Esconderé mi rostro

Guillermo Borao
Guillermo Borao

Fragmento

Citas

El hombre no hace sino buscar en los sucesos, en las vicisitudes de la suerte, alimento para su tristeza o su alegría nativas. Un mismo caso es triste o alegre según nuestra disposición innata.

MIGUEL DE UNAMUNO, Niebla

¿Por qué a algunos, estando todavía en el seno materno, ya les sonríe la pícara fortuna, mientras que otros vienen a este mundo de Dios en una inclusa? […] ¡Ay, amigo mío! La desgracia es una enfermedad contagiosa. Los desgraciados, los pobres, tenemos que estar apartados los unos de los otros para no agravar la infección.

FIÓDOR DOSTOIEVSKI, Pobre gente

Temía el juicio de un dios invisible que se canalizaba en la mirada de cualquiera, un espíritu sagrado y cazador que saltaba de cuerpo en cuerpo y giraba a mi alrededor como un buitre esperando la rendición de un animal herido.

ALANA S. PORTERO, La mala costumbre

INTRODUCCIÓN

Después de un ciclo celular

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Puede que ustedes sepan de algún precedente en otra vida; yo, en esta, no lo he encontrado. Es la primera vez que alguien confiesa un crimen y, en la misma frase, jura por lo más sagrado su inocencia, y en ambas declaraciones, por raro que parezca, sé que dice la verdad.

Conocí al acusado la tarde de un martes bochornoso, nunca había pasado tanto calor. El ventilador del techo movía el aire tórrido por el cuarto, y afuera, en los jardines, los higos se abrían en los árboles como si las semillas buscaran respirar. Recuerdo estar sentado en esta butaca, que entonces apuntaba a la cristalera. Había encendido la lámpara del escritorio y acababa de descorrer las cortinas para anudarlas en esos pomos de ahí. No lo niego, detesto con todas mis fuerzas que me miren desde el patio, es un acto terrible, de una desprotección y un pudor absolutos, pero pedí esta habitación de la planta baja, la única orientada al oeste, para no perderme los atardeceres de la isla. Ahora, en invierno, el sol no cae tan vertical, ya siento que hayan venido a estas alturas del año; en julio, sin embargo, desciende entre el hueco de las montañas, y no hay mar ni horizonte donde se aprecie, como en aquel vértice, la perfección con la que penetra en el valle hasta hundirse en el mismísimo centro de la Tierra.

Como les contaba, me situaba ante el ventanal y leía las necrológicas que tanto me apenan cuando noté un movimiento sutil. Revisé por instinto, por pura atracción incontrolada, y di de bruces con el muchacho al otro lado del cristal, examinándome desde una silla de plástico que había colocado en el rosetón, enfrentado a mí. Imagínense el susto. Uno está descansando, apurando las últimas luces del día, y se le aparece un extraño en idéntica posición, a escasos metros y desdoblado como en un espejo. ¿Qué clase de perturbado se divierte observándote en la intimidad? Aunque para desequilibrado yo, que, si les explico lo que hice, se quedan patidifusos. Supongo que lo normal en estos casos es encararse con el fisgón de turno, echarlo a voces o, ya que estamos, proponerle que se gire, porque les repito que no hay otro crepúsculo que avive el cielo con un color tan encarnado. Pero yo, torpe de mí… ¿Quieren saber cómo reaccioné? Se van a reír, es absurdo, ¡qué vergüenza! Pues… ¡lo saludé! Levanté la mano e incluso creo que la cabeza, como cuando te cruzas con un compañero con el que no hace falta pararse o gastar una palabra. Y agárrense para lo que viene. ¿Se figuran cómo me respondió? ¡Igual de delirante! Alzó la mano contraria e imitó el golpe al aire con la barbilla. ¿No es un gesto de quienes se encuentran a diario en los pasillos de la vida? Les aseguro que yo aún no tenía ninguna información sobre él, nadie me había avisado de a quién me estaba presentando, y me atrevería a afirmar que solo Sara conocía los motivos por los que lo habían trasladado al centro. Ya, ya, para ustedes no es relevante, manejan los hechos al milímetro, pero pónganse en mi piel cuando me enteré. Esa persona era Rytas Delmen, había nacido en Lituania y estaba pendiente de una sentencia por el asesinato de sus cuatro compañeros de piso.

