Esos días azules

Nieves Herrero

Fragmento

1. Mi mundo se paró de golpe

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Mi mundo se paró de golpe

Madrid, 1928

Llevaba todo el día gris, como anunciando un mal augurio. Miró por la ventana a la calle y apoyó la frente sobre el cristal frío. Miraba sin ver. La sensación de soledad inundaba su alma desde hacía días, meses o quizá años. Ni ella misma sabría decir cuándo había comenzado la tristeza a desbordarse en su interior. «Todo mi corazón se ha ido llenando de llanto sereno», comentaba en un soliloquio al que no acababa de acostumbrarse. «¿Qué me está pasando? —se preguntaba—. Me siento muy mal pero no estoy enferma. ¿O sí? Lo único que me cura es escribir. Necesito a las palabras como el náufrago que se ciñe a su tabla para no hundirse. Me ahogo. La soledad me pesa. Casi no puedo disimular.» Andaba Pilar con estos pensamientos mientras salía de casa.

—Señora, ¿dónde la llevo? —preguntó Juan, el mecánico de su madre, antes de abrirle la puerta para que se subiera al coche. Doña Ernestina apenas salía de casa y le cedía gustosamente su automóvil para que entrara y saliera de su domicilio sin dar explicaciones a su marido.

—Al Lyceum Club, ya sabe. —Le miró con sus ojos castaños, deseosos de no morir en vida—. ¡A la calle de las Infantas!

—Como mande —respondió Juan, inclinando su cabeza a la vez que cerraba la puerta.

Pilar iba sin carabina ese día. Hortensia Peinador se había quedado con sus hijos. Se movía por Madrid sola en ese comienzo de 1928, aunque no estaba bien visto. De todas formas, eran solo unas horas porque su desafío a la sociedad del qué dirán acabaría justo cuando se reencontrara con su marido para ir a la ópera. Desde hacía dos años pertenecía a ese club de mujeres intelectuales, donde se apoyaban unas a otras. Se trataba de un incipiente feminismo ilustrado. Ciento quince mujeres de la élite sociocultural, lideradas por María de Maeztu como presidenta y Victoria Kent e Isabel Oyarzabal como vicepresidentas, comenzaron reuniéndose con asiduidad para defender los intereses de las mujeres. Fomentaban la igualdad femenina, el espíritu colectivo y el intercambio de opiniones; así como la plena incorporación de la mujer al mundo de la educación y del trabajo. Tuvieron tanto éxito que, en un año, llegaron a las quinientas socias. Pilar fundamentalmente acudía a aquellas reuniones cuando se hablaba de literatura. Lo hacía junto a sus amigas Carmen Baroja y María Calvo.

Pilar de Valderrama a punto de cumplir los treinta y cinco y, a pesar de haber tenido tres hijos prácticamente seguidos —Alicia, Mari Luz y Rafael, de dieciséis, quince y doce años—, conservaba la pequeña cintura que remarcaba sus caderas y su voluptuoso pecho. Llevaba un traje largo de color rosa claro con un encaje que bordeaba su cuello y el remate de sus mangas. El pelo negro y largo lo peinaba siempre con un recogido que remataba con dos adornos florales.

Su marido, Rafael Martínez Romarate, era un hombre bien parecido. Ocho años mayor que ella, delgado y siempre bien vestido. Le gustaba ir con levita y chaleco. El cuello duro de su camisa tapaba su cuello y una fina corbata le daba un aire muy distinguido. El pelo engominado y un pequeño bigote en uve le proporcionaban un aire regio por su cierto parecido al rey Alfonso XIII. Llevaban diecisiete años casados. A Rafael no le gustaba que su mujer perteneciera a ese grupo de «las maridas», como las llamaban sus más fervientes críticos. Tampoco aplaudía sus libros de poesía. Ya había publicado uno donde vertía su alma solitaria, Las piedras de Horeb, y estaba concluyendo otro al que ya le había puesto título: Huerto cerrado. Buscaba editor para publicarlo. El verso con el que iniciaba el libro decía: «Por fuera la vida / y yo aislada dentro / sobre el viejo mundo / en mi nuevo mundo».

Esa tarde en el Lyceum no se hablaba de otra cosa más que de la muerte de la conocida actriz María Guerrero. La dama de la escena española era admirada por las mujeres del club puesto que había conseguido formar su propia compañía teatral, todo un logro para ser mujer. La puso en marcha junto a su marido, el marqués de Fontanar, a finales del siglo pasado, y desde entonces había cosechado grandes y sonoros éxitos. Igualmente, por iniciativa suya, se había construido en Buenos Aires un teatro que llevaba el nombre de Cervantes. Se trataba de una mujer absolutamente respetada por las socias del Lyceum.

—Es imposible que ninguna actriz pueda superar su personaje de Raimunda en La Malquerida —comentaba María Calvo, hermana del actor Ricardo Calvo, gran amigo de los escritores Antonio y Manuel Machado. María, de hecho, iba mucho por la casa familiar de los poetas, en la calle General Arrando de Madrid. La hermana del actor había entablado amistad con Pilar a raíz de dar clase a sus dos hijas, Alicia y Mari Luz, y a su hijo Rafaelito, en su casa de la calle Pintor Rosales. De ahí había surgido la amistad entre ambas.

—Ha dicho Jacinto Benavente que nadie como ella ha pronunciado aquellos tres: «¡Esteban! ¡Esteban! ¡Esteban!» en escala ascendente y sin romperse la voz —añadió Pilar.

—Sonaba aquello a clarín de guerra. A trompeta de juicio final. Solo comparable a los «¡Armando! ¡Armando! ¡Armando!» de La dama de las camelias —dijo Carmen Baroja, escritora y etnóloga, hermana de los escritores Ricardo y Pío Baroja.

—Ha podido representar a los grandes de nuestro tiempo: Echegaray, Benavente, Valle-Inclán, Martínez Sierra, Marquina... —volvió a tomar la palabra María Calvo.

—Yo no había visto en toda mi vida un duelo como este por la muerte de nadie —comentó Pilar mientras se levantaba de su asiento tras mirar su reloj—. Me tengo que ir.

—¿Por qué te vas tan pronto? —le preguntó Carmen Baroja—. Los niños están con la institutriz.

—He quedado con Rafael. Me está esperando en la calle Alcalá para ir a la ópera. Os dejo.

—Anima esa cara. Se te ven los ojos más tristes que nunca —se despidió María.

—Sí, lo sé. No sabría explicaros, pero me siento mal. Es como si tuviera un peso profundo en el alma.

—Deberías hacer un viaje sin tu marido a algún sitio. De verdad. Encontrarte a solas contigo misma.

—Sí, reconozco que me vendría bien. Sobre todo, superar las noches. Se me hacen largas...

—Piénsate lo del viaje —insistió Carmen.

—Lo haré.

Se puso el abrigo y salió corriendo del Lyceum Club. Juan estaba ya esperándola para llevarla junto a su marido.

—Siento mucho salir tarde. Me he entretenido más de la cuenta.

—El señor debe de llevar unos minutos de espera pero la tarde no es muy fría. Llegaremos enseguida. Se pasó por aquí hace un rato para recordarme que tienen entradas para la ópera.

—¿Mi marido piensa que me voy a olvidar de algo así? La ópera es para mí algo sagrado.

Pilar se quedó pensativa mirando a través de los cristales. Veía a las personas por la calle y se imaginaba sus vidas. Su mirada se detenía con especial dedicación en las parejas de enamorados y se recreaba pensando lo que podía ser un amor así. Lanzó un suspiro que hizo que el mecánico la observara a través del espejo retrovisor. Pilar siguió con sus pensamientos: «Por fuera la vida y yo aislada dentro».

Cuando llegaron al punto de encuentro con Rafael en la calle Alcalá, vieron que había mucho revuelo de gente en una de las esquinas. También había presencia de la policía. Antes incluso de parar el coche, Pilar se dio cuenta de que algo le ocurría a su marido: tenía la cara desencajada.

—¿Ocurre algo? —preguntó Pilar—. Hay mucho revuelo en la calle.

—Juan, a casa directamente —ordenó Rafael al chófer a la vez que se introducía en el interior del coche.

—¿No íbamos al María Guerrero? —preguntó de nuevo Pilar.

—No estoy para ir a ningún sitio.

Se hizo un silencio. El mecánico cambió de rumbo sin rechistar. Pilar no daba crédito. Miraba de reojo a su marido sin pronunciar una sola palabra. Estaba rabiosa pero sabía que en el estado en el que se encontraba era mejor no llevarle la contraria. Sin embargo, Rafael estaba dispuesto a hablar. Necesitaba contar lo que acababa de suceder delante de sus ojos.

