El intercambio

Rebecca Fleet

Fragmento

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Allí

Caroline, mayo de 2015

Al torcer para meternos en la calle, mi primera impresión es que todas las casas de por aquí parecen idénticas. Pulcros rectángulos encalados con pequeñas ventanas saledizas y tejados inclinados. Prácticamente todas tienen jardineras en las ventanas también: alineadas en los alféizares y cuajadas uniformemente de pensamientos blancos y morados, como si se ciñeran a una especie de patrón. Calculo que habrá unas treinta casas, todas construidas en serie con gusto.

—Bienvenida a los barrios residenciales —dice Francis, entrecerrando los ojos por el sol del atardecer que se refleja en el parabrisas mientras conduce por la calle—. Espero que estés contenta. —Lo dice bromeando con patente socarronería.

—No está tan mal —respondo automáticamente, antes de pararme a considerar si lo digo o no en serio. Últimamente este tipo de conversaciones improvisadas son habituales entre nosotros, pullas recíprocas, un ten con ten. Antagónicas, pero inocuas, como entre dos niños que mantienen un leve rifirrafe en el parque infantil. Francis me mira de reojo y hace una mueca.

Me quedo mirando por la ventanilla, contemplando de nuevo la hilera de casas mientras avanzamos lentamente por la estrecha calle. Ahora que me fijo con más atención, reparo en los pequeños toques personales que algunos de los propietarios han tratado de imprimirles. Una puerta de garaje pintada de color chillón por aquí, una elegante placa dorada con el número por allí. Una de las casas, el número 14, se encuentra algo más deslucida que el resto; sus paredes tienen una ligera capa de suciedad, el césped está más crecido y poblado, entremezclado con malas hierbas.

—La están descuidando —comento, señalando por la ventanilla—. La patrulla del barrio les va a dar un toque. —Francis, algo distraído, esboza una sonrisa.

—La 21, ¿verdad? —pregunta, metiendo ya el coche por el camino de entrada. Inspecciono la casa buscando detalles singulares, pero no hay ninguno. El césped está segado con meticulosidad, y las ventanas están enmarcadas con cortinillas, blancas e impecables. Las luces del interior están apagadas y, por un momento, vislumbro el reflejo del coche en la ventana de la planta baja con el resplandor de los faros, el contorno oscuro de nuestras sombras perfiladas juntas en el interior. Por alguna razón, la imagen me produce una sacudida de desasosiego: un leve e irracional escalofrío que pasa tan pronto como ha aparecido.

—Tiene buena pinta —digo; me desabrocho el cinturón de seguridad y abro la puerta del coche. Fuera hace más frío de lo que imaginaba, el viento me eriza el vello de la nuca. Francis sale del asiento del conductor renqueando con exageración. El trayecto desde Leeds ha durado poco más de cuatro horas; no ha estado mal, pero ha sido lo bastante largo como para crear esa sensación de modorra y letargo por haber permanecido demasiado tiempo confinados e inmóviles. En los viejos tiempos nos habríamos turnado al volante, pero cuando dejé de ofrecerme no tardó en dejar de pedírmelo.

—Sí, dentro de lo que cabe. Un par de horas más y podríamos haber llegado a París —comenta Francis en tono quejumbroso, sonriéndome con malicia—. Paseos románticos por los Campos Elíseos. Una agradable taza de café au lait y un cruasán habría sido un puntazo ahora mismo.

—Ya lo sé —reconozco—, pero me parecía demasiado engorroso, y un poco lejos, para dejar a Eddie y todo lo demás. Tómatelo como una prueba en esta ocasión, a ver qué tal. A lo mejor el año que viene.

Este es un terreno trillado. Desde el principio, los planes de Francis para esta semana habían sido más ambiciosos que los míos. De todos modos, su entusiasmo había brotado con ímpetu de la nada cuando le lancé la sutil indirecta de un intercambio de casa; había pasado de la apatía a una energía delirante en cuestión de segundos. Respondió tan de buen grado a mi propuesta que yo me acobardé y no le dije la verdad: que me había registrado en un impulso tonto en la página web de intercambio de casas hacía meses y lo había olvidado. Vi el mensaje con la notificación de pura casualidad, al revisar mi carpeta de spam buscando un correo de una amiga. «¡Alguien quiere intercambiar su casa contigo!». Era un gancho intrigante que me incitó a seguir adelante. Pinché en el enlace y ahí estaba: un mensaje amable e impersonal de alguien que firmaba como S. Kennedy y mostraba interés en nuestro piso del centro de Leeds a cambio de su casa en Chiswick, si las fechas cuadraban.