No somos demasiados en La Loma. Los horarios de acceso son bastante rígidos y las visitas concluyen a las 22:11 en verano, puede que a las 18:02 en cualquier otra estación. Todos los lunes nos comunican los nuevos ingresos, y no se producía uno desde hacía diez meses, por lo que pensé que debía de ser un jardinero o algún mozo que se encargaba de arreglar la electricidad. Ya les he dicho antes que era martes, y, si echan cuentas, faltaban seis días para que se anunciara la lista con las incorporaciones, aunque no tuvimos que esperar tanto: la historia completa, con todas sus fases, se nos reveló ese mismo fin de semana por casualidad. ¡Ay, sin prisas, se lo ruego, no hagan que me adelante! Lo que sucedió en las tardes previas es de vital importancia para que comprendan algunas actitudes del acusado. Estoy convencido de que si se fijan en los detalles cumplirán muy pronto con el propósito de su visita, porque para eso han venido, ¿no? ¿O acaso no pretenden saber si Rytas Delmen es, al mismo tiempo, inocente y culpable del delito que se le imputa? Bien. Entonces, presten atención.

El miércoles volvió a azotarnos una humedad tropical, esta vez con el cielo encapotado. Mantuve las cortinas echadas durante el mediodía y luego abrí esa claraboya chiquitita por si así entraba algo de frescor. ¡Qué despropósito! Fue como una bocanada de fuego. Cerré de inmediato y me vi obligado a desnudarme, creo que apenas me quedé en chanclas y calzoncillos, y me senté en la butaca para recuperar el aliento bajo las aspas del ventilador, con un vaso de limonada y un pañuelo mojado para aliviarme el ardor de la nuca. Reconozco que me dormí enseguida, no había quien aguantara entre la calorina y la novela decimonónica con la que andaba torturándome, y no fue hasta poco antes del anochecer que me desperté empapado en litros y litros de sudor. Discúlpenme si me extiendo en estas descripciones febriles, no es que sufra de sofocos, como sí les ocurre a varios de mis amigos, pero me parecen determinantes para configurar la imagen de Rytas cuando lo descubrí, de nuevo en su silla, envuelto en un abrigo granate de plumas. A ustedes quizá los sorprenda que se pusiera enfrente de la cristalera por segundo día consecutivo, sin el menor reparo. A mí, sin embargo, me impactó más encontrarlo con un anorak en medio de esa canícula volcánica. ¿Se correspondía con la conducta de un loco? Bueno, he visto a gente ponerse casco en una explanada o cerrar tarros de vidrio para conservar el oxígeno del ambiente, y no lo tacharía de disparate; probablemente, ese comportamiento los salve de alguna situación remota. Con Rytas, desde luego, había una razón muy clara que entendí después: vivía preparado para la llegada del frío, como si lo esperara o lo supiera inevitable. ¿Si el frío es literal? ¡Hombre!, y figurado también, tómenlo como prefieran. El chico padeció muchas calamidades, eso es evidente.

Pero no me despisten, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! ¡Cómo me temblaba el pie cuando lo vi con aquella gravedad en el rostro, con aquella seriedad en el espíritu! Me había olvidado de encender el flexo y la habitación no se iluminaba más que por una vela a punto de derretirse. Tal era la penumbra dentro que el cristal me devolvía con nitidez los contornos ondulados de la montaña, las siluetas de los molinos y la figura de Rytas Delmen, ensombrecida y repantingada sobre el asiento. Imagino que en esta ocasión lo sentí muy real. El día anterior, con las luces de las lámparas, el ventanal me engañaba con los juegos de mi propio reflejo. En cambio, esta vez era casi transparente, y podía notar la intimidación de sus ojos. ¿Qué esperan que les diga? ¿Que lo invité a pasar? No, para nada, me bloqueé, me entró un pánico al que no estoy acostumbrado y, de un salto, crucé la alfombra y tiré de las cortinas para dividirnos. Si hubieran escuchado los latidos de mi corazón… ¡Menudo concierto! Me resultó curioso. Debíamos de estar a menos de un palmo y, con la tela de por medio, me pareció que nos separaban varios mundos. ¿Cuál es la conversión de un mundo en metros? Vaya pregunta. Solo es la medida que expresa la incapacidad de acercarse. ¿Nunca han dormido con alguien que sentían muy lejano? Pues eso.