—Se acaba de suicidar alguien importante para mí.

—¡Dios mío! ¿De quién se trata? Por eso había tanta gente arremolinada.

—De una joven que se ha tirado desde la terraza de la casa de sus tíos en la calle Alcalá. Te lo voy a confesar: yo había quedado con ella. Llevábamos dos años viéndonos. No soy capaz de seguir ocultándotelo. Se ve que estaba esperando a verme doblar la esquina para lanzarse al vacío. Estoy abatido. ¡Se ha quitado la vida delante de mí! He tenido yo la culpa. No aguantaba más esta situación tan dura para ella sabiendo que yo estaba casado. Solo tenía veinte años —explicó, tapándose la cara con sus manos.

Pilar se quedó muda, con los ojos muy abiertos. No podía creer la situación que estaba viviendo dentro de aquel automóvil. ¡Su marido le estaba diciendo que su amante se había suicidado delante de él, y pretendía que ella le consolara! Era algo inaudito: hablaba de lo que había sufrido la joven, pero ¿se había parado a pensar en ella con esa confesión? Sentía rabia y dolor, ganas de llorar y a la vez, una aflicción incalificable. Sabía que su marido había sido desleal en más ocasiones, pero esta vez le estaba confesando que la mujer que se había lanzado al vacío formaba parte de su vida desde hacía dos años. «No se sostiene una relación tan larga con alguien que no te importa», pensó Pilar. El engaño de esta ocasión la rompía por dentro. Hacía saltar su vida por los aires. Aquella confesión, al final de la tarde, hacía añicos su corazón. Ahora entendía sus largas noches, su tedio, la frialdad de su marido, su soledad... Todo encajaba de repente. Ella pensaba que tenía una familia, pero se acababa de dar cuenta de que solo formaba parte de una farsa.

Rafael, abatido, esperaba una palabra amable de su mujer, pero Pilar no era capaz de pronunciar una sola frase ni de posar la mano sobre la suya. Solo le entraban ganas de llorar y salir de allí corriendo. No deseaba volver a verle. Si se lo hubiera tragado la tierra, en ese mismo momento, no hubiera vertido una sola lágrima. Su amante estaba más cerca de la edad de su hija Alicia que de la suya. Le miró con desprecio. Giró la cara y dejó de escrutarle.

—Espero que me puedas perdonar. Por favor, dime algo. Pronuncia alguna palabra —solicitó Rafael—. Entenderé cualquier reproche.

Sin embargo, Pilar no tenía palabras. Se había quedado impactada. No salía sonido alguno de su boca. Su vida se había partido en dos, al igual que la de esa chica que se había lanzado por el balcón. Dos mujeres rotas: una muerta en la calle y otra muerta en vida.

El chófer hizo como que no había escuchado nada y aceleró todo lo que pudo para llegar a la calle Ferraz esquina con Pintor Rosales lo antes posible. Aquel hotelito había sido pensado y diseñado por Rafael para crear su hogar. Sin embargo, no era más que una envoltura, pensaba Pilar, porque en su interior solo había falsedades y engaños.

Pilar necesitaba chillar pero su boca parecía sellada. Por más que insistía Rafael, ella no era capaz de articular una sola palabra. Le miraba con rencor y con desilusión. Sus ojos estaban llenos de lágrimas pero las sujetaba como podía. Su orgullo le impedía que la viera llorar.

Nada más llegar a su casa, no esperó a que Juan le abriera la puerta del coche. Salió como una exhalación. Llamó con insistencia al timbre hasta que le abrieron la cancela. Sin saludar siquiera a la joven del servicio, corrió despavorida escaleras arriba y se encerró en su cuarto. Allí salieron las lágrimas a borbotones. No era capaz de poner fin a tanto llanto. Lloraba por la confesión de hoy y por sus soledades de ayer. Era más la frustración que sentía que el dolor de la traición tan prolongada en el tiempo. ¡En qué hora Rafael le pidió casarse! Cogió la foto de su boda, que presidía uno de los rincones de su habitación, y la tiró al suelo. El cristal se rompió en mil pedazos. Se tumbó en la cama y siguió llorando desconsoladamente. Al poco rato, su marido llamó a la puerta con insistencia.

—Pilar, ¡ábreme! —Tocaba con los nudillos.

No hizo ni intención de levantarse para abrir. Se podía escuchar su llanto a través de la puerta pero estaba decidida a no responder. Su marido lo intentó varias veces más, sin éxito. Al cabo del rato, desistió y bajó al salón. Poco más tarde, decidió salir de casa. Pilar, sin embargo, siguió llorando tanto que la almohada se quedó empapada. Aquellas lágrimas parecían no tener consuelo. Sin embargo, poco a poco se fue calmando. Daba la sensación de que sus ojos se habían secado por completo. Se quedó tendida en la cama como inerte, sin vida. No podía pensar en otra cosa más que en escapar. Haría caso a sus amigas. Le vendría bien estar sola y pensar. Sobre todo, debía intentar recomponer su vida porque su futuro y el de sus hijos estaban rotos. Se puso en pie y fue a lavarse la cara con agua fría. Vertió la jarra con agua sobre la jofaina, parecía un ritual para bendecirse y darse fuerzas. Se secó a golpecitos con la toalla, recompuso el traje que llevaba y bajó adonde estaba Hortensia con sus hijos para darles la noticia de su inminente viaje.

—Mañana me iré por la mañana a Segovia. Quiero terminar el libro que estoy escribiendo y me vendrá bien un cambio de aires.

—Pero ¿te vas a ir sola? —preguntó Alicia, la mayor.

—A tu madre le vendrá bien descansar. Tiene mala cara y de vez en cuando conviene desconectar —se adelantó Hortensia, imaginando que no había tenido un buen día.

—¿Nos podemos ir contigo? —comentó Mari Luz.

—Madre, no te vayas —añadió Rafaelito.

—Chicos, ¿no queréis que vuestra madre se encuentre bien? Mirad su cara. Necesita pensar, descansar y escribir —salió de nuevo Hortensia a su rescate.

—Si madre va a estar mejor... Pues claro —dijo entonces el niño.

—Hortensia, venga a mi cuarto en cuanto pueda. Necesito hablar con usted.

Rafael se había ido de casa. Imposible seguir allí intentando que su mujer le abriera la habitación. Su llanto era para él insoportable. Su amante muerta y su mujer destrozada. Necesitaba tomar una copa fuera de aquel lugar que le recordaba la tragedia.

Hortensia siguió los pasos de Pilar sin imaginar lo que le iba a contar. Era una de tantas noches en las que parecía no acabar la actividad de aquella familia. Entró en su habitación y la institutriz vio la foto de boda en el suelo, con el cristal hecho añicos.

—Me tengo que ir después de la confesión de mi marido. Al parecer tenía una amante que se ha suicidado hoy. Dos años ha estado con ella. ¡Dos años, Hortensia! —se echó de nuevo a llorar.

—¡Ave María Purísima! —se persignó—. ¡Pobre niña! —La abrazó y así estuvieron largo rato—. ¡Es que no hay uno bueno! ¡Válgame el cielo! Teniendo a una mujer como usted qué necesidad tenía de...

—Durante dos años esa mujer y yo hemos compartido su lecho. Las dos estamos muertas de distinta forma.

—Usted no está muerta. La veo bien viva. Haga el favor de irse unos días, pero usted debe volver a su hogar y no abandonar la que es su casa. De ninguna manera. Piense fríamente. ¡Cuántas mujeres están como usted! Conozco a pocos hombres que no tengan amantes. Esto es así. Yo desde luego no pienso casarme. No quiero eso para mí.

—Había tenido deslices pero no una amante de dos años. Se ve que no significo nada para él.

—Es la madre de sus hijos.

—Eso para mí no es suficiente. Necesito pensar, Hortensia.

—¿Dónde quiere marcharse?

—Conozco el hotel Comercio de Segovia. Hemos estado varias veces. Creo que iré allí algunos días.

—Debería acompañarla, pero alguien se tiene que quedar con los niños.

—Prefiero ir sola. No quiero hablar con nadie. Me da igual lo que piensen de mí. ¡A estas alturas!

—No se preocupe, yo lo organizaré todo. ¿Cuándo quiere salir?

—Mañana.

—Está bien. Pediré que hagan su equipaje.

