Leche cruda

Ángelo Néstore
Ángelo Néstore

Fragmento

cap-4

I

Me santiguo a escondidas, rápido, como hacía mi madre cuando pasábamos en coche delante del cementerio. Lo hago más por superstición que por fe. El avión despega y cierro mi libreta.

A mi derecha, una chica con camisa de rayas y pulsera de oro con una virgen agarra un transportín entre las piernas. Dentro, un perro pequeño tiembla. El cachorro levanta la vista y nuestros ojos se cruzan. Durante un segundo, no logro distinguir dónde termina su miedo y dónde empieza el mío. El animal me sostiene la mirada, algo nos une. Una humana en un avión, un perro en una jaula: dos criaturas atrapadas en dirección a un lugar al que no quieren ir.

Cada vez que una turbulencia sacude la cabina me aferro con la vista a la señal luminosa de la salida más cercana. Si alguien, presa del pánico, abriera una puerta de emergencia y la presión nos arrancara del asiento, lanzándonos al vacío, nos precipitaríamos encima de iglesias y colegios. De árboles y ancianos. Encima de niños y de vallas publicitarias. Puestos a elegir, me gustaría caer en un parque, ser comida para las ratas y los gatos callejeros, que un vencejo se llevara en el pico uno de mis ojos y lo dejara en la rama más alta de un abeto.

Me coloco un Alprazolam debajo de la lengua y miro por la ventanilla. Me pregunto de dónde vendrán las nubes que atravesamos, qué habrán visto, si llevan en suspensión el polvo y la piel calcinada de alguna ciudad en guerra. De ser así, significaría que estamos atravesando cuerpos.

Me acomodo en el asiento, apoyando la cabeza contra el respaldo de plástico duro del avión. Lo último que veo es el hocico del perro en el transportín, salivando igual que yo a causa de la pastilla, con la lengua fuera y la boca abierta.

El impacto de las ruedas contra el asfalto me despierta. La señal luminosa del cinturón se apaga y doscientas manos ejecutan un único clic que resuena en la cabina. Al levantar el transportín, la chica con la camisa de rayas se ve una mancha en el pantalón, a la altura del pubis. Se sonroja y trata de ocultarla con la mano. El miedo del perro ha atravesado la tela, dejando un rastro de pis. Como una mordida.

Me pongo de pie. Instintivamente, paso la mano por mi asiento. Está seco.

II

Mi palma cubre casi por completo el rostro de mi madre. No sé si es mi mano la que ha ensanchado o su cabeza la que ha encogido. Quizá siempre haya sido así y nunca me había dado cuenta. Me cuesta aceptar que los rasgos duros que conservaba en mi cabeza se muestren tan vencidos. Sus pupilas, en cambio, siguen afiladas, teñidas de un brillo animal que me recorre con descaro. Me persiguen como un gato que vigila a un extraño que se ha adentrado en su territorio.

—Mamma, sono io, Mia. Non mi riconosci?

No recuerdo haber estado nunca a tan poca distancia. Quiero abrazarla, ser esa clase de hija, pero el corazón me da un vuelco al ver su cara demacrada y me detengo.

No contesta.

Antes de volver, me costaba pensar en mi madre con claridad. Sus rasgos eran imprecisos, como si con el tiempo sus verdaderas facciones se hubieran desdibujado. Cinco años lejos de ella la habían convertido en una idea de madre, un ser cada vez más etéreo y ambiguo.

—Na, na, na, na, naaaaaa… La mia fame si ribella a te, ma il mio canto no…

Mientras canta, baja la mano y los ojos hasta mi nuez, el único sitio donde nunca he permitido que me toquen. Me alejo un poco, pero sostengo la sonrisa mientras alargo el brazo, generando una distancia que procuro que no parezca rechazo.

—Na… Na… Na…

—Cosa stai dicendo, mamma? —Me inclino para escuchar mejor.

—Na, na, na, na, naaaaa… E cresce sempre più la febbre nelle distanze che mi lasci tu…

—«Minuetto». Nu se recorda cchiui le canzuni. Moi se le inventa. Urtimamente s’ha fissata cu quista e nu spiccia cu la canta —me dice Titina desde el otro lado de la puerta. Está con nosotras desde que tengo memoria. Venía a casa cuando mis padres trabajaban y yo no tenía edad para quedarme sola.

Se queda en silencio un momento, como si intentara recordarme en otro cuerpo. Me impresiona su rostro ancho, de pómulos marcados y piel curtida. Tiene el cabello más canoso de lo que recordaba, recogido en un moño apretado y mechones rebeldes pegados a la frente por el sudor. Aunque tuviera el pelo oscuro y los ojos claros, o su piel fuera tersa en lugar de ajada, su expresión natural seguiría siendo de desgracia.