El jueves… El jueves se me ocurrió encenderlo todo: los fluorescentes del techo, la televisión, los halógenos del baño y cualquier aparato o juguete que emitiese un mínimo destello, con tal de no ver la oscuridad del exterior. Aún no me había terminado el postre cuando supe que se avecinaba algo tenebroso, porque la taza se me escurrió de los dedos y la cerámica se partió por la mitad. ¡Plas! Limpié el café del suelo con aquel trapo que cuelga del mueble, lo escurrí en el lavabo y volví a mi butaca para castigarme por lo sucedido. ¿No les disgusta que las cosas se rompan? A mí me entristece, me enfurece como ningún otro percance, y así me acomodé en la butaca, irritado y sin ganas de disfrutar de la puesta de sol. ¿Y qué pasó? ¡Lo esperado! En cuanto me despisté, la luna se había echado encima y Rytas contemplaba la habitación desde su poltrona blanca. En efecto, yo apenas lograba percibir su presencia más allá del cristal, se había convertido en un espejo con todas las de la ley. Pero sí, tenía la prueba de que estaba allí, oía los borbotones de sus pensamientos igual que si compartiéramos cabeza. Detrás de esa lámina difusa, Rytas me observaba con una desfachatez que no había mostrado hasta entonces. ¿Pude percibir su rabia? Diría que, sobre todo, su insolencia. Supongo que ahora cobra sentido y es muy fácil comprenderlo. Desde el otro lado, se creía con el derecho a juzgarme. ¡A juzgarme a mí! Como si el asesino fuera yo y no él. Qué irónico, ¿eh? De lo que es capaz la mente para olvidar las atrocidades consumadas. ¡Oh! No, no, por supuesto que no tuve miedo de que me hiciera daño. Perdónenme si he sido impreciso, no quiero que se queden con un retrato hostil de Rytas. Me enfada acordarme de mi mala suerte, nada más. Él nunca me ha parecido un mal tipo, al contrario; justifico todos y cada uno de los errores que pudo cometer, porque si de algo pecó fue de piadoso y permisivo. ¿Se puede tener un alma bondadosa y ensañarse con cuatro chavales hasta la muerte? La respuesta, para mí, no admite discusión: sí, sin duda.

Pero avancemos veinticuatro horas para encaminarnos al auténtico giro de los acontecimientos. No puedo aportar muchos datos de si Rytas vino a husmear por los jardines porque salí dejando las luces apagadas y las cortinas cubriendo el ventanal. Desde que me mudé a este bloque, no ha habido viernes en que haya faltado a mi cita con Sara, y aquel día no fue una excepción. Veo en sus caras cierta curiosidad por ella y lamento decepcionarlos. Aparte del signo zodiacal y la afición por los relatos de viajes, a Sara y a mí no nos une otro vínculo que el de la amistad. Miren a su alrededor. En estas circunstancias, ¿qué podría haber más valioso? Bueno, ya, la familia. Un lujo para quien la tiene o la puede formar. Aquí nadie prohíbe el amor. La de motines que organizaríamos si también nos privaran de la espontaneidad de sentirnos libres. De hecho, cuando me encontré con Sara, intuí que iba a hablarme de alguien con quien había empezado a quedar. Sí, sí, lo sé, no es mi intención desviarme del tema, lo comento porque está profundamente relacionado con el caso, y, ya que lo hemos interrumpido, ¿qué les parece si hacemos un receso? Nos aproximamos a la confesión de Rytas y ninguna introducción debería dilatarse con aspiraciones de capítulo. Propongo que nos demos unos minutos para estirar las piernas antes de que se nos atrofien: en el promontorio podremos asentar lo explicado.

A Sara la noté abstraída desde que bajó la escalinata de piedra. Aquella semana no había desayunado con nosotros. En las comidas apenas intervino y se quedó al fondo de la mesa, revolviendo los garbanzos con la mirada hundida en el plato. ¿Quién se aburre con su gente si no es porque le apetece estar en otro sitio? A mí me dio en la nariz que estaba enamorada, tal vez preocupada por si no era correspondida. Creía conocerla, compartíamos todas nuestras confidencias, y la ansiedad con la que se puso a caminar me provocó una extrañeza enorme. En los treinta minutos que estuvimos paseando, ninguno de los dos supo manejar la conversación. Charlamos de fruslerías, bordeamos el sendero de las estatuas con la misma insatisfacción con que eludimos el motivo de su inquietud. Mis preguntas fueron vagas y sus respuestas confusas. Qué pérdida de tiempo, ¿verdad? Y miren que nos bastaba un pestañeo para entendernos. Estoy de acuerdo en que es una actitud cobarde, pero forma parte de la ridícula evolución humana: ningún otro animal hace lo que no quiere como defensa, solo nosotros, y así nos va.