Esa noche Pilar no cenó nada. Se acostó todo lo pronto que pudo. Cuando llegó su marido, se hizo la dormida. Lo había hecho muchas veces antes. Poco a poco, le fue venciendo el cansancio. Al despertar al día siguiente, Rafael ya se había ido de casa. Pilar pensó que así sería más fácil: no quería ni cruzar una mirada con él. Se arregló a toda prisa y esperó la llegada de su amiga María Calvo, que madrugaba para dar clase de Bachillerato a sus hijos. La maestra, siempre puntual, se sorprendió al verla.

—María, me voy a Segovia.

—Haces bien en irte y seguir nuestros consejos.

Pilar la cogió del brazo y la sacó de la estancia. Habló en voz baja.

—Me voy por otro motivo. Ayer me confesó mi marido que se había suicidado su amante. ¡Llevaban dos años juntos!

—¿Qué me estás contando? ¡Es terrible! Lo siento mucho, Pilar. Tu instinto te hacía ver que ocurría algo. Tenemos un sexto sentido las mujeres, que siempre nos alerta. No te preocupes por las niñas ni por Rafaelito, seguiré con sus clases. Afortunadamente son aplicados.

—Me llevo poca ropa y muchos folios en blanco. Intentaré terminar el libro.

—Si vas a Segovia, ¿por qué no haces por conocer a tu admirado escritor Antonio Machado? ¡Vive allí! Tiene la cátedra de francés en el Instituto General y Técnico. Sabes que es muy amigo de mi hermano. ¿Quieres que te escriba una carta de presentación?

—Te estaría muy agradecida.

—Los dos sois poetas y vais a poder hablar de todo lo que os conmueve a los escritores. Creo que es una magnífica idea.

—Si tú lo dices... —Aquel posible encuentro con el escritor fue para ella como un rayo de luz en mitad de la oscuridad.

María se fue al cuarto de estudio y al cabo de diez minutos regresó con la carta.

—Aquí está. —Le entregó la misiva—. Espero haberte sido de ayuda. Te he puesto su dirección. Vive en una pensión de la calle de los Desamparados, en el número 11.

—Muchas gracias, aunque no sé si tendré ánimo para conocerle... No es mi mejor momento.

—Tú verás. Antonio ya sabe quién eres. Le hice llegar un ejemplar de tu libro Las piedras de Horeb. ¡Haz por verle! ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Las dos amigas se despidieron con un abrazo.

El chófer de su madre la llevó hasta la Estación del Norte. Había multitud de viajeros y Pilar parecía perdida.

—Me ha dicho doña Ernestina que no la deje sola. De modo que le pido que me permita acompañarla —dijo el conductor.

—Por supuesto. Dígale a mi madre que necesito reponer fuerzas y que tengo muchos nervios. Ya tuvo que ayudarme hace un par de años cuando en agosto me fui sola a un balneario. Ahí fueron unos cólicos nefríticos. Esta vez mi dolencia no es tan sencilla de curar. Le pido que no le dé ningún detalle de lo que usted escuchó ayer...

—Puede confiar en mí.

El ferrocarril que iba a coger pararía en todas las estaciones. Ella no tenía prisa. Lo que le sobraban a Pilar eran horas. Juan le subió la maleta al tren y esperó a que arrancara. Nunca jamás la había visto con la mirada tan triste.

En el vagón de madera de pino rojizo había otra mujer con varios niños y un señor bien vestido que se presentó levantando su sombrero. Este, durante todo el trayecto, no hizo otra cosa más que leer el periódico. Pilar tampoco pronunció una sola palabra, simplemente observaba a través de la ventana. Apoyó la frente en el cristal y se detuvo el tiempo. Pensaba mientras miraba al horizonte que los afectos no le duraban. Su padre murió cuando ella había cumplido seis años. Desde entonces, tenía la sensación de que todo amor que sintiera por alguien, duraría poco.

El tren hacía su recorrido mientras los viajeros subían e iban hacinándose en aquel vagón. Unos jóvenes vendían tiras de unas rifas: se trataba de que la suerte premiara a los viajeros con una botella de anís o un monito que movía sus manos tocando un tambor al tirar de un hilo. Pilar observaba sin pronunciar palabra ni mover un músculo. Las caras de aquel vagón se renovaban constantemente. Contemplaba todo ese trajín de subidas y bajadas como si ella fuera ajena a la propia vida. Llegó a pensar que ya estaba muerta. Su corazón seguía latiendo pero ella sentía que ya no vivía.

«Por fuera la vida / y yo aislada dentro /sobre el viejo mundo / en mi nuevo mundo». No podía dejar de pensar en los últimos versos que había escrito. Parecían premonitorios.

2. La huida

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La huida

Cuando llegó a Segovia, un coche del hotel la estaba esperando en la estación. El chófer se encargó de su equipaje. Al llegar a la confluencia de la calle Herrería con la calle Infanta Isabel apareció el cartel anunciando el hotel Comercio con un escudo en el que se podía ver parte del acueducto, que era el principal atractivo de la ciudad.

El día era desapacible y lluvioso. El hotel no era nuevo y la primera impresión, después de años sin ir allí, fue de desencanto. Se había quedado obsoleto y destartalado, igual que su estado de ánimo.

—Bienvenida, señora —saludó el empleado, que llevaba allí tanto tiempo como su uniforme.

—Hace mucho frío. No me lo esperaba.

—El verano es mucho mejor para visitar Segovia, siempre es más agradable la temperatura que en Madrid. Pero en esta época el sol se pone rápido y el frío se nota más. De todas formas, en su habitación hay calefacción central. No creo que tenga ningún problema. Además, pasaremos a abrirle la cama y a calentarle las sábanas.

—Muchas gracias.

—¿Se quedará mucho tiempo?

—Ciertamente, no lo sé. He venido para poder pensar y escribir. Estoy terminando un libro. —No quería explicar los muchos problemas que se amontonaban en su cabeza.

—Aquí seguramente encontrará la inspiración que necesita.

—Eso espero. ¿Le podrían hacer llegar una carta a don Antonio Machado? Vive en la calle Desamparados, 11. —Le extendió el sobre al conserje.

—Todos sabemos dónde vive don Antonio.

—Ya veo. Subiré a mi habitación.

—La acompaño, así la ayudo con el equipaje.

—Muchas gracias.

El conserje subió junto a ella al primer piso y abrió la puerta de la habitación. Finalmente dejó la maleta sobre un asiento situado justo a los pies de la cama de matrimonio.

—Si no desea nada más...

—No, muchas gracias. —Rebuscó en su bolso y le dio una propina.

Al quedarse sola, inspeccionó la habitación. Las cortinas, la colcha de la cama y la tapicería de la silla, que descansaba al lado de la ventana, estaban descoloridas con el uso y el paso de los años. Los quinqués daban una luz tan tenue que parecía estar en penumbra. Sin embargo, todo le daba igual. Solo pensaba en descansar y en encontrar sosiego. Una lágrima se le escapó de los ojos.

Deshizo su equipaje y colgó su ropa en las perchas que se encontraban en el armario. Los folios en blanco los colocó sobre la mesa que hacía las veces de escritorio. Sacó su pluma y se puso a escribir: «¿Dónde poner las ansias de mi vida si es tornadizo y frágil todo amor?... Llama de un ideal que te has deshecho». Una lágrima volvió a recorrer lentamente su rostro. Siguió escribiendo: «¿Y cómo caminar sin que me alumbre la antorcha de la ilusión?». Estaba destrozada por dentro.

A la media hora de estar allí, alguien tocó con los nudillos a su puerta. El conserje le traía de nuevo la carta de presentación que le había dado María Calvo para Antonio Machado.

—Luisa Tórrego, la dueña de la pensión, dice que don Antonio no está. Se encuentra de viaje con su hermano Manuel. Va a estar un tiempo fuera. Por lo visto andan escribiendo una obra de teatro. Por eso, he pensado que mejor no dejarle la carta. Total, no va a poder venir a verla.

—Ha hecho usted muy bien. Si no está, para qué dejarle una carta de presentación.

—De todas formas, don Antonio no puede irse por mucho tiempo. Da clase aquí a los chavales.

—Seguramente cuando regrese, yo ya no estaré aquí.

—Como usted diga. ¿Quiere que le suba algo de comer o prefiere bajar al restaurante?

—Si no es molestia, preferiría que me subiera algo caliente.

—¿Le parece bien una sopa de ajo?

—Sí, muchas gracias.

Aquella habitación se convirtió en su retiro, en su calvario, en su cárcel y en su liberación. Todos los sentimientos iban y venían por su mente a medida que transcurrían las horas.

