotaba sus observaciones en un cuaderno que guardaba bajo el colchón cuando se acostaba. También dibujaba gráficos.
—¿Qué es esto? —le preguntó Angèle un día.
—¿Registras mi habitación?
—No, pero, como no haces la cama, tengo que hacerla yo, y este cuaderno me ha caído a los pies.
—¡No tenías por qué abrirlo!
Colette intentó quitárselo de las manos, pero su abuela fue más rápida.
Era un dibujo que representaba una serie de cuadraditos colocados al tresbolillo a lo largo de lo que parecía una hilera de árboles. O setos.
—¿Esto no será un plano de...? ¿No estarás pensando en poner más colmenas? —Angèle contó veinticuatro cuadraditos—. ¡Louis, me niego a que Colette transforme nuestro jardín en una empresa apícola! ¿Me oyes?
—Por supuesto, cariño.
No obstante, cuando a Colette no le llegaron sus ahorros para comprar una segunda colmena, el abuelo le dio lo que faltaba: «¡Con la condición de que tu abuela no se entere!»
—¿Te crees que me chupo el dedo? ¡No quiero ni oír hablar de una tercera colmena! ¿Entendido? ¡En verano el jardín se volverá invivible para los niños! —le dijo Angèle a Louis unos días después.
Era evidente que los dos estaban locos por su nieta.
—¿Cuánta miel recolectarás? —le preguntó Louis, entusiasmado.
—No la recolectaré, abuelo, la miel no es mía. Es de las abejas.
—Ésta sí que es buena... —dijo, decepcionado.
Y, de pronto, todo se fue al garete.
Las abejas empezaron a moverse cada vez más deprisa, presas de una excitación irrefrenable. Volaban muy rápido y no se paraban ni un instante, hasta que empezó a disminuir su actividad y, poco después, se replegaron sobre sí mismas, con las patas bajo el abdomen. Parecían desorientadas e incluso haber olvidado su propósito.
El señor Gosset se levantó la visera de la gorra y miró por encima del seto que los separaba del huerto del vecino, donde Macagne, al volante de su tractor, estaba rociando las hileras de manzanos y ciruelos con una nube de producto protector.
—Las abejas deben de libar esa porquería y traérsela a la colmena —apuntó—. No se me ocurre otra explicación...
Colette pensó que lo mejor sería que su abuelo tratara el asunto con Macagne, pero el abuelo rebosaba admiración por los progresos de la agricultura moderna en general y por su vecino en particular (¡a veces podía quedarse toda una hora mirando cómo trabajaba!).
—¡Es increíble los avances que trae la tecnología! —decía a su regreso.
Colette se sentía impotente.
Pero se había armado de valor y se había presentado en la granja.
2
Habrá que arreglarlo de otra manera
En otros tiempos la familia Macagne había sido una de las más ricas de Le Plessis, pero de esa antigua opulencia sólo quedaban los campos de árboles frutales, varias parcelas en barbecho, un gran edificio principal de mampostería y un puñado de destartalados cobertizos cuyas puertas se oían crujir con las primeras tormentas.
Y una fama pésima.
Macagne padre, hombre desconfiado y voluble, y alcohólico impenitente, había muerto en una cuneta la noche de su cuarenta cumpleaños, y desde entonces su esposa, una mujer menuda, avinagrada, avara, resistente a todo, clamaba a Dios Todopoderoso para que mandara enfermedades incurables a sus vecinos y la ruina a todos los demás. Seca y nervuda como un sarmiento, se despertaba y acostaba con el sol, pero se pasaba el día echando pestes de todo el mundo y en particular de sus hijos, unos inútiles y unos vagos. A veces, se quedaba quieta mirando el horizonte un buen rato, y era imposible adivinar lo que se cocía bajo el pañuelo retorcido que le cubría la sesera; luego, reanudaba su tarea. La gente decía que lanzaba hechizos. Las carretas de paja y de heno evitaban bordear sus campos desde que un carro, que había traqueteado victoriosamente por las dos terceras partes del municipio, volcó mientras la señora Macagne lo miraba negando con la cabeza con escepticismo desde la puerta de la granja. Lo único que tuvo en común con su difunto marido fue que una buena mañana la encontraron tendida en su huerto. Los empleados de la funeraria tuvieron que echar mano de todo su ingenio para abrirle la mano derecha, con la que seguía aferrando el mango del cuchillo de podar.