Asiento, dándole a entender que he reconocido la canción, una de mis favoritas. Se limpia una gota de sudor y me dice que es su manera de expresar que tenía muchas ganas de verme. Me fijo en la aspereza de sus palmas, que contrasta con la suavidad de las yemas, donde se concentran años de labores minuciosas y que a la vez expresan una dulzura enorme. No recuerdo un solo momento de mi infancia sin ellas: preparando la cena, ajustándome el cuello del abrigo, llevándome al colegio.

De pequeña sentía que competía con Titina por el amor de mi madre. Su capacidad para crear dependencia me hacía creer que quería ocupar mi lugar, como una suerte de hermana mayor. Si mi madre estaba enferma, Titina le preparaba caldos, le ponía paños en la frente, la convencía para tomarse las pastillas. Yo me limitaba a mirarlas desde la puerta, esperando que me pidieran ayuda. Si mi madre se reía con ella, yo perdía. Me gustaba verla equivocarse: cuando se le quemaba la comida o rompía una taza. Era una forma de equilibrar las cosas.

—Comu si cangiata, Mia.

El énfasis con que dice que he cambiado suena a reproche. No se alegra de verme.

Titina no deja de mirar a mi madre mientras me da instrucciones. Desayuna a las seis en punto. Café doble con un chorro de la leche que trae el cabrero, sin azúcar. Come poco. Me dice que, en caso de almorzar con ella, no la fuerce, que la deje comer despacio. Se pasa el día haciendo puzles o viendo la tele. En eso no ha cambiado.

Ahora le gusta ir al cementerio, con flores frescas para mi padre, que elige ella en la floristería. Esas rutinas me tocan a mí.

Y la gata, Cavalli, que llegó aquí hace cinco años. La encontramos rondando el jardín después de la muerte de mi padre, poco antes de que yo me fuera. Sigo convencida de que salió de una de las tumbas del cementerio, a dos calles de nuestra casa. Titina la señala y me avisa de que anda en celo y no está castrada. Si la oigo maullar por la noche no es que esté poseída, solo desesperada.

Luego se excusa:

—Sentime, ca men d’aggiu scire.

Titina ya no puede hacerse cargo de mi madre. La suya se ha roto la cadera y acaban de operarla. Le pregunto si mi madre ha dicho algo en todo este tiempo. Niega con la cabeza.

Antes de cerrar la puerta le lanza una última mirada:

—Ciao, signora.

Mientras hablábamos, mamá ha dejado de cantar y ha dirigido su atención a la Gazzetta del Mezzogiorno. Está de pie, inclinada sobre el periódico, con las muñecas apoyadas en los extremos de cada página. No lo lee, lo examina, intentando descifrarlo. Me sorprende esa serenidad con la que lo hace todo, un sosiego que ya me está poniendo nerviosa.

Su piel desprende un aroma dulzón a pastel de manzana. Me recuerda al de los bebés de mis amigas en sus primeros días de vida, cuando aún no han sido manoseados por el mundo. Tengo frente a mí a una madre nueva, una criatura recién nacida, con sus fragilidades expuestas. Me pego a ella para saber si realmente lee. Resopla suavemente y respira por la boca. Su aliento me alcanza. Huele mal. Un olor denso, que choca con el dulzor de su piel; tan fuerte que no parece el de alguien vivo, sino más bien el de una reliquia. Eso la enaltece, la acerca a lo sagrado. Pienso en la imagen que solía tener de ella, cuando de pequeña la creía una figura divina debido al miedo que me daba. Quizá a Dios también le huele la boca de tanto ser amado.

Al verla de cerca, me pregunto cómo se le puede haber carcomido así la mirada, dónde está el gusano que le ha roído los ojos, ahora tan bondadosos. La miro y dudo de si realmente es ella. Después de enviudar y a pesar de ganar muy poco, mi madre no dejó su empleo de auxiliar de educación especial en la escuela del barrio. Salía de casa en tacones, incluso en invierno, cuando las lluvias le hacían el camino un martirio. Insistía en que, como viuda, tenía que ser más irreprochable si cabía.

La casa debía mantenerse como una extensión de su apariencia: sin una mota de polvo, las flores frescas, el periódico cada mañana. La recuerdo ocupada, no por tener mil cosas entre manos, sino por evitar cualquier espontaneidad. No existía espacio para la pereza.

Voy al baño a lavarme las manos. Al alejarme, mi campo de visión se abre. La casa entra en el plano, empieza a ocuparlo todo y mi madre parece un mueble descontextualizado en el salón.

Observo la mesa ovalada de ocho plazas donde celebrábamos las Navidades y las sillas que ya no volverán a llenarse, salvo la de mamá y la mía, en la que ahora duerme la gata. Nunca te vas de tu casa del todo. Algo de ti se queda junto a los fantasmas de los que murieron mientras estabas fuera. Hasta que he vuelto a encontrarme con esta parte de mí, creía que mis tías aún estaban en sus casas, atrapadas en un tiempo que solo existía en mi cabeza. Vivir un duelo en la distancia es vivirlo a medias porque no hay un cuerpo sin vida que sostener ante los ojos. Mi madre solía darme la noticia con un mensaje. Siempre terminaba la frase con puntos suspensivos, como si esperara que yo la completara. En ese vacío, en lo que dejaba a la imaginación, en realidad me estaba diciendo que tenía miedo de morir sola, que necesitaba desesperadamente asegurarse de que yo estaría de pie ante su ataúd.

