DISCLAIMER
El miércoles 4 de diciembre de 2024, se hizo público un desplegado en el que quince intelectuales de universidades privadas, treinta y cinco influencers del activismo y cuatro organizaciones de la sociedad civil condenaban un par de felonías cometidas por mí, alegando que soy una amenaza para el turismo «del norte global», cuestión que no pienso desmentir porque no quiero. Lo que sí me parece muy bajo es que también se me llame «heterosexual» solo porque un hombre alemán salió a decir que fue víctima de violencia doméstica y extorsión por mi parte. Esto me obliga a explicar cuestiones obvias, como que para ser heterosexual no basta con acostarse con un viejo. Que hay que acostarse con el viejo, vaya, eso es obvio, pero para ser heterosexual también hay que despertar con él, con un cuadro clínico de depresión, VPH y veintisiete jornadas de trabajo no remuneradas, y, a diferencia de lo que suponen al llamarme «encueratriz conflictiva que se autohipersexualiza», yo ya no le permito a ningún hombre que explote mis talentos, mis traumas ni mi mano de obra, porque estos sectores ya los saquearon las fundadoras de las Asociaciones Civiles y las directoras de los Institutos de Gobierno que hoy se unen para apuñalarme por la espalda.
El motivo de este desplegado, supuestamente, fue un video que se hizo público un mes antes, en el que se lee el siguiente encabezado: «#LadyRatota es captada atracando a una turista estadounidense», en el que aparezco yo. Un mes más tarde ya se había hecho público un deslinde encabezado por personajes como el actor Tizoc Rocha y la ahora diputada Blanca Prieto. A mí no me gusta andar matando pulgas a balazos, pero, dado que hoy sus viperinas lenguas me ocasionaron la pérdida de un contrato que tenía como finalidad llevar mi espectáculo El Príncipe de Salsipuedesberg a Europa (el continente, no la colonia), pues ahora sí que ya ni modo, les voy a tener que responder.
Como lo veo, me quedan solamente dos opciones: acusar de «cultura de la cancelación», o como le digan ahora, a este desafortunado momento de mi vida, convertir todo lo que se me achaque en el pretexto perfecto para hacer demostraciones complacientes de sentimentalismo irresponsable, y esperar que pase un tiempo para volver a encontrarme con esos personajes y pretender que no pasó nada mientras compartimos una pajita en una fiesta; o bien, defenderme y ser inevitablemente derrotada por un puñado de débiles de carácter que tienen el piso de la ética igual de carcomido que las fosas nasales, pero que tienen más seguidores que yo en internet.
Tengo claro que, en cualquiera de los casos, las miradas más simples gozarán al ver mi carrera desplomarse en picado. Que las niñas pequeñas no aspirarán en masa a ser como yo. Que jamás venderé más de cincuenta boletos por función. Que seré arrojada a l
