ACTO I
37 minutos después
ENTREACTO I
Antes de Concha
ENTREACTO II
Anno Domini
ACTO II
Cinco días antes
ACTO III
Cuatro días antes
ACTO IV
Tres días antes
ACTO V
Dos días antes
ACTO VI
Un día antes
ACTO VII
Un rato antes
ACTO FINAL
46 horas después
Quiso Dios, con su poder
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer.
Y al cumplir su voluntad
en un jardín de España nací
como la flor en el rosal.
Suspiros de España
PERSONAJES PRINCIPALES
CONCHA
Protagonista. Fue abogada y ahora trabaja desde casa y preside el AMPA en el IES Padre Marcelino. Está cansada y agitada.
JUAN / JUANITO / EL M*****
Marido de Concha. Es funcionario. Cuando no está trabajando, ve la tele desde su sofá de piel marrón.
MARTÍN
Hijo de Concha y Juanito, cursa el último año de instituto. Podría decirse que últimamente no está tomando las mejores decisiones.
CÉLESTE
Fundadora de Yoga Center 2000, profesora y amiga de Concha. No termina de dominar el idioma ni la profesión.
DANI
Aunque no hablan mucho, es el mejor amigo de Martín. En internet es Ed_Elric54.
MARINA
En una situación complicada con Martín. M de Las MALAS.
LENA (MARÍA ELENA)
En una situación complicada con Dios. L de Las MALAS. En internet es RamonaFlowrs.
MIGUEL ÁNGEL / PRIMO DE RIVERA
Villano adulto de la historia. Director del IES Padre Marcelino, su familia dirige el instituto desde hace varias generaciones.
LAS MADRES
Compañeras del AMPA de Concha y vecinas del barrio.
PERSONAJES SECUNDARIOS
MIGUEL, MARÍA
Padres de Concha, ambos fallecidos.
LUCÍA
Hija de Concha y Juanito, en sexto de primaria. Pasa las tardes en todo tipo de actividades extraescolares.
ALICIA, ALEJANDRA, SARA
Primera A, segunda A y S de Las MALAS. Empiezan a estar hartas de lidiar con la popularidad de Marina.
CARLOS, FRAN
Completan el grupo de amigos de Martín. Les unen las conversaciones sobre chicas y su rivalidad con Valde.
VALDE (FERNANDO VALDERRAMA)
Villano adolescente de la historia. Sus padres son ricos.
LAMECULOS 1 Y 2
Amigos de Valde. Sus padres no son ricos.
LA DE INGLÉS, LA SUSTITUTA (Mª ÁNGELES), EDUARDO AVILÉS
Dan clase en el IES Padre Marcelino.
PADRE 1
Padre de Lena. Es diácono en la parroquia del barrio y forma parte del AMPA.
LICENCIADO LOZANO, EL CURA
Especialistas espirituales.
CAMARERO, SEÑORA, TAXISTA
Otros papeles menores.
GRANAÍNOS
A lo suyo.
ACTO I
37 MINUTOS DESPUÉS
Viernes 23 de noviembre de 2012
12.37 / UN BARRIO DE GRANADA
Si alguien, cualquier persona en varios kilómetros a la redonda, se hubiera topado con una de las madres del IES Padre Marcelino, la conversación no habría tardado en centrarse en Concha. No es que nadie creyera que las vidas de esas otras mujeres fueran poco interesantes o que el cúmulo infinito de nombres, apellidos, parentescos y cordialidades fuera demasiado difícil de rastrear en busca de un par de preguntas que arrojar al aire en esos encuentros. La realidad, más simple, era que Concha se había erigido como una suerte de líder espiritual para todas aquellas madres. Tanto quienes la seguían y veneraban como quienes se mostraban más lejanas al fenómeno de Concha —bien por mero desinterés, bien por cierta envidia— no solo respetaban el estatus de aquella mujer, sino que, requeridas en plena calle, se esmeraban en disimular cualquier reticencia. En realidad, todas estaban encantadas de que las conversaciones pasaran constantemente por Concha: en la calle, el instituto, la cena con sus maridos, las extraescolares. Eran verdaderamente incansables. Desde el genérico ¿Te has enterado de lo de Concha?, al más concreto Concha se ha comprado no sé qué, o Concha se ha hecho el tinte, o Lo que pasa es que Concha es un poquito cabrona, o Deberíamos invitar a Concha y su marido a cenar con nosotros, o Es que Concha quiere tener siempre la última palabra, o Esta mujer va a acabar con todos nosotros, o Es más maja, la Concha, o ¿No me irás a decir que te parece guapa, esa guarra? En esencia, Concha era como una de esas ineludibles rotondas de carriles infinitos con las que uno siempre acaba topándose en España y, tanto si la encuentra útil como si no, ha de recorrerla con sumo cuidado para no ser embestido por el coche de al lado, que no dudará en hacer alguna peligrosa e inesperada maniobra en el último momento, cuando uno ya se preparaba para salir de la puta rotonda.