Los vástagos de este matrimonio unido por la malignidad, el rencor y la avaricia, los hermanos Macagne, eran bastante diferentes entre sí. Los dos habían heredado el temperamento pendenciero de su padre y la obstinación animal de su madre, pero el mayor (cuyo nombre de pila nadie recordaba, todos lo llamaban simplemente «Macagne») era, desde la adolescencia, un indolente larguirucho rematado por una gran cabeza, mientras que Aimé, el pequeño, era fornido, vivaracho y robusto. Ninguno había llegado más allá del graduado escolar, y su rivalidad en la granja había abierto un nuevo capítulo en la historia de la familia y el pueblo. No era raro que en la taberna llegaran a las manos, como ya hacían en casa, en la feria de ganado, en la de atracciones, en la calle, en el ayuntamiento, en el mercado, en la oficina de correos y bajo la ventana de Francine, a la que ambos cortejaban y que, prudentemente, prefirió casarse con un recaudador de impuestos y marcharse a la ciudad.
A la muerte de sus padres, Macagne, en su calidad de primogénito, consideró que su hermano tenía que obedecerlo en todo. Los insultos y las peleas no cesaban. En las crónicas del pueblo se perdió la cuenta. Ambos estaban en profundo desacuerdo sobre la gestión de la granja. Aimé, un incondicional de las nuevas técnicas y el maquinismo, soñaba con tractores y cosechadoras, mientras que el tradicionalista Macagne consideraba que el pulverizador manual ya era el súmmum de las concesiones a la modernidad.
Tras cuatro años de antagonismo, Aimé fue llamado a filas. Para Macagne, eso supuso otro motivo de rencor hacia su hermano, porque a él lo habían declarado inútil (le habían encontrado un soplo en el corazón, aunque nunca le había causado la menor molestia). Se sintió muy humillado. Ahora Aimé estaba en el norte de África, «en algún lugar de la Argelia profunda». Los dos hermanos no se habían escrito ni una sola vez.
Macagne era un tipo alto con la cara delgada y una barba tremenda que sólo dejaba a la vista el brillo de sus ojos negros. Por su brutalidad, envergadura y aspecto salvaje, incluso quienes nunca habían tenido trato directo con él decían que «no te gustaría encontrártelo de noche en mitad del bosque». Cabe añadir que era un adán que se lavaba de higos a brevas.
Cuando su hermano se marchó al ejército y se vio solo en la granja, liberado del peso de su rivalidad, pensó que Aimé tenía algo de razón, aunque jamás lo habría confesado. Las granjas de los alrededores se habían equipado con todo tipo de maquinaria, y ante el espectáculo de los sistemas de irrigación y las cosechadoras a motor, él también empezó a soñar. Por desgracia, su concepción de la modernidad seguía siendo bastante primitiva, básicamente consistía en conducir un tractor. Poco a poco abandonó la cochiquera, las conejeras, el gallinero y, por fin, el huerto, que ahora invadían las malas hierbas. Descuidó las parcelas que antaño habían dedicado al trigo, la cebada y el maíz, y se concentró en los árboles frutales y en un enorme cuadrilátero, situado detrás del antiguo establo, en el que cultivaba una impresionante cantidad de calabacines y calabazas de todo tipo, que a lo largo del año le servían para calmar los nervios. Cuando montaba en cólera, alineaba una docena sobre la cerca y les disparaba con una escopeta de caza.
Aún no había cumplido los treinta, pero parecía diez años más viejo.
A Colette le daba miedo.
Había ido a verlo, pero se había quedado a bastante distancia. A Macagne no pareció importarle.
Plantado en mitad del patio con las manos metidas bajo el cinturón, se limitaba a pasarse el cigarrillo de un lado a otro de la boca con la punta de la lengua y a mirarla de un modo extraño.