Yo había echado un vistazo a las fotos del número 21 de Everdene Avenue —a la decoración anodina y las frías paredes en tono pálido, al coqueto jardín delantero—, pero lo cierto es que apenas me había fijado. Lo único que pensé fue que cabía la posibilidad de cambiar de aires por un coste mínimo, una semana fuera los dos solos, si mi madre se quedaba a cargo de Eddie. Lo bastante cerca de Londres como para hacer recorridos turísticos de un día, lo bastante lejos del centro como para tener la sensación de escapar del ajetreo urbano. Meses antes habíamos sopesado la idea de unas vacaciones en España y la habíamos descartado. Demasiado gasto y demasiado esfuerzo, o al menos eso es lo que nos habíamos dicho el uno al otro. Tal vez en su fuero interno, Francis también se había sentido amilanado por las implicaciones de una habitación de hotel en un entorno cálido y noches a la luz de las velas en una terraza con aroma a mimosas.

Francis se pone a hurgar debajo de las macetas y localiza la llave.

—Prepárate —dice, blandiéndola—. Ahora es cuando descubrimos que han dejado un montón de cadáveres putrefactos en la cocina.

Pongo los ojos en blanco, ignorando el fuerte escalofrío que me recorre la espalda de arriba abajo. Por muy ridículo que sea su comentario, no puedo evitar tener la sensación de que la situación es extraña, ocupar una casa ajena. Recuerdo un programa que vi hace meses: un chalado de esos merodeando en una casa supuestamente embrujada, divagando acerca de cómo las tragedias del pasado estaban incrustadas en las paredes. Me había parecido una chorrada, pero aquella noche había soñado que caminaba por habitaciones silenciosas y pasillos fríos y oscuros, respirando el aire cargado y viciado.

Francis abre la puerta y permanecemos en silencio durante unos instantes en el umbral.

—Bueno —comenta finalmente—, no había por qué preocuparse. Los polis ya han estado aquí y lo han limpiado todo.

Esbozo una media sonrisa, concentrada en observar a mi alrededor. En mi vida he visto una casa tan vacía. Paredes desnudas, ni un mísero espejo. Suelos claros de madera de pino y puertas lisas abiertas de par en par en habitaciones prácticamente sin amueblar. Una sala de estar con un sofá de piel negro austero y monolítico, y una estantería con escasos libros. Atisbo la cocina al fondo del pasillo: la mesa de madera de pino despejada y un reluciente horno que da la impresión de que acaba de ser instalado.

—¿Es esto… normal? —pregunta Francis, y acto seguido avanza con cautela por el pasillo, se asoma a las habitaciones una por una y me sigue escaleras arriba—. O sea, no es muy...

—Acogedora —apunto, al llegar al dormitorio. Es como una exposición de una feria de arte moderno. La cama de matrimonio está cubierta con un pulcro edredón marrón chocolate y dos almohadas, y hay una cómoda junto a ella y un armario grande en el rincón de la habitación, pero está tan desprovisto de efectos personales como las restantes habitaciones.

Sobre una de las almohadas yace una hoja de papel blanco, perfectamente doblada por la mitad. Cruzo la habitación y la abro; está escrita a máquina, en una fuente pequeña, centrada. «Querida Caroline —reza—, espero que disfrutes de la estancia. La información está en una carpeta en la cocina. Por favor, sírvete cualquier cosa que encuentres. S.».

Le leo la nota a Francis, que rompe a carcajadas incluso antes de terminar de leerla.

—¿Qué? —digo con irritación—. ¿De qué te ríes?

Francis se toma un momento para recobrar la compostura.

—¿Por dónde empiezo? —contesta—. Su manera de dirigirse únicamente a ti, como si yo no existiera. La idea de que te sirvas un poco de una puta nada, que es lo único que hay, por lo que veo. El hecho de que la haya dejado encima de la cama, como una especie de carta de amor, solo que es la nota menos romántica que jamás he tenido el placer de recibir, aunque sea de manera indirecta. Toda esta historia es...

—Vale, vale. —Hago una bola con la nota, se la lanzo y me río a mi pesar—. Estoy segura de que lo hizo con buena intención. Y, sí, es un pelín austera, pero tampoco es que tengamos que pasar todo el tiempo aquí, ¿no? Podemos ir a Londres, salir a cenar. Esa era la idea, ¿no?

