HOMBRES QUE CAMINAN SOLOS
Caminan solos alrededor de los contenedores y los barcos de los puertos de África. Hombres jóvenes que cubren sus rostros para protegerse de la humedad del mar y que recorren el muelle cuando el sol cae. Son hombres sin dinero y eso les hace parecer menos hombres. Han perdido todo lo que tenían. También el dinero de la familia; ni tan siquiera era suyo. Lo habían recaudado entre parientes y vecinos para que lo emplearan en llegar a Europa. Eran sus representantes, los elegidos, los más sanos y valiosos del clan; eran ellos los que recibían ese fajo de billetes atado con una goma. Y, en fin, ya se sabe que quien recibe dinero ha de entregar algo a cambio; para eso se inventó, para eso sirve el dinero. Pero esos hombres no pueden traer nada de vuelta a sus aldeas. Han sido engañados por alguna mafia local que les prometió llegar hasta las islas Canarias, y ahora, de vuelta al mismo lugar del que partieron, lo único que pueden hacer es vagar, caminar sin rumbo, sobrevivir entre la chatarra, los contenedores, y el pescado podrido que se apila en el muelle.
Viajé a Thiaroye-sur-Mer, una ciudad de la periferia de Dakar, en busca de una historia que contar; una historia que llevase por título Hombres que caminan solos, y que narrase la vida de los deportados que no regresan a sus casas por el estigma del fracaso. O la vida de aquellos hombres que entregaron su dinero a otros que les prometieron llegar a Europa, y que, sin embargo, lo que hicieron fue engañarles. Les dejaron en una playa cualquiera de Senegal, o de Mauritania, y les dijeron que eso era España. Allí, en Thiaroye-sur-Mer, me contaron el relato de uno de esos hombres. Un hombre que, cuando la embarcación llegó a su destino, caminó largo tiempo junto al resto, y que, al alcanzar la cima de una duna, gritó: «Ce n’est pas l’Europe!». Al oír ese grito, los otros hombres se detuvieron, se miraron entre ellos, y confirmaron algo que llevaban horas sospechando: que, efectivamente, aquella tierra que pisaban no era la de Europa. Después, muy lentamente, intercambiaron algunas palabras, más bien murmullos, y comenzaron a caminar. Pero alguien advirtió que aquel hombre que dio el aviso seguía detenido en lo alto de la duna.
—¡Vamos! —le gritaron.
—No puedo ir. Ése es mi pueblo —contestó aquel hombre señalando unas luces lejanas.
Entonces todos siguieron descendiendo el arenal, porque sabían que aquel hombre no podía volver al lugar del que había partido. Podía avanzar o detenerse, pero nunca volver atrás. Tenía sed y hambre, y los pies llenos de heridas, pero no sentía nada de eso. Sentía la vergüenza del fracaso. Así que se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia ese puerto lleno de chatarra, y contenedores, y pescado podrido que se apila en el muelle.
Escuché esa historia justo antes del viaje en coche que haría por Marruecos con mis amigos. Yo les contaba una y otra vez el relato del hombre que caminaba de regreso al puerto. Le iba añadiendo detalles que lo hacían más interesante, y mis amigos me decían: «Eso no lo dijiste antes»; o bien, «Eso te lo acabas de inventar». «Bueno, qué más dará —les respondía—, lo importante es la historia.»
—¿Y cuál es la historia? —me dijo Aitor tras unos minutos de silencio.
—La historia es —le contesté tras pensarlo— que la auténtica fuerza que mueve el mundo es el miedo al fracaso.
