Relojes de hueso

David Mitchell

Fragmento

cap-1

30 DE JUNIO

Descorro de golpe las cortinas de mi cuarto, y ahí están el cielo sediento y el ancho río, lleno de barcos, botes y rollos, pero yo ya estoy pensando en los ojos color chocolate de Vinny, en el champú corriendo por la espalda de Vinny, en las perlas de sudor sobre los hombros de Vinny, en la risa traviesa de Vinny, y ya se me ha puesto el corazón a cien, Dios, ojalá me hubiera despertado en su apartamento de la calle Peacock y no en mi asqueroso dormitorio. Ayer por la noche, las palabras me salieron solas, «Joder, Vin, te quiero un montón», y Vinny escupió una nube de humo e imitó la voz del príncipe Carlos, «Hay que decir que uno también experimenta una inclinación especial a pasar tiempo contigo, Holly Sykes», y casi me meo de risa, aunque me quedé un poco planchada al ver que no contestaba «Yo también te quiero», la verdad. Pero, bueno, los novios hacen un montón de chorradas para esconder sus sentimientos, lo dicen todas las revistas. Ojalá pudiera llamarlo ahora mismo. Ojalá hubieran inventado teléfonos para hablar con quien quieras, cuando quieras, desde donde quieras. En estos momentos estará yendo a trabajar a Rochester en la Norton, con su chupa de cuero llena de tachuelas que ponen LED ZEP. Cuando llegue septiembre y cumpla dieciséis me llevará a dar una vuelta en la Norton.

Abajo, alguien cierra de un portazo un armario de cocina.

Mamá. Nadie más se atreve a dar portazos así.

«Como se haya enterado…», dice una voz retorcida.

No. Vinny y yo hemos tenido mucho cuidado.

Mamá está menopáusica. Será eso.

Tengo puesto el Fear of Music de los Talking Heads en el tocadiscos, así que bajo la aguja. Este LP me lo compró Vinny, el segundo sábado que nos encontramos en la tienda de discos Magic Bus. Es un disco alucinante. Mis preferidas son «Heaven» y «Memories Can’t Wait», pero no tiene ni un tema flojo. Vinny ha estado en Nueva York y los ha visto en concierto. Su colega Dan estaba de segurata, así que metió a Vinny en los camerinos después del bolo, y se fue de marcha con David Byrne y los músicos. Si el año que viene vuelve a ir, me llevará con él. A medida que me visto voy encontrando los chupetones; me gustaría volver a casa de Vinny esta noche, pero va a reunirse con unos colegas en Dover. A los tíos no les gusta nada que las mujeres se pongan celosas, así que finjo que no me importa. Stella, mi mejor amiga, se ha ido a Londres a buscar ropa de segunda mano al mercado de Camden. Mamá dice que aún soy demasiado joven para ir a Londres sin un adulto, así que Stella se ha ido con Ali Jessop. Conque lo más divertido que voy a hacer hoy será pasar el aspirador por el bar para ganarme mi paga de tres libras. Yuju. Y además tengo que estudiar para los exámenes de la semana que viene. Pues no me importaría entregar el examen en blanco para que se enteren de por dónde se pueden meter los triángulos de Pitágoras, El señor de las moscas y el ciclo vital de los gusanos. A lo mejor lo hago, mira.

Sí, señor. A lo mejor lo hago.

En la cocina hay un ambiente que parece la Antártida. «Buenos días», digo, pero solo Jacko levanta la vista desde el asiento de la ventana, donde está pintando. Sharon está al otro lado, en el salón, viendo dibujos. Papá está abajo, en el vestíbulo, hablando con el tío de los suministros mientras el camión de la cervecería gruñe delante del pub. Mamá está cortando las manzanas en cubos para la comida, haciéndome el vacío. Se supone que tengo que preguntar «¿Qué pasa, mamá, qué he hecho?», pero que le den. Obviamente, se ha enterado de que anoche llegué tarde, pero voy a dejar que saque ella el tema. Echo la leche sobre el Weetabix y me lo llevo a la mesa. Mamá planta la tapa sobre la sartén y se acerca.

