La grieta

Andrea Liba
Andrea Liba

Fragmento

Capítulo 1

1

Bárcena la Puenti está sudando. Sudan sus árboles, sudan sus fachadas, sudan sus comercios y sudáis todas vosotras pegaditas a sus aceras mientras ocupáis las calles en el Día de Cantabria. El sol os observa en plano cenital y os abrasa la piel de los hombros y las mejillas. La sensación térmica te araña la memoria corporal y marea los cuerpos de tus compañeras. Os veo radiantes. No solo por el juego de colores que les hace el sol a vuestros cuerpos. Estáis preciosas ahí, delante de la policía, gritando como descosidas por el derecho a la vivienda, contra el turismo masivo, por la defensa del territorio, por una existencia digna, en un momento en el que la mitad de vosotras estáis con la vida a cuestas y la otra mitad a cuestas de la vida. Os observo rabiosas, con los ojos vítreos de lucha y de ternura, y te juro que si yo fuera ese fulano uniformado de verde me desarmaría. Os observo no como el prota de esa serie norteamericana que acosa y asesina en cadena a sus compañeras, entiéndeme. Os observo tan de cerca porque no podría separarme de ti ni aunque quisiera, ni habiéndolo intentado de mil maneras lo he logrado todavía. Tengo el privilegio de vivir acomodada en tu amígdala y de contar con tus ojos verdes para ver el mundo. Y aquí estoy de momento.

Delante de ti, como si el encuadre se cerrara desenfocando un fondo apretao, ves a Abril. Vemos a Abril. Sujeta un taco de trípticos con información sobre la manifestación que os ha estructurado el día y se abanica la frente con ellos. Hace unos minutos habéis atendido el casi desmayo de Eider y has pensado que la quieres. Sí, lo he oído. ¿Qué esperabas? Que la quieres cuando posa su mano sobre la cadera de Eider para sostenerla de pie, cuando sabe leer tu preocupación porque no las encuentras entre tanta gente, cuando se reserva unos segundos para mirarte y sonreír, cuando deja espacio para que tú también quepas en el abrazo, en el cuidado, en su mimo privado, y hace colectivo el afecto, y también cuando simplemente está ahí parada, en mitad del calor, existiendo con vosotras. Eso y que te has imaginado dándole un beso tenue en los labios en ese momento. Sé que has sentido culpa. O algo parecido. Esa incomodidad corporal que se manifiesta cuando la emoción sobrevenida desobedece el mandato y contradice el relato que tú misma tienes redactado en tu cabeza. Aunque se supone que vosotras os relacionáis diferente, ¿no? ¿Cómo era aquello de desjerarquizar las relaciones? Era: libres domingos, domingas y afectos, ¿verdad? Algo así. Sé que me vas a decir que sueno un poco cuñá. Pero te ocurre. Te pone inquieta, aunque intentes asimilarlo con naturalidad. Y mira que son años relacionándote de esta forma. La quieres, la has querido en ese instante entre la multitud, y no has pronunciado las palabras ni te has acercado a ella así nunca. No es la primera vez que te veo ahorrarte una muestra de afecto. Estás en lo cierto, sería demasiado complicado. Sé cómo soy, me conozco de sobra. Soy muy exigente con tu comportamiento. Paso horas y horas observándote, fiscalizando cada uno de tus movimientos, enjuiciando tus sentires y tus palabras. Escúchame, estoy aquí, dentro de tu cabeza, condicionando tu cuerpo entero. Procuro mucho aprender de ti, te lo juro. He comprendido que todas esas emociones caben en tu anatomía. Soy quien primero las ve cuando entran en tropel a trastocar mi tranquilidad. Son preciosas, a decir verdad, pero me cuesta, a menudo, acomodarlas. Mi regazo está todavía frágil para tanto trote. He aprendido de ti que la piel admite caricias que ni tú hace un tiempo imaginabas. He aceptado que así es como quieres vivir y compartirte con el mundo y que si en algo estás trabajando es en acotar al mínimo posible mi espacio dentro de ti. Lo entiendo. Sin embargo, no puedo quedarme callada. Aunque mis interferencias a menudo te inmovilicen, te juro que yo lo único que pretendo es darte un simpático empujón hacia lugares que creo más amables para ti. Vale, sí, ya, me has descubierto con mi monólogo. Te estoy viendo torcer el morro. Reconozco que suelo activar en exceso tu sistema nervioso simpático y supongo, por tus tiritonas y tus llantos, que estás hasta el coño de mí. Siento tenerte siempre alerta. Intentaré mejorar, te lo prometo.