Mi frase parecía reveladora, pero no causó ningún efecto en mis amigos. Se mostraron indiferentes mientras miraban por la ventanilla. Y, bueno, algo de razón tenían, porque me di cuenta de que, ciertamente, no era ésa la historia que tenía que contar, ya que ninguna buena historia se puede narrar si uno, al comenzar a escribirla, sabe de qué va. Las historias se descubren a medida que se escriben, o no son buenas historias. Lo sé porque las formas de narrar también se heredan. Yo heredé de mi madre una específica forma de contar las cosas. Esa que aprendí de ella y de las mujeres de mi barrio. Las mujeres se reunían en el salón y pasaban horas hablando. Entonces los niños poníamos la oreja y escuchábamos esas narraciones que iban y venían, narraciones aparentemente improvisadas que describían sucesos, uno tras otro, episodios que parecían desconectados entre sí, que se acumulaban, avanzaban, retrocedían y hacían perder el hilo de la conversación, pero que esas mujeres, cuando llegaban al final de su relato, encajaban y daban sentido como sólo el mejor de los novelistas sería capaz de hacer. Parecía entonces que toda la narración cobraba sentido. Era una última pirueta, un triple salto mortal, que repetían una y otra vez y que siempre ejecutaban con destreza. Por ejemplo, mi madre podía estar hablando de los estragos que causan las drogas en algunos vecinos y, de pronto, interrumpiendo el hilo de su relato, decía: «Por cierto, menudo cochazo que se ha comprado fulano». Entonces yo, que todavía no había aprendido los trucos de ese estilo de narración, intervenía con cierto desdén: «Pero eso qué tiene que ver con lo que estabas contando». «Pues tiene todo que ver —contestaba mi madre—, porque ¿tú te crees que si fulano no se hubiera metido en las drogas se podría haber comprado ese coche?» Así acababa la historia, se cerraba el círculo y no se podía decir mucho más. Existía, por tanto, una arquitectura en esa forma torrencial de narrar que todavía hoy, muchos años después, me sigue influyendo más que todos los libros que pueda leer. Tiene que ver con el asombro del descubrimiento. Ese que siente el narrador al ir contando una historia que desconoce, pero que irá comprendiendo a medida que es desenterrada.
Bien, lo haré así: al modo de aquellas mujeres de mi barrio y, por tanto, lo que aquí contaré no será aquello que fui a buscar a Thiaroye-sur-Mer, o no exactamente al menos, sino otro relato que comienza en ese coche que acelera por las polvorientas carreteras de Marruecos. Mis amigos miran por la ventanilla, y yo conduzco mientras suena una canción de Johnny Cash. Una canción que me salvó la vida, pero que también me arrastró hacia la oscuridad. Éste podría ser un buen inicio para esta historia.
Todo sucedió hace aproximadamente dos años. Lo sé porque fue en aquel tiempo cuando publiqué un libro acerca de mi madre. Recuerdo con precisión que fue entonces, porque en aquel viaje llevaba en la mochila unos folios con las últimas correcciones de la novela. A veces, incorporaba alguna frase a bolígrafo, pero eran ya pocas las palabras que podían brotar. A pesar de eso, yo seguía intentando escribir más. Necesitaba recordar a mi madre, y escribir era la forma de hacerlo, pero ahora, pasado ya un tiempo desde entonces, creo que he logrado el efecto contrario, es decir, olvidarla. Cuando escribes acerca de una persona que ya no está aquí lo que en realidad estás haciendo no es retratarla, sino desdibujarla, abandonarla, sepultarla en un libro para siempre. Eso es lo que, en realidad, estás haciendo, y eso era lo que yo, sin saberlo, estaba llevando a cabo en aquel viaje a Marruecos. Escribía y pasaba el duelo. Sobre todo, escribía.
Marruecos no es un buen lugar para pasar ningún duelo, porque se hace complicado conseguir alcohol en ese país. El alcohol, por mucho que digan los médicos y los psicólogos, es un buen remedio para los problemas. El alcohol y el Orfidal son la misma cosa. De hecho, el prospecto del medicamento dice que, si los tomas juntos, potencian sus efectos. Es decir, que tan diferentes no serán. Dicen del alcohol que es un remedio temporal. ¿Y qué hay del Orfidal y de los antidepresivos? Probad a dejar de tomarlos y os caeréis por un precipicio. El alcohol, al menos, enlaza con cierta tradición artística. Yo, al menos, escribo mejor borracho que atiborrado de pastillas. Cuando me tomo dos o tres Orfidales sólo puedo dormir, y dormir es como estar muerto, pero sin estarlo. Cuando me emborracho, a veces me pasan cosas buenas: conozco a extraños, me imagino en otros lugares, y, a menudo, me pongo a escribir. Habitualmente, lo que escribo en ese estado, al día siguiente, cuando lo leo, me parece una basura, pero, en cualquier caso, todo lo que ha pasado mientras tanto es mucho mejor que estar muerto, que es como estar dormido, pero sin estarlo.
