Nota de la autora
En estas páginas te presento una casa de huéspedes tan especial que en ella se aloja el alma de nuestras antepasadas. Esta novela nace de la imaginación, pero también de la memoria. Es posible que, entre capítulo y capítulo, te llegue el aroma de los glaseados de nuez de mi madre, del almidón de planchar las sábanas de mis abuelas o de la esencia de romero y lavanda con la que rociaban las camas en el hostal de mis tíos. Sobre todo, no te extrañes si encuentras los olores, los sonidos y los lugares de tu infancia, porque La casa de huéspedes es un puzle construido con la vida de muchas mujeres nacidas en la primera mitad del siglo XX, mujeres que nunca pretendieron ser heroínas, pero no les quedó más remedio que convertir su dolor en fuerza.
A ellas les tocó vivir en una España de luto, de escaseces, de misa los domingos y fiestas de guardar, en la que los sueños femeninos eran una temeridad y a las niñas se les enseñaba a obedecer antes que a pensar, a no levantar la voz, a ver, oír y callar. Predestinadas a lavar la ropa en el río, a fregar de rodillas los suelos, a remendar la ropa de la familia y a esperar a que las sacaran a bailar, aprendieron a sostenerse unas a otras, a reír y a cantar cuando había oportunidad, y a cuidar de los suyos, incluso cuando nadie cuidaba de ellas.
Esas madres y abuelas serán para siempre los huéspedes más queridos de nuestro corazón y, con ellas, sus enseñanzas, las penas que no compartieron, las alegrías que nos contagiaron y la esperanza de que nosotras tuviéramos una vida mejor que la suya.
Esta historia, que ahora es tuya, es mi forma bonita de recuperar su voz.
PRIMERA PARTE
Caridad
Marzo de 2025
Pocos momentos hay más inquietantes que esperar la muerte de un ser querido. Sentada junto a la cama de Margarita, veo cómo se apaga. Hace solo unos minutos que se han ido las dos doctoras de paliativos en la que intuyo que ha sido su primera y última visita. Según me han explicado, el protocolo dicta que deben acudir al domicilio del paciente cada cuarenta y ocho horas. Marga agoniza, pero está tranquila gracias a la morfina. Le han puesto una vía en el pecho y, mientras una de las médicas recogía, la segunda me explicaba cómo continuar la pauta de medicación.
—Cada ocho horas, adminístrele otra de estas —dijo, señalándome unos pequeños cartuchos transparentes con el líquido calmante en su interior.
Acto seguido me enseñó a hacerlo.
—De todas formas, si se queja mucho o usted nota que siente dolor, póngasela, da igual que no haya transcurrido el tiempo estipulado.
—¿Cuánto es lo mínimo que debo esperar entre dosis? —pregunté.
La doctora se encogió de hombros, me tomó la mano y me habló lentamente, como para darme tiempo a procesar la información.
—No se preocupe por eso, Caridad. Margarita ya no va a despertar, ¿es consciente de ello?
Asentí con la cabeza. «Soy vieja, no tonta», tuve ganas de decirle, pero entendí que se lo pareciera, aturdida como estoy por lo que está ocurriendo.
Marga se muere y estamos las dos solas. Empeoró en Nochebuena y su hijo y su nieta, creyendo que era el final, estuvieron con ella aquí en Oviedo. Pero antes de Reyes se recuperó y, aunque su cabeza continuó perdida en una realidad de la que nosotros no formamos parte, eso ya no era novedad y físicamente parecía estar mejor. Fue una falsa alarma, y no era la primera. Aparentemente estaba como siempre, lo que significa que comía y dormía. Hasta que ayer por la noche, sin previo aviso, entró en una especie de coma.
El director del centro donde Marga se internó voluntariamente hace seis años me llamó para comunicárselo.
«Si quiere que se despida del mundo en su casa, es el momento de trasladarla», me dijo.
Nada más que me avisaron, llamé a Fer. Después me vestí a toda prisa y cogí un taxi para ir a buscarla a la residencia.
Allí todos estaban al tanto de la voluntad de mi amiga. Marga quiere morir en casa y lo dejó todo legalmente bien atado antes de mudarse a la residencia que eligió, previendo que el alzhéimer, la enfermedad familiar de los Acebedo, le arrebataría la cordura.
Le dio poderes a Fer para gestionar, vender o hacer lo que quisiera con todos sus bienes, menos con la casa en la que estaba decidida a exhalar sus últimos alientos.
Hace unas horas, a media tarde, siguiendo las instrucciones que dejó escritas ante notario, la trasladamos en una ambulancia.
Menos mal que, al menos, yo estaba en Oviedo, porque oficialmente resido en Madrid, en casa de mi hijo Tino. Allí paso la mayor parte del año, disfrutando de mis nietos.
A Fer y a su hija la noticia los ha cogido esquiando en Estados Unidos. Se decidieron a ir porque Marga estaba estable y nada indicaba que llegaba el momento de la despedida. Fer debía viajar de todas formas porque tenía que cerrar negocios con unos clientes allí. Tanto Fer como mi hijo Tino viajan varias veces al mes, aunque no juntos. Tienen ocupaciones diferentes en Industrias Acebedo. En esta ocasión, Violeta acompañó a su padre porque tenía unos días de vacaciones, por la semana blanca, según me dijo. Estaban en Aspen, un pueblecito de las Montañas Rocosas al que va gente de mucho dinero a esquiar. Yo nunca he esquiado y mi hijo Tino aprendió de mayor, igual que a jugar al golf, porque cuando mis mellizos eran niños solo esquiaban los ricos.
La vuelta desde Aspen no es fácil y temo que Fer y Violeta no lleguen a despedirse de Marga. Ni a ella ni a mí nos queda nadie más en esta ciudad a quien llamar. Los que formaron parte esencial de nuestra vida han muerto y las nuevas generaciones viven en Madrid. Tino ha querido cancelar su ajetreadísima agenda laboral, y Sonsoles, mi nuera, también se ha ofrecido a venir, para que no pase este trago yo sola. Pueden estar aquí en cuestión de horas, pero les he dicho que no. No necesito que nadie me acompañe a mí, sino a Marga.
Suena el teléfono. Es Violeta para avisarme de que han conseguido un vuelo de Aspen a Chicago. Desde allí les será más fácil coger un avión que salga hacia Europa.
Me siento en la cama que hay junto a la de Margarita. La de su casa, pero no la que compartió con su marido Fernando, sino el piso de al lado, el de Ángela, su madre, en el que incluso de casada pasaba más tiempo que en el suyo propio. Desde que nació Fer, todavía más, porque lo criaron entre las dos. Es una habitación casi infantil con las dos camitas de noventa, cabeceros de latón dorado y vestidas con colchas rosa pálido idénticas, a juego con el papel de aguas que cubre las paredes. Su semblante parece el de una niña, una que se ha hecho mayor sin perder la inocencia. Aunque no por no sufrir, porque Margarita sí ha sufrido. Como todos. En esta vida nadie se libra.
—Violeta y Fer vienen para acá, pero te toca aguantar, porque el trayecto es largo. Sé que puedes hacerlo —le digo al oído.
No quiero salir mucho del cuarto, no más que para hacer pis y prepararme alguna infusión en la cocina, por si me necesita. Aunque no es probable, ya que está inconsciente. Lo que temo es que deje de respirar sin que yo esté ahí para cogerle la mano. Sé que abandonamos el mundo solos, que la transición a la otra vida es un acto individual, pero si tardan en recibirla allá donde quiera que vayamos, que en el caso de Marga no tengo dudas de que será al cielo, si existe, y si no, a un lugar igual de bonito, al menos que sienta mi mano sobre la suya.
Enciendo la tele para que me acompañe en la espera. Hablan de las guerras activas actualmente en el mundo. Miro la pantalla hipnotizada, como si la tragedia humana me atrajera de un modo irrefrenable, aunque instintivamente pongo el mute para que Marga no escuche desgracias en sus últimas horas. Sin transición alguna, cambian de tema. Ahora hablan de política, porque sale la imagen del Congreso de los Diputados. No me interesa. Mi cabeza vuelve a la guerra, pero no a las actuales, sino a la que sufrían los españoles cuando Margarita llegó al mundo. Yo no la viví porque nací en el año 44, en plena posguerra, no como Marga, que llegó al mundo al inicio del horror, pero conocí a familias rotas por el dolor y he escuchado tales barbaridades sobre las crueldades, las torturas y los asesinatos atroces que se cometieron entonces que me siento incapaz de imaginar la magnitud de su desesperación.