Buscas a Julia entre la multitud. Sabes que su lugar cómodo en las manifestaciones no está en la cola, donde las asistentes casi charlan más sobre el desodorante casero que hicieron la semana pasada o lo contentas que están con la temporada de melocotones que sobre el motivo de la protesta; ni tampoco en la cabecera, con la pancarta y las cámaras apuntando. Ves su moñete recogiendo solo la parte superior de su pelo a media altura de la cabeza y la mochila desgastada que comprasteis juntas en aquel mercadillo hace años. Sonríes. Casi puedes percibir su mezcla de olores al borde de tus orificios nasales. Te acercas corriendo a abrazarla: jabón de avena, madera y un toque cítrico en la nuca.

2

Han pasado más de cuatro semanas desde ese día para cuando, casi al filo de la siembra de los puerros, Julia te escribe para contarte que os han aceptado en la casa de Barcinillas. «Le debimos de dar pena a la tipa y me comenta que ha hecho campaña para convencer al único hermano de los cinco que no estaba de acuerdo con alquilar la casa —te explica—, pero dice que bajar el precio ni de coña. Setecientos cincuenta euros y a finales de junio seguramente tendríamos que irnos». Continuar viviendo a merced de la codicia de quienes se permiten el lujo de explotar viviendas como bienes de mercado, o de quienes han encontrado en el negocio de la vivienda un ascensor social y duermen sin culpa por las noches aun enriqueciéndose a costa de la miseria de otros, os toca las narices sobremanera. Ojalá pudierais salir de ese circuito agotador de búsqueda del hogar. Pero es lo que hay. Te alegras casi como si os hubiera tocado la lotería. Lleváis poco menos que un año tanteando casas no solo en este valle, sino en todos los de Cantabria. Habéis hablado con decenas de personas, vecinas de muchas zonas, amigas, amigas de amigas, amigas de amigas de amigas. Os habéis llegado a plantear la desfiguración completa del plan de vida a medio plazo, incluso llegasteis a buscar por internet sin ningún tipo de filtro. Cualquier cosa os hubiera servido en última instancia, porque os disteis cuenta de que estabais mucho más próximas a encontraros finalmente en situación de calle que de salir exitosas en vuestra búsqueda. Más cerca del cajero automático que del chalet, como toda hija de vecina. Al menos, vosotras, lo tenéis claro. De momento, no habéis conseguido vuestro objetivo de encontrar una casa amplia en desuso en un pueblo del valle en la que poder estableceros a medio o largo plazo, vosotras y algunas otras amigas y compañeras, pero sí tenéis una prórroga de diez meses para tomar tierra y pensar con más calma. Sin la prisa y el agobio de no saber dónde dormir mañana.

