Nunca estuviste solo

Albert Espinosa

Fragmento

1. «Duc in altum»

Deseaba quitarme la vida aquella noche, lo tenía todo preparado. Había tomado pastillas suficientes como para dormir a un elefante. Eran de mi madre, estaban caducadas, pero imaginaba que su efecto sería el mismo que tuvieron en ella. Nada me importaba ya, estaba cansado de todo, y de lo que más, de vivir. Cuando sientes eso, si nadie te arrastra a la vida, es el final.

Y de repente recibí el mensaje de un hombre al que casi había olvidado pero que tanto me fascinaba. Lo había mandado por la red social en la que yo era tan popular.

En esos instantes estaba buscando cómo despedirme de los fans con una última historia directa, que no les produjese tristeza y dejase claro que era una decisión personal; quería evitar ideas erróneas o teorías extrañas. Y justo cuando estaba empezando a escribir mi epitafio social, su mensaje apareció brevemente en el móvil, como una señal. Se notaba que aquel medio no era el suyo porque lo había escrito todo en mayúsculas:

GUIDO, SOY EL DOCTOR MARTÍN, NO SÉ SI ME RECUERDAS. ESPERO QUE SIGAS BIEN. SI UN DÍA PASAS POR MENORCA, VEN A VERME. ME GUSTARÍA MUCHO, CACHORRO.

En ese momento de mi vida, el doctor Martín era la persona con la que menos esperaba volver a hablar. Aquel hombre me salvó la vida a los siete años, y justo en ese instante, con casi diecinueve, cuando deseaba quitármela, aparecía como por arte de magia en el momento más oportuno. Parecía uno de esos espíritus que mi madre creía que me acompañaban y me protegían siempre.

¿Qué querría? Con los años, los pocos que llevo en este mundo, sé que nadie aparece en tu vida sin motivo. Seguía llamándome «cachorro», como a todos sus niños con cáncer. Era su forma cariñosa de hacernos sentir bien, aunque al principio pensé que así evitaba tener que aprenderse nuestro nombre. Volví a sonreír al leer ese mote que me transportaba tan lejos… Hacía tiempo que no me alegraba por mí mismo y de manera gratuita. Mi felicidad estaba siempre a disposición en mis redes y para mis seguidores.

Sentí unos pinchazos en el estómago. Las pastillas estaban haciendo efecto: o dejaba que se apoderaran de mi organismo y me lo reventaran, o vomitaba y me aferraba a la vida. Dudé unos segundos mientras miraba aquel absurdo mensaje como si fuera el hilo umbilical que aún me unía con este planeta.

Diez minutos después estaba en el baño vomitando como un poseso. Era irónico; pensé en aquel chaval de siete años al que le sentaba fatal la quimioterapia que lo salvaba. Quizá era lo único que aún teníamos en común aquel niño que ya no existía y yo. Todo lo demás lo había modificado el roce de vivir.

De repente sentí la caricia de mi padre. Cuando vomitaba de pequeño con la quimio, él siempre me sujetaba la frente y me decía: «Guido, duc in altum», ese duc in altum que significa «rema mar adentro» en latín. Él creía, e imagino que deseaba, que no tirara la toalla y que, aunque mi vida fuera complicada, a pesar de las dificultades, siguiera y siguiera remando mar adentro. No sé si era buena idea hablarle a un niño en latín, pero él era así. A mi madre se le ocurrió llamarme Guido. Me dijo que significa «conocedor de caminos». Supongo que eso tenía más sentido: siempre me ha gustado adelantar a todo el mundo y encontrar rutas desconocidas para el resto. Y es que, en lo mío, era un gran influencer que había abierto caminos inexplorados.

Ninguno de los dos sigue vivo conmigo. Mi padre me dejó por culpa de un estúpido accidente de coche, pero su recuerdo me acompaña porque mi madre había llamado a todos los espíritus buenos que conocía para que me cuidasen cuando ella partiese. Cosas de tener una madre médium que sabía cómo invocarlos… Lástima que ella no pudiera volver a mi lado cuando se marchó.

Entre vómito y vómito, tecleé con agilidad en el móvil y reservé un billete para Menorca en el siguiente ferri. Sentí de nuevo la mano de mi padre en la frente. Parecía feliz, aunque en realidad yo no había cambiado de opinión; solo había pospuesto unas horas mi huida.

Siempre se está a tiempo de partir, pero en ese momento me tocaba remar un poco más mar adentro para saber qué quería aquel médico que había vuelto a salvarme la vida y cuya complicada existencia no había sido fácil.

2

EL DESEO DA SENTIDO AL VACÍO DE LA EXISTENCIA

Mientras abandonábamos Barcelona, volvieron las arcadas. Me dolía el estómago: algunas de las pastillas habían pateado mi hígado y su efecto era devastador. Muchos jóvenes del ferri me miraban, pues para ellos era una estrella. Me hice una decena de fotos intentando no quitarme las gafas de sol porque tenía la mirada lechosa por culpa de aquella mierda de tranquilizantes. A saber cuánto me había destrozado por dentro…

Luché para ser famoso en las redes, pero en ese momento las odiaba. Me dieron mucho, pero me quitaron mi esencia. Mi contenido era un poco de todo. Lo fui variando con el paso de los años, aunque mucho se basaba en mi físico. Era mi carta de presentación y lo que provocaba más likes. Esa era la verdad: era bello, y eso abre muchas puertas.