En Marruecos hay pocos lugares donde beber alcohol. En Marrakech es más habitual encontrar bares donde lo sirvan, pero mis amigos y yo seguimos una ruta alejada de los centros turísticos del país. Sólo en Fez y en Tánger pudimos emborracharnos a base de un vino tinto marroquí bastante decente, pero, una vez en el interior del país, pasamos varios días de abstemia. Comprábamos un hachís malísimo que apenas nos hacía efecto, por lo que permanecíamos en un estado de perfecta lucidez. Cuando anochecía, caminábamos por las desiertas calles de los pequeños pueblos en los que nos deteníamos a dormir, nos quitábamos de encima a los lugareños que nos pedían limosna, y entrábamos en las cafeterías que aún permanecían abiertas. No servían bebidas alcohólicas. Los clientes se tomaban un té mientras seguían atentos el partido de fútbol que echaban en la televisión, y nosotros, con un ColaCao en la mano, nos mirábamos entre risas.
Necesitábamos emborracharnos, conocer gente, entrar en ese estado que el hachís que nos vendían no nos proporcionaba, así que decidimos volver a Tánger. En esa ciudad habíamos descubierto un restaurante, el Morocco Club, en el que se podía comer y beber bien. Servían unas excelentes ostras y una carne de primera y, lo que es más importante, tenía un subterráneo, con aspecto clandestino, como de la época de la Ley Seca, en el que había todo tipo de vinos y licores. Siempre he pensado que encontrar un bar que se ajuste a tus preferencias, que guarde un rincón en el que te sientas como en casa, es de las cosas más importantes que te pueden suceder en la vida; encontrar un bar así es, sin duda, encontrar tu lugar en el mundo. Y aquel bar, al menos en ese viaje por Marruecos, era nuestro lugar en el mundo. Es por eso por lo que decidimos volver a él.
No recuerdo el nombre del pueblo en el que habíamos pasado la noche. Apenas habíamos dormido, porque el hostal en el que nos alojamos era un nido de cucarachas, pulgas y suciedad, así que echamos una última meada en las letrinas, cogimos el coche, y salimos de ese pueblo por una estrecha carretera de tierra. Una multitud de niños rodeaba el vehículo cada vez que nos deteníamos en un cruce y después, al acelerar, desaparecían envueltos por una nube de polvo. Estábamos a unos doscientos kilómetros de Tánger, pero calculamos que podríamos llegar a la hora de comer. Era yo el que conducía. Mis amigos daban cabezadas y respondían con monosílabos a mis preguntas. De pronto comenzó a llover. Eran carreteras estrechas, mal asfaltadas, de angostos arcenes y profundos socavones. La lluvia cesó cuando comenzamos a bajar un puerto de montaña, pero el asfalto todavía continuaba mojado. De pronto perdí el control del coche. Giraba el volante, pero no lograba volver al carril derecho. Pisaba el freno, pero el vehículo no se detenía. Fue entonces cuando vi que nos dirigíamos directos a chocar con un camión que circulaba en la dirección opuesta. Oí su claxon. Mis amigos se despertaron de súbito. Algunos viandantes hacían aspavientos y se echaban las manos a la cabeza. Yo, sin embargo, no podía controlar el coche. Trataba de frenar, pero no respondía. Íbamos de frente al camión. Oía la bocina que aporreaba el camionero y veía su rostro desencajado, pero no podía dominar el vehículo. Intentaba dirigirlo hacia un lugar seguro, pero lo único que conseguía era perder más el control. A mi izquierda había una cuneta, a la derecha se encontraba un terraplén y, más allá, el vacío. Finalmente, cuando estábamos a unos pocos metros del camión, no sé cómo logré llevar el coche hacia la cuneta. El vehículo se encajó en ella. Por allí, con el chasis inclinado, sin que las ruedas hicieran tracción con el asfalto, nos deslizamos unos metros mientras perdíamos velocidad hasta que finalmente chocamos contra una roca. Los airbags se dispararon. Miré a mis amigos. Estábamos vivos.