3

Todas las mudanzas te acaban hinchando los ojos del llanto. No sabes muy bien si es el cansancio físico, el estrés de las semanas previas con los preparativos, la recopilación de cajas, la toma de decisiones, el empaquetamiento de todas tus cosas, la limpieza a fondo de la casa que dejas, los nervios por el cambio, las despedidas, la incertidumbre, el miedo a fracasar, a haber tomado con mucha ilusión una decisión que más adelante resulte insostenible, dolorosa, incluso humillante. No comprendes qué te despierta este malestar, esta agitación tan difícil de manejar, de apaciguar, pero aquí estás, con la lágrima rozándote la barbilla y el moquillo alcanzando tus labios mientras bajas la última caja desde el cuarto sin ascensor en el que has vivido algo menos de dos años. La quinta vivienda que has habitado en los últimos diez. Tras cerca de un par de lustros de terapia psicológica, eres capaz de reconocer tu herida infantil, tu trauma latente, y entender el revuelo emocional. Pero no lo soportas. No te soportas. Y sabes que también hacia fuera resultas insoportable. Laia, tu amiga de la universidad, se está cagando en tus muertos jugando al tetris con tus cosas en la furgoneta, sudando como no se puede sudar ya a mitad de septiembre en esta ciudad. No te lo dice, no se queja en voz alta, sabe que bastante tienes. Y suficiente tiene ella también con despedirte. Aixa dobla la esquina de tu calle corriendo y llega hasta ti sofocada. Tenía asamblea y no ha podido venir antes. Laia se despide con un abrazo y un insulto amoroso, como acostumbra a hacer, y os deja que tengáis vuestro rato de intimidad. Aixa intenta levantarte en peso para abrazarte con fuerza, pero os vais las dos al suelo. ¿En qué momento ha pensado que podría hacerlo? Os reís a carcajadas y la situación se destensa con un éxito breve. Apoyadas sobre la furgoneta, os achucháis suave, lento. Uno de los abrazos más blanditos que probablemente os habréis dado nunca. Entra cálido como un fueguito en otoño, romántico como ninguno de vuestros relatos de amor compartido.

T’estime —te dice en la boca, con un beso.

—Te quiero —le devuelves.

T’estime.

—Te quiero.

T’estime, llorona —repite en bucle en su lindo valenciano besándote ahora la frente mojada de nervios. Tampoco tardaréis tanto en volver a veros, pero las dos tenéis claro que esta es una despedida de las que marcan un punto de inflexión en la vida, de las que solo se vuelve con un nuevo comienzo, de las que no se regresa jamás de la misma manera, con el mismo cuerpo ni la misma mirada. Tú sabes que ella quedará absorbida por la actividad política y social de Bilbo, y ella sabe que, para ti, salir de ella supone el fin de una era vital. Estás poniendo mucho y dejando un montón. La última década de tu existencia está impresa, grafiteada, entre aquellas calles, en los adoquines de ese barrio hermoso.

T’estime —le regalas en un susurro. Sonreís con un nudo conjunto en la garganta.

—Te quiero. Eta hiri honek ere maite zaitu —te arroja con mimo, derramando todo su entusiasmo por tu nueva etapa sobre tus labios.

Eta nik berari. Laster arte, laztana —te despides y marchas. Aixa aguarda tras de ti observando el rastro que dejas. Sonríe con amargura.

—¡Escribe! —te grita antes de que dobles la esquina. Dibujas una ola con la mano izquierda fuera de la ventanilla y ella sonríe ahora con menos amargura.

