La madre (Las novelas de Patrick Melrose 2)

Edward St. Aubyn

Fragmento

1

¿Por qué habían fingido que lo mataban al nacer? Lo habían mantenido despierto durante días, le habían golpeado la cabeza una y otra vez contra el cuello del útero cerrado; le habían enrollado el cordón umbilical alrededor del cuello y lo habían estrangulado; habían atravesado el abdomen de su madre con unas frías tijeras; le habían sujetado la cabeza y habían tirado hacia un lado y hacia el otro; lo habían sacado a rastras de su hogar y le habían pegado; le habían deslumbrado enfocándole los ojos con luces y habían experimentado con él; lo habían separado de su madre mientras ella yacía medio muerta en la mesa de operaciones. Quizá con la idea de destruir su nostalgia del viejo mundo. Primero lo confinaban para que anhelara tener espacio y luego fingían matarlo para que agradeciera cualquier espacio, incluso este desierto ruidoso, con solo los brazos maternos como vendas a su alrededor, ya nunca más la cosa entera, aquella calidez que lo envolvía, que lo era todo.

Las cortinas respiraban luz en la habitación de hospital. Se hinchaban de calor vespertino y luego volvían a pegarse a los ventanales, mitigando el resplandor de fuera.

Alguien abrió la puerta y las cortinas se levantaron y ondearon por los bordes; los papeles sueltos susurraron, la habitación clareó y el estruendo de las obras de la calle creció un poco. Luego la puerta golpeó y las cortinas suspiraron y la habitación oscureció.

–Oh, no, más flores no –dijo su madre.
Él lo veía todo a través de las paredes transparentes de su cuna pecera. Lo vigilaba el ojo pegajoso de un lirio abierto. A veces la brisa le acercaba el aroma picante de las fresias que hubiera querido apartar de un estornudo. En el camisón de su madre las gotas de sangre se mezclaban con manchas de polen naranja oscuro.

–Son muy amables… –Su madre reía de debilidad y frustración–. ¿Queda sitio en el baño?

–En realidad no, ya has metido las rosas y todo lo demás. –Ay, Dios, no lo soporto. Han cortado cientos de flores y las han embutido en estos jarroncitos blancos solo para hacernos felices. –No podía dejar de reír. Las lágrimas le resbalaban por la cara–. Deberían haberlas dejado donde estaban, en algún jardín.

La enfermera consultó la gráfica.
–Le toca tomarse el Voltarol. Tiene que controlar el dolor antes de que se imponga.

Luego la enfermera miró a Robert y este clavó la vista en sus ojos azules en la densa penumbra.

–Es muy despierto. No me quita ojo.
–Está sano, ¿verdad? –preguntó su madre, aterrada de pronto. También Robert se asustó. No estaban unidos como solían, pero todavía tenían su indefensión en común. La marea los había abandonado en una playa virgen. Demasiado agotados para trepar por la arena, permanecían repantigados entre el rugido y la confusión de su situación. Sin embargo, tenía que enfrentarse a los hechos: los habían separado. Ahora comprendía que su madre ya había estado fuera. Para ella aquella playa virgen era un rol nuevo; para él, un nuevo mundo.

Lo raro era que tenía la impresión de que ya había estado allí. Siempre había sabido que existía el exterior. Solía pensar que fuera el mundo era acuoso y apagado y que él vivía en el meollo de todo. Ahora las paredes se habían derrumbado y veía el lío que se había hecho. ¿Cómo podía evitar liarse otra vez en aquel sitio de luminosidad machacona? ¿Cómo podía patear y girar como antes en esta atmósfera pesada donde el aire le irritaba la piel?

El día anterior había creído que se moría. Quizá estuviera en lo cierto y hubiera muerto. Todo podía debatirse, salvo el hecho de que lo habían separado de su madre. Ahora que comprendía que existía una diferencia entre ellos, la amaba con una nueva intensidad. Solía sentirse unido a ella. Ahora anhelaba pegarse a ella. El primer sabor de la añoranza era la cosa más triste del mundo.

–¿Qué pasa, bonito? –preguntó la enfermera–. ¿Tienes hambre o solo quieres mimos?

La enfermera lo sacó de la cuna pecera, levantándolo por encima del vacío que la separaba de la cama, y lo depositó en los brazos amoratados de la madre.

–Intente darle un poquito el pecho y luego procure descansar un rato. Los dos han pasado por mucho estos dos últimos días.

Estaba inconsolable. No podía vivir con tanta incertidumbre y tanta intensidad. Vomitó calostro encima de su madre y luego, en el confuso momento de vacío que siguió, atisbó las cortinas hinchadas de luz. Cautivaron su atención. Así funcionaba todo por aquí. Te encandilaban con cosas para que te olvidaras de la separación.

No obstante, no quería exagerar la decadencia. En el viejo mundo empezaba a sentirse apretujado. Hacia el final se moría de ganas de salir, pero se había imaginado expandiéndose de vuelta al océano ilimitado de su juventud, no exiliado en esta tierra agreste. Quizá pudiera volver a visitar el océano en sueños, si no fuera por el velo de violencia que se interponía entre el pasado y él.