Me sobresalto. Creo que Marga se ha movido. Desde luego, ha soltado un quejido. Me levanto y cojo la jeringuilla y la carga de morfina como si fueran un salvavidas. Falsa alarma. Margarita vuelve a quedarse tranquila. Tiene la boca abierta y saliva seca en las comisuras. Suelto la jeringuilla y voy corriendo al baño a mojar un pañuelo para refrescarla. Al volver a entrar, la habitación me da el mismo olor que desprende el agua de los jarrones al pudrirse las flores.
Un wasap de Fer me informa de que van a despegar.
—Aguanta, por favor, no te vayas, que ya están de camino —le insisto.
1
Elvira y su madre abandonaron Madrid rumbo a Francia en 1936, poco antes de empezar la guerra, con el mismo destino que Carmen Polo y Carmen Franco, la esposa y la hija del general Francisco Franco. España estaba muy revuelta. Los piquetes obreros llevaban meses campando por las calles, cada día se cometían nuevos asaltos a casas de empresarios y, aunque la familia de Elvira no pertenecía ni mucho menos a la élite, eran los propietarios de un hostal, Casa Flora, donde ya se habían producido varios altercados entre huéspedes de diferentes ideologías. Don Demetrio descartó enviar a su esposa y a su hija a Oviedo con sus padres, por causa de la revolución minera que hacía poco más de un año, en octubre de 1934, había puesto a Asturias en el punto de mira nacional. A pesar de que le aseguraban que las cosas estaban muy calmadas por allí, gracias a la intervención del ejército, don Demetrio no se decidió. Temía que aquello fuera una calma chicha y los mineros volvieran a incendiarse. Aunque Elvira prefería irse con sus abuelos y no con una tía francesa a la que había visto una vez en su vida, Flora no quiso ni oír hablar de marcharse a Asturias a casa de sus suegros, teniendo a su hermana en el país vecino. Bastante que aceptaba exiliarse hasta que las cosas se calmasen en España, porque, a pesar de que muchos predecían un levantamiento militar, a Flora le parecían meros alarmistas. Transigió con los deseos de su marido porque le atraía la idea de visitar a su hermana en Burdeos durante una temporada, y así Elvira practicaría el francés, cosa que la haría parecer muy distinguida. Entre eso, los modales que había aprendido en aquel colegio privado, que costaba un ojo de la cara, y lo guapa que era, encontraría un buen marido, rico y de buena familia.
Por esa razón desoyó las protestas de su hija, cuyos recuerdos infantiles estaban ligados a la casa de sus abuelos en Oviedo. Solo con cerrar los ojos, Elvira podía oler el perpetuo aroma a chocolate que desprendía su abuelo Ismael, mecánico de las máquinas de molienda de cacao desde que tenía uso de razón, y sentir el frío de las mañanas al levantarse de la cama, antes de bajar corriendo a buscar a su abuela, que hacía rato que había encendido la cocina de carbón para que, cuando ella llegase, la estancia estuviera caldeada y preparasen juntas los frixuelos del desayuno.
En cambio, carecía de recuerdos con su tía. Agustina, madrileña de toda la vida y nacida, como su hermana Flora, en la primera planta de un edificio de la calle Álvarez Gato, que de tan estrecha que era todos en el barrio la conocían como callejón del Gato, se mudó a Francia varios años antes del nacimiento de Elvira, tras casarse con Thierry, un ejecutivo francés de la Marie Brizard que viajaba frecuentemente a la capital con el objetivo de expandir la presencia de su anisete en el mercado español. Elvira había escuchado innumerables veces la historia de boca de su madre, que, siempre que se la contaba, acababa diciéndole: «Y si Thierry se enamoró de mi hermana, imagínate quién se enamorará de ti, que eres más guapa, más lista y estás educada en colegio de pago. Eso sí, que no sea francés, que perdí a mi hermana, pero a mi hija no estoy dispuesta».
A Elvira le encantaba oír el romance de su tía y, de cuando en cuando, le pedía a su madre «Cuéntamelo otra vez», igual que hacía de niña con los cuentos que Flora le narraba para dormir.
La primera vez que Thierry vio a Agustina, se entretenía contemplando su propia figura deformada en los espejos, uno cóncavo y otro convexo, que adornaban aquella humilde calleja del centro de Madrid. Mataba el tiempo hasta que llegara la hora de dirigirse a su hotel, el Palace, en cuyo salón se había citado un rato más tarde con un empresario hostelero. Jugueteaba con su propio reflejo cuando oyó una voz melodiosa y alegre que entonaba «Tápame, tápame, tápame que tengo frío» a pleno pulmón y con buena afinación. Levantó la vista y encontró a Agustina, justo encima de él, asomada en el balcón y afanada por colgar un pendón del Cristo de Medinaceli para la procesión del Viernes Santo. La joven se esmeraba en tensar la tela entre las filigranas de hierro forjado del mirador mientras cantaba alegre y despreocupada. Thierry se imaginó a sí mismo, galante y caballero, tapando a aquella belleza española, de la que aún no sabía ni el nombre, hasta que ella caía rendida a sus pies.
A Agustina no le impresionó entonces la posición directiva de su pretendiente en la Marie Brizard. Aquella bebida con nombre de mujer, desconocida para la mayoría de las familias en España, no le sonaba de nada. En su casa, de toda la vida, el anís era, o del Mono, o de la Asturiana. En lo que sí se fijó fue en su ropa cara, en que se alojaba en el Palace y en lo espléndido que era con ella. Thierry le ofrecía una excelente posición social en Burdeos, su ciudad, mucho más desahogada que cualquiera de sus pretendientes anteriores, quienes, como bien decía su padre, eran unos muertos de hambre.
Cuando Thierry apareció en su vida, ella estaba a punto de cumplir los veintisiete y Flora, su hermana pequeña, ya estaba prometida con Demetrio, un asturiano que regentaba una pensión en la calle Montera. A su futuro cuñado le iba bien: cada noche colgaba el cartel de completo, y si no se habían casado ya era porque estaba inmerso en el proyecto de montar su propio negocio en el edificio de al lado. Iba a llamarlo Casa Flora, en honor a la mujer con la que pretendía casarse. Demetrio no era mal partido, pero, mientras que Flora trabajaría atendiendo huéspedes, la boda con Thierry suponía para Agustina dejar de ser la hermana mayor con riesgo de quedar soltera y convertirse en una acaudalada señora francesa.
Casi veinte años después, Elvira y Flora llegaron a la residencia de Burdeos para pasar lo que se suponía que iba a ser una pequeña temporada, hasta que las cosas se calmasen en Madrid.
A Elvira le impresionó la casa de su tía, que ocupaba la mitad de la planta principal de un elegante edificio en el centro de Burdeos. Con casi trescientos metros cuadrados, era tan grande como su hostal, pero en Casa Flora ellos solo utilizaban dos cuartos pequeños, uno ella y otro sus padres, más una minúscula sala privada, porque el resto eran las habitaciones de los huéspedes y la gran cocina comedor en la que servían cenas y desayunos. La vivienda de su tía, diseñada para alojar a la familia numerosa que no tuvieron, era entera para el matrimonio, aunque solo usaban la parte delantera. Ni siquiera usaban la habitación de servicio porque Agustina solo contaba con una mujer que la ayudaba por las mañanas. En dos de las habitaciones traseras se instalaron Elvira y su madre. Aun así, seguía habiendo puertas cerradas. En casa de sus tíos descubrió un silencio que hasta entonces desconocía. Quizá demasiado. Instintivamente calculó cuántos huéspedes se podrían alojar allí. ¿Cómo sería Casa Flora en francés? ¿Chez Flora? ¿Maison de la Fleur? Le preguntaría a su tía. Después descartó la idea. Casa Flora era su hogar, pero no siempre era agradable compartirlo con extraños. No echaba de menos a los huéspedes, pero sí tener primos de su edad que llenaran aquel vacío.
Esa misma carencia mortificaba a Agustina al recordar los hijos que Dios no les dio. Hasta que llegaron ellas y habitaron con su presencia aquel espacio olvidado, llenando el hogar de los Pasquier de charlas, nostalgias, alegrías y preocupaciones.
Agustina se sintió pletórica con su hermana y su sobrina al aportarle la calidez familiar que tanto había echado de menos, y Elvira, que tan poco convencida estaba con la decisión de exiliarse en Francia, correspondió aliviada al inesperado afecto de su desconocida tía. Con Thierry dedicado a un trabajo que lo llevaba a moverse por toda Francia y parte del extranjero, Agustina les mostró todos los tesoros de Burdeos primero, de los alrededores después, e incluso de París, donde estuvieron cuatro días aprovechando uno de los viajes de Thierry.