4

No estás ni rozando la taza, pero la capa más externa del té vibra. Vibra como pulsaciones. ¿Pueden ser las mías?, te preguntas. ¿Pueden proyectarse visualmente las pulsaciones del corazón propio? No hay nadie dentro de la taza. De vez en cuando ves caer alguna fibra del ambiente, pero dudas que eso pueda generar la vibración. ¿Y si me quedo muy quieta mirándola?, dices. ¿Y si aguanto la respiración como cuando iba a comprobar que mi madre seguía viva durante la noche y acababa mareada? No entiendes por qué ves claramente moverse la masa líquida y al mismo tiempo puedes observarla perfectamente quieta. Yo tampoco lo entiendo. Por favor, que alguna científica nos explique el milagro de la vista y de la luz. Le das un sorbo para ver a qué sabe la incertidumbre. Ojalá la incertidumbre supiera siempre a earl grey crema con leche de avena. Ves el cielo nuboso reflejado en ese tambaleo líquido, te asomas a esa ventana proyectada, no tiene sentido. Diría que el esqueje de hiedra ya está para plantar. No sé si tú te estás dando cuenta. Tiene una maraña de raíces fresquicas que ni la jauría poliamorosa que os traéis. El cedro chiquitito que robasteis en aquel mercado de flores y plantas se ha quedado palidísimo. Si le sujetaras la cabeza como hace meses atrás a cada rato, te quedarías con parte de su cuerpo entre las manos. ¿Recuerdas lo hermoso que estaba cuando lo robasteis del mercado? Puede ser que se esté acostumbrando al nuevo espacio tras la mudanza. Hace unos días estuviste leyendo un manual sobre el cuidado de viveros porque quisiste acudir a una entrevista de trabajo en un vivero local de árboles autóctonos. Ciento setenta y cuatro páginas de un lenguaje que no entiendes. Hoy veo que vuelves a él, días después de hacer el ridículo en la entrevista no sabiendo diferenciar la parte de suelo que estaba plantado de la que podías pisar. Primer bloque: partes de un vivero. Punto uno: almácigos. Qué coño es eso. Acudes al Diccionario panhispánico de dudas como buena traductora de dolores a lenguajes amorosos. La palabra almácigo no está en el diccionario. No hemos encontrado ningún resultado. Buscas almácigo tres veces más. Buscas cantero y acabas definiendo la primera cosa: es el cuadraíto de tierra donde se ponen a germinar las semillas antes de mandarlas a otro lado cuyo nombre seguramente desconocerás también. Buscas germinar. Ahora dudas de todas las palabras. Palabras. Germinar es empezar a desarrollarse desde la semilla y palabra cuenta con una acepción que la define como «ninguna cosa». Guau. Semilla. Pasas de las cuatro primeras acepciones. Quinta: granos que se siembran, exceptuados el trigo y la cebada. ¿Qué? ¿Por qué? Planta autógama, gramíneas, familia, glumas, glumillas. ¿Cuándo se siembra la cebada? Marzo o abril. Vamos tarde, piensas, o prontísimo. WikiHow lo mismo te enseña a estirar las plantas de los pies como a plantar cebada. Lees en el manual que los viveros tienen calles y sendas y te acuerdas del juego al que pasabais horas jugando en los scouts: calles y avenidas. Ojalá recordara bien las reglas de ese juego, piensas. Podría recomponerlas a mi antojo para enseñárselo a las amigas. Ojalá las amigas quisieran jugar. Ojalá algunas amigas no hubieran cruzado la frontera del adultismo que despeja la diversión de la cotidianidad y quisieran jugar a cosas como a calles y avenidas o a calles y sendas o a un juego nuevo que podríais inventar y que podría llamarse urbanitas y viveros. ¿Yo he germinado?, te cuestionas. Has olvidado lo que era germinar. Ahora sabes cómo está compuesto un sustrato porque te lo ha contado el manual, pero no puedes verlo en tu cabeza porque, aunque las palabras evocan imágenes para ti, y no solo imágenes, escenas completas, crees no haber visto nunca ningún sustrato de nada. Sustrato. Según la biología: lugar que sirve de asiento a una planta o animal. Según la bioquímica: sustancia sobre la que actúa una enzima. Mierda, gritas mentalmente. Otra palabra que se te escurre entre las neuronas y pierdes treinta y tres por el camino. Te agobias viendo medio vídeo sobre las partes del cerebro y piensas en tumores. Otro sorbo al té le dará un sabor dulce a esta ignorancia y seguirás aprendiendo. Sé que tienes dudas sobre si lograrás retener una decente cantidad nítida de información siéndote este código tan ajeno y que eso te agobia como pocas cosas, pero como sigas mordiéndote los labios de esa manera vas a aprender también lo que es la stratum corneus a base de sangrar. No puedes no buscar enzima en el diccionario, estás invadida de nuevo por la necesidad de rastrear cada definición que descontrolas. Proteína que cataliza específicamente una reacción bioquímica del metabolismo. Déjalo, querida, esto no va a parar a ningún lado.