—¿Con qué espolvorea usted sus árboles?
Ante su falta de reacción, Colette habría podido pensar que no había oído o comprendido la pregunta; se disponía a repetirla cuando Macagne se decidió a hablar:
—¿Por qué lo quieres saber?
—Por mis abejas... Están enfermas.
Macagne se echó a reír y luego escupió a sus pies.
—¡Insectos enfermos! Nunca he oído una tontería semejante. Y, de todas formas, ¿a mí qué me importa? Hay abejas por todas partes, ¿qué más da un enjambre más o menos? —Macagne, que ahora la miraba de un modo distinto, inclinando ligeramente la cabeza, añadió—: Oye, ¿sabes que eres bastante mona? ¿Cuántos años tienes, a ver?
Colette se quedó sin respiración.
Aún era una niña, por supuesto, una niña con la cara redonda, pecas, ojos vivos, una bonita cabellera pelirroja que odiaba y se recogía en dos trenzas, y un flequillo recto y bastante largo —para desesperación de su abuela: «Pareces un perro pastor de los Pirineos»—, pero ese aspecto infantil se estaba difuminando poco a poco con la aparición de rasgos que dejaban entrever a la adolescente.
—Muy mona, sí señor...
Macagne, que sonreía de oreja a oreja, dio unos pasos hacia ella.
Colette salió huyendo al instante.
Lo oyó soltar una carcajada a su espalda.
Unos días más tarde, la actividad de las abejas se redujo aún más. Regurgitaban la miel y se arrastraban por el suelo durante agónicos minutos antes de morir.
—Las abejas viven y luego mueren, punto —dijo Angèle—. ¡Como si no pudieran coger enfermedades!
—Sí, podrían ser muchas cosas, a saber... —convino Louis.
—¡Macagne espolvorea cosas sobre sus árboles!
Louis se molestó.
—¡Piensa un poco, cariño! ¿Crees que el señor Macagne utilizaría productos nocivos para las abejas cuando las necesita para sus frutales? ¡Vamos, es ridículo!
El señor Gosset, que había sido un asalariado toda su vida, no quiso contradecir al señor Pelletier, pero su escepticismo saltaba a la vista.
—Te compraremos otro enjambre —propuso Louis—, ¿verdad, señor Gosset?
Colette se marchó llorando, estaba tremendamente enfadada con su abuelo, su abuela, el jardinero y toda la humanidad.
Por la mañana, había tomado una determinación. Quería confirmar sus sospechas, e iba a demostrarles que no estaba equivocada.
Decidió entrar en casa de Macagne por la fuerza. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Empezó a vigilarlo, a estudiar sus costumbres y observar sus idas y venidas, y planificó una visita al cobertizo donde guardaba sus productos.
La primera vez, había fracasado debido a la verja.
Pero estaba decidida, y había vuelto.
Ahora se encontraba allí.
En la penumbra, frente a las estanterías.
Fuera, el perro ladraba y tiraba con furia de la cadena.
Colette se acercó.
Unos bidones cuadrados rojos y verdes atrajeron su atención.
Paratox CL, emulsión concentrada
Insecticida para la agricultura
Leyó el recuadro de las «Instrucciones de uso»:
Realizar una pulverización abundante
en una proporción de 100 gramos por litro.
Y, más abajo, en letra pequeña:
Tóxico para las abejas (decreto del 17 de febr...)
¡Había (los contó: cuatro, ocho, doce...) veinticinco bidones!
Aún tenía el cuchillo en la mano y, no pudo evitarlo, apuñaló el bidón más cercano. La hojalata se rajó y la hoja del cuchillo se hundió...
Colette retrocedió rápidamente. Un líquido negruzco empezó a brotar. Arrancó el cuchillo y volvió a blandirlo, pero se detuvo y trató de escuchar. Era imposible concentrarse: le latía el corazón en los oídos.
Miles de partículas de polvo revoloteaban a su alrededor formando un halo sobrenatural en el interior del cobertizo.