Elvira y Flora vivieron las primeras semanas en Francia como si estuvieran en unas glamurosas vacaciones, hasta que la noticia de que la guerra había estallado en España desinfló su ilusión, inquietas por la seguridad de Demetrio. Flora, al igual que su marido, estaba convencida de que el ejército tomaría pronto el control del país y todo volvería a ser como en los tiempos en los que había sido más feliz, con Primo de Rivera, o incluso después, con Dámaso Berenguer, aunque a este se le fueron tanto las cosas de madre que terminaron con una República en la que ya nadie estaba seguro ni en su propia casa. Elvira, a la que nunca le había interesado la política, solo pensaba en su padre.
—Madre —le suplicó a Flora—, convenza a padre para que se reúna con nosotras.
Flora insistió a Demetrio carta tras carta e incluso puso una conferencia telefónica, que le costó un ojo de la cara, para instarle a que abandonara Madrid. Pero Demetrio no atendió a razones, alegando que, si se iba, perderían Casa Flora.
—¿Y si te perdemos a ti? Además, ya no hay clientes, y el día menos pensado lo ocupa el ejército, como están haciendo con tantos hoteles.
—Nuestro hostal es demasiado pequeño para que los militares se interesen por él.
—¿Y si cae una bomba? Dicen que la Gran Vía es objetivo prioritario.
—Eso está en manos de Dios.
—Y el venir para acá, en las tuyas.
Elvira no necesitó esperar a que su madre le comunicara la decisión de su padre. Se lo adivinó en la cara. Demetrio Tamargo, cual capitán en un barco que se hundía, se quedó al frente de un hostal en el que casi no paraban huéspedes, salvo los sublevados a los que alojaba, cuando se lo requerían, haciéndolos pasar por republicanos. Pese a ser consciente de que sería ejecutado si lo descubrían, se sentía con el deber de cumplir lo que él consideraba un crucial servicio a la patria.
A sus diecinueve años, Ángela ayudaba a sus padres en las tareas de la portería del edificio de la calle Montera en el que residían. Aunque lo consideraba su hogar, porque era el único que había conocido desde que nació, también era muy consciente de que ellos, los habitantes de la minúscula buhardilla que coronaba el inmueble, no eran iguales que el resto de los vecinos.
Los más arrogantes osaban dar órdenes a sus padres sin siquiera saludarlos primero.
«Benito, ¿qué pasa con las cañerías? Los retretes huelen que apestan». «Concha, vaya a limpiar el rellano del segundo, que la niña no se encuentra bien y ha vomitado el desayuno».
Otros, mucho más amables, se paraban a charlar.
«Concha, ¡por fin ha salido el sol!». «Benito, ¿escuchó ayer el partido en la radio? ¡Menudo golazo el de Lazcano! ¡Cómo remata ese chaval!».
Pero en general, todos, con más o menos delicadeza, los miraban por encima del hombro. Incluso don Demetrio y doña Flora, los propietarios de Casa Flora, el hostal de la tercera planta, a los que Ángela consideraba en un escalón por debajo del resto. De niña, jugaba con Elvira, su hija, casi de su misma edad. Correteaban por las escaleras hasta que algún vecino las reñía, o se escondían en el trastero comunitario que ocupaba la buhardilla frente al pequeño apartamento destinado a vivienda de los porteros.
A Ángela no le gustaba estudiar; se aburría con las tablas de multiplicar y con las lecciones de historia. Aún menos le agradaban las pequeñas tareas de la portería que su madre le asignaba cada día al volver de la escuela. Lo único que hacía brillar los ojos de Ángela, además de jugar con Elvira, era dibujar. Tanto le gustaba, que Elvira, para complacerla, pedía lápices y papel para su amiga a los huéspedes que paraban en Casa Flora por trabajo y solían ir provistos de ambas cosas, hasta tal punto de que más de una vez se llevó una regañina de sus padres por molestar a los clientes con su insistencia. Sin embargo, consiguió que Ángela creciera provista de material suficiente para retratar a todos los vecinos del edificio y a los habituales del hostal. A Elvira la pintó mil veces y cada intento se parecía menos a una caricatura.
El día de su octavo cumpleaños, Ángela pidió de regalo a sus padres unas acuarelas.
«De eso nada, hija, que no ganamos para cuartillas y carboncillos, y ahora… ¿acuarelas? Déjate de emborronar papel, que eso no lleva a ningún sitio, y te compro unos zapatos, que los que llevas tienen la suela gastada», le dijo su madre.
Su padre, para consolarla del disgusto, la llevó al Museo del Prado, aunque tuvieron que terminar la visita antes de lo que ella hubiera deseado porque los zapatos nuevos le destrozaron los pies. A Ángela le fascinaron tanto las obras del museo que no dejaba de hablarle a Elvira de ellas, la única que consentía en escucharla.
No habrían pasado ni dos meses cuando se alojó en Casa Flora un pintor catalán que hacía retratos por encargo a gente acomodada de todo el país, y tan pronto iba al hostal varios meses de seguido como no sabían nada de él durante más de un año. Don Llorenç, como se hacía llamar el artista, era un hombre histriónico y voluble, y cuando Elvira se armó de valor para pedirle unas acuarelas para su amiga, la echó con cajas destempladas.
—¿Mis acuarelas? ¿Pretendes, niña, que te regale mis pinturas para que una mocosa ensucie lienzos sin piedad ni referencia estética alguna? ¿Qué falta de respeto es esa?
—Lienzos no tiene —acertó a responder Elvira.
—¿Y sobre qué pretende pintar? ¿En las paredes? Vete de aquí ahora mismo, que cuando me angustio se me van las musas. ¡Qué osada es la ignorancia! —le dijo mientras murmuraba improperios sobre las nuevas generaciones, que no respetaban ni el arte ni a sus mayores.
Un par de semanas después, el pintor terminó las ocupaciones que le habían llevado a la capital. Cuando Elvira vio el equipaje y los aparejos de don Llorenç tras el mostrador donde su madre recibía a los huéspedes, y a nadie en el recibidor, un impulso irrefrenable le hizo desoír su natural prudencia y cogió del maletín un pincel y tres botes de pintura casi llenos, uno rojo, otro azul y otro amarillo. Suficientes para que Ángela pudiera pintar casi cualquier cosa.
Don Llorenç no volvió a alojarse en Casa Flora, pero Demetrio y Flora nunca hubieran asociado su ausencia con la travesura de su hija, de no ser por doña Concha, la portera, que encontró la ropa de Ángela cubierta de manchas de acuarela y tiró del hilo hasta que a las niñas no les quedó más remedio que confesar. Si bien Elvira pensó en el pincel, ni se le ocurrió que su amiga iba a necesitar aguarrás. El castigo por la travesura, en vez de alejarlas, las unió aún más. No había día que no jugaran al pillapilla por las escaleras, a la rayuela que habían pintado en las carboneras o a las interminables partidas de piedra, papel o tijera. Hasta que las diferencias sociales, que en la niñez nunca notaron, se hicieron evidentes al crecer y mancillaron la lealtad que sostenía su amistad infantil.
El punto de inflexión se produjo a los catorce, cuando Ángela dejó la escuela para ayudar a sus padres a tiempo completo, mientras que a Elvira la matricularon en un prestigioso colegio privado.
Ángela decidió alejarse de Elvira, y no por falta de afecto, sino porque no soportaba la velada superioridad con la que doña Flora trataba a su madre.
«Concha, mujer, ponga un poquito más de atención a la limpieza, que está el portal muy sucio y me espanta a los clientes».
«Qué suerte tiene usted, Concha, que ha caído en esta comunidad y los vecinos no la despiertan a las tantas de la noche. No como a mí, que ayer me llegaron unos huéspedes cerca de la una de la madrugada. Si es que su trabajo es un auténtico chollo. Y con casa gratis, que a nosotros, el dueño acaba de subirnos el alquiler, y Casa Flora es un negocio próspero y elegante, pero no es el Ritz».
Con sus palabras, en forma de camaradería y falsa modestia, dejaba claro, un día sí y otro también, en qué posición se encontraba cada una.
Por eso Ángela dejó de ser amiga de Elvira, aunque ardiera en deseos de continuar aquella amistad que, como todas las que empiezan en la tierna infancia, nacía del corazón. En muchas ocasiones, Elvira intentó retomar la relación, pero Ángela le daba calabazas, provocándole una frustración que muchas veces terminaba en llanto.