Al día siguiente intentó salir del hotel, pero llovía tanto que desistió tras dos intentos de pasear por la ciudad con paraguas. Los adoquines de las calles estaban resbaladizos y ella con tacones se sentía incapaz de dar varios pasos seguidos. El segundo día, aunque dejó de llover, el frío le caló en sus huesos y le impidió ir más allá del acueducto. Siempre le impresionaba ver aquella magistral obra romana. Mientras lo observaba con rendida admiración se le acercó un señor mayor que la abordó sin darle tregua.

—Es impresionante, ¿verdad?

Pilar movió la cabeza afirmativamente.

—Este acueducto traía las aguas a la ciudad. Las transportaba del manantial de la Fuenfría. Se encuentra en la sierra, a diecisiete kilómetros de aquí. Su construcción data del siglo II después de Cristo. Fue a finales del reinado del emperador Trajano o principios del de Adriano.

No sabía qué decir al espontáneo guía que se había acercado a ella de forma altruista.

—Es realmente impresionante, se conserva de maravilla.

—La primera gran reconstrucción la hicieron los Reyes Católicos. Se reedificaron treinta y seis arcos...

—Le agradezco mucho su información, pero tengo que irme. Quizá en otro momento... Muchas gracias.

El hombrecillo se quedó sorprendido de que se fuera aquella mujer tan de repente. Le había parecido que estaba interesada en el monumento romano. Cuando se quiso dar cuenta, Pilar ya se había ido de allí, envuelta en un halo de misterio.

Regresó de nuevo al hotel. No tenía muchas ganas de conversar con nadie. De pronto, comenzó a estornudar y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

—Lo mismo se ha resfriado —le dijo el conserje.

—Puede ser —fue lo único que le contestó mientras se dirigía a las escaleras.

La soledad le pesaba más que nunca. Comenzó a tiritar y llegó a pensar que tenía alguna décima de fiebre.

—Mala época para visitar Segovia, señora —añadió el empleado del hotel mientras la perdía de vista.

—Mala época, sí —musitó ella en voz baja, refiriéndose también al momento que atravesaba su vida.

Una mujer entrada en años y en kilos fue la encargada de calentar aquella cama inmensa que presidía la habitación y que le recordaba a su fracasado matrimonio. El calientacamas que se utilizaba para hacer más agradable su estancia entre las sábanas era de latón con el mango de madera. Después de diez minutos de labor, abandonó la habitación.

Pilar se había quedado muy frustrada porque la carta de presentación no hubiera llegado a manos de Machado. Siempre le había admirado y era una oportunidad para conocerle. Sin embargo, el destino no estaba de su lado. En este viaje no se cumpliría su sueño de estrechar la mano del poeta, que plasmaba como nadie en sus versos las soledades del alma. Cogió papel y pluma y continuó el poema que había empezado al llegar a Segovia. «Llama de un ideal que te has deshecho. ¿Por qué te hice salir del corazón?» Se quedó pensando si debería irse lejos, como lo había hecho la presidenta del Lyceum Club al que pertenecía. María de Maeztu llevaba dos años viajando por América, primero a Buenos Aires y, recientemente, a la universidad de Columbia en Nueva York. A Pilar, tanto Madrid como Palencia —las ciudades en las que se movía— le ahogaban. Soñaba con viajar e irse lejos de donde se encontraba su marido. «El mentiroso de Rafael», se decía una y otra vez. No podía olvidar que durante dos años hubiera compartido su vida con ella y con esa mujer que decidió tirarse por el balcón. ¡Pobre inocente! Dos vidas arruinadas.

Lo único que la hacía salir de aquellos pensamientos negativos eran sus hijos y recordar aquellos viajes que le habían permitido conocer otros mundos. La primera vez que visitó París se quedó deslumbrada. Fue con su madre y con su padrastro. «¡Qué desgraciado y penoso fue aquel matrimonio!», se decía a sí misma. Le impactó la ciudad, con sus museos y monumentos. Tenía algo que la hacía diferente a las demás ciudades. El aire, quizá. La luz. Y sobre todo, la música. Allí asistió por primera vez a la ópera. La dejó fascinada. Aquellas voces y aquella emoción en el escenario nublaron su vista. ¡Era todo tan bello! Los hombres ataviados con sombreros de copa y las mujeres exhibiendo sus mejores galas y sus joyas. Chocaba de lleno con el colegio en el que había estado interna, donde la austeridad era la norma principal. Aquella experiencia le pareció un sueño y aquel mes en la ciudad del Sena le supo a poco. París despertó sus sentidos y su pasión por el bel canto.

—A veces me pregunto si tener sensibilidad es un mal o un beneficio, una desventaja o un don —dijo en voz alta en aquella habitación donde no había nadie más que ella y su tristeza.

Regresó a París en su viaje de novios, tras casarse con Rafael. Fueron a Granada y después dieron el gran salto a Ginebra. De ahí a Montreux, Lucerna, Zurich, Lausanne y, finalmente, París. Realmente volvió a fascinarle la oferta teatral de la capital francesa. Sin embargo, nunca fue la ciudad del amor, pensaba. El calor de agosto les hizo salir de allí y dirigirse a la Costa Azul. Poco pudieron gastar en los juegos de azar porque en el largo viaje de novios habían ido consumiendo todo el dinero que llevaban encima. Una leve sonrisa apareció dibujada en sus labios al recordarlo.

—En aquel momento pensé que podríamos ser felices. ¡Felices! ¡Qué ironía! —volvió a hablar en voz alta.

Hubiera querido irse a París en este viaje de huida, cuando no sabía qué hacer con su vida, pero hubiera necesitado el permiso de su marido y, además, su madre se habría enterado de que algo estaba pasando en su matrimonio. No deseaba disgustarla. Yendo a Segovia había podido disimular. Su madre, Ernestina Alday de la Pedrera, no sabría jamás el verdadero motivo que la había llevado a alejarse de sus hijos. Le había pedido al chófer, Juan, que le explicara que el viaje se debía a un problema de los nervios, que necesitaba sosiego para su espíritu.

El descanso lo justificaba todo si el mal de nervios afloraba. El desequilibrio asustaba sobremanera a doña Ernestina. Más cuando a su primer marido, y padre de Pilar, ese mal, se lo había llevado a la tumba. Francisco de Valderrama Martínez había muerto después de haber ostentado grandes cargos y haber tenido importantes responsabilidades. Un día enfermó y se fue apagando poco a poco. Nunca superó la enfermedad. Por eso, si Pilar sufría de nervios, su madre comprendía que poner distancia era lo mejor que podía hacer. Todo menos caer en el pozo en el que su marido había sucumbido.

Otra vez sonrió al pensar en su madre y en los últimos consejos que le había dado.

—Deberías pensar en salirte de ese club, que no concita más que críticas severas, ma petite. No está bien visto. Dicen que las que pertenecéis a ese dichoso club sois masculines y que abandonáis a vuestros hijos.

—No somos más que mujeres con inquietudes. Mujeres que queremos tener la capacidad de pensar y actuar sin la ayuda de nuestros maridos.

—Os llaman «las maridas». Es terrible, ma petite.

—Lo sé, me lo recuerda Rafael constantemente. No hago nada malo. Solo instruirme y pensar. Ese es mi único pecado.

—Pues menos pensar. A los hombres no les gustan las mujeres más inteligentes que ellos.

—¡Madre, por favor!

Evocaba aquella conversación y volvía a esbozar algo parecido a una sonrisa. Su pobre madre en el fondo sabía que, si tuviera su edad, haría lo mismo. Ella también tuvo su momento de rebeldía después de estudiar en un colegio de monjas en Lausanne. Allí había aprendido a tocar el piano, a bordar y a hablar francés perfectamente. En aquel internado adquirió una gran maestría montando a caballo. Se convirtió en tan buena amazona que llamaba la atención a su vuelta a España. Decían que montaba con más destreza que su hermano. Muchos la tomaban por extranjera por su pelo rubio y sus ojos azules; así como por sus constantes expresiones francesas.

—Me daban de comer canarios. ¡Era terrible!

—¿Canarios? —preguntaban sus hijos.

—Sí, canard...

—¡Pato!, madre. ¡Pato!

Recordaba como si fuera hoy esa escena familiar. Su madre mezclaba muchas expresiones francesas y las traducía mal cuando quería decirlas en español. Lo cierto es que nunca olvidó su paso por Lausanne. Llegó a pensar que debería haberse quedado allí viviendo una vida de lujo costeada por su tío.

Los días siguientes, Pilar intentó salir a pasear de nuevo pero la lluvia seguía pertinaz. Tenía miedo a caer enferma. Además, echaba de menos a sus tres hijos. Más bien debería decir a sus cuatro hijos. ¿Cómo hubiera sido mi hija mayor?, se preguntaba.