Francis se encoge de hombros.

—Sí, supongo que sí. Bueno, una de las ideas.

Lo observo desde el otro lado de la habitación y, de buenas a primeras, el ambiente se enrarece, nuestra risa se diluye en el espacio que nos separa. El silencio se alarga un poco más de lo normal, y dejo que se prolongue, me apoyo contra la pared de la habitación y vuelvo la vista hacia el frío brillo del sol que se filtra por la claraboya. No me hace falta mirarle para ver la expresión de su rostro: perdida y ausente, una extraña mezcla de rebeldía y arrepentimiento.

—Bueno... —digo, por decir algo, al tiempo que noto que el pánico comienza a apoderarse de mí. Ya echo de menos a Eddie, y el puente que tiende entre nosotros, el amor compartido y la atención que podemos centrar en él. Ahora no hay más que el repentino terror y la claustrofobia de estar atrapada en una casa ajena con mi marido, durante siete días enteros, con la sensación de que cada hora será como una potencial mina terrestre que tendremos que sortear de puntillas, evitando cualquier cosa que pueda romper la precaria tregua que nos hemos dado a lo largo de los dos últimos años. Curiosamente, parece oportuno que esta casa esté tan vacía: pelada, sin lugar donde esconderse. Y esa era la idea, claro. Ambos estamos cansados de escondernos. Tarde o temprano, deberemos ponernos al descubierto, plantearnos lo que tenemos y averiguar si es suficiente o no. Al frotarme la cara con la palma de la mano, la noto húmeda.

—¡A deshacer la maleta! —exclama Francis en tono jovial y desenfadado. Abre la cremallera de nuestra maleta, encima de la cama, y se afana en sacar la ropa y estirarla—. Habrá que ponerse manos a la obra. —Sonríe, sus ojos llenos de calidez, pero creo que puedo leer el mensaje que se esconde tras la sonrisa. Hora de seguir adelante y enterrar el momento.

—Voy al baño —digo—, a la vuelta te ayudo. —Necesito unos momentos para tranquilizarme; tengo los nervios de punta. Con el corazón acelerado, cruzo el pasillo en dirección al baño. Me sorprende lo fuerte que suenan mis pasos sobre los suelos de madera abrillantados, sonidos secos que retumban y rompen el silencio, y me da por apurar el paso. Por un momento, curiosamente me recuerdan a cómo solía cruzar correteando el pasillo entre la habitación de mis padres y la mía; la sensación vagamente sobrenatural de que no estaba sola.

Aparto el recuerdo de mi memoria y empujo la puerta del baño. Es otro espacio impoluto y reluciente, pulido hasta la perfección: superficies de mármol y accesorios metálicos. Han dejado la ventana abierta unos milímetros. Por la rendija entran ligeras ráfagas de aire que hacen aletear el cuello de mi camisa.

Quiero moverme, pero me he quedado petrificada en el umbral, absorta en el jarrón de la repisa de la ventana. Tiene un ramo de rosas de color rosa, arregladas con esmero y a punto de abrirse. Trato de desechar mis pensamientos, pero se suceden demasiado rápido para mí. Un latido de desesperación me atraviesa el cuerpo: la milésima de segundo de inevitabilidad previa al golpe y la explosión del recuerdo, demasiado vívido para ignorarlo. Todos estos meses de contención y negación conscientes, y basta con ver unos pétalos rosas ondulados. Sin más, de repente, vuelves a mi mente.

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En casa

Caroline, diciembre de 2012

Me despierto sola de nuevo. Durante la noche, he abierto y estirado las piernas, invadiendo su lado de la cama. Las sábanas están ligeramente frías. No logro recordar si comenzamos la noche acostados juntos o separados.

El reloj de la mesilla de noche marca las siete menos cuarto y una luz plomiza se filtra por las cortinas e impregna la habitación. Me quedo tumbada cinco o diez minutos, escuchando los sonidos del silencio. Nada. Lentamente, salgo de la cama y me pongo la bata. Noto un dolor incipiente en las sienes y cojo el vaso de agua que tengo en la mesilla de noche, pero está vacío. Aun así, busco a tientas el pequeño paquete de analgésicos. Me trago dos y hago una mueca por el roce áspero de la película contra el fondo de mi garganta. La visión de mi propia cara, vislumbrada fugazmente en el espejo inclinado que hay junto a la puerta, me produce un golpe de vértigo. La tez pálida, los ojos embadurnados de tiznajos de rímel. A estas alturas rara vez me molesto en desmaquillarme antes de acostarme. Como tantas otras cosas, parece que ya no tiene sentido, se ha diluido en el esfuerzo de existir.