—Muy bien. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?

—Buenos días a ti también, mamá. Hace calor otra vez.

—Te pregunto qué tienes que decir en tu defensa, jovencita.

Ante la duda, siempre hay que fingir inocencia.

—¿Defensa por qué exactamente?

Se le llenan los ojos de maldad.

—¿A qué hora llegaste a casa?

—Vale, vale, llegué un poco tarde, perdón.

—Dos horas no es «un poco tarde». ¿Dónde estabas?

—En casa de Stella. Perdí la noción del tiempo —respondo mascando el Weetabix.

—Pues mira qué raro. Porque a las diez en punto yo misma llamé a la madre de Stella para enterarme de por dónde diablos andabas, y adivina qué me dijo: que te habías ido antes de las ocho. Conque ¿quién es la mentirosa, Holly? ¿Tú o ella?

Mierda.

—Después de salir de casa de Stella fui a dar un paseo.

—¿Y adónde te llevó el paseo?

Afilo cada una de mis palabras:

—Por el río, ¿vale?

—¿En el sentido de la corriente o en el contrario?

Dejo pasar un silencio.

—Pero ¿qué más dará?

Se oyen unas explosiones en los dibujitos de la tele. Mamá le dice a mi hermana:

—¡Apaga eso y cierra la puerta, Sharon!

—¡No es justo! A la que estás riñendo es a Holly.

—Ahora mismo, Sharon. Y tú también, Jacko, quiero… —Pero Jacko ya se ha esfumado. Cuando Sharon se va, mamá vuelve al ataque—: ¿Y fuiste sola a darte el paseíto?

¿Por qué tengo la inquietante sensación de que me está tendiendo una trampa?

—Sí.

—¿Y cómo de largo fue ese «paseo» que diste sola, entonces?

—¿Lo quieres en kilómetros o en millas?

—Y digo yo, ¿no te llevaría el paseo por casualidad a la calle Peacock, a casa de un tal Vincent Costello?

La cocina me da como vueltas, y por la ventana, en la orilla del río que pertenece a Essex, un hombre diminuto, como un monigote, saca la bici del ferry.

—¿Se te ha comido la lengua el gato? Déjame que te refresque la memoria: ayer por la noche, a las diez, estabas cerrando las persianas de la ventana delantera, con una camiseta puesta y creo que no mucho más.

Sí que bajé a cogerle una cerveza a Vinny. Sí que bajé la persiana de la habitación de delante. Sí que pasó alguien. «Tranquila», me digo. ¿Qué probabilidades hay de que un desconocido me reconociera? Mamá está esperando que me derrumbe, pero no lo haré.

—Estás malgastando tu vida en el bar, mamá. Deberías hacerte agente del servicio de inteligencia.

Mamá me echa la «mirada terrible» de Kath Sykes.

—¿Cuántos años tiene?

Cruzo los brazos.

—No es asunto tuyo.

Mamá achina los ojos.

—Parece ser que veinticuatro.

—Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas?

—Porque que un hombre de veinticuatro acose a una colegiala de quince es ilegal. Podría ir a la cárcel.

—En septiembre cumpliré dieciséis, y digo yo que la policía de Kent tiene cosas mejores que hacer. Ya soy bastante mayor para decidir solita sobre mis relaciones.

Mamá se enciende uno de sus Marlboro Red. Yo mataría por uno.

—Cuando se lo cuente a tu padre, va a despellejar vivo al Costello ese.

Hombre, papá tiene que largar a los borrachuzos del local de vez en cuando, como todos los dueños de pubs, pero no le pega despellejar a nadie.

—Brendan tenía quince años cuando empezó a salir con Mandy Fry, y si te crees que no hacían más que cogerse de la mano

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