No sabría explicar qué era lo que más odiaba de mi existencia. Estaba aburrido en vida. Un chaval en­fermo de cáncer que luchó como un jabato para sobrevivir y, doce años más tarde, había perdido toda motivación; el destino era absurdo. Tenía dinero para dos vidas, y me había alojado en tantos hoteles de lujo, había comido tantos manjares y me sentía tan repleto de sexo y placeres que, antes de llegar a los veinte, estaba absolutamente harto de todo.

Era obvio que otra gente desearía lo que yo tenía y que no entendería mi tristeza y mi depresión, pero no vivía mi vida, y nada es lo que parece cuando estás en la cima. A veces el éxito es un auténtico fracaso porque hay un umbral que, si lo superas, hace que todo carezca de sentido.

De repente, el móvil se iluminó; lo había configurado para recibir solo los mensajes de mi médico. Le había mentido: le dije que estaría en Menorca esos días. Se me daba bien mentir. Mi padre solo me pidió una cosa en vida: «Si se te da bien, miente a todo el mundo menos a tu madre. A la madre no se le miente». Y así lo hice. Se me fue la mano con el resto, pero a mi madre siempre le dije la verdad.

QUÉ BIEN QUE TENGAS UN VIAJE A MENORCA. VIVO CERCA DE CALA’N BOSCH. ES UNA CASA PEQUEÑA CON VISTAS AL MAR, AL LADO DEL FARO. NO BUSQUES HOTEL, QUÉDATE A DORMIR AQUÍ. GRACIAS POR VENIR A VERME.

Comenzaban a entusiasmarme sus mayúsculas y su redundancia. Adoraba su sencillez. Siempre me gustó ese médico. Por las noches se quedaba con nosotros en el hospital y nos hablaba del tratamiento que nos inyectaría al día siguiente. Era dulce y amable, supongo que de los que creían que las palabras del doctor también curan, y seguramente tenía razón, al menos conmigo le funcionó. No perdí una parte de mi cuerpo, la leucemia solo volvió mi sangre más densa y áspera, o eso pensé siempre.

Nunca entendí por qué se hizo oncólogo, es la especialidad menos agradecida. La quimio hace que los odies aunque te curen, porque los efectos secundarios son asquerosos. Además, como el cáncer no lo ves, ellos se convierten en la cara visible de la enfermedad, en el enemigo. Era absurdo, y supongo que de ahí el cariño que nos tenía, las explicaciones que nos daba, la forma en que hablaba del cáncer como si fuera un ser vivo y la idea de llamarnos «cachorros». Imagino que deseaba diferenciarse del verdadero enemigo.

Supe de su problema, de la acusación que recibió antes de que yo abandonase el hospital ya curado. Nunca creí del todo lo que dijeron de él, pero sentía que deseaba preguntarle no como el niño que fui, sino desde mi perspectiva de adulto medio estropeado. Quizá era la única pregunta que siempre me hubiera gustado plantearle, pero desapareció del hospital, y creo que eso fue lo que me hizo vomitar mi propia muerte para verlo. La curiosidad del niño aún residía en mí, y le debía la respuesta. Al fin y al cabo, soy un Guido, y necesito conocer todos los caminos y la mayoría de las respuestas.

«Duc in altum», susurraba aquella voz masculina que me creó mientras las olas embestían contra el ferri. Mi padre viajaba conmigo, al igual que los otros siete espíritus que mi madre había despertado para que me cuidaran y que me volvían loco en numerosas ocasiones. No me hablaban mucho: bastante ruido y algunos susurros. Allá donde iba me acompañaban y hacían de las suyas como si fuera un masaje eterno a dieciséis manos desordenadas exigiendo mi atención. Siempre me rozaban y me provocaban escalofríos. En ocasiones escuchaba una palabra suelta; la mayoría de las veces, sonidos repetitivos.

En el bolsillo izquierdo llevaba el resto de las pastillas de mi madre, las que no se tomó ella en su día ni yo en el mío. Deseaba tanto marcharme… Os aseguro que nada había cambiado, solo necesitaba remar un poco más, y lo haría. Deseaba bucear en un pasado que tenía olvidado antes de labrarme un futuro incierto.

En la época en que estaba enfermo, mi madre me decía que era un chico de acero, que podía con todo, que no tenía nada de carne, que era duro como una piedra y que me habían elegido para sobrevivir. Y uno se cree todo lo que le dice su madre, a pesar de que sabía que no era cierto. No era de acero, aunque quizá en aquel tiempo me sentía así.

Lástima que hubiera perdido toda esa energía… Y eso que, de puertas para fuera, todos me amaban. Hacía un contenido increíble con millones de visualizaciones, había ganado premios para influencers, y mi cuerpo y mi piel estaban en su mejor momento para ser amado o follado. Quizá ya no era de acero, pero un poco revestido de oro sí estaba, y tenía la cara de porcelana.

Durante todo el viaje seguí haciéndome fotos con gente de mi edad, y muchos padres y madres de esos que miran las redes antes de dormir porque aman lo que les da el algoritmo también quisieron llevarse un recuerdo. Siempre he pensado que era una celebridad que no servía para nada, pero que todos me adoraban porque el deseo da sentido al vacío de la existencia. Lógicamente, el amor y el cariño son mejores que el deseo, pero este ocupa m

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