Salgo con sigilo al pasillo. Ahora oigo las incesantes ondas de sonido metálico procedentes de la sala de estar: música dramática, murmullos entrecortados. Empujo la puerta y me asomo al interior. La luz del ordenador ilumina tenuemente la oscuridad. Está ahí sentado, con la cabeza apoyada en una mano, el codo descansando sobre el brazo del sofá. Con la mirada clavada en la pantalla. Una de esas series policiacas escandinavas: mobiliario crema y beis, hombres demacrados de uniforme hablando en un idioma extranjero en tono apocopado y monótono.

—Francis —digo, pero no reacciona.

Me estremezco al sentarme en el borde del sofá.

—No te has acostado —señalo. Es una suposición, pero no lo niega; se encoge de hombros de manera casi imperceptible.

—Me quedé dormido aquí —responde por fin—. Luego me desperté. —Tiene la mirada lánguida y vidriosa, sigue concentrado en la pantalla. Últimamente, da la impresión de que hace poca cosa salvo dormir, y sin embargo al mirarle me recuerda nada más y nada menos que a las fotos en blanco y negro que he visto de víctimas de tortura a las que sus secuestradores han mantenido despiertas durante interminables días.

—Vaya —digo por decir. Si algo le despierta de repente en mitad de la noche, no tengo ni idea de lo que es. Ha dejado de ser un libro abierto como lo fue en su día. Yo era capaz de interpretarlo con tanta facilidad como respirar; leer y palpar la cualidad de sus pensamientos como si se tratase de los míos. Ahora, se ha cerrado en banda. Me paso el tiempo tanteando a ciegas en la oscuridad en busca de una llave que no encuentro.

Termina el episodio del ordenador. Pasan los títulos de crédito, pequeños y borrosos contra un fondo gris. Un sonido estridente suena débilmente por detrás, el tipo de música siniestra y machacona que me provoca una sensación de asfixia. Noto que tengo la piel caliente. Por un momento, creo que voy a desmayarme. Parpadeo con fuerza y me clavo las uñas en las palmas de las manos.

—¿Vas a trabajar hoy? —pregunto—. ¿Alguna cita? —Al preguntar, caigo en la cuenta de que no recuerdo la última vez que fue a la clínica. Trato de imaginar al hombre que hay junto a mí sentado en su sillón de terapeuta, escuchando a sus pacientes. Me cuesta horrores.

Francis parece algo hastiado, como si le hubiera recordado algo desagradable.

—No.

—Vale. —Vacilo, a sabiendas de que no debería continuar. Es demasiado tarde; las palabras emergen a la superficie y me salen a borbotones—. Entonces ¿qué vas a hacer? ¿Algún plan?

Cierra el portátil de golpe, con lo cual la habitación se queda a oscuras repentinamente y nos sumimos en la penumbra.

—No —repite tras unos instantes. Observo su perfil durante unos minutos, instándole a volver la cabeza y mirarme, pero no se mueve, y al final me levanto y me marcho sin más.

En el baño, me quito el maquillaje de la noche anterior y me maquillo para el día que tengo por delante. Me concentro en mi cara por partes, frotando y retocando una pequeña zona tras otra a conciencia. Me embadurno la piel con base de maquillaje, me aplico sombra de ojos con cuidado sobre los párpados, me perfilo los ojos con lápiz negro hasta las comisuras. Por último, elijo una barra de labios rosa oscuro, la extiendo despacio por mi boca y pego los labios para fijar el color. Solo entonces me aparto y me miro al espejo. Tengo buen aspecto. Mejor del que debería. Aun así, no me gusta observarme fijamente. Temo ver algo que no deseo transmitir. Desencanto, tal vez, o tristeza. Cualquier cosa.

—¡Mami! ¡Mami! —La voz de Eddie se deja sentir desde el fondo del pasillo, en tono jovial con un deje lastimero. Echo un vistazo a mi reloj. Las siete y media ya, y solo disponemos de una hora para arreglarnos y salir de la casa. Después el trayecto a la guardería con la lengua fuera, el autobús de vuelta al centro para ir a la oficina, ocho horas sentada a mi mesa, dándole vueltas a la imagen de Francis solo en la casa y preguntándome qué estará haciendo, en qué estará pensando. El mero hecho de planteármelo me resulta extenuante.