El perro ya no ladraba.
Reinaba un silencio inquietante.
—¡A mí también me gustan los animales! —exclamó Geneviève—. Pero, francamente, las abejas, lo que se dice interesantes... —Repantigada en el sillón más grande del salón, hacía girar entre las manos la media copa de oporto que le había servido su suegro. Como no tomaba otra cosa, había una botella sólo para ella—. ¡Es verdad! —continuó en un tono más alto, como si alguien la hubiera contradicho—. ¡No son más que insectos! —Philippe se llevó las manos a los hombros y empezó a hacer «bzzz, bzzz». Geneviève le golpeó la cabeza con suavidad: «¡Serás bobo!»—. No, francamente, prefiero los gatos —añadió, aunque nunca había tenido uno y jamás le había hecho una caricia a Joseph.
Nadie le prestó la menor atención.
En la cocina Louis acababa de contarle el episodio de las abejas a François, en voz baja, porque no quería que Geneviève lo oyera y volviese a destapar la caja de los truenos.
—¡Todas muertas! ¡En quince días! Colette dice que son los productos del vecino...
De pronto, al recordar lo ocurrido, se le anegaron los ojos. François se sentía violento. Su padre ni siquiera hacía el ademán de secárselos. Le brillaban y François esperaba con inquietud el momento en que empezarían a resbalarle las lágrimas por las mejillas. «Setenta y un años...», pensó con una punzada de pánico, como si su padre se hubiera hecho viejo de golpe, sin que él se hubiera percatado. No sabía qué hacer y se quedó inmóvil. Louis movía la cabeza a derecha e izquierda mientras le daba vueltas a una idea que lo contrariaba. Entonces François hizo el gesto de abrazarlo, pero, al extender la mano, su padre lo malinterpretó y le dio el cestillo del pan para que lo llevara a la mesa.
Lamentando su torpeza, prometiéndose volver pronto para pasar más tiempo con él y sabiendo que seguramente no lo haría, François siguió al señor Pelletier y se detuvo un instante en el umbral, asombrado una vez más por la decoración de aquel enorme salón, que resumía por sí solo toda la neurosis paterna.
Su padre siempre había tenido sueños de patriarca: construir una dinastía era una idea que le obsesionaba. Eso implicaba un bien común, y la jabonería de Beirut había desempeñado ese papel durante tres décadas. Los hermanos Pelletier estaban convencidos de que regresar a Francia pondría fin a las ambiciones de su padre, pero se equivocaban por completo.
Efectivamente, Louis Pelletier había puesto sus esperanzas en aquella hermosa y gran casa antigua situada en medio de un terreno de tres hectáreas que incluía un parque y un huerto.
La había recibido en herencia un francés que vivía desde hacía más de treinta años en Australia. El hombre, que nunca había visto la casa, tenía tantas ganas de deshacerse de ella que la vendía sin siquiera vaciarla. Con sus muebles antiguos, parquets encerados, armarios llenos de ropa blanca, su cocina, con un horno ancestral, sus sillones de cuero, tapetes de ganchillo, alfombras de inspiración persa e incluso un piano vertical con la marquetería descascarillada, era el marco perfecto para las fantasías de Louis, que desde el principio actuó como si hubieran vivido en la casa varias generaciones de su familia. Se detenía ante fotografías de hombres tiesos y bigotudos con la mano apoyada en el hombro de una mujer sentada, de chavales en traje de marinero que sujetaban un aro o de niñas vestidas con una túnica blanca de primera comunión sosteniendo un misal. Con el paso de los meses, las historias y anécdotas curiosas que contaba a las visitas (y que hacían suponer que sus protagonistas habían sido antiguos Pelletier, aunque en realidad se las había oído explicar al notario que había gestionado la venta y había conocido a los antiguos propietarios) cobraron una pátina de certeza.