«Elvira, por favor —la regañaba su madre—, con las chicas de buena familia con las que tú te codeas, ¿vas a llorar por la hija de los porteros? No te lo consiento, ¿no ves que lo que le da es vergüenza? ¿Que se acompleja al verse inferior a ti?».
Flora no iba del todo desencaminada, porque lo que sentía Ángela era puro miedo. Temía confiarse con Elvira y que, un día, la tratase igual de despectiva que doña Flora a su madre. Como no se sintió capaz de soportar el dolor de aquella posible traición que el miedo dibujaba en su mente, la apartó de su vida. Lo que no logró evitar fue echarla de menos. A Elvira se le terminó pasando la decepción por su rechazo; tenía otras chicas de su edad con las que relacionarse y hablar de sus preocupaciones. En cambio, Ángela se sentía muy sola sin nadie de su edad con quien compartir confidencias. Hasta cuando pintaba, muchas veces se descubría dibujando la cara de Elvira sin darse cuenta.
Cuando don Demetrio envió a su hija y a su mujer a Francia, Ángela se alegró. Ni su madre tendría que aguantar más a doña Flora ni ella hacer el esfuerzo por tragarse sus ganas de acercarse de nuevo a Elvira.
A veces, Ángela le reprochaba a su madre su mansedumbre y ella le sonreía comprensiva.
—«Ni sirvas a quien sirvió, ni mandes a quien mandó» —citaba aludiendo al pasado humilde de doña Flora.
—Pues más a mi favor.
—Se siente obligada a demostrar que es más que yo porque viene del mismo sitio y teme que los demás se den cuenta.
—¡Tú vales mucho más que ella! —se indignaba Ángela.
—Nadie vale más que nadie, hija, cada uno tenemos una misión en este mundo, aunque no sepamos cuál es.
—Yo sí sé la mía, madre: que ninguna doña Flora de tres al cuarto me pueda mirar por encima del hombro.
—Recuerda que el problema lo tiene el que se cree más que los demás y, por eso mismo, a nosotros no debe afectarnos. También debes tener en cuenta que los hijos no son culpables de los pecados de sus progenitores, pero tú haces que Elvira pague por los de doña Flora.
Ángela no estaba de acuerdo. Lo que le parecía entonces sumisión la irritaba, aunque no podía dejar de envidiar la serenidad con que su madre enfrentaba lo que les traía la vida. A ella, en cambio, le hervía la sangre fácilmente.
Por eso, cuando sus padres le hablaban de su futuro, Ángela se acongojaba. «¿Quién sabe si no seréis tú y tu futuro esposo quienes nos relevéis aquí en la portería?», le decía su padre. Aquellas palabras le sonaban a amenaza, pese a las acertadas reflexiones de su madre: «Esto es un buen trabajo, mucho mejor que el de los obreros en las fábricas. Y, además, te da un techo en pleno centro de Madrid, no en uno de esos barrios obreros, que algunos no tienen ni alcantarillado». Pasar su vida en aquella buhardilla diminuta, fría en invierno y calurosa en verano, la única vivienda del edificio sin retrete, atendiendo necesidades y caprichos de los vecinos a cualquier hora y todos los días de la semana, era una pesadilla de la que quería escapar. Le daba la razón a su madre en que el resto de las opciones eran todavía menos halagüeñas. Si ser portera le parecía malo, trabajar en una fábrica de sol a sol en condiciones insalubres era todavía peor, y las criadas estaban en un peldaño aún más bajo. Si además debía atender a un marido y a una recua de niños pequeños, la vida se convertía en una condena a cadena perpetua. La posibilidad de escapar de su destino y convertirse en señora era un sueño que creía imposible. Para colmo, ni siquiera era bonita como Elvira, al menos no lo suficiente para que un joven rico perdiera la cabeza por ella, como sucedía en las radionovelas.
A falta de un plan mejor, en plena Guerra Civil, seguía en la portería mientras rechazaba cualquier intento de los chicos por pretenderla, rezaba por que una bomba no se llevara su casa por delante y ayudaba a su madre a fregar las escaleras al terminar de hacer los recados para los vecinos. El que más tareas le encargaba era precisamente don Demetrio, el padre de Elvira, que, desde que se había quedado solo en Madrid, contaba con ella y con su madre cuando tenía clientes, proporcionándoles así unos valiosos ingresos extras. Así lo hizo el 23 de noviembre de 1937, noche en la que esperaba a unos huéspedes importantes, según él mismo les contó. Un joven matrimonio con un bebé de meses.
—¿Sabrás ayudar a cuidar del bebé? —le preguntó don Demetrio—. Llegarán agotados del viaje. No es fácil entrar en Madrid en estos tiempos que corren.
Ángela se encogió de hombros. Nunca había cuidado de uno.
—Quizá mejor aviso a tu madre para que se encargue ella —le dijo, e inmediatamente Ángela le quitó la idea de la cabeza.
—No es necesario, don Demetrio, puedo hacerlo yo —afirmó, decidida a aprender de bebés todo lo que le diera tiempo en una tarde—. ¿Cómo se llama?
—¿Quién?
—El bebé.
—Margarita, creo. Es una niña, en eso no me equivoco. ¿Seguro que podrás hacerlo?
—Delo por hecho. La pequeña Margarita no podrá estar en mejores manos.
El matrimonio llegó pasadas las diez de la noche. Ángela les abrió la puerta, seguida por don Demetrio. Eran una pareja muy joven, sobre todo María Casilda, a la que hacía más o menos su misma edad. Llevaba a su hija en brazos y Ángela rápidamente se sintió cercana a la joven madre. Era menuda como ella y vestía con sencillez, a pesar del buen corte de su ropa. Notó que se esforzaba por aparentar tranquilidad, pero la piel pálida y las ojeras delataban el agotamiento de un trayecto penoso que Casilda recorrió encomendando su niña a la Virgen de la Montaña. Él, por su parte, estaba serio y en estado de alerta.
Don Demetrio se lo presentó a Ángela como un industrial asturiano de camino hacia su tierra. No mentía. Pero tampoco quiso confiarle toda la verdad. Alfonso Acebedo, asturiano, empresario y nieto de indianos, era también capitán de las fuerzas aéreas del ejército sublevado. Conoció a su esposa en Cáceres, en plena Guerra Civil, donde tenía asignada la misión de estabilizar el poder de los suyos en la ciudad. A los tres meses de conocerse, contrajeron matrimonio. Él volvió al frente dejando a Casilda al cuidado de los de su bando, pero, poco después de nacer su primogénita, la ciudad fue bombardeada y el capitán Acebedo decidió que aquel no era lugar seguro para ellas.
Sacarlas de Extremadura no era misión fácil, ya que debían atravesar las líneas enemigas. Lo más peligroso era cruzar Madrid. Durante la noche que debían pasar en la capital, estarían a salvo de las bombas republicanas, porque Madrid estaba en manos del Gobierno. También de la artillería y los bombarderos de los sublevados, porque, según sus propios compañeros, no habría ataques aéreos sobre la capital durante las menos de veinticuatro horas que ellos permanecerían allí. Casa Flora constituía una parada franca, pues Demetrio Tamargo era un fiel colaborador de la causa rebelde cuya aportación era alojar a los sublevados que necesitaban pernoctar en la capital. Además, era asturiano, como él, lo que le infundió a Alfonso una dosis añadida de tranquilidad. Quien le provocaba desconfianza era Ángela. En tiempo de guerra, todo el que no era amigo era enemigo.
Demetrio adivinó la preocupación de su huésped.
—Es de los nuestros —le aseguró—. Conozco a su padre desde que llegué a Madrid siendo un chaval. Ángela me ayuda porque mi mujer y mi hija están en Burdeos con mis cuñados, hasta que todo esto termine y puedan regresar a una España decente. Ángela es amiga de mi hija Elvira desde que casi no sabían andar.
Alfonso la miró y la saludó con la cabeza. Tampoco le quedaba otra más que confiar. Solo sería una noche.
Cenaron la sopa de pan y las albóndigas que Concha había preparado para ellos durante la tarde y que Ángela mantuvo templada con los rescoldos de la cocina de leña. Al terminar, Demetrio ofreció al militar un cigarrillo y una copa de anís Marie Brizard, cortesía de su cuñado Thierry. Ángela acompañó a María Casilda a la habitación. Había dispuesto allí todo lo que su madre le había dicho que era necesario para que se asearan la joven y su bebé, que empezaba a protestar por el hambre.
—¡Qué bonita es! —exclamó Ángela cuando la vio aferrarse al pecho de Casilda—. Tan chiquitita y qué bien sabe lo que tiene que hacer.
María Casilda sonrió por primera vez aquel día.