Iba a la deriva hacia la empalagosa frontera del sueño, sin saber si este lo conduciría al mundo flotante o de vuelta a la carnicería del paritorio.

–Pobre Baba, seguro que tenía una pesadilla –dijo su madre, acariciándole.

El llanto del niño empezó a espaciarse y remitió.

Ella lo besó en la frente y él comprendió que, aunque ya no compartían el mismo cuerpo, todavía pensaban y sentían lo mismo. Se estremeció de alivio y se quedó mirando las cortinas, contemplando el flujo de luz.

Debía de haber dormido un rato porque había llegado su padre, que ya estaba empecinado en algo. Hablaba sin parar.

–Hoy he estado mirando más pisos y, hazme caso, es deprimente. La vivienda en Londres está completamente fuera de control. Estoy por volver al plan C.

–¿Cuál era el plan C? Lo he olvidado.
–Quedarnos donde estamos y sacarle un dormitorio a la cocina. Si la dividimos por la mitad, el cuarto de las escobas se convierte en el armario de los juguetes y ponemos la cama donde está la nevera.

–¿Y dónde metemos las escobas?
–No lo sé… En cualquier lado.
–¿Y la nevera?
–Podría ir en el armario que está junto a la lavadora.
–No cabe.
–¿Cómo lo sabes?
–Lo sé.
–En fin… Ya nos las apañaremos. Solo intento ser práctico. Tener un bebé lo cambia todo.

Su padre se inclinó más cerca y susurró:
–Y siempre queda Escocia.

Había decidido ser práctico. Sabía que su mujer y su hijo estaban ahogándose en un mar de confusión y sensibilidad y él iba a rescatarlos. Robert intuía cómo se sentía.

–Dios, qué manos tan pequeñitas –dijo su padre–. Casi mejor, la verdad.

Levantó una mano de Robert con el meñique y la besó. –¿Puedo cogerlo en brazos?

La madre se lo tendió.
–Cuidado con el cuello, es muy blando. Tienes que sujetarle la cabeza.

Todos se pusieron nerviosos.
–¿Así?

La mano de su padre le subió por la espalda, relevó a la madre y se deslizó bajo la cabeza de Robert. Robert trató de mantener la calma. No quería inquietar a sus padres.

–Más o menos. En realidad, yo tampoco lo tengo claro. –Aaah… ¿Cómo puede ser que nos permitan hacer esto sin un carnet? No se puede tener perro ni tele sin licencia. Tal vez podríamos aprender algo de la enfermera puericultora… ¿Cómo se llama?

–Margaret.

–Por cierto, ¿dónde va a dormir Margaret la noche antes de que vayamos a casa de tu madre?

–Dice que se conforma con el sofá.
–Me pregunto si el sofá opina lo mismo.
–No seas malo, está a «dieta química».
–Qué emoción. No lo había visto desde esa perspectiva. –Tiene mucha experiencia.
–Como todos, ¿no?
–Con bebés.
–Ah, bebés.

El padre rascó la mejilla de Robert con la barba e imitó el ruido de un beso en la oreja.

–Pero lo adoramos –dijo la madre, con los ojos llorosos–. ¿No basta?

–¿Ser adorado por unos padres en prácticas que carecen del hogar adecuado? Gracias a Dios que tiene el respaldo de una abuela de vacaciones permanentes y otra demasiado ocupada salvando el planeta para aprobar plenamente esta nueva carga para los recursos naturales. En casa de mi madre hay demasiados cascabeles chamánicos, tótems y «niños interiores» para que quepa algo tan adulto como un bebé.

–Nos irá bien –aseguró la madre–. Ya no somos niños, ahora somos padres.

–Somos las dos cosas –repuso el padre–, ese es el problema. ¿Sabes qué me dijo mi madre el otro día? Un niño nacido en un país desarrollado consume doscientas cuarenta veces los recursos que consume un niño de Bangladesh. Si nos hubiéramos controlado y hubiéramos tenido doscientos treinta y nueve bangladesíes nos hubiera recibido mucho mejor, pero este occidental pantagruélico, que va a ocupar hectáreas de vertedero con sus pañales desechables y pronto estará pidiendo un ordenador capaz de lanzar un cohete a Marte mientras juega al tres en raya con un colega virtual de Dubrovnik, no es probable que se gane su aprobación. –El padre hizo una pausa–. ¿Te encuentras bien?

–En la vida he sido más feliz –dijo la madre, secándose las mejillas mojadas con el dorso de la mano–. Es solo que me siento vacía.

Guió la cabeza del bebé hacia un pezón y el niño comenzó a mamar. Un fino hilo de su viejo hogar le llenó la boca y madre e hijo volvieron a unirse. El bebé notaba los latidos de su madre. La paz los envolvió como un nuevo útero. Puede que, después de todo, este fuera un buen sitio, solo que de difícil acceso.

Eso era más o menos todo lo que Robert recordaba de sus primeros días de vida. Los recuerdos habían vuelto a él el mes pasado, cuando nació su hermano. No estaba seguro de que algunos comentarios no correspondieran al último mes, pero incluso en tal caso, le recordaban a cuando había estado en el hospital; por tanto, los recuerdos le pertenecían.