La casa representaba un gran cambio respecto al enorme y luminoso piso de Beirut, pero a Colette le gustó enseguida. Parecía un enorme trasatlántico que, al atardecer, se transformaba en un barco fantasma que nutría su imaginario con sus inquietantes tinieblas y misterios por desentrañar. En la casa y sus dependencias, Colette había descubierto tantos rincones y recovecos, tantas escaleras carcomidas y camarines insospechados, que muchas noches Angèle se inquietaba cuando llegaba la hora de la cena y enviaba a su marido a buscarla. Louis acababa encontrándola en cualquier lugar, inclinada sobre una novela, y le daba una lástima tremenda tener que interrumpirla para algo tan banal como comer. Le recordaba esa época de su infancia en que él también devoraba libros rezando para que no llegara nunca la última página, y un día se había quedado estupefacto al descubrir que Colette estaba enfrascada en Los tres mosqueteros.
—¿Tú también lees eso?
Con los ojos brillantes, se sorbió la nariz. Su profunda emoción, que no guardaba proporción con el descubrimiento, desconcertó a Colette, que se volvió hacia su abuela, tan enternecida como su marido.
—¡Ésas no son lecturas de chica! —dijo Angèle en tono desaprobador cogiendo el trapo para disimular.
A veces, Louis Pelletier parecía tener la edad de su casa; se aferraba a baratijas, repetía una y otra vez las mismas anécdotas, las mismas historias, las mismas gracias, tan viejas como el mundo, que sólo le hacían reír a él, sin percatarse de la penosa sensación que producía a su alrededor.
Así fue como ideó la manera de continuar con la tradición de la «procesión de los Pelletier», con la que todos los años se había conmemorado en Beirut la creación de la jabonería. En la «casa familiar» de Le Plessis-sur-Marne, cada comida dominical estaba precedida, a la hora del aperitivo, por una visita al huerto durante la que sus hijos debían maravillarse ante la buena salud de los árboles frutales (cuyo cuidado Louis confiaba al señor Gosset). Había que extasiarse delante de los manzanos, y Louis hacía admirar sus cerezos como antaño sus baños de aceite de copra, desplegando a la luz del día sus lacrimógenas emociones y sus repetitivas anécdotas.
François volvió junto a Nine y Lambert. Entre brindis y brindis, la conversación seguía sus meandros.
Angèle regresó de la cocina, de la que llegaban los aromas de la pierna de cordero.
—Un cuartito de hora más, y podremos sentarnos a la mesa —le susurró a su marido.
Y, sonriendo a Hélène y Nine, se sentó junto a ellas.
Con los años, las formas de Nine habían adquirido redondez, plenitud, pero su hermoso rostro de porcelana seguía expresando aquella curiosa mezcla de timidez y determinación que tal vez debía a las dificultades que había afrontado. Sorda desde la adolescencia, nunca había querido llevar un aparato auditivo ni aprender el lenguaje de signos. Consideraba que su sordera no lo justificaba. En realidad, era muy sorprendente, quizá una cuestión de frecuencia: podía seguir ciertas conversaciones y oír a su interlocutor por teléfono, pero, en cambio, no reaccionaba ante estímulos auditivos muy evidentes. Era bastante extraño. Sin embargo, aunque la percepción de Nine había mejorado un poco, lo que no se había arreglado era su voz. Temiendo gritar sin darse cuenta porque no se oía a sí misma, se había acostumbrado a hablar tan bajo que a veces era difícil entenderla. Se le atribuía un carácter individualista porque era introvertida, pero su generosidad había quedado ampliamente demostrada.
Angèle estaba tan orgullosa de ella como si fuera su hija.
Y, como si fuera su hija, esperaba verla de nuevo encinta. «Alain y Martine ya son bastante mayores —se dijo por enésima vez—. No debería pensárselo más con el tercero, para que no se lleven demasiados años...»
—¿Perdón?
Absorta en sus pensamientos, Angèle se había perdido un giro de la conversación.
—No, se acabó —estaba diciendo Nine con su sonrisa de Gioconda.
—¿Y cuándo vuelves a abrir? —preguntó Louis, sorprendido por la noticia.
—¿Cómo? ¿Qué se ha acabado?
Angèle estaba perdida.
