INTRO / R.S.V.P.
Repitámoslo una vez más, todos juntos ahora, como lo hicimos tantas veces en el irrepetible pasado: El Gran Gatsby de El Gran Francis Scott Fitzgerald es una novela pequeña (en páginas) pero inmensa (en su influencia, importancia y sitial dentro de la literatura norteamericana y mundial). Candidata segura a eso conocido pero nunca del todo precisado a lo que se denomina, una y otra vez, como Great American Novel.[3] Pretendiente y demandante y aspirante y demandada y envuelta en trama que gira alrededor de la pretensión y de la demanda y de la aspiración. Postulante cumpliendo con todos y cada uno de los requisitos que –según Italo Calvino– debe ostentar todo clásico.
A saber:
Relectura constante e interminable sin por eso perder el encanto de eterna primera vez y ser no sólo inolvidable sino, además, «escondiéndose en los pliegues de la memoria y mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual». Traer impresa la huella cultural de lecturas que han presidido a la nuestra. No dejar de recibir –y de «sacudirse»– un «incesante polvillo de discursos críticos». Revelarse y rebelarse como siempre novedoso cuando más se cree conocerlo. Equivaler al universo entero «a semejanza de los más antiguos talismanes». Reconocer de inmediato –sin importar el orden y momento en que se llega a él o nos llega a nosotros– su lugar en una genealogía clásica. Anular todo ruido de fondo de la actualidad a la vez que lo armoniza y lo dota de un nuevo sentido con ese algo que «no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él». Y, last but not least, «invocar al espíritu» que este el pequeño gatsby –un muy humilde libro parado sobre el hombro de un soberbio gigante– quiere honrar y agradecer y sentir el placer y privilegio de ser parte del asunto en su centenario.
No me parece exagerado y sí muy pertinente afirmar de entrada que El Gran Gatsby es una novela perfecta o todo lo perfecta que puede llegar a ser una novela (más allá de alguna encantadora imperfección).[4] Y parte de su audaz perfección reside –como bien apuntó Maureen Corrigan en su So We Read On: How «The Great Gatsby» Came to Be (2014)– en que va en contra de casi todo lo que se supone debe ser toda Gran Novela Americana a la vez que «viola el primer mandamiento de todo writing program Made in USA: muéstralo, no lo cuentes».[5]
Y, de acuerdo, se muestra mucho en El Gran Gatsby; pero –más europea que norteamericana en este sentido–[6] todo lo que enseña con lujoso lujo de detalles está demostrado a través de la teoría/práctica de la memoria: del hacer o deshacer memoria. Nada en El Gran Gatsby es actual ni transcurre en el acto sino antes/después de que las luces se apaguen y de la caída del telón. El Gran Gatsby es «de época», sí; pero, simultánea y literalmente, se nos presenta como out of time.
El Gran Gatsby –con Cumbres Borrascosas, Grandes esperanzas, Moby-Dick, En busca del tiempo perdido, La invención de Morel y El sueño de los héroes, Pálido fuego, Matadero-Cinco, Bullet Park y El paciente inglés, a las que yo no puedo sino considerar, más allá de sus diferencias irreconciliables pero complementarias, hermanas de sangre y tinta–[7] es probablemente la novela qué más veces he leído y releído. Y su perfección formal-sentimental jamás ha dejado de conmoverme e intrigarme. Porque El Gran Gatsby es, también, seguro, una de las novelas más eminentemente releíbles jamás escritas:[8] una vez conocidos los vericuetos de lo que cuenta, permanece la tan diáfana como encandiladora prosa desbordante de la más melancólica de las felicidades así como el asombro que produce su mili-cronométrico manejo del tempo dramático, su preciso modo de mover y sacrificar personajes como si fuesen piezas en magistral e implacable partida de ajedrez, y su tan majestuosa como frugal estructu