El tema que estábamos escuchando se había visto interrumpido por el impacto. Era Johnny Cash cantando «I Walk the Line». Mientras llegaba la grúa y recuperábamos el aliento, Aitor accedió al coche y descubrió que la canción se había detenido justo en ese momento en el que Johnny Cash dice «I find myself alone when each day is through».
Nos quedamos apoyados en el coche, escuchando la canción, viendo cómo atardecía sobre el Atlas marroquí y fumando aquel horroroso hachís. Entonces Aitor aspiró una calada de su porro, se dirigió hacia nosotros con el rostro muy serio y dijo:
—Johnny Cash nos acaba de salvar la vida.
La frase de Aitor me sonó oportuna y lírica. Los que escribimos buscamos esos momentos de belleza en los que las palabras traducen el mundo justo de la manera en la que queremos verlo. Es como hacer trampas a la vida. Son instantes en los que las frases se ajustan de tal manera a la realidad, que queremos quedarnos detenidos allí, en medio de ellas, pronunciándolas, escuchando su sonido una y otra vez. Eso hacemos cuando escribimos, y cuando leemos, pero nunca cuando vivimos. Al vivir, nada nos sale bien, porque en la vida no hay palabras tras las que esconderse: las palabras sólo están en los libros. Es por eso por lo que me siento mejor leyendo que viviendo.
Y así, lo que Aitor quiso decir no era tan poético como yo imaginaba. Quiso decir, según me explicó más tarde, que «I Walk the Line» era de las pocas canciones sosegadas de la lista de Spotify que llevábamos puesta en el coche. Por tanto, de haber estado escuchando, por ejemplo, a The Killers o a los Ramones, hubiese sido probable que yo condujera a mayor velocidad y, en consecuencia, aquel camión nos habría arrollado.
Me quedé pensando.
Sí, definitivamente, Johnny Cash nos había salvado la vida.
Estuvimos esperando un tiempo junto al coche. A pesar de que la parte delantera estaba completamente destrozada por el impacto con la roca, el motor parecía funcionar bien. Yo aceleraba, pero me resultaba imposible sacar el vehículo de aquella zanja. El chasis se balanceaba y dos de las ruedas colgaban sobre el asfalto. Los neumáticos también estaban despedazados, así que decidimos esperar a que llegara la grúa. Entretanto, un todoterreno se detuvo junto a nosotros. De él se bajó un hombre de aspecto rudo, lleno de tatuajes y con un porro en la boca. Dijo que se llamaba Said. Hablaba un castellano básico pero entendible. Lo había aprendido de unos amigos suyos de Cádiz con los que hacía negocios en el Estrecho. Contempló el coche y después nos aconsejó que no llamáramos al seguro. Nos preguntó qué importe nos había bloqueado la compañía de renting en nuestra tarjeta de crédito.
—Mil euros —dijo alguno de nosotros.
Said aspiró una última calada de su canuto, lo arrojó al suelo, y esbozó una sonrisa de piedad. Nos miraba como quien contempla a un pardillo al que acaban de estafar. Mientras suspiraba, daba vueltas alrededor del coche. Se puso en cuclillas, miró las ruedas del vehículo, y dijo en voz alta: «Están totalmente gastadas; no os podéis fiar de esa gente». Era cierto. El dibujo de las ruedas apenas se distinguía. Se lio otro porro. Nos dio a probar. Éste sí era un buen hachís. El mejor, decía Said. Después de dar una calada siempre concluía: «Viene de la montaña mágica, la montaña mágica…». Y se reía en una larga carcajada mientras miraba al cielo con los brazos abiertos.