Robert estaba obsesionado con su pasado. Tenía cinco años. Cinco años, ya no era un bebé como Thomas. Sentía que sus primeros años se desintegraban y, entre los gritos de felicitación que jaleaban cada pequeño paso hacia la plena ciudadanía, oía también el murmullo de la pérdida. Algo había comenzado a suceder conforme el habla le dominó. Sus primeros recuerdos empezaron a desprenderse como lajas de los acantilados naranjas a su espalda y a romperse contra un mar arrollador que se limitaba a responderle con un destello cuando Robert intentaba ver lo que contenía. Su infancia estaba borrando sus primeros años de vida. Quería que se los devolvieran, porque si no Thomas se quedaría con todo.

Robert había dejado atrás a sus padres, a su hermanito y a Margaret, y avanzaba bamboleándose entre las rocas hacia las piedras que resonaban en la parte baja de la playa transportando en una mano un cubo de plástico raspado decorado con delfines saltarines. Los guijarros brillantes, que se apagaban mientras corría a enseñarlos, ya no le engañaban. Ahora buscaba los caramelos de cristal desgastado que se escondían bajo la fina capa de arena negra y dorada. Incluso secos, conservaban algo de brillo. Su padre le había explicado que el vidrio se fabricaba con arena, de modo que estaban regresando a sus orígenes.

Robert alcanzó la orilla. Dejó el cubo en una roca alta y partió a la caza de cristales erosionados por las olas. La espuma del mar le lamía los tobillos y, cuando se retiraba playa abajo, Robert escudriñaba la arena burbujeante. Para su sorpresa, encontró algo bajo la primera ola, no una de las cuentas verdes o blanquecinas, sino una gema amarilla, mucho más rara. La recogió de la arena, la lavó en la siguiente ola y la levantó a contraluz: tenía un riñoncito ámbar entre el índice y el pulgar. Miró a la parte alta de la playa para compartir su entusiasmo, pero sus padres estaban pendientes del bebé mientras que Margaret rebuscaba en una bolsa.

Desde que Margaret había vuelto la recordaba perfectamente. Le había cuidado cuando era bebé. Entonces era distinto porque era hijo único. A Margaret le gustaba decir que «hablaba de todo y sin parar», pero en realidad solo hablaba de sí misma. Su padre decía que Margaret era experta en «la teoría de las dietas». Robert no tenía claro lo que era, pero por lo visto engordaba muchísimo. Esta vez, para ahorrar, sus padres no pensaban contratar a una enfermera, pero cambiaron de opinión justo antes de salir para Francia. Y a punto estuvieron de volver a cambiar de opinión cuando la agencia les informó de que Margaret era la única disponible de forma inmediata. «Un par de manos más siempre ayudan», había dicho su madre. «Ojalá no vinieran acompañadas de otra boca más», replicó su padre.

Robert había conocido a Margaret a la vuelta del hospital donde nació. Se despertó en la cocina de sus padres, mecido en los brazos de Margaret.

–Le he cambiado los pañales a su majestad para que tenga el culete sequito.

–Ah, gracias –dijo su madre.

Robert comprendió inmediatamente que Margaret era distinta a su madre. Las palabras fluían de ella como el agua cuando quitabas el tapón de la bañera. A su madre en realidad no le gustaba hablar, pero cuando hablaba parecía que te abrazara.

–¿Le gusta la cunita? –preguntó Margaret.
–Pues no lo sé. Anoche durmió con nosotros.

Margaret emitió un gruñido quedo.
–Hum –dijo–. No es bueno.
–En la cuna no se dormía.
–Ni se dormirá jamás si continúan acostándolo con ustedes.

–Jamás es mucho tiempo. Lo he llevado dentro hasta el miércoles por la noche, el instinto me pide que lo tenga cerca una temporada, que nos separemos gradualmente.

–Bueno, Dios me libre de poner en duda su instinto –dijo Margaret, escupiendo la última palabra–, pero en mis cuarenta años de experiencia las madres no han dejado de agradecerme que acostara al bebé en la cuna. El otro día sin ir más lejos, una madre, una señora árabe, muy maja, me llamó a Botley y me dijo: «Ojalá le hubiera hecho caso, Margaret, y no hubiera dejado que Yasmin durmiera conmigo. Ahora no tiene remedio». Quería que volviera con ellos, pero le contesté: «Lo siento, querida, pero empiezo a trabajar la semana que viene y pasaré el mes de julio en el sur de Francia con la abuela del bebé».

Margaret echó la cabeza hacia atrás y se pavoneó por la cocina mientras una lluvia de migas cubría el rostro de Robert. Su madre no dijo nada, pero Margaret siguió parloteando.

–Aparte de todo lo demás, no me parece justo para el bebé: a los bebés les gusta tener su cunita. Aunque, claro, yo estoy acostumbrada a ocuparme sola. Normalmente soy la que los atiende de noche.

Su padre entró en la habitación y besó a Robert en la frente. –Buenos días,

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