«Podría volver a acostarme». La idea se me pasa por la cabeza, clara y dulce como el agua, mientras cruzo el pasillo y abro la puerta del dormitorio de Eddie. Llamar al trabajo con la excusa de que estoy enferma, taparme hasta la cabeza y dormir otras ocho o nueve horas. Pero no voy a hacerlo.

—¡Buenos días! —canturreo, y descorro las cortinas. Me agacho sobre su cama y lo cojo en brazos; noto cómo sus deditos tibios se aferran a mi cuello.

Comienzo la rutina. Ropa, desayuno, cepillado de dientes. Primero una cosa, luego la otra. Así es como se sobrevive en la vida. Así va la cosa.

—Hoy, guardería —le digo a Eddie—. ¿Qué crees que vas a hacer?

Él inclina la cabeza hacia un lado, con ademán pensativo.

—No sé —responde despacio—. Jugar, creo.

—Me parece que has acertado —comento risueña, y él me sonríe de oreja a oreja, en cierto modo consciente de que ha hecho una gracia—. Bueno, pásatelo bien, ¿eh? —añado.

A las ocho y media cepillo con cuidado su pelo rubio veinte veces, contando mentalmente cada pasada. Él está murmurando para sus adentros, moviendo dos animales de plástico sobre su regazo en algún juego enrevesado.

—¿Qué están haciendo? —pregunto, pero no contesta; vuelve sus ojos grises hacia mí y los entrecierra con aire receloso. A veces, sus expresiones me resultan de una madurez inaudita, propias de mucha más edad que los dos años y medio que han tenido para formarse en su cara.

Termino de cepillarle y le estiro la camiseta.

—Ve a despedirte de papá —digo, y se va correteando con entusiasmo a la sala de estar. Oigo la voz de Francis, elogiándolo por lo guapo que está, advirtiéndole que se porte bien y deseándole un buen día. Parece estar de buen talante, incluso cariñoso. De lo más normal. La idea me levanta el ánimo, y cruzo el pasillo apresuradamente para ir a su encuentro. Como es natural, está sonriente, acariciándole la coronilla a Eddie con la palma de la mano—. Bueno, nos vamos —anuncio. Eddie, que se conoce la rutina, se escabulle y enfila ruidosamente el pasillo hacia la puerta para esperarme. En cuanto se va, el ambiente se enfría y enrarece. Francis vuelve a sentarse, levanta la tapa del ordenador de un tirón y se concentra atentamente en la pantalla.

—Vale —responde.

—No te olvidarás de recoger a Eddie, ¿verdad? Tengo la fiesta esa del trabajo, ¿te acuerdas? —pregunto.

Él alza la vista, con un fugaz gesto de irritación.

—Ya lo sé —replica molesto—. Ya me lo has dicho. Tres o cuatro veces.

Me muerdo la lengua para contener la respuesta que aflora en mis labios: el reproche de que lo que recuerda últimamente parece ser totalmente arbitrario, una criba a través de un sistema invisible mediante el cual puede aferrarse durante años a la apreciación de un mínimo desliz o palabra dicha sin pensar, y en cambio dejar fechas, horas y citas flotando a la deriva como delicadas nubes de algodón de azúcar.

—Muy bien —digo, a sabiendas de mi tono seco y desabrido—. Bueno, no me esperes levantado. —La trillada frase está de más entre nosotros.

Francis se reclina en el asiento y suelta un breve suspiro de hastío que me eriza el vello de la nuca.

—Hasta luego —contesta con desgana y, de repente, me da por pensar en tocarlo, por preguntarme en qué medida cambiaría las cosas si me acercara, me pusiera de rodillas delante de él, posara las manos sobre su frente y le atusara el pelo y lo besara en los labios. Curiosamente, la idea me seduce, pero no muevo un dedo.

Me despido de él y busco algo más que decir, pero no hay nada.

En el bar, cuyas paredes están decoradas con luces de Navidad parpadeantes, hace calor y está oscuro. Al mirar la hora, compruebo que ya son casi las diez. Llevo días amedrentada con esta fiesta, incapaz de imaginarme con el menor espíritu festivo, pero ahora que ha llegado el momento siento un tremendo alivio. Últimamente, da la impresión de que he limitado mis movimientos a ir de casa a la oficina como un hámster en una rueda, un ciclo interrumpido únicamente por alguna que otra cena aburrida con una amiga, llena de tópicos y mentiras que termina antes de las nueve. Llevo mucho tiempo sin salir en grupo con el vestido corto brillante que he traído para cambiarme.