Llegamos a la fuente por el pasillo empedrado y Sara metió la nuca bajo el grifo para refrescarse. Estuve bastante torpe, le solté lo primero que se me ocurrió, una idiotez, una broma sin gracia. ¿Cuál? No sé para qué me piden que la repita si ya les digo que me avergonzó un poco. Fue algo así como que «ni el infierno se libra del calentamiento global». Ya saben, este sitio, que acoge a cualquiera que lo solicite o que haga méritos para ello, pero del que luego cuesta una fortuna salir. Sara se escurrió el pelo sobre el césped y yo creo que al inclinarse se le aflojaron los nervios del estómago. Ahora que lo pienso, quizá mi tontería sirvió para animarla, porque me contestó con una sonrisa serena: «Este infierno no es para todos», y después, siguiendo su propia inercia, añadió: «Hay un chico con el que estoy hablando y necesito tu consejo».

No me especificó desde cuándo se veían ni en qué ala estaba instalado, solo que su relación era reciente. Nos habíamos tumbado a la sombra de un álamo, descalzos, y las plantas de nuestros pies se hundían en la hierba buscando huecos húmedos. Había una ilusión en su voz que reñía con el temor que le mordía las entrañas. Me contó que se buscaban en secreto y que, cuando todos dormíamos, él le deslizaba notas por debajo de su puerta. Pero estaba muy asustada. ¿Por qué tanto? Sara sabía que él no encajaba aquí. Intenté tranquilizarla. Al final todos nos hemos habituado, hasta el más nostálgico termina adaptándose a las insolaciones, al mar infinito y a los ruidos eternos del volcán. Qué remedio, ¿no? Y, en cambio, estaba convencida de que el chico padecería un tormento si se quedaba. «Esta vez no saldrá bien —me dijo—, no es como nosotros».

Como estaba atardeciendo, nos sacudimos la tierra de los pantalones y fuimos a ese saliente que nos tapa la roca. Procuré reconfortarla, motivarla, e hice aquello que me había requerido: compartir mi opinión. ¡En qué momento! No se imaginan cómo se puso. ¿Qué fue lo que le sugerí? Nada que me pareciera peligroso ni comprometido. Simplemente le di la opción de que nos lo presentara, si es que no sabíamos ya de su existencia. ¿Tan grave le parecía? ¡Si en el grupo somos todos unos bonachones! Pues seis veces me dijo que no. ¡Seis! Y luego callamos, claro.

Eso es, anochecía en la isla, el ocaso pintaba la cornisa de un negro brillante. Sara analizaba el horizonte como si allí se escribieran las respuestas, no me pregunten cuáles, aunque les garantizo que las había. ¿El padre de ustedes sigue vivo? ¿Han tratado de pedirle alguna vez algo que entrañe un mínimo riesgo? Prueben. Primero dirá que no con rotundidad, después que se lo expliquen de nuevo y, al cabo de un rato, accederá a que actúen como consideren, que para eso son ya mayores. Sara debió de haber seguido el mismo proceso analítico, porque balbuceó las primeras dudas: que bueno, que tal vez, que debían afrontar el examen… Si les soy sincero, no tenía sentido retrasarlo; tarde o temprano, fuera en el comedor o en los espacios comunes, íbamos a coincidir. Lo que no me esperé fue su reacción. Me agarró de la mano con una determinación que impresionaba, jamás solíamos tocarnos, y soltó aquella frase lapidaria que hoy los trae a ustedes a esta investigación: «Lo vas a odiar nada más verlo, pero dale una oportunidad; yo se la di y no me arrepiento».

Vaya advertencia, ¿eh? ¿Cómo me decía eso a mí, que no tengo ni una pizca de maldad? Me quedé observando el firmamento, una línea morada que ribeteaba el océano, y durante un buen rato pensé en el muchacho y en las distintas posibilidades por las que alguien podría provocarme semejante antipatía; por ejemplo, hablar de sí mismo en tercera persona, que me enerva, o sorber el cordón de la sudadera, que es, por enc

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