—Los niños —respondió Nine volviéndose hacia ella—. No quiero tener más, voy a reabrir el taller.
Angèle tenía la boca seca.
—¿Y eso? ¿Por qué? Tú... Espera...
—Mamá... —dijo François.
—Pero es que... ¡todavía sois jóvenes! ¿Por qué decidirlo ahora?
Nine le cogió la mano.
—No quiero tener más.
Había tanta calma en aquella afirmación... La decisión era inapelable.
—Sí... —balbuceó Angèle—. Lo comprendo.
Lo comprendía, sin aceptarlo.
Louis rodeó con el brazo los hombros de su mujer.
—De modo que vas a reabrirlo... —le dijo a Nine.
Se referían a su taller de encuadernación, situado en la rue du Petit-Musc. Nine se lo había comprado a su antiguo jefe y lo había cerrado hacía ocho años, al quedarse embarazada de Alain. Y, ahora que llevaba algún tiempo planteándose volver a trabajar, se había encontrado por pura casualidad con un tasador judicial que antaño le había enviado clientes y que le había hablado de un posible encargo: un coleccionista necesitaba restaurar varias obras antes de vender su biblioteca.
François se quedó quieto un instante.
Nine lo miraba fijamente. Su mirada tenía esa extraña intensidad de cuando se disponía a decirle algo importante.
—Sí —dijo la chica en respuesta a su suegro, pero sin apartar los ojos de François—. Fui a ver a un tasador judicial al que conocía...
François sonrió.
Así que era eso...
No se había cruzado con él casualmente, ¡había ido a verlo! François estaba emocionado. No por aquella confesión de una mentira venial (que, en realidad, entendía muy bien), sino porque, una vez más, le había demostrado que era incapaz de engañar.
Le era imposible mentir, absolutamente imposible.
Le daban ganas de estrecharla entre sus brazos, como había hecho unos días antes, cuando habían estado el taller. Nine se había desanimado al ver todo lo que había que limpiar y ordenar antes de reabrir.
—No debería haber aceptado ese encargo —repetía—, no lo conseguiré...
—¡Por las barbas de Neptuno! —exclamó Lambert, regocijado—. ¡Chico, te veo de chacha de los niños!
Sí, era lo que François le había dicho a Nine:
—¡Lánzate! No te preocupes de lo demás. Me quedaré con los niños cuando acabe la jornada y podrás trabajar hasta tarde si lo necesitas... ¡Piensa en tu taller!
El ofrecimiento de su marido había conmovido a Nine. Durante una buena temporada, François tendría que rechazar las cenas, reuniones tardías y encuentros de última hora a los que a menudo se veía abocado por su puesto de redactor jefe...
Habían hecho el amor en el polvoriento taller, había sido fantástico, tan apasionado como en los inicios. Como en los inicios.
Angèle no estaba enfadada, se sentía superada.
Se levantó.
—Voy a vigilar el asado —dijo, pero la inquietud que la reconcomía sordamente desde hacía un buen rato resurgió de pronto. Se inclinó hacia su marido y le susurró—: Loulou, no dejo de preguntarme dónde está Colette...
Louis respondió con una amplia sonrisa: «¡No te preocupes, mujer!» Y su mirada tomó la dirección de Geneviève: la presencia de la una solía explicar la ausencia de la otra.
«De todas formas, ya hace rato que no la hemos visto...», se decía él también.
¿Por qué aquel silencio?
Colette miraba el líquido, que seguía brotando del bidón de hojalata y despedía un olor acre y pesado. El perro ya no ladraba, había empezado a gemir. Se quedó más tranquila, los gañidos llegaban de lejos.
Se volvió y, sosteniendo el cuchillo como un puñal, agujereó uno, dos, tres bidones, y cada golpe era un alivio. El líquido iba extendiéndose por el suelo.
¿Acababan de encender la luz?
Se volvió, con el cuchillo escondido detrás de la espalda.
No, era la puerta, que se había abierto.
De pronto, la enorme silueta de Macagne apareció en el umbral a contraluz. Colette sólo veía una enorme masa negra.