Bajo la vista, tiro hacia abajo de su borde para taparme los muslos, observo su brillo y, no sé por qué, me entra una risita nerviosa. Me sorprende que esté tan borracha ya. Tengo una agradable sensación de mareo y embotamiento. Al otro lado de la mesa, Steven está alzando la voz haciendo un vago intento de imponer su autoridad, explayándose en un brindis. «Todos hemos trabajado mucho...», capto. «Es hora de celebrar y dirigirnos con ímpetu hacia otro año de...».

Sea lo que sea hacia donde nos tenemos que dirigir queda sofocado en un clamor general de asentimientos a coro y tintineo de copas. En cualquier caso, tampoco importa tanto; en el mundo de las agencias de medios, no nos puede ir mucho mejor. Cojo mi copa con ímpetu y me uno al brindis, sin que me moleste que el líquido se derrame por mi mano. Apuro el resto y hago una mueca por la quemazón del alcohol. Últimamente no bebo mucho. La cabeza me da vueltas, y decido ir al baño. Le doy un codazo a Julie, sentada a mi lado en el banco, para indicarle que quiero salir, y al apartarse casi se cae sobre el regazo de uno de los comerciales junior, que no parece molesto en absoluto.

—Tómate tu tiempo —exclama ella, guiñándome un ojo. Le hago una mueca con gesto cómplice, pero no puedo evitar sentir una fugaz punzada de algo similar a la envidia.

Me abro camino a través del bar. Aunque la música resuena a todo volumen a mi alrededor, en mi cabeza consigo oír el repiqueteo de mis zapatos de tacón alto, definido y rítmico, sobre el suelo pulido, la vibración de cada sonido a través de mi cuerpo. Los focos emiten destellos sobre mí, se reflejan y difuminan sobre la reluciente barra metálica. Conforme me acerco, veo que Carl está esperando ahí, apretujado entre el gentío. Está mirando su teléfono, con la cabeza gacha, aguzando la vista frente a la pantalla iluminada.

—Así no te van a servir en la vida —comento al pasar; él alza la mirada y se ríe, se guarda el teléfono en el bolsillo y vuelve la vista hacia la barra.

—Ya —responde—. Me he distraído. Están tardando un siglo. Ni siquiera me acuerdo de lo que quiere cada uno.

—Pues pide unas cuantas limonadas. —Me encojo de hombros con una sonrisa pícara.

—No es mala idea —dice—. Todos están tan pedos que de todas formas ni se darían cuenta.

—Tú no — replico.

—Ni tú. Nosotros somos los sensatos —contesta.

—Efectivamente. —Resulta fácil entablar este tipo de charla trivial con Carl, es pan comido. En dieciocho meses moviéndonos por el mismo trozo de moqueta cinco días a la semana se ha forjado una amistad entre nosotros que he aprendido a valorar. Aunque es casi diez años menor que yo, compartimos la misma filosofía hacia el trabajo que desempeñamos: la misma mezcla de tedio, frustración con nuestros compañeros y momentos puntuales de emoción e interés.

—¿Lo estás pasando bien? —pregunta, al tiempo que se aparta de la barra para volverse hacia mí, desistiendo en su intento de llamar la atención del camarero.

—Sí..., genial —respondo, inclinándome hacia delante con gesto sincero para darle énfasis, y al hacerlo se me tuerce el tacón, trastabillo ligeramente y me estampo sobre él; la manga de su americana roza mi piel desnuda.

—Quieta. —Me endereza; sus oscuros ojos, divertidos, resplandecen bajo los haces de luz que iluminan la barra.

—Perdona —digo entre risas—. No..., hum, no era mi propósito abalanzarme sobre ti de esta manera. —Se supone que es una broma, el tipo de comentarios ligeramente insinuantes que tan acostumbrados estamos a hacer en la oficina, pero en cierto modo en este lugar (el ambiente oscuro impregnado de perfume, los focos tintados de rojo y la gente apiñada a nuestro alrededor) suena distinto. Cargado de intenciones. Súbitamente muerta de vergüenza, me da por mirarle fijamente a los ojos, y tengo un segundo o dos para percibir algo extraño en este mutuo silencio antes de que él se encoja de hombros y sonría.