Aunque me avergüence admitirlo, estaba convencida de que no presenciar la muerte de un ser querido haría más fácil la curación. Pero no me daba cuenta de que los duelos, por mucho que los esquivemos, no desaparecen, solo se acumulan en los hombros. Frente a esa mesa de madera maciza, se me caen de golpe los muertos encima.

Justo detrás de mi madre, en la cómoda, veo una foto suya. Es un primer plano. Está sonriendo y tiene el pelo recogido en un moño alto y tirante, su peinado favorito, sin un solo mechón fuera. Sin contexto, suspendida en un vacío inmaculado, parece una chica alegre y jovial. Yo aún no había nacido.

Siempre he querido deshacerme de esa foto. Reemplazarla por la única que me llevé a España, en la que mi madre se está comiendo un helado y uno de los perros de la familia le da un lametón. Aquel beso la pilló por sorpresa. La foto está desenfocada, pero es la más auténtica que tengo. Se la ve como si la hubieran pillado desprevenida, riéndose, sin gestos de contención, sola ante la vulnerabilidad de un robado.

Cuando vuelvo del baño, veo que se ha soltado el pelo, que cae libre sobre los hombros. Me acerco y trato de recogérselo. Soy torpe como una madre primeriza.

Parece otra persona. Mientras la peino con cuidado y deslizo los dedos para deshacer los nudos, pienso que nunca había estado tan cerca de su cráneo.

—Tu mi fai giocar, tu mi fai giocar, sono la tua bambola.

«La bambola», de Patty Pravo.

—Ma come giocando? Lo dici perché ti sto pettinando come se fossi la mia bambola, mamma?

Sigue cantando ajena a mí. La letra sale de su cuerpo como si fuera lo único que le quedara. La melodía crece también dentro de mi boca hasta que estalla y le contesto cantando en español.

—Para ti seré, para ti seré, solamente una bambola.

La voz en español sale áspera. Nunca me había atrevido a cantar con ella. Mi canto corre detrás de sus palabras, pero consigo que mi versión encaje con la suya inventada:

—Con chi giochi tu,          —Para ti seré,

con chi giochi tu        para ti seré

sono la tua     solamente una

bambolaaa.

Sin darme cuenta me estoy riendo.

III

Si hablábamos de comida nos reíamos. Mientras la peino me acuerdo de cuando, al principio de vivir en España, me esforzaba por hacerla reír contándole por teléfono lo diferentes que eran los supermercados. Lo corto que es, por ejemplo, el pasillo de la pasta. Se escandalizaba. ¿Por qué la gente no comprendía que los rigatoni eran para salsas densas y los espaguetis para las suaves? Le hablaba del hinojo y de lo difícil que era encontrarlo entero en España. De que allí solo usaban las hojas verdes y no deshojaban el bulbo al final de las comidas para limpiarse la boca. Ella no lo entendía. ¿Qué hacían con lo blanco? ¿Lo tiraban?

No podía evitar sonreír cuando me preguntaba con genuina incredulidad por qué en España, con tantas vacas, no se hacía mozzarella. Yo le respondía con burla diciéndole que allí la stracciatella era solo un sabor de helado. Al otro lado de la línea se oía un sonido seco, una interferencia. Era su risa, que nunca llegaba a soltarse. Cada vez que la conversación se volvía demasiado ligera o ella notaba que se reía más de la cuenta, su voz cambiaba. Soltaba una de esas preguntas ambiguas que parecía haber preparado desde el principio de la conversación.

Me decía que si tan bien se estaba en España, por qué siempre daba la impresión de que me faltaba algo.

Y yo ya no sabía si hablábamos de comida o de otra cosa.

Las conversaciones siempre empezaban y acababan con reproches:

—Mangia ca stai mazzu!

Le preocupaba que adelgazara. Y entre pregunta y pregunta deslizaba alguna inquietud relacionada con mi trabajo. Pero al final siempre terminábamos hablando de recetas, de lo que faltaba y sobraba, de lo escandaloso que le parecía que en España se comieran tantos huevos o que se sirviera capuchino a cualquier hora del día. Quizá, en esos intentos fallidos de risas, se derramaba nuestro echar de menos, el sufrimiento por la ausencia de la otra.

Mi madre custodiaba con recelo las pocas recetas familiares que conocía y no las compartía: la crema pastelera de mi abuela, la crostata de mermelada de higo de mi tía Rita o su célebre gattò de patatas.

Se aferraba a las recetas con disciplina marcial, seguramente por ser mala cocinera. Medía los ingredientes al milímetro y cronometraba los tiempos con una precisión obsesiva, convencida de que cualquier desvío arruinaría el resultado. No confiaba en el instinto, solo en las reglas. Cuando me enseñó a prepar

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