—Es una bendición de Dios ver cómo la vida se abre paso en estos tiempos de horror. Fíjese usted que, hace solo dos años, vivía con mis padres feliz y despreocupada, y ahora estoy aquí intranquila por proteger a mi hija de las bombas, de los republicanos y de qué sé yo cuántas amenazas que nos acechan, como si vivir o morir fuera solo cuestión de azar.
Ángela miró a la pequeña y sonrió triste.
—En Madrid nos bombardean los nuestros —dijo, aunque en su fuero interno no sentía a ningún bando como propio—. Margarita se llama, ¿verdad?
—Margarita Obdulia Acebedo Pizarro.
—Tiene nombre de gran señora.
—Le confieso que a mí Obdulia no me gusta, pero así se llama mi suegra, a la que conoceré al llegar a Asturias.
—Pues su hija tiene un nombre con empaque. Seguro que Margarita se casará con un aristócrata, tendrá una gran boda y vivirá en una enorme mansión rodeada de sus hijos, todos ellos hombres y mujeres de bien —vaticinó Ángela, poniendo a la bebé a protagonizar su propio cuento de hadas.
—Dios la oiga. De momento, intentaremos adaptarnos a las costumbres de la familia de Alfonso, que, si Dios y la Virgen de la Montaña quieren, pronto será la mía. ¿Tú tienes familia? ¿Puedo tutearte?
—¡Claro! Que puede tutearme, quiero decir. Familia también tengo. Padres. Hermanos, no. Y abuelos, tampoco; ya murieron. No los conocí mucho, eran de un pueblo de Jaén y mis padres emigraron aquí, a Madrid, de jóvenes. ¿Usted no tiene familia?
María Casilda negó con la cabeza.
—Tutéame tú a mí también, por favor. Soy hija única, como tú, y a mis padres los mataron antes de estallar la guerra. Mi padre era juez y, durante las revueltas campesinas, dictó varias sentencias ejemplares, alabadas por la mayoría. Era un hombre muy respetado, pero no por todos. Algunos se la tenían jurada. Lo que no entiendo es por qué la tomaron también con mi madre.
A María Casilda se le llenaron los ojos de lágrimas. Entre el cansancio, la tensión del viaje y Margarita, que comía ávida de su pecho, no pudo contener la emoción. Ángela se acercó a ella en silencio, se sentó a su lado en la cama y le cogió la mano. No supo qué más hacer. No podía imaginarse a sí misma todavía a cargo de un ser humano tan indefenso, y mucho menos sola, sin el apoyo de su madre.
—Perdóname —se disculpó Casilda cuando consiguió reponerse—. No es propio de mí. Es solo agotamiento. Soy muy afortunada. Tengo a Alfonso y a mi niña. En Asturias me espera una buena vida. Los Acebedo son una familia muy importante allí.
—Sois muy valientes para cruzar España en estas circunstancias.
—Nadie está a salvo en ningún sitio. Precisamente por eso viajamos, porque ahora Asturias está en manos de los nuestros, desde que doblegamos Gijón. Alfonso quiso sacarnos de Cáceres desde el bombardeo del mes de julio.
Ángela se encogió de hombros.
—¿De verdad no sabes nada?
No quiso confesarle que ni le interesaban ni estaba al tanto de los bombardeos que sucedían fuera de Madrid. Bastante tenía con los obuses y las bombas que caían sobre la Gran Vía. Parecía que la hubieran tomado con el edificio de Telefónica, a poco más de doscientos metros de su portal.
—Alfonso nos dejó en Cáceres porque era zona segura, en manos de los nuestros y protegida por la artillería. Al menos así fue hasta el 23 de julio, cuando llegaron los katiuskas republicanos. Era muy temprano. Nosotras vivimos al lado de la plaza de Santa María, que está siempre muy animada y llena de gente. Yo estaba dándole el pecho a Margarita, como ahora. Entonces escuché el ruido de los aviones, luego las explosiones y después los gritos de mis vecinos. Ni me moví. Te lo juro. No pude. Margarita tampoco. Seguí allí quieta hasta que mi hija terminó de mamar mientras la gente a la que conocía desde que nací moría al lado de mi casa. Algunos eran niños. Dicen que fueron dieciocho bombas. Tardé horas en salir. No me atrevía. Hasta que una vecina, amiga de mi madre, avisó al cura y vinieron a ver si estaba bien.
—Es horrible. —Fue lo único que acertó a responder Ángela, y ambas se quedaron en silencio mirando a Margarita.
Aquella bebé tranquila, ajena al caos que se vivía a su alrededor, era incomprensiblemente esperanzadora. Casilda cambió a la pequeña de pecho y Ángela permaneció a su lado para acompañarla mientras terminaba de alimentarla. Se enteró así de que doña Obdulia, la suegra de María Casilda, era una de las mujeres más ricas de Asturias porque su marido era descendiente de indianos. Al parecer, en la segunda mitad del siglo XIX, los Acebedo habían hecho fortuna en La Habana y, al volver, fundaron Industrias Acebedo, una compañía que aglutinaba sus inversiones en diferentes negocios, desde la importación y exportación de bienes hasta el carbón y la sidra. Construyeron una gran casona en su pueblo de origen, Colloto, un lugar del que Ángela no había oído hablar jamás. Allí era donde el matrimonio se dirigía. María Casilda le estaba describiendo, aunque de oídas, la familia idílica a la que Ángela habría deseado pertenecer. La miró con envidia. Sin ser tan diferente a ella, aquella mujer estaba a punto de lograr la vida con la que soñaba. María Casilda le contó que su suegro había muerto en un accidente de moto unos meses antes de que naciera Margarita y que su marido se haría cargo del negocio familiar en cuanto derrocaran la República. Antes no, porque, según Casilda, Alfonso estaba convencido de que, si no vencían, tampoco conservarían un negocio al que volver.
Cuando la pequeña se dio por saciada, Ángela ayudó a María Casilda a cambiarle las gasas, las lavó y las puso a secar. Después se despidió para permitir que madre e hija descansaran. A la mañana siguiente partirían hacia Asturias en busca de la paz que todos deseaban.
Tras dejar todo listo para el desayuno del día siguiente, Ángela subió a su casa, a la buhardilla, se acostó y, agotada, se durmió. No despertó hasta pasadas las siete, mucho más tarde que de costumbre. Se vistió apurada, desayunó un cuscurro de pan migado en leche y se puso a disposición de su madre, que ya tenía una larga lista de tareas para ella, entre las que estaban varios recados para los vecinos, principalmente para Casa Flora.
El bombardeo pilló a Ángela en la calle. Desde el inicio de la guerra, día sí y día también, los obuses de la artillería sublevada surcaban el cielo como avispas gigantes que lanzaban sus aguijones sobre la gente, sin distinción de clase, edad o condición; daba igual que fueran familias completas, niños pequeños, ancianos o jóvenes. Las bombas aniquilaban la vida sin piedad en un tipo de conflicto armado que la humanidad aún no había conocido, el ensayo mortal de lo que serían las guerras que aún estaban por venir en el siglo XX.
Como si de un pálpito se tratara, Ángela pensó en sus padres en cuanto el primer obús estalló contra la fachada del edificio de Telefónica, asesinando ante ella a la vendedora de periódicos a la que pretendía comprar la prensa del día por encargo don Demetrio, tal como hacía cada mañana. La gente corría, pero ella no fue capaz de moverse. Se quedó helada mirando la escena.
El ruido de un segundo proyectil impactando en las cercanías la sacó de su estado de shock y emprendió una carrera en dirección a casa. Iba a toda velocidad cuesta abajo por la calle Montera hacia su portal cuando vio que un tercer obús reventaba los últimos pisos de su edificio. Ángela gritó y corrió aún más veloz.
Subió las escaleras haciendo caso omiso de la quemazón que el esfuerzo provocaba en sus pulmones. Estaban desiertas. El humo y el polvo blanco que la destrucción había provocado se le metían por las fosas nasales y le resecaban los ojos, aunque no conseguían detenerla. Tuvo que trepar por los escombros que bloqueaban el último tramo de escalera, el que conducía a la buhardilla desde el rellano del hostal, mucho más angosto que los de los pisos principales. Allí encontró el cadáver de su padre con el torso destrozado por la metralla, bajo el cielo, ya en calma, que asomaba por el enorme agujero abierto en lo que antes era el techo.
—¡Padre! —gritó desesperada.
Consciente de que no podía hacer nada por él, salió de allí en busca de su madre. Bajó al tercer piso todo lo rápido que pudo, abriéndose paso entre los cascotes, con la esperanza de encontrarla en el hostal, porque hubiera ido a preparar la comida para algún huésped, igual que había hecho el día anterior.