—No pasa nada —contesta—. Serán todas estas limonadas. —De repente se aparta de mí, hace una seña al camarero y recita una retahíla de bebidas, aparentemente al azar. Respiro hondo unas cuantas veces para recobrar la compostura—. Bueno —dice al terminar—, ¿cómo te va?

—Eh... Ahí voy. —La pregunta es tan vaga que no merece la pena entrar en detalles—. Al borde de una crisis nerviosa —explico brevemente—. Es broma —añado un momento después, aunque en realidad no lo es.

Carl se apoya contra la barra con los brazos cruzados.

—¿Las cosas siguen mal en casa? —pregunta.

Me encojo de hombros. La referencia implícita a Francis me provoca una desagradable punzada, y caigo en la cuenta de que prácticamente no he pensado en él en toda la noche. Una súbita imagen me viene a la cabeza: su cuerpo apoltronado con apatía en el sofá, dormido como un tronco o en el limbo, la lámpara encendida en el rincón de la habitación fría y gris..., y después desaparece.

—No muy allá —admito. Sopeso la posibilidad de dar más explicaciones, pero la verdad es que no encuentro las palabras. Carl está más al corriente de mi situación familiar que la mayoría y siempre se nos ha dado bien mantener un equilibrio entre la intimidad que entraña nuestra amistad y una respetuosa distancia, pero esta noche no confío en poder encontrar ese equilibrio. Tengo la ligera e inquietante sensación de que, si me pusiera a hablar, no lograría parar.

Aunque me está observando con atención, adopta un tono ligero al decir:

—Bueno, si necesitas un hombro sobre el que llorar, ya sabes que aquí me tienes.

Asiento. Me consta que debería decir algo, pero de repente me he quedado en blanco.

—Será mejor que vaya al baño —contesto, y me giro en redondo, consciente de que me tiemblan las piernas.

En el baño me enjuago la cara con agua fría y me miro al espejo mientras las gotas resbalan por mi piel. Mis ojos, resplandecientes con el destello de la luz roja, parecen muy abiertos y penetrantes. Ladeo la cabeza ligeramente, observándome de perfil, examinándome desde un ángulo y otro. La habitación gira a mi alrededor y parpadeo con fuerza para intentar volver a la realidad. Una copa más y me voy a casa.

Paso la siguiente hora apretujada en el pequeño círculo de mis compañeros, escuchando el murmullo de las conversaciones a mi alrededor, prácticamente ausente. Cuando me levanto para despedirme, Carl se acerca a mí para desearme feliz Navidad.

—Nos vemos en Año Nuevo —comenta—. Que te diviertas. —Su abrazo es cálido, ligeramente afectuoso. Dura unos dos segundos, y sin embargo me produce una extraña sacudida, algo que se desvanece sin poder identificarlo y definirlo del todo.

—Y tú —digo—. Bueno, adiós. —Y acto seguido me escabullo del bar, con el corazón acelerado de nuevo, y el aire gélido me cala los huesos bajo mi fina chaqueta al salir.

Durante todo el trayecto de vuelta a casa, esos escasos minutos en el bar se reproducen sin ton ni son en mi mente. Apoyo la cabeza contra la ventana del autobús, empañada. Jamás había pensado en Carl de este modo —no realmente, no seriamente—, pero ahora mismo no puedo quitármelo de la cabeza. Una mera fantasía inocente, me digo para mis adentros. Nadie podría echármelo en cara. Y de buenas a primeras doy rienda suelta a mi imaginación y me pregunto cómo sería besarle..., besar a quien sea, después de tanto tiempo. Es una ocurrencia rara que me abruma. Aprieto las yemas de los dedos contra mi frente, que ya me duele. Mañana voy a estar en pésimas condiciones para ser la esposa y madre perfecta.

Al llegar a casa, abro la puerta silenciosamente y, nada más hacerlo, oigo los ronquidos de Francis. Camino de puntillas hasta la puerta de la sala de estar, entornada, y lo veo despatarrado en el sofá, vestido de pies a cabeza, completamente dormido. En silencio, me doy la vuelta, me dirijo al dormitorio y cierro la puerta al entrar. Me quito mi corto vestido plateado, notando cómo las lentejuelas arañan mi piel, dejo caer al suelo mi ropa interior y me quedo de pie desnuda delante de la ventana. Las cortinas están descorridas, y titubeo durante unos segundos antes de cerrarlas, mientras un oscuro pensamiento latente va adquiriendo forma en los recovecos de mi mente: un súbito deseo libertino de ser observada, de ser vista.