Coges el móvil, que lo tenías cargando en la habitación, y revisas las notificaciones. Un mensaje de audio de Eider de hace una hora te saca de la pesambre en cuestión de segundos: «Buenas tardes. ¿Manuela Romero? Le llamo para notificarle oficialmente que tengo unas ganas de ti que me muero. Debe usted dirigirse a Torlavega, a la mayor brevedad posible, para purificar mis dedos con su agua bendita, como dirían las Tribade. Gracias. Piii». Una carcajada te brota sin remedio de la boca, de pura incredulidad, mientras sostienes el teléfono en la mano. Tragas saliva. Te encanta que haga esas cosas. La llamas. Lo coge en pocos segundos. «Nu», te saluda. «Respóndeme a una pregunta —dices a bocajarro—, ¿cómo es posible que sigas inventándote mi apellido después de tantos años?», ríes. «Ups. —Oyes su saliva, sabes que está sonriendo con cara de inocencia, por lo del apellido y por todo lo demás—. Debe de haberse producido algún error inesperado. ¿Ha entendido usted la información recibida? ¿Por qué no está usted en mi puerta?». «Te ha faltado la parte en la que reconoces con burla que eres una maldita indecente». Le rapeas al teléfono la frase. Reís las dos. «¿Te vienes a dormir?», pregunta Eider. «Salgo en cinco minutos —respondes—, guarra». «Sí somos —dice riendo—. Oye, oye, espera, entonces ¿cuál es tu apellido?». «Te lo cuento luego más de cerca, a ver si te queda claro». Cuelgas. Lanzas un suspiro al frente, agitada. Te viene fatal dormir allí hoy, porque mañana has planeado irte sola de ruta por el hayedo de Saja y quieres madrugar, pero, claro, te ha puesto cachonda.

5

Últimamente aparezco mucho por aquí. No paras de llamarme, de hacerme señales de humo. O tal vez soy yo la que malinterpreta tu realidad, la que aparece, a veces, porque encuentra motivos para la alerta o sencillamente por costumbre. He advertido que estabas fregando los platos entretenida y he podido seguir tus fabulaciones. Pero ahora quiero intervenir, sinceramente. Sé que hace tiempo que trabajas desjerarquizar tus relaciones. Y que no tienes ni puñetera idea de cómo se hace. No sabes cómo se hace porque no hay camino construido todavía, sino que las personas que queréis relacionaros de esa manera andáis con el pico y la pala como podéis. No sabes, tampoco, si es buena idea ese «se» que impersonaliza ese relacionarse y que inscribe a los amores de vuestras vidas, de nuestras vidas, en una suerte de sendero de normas. Alternativo, pero normativizado al fin y al cabo. Digo que no sabes cómo se hace porque veo que todo el rato te preguntas si alguien lo ha hecho ya. Sí, has leído muchas historias de vidas afiliadas a las no monogamias, pero ¿lo han logrado verdaderamente, si es que hay algo que lograr o algún lugar al que llegar en esto de vivir compartiendo? Lo digo, además, porque también te oigo preguntarte cada día cuánto hay, en tu relacionarte, de pulsión, de orgánico, y cuánto de corrección política, de adecentamiento del discurso. Ayer leí a Alba Centauri, una psicóloga bisexual y poliamorosa que hace divulgación en redes sociales. Bueno, la leíste tú, claro. Decía que, a veces, lo que necesitamos no es aprender y adquirir más herramientas para gestionar y gestionar, sino confiar en nuestra habilidad y predisposición para utilizarlas. Paciencia, te

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