—Mi niña... Murió tan pronto.

Pilar había tenido una niña prematura que no sobrevivió a su nacimiento. Aquello la había marcado para siempre, igual que la muerte de su padre o la de su hermano pequeño, por un quiste hidatídico. De esta última hacía un año. Entre las ausencias no contaba a su padrastro, cuya muerte no lamentó en absoluto. Su madre había vuelto a quedar viuda y, en realidad, se había liberado. Su segundo matrimonio le había proporcionado más disgustos que momentos felices.

A su hermano Fran le había dedicado una de sus poesías en su libro anterior. Y ahora sentía de nuevo la necesidad de escribir sobre él. Cogió de nuevo su pluma y las palabras salían solas: «El hermano bueno partió hacia las nubes... ¡Qué lejos se ha ido!... Todo el corazón se me va llenando de llanto sereno...». Se echó a llorar desconsoladamente. Le echaba de menos. Cerró los ojos extenuada, agotada, hasta el día siguiente.

Cuando se despertó, se encontraba tan mal que decidió hacer las maletas y regresar lo antes posible a Madrid.

—Por favor, necesito hablar por teléfono. Le pido también que me prepare la cuenta, porque me voy.

—¿Acabó su libro?

—No me encuentro muy bien de salud y no quiero ponerme peor. No lo acabé, no. En Madrid tengo servicio y creo que podré terminarlo más rápidamente que aquí. Volveré más adelante.

—Eso espero. Verá como según van pasando los meses el tiempo mejora. ¿Quiere que le pida a la telefonista una conferencia?

—Sí, por favor.

—Depende de la ciudad tardará más o menos.

—Con Madrid.

—En menos de dos horas podremos conectar.

—Está bien, esperaré.

En cuanto pudo, Pilar avisó a su madre de su regreso y cogió el primer tren a Madrid. Sentía curiosidad por ver la cara de su marido. ¿Le pediría perdón? ¿Estaría afligido y cambiaría su forma de ser?

Cuando entró por la puerta de su casa, los niños se abrazaron a ella, rodeándola. María Calvo se alegró muchísimo de verla, aunque pensó que traía la misma mala cara que cuando se fue.

—No has podido conocer a Antonio, ¿verdad? Me enteré por mi hermano de que estaba de viaje.

—No, no he podido verle. ¿Dónde está Rafael?

—Se acaba de ir. Cuando se ha enterado de que regresabas ha decidido marcharse con su madre, que está en el sur de Francia, en Clermont-Ferrand, tomando las aguas. Ha hecho las maletas en un santiamén.

—¿Cómo?

—Que no está en casa. Se ha ido con su madre.

La cara de Pilar fue de desolación total. Intentó disimular con sus hijos, pero María sabía que la procesión iba por dentro. No tenía hambre y casi no comió ni ese ni los días siguientes. Por acompañar a los niños, movía los alimentos en el plato pero apenas se los llevaba a la boca.

Ella, que volvía dispuesta a perdonar, se encontraba de nuevo sola. Pensó que la soledad había sido en realidad su mejor compañera durante su matrimonio. La ausencia de su marido no parecía presagiar un cambio en su actitud. Cuando regresara se encontraría con dos camas separadas en la habitación. Era la última moda de París pero, en realidad, se trataba de su venganza. No deseaba ni rozarse con aquel extraño en el que se había convertido Rafael.

3. Casada para siempre

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Casada para siempre

Mientras Rafael seguía con su madre en el sur de Francia, Pilar no dejó ni un solo día de acudir al Lyceum Club. Entrar en la Casa de las Siete Chimeneas era como poner el pie en otro mundo mucho más moderno, donde las mujeres se liberaban de todos los complejos que les imponía la sociedad. Sus grandes salones se quedaban pequeños para tantas actividades como desarrollaban. Pilar necesitaba evadirse escuchando conferencias sobre historia, recitales de poesía, charlas sobre literatura. Asistió a una de la vicepresidenta del Club, Victoria Kent, que se salía de la temática literaria. Insistía en la necesidad de la emancipación de la mujer, en la igualdad con respecto al hombre, tanto en el terreno laboral como en el terreno intelectual. También hablaba de la necesidad de que las mujeres dispusieran libremente de sus bienes, así como del acceso a la enseñanza en todos sus grados.

En un determinado momento, habló también del divorcio como salida al desencuentro en la pareja. Pero a Pilar la separación de su marido le parecía algo inconcebible: se había casado con él para toda la vida. La religión había sido su refugio desde niña. Sobre todo, cuando estuvo interna en el colegio del Sagrado Corazón de Chamartín, en Madrid. Se lo contaba a su amiga María Estremera, la hija menor del escritor José Estremera, que había puesto letra a tantas canciones populares de las zarzuelas más famosas. María, antes de su viaje de novios a París, se había convertido en su mejor confidente.

—Me quedé sin mi padre tras su inesperada muerte. Tampoco tuve después a mi madre, ya que cometió el error de volver a casarse. Mi hermano mayor, Fernando, se tuvo que ir a Santander por incompatibilidad con nuestro padrastro. A mí me internaron y a Fran, el pequeño, fue al único que dejaron seguir estudiando en nuestra casa. Privada del cariño de mi padre, forzosamente separada de mi madre y de mis hermanos, solo me quedó la religión.

—Te entiendo perfectamente. Yo tampoco lo he pasado bien. Piensa que mi padre murió cuando yo era adolescente —le contaba María, solo unos años mayor que Pilar—. Tuve un padre que lo era todo en nuestra casa. Resultó duro rehacer la vida sin él.

—Yo era muy pequeña cuando murió. Había sido gobernador civil de Oviedo, de Alicante y, por último, de Zaragoza. Precisamente me llamo Pilar en honor a su patrona, la Virgen del Pilar... Casi no tengo recuerdos de él, y los que me vienen a la mente, todos son tristes.

—Estas muertes tan de golpe nos han marcado a las dos.

—Piensa que mi padre tenía treinta y nueve años cuando murió —le dijo Pilar a su amiga—. Le recuerdo paseando triste y taciturno por el jardín que poseía nuestra familia en Montilla. Nos fuimos a vivir allí, con el resto de los Valderrama. Y un día falleció a causa de un ataque agudo de uremia. Ya ves. Fue mi primer gran dolor. Luego han venido otros...

—Todas tenemos nuestras cruces y nuestros calvarios.

—Victoria nos ha hablado del divorcio, pero eso no está hecho para nosotras. En nuestras familias sería un escándalo.

—Ni se me ocurre pensar en ello.

Se acercaron a ellas María Calvo y Carmen Baroja, que habían estado departiendo con Victoria Kent y un grupo de mujeres del Lyceum tras finalizar la conferencia.

—¿Sabéis quién va a venir a leernos sus poesías?

—¿Quién?

—Federico García Lorca. Acaba de publicar El Romancero Gitano.

—Avisadme, me gustaría venir —comentó Pilar.

—Por lo visto, ha compuesto dieciocho romances con temas como la noche, la muerte, el cielo o la luna. Todos ellos dedicados a la cultura gitana.

—No podemos faltar. Debemos estar aquí todas —dijo Carmen Baroja.

—Sabéis que no soy dueña de mi tiempo. Sobre todo ahora, que estoy sola con mis hijos. Mi marido sigue de viaje.

—Mejor sola que mal acompañada —apuntó Carmen.

—Ahora no tengo que dar explicaciones a nadie, eso es cierto. ¿Sabéis? Mi madre, que tanto me ha criticado por venir aquí, me ha dicho que igual me acompaña uno de estos días.

—Pues ten cuidado a ver dónde la llevas, porque la madre de nuestra secretaria, Zenobia Camprubí, fue a una conferencia a la Residencia de Estudiantes y se armó una gorda —explicó María Estremera.

—¿Qué ocurrió? —preguntó con curiosidad María Calvo.

—Que María Lejárraga daba una conferencia y habló de la fidelidad de la mujer española a su voto matrimonial. Sostenía que era solo por motivos económicos. La madre de Zenobia, doña Isabel, saltó en el coloquio verdaderamente enfadada. María Lejárraga, además, añadió que la incultura de las mujeres y el deplorable estado de la instrucción pública contribuían a su inacción natural. Se armó, ya os digo.

—Pero no pasa nada por discrepar —dijo Pilar a sus amigas.

—Doña Isabel defendió a la mujer que se sacrificaba por sus hijos, manteniendo el hogar. Cogió su bolso, se levantó y se fue realmente enfadada.