—¡Así que estás aquí, zorrilla!
Tenía la voz más grave que la vez anterior.
Contenida y vibrante.
La puerta se cerró de golpe.
El perro volvía a ladrar, pero ya no estaba en el mismo sitio, cerca de la casa. ¡Lo habían soltado! Se lanzaba contra la puerta ladrando, tomaba impulso y volvía a la carga.
Dentro, el hombre; fuera, el perro.
—¡Déjeme salir!
Macagne sonrió de oreja a oreja. A Colette le pareció que vacilaba un poco.
—Pero ¡si acabo de llegar! Qué antipática...
Soltó una carcajada. Era siniestro.
Colette trataba de pensar, pero no se le ocurría nada. Tenía el cuchillo, pero una cosa era usarlo contra un bidón de hojalata y otra muy distinta defenderse con él. Con su envergadura, aquella arma resultaba ridícula. «Piensa, Colette», se dijo.
Macagne la miró ávidamente.
Fuera, el perro seguía sacudiendo la puerta.
«Piensa.»
—Te vi cuando viniste el otro día —dijo Macagne—. Tú a mí no, ¿verdad? Me dije: vamos a facilitarle las cosas a la pequeña, desataremos el cordel...
Su sonrisa era vaga, sus ojos la devoraban, pero su atención fluctuaba.
De pronto, el ruido del líquido que caía al suelo atrajo su mirada.
—Pero ¿qué cojones...?
Era ahora o nunca. Colette echó a correr.
A Macagne le bastó con extender el brazo para pararla en seco. Le rodeó la cintura y la apretó con fuerza contra él mientras avanzaba hacia la charca que había formado el líquido de los bidones.
—Dios santo...
No se lo podía creer.
Sin soltar a Colette, que ya no tocaba el suelo con los pies, puso de pie dos bidones, sin disimular su desánimo.
—¡Joder!
Retrocedió.
Colette se debatía con todas sus fuerzas, agitaba los pies y las manos, boqueaba, pugnando por respirar, mientras el olor corporal del hombre se le agarraba a la garganta y tapaba el de los insecticidas.
Macagne no le prestaba la menor atención, como si se hubiera colgado la chaqueta del brazo y se hubiera olvidado de ella. Indignado al ver lo que había hecho, la lanzó brutalmente al suelo con un gesto de asco. Colette cayó, volvió a levantarse de un salto y se dispuso a correr hacia la puerta, pero los dos pensaron lo mismo.
El perro.
Colette se quedó quieta.
Con la cabeza, Macagne indicó el exterior.
—¿Quieres conocer a Riquete? Lo llamo Riquete. ¿Te gusta el nombre? Se lo puse yo. ¿Y el tuyo, cuál es?
Macagne parecía haber olvidado su cólera y volver a estar interesado en ella.
Colette escondió las manos detrás de la espalda.
—Deje que me vaya; si no, mi abuelo...
La niña comprendió al instante que su amenaza era ridícula.
—¡Ja, ja, ja! ¡Tu abuelo!
Macagne no reía, imitaba la risa. Era un estertor lúgubre y sordo.
—¿Vas a contarle que has hecho un agujero en mi valla con una cizalla, que has entrado a la fuerza en mi granja, que me has...? —Buscó la palabra—. ¡Saboteado! —De pronto, estaba contento de haber vencido aquella dificultad léxica—. ¿Sabes cuántos cuartos le voy a pedir a tu abuelo por todo esto?
Con el brazo, indicó las estanterías y los productos. La amplitud del gesto subrayaba la gravedad de los destrozos. Colette se asustó.
Macagne inclinó la cabeza.
Fuera, el perro seguía abalanzándose contra la puerta, que se sacudía con cada golpe.
Sin previo aviso, Macagne dio un paso hacia ella y la abofeteó. Con tal fuerza que Colette retrocedió y cayó al suelo de espaldas.
Macagne señaló la estantería.
Su cólera había resurgido.
Pasaba de un estado de ánimo a otro en un abrir y cerrar de ojos. Colette comprend