Se reía mucho Said. Todos nos fuimos relajando. Quizá fuera el bajón de adrenalina tras el accidente, quizá que nos sentíamos vivos, o tal vez el efecto del hachís. Pero Aitor, que no se fiaba de ese hombre, insistía en que lo mejor era llamar al seguro. Said, por el contrario, nos aconsejaba avisar a la grúa del pueblo más cercano y buscar nosotros mismos un taller en Tetuán donde arreglar el coche. Según él, nos iba a salir mucho más barato que los mil euros que teníamos bloqueados en la tarjeta de crédito y que, a su parecer, ya podíamos dar por perdidos.
Le hicimos caso. Él mismo llamó a la grúa. En unos minutos llegó y sacó el coche de la zanja. Como no teníamos efectivo suficiente, Said nos lo prestó. Se acercó a su coche, abrió una mochila y entregó unos cuantos dirhams al mecánico. Le seguí con la mirada. Aitor aún desconfiaba de sus intenciones. Sin embargo, yo estaba decidido a confiarle mi destino a Said. Al fin y al cabo, Johnny Cash nos protegía. ¿Qué nos podía pasar?
—No sé yo —repetía Aitor—, quizá quiera robarnos el coche.
—Pero ¿no has visto su mochila? —le dije a Aitor disimuladamente—. Está llena de fajos de billetes. Ese hombre no necesita nuestro dinero. La montaña mágica le da todo lo que quiere.
Said y el gruista cambiaron las ruedas. Aunque la dirección estaba destrozada, el volante temblaba y el motor hacía un ruido que parecía indicar que el coche se iba a detener a cada momento, todavía era posible llegar en aquella tartana hasta Tetuán.
Tras comprobar que todo estaba listo, Said se montó en su todoterreno y nos pidió que le siguiéramos.
En un barrio de las afueras de Tetuán fuimos recorriendo establecimientos de confianza de Said. Compramos neumáticos, tapacubos, luces, guardabarros, etcétera. Said pagaba y nosotros le seguíamos. Después, fuimos donde un amigo suyo que arregló las ruedas; más tarde, donde otro que reparó los faros; y, finalmente, al encuentro de un chapista.
Al caminar por la calle junto a Said, se podía apreciar que los vecinos le saludaban tal y como se saluda a uno de los capos del barrio. Parecía evidente que no era un tipo cualquiera en aquel lugar.
Le dejamos las llaves del coche al chapista y nos fuimos a comer todos juntos. Said nos dijo que tardarían unas cinco o seis horas en tenerlo todo arreglado. Mientras los mecánicos trabajaban, vimos varios partidos de fútbol. También hablamos sobre el rendimiento de Benzema. Said era del Real Madrid, aunque no parecía contento con la marcha de su equipo. Nos contó su vida y nosotros la nuestra. Recogimos el coche al caer la tarde. Estaba como nuevo. Said pagó al chapista y después le preguntamos cuánto le había costado todo lo que nos había adelantado. No llegaba a cien euros. Quisimos entregarle una propina, pero no la aceptó. Nos acompañó hasta la entrada a la autopista. Antes de cogerla, detuvimos el coche y nos apeamos. Uno a uno fuimos abrazando a Said y después le vimos alejarse entre el tráfico.
Ya entrada la noche condujimos hasta Tánger. Tenía que sujetar con fuerza el volante porque temblaba mucho. Aunque el aspecto del coche era excelente, por dentro debía estar destrozado. El motor seguía haciendo un ruido extraño, que cada vez era más estridente. Parecía que fuese a estallar en cualquier momento. Pero, finalmente, llegamos a Tánger. Entregamos las llaves al empleado de la compañía de renting y éste desbloqueó la fianza. Cogimos un taxi que nos llevó al apartamento que habíamos alquilado dentro de la Medina. La dueña era española y quizá por eso tenía la nevera llena de cervezas. A Aitor le pareció atractiva. Teníamos ganas de vivir, y puede que también de follar. Nos emborrachamos en la azotea mientras veíamos encenderse las luces del puerto.
Conversábamos animadamente hasta que a alguien se le ocurrió poner ese tema de Johnny Cash de nuevo. Cogí el móvil y abrí la aplicación. Continuamos escuchando esa canción desde