Me desplomo sobre la cama, alargo la mano para coger el bolso, saco el teléfono e inmediatamente veo parpadear la luz de un nuevo mensaje. Con una corazonada, se me eriza el vello y, efectivamente, el nombre que aparece en la pantalla es el de Carl.

«Me he alegrado de verte —reza el mensaje—. Te gustará saber que decidí irme a casa poco después de que te marcharas. Hay que mantener la sensatez, ¿no?».

Intento pensar en algo que responder, pero los pensamientos se me escapan y no consigo retener lo que quiero decir. Dejo caer el teléfono encima de la mesilla de noche, me giro para apagar la lamparita y, al tumbarme boca arriba y cerrar los ojos, la cabeza me da vueltas. Solemos mandarnos mensajes, pero rara vez a estas horas de la noche. En vista de mis fantasías durante el trayecto de vuelta a casa, me parece significativo. Pero, por supuesto, no lo es. No cambia nada. De todas formas, mientras sigo tumbada en la oscuridad pensando en él, hago algo que no he hecho desde hace muchísimo tiempo y, al despertarme horas más tarde, amodorrada por sueños que prácticamente no recuerdo pero que me han dejado cachonda, frustrada y confusa, vuelvo a hacerlo.

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No miro las fotografías del pasillo hasta un día y medio después. Son tal y como esperaba: instantáneas estudiadas de idílicas escenas conyugales y familiares. Caroline riendo con Eddie en brazos contra un fondo de nieve resplandeciente, ambos con gorros y guantes de lana; Caroline y Francis paseando agarrados de la mano por la arena de la playa con gesto risueño y encandilados por el atardecer, en una foto tomada seguramente por algún curioso al que abordaron; los tres sentados entre el batiburrillo de lo que probablemente sea la mañana del día de Navidad, rodeados por un revoltijo de papel de regalo y lazos de múltiples colores. Todas muestran diferentes situaciones, diferentes escenas, pero tienen una cosa en común: da la impresión de que todas se han hecho a lo largo del año pasado. No hay progresión, no dan la impresión de contar una historia. Todo lo acontecido anteriormente es una página en blanco.

No les dedico tanto tiempo como había creído. Ahora que lo pienso, no son más que fotos. Tampoco me duele tanto contemplarlas como había imaginado. Su felicidad parece ficticia, y está claro que quienquiera que dijera que la cámara nunca miente no ha pisado este lugar.

Vuelvo arriba a su dormitorio y echo un vistazo al desorden que he creado. No se le podría reprochar a cualquiera que entrase aquí que pensara que se ha producido un atraco sin sentido: efectos personales desperdigados por el suelo sin orden ni concierto, armarios y cajones saqueados y destrozados. No me he molestado en poner orden después, pero he hecho un trabajo concienzudo. Hasta el más tonto sabe que, si una mujer desea poner un secreto a buen recaudo, lo esconde donde duerme. De momento no he encontrado gran cosa, pero tiempo al tiempo. Tengo la seguridad de que Caroline no es de las que pasa página, pese a la imagen que intenta proyectar. No es de las que toman decisiones. No quiere renunciar a nada.

Quiere nadar y guardar la ropa. Curiosa expresión. Pero real. No puedes tenerlo todo. No puedes aferrarte a algo y a la vez destruirlo. Desear mantener vivos tus recuerdos y al mismo tiempo desear despertarte una mañana para descubrir que se han borrado de tu cabeza... Desear cuidar lo que has conseguido, y al mismo tiempo querer prender la mecha y apartarte para contemplar cómo arde y explota... Sí. Eso es algo con lo que tanto Caroline como yo nos identificamos.

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Allí

Caroline, mayo de 2015

Madrugo y preparo el desayuno en la reluciente cocina. Su desnudez me resulta asombrosamente relajante; en casa, apenas puedo moverme entre los cachivaches. A veces, fantaseo con hacer lo que leo de cuando en cuando en las revistas, tirar todas nuestras pertenencias, hacer borrón y cuenta nueva. La gente que deja constancia de ello comentando este tipo de cosas siempre parece liberada hasta un punto demencial: sonrisa desencajada, ojos muy abiertos y mirada iluminada. A la hora de la verdad, sin embargo, no concibo hacerlo. Francis acumula de todo, y yo ni siquiera sabría por dónde empezar.

Hay huevos y leche en la nevera, aunque poco más, y al echar un rápido vistazo a los armarios de la minimalista cocina encuentro un paquete de harina, así que preparo

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