Empujó la puerta con decisión y se adentró corriendo por el pasillo, que se mantenía intacto, indiferente a la desolación que imperaba en el piso de arriba del inmueble. Solo era una falsa ilusión. Al entrar en la zona central de Casa Flora, ocupada por la cocina comedor y las habitaciones de la familia, el panorama era igual de desolador que el de la buhardilla. Entre los escombros localizó a don Demetrio, a su propia madre y a los dos únicos clientes que ocupaban aquella mañana el hostal, don Alfonso Acebedo y doña María Casilda Pizarro. Los cuatro estaban muertos. Al ver el cuerpo ensangrentado de su madre, sintió una arcada subiéndole desde el estómago. En ese momento la escuchó. Margarita, la bebé, rompió a llorar y Ángela corrió hacia ella movida por el instinto. Allí estaba la niña, en su moisés, cubierta de polvo y completamente ilesa, protegida por las maletas de sus padres, que habían hecho de parapeto. A su lado, una bolsa de tela blanca bordada con sus iniciales de la que María Casilda había sacado las gasas limpias el día anterior. Dentro, los billetes de tren para Asturias, junto con una estampa, algo manoseada, de la Virgen de la Montaña, más gasas, paños y varias mudas de la niña, abundante dinero en efectivo y la documentación de Alfonso y Casilda. Aquel hombre vestido de paisano era en realidad un militar fascista. Sin pensarlo, Ángela abrió la maleta de Casilda, sacó el joyero y algunas ropas y, con las manos temblorosas, lo metió todo en la bolsa de la niña. Respiró hondo para calmarse, cogió a Margarita y huyó de allí. Se cruzó con doña María, la vecina del piso principal, la primera en salir al ver que no seguían cayendo bombas. Escuchó que la llamaba, pero no se detuvo. Cuando dejaba atrás la calle Montera, en dirección a la estación de Atocha, vio llegar a los bomberos.
La noticia del fallecimiento de Demetrio y la destrucción del hostal cayó sobre Elvira y Flora como una bofetada de realidad. Hasta ese momento sabían del horror de la guerra, pero lo habían vivido en la comodidad de la distancia, como si asistieran a un espectáculo cruel. La muerte de Demetrio las hizo conscientes de la situación tan precaria en la que se encontraban y sumió a Flora en una triste desesperación.
Elvira lloró a su padre y se preguntó por la suerte de Ángela. A pesar de su rechazo durante los últimos años, la distancia mitigaba el resentimiento y avivaba el recuerdo de los buenos momentos, cuando don Demetrio vivía y se mostraba ante todos orgulloso de su familia y de Casa Flora. Añoraba aquellos tiempos en los que su mayor preocupación era acabar las tareas escolares para salir a jugar con Ángela a la escalera, cuando ninguna de las dos sabía siquiera lo que era una guerra. No tenía noticias ni de su antigua amiga ni del resto de los vecinos, y cuando le preguntó a su madre, Flora la miró con un gesto de reproche.
—No sé qué ha sido de los porteros y nada malo les deseo, pero lo que me angustia el alma es que ahora soy viuda y tú, huérfana. Es a tu padre a quien necesito llorar, a la vez que me preocupo por nuestro futuro.
Elvira no se atrevió a preguntar de nuevo.
Agustina tampoco permaneció ajena a la tragedia de su hermana y su sobrina y no dudó en hacerse cargo de ellas. Le dejó claro a Thierry que se quedaban en Burdeos para largo, que no iba a permitir que volvieran solas a España con las bombas arrasando las ciudades. Aunque no se lo dijo a ninguno de ellos, en su fuero interno planeó que aquella situación se convirtiera en definitiva. Cuando terminara el conflicto, ¿a qué iban a volver? En Madrid no les quedaba nada y ella anhelaba recuperar a su familia después de dos décadas de sentirse sola en un país que no era el suyo. Elvira iniciaría su vida adulta en Francia, en una sociedad y una posición que podían ofrecerle tanto o más que lo que había perdido en España. Además, hablaba correctamente el francés. A Flora, en cambio, le costaba, pero puso todo su empeño en aprender y así entenderse con las clientas francesas para las que empezó a hacer arreglos de costura. Que pusiera a Elvira a ayudarla disgustó a Agustina. Ella era una de las privilegiadas que podían pagarse una modista, y por eso no le gustó nada que su hermana y su sobrina se dedicaran a coser para otras damas, en una sociedad tan elitista como la bordelesa.
—No lo necesitamos —le insistió—. Thierry gana más que de sobra para mantenernos a las tres.
—No lo necesitas tú, pero yo sí. Ahora que soy viuda y Elvira es huérfana, no tenemos dónde caernos muertas —replicaba Flora—. Además, si me quedo sentada aquí sin hacer nada, me va a matar la tristeza. No dejo de pensar en Demetrio. Empiezo a odiar a los que lo mataron, se me revuelve la bilis y me pongo mala, pero mala de verdad. Déjame darle al hilo y a la aguja, que me quita de pensar. Lo que más me gustaba en Casa Flora era recibir a los huéspedes, acomodarlos en su habitación y hacerles los pequeños arreglos de ropa que necesitaban. Eso y repasar las habitaciones para que lucieran impecables, que el nuestro no era un hostal de postín, pero sí uno de los más cuidados y limpios. Mi trabajo me costaba. El servicio cada vez iba peor y las chicas llegaban a Madrid sin espíritu de sacrificio; pareciera que se levantaran cansadas.
Agustina solía cortar sus divagaciones incoherentes.
—A Elvira no le gusta —le decía y buscaba la aprobación de su sobrina—. ¿Verdad que no quieres coser?
Con el apoyo de su tía, Elvira se sentía fuerte para expresar sus objeciones.
—Es que no sé coser, en el colegio solo aprendí a bordar. Se me atasca incluso un simple dobladillo. Madre, fue usted la que dijo que no necesitaría coser porque iba a ser una señora.
Flora no daba su brazo a torcer.
—Lo sé, pero las circunstancias han cambiado y quiero que sepas ganarte la vida. Antes contábamos con que te casaras con un hombre de posición. O, en el peor de los casos, uno que fuera bueno, porque siempre podríais continuar con Casa Flora. Pero ahora nuestra situación es otra. No tenemos patrimonio, más que algún prado que te dejen tus abuelos en Asturias y, por lo que sé, aquello no vale un real. Tu abuelo Ismael no es más que el mecánico de una fábrica de chocolate. Somos pobres y los pobres trabajan, asúmelo.
Agustina no quiso seguir insistiendo delante de Elvira y esperó hasta que su madre la envió a hacer recados para hablar a solas con su hermana.
—Si quieres coser, no puedo impedírtelo, pero, por favor, te pido que no obligues a mi sobrina. Lo hace a regañadientes. Yo tengo suficiente para que viváis aquí como señoras y darle a ella el futuro que merece —le dijo muy seria.
—En realidad es Thierry quien lo tiene y mañana puede cansarse y ponernos de patitas en la calle.
—Eso no va a pasar. Yo no lo voy a permitir. Sois lo único que tengo. El Señor no quiso que esta familia creciese; a mí no me dio hijos y a ti, solo una niña.
—A tiempo estamos. Quizá Elvira se case y tenga unos cuantos niños. En ese caso, también necesitará saber de costura, salvo que enganche a un ricachón. Pero, mientras tanto y por si acaso, mejor que aprenda.
—Pues que aprenda, si así lo deseas, pero no la expongas ante las damas que tienes como clientas. Ese no es el papel que debe representar para casarse bien. Tiene muchas opciones de conseguirlo, que guapa es un rato, habla muy bien francés gracias a ese colegio de pago al que la enviasteis y los modales que le enseñaron allí son exquisitos.
—Dios te oiga, que de tragedias vamos bien sobradas.
—Pues no seas tú quien se lo impida. Ninguna familia acomodada aceptará que su hijo se case con la modista.
—¡Ay, Señor, qué cruz! Está bien, espero que tengas razón, porque menuda racha llevamos. Al menos, la guerra la ganan los nuestros.
Normalmente, Agustina evitaba discutir con ella, pero el día que Flora dijo eso, la conversación subió de tono.
—¿«Nuestros»? —le reclamó Agustina—. ¿Cuáles? Míos no son ninguno y los que llamas «tuyos» fueron los que dispararon el obús que mató a Demetrio. Madrid está en manos de los republicanos y ellos no se bombardean a sí mismos, así que, antes de decir que los tuyos son los sublevados, piensa en quién te dejó viuda.