—Pues será mejor que no venga mi madre —comentó finalmente Pilar—. No se puede denostar a las mujeres, que se han dedicado en cuerpo y alma a sus hijos, llamándolas incultas.

—Por supuesto que no, pero en la crítica se esconde mucha verdad. No nos podemos quedar de brazos cruzados observando cómo ellos entran y salen de casa, se forman en las universidades y viajan adonde quieren. Sin embargo, nosotras vivimos en el universo de nuestras casas sin tener capacidad para obrar y para movernos. Debemos ver mundo e ilustrarnos como ellos —aseguró María Calvo—, pero para hacerlo necesitamos el permiso de nuestros maridos o de nuestros padres.

—Tienes razón —coincidieron todas.

—Por eso, entre otras cosas, estamos aquí. Desafiando a esta sociedad en la que vivimos. ¿Habéis visto lo que pone hoy en el periódico? —preguntó Carmen Baroja.

Todas negaron saber lo que aventuraba el rotativo.

—Pues que somos, por venir aquí, unas criminales y unas indeseables. ¡Se han quedado tan a gusto! ¡Viva la verdad!

—¡Y viva la objetividad! —añadió María Estremera.

—¡Cuando tanto nos temen será porque tienen miedo a que pensemos por nosotras mismas! —Carmen se puso a toser.

—Anda, bebe agua —le ofreció su vaso Pilar.

Carmen estaba muy delgada. Se había recuperado de un tifus recientemente. Desde entonces, ella y todas las amigas llevaban entre el pelo un repelente para ahuyentar al piojo verde.

—Si me ve mi hermano Pío toser, me lleva de nuevo a la sierra de Guadarrama, a El Paular. No sé si hacerlo a conciencia porque ya sabéis que me encanta el campo.

Se echaron a reír. Había mucha complicidad entre ellas.

Pilar se identificaba mucho con Carmen. Las dos estaban casadas, las dos tenían hijos, las dos habían estudiado en un colegio religioso, el Sagrado Corazón, una en Valencia y la otra en Madrid. Las dos tenían inquietudes de hacer más cosas de las que correspondía a su sexo. Y las dos amaban el teatro. Desde hacía tiempo le rondaba a Pilar la idea de hacer un teatro familiar como el que habían puesto en marcha los Baroja en su casa. Le habían dado el nombre de El Mirlo Blanco. Precisamente, Pilar se ofreció esa noche a llevarla a su domicilio. Aprovechó para hablar de esta afición que compartían.

—Me encantaría representar obras de teatro en casa, como vosotros. Me haría mucha ilusión involucrar a toda la familia en una representación.

—Bueno, tú sabes que todo nació en nuestro hogar de forma casual. Un día de difuntos de hace tres años, en casa de mi hermano Ricardo, se encontraban Valle-Inclán, Cipriano Rivas Cherif, Manuel Azaña y más invitados que ahora no recuerdo. Estaban dedicándole la tarde a Zorrilla cuando se les ocurrió representar el Don Juan Tenorio. Rivas Cherif se encargó de dirigirles y se repartieron los papeles. Estuvo graciosísimo Valle-Inclán haciendo de doña Brígida. Fue memorable. Así surgió esta «compañía», por llamarla de algún modo.

—Sería mi ilusión realizar algo parecido.

—Te advierto que todo es ponerse.

Aquella tarde, a los diez minutos de dejar a Carmen, llegó a casa. Había mucho revuelo. Al parecer, Rafael acababa de llamar para avisar que llegaría al día siguiente. Pilar sintió un pellizco en el estómago. Ya no era la misma que cuando se fue su marido. Muchas cosas habían cambiado en su interior. Además, ¿cómo encajaría los cambios que había hecho en la habitación? Tampoco sabía cómo dirigirle la palabra. No tenía ganas ni fuerzas.

Al mediodía del día siguiente, Rafael aparecía locuaz y con presentes para todos sus hijos. También le regaló un anillo a su mujer. Aquella joya le parecía a Pilar un intento de tapar su infidelidad. Había situaciones que no se podrían borrar jamás, ni con todas las piedras preciosas del mundo.

Después de dos meses, se volvían a ver las caras. No hablaron del incidente que les había separado. Intentaban aparentar delante de sus hijos que todo seguía igual que antes. Pero ni Pilar ni Rafael eran las mismas personas. Las heridas las habían cerrado en falso.

—Se te ve muy guapa, Pilar.

—Muchas gracias. Pareces descansado.

—Me ha venido estupendamente acompañar a mi madre. Tomar las aguas en Clermont-Ferrand debería ser obligatorio. Te devuelve la vida.

No contestó Pilar. Ella tenía la sensación de haberla perdido el mismo día que él le confesó lo de su amante. Volvía como si no hubiera ocurrido nada.

—¿Qué tal los niños?

—Creciendo sin parar.

—Ya veo...

No tenían nada de qué hablar. Entre ellos había una barrera infranqueable. Un muro que dividía sus dos mundos. Sin embargo, a todos los efectos parecían un matrimonio que había sabido superar el momento más crítico de su vida en común. Los dos intuían que entre ellos ya nada sería igual.

La primera noche fue angustiosa. Como Pilar esperaba, a su marido no le gustaron los cambios que había hecho en la habitación. Las dos camas le recordaban su infidelidad pero no le quedó más remedio que aceptarlo. No tuvo fuerza moral para expresar su desacuerdo. Pilar procuró acostarse antes que él. Cuando Rafael llegó a la habitación ya se hacía la dormida.

«Estoy sola, Señor. —Retumbaban en su cabeza los últimos versos escritos—. Todo es fuera de ti lascivo y vano, / y aunque de todo amor terrenal huyo / ¡llévame Nazareno de tu mano!»

Solo encontraba refugio en la escritura y en su fe. Al día siguiente acudió con sus hijos a misa a la iglesia del Buen Suceso y después pasó a ver a su madre al hotelito en el que vivía en la calle Tutor, justo a espaldas de la parroquia. Doña Ernestina había rejuvenecido desde que se había quedado viuda hacía dieciséis años.

—Deberías esforzarte por salir de casa —le dijo Pilar.

—No tengo muchas ganas, ma petite. Ya sabes que me fallan las piernas y me da miedo caerme. Parezco una poupée de cristal.

—Si uno no sale de casa, los monstruos del recuerdo acaban comiéndote.

—Mamá, siempre dices que no existen los monstruos. ¿O es que viven aquí? —preguntó Rafaelito.

Las niñas se echaron a reír. Sonó el timbre y apareció su hermano Fernando con su mujer, Ángeles Pineda, y sus hijos: Fernando, Angelines, Ernestina y Antonio, todos de edades similares a sus primos.

El servicio les sirvió el aperitivo mientras estaban en animada charla. Dos jóvenes ataviadas con traje negro, delantal y cofia blanca servían el vermut a los mayores y a los pequeños, limonada con agua. Dejaron también sobre la mesa unos canapés variados, servidos en bandejas de plata.

—Qué bien te veo —dijo Pilar a su cuñada Ángeles.

—Yo a ti, en cambio, te veo muy flacucha y con mala cara.

—Sí, no estoy muy bien.

—Está recuperándose del mal que tanto afecta a esta familia: los nervios —salió al paso doña Ernestina—. Lo que tiene que hacer es salir de vez en cuando del entorno. Tenías que haber acompañado a tu marido, ma petite. Te hubiera venido bien tomar las aguas en Francia.

—¿Por cierto, dónde está Rafael? —preguntó Fernando.

—Tenía que llevar unos papeles a su madre y nos hemos dividido en la salida de la mañana. Además, sabe que a los Valderrama nos gusta mucho recordar siempre las mismas anécdotas.

—¡Sí, contad cómo os conocisteis tú y la tía! —le pidió la pequeña Alicia a Fernando.

—Pero si lo hemos narrado tantas veces que no sé cómo no os aburre.

—Pues lo cuento yo —comentó doña Ernestina—. Me casé con la persona equivocada, un pariente mío lejano, y Fernando discutía mucho con él. Un día, se escapó nuestro gros chien y cuando regresó lo hizo en muy mal estado. Estaba lleno de heridas. Tu padre —se dirigió a su nieto pequeño, Antonio— cogió una pistola que teníamos en casa y quiso darle un tiro de gracia para que no sufriera más. Sin embargo, se interpuso el infausto Gabriel, que en gloria esté, y estuvo a punto de ocurrir una tragedia. Si mi hijo hubiera disparado, no sé lo que hubiera pasado. A partir de ese momento, tomé la triste decisión de que se fuera de casa para poner tierra de por medio y mon garçon se fue con mi hermano a Santander. Allí continuó estudiando ingeniería industrial. Su profesor particular tenía una hermana muy bella y c´est fini. Aquí está vuestra mamá.

