Sirenas, leones y otros encuentros inesperados

Jacinto Antón
Jacinto Antón

Fragmento

A modo de prólogo

1

Almásy y otros grandes aventureros

El conde Almásy reaparece en Madrid, en buena compañía

El conde Almásy ha vuelto. Con todo intacto: su amor por el desierto, sus gafas de vuelo y su inextinguible anhelo de encontrar el oasis de Zerzura, el Dorado de las dunas. Ha reaparecido Almásy («esta vez vas a encontrar Zerzura, ¿verdad?») en el Ateneo de Madrid y en muy buena compañía. Como parte de un programa de conferencias dedicado a exploradores y aventureros del siglo xx que comparten ser una obsesión rayana en lo patológico para los conferenciantes que los han traído. Tienen en común también los cuatro personajes del ciclo Exploraciones geográficas y arqueología en el periodo de entreguerras: Gentlemen, espías y aventureros en busca de las civilizaciones antiguas (por título que no quede) no aparecer ninguno —injustificablemente en mi opinión— en el voluminoso y por otra parte estupendo Dictionnaire amoureux des explorateurs de Michel Le Bris, en el que, en cambio, tienen entradas, aparte de una gran cantidad de franceses, Flash Gordon, Jungle Jim, y Blake y Mortimer. Digo yo que merecerían más estar los que nos ocupan: Leo Frobenius, John Pendlebury, Byron Khun de Prorok y no hablemos ya de Almásy, el único de los cuatro que tiene peli.

A Frobenius, denominado con notable entusiasmo el Lawrence de Arabia alemán, nos lo trajo al Ateneo Rocío Da Riva, casi tan seria como el africanista prusiano; a Pend­lebury, que unió a excavar en Tell el Amarna y Cnosos organizar la guerrilla cretense contra los nazis, Ángel Carlos Aguayo; y a Khun de Prorok, que excavó en el tofet de Cartago, buscó las minas del rey Salomón y el reino de Saba, en competencia con Malraux (que sí aparece chez Le Bris), todo ello sin dejar de ser un embustero pertinaz, Jorge García Sánchez. A Almásy, claro, lo llevé yo.

O quizá debería decir lo encarné yo, dado el grado de identificación que tengo con el personaje y que supera largamente en malsana intensidad todo lo que pudieran echarle en los suyos mis compañeros de ciclo. Tanto que no solo pude exclamarme a mitad de mi charla en un arrebato de entusiasmo «Almásy c’est moi!», sino que mi conferencia (titulada «Almásy, el romántico conde de las arenas») fue a caer casi el 23-F: Almásy y un servidor compartimos haber participado en sendos golpes de Estado; yo, sin querer, en el de Tejero, y él en el mucho más glamuroso del intento de restauración del exemperador austrohúngaro Carlos en 1921. Por mi parte, no saqué mucho de la experiencia, salir vivo y con una historia que contar una y otra vez como una Sherezade de la Policía Militar. En cambio, Almásy pilló —algo por el morro— el título de conde, porque Carlos se dirigió a él así, confundiéndolo seguramente con otra persona. Como si Pardo Zancada me hubiera saludado a mí como teniente y me hubiera quedado con el rango. Teniente Antón.

En mi charla, a la que acudí cargando con buena parte de mi bibliografía almasyana, incluido un librito sustraído de