—No vayas por ahí —se indignó Flora—, que no haces más que enredar. Desde que estás en Francia te has vuelto roja y es por culpa de Thierry. Si padre levantara la cabeza…
Agustina achacaba su sinrazón a la pena por su marido, por Casa Flora, por verse en un país para ella extraño y por la preocupación de cómo casar a Elvira. Si ella misma echaba de menos Madrid después de tantos años en Burdeos, entendía que para Flora fuera aún más difícil aceptar el exilio.
—Lo siento —se disculpó Flora al rato, cuando se calmó—, no quería hablarte así, a ti precisamente, que nos has acogido en tu casa con los brazos abiertos. Pago mi frustración contigo cuando lo que siento es gratitud.
—Disculpada estás, y no se te ocurra volver a darme las gracias, que tú y Elvira sois mi sangre. Thierry es mi marido, pero es distinto. Hablando de Thierry, ¡mira qué hora es y nosotras sin poner la comida al fuego! Va a llegar hambriento y no van a estar tiernas las alubias. ¡Con lo que le gusta a él comer cocido los sábados!
—No te empeñes en llamar así al potaje gabacho ese que preparas. Hay que ver cómo te has afrancesado, porque eso no es cocido, sino un engendro.
—A mi marido le encanta. Dice que me queda casi tan rico como el de su madre. Además, aquí no hay garbanzos.
—Ni garbanzos, ni morcilla ni chorizo. Que eso que tú llamas cocido son alubias con tocino, salchichas y pato. ¡Qué poco me gusta ese bicho!
—Así es como cocinan las alubias los franceses, que es la mejor cocina del mundo. Ven, ayúdame con el sofrito.
—¿Desde cuándo rehogar cebolla y tomate en grasa de pato es un sofrito? Huele que apesta.
—No va a oler, porque no había pato en el mercado, así que hoy se rehoga con mantequilla. Y la carne será de pollo. Verás que queda delicioso.
Al rato escucharon a Elvira abrir la puerta.
—¡Qué bien huele! ¿Cocido a la francesa? ¡Qué contento se va a poner el tío Thierry! —exclamó antes de dar el recado que traía para su madre—. Me he encontrado con madame Bernard al salir de la mercería y me ha pedido que vayas esta tarde a su casa. Parece ser que con este nuevo embarazo ha cogido mucho peso y necesita que le arreglemos unos trajes.
—¿A esa estirada que no tiene dónde caerse muerta? —exclamó Agustina—. A esa no, sería una humillación.
—Trabajar no humilla, dignifica, que para ser medio roja te has vuelto muy soberbia. Lo que humilla es no cobrar por el trabajo realizado, y madame Bernard pide todo para ayer y paga el mes que viene. No me extraña que no le alcance el dinero con todos los hijos que tiene, por mucho pisto que se dé a cuenta de que su marido es inspector en el Marché des Capucins. Elvira, tú te vienes conmigo. Me debe todavía los últimos arreglos y, como no la entiendo bien, no quiero que me líe, que vuelvo cargada de trabajo y sin ver un céntimo de franco.
Al percatarse de la mirada acusadora de su hermana, rectificó:
—En realidad, prefiero que no vengas, hija. Tu tía tiene razón, es mejor que no te expongas ante mis clientas. A partir de ahora, las atenderé yo sola.
—¿En serio, madre? —preguntó Elvira con los ojos brillando de alegría.
—Pero igualmente me ayudarás aquí con mis encargos.
Elvira miró agradecida a su tía mientras Flora se compadecía de sí misma.
—¡Ay, Señor, quién me ha visto y quién me ve! —exclamó—. ¡Cuánto echo de menos a mi Demetrio, que en paz descanse!
Caridad
Marzo de 2025
Margarita ha emitido un sonido gutural que me ha recordado al quejido de un pequeño animal, y se le ha contraído el gesto en una mueca, que bien pudiera ser de dolor. Miro el reloj. Faltan tres horas para administrarle otra dosis de morfina. Si sufre, no voy a esperar, pero tampoco quiero precipitarme.
Acabo de hablar con Fer y Violeta. Han aterrizado en Chicago. El primer trayecto ha sido corto. El secretario de Fer está haciendo lo posible por conseguirles billetes para Londres. Sale un vuelo a las diez de la noche y desde allí hay otro directo a Asturias. Me han llamado por FaceTime y he enfocado a Marga. De Chicago a Londres son muchas horas y Fer teme no llegar a verla viva.
—Voy a administrarle más morfina —les digo—. ¿Os parece bien? De tanto en tanto se queja.
Les explico lo que me han dicho las doctoras. Veo por la pantalla del teléfono que Violeta está desencajada. Es muy joven y no está acostumbrada a la muerte. Fer, en cambio, mantiene la calma. No obstante, me pide que no le ponga más calmantes.
—Salvo que sea imprescindible, espera a las ocho horas. La morfina acelerará el final. Tampoco permitas que sufra.
«Eso intento», pienso. Pero me callo. Ya bastante agobiados están.
Fer añade:
—Lo que tú hagas estará bien.
Tenemos que colgar. Al parecer, deben pasar de nuevo los controles de seguridad. Violeta habla con un funcionario del aeropuerto en inglés, así que no entiendo lo que le dice.
A través del teléfono me ha parecido ver un brillo en la mejilla de Marga, en la zona de la barbilla. Le acaricio la cara, en la zona donde me ha dado reflejo. Pese a que su piel es ahora de un tono grisáceo, es muy suave. Al menos hasta que toco algo duro como un alambre en su mentón. Me pongo las gafas y ahí está. Es un pelo blanco y tieso que Margarita no habría consentido solo tres días atrás. Los últimos años no recordaba ni a su hijo, ni a mí, ni a su nieta del alma. Sin embargo, cada día, al levantarse y al acostarse, se ponía crema en su piel todavía fina y delicada y distinguía perfectamente la de día y la de noche. Nada delata más la edad que los pelos que nos empiezan a salir en la barbilla a partir de los cincuenta, como balizas del inicio de la vejez, y que se multiplican a partir de los setenta.
Pienso si debo quitárselo. ¿Qué habría querido yo en su lugar? No hay un manual de instrucciones para gestionar la confusión que produce la cercanía de la muerte de un ser querido. Por ley de vida que sea y por esperada que resulte, no deja de provocar un terrible caos en pensamientos y emociones.
En demasiadas ocasiones escuché decir a gente de la generación de mis padres, e incluso de la mía, que a los jóvenes les hacía falta una guerra, que tenían de todo y no lo valoraban, que eran vagos, flojos y malcriados, que no habían sufrido el hambre y aun así se quejaban, que el mundo estaría peor en sus manos. Yo nunca los entendí. Me refiero a los de mi generación. A los jóvenes sí que los entiendo. A mí me hubiera gustado nacer más tarde y vivir lo que vivieron mis hijos o, mejor aún, mis nietos. Me siento afortunada porque nací un lustro después de que terminase la guerra y casi no tengo recuerdos de la época más dura de la posguerra. Nunca pasé calamidades, a pesar de que éramos cuatro hermanos, porque mi padre era ferroviario, lo que suponía un sueldo fijo y fácil acceso al estraperlo. Incluso en las frecuentes ocasiones en las que a los estraperlistas los pillaba la Guardia Civil y les quitaban la mercancía, el racionamiento era insuficiente y las tiendas estaban vacías, mi madre seguía teniendo recursos. Ella conseguía hacer tortilla de patatas para seis con solo dos huevos, a base de harina de garbanzo y la nata que sacaba de hervir la leche. Si tampoco tenía suficiente leche, mezclaba la harina con agua y, aunque no podría llamar al resultado tortilla de patatas, la verdad es que estaba buena. ¿Quién le iba a decir a ella que tantas décadas después, en plena era de la abundancia, su biznieta iba a emocionarse tanto con la receta? Mi nieta, la mayor, es vegana, pero sus platos favoritos de siempre son la tortilla de patatas y el arroz con leche. Por el arroz con leche no hay problema. Es muy fácil hacerlo con una de esas leches de avena o almendra que toma. No sabe igual. Sin embargo, debo reconocer que queda rico. El día que le preparé una tortilla de patatas con la receta de mi madre me lo agradeció más que si le hubiera comprado unos pendientes de brillantes. Claro que los brillantes no los habría querido, puesto que, según me ha explicado, para extraerlos utilizan a niños. Yo no voy a dejar de comer huevos por más pena que me den las pobres gallinas, pero lo de los niños en las minas sí que no puedo con ello. Incluso he dejado de ponerme el anillo de compromiso que me regaló Tivo después de ganárselo a otro gallero en una pelea de gallos. Tiene un zafiro bien grande rodeado de diamantes, y mi nieta dice que los zafiros son los más aberrantes en cuanto a la explotación infantil. Me parece horrible que eso ocurra en pleno siglo XXI. Hasta donde yo sé, ni en los peores años de la guerra en Asturias había niños en las minas, aunque no estoy segura, porque en mi casa no se hablaba de la Guerra Civil, mis padres tenían vetado el tema si estábamos delante. Como otras muchas familias. Supongo que querían protegernos del horror a base de no contar y de aleccionarnos para que no hiciéramos comentarios que pudieran causarnos problemas, con aquel «Calladita estás mucho más guapa, ni una palabra de más», o el «Tú: ver, oír y callar» que tanto nos repetían a mis hermanos y a mí.
Marga tampoco recordaba la guerra porque era demasiado pequeña, ni Cáceres, la ciudad donde nació, ni a María Casilda, su madre biológica. Solo conserva de ella algunas joyas que le entregó Ángela y la estampa de la Virgen de la Montaña que lleva años apoyada en el espejo de su cómoda.
Creo que únicamente hablé de María Casilda con Marga una vez, el día que me contó que tenía alzhéimer, la enfermedad que ataca a los suyos, los Acebedo, la misma que acabó con doña Obdulia, su abuela, y años después con doña Eleonora, su tía. Me lo explicó sin rodeos, porque podía ser a veces parca en palabras, pero siempre muy clara. Ella tenía ochenta años, era el año 2017. Estoy segura de la fecha, ya que aquel otoño el Gobierno catalán declaró unilateralmente la independencia de Cataluña y no se hablaba de otra cosa. Parecía tan sana que costaba creer que fuera a perder la razón. Tenía algunos fallos de memoria, meros despistes sin más. Por eso le propuse viajar juntas a Cáceres. Ella ya llevaba unos años viuda y me pareció que le apetecería visitar la ciudad natal de su madre. Me equivoqué.
—¿A qué voy a ir? —me dijo—. ¿A imaginar cómo habría sido mi vida de no haber muerto mis padres en el bombardeo de Madrid?
—Pensé que te gustaría visitarla al menos una vez en la vida. Yo estuve con una excursión de la parroquia. Es muy bonita, llena de ambiente y de vida. Allí hay una parte de ti.
—Por eso no quiero. Iría por la calle mirando a la gente y buscando un parecido.
No entendí que Margarita rehusara conocer sus orígenes. Era su última oportunidad, así que, poco hábil, lo reconozco, insistí.
—¿Nunca piensas en ella?
—¿En mi madre? A diario desde que me enteré, y ya llovió desde entonces. Sin embargo, saber más no me la va a devolver. Por eso prefiero dar las gracias por la madre que tuve en vez de sufrir por la que perdí. Agradezco la suerte de no haberme quedado sola como tantos otros.
—¿Te gustaría hacer alguna otra cosa?
Margarita me sonrió.
—¿En plan última voluntad?
Me sentí fatal y empecé a balbucear una disculpa incoherente, pero Marga me cortó con una sonrisa cómplice.
—Hay algo que deseo y tú puedes ayudarme.
A pesar de que en ese momento habría querido decirle que sí a cualquier cosa, cuando me contó lo que pretendía, no me vi capaz y me negué.
—Solo te pido que escribas lo que sucedió y que, al terminar, decidas si Fer y Violeta necesitan o no saber de sus antepasados. Entonces yo ya no podré hacerlo. Opino que, por impactante que sea la verdad, es mejor conocer nuestras raíces, porque, aunque no cambie nuestros afectos, sí da explicación a muchas preguntas que ni nos atrevemos a plantear. Pero lo dejo en tus manos, tú decides.
Supe, al escucharla, que no era una idea espontánea. Marga lo había sopesado con detenimiento y esperó a la ocasión propicia para soltármelo.
—Lo he consultado con Fer y está de acuerdo conmigo. Él ya sabe muchas cosas, se las he ido contando a retazos. Aunque se llevará sorpresas, tengo la sensación de que las considerará leyendas familiares; es tan pragmático como su padre. Pero para Violeta sí pueden ser significativas. Quiero que sepa que sus antepasadas no lo tuvieron fácil, que lucharon por sobrevivir y tomaron decisiones que, desde su burbuja de niña acomodada en una sociedad de abundancia, no es sencillo de comprender. ¿Te acuerdas de lo que es tener veinte años? A mí me cuesta. ¿Lo harás? ¿Lo harás por mí?
—No creo que esté a la altura… ¿Cómo voy a estarlo? Hay profesionales que se dedican a escribir biografías de personas anónimas, de familias enteras incluso, que es lo que tú pretendes. Si buscamos en Google…
—No quiero a ningún extraño metiendo la nariz en los asuntos de la familia, y tú siempre quisiste ser periodista, ¿te acuerdas?
—Eso no cuenta. Era una chiquilla.
—Mejor me lo pones. De aquella pensabas que era posible y tenías razón, solo que las cosas no siempre ocurren en el momento que uno quiere, sino cuando las circunstancias son apropiadas. Esta es tu oportunidad.
—La espinita se me quedó clavada, eso es verdad. Todavía tengo las Olivetti de Luis guardadas como un tesoro, la antigua y la nueva —dije refiriéndome al único periodista de verdad que conocí en mi vida.
—¿Ves? Si las has conservado es por algo. Nuestras tripas saben lo que nuestro cerebro niega.
—He de reconocer que me daría pena deshacerme de ellas, pero también las conservo porque ocasionalmente las uso. No tengo ordenador. Uso la tableta para entrar a Facebook y a Instagram, así que saco la antigua si necesito presentar algún escrito en papel. Me apaño mejor que con la nueva, quizá porque somos de la misma época.
—No puedo darte tiempo para que lo pienses, sabes que no lo tengo —cortó mi verborrea—. Debemos empezar a rellenar los huecos entre las dos ya mismo. Hay muchos hechos que yo desconozco, otros que no sabes tú y algunos que estarán entre los papeles de Elvira. Sé que tú conoces de su vida mucho más que yo. Te confió a ti sus secretos. No hace falta que los compartas conmigo, si le prometiste silencio. Tú sabrás discriminar qué puedes contar a Fer y a Violeta y qué no, pero es imprescindible que recopiles mis recuerdos antes de que el alzhéimer me obligue a olvidarlos para siempre.
No dije que sí ni tampoco que no, así que Margarita lo dio por hecho y pasó a concretar los detalles.
—Debes referirte a mi madre como Ángela —me dijo—. Murió con la pena de haber renegado de su nombre, el que le pusieron sus padres, y deseo que lo recupere para Fer y Violeta.
Pese a la zozobra que me entró ante aquel encargo para el que no me sentía preparada, acepté tácitamente y me comprometí a referirme a Ángela como Ángela y no como María Casilda.
Marga rara vez pedía nada, pero cuando lo hacía, era imposible negarse. Es la persona más justa y sensata que he conocido nunca, como si estuviera más cerca de Dios que cualquiera de nosotras, ajena a la envidia, a la ira y a la intolerancia que nos corrompen a los demás.
Dos años después, tan valiente como acostumbraba, dejó sus últimas voluntades por escrito, entre ellas, morir en la cama en la que ahora mismo está acostada, y se trasladó a la residencia especializada en pacientes con su enfermedad, donde vivió hasta ayer. Insistió en mudarse a pesar de que todavía estaba bien y el panorama allí era desolador. La instalaron en una habitación privada con baño y una pequeña sala de estar, en la planta de los que conservaban parte de la cordura. No los mezclaban con los terminales, que gritaban, pataleaban o simplemente cantaban, como si ya no vivieran en este mundo.
Pasamos allí muchas tardes juntas, en los jardines, si el tiempo lo permitía, o en su habitación, tan amplia como moderna e impersonal, los días en que el frío o la lluvia nos obligaban a permanecer encerradas. Desde que supimos de su enfermedad, recopilamos tantos datos del pasado como nos fue posible, aunque a veces simplemente nos dejábamos llevar por la calidez de la nostalgia y repasábamos una y otra vez las mismas páginas de los álbumes de fotos. Incluso recuperamos cintas super-8 que le grabamos a Fer de pequeño. La enfermedad de Marga avanzó silenciosa, rápida e implacable. Pronto dejó de acordarse de lo más reciente y cotidiano, como por ejemplo que ya había desayunado, así que reñía a las auxiliares que la atendían y las acusaba de querer matarla de hambre. Otras veces iba la peluquera por la mañana y al rato se le olvidaba, de modo que por la