—Pero ¿era tan malo el abuelo? —preguntó Mari Luz.

—No era vuestro abuelo —replicó Pilar—. Mi padre murió cuando yo era más pequeña que tú. Ese señor solo forma parte de nuestras pesadillas porque no fue bueno para ninguno de nosotros.

—Si no llega a ser por vuestro padre, hoy vuestra mamá sería una desgraciada —comentó Fernando—. El mayor de los tres hijos de Gabriel, Lorenzo, estaba empeñado en casarse con ella. Fue acoso y derribo. Tú tendrías dieciséis años y él treinta —añadió dirigiéndose a Pilar—. Te doblaba la edad.

—No me lo recuerdes. Fueron días terribles. Quería casarse conmigo a toda costa y su padre le apoyaba.

—Además espantaba a todos los pretendientes.

—Por Dios, contadnos ese detalle —dijeron las hijas de Fernando.

—C´est vrai, empezaban algunos jóvenes a rondar la calle y al poco tiempo desaparecían. Luego nos enteramos de que Lorenzo les decía que él era su novio y les conminaba a que no siguieran pretendiéndola —comentó doña Ernestina entre risas.

—No tiene ninguna gracia. Fue una situación muy incómoda para mí. Menos mal que te casaste con Ángeles y me presentaste al que era tu compañero de la Escuela de Ingenieros Industriales: Rafael.

—Ganaste con el cambio. Te lo digo yo.

—Nunca te agradecí suficiente que me presentaras a tu amigo, aunque no es tan perfecto como imagináis. —Se produjo un silencio. Era la primera vez que se intuía por sus palabras que las cosas no iban bien entre ellos—. Se me ha hecho tarde. Nos tenemos que ir a casa a comer.

Pilar se despidió de todos sin dar más explicaciones tras su inquietante afirmación y se fue con sus tres hijos a su casa. No quiso decirles, ni a su madre ni a su hermano, nada del suicidio de la amante de Rafael. Les parecería tan increíble como a ella. Mejor que siguieran teniendo buena opinión de él.

Al llegar al paseo del Pintor Rosales, se encontraron con Rafael y su hermana, María Soledad, junto con su marido, el escultor Victorio Macho, esperándoles en los aledaños de la casa. Las niñas y Rafaelito corrieron nada más verles para abrazarles. Vivían bastante cerca, en la calle Ferraz, pero acababan de llegar de Palencia. Compartían con ellos largas estancias en la finca El Carrascal y en San Rafael. Les traían los bizcochos borrachos y las rosquillas que tanto les gustaban a todos.

Victorio Macho salía poco de su estudio. Estaba siempre con algún proyecto entre manos para realizar esculturas en piedra, bronce o cemento. Desde que había hecho el monumento a Benito Pérez Galdós y su primera exposición en el museo de Arte Moderno, había alcanzado mucha fama y éxito. Le faltaba tiempo para realizar todos los encargos que le llegaban.

Su mujer, María Soledad Martínez Romarate, era bellísima, muy fina de rasgos y de maneras. Después de quedarse viuda tras morir su primer marido, no tardó mucho en conocer y en casarse con el artista palentino. Victorio Macho era muy distinto a su difundo marido: era un artista, llevaba la melena larga hasta la mandíbula y, sobre todo, no bebía. El sufrimiento de aquella convivencia desgraciada ya lo había olvidado.

Durante la comida, Victorio les contó el nuevo proyecto que tenía entre manos. Parecía eufórico.

—Finalmente, me han aceptado la construcción de un Cristo de grandes dimensiones para Palencia.

—Estoy muy emocionada. ¿Podéis imaginaros un Cristo, un Sagrado Corazón de veinte metros, en nuestra tierra? —le preguntaba María Soledad a su hermano Rafael, también palentino.

—¿Dónde crees que podrías instalarlo?

—Ahora, en este último viaje, he visto un otero en las cercanías de Palencia. Podría ser allí. Me parece el lugar más idóneo.

—¿Ya tienes pensado cómo lo vas a hacer? —le preguntó Pilar con curiosidad.

—Estoy dibujando bocetos. Todavía no he dado con el definitivo. Sigo buscando. Me gustaría que tuviera los brazos extendidos. El cuerpo lo quiero brillante. Desearía construirlo con azulejos metálicos. Y la cabeza y los brazos, en bronce... O todo lo contrario, sencillo y solo de cemento. Estoy dispuesto a adaptarme al presupuesto que me digan.

—No creo que Primo de Rivera quiera gastarse mucho en arte —comentó Rafael.

—No es santo de mi devoción, ya lo sabes. Afortunadamente solo hablo con las autoridades palentinas.

—Ya ves. Miguel Primo de Rivera dijo que iba a ser un régimen temporal, de noventa días, para la regeneración, pero lleva ya cinco años. Y no tiene visos de que vaya a ceder el poder.

—La política no me interesa nada, pero tampoco creo que a ellos les interese mucho el arte.

—Los amores y desamores siempre son recíprocos —dijo Rafael.

Pilar observaba a su marido mientras hablaba con Victorio y pensaba que su amor se había secado y seguramente el suyo también. Tenía razón: el amor y el desamor eran recíprocos. Casi no reconocía a Rafael. Tenía la sensación de estar frente a un extraño. Disimular sus pensamientos suponía para ella un enorme desgaste. Estaba dispuesta a que su familia no supiera el sufrimiento que tenía por dentro, aunque se hacía evidente que la estaba consumiendo.

4. Noches de insomnio y pesadillas

4

Noches de insomnio y pesadillas

El sol se abría camino cada mañana en la habitación principal que daba a la calle del Pintor Rosales. La luz inundaba la estancia y borraba de golpe las oscuras noches en las que Pilar no lograba conciliar el sueño. Su estado anímico era de tristeza crónica. Sus ojos no brillaban y la sonrisa se había borrado de su boca. No se sentía capaz de hacer frente a la situación tan tensa que vivía durante la madrugada y las primeras horas del día. Su marido y ella parecían dos extraños durmiendo en la misma habitación. Era difícil sobrellevar la noche entre el insomnio y los pensamientos negativos que se acumulaban en su cabeza. Las horas parecían no avanzar y los monstruos de la decepción surgían en cuanto se metía entre las sábanas. Rafael intentó en alguna ocasión acercarse a su mujer, pero ella huía, ponía cualquier excusa: dolor de cabeza, malestar de estómago, somnolencia... Era evidente que se había levantado un muro entre ellos.

Acudió esa mañana a la consulta del doctor Gregorio Marañón, afamado amigo de la familia y eminente médico. Su consulta estaba repleta de revistas con artículos con su firma y de libros cuyo autor también era él. No tuvo que esperar mucho a ser recibida. El doctor se alegró de verla y en cuanto la observó unos minutos, volvió a recomendarle que se alejara de casa y que durante un tiempo cesara en sus quehaceres como madre y esposa.

—Lo mejor que puedes hacer es regresar a Segovia. Ahora hace mejor tiempo que cuando fuiste este invierno. Olvídate de los tuyos. Dedícate todo el tiempo a ti. Lo necesitas si no quieres caer en un pozo del que te costará remontar.

—No tengo fuerzas ni para salir a la calle.

—Acuérdate del final de tu padre. Tienes un surmenage que se está convirtiendo en crónico y necesitas aire puro, sol y cambio de aires. Es urgente que te vayas fuera de casa. Se lo diré a tu marido y a tu madre.

—Como quiera.

Salió de la consulta a paso lento. Dudaba si ir o no al Lyceum Club. En realidad, solo tenía ganas de quedarse en la cama. Era consciente de que iba entrando poco a poco en un pozo de aguas oscuras, como le acababa de decir Marañón. Debía hacer caso al médico, aunque tenía pocas ganas pidió a Juan que la llevara a la Casa de las Siete Chimeneas. En el Lyceum esa tarde había más gente que nunca. El salón de conferenciantes estaba lleno a reventar. El flamante premio Nacional de Literatura, José Montero Alonso, apareció por allí para hablar de su antología de poetas y prosistas españoles. Era muy joven, contaba solo con veinticuatro años, pero gozaba de un conocimiento literario que sorprendía a todos. Tras su presentación comenzó un breve coloquio. Pilar se había sentado junto a todas sus amigas. La curiosidad de aquellas mujeres era insaciable.

—¿Con qué intelectuales le gustaría reunirse para cenar? —preguntó Carmen Baroja.