Lo que ninguna madre se atrevía a decir en voz alta era que aquella conversación pública en torno a Concha les resultaba liberadora: no tener que examinarse demasiado a una misma, vomitarle a otra los problemas, depositar toda angustia en un cuerpo externo que se alimenta de lo que a una no le sirve. Claro que Concha se había convertido en un monstruo social por voluntad propia, pero eso tenía poco que ver con el baúl de inseguridades que cada madre arrastraba diariamente de casa al instituto, del instituto al trabajo, del trabajo a casa, donde sus maridos las esperaban con la tele puesta, el estómago vacío, la camisa sucia y desabrochada, los pies encima de la mesa, la lata de cerveza en la mano, la misma conversación de todos los días. Y, aunque la presencia de Concha reforzaba esos miedos, también los hacía asomarse, pronunciarse y tomar la forma de algo tangible; en otras palabras, les permitía, por primera vez, afrontarlos. Aquellas mujeres, que se habían pasado los últimos quince años consumiendo vidas ajenas a través de programas y revistas del corazón aspirando a la vacuidad de la fama y el dinero, descubrían de repente, ante sus propios ojos, a un palmo de distancia, que no se trataba de fama ni de dinero, sino de algo más prosaico. ¿Por qué nosotros no vamos nunca al teatro?, le dijo un día una de las madres a su marido después de encontrarse a la familia de Concha, muy bien puesta, de camino a ver una adaptación de Los Miserables. ¿Qué dices?, le respondió. ¡Quiero ir al teatro!, insistió ella desde la cocina. ¡Pues ve!, le gritó él y acto seguido le subió el volumen al fútbol. No es que Concha fuese especialmente consciente de este rol terapéutico que ejercía sobre las demás madres; ella tenía sus propios problemas y no podía andar pendiente de las torpes miserias de los demás.
Sea como fuere, Concha lograba estar presente en cada rincón de aquel barrio de Granada. Y tanto si sus apariciones dialécticas generaban alegría o fastidio, la presencia de Concha creció y creció hasta diseminarse por todas partes como una niebla espesa que no dejaba ver nada ni a nadie más. Por supuesto, Concha disfrutaba de esa posición de poder. ¡Su trabajo le había costado! Primero se esmeró en acercarse al resto de madres, en decirles que las entendía, que compartía sus preocupaciones. Luego, encendió algunos fuegos en el seno del instituto y los mantuvo a raya; ella misma se ocupó de apagarlos antes de que sus efectos pasaran a ser devastadores. Por el camino se fue ganando el favor de unos y otros, conscientes de que el IES Padre Marcelino necesitaba a una persona capaz de darle la vuelta a la caída de matriculaciones de los últimos años. Concha era la candidata perfecta: entendía la necesidad de poner sobre la mesa una oferta de excursiones, viajes de estudios, intercambios y actividades complementarias que atrajeran alumnado. Ni los profesores ni el equipo directivo del instituto estaban por la labor de asumir tales responsabilidades, por lo que su mensaje empezó a calar. Para cuando hubo elecciones, los alumnos del instituto ya especulaban con cruceros por Italia e intercambios con Estados Unidos. Fue así como se convirtió en la presidenta de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos —el AMPA— del instituto. Aquello, claro, la situó rápidamente en el mapa. Concha accedió a una posición de relevancia e influencia sobre el resto de personas de aquel lugar en el que la vida giraba en torno a los hijos. Todo el mundo pasó a requerirla, a buscarla, a intentar ganarse su amistad.
El colegio de educación primaria y el instituto de secundaria estaban separados por un muro y rodeados por una retahíla de pisos en los que vivían, en gran medida, las familias a cargo de los niños y niñas que ocupaban sus aulas. Cuando la vida apretaba en casa, el tiempo seguía corriendo en los bajos de los edificios: decenas de bares, un par de tiendas de alimentación regentadas por chinos, un número indeterminado de fruterías, panaderías y carnicerías, dos sucursales de bancos recientemente absorbidos por otros bancos, una peluquería y un Coviran en cuya entrada siempre hacía guardia algún mendigo. Un poco más allá había un descampado con un edificio abandonado, que habían ocupado y reconvertido unos hippies, y que era lo más parecido a un centro cultural que había en el barrio: club de lectura los lunes, talleres de malabares y diábolo los martes y miércoles, meditación los jueves, y servicio de comida los viernes. Con todo, y aunque el planillo de horarios siempre permaneció colgado en la entrada, cuando algún vecino pasaba por delante del portón que delimitaba el descampado, lo normal es que sintiera más temor que curiosidad por las actividades que llevaban a cabo. Lo habitual, de hecho, es que los padres impidieran a sus hijos acercarse, con soflamas del tipo No los mires, o No cojas nada, como si los hippies se dedicaran a observarlos o como si tuvieran algo que darles. Así era la gente del barrio, gente que creía saber lo que tenía que hacer para sobrevivir y que, como todo el mundo, solo estaba asustada.
No es de extrañar, pues, que todos coincidieran en que el barrio nunca había tenido nada de emocionante antes del surgimiento de Concha. Para bien o para mal, Concha les ofrecía una especie de seguridad jurídica a prueba de hippies y otros males que acechaban a sus hijos; ella misma había decidido consagrarse a esa tarea tiempo atrás, cuando dejó la oficina y empezó a trabajar por su cuenta, desde casa. Tal y como mantenía la madre número tres, que se consideraba a sí misma íntima de Concha, el movimiento se venía fraguando desde la recta final de primaria: la presencia de Concha en el barrio, más bien discreta hasta entonces, empezó a a