—Lo tengo claro: con Federico Carlos Saínz de Robles, con Gómez de la Serna, con el escritor Manuel Machado y con el pintor Julio Romero de Torres.

A Pilar le sorprendió que no mencionara a Antonio, que era el poeta que más había influido en su escritura. Iba a preguntárselo pero flaqueaban sus fuerzas hasta para levantar la mano. Sus amigas sí que lo hicieron.

—¿Qué día no olvidará nunca? —tomó la palabra María Estremera.

—El día que conocí al escritor Benito Pérez Galdós en su casa. —No lo dudó ni un minuto—. Recuerdo que con él estaba una mujer de extraordinaria belleza, hija del torero Machaquito y ahijada suya. Para mí, don Benito fue el mejor representante de la novela realista del siglo XIX. Se apartó de la corriente romántica y le aportó una gran expresividad.

—Díganos un paseo para conocer el Madrid auténtico —insistió Carmen.

—Meterse por las calles que parten de Mayor hacia abajo, en dirección al río.

—Usted que sabe tantas historias sobre Madrid, ¿cuál es la más increíble de todas las que ha escuchado? —Esta vez fue María Calvo la que preguntó.

—Conozco una muy curiosa. En el lado sur de la Puerta del Sol hay un elegante edificio concebido para servir como oficina central de correos, un encargo de Carlos III que hoy da cobijo al Ministerio de la Gobernación. Pues bien, en los registros de las personas que colaboraron para su construcción figura un sacerdote, el padre López. ¿Qué pintaba el padre López entre picapedreros, ayudantes, supervisores y albañiles? No es normal que su nombre figure en la lista de operarios... Parece ser que la ayuda del «pater» fue requerida porque, cierta mañana, cuando los albañiles y el resto del personal comenzaron a trabajar, se les apareció el mismísimo diablo en carne y hueso, diciéndoles que no debían continuar. Les comentó que el edificio en lugar de ser obra del arquitecto francés, Jacques Marquet, debía ser del español Ventura Rodríguez. Por lo tanto, les caería una maldición fatal si continuaban con su trabajo. Como creyeron a aquel hombre que les dijo que era un ángel caído, se negaron a hacer el edificio y los constructores tuvieron que llamar al cura López para que estuviera durante todas las obras con un crucifijo en la mano, exorcizando cualquier maleficio. Eso les tranquilizó y el edificio se pudo terminar. —Se echó a reír—. Ya ven que hay muchas historias que no son más que cuentos chinos, pero la gente se las cree.

Pilar desconectó del coloquio. Pensaba en su vida. Un futuro incierto que pasaba por estar amarrada para siempre al hombre que la había traicionado. La única luz que vislumbraba al final del túnel era conocer al poeta que tanto admiraba, Antonio Machado. Era un alma solitaria como ella, solo había que leer sus poemas para darse cuenta. «¿Su vida será tan plana como la mía?», se preguntaba. Estaba convencida de que ella no tenía más aliciente que cuidar a sus hijos, visitar a su madre y acudir al club donde la vida se concentraba en las palabras de los conferenciantes.

—¿Qué le sorprende de la vida? —preguntó entonces Carmen Baroja a José Montero Alonso, y Pilar salió de su ensimismamiento.

—Lo inesperado. Nunca sabes lo que te va a deparar la vida —comentó el flamante premio Nacional de Literatura—. Puedes ir tranquilamente por la Gran Vía de Madrid y encontrarte con un toro como el que sembró de pánico entre los viandantes a comienzos de año. Y seguimos con lo sorprendente: aparece un torero como Diego Mazquiarán y sella la faena de su vida con un abrigo y un estoque que llevaba encima. ¿Verdad que si no lo hubiéramos vivido parecería increíble? La vida es así. Nunca sabemos lo que nos va a pasar mañana y seguramente nos encontraremos de bruces con algo inesperado.

Pilar le escuchaba y se decía a sí misma que ella sí sabía perfectamente lo que iba a ocurrir mañana, y pasado, y al otro, y al otro... Su vida no solo era monótona: no tenía sentido. Estaba convencida de que su futuro era tan negro como su presente. No veía ninguna salida a su situación actual.

Los aplausos del final de la conferencia la sacaron de sus pensamientos. Aplaudió por contagio, pero no era muy consciente de lo que había sucedido durante la charla.

—Me voy a ir porque no me encuentro muy bien —comentó a sus amigas. Estaba muy pálida y demacrada.

—Te acompaño —le dijo Carmen Baroja—. Además, así me dejas en casa y hablamos un rato más.

El resto del grupo se quedó haciendo corrillos con las distintas socias del Lyceum. Había sido una jornada brillante y lo celebraban.

Durante el trayecto, Pilar y Carmen hablaron de hacer planes para salir con sus respectivos hijos. La pequeña de los Baroja no sabía cómo animarla. Le recordaba a su madre cuando su padre, Serafín Baroja, falleció. Se vistió de luto riguroso y se apagó su sonrisa para siempre. Carmen pensó que un plan distinto podría sacar a Pilar de aquel estado tan preocupante.

—Se ha presentado un corto en el cine con un personaje animado que puede gustar a nuestros hijos. Se llama Mickey Mouse. ¿Por qué no quedamos? Les encantará, seguro. Necesitas hacer cosas fuera de casa.

—Tienes razón, se me hace muy monótona la vida en casa. Antes salía a alguna representación, a la ópera. Desde que ocurrió... todo, no hemos vuelto a pisar un teatro Rafael y yo.

—Pilar, la vida sigue. Tienes que intentar borrar el pasado de tu mente. Intentar cerrar las heridas desde este momento.

—No puedo, y de verdad que lo intento. Voy a hacer otro viaje a Segovia. El doctor Marañón tiene miedo de que me pase como a mi padre y caiga en un estado de tristeza crónica de la que no salga nunca. De modo que me retiraré sola e intentaré recomponerme por dentro, como dices. Estoy rota, esa es la verdad.

—Pues viaja adonde quieras, pero date tiempo. Tienes que retomar tu vida. ¡Pareces una sombra de lo que eras! Volver a escribir. Acabar tu libro.

—Me falta ilusión, Carmen.

—Tienes que encontrarla. Buscar en ti misma la solución. No regreses a casa hasta que tu mente haya cambiado. Toda la fuerza está aquí —dijo Carmen, señalando su cabeza—. Mi hermano Pío dice que la desgracia hace discurrir más, pensar en todo. Sin embargo, la felicidad quita el análisis: por eso es doblemente deseable. Yo evitaría pensar en tu desgracia, intentaría creer que lo que te ha hecho tanto daño en realidad no ha pasado.

—Imposible olvidar. Está ahí presente.

—No olvides, pero déjalo a un lado. Si quieres sobrevivir, no te recrees en todo lo negativo que tiene tu vida. Hay muchas cosas positivas que ahora mismo no ves.

—Puede que tengas razón.

Se bajó Carmen del coche. El chófer cambió de rumbo y llevó a casa a Pilar. Estaba decidida a regresar a Segovia. Nada más llegar, le pidió a Hortensia que lo preparara todo. Su marido no dijo nada. Tampoco intentó impedirlo. El doctor Marañón había hablado con él y le había comentado la necesidad que tenía su mujer de encontrar paz y sosiego. Estaban todos de acuerdo en que debía recuperar la sonrisa, no podía seguir así por más tiempo. Su salud se estaba resintiendo.

—Ahora el tiempo será más benévolo que cuando fui en invierno.

—Es la época en la que hay que viajar, en mayo. En cuanto regreses nos iremos a Palencia. Mi hermana y Victorio se trasladarán a finales de junio al Carrascal, a la finca. Espero que acabes el libro y mejores pronto. Los niños también necesitan desconectar y estar contigo.

—¡Eso deseo yo también! Me resulta difícil vivir con este estado de ánimo que me supera.

—Después del verano le daremos vueltas a tu idea de hacer teatro en casa. ¡Pienso ayudarte!

Pilar sonrió. Era la primera vez que sonreía desde hacía meses. Por fin, su sueño se haría realidad con la ayuda de Rafael. Era evidente que deseaba agradarla. Se quedó pensativa y finalmente se despidió de todos y se fue hacia el tren. Aquella frase de su marido: «¡Pienso ayudarte!», le hizo albergar al menos la ilusión por un proyecto en común.

Al llegar a Segovia, el mismo conserje la recibió con una sonrisa. Era la dama más elegante que había pisado aquel hotel en los últimos meses. La reconoció nada más verla.

—Doña Pilar, me alegro mucho de tenerla entre nosotros de nuevo. El tiempo, como observará, es mucho más benévolo que cuando vino en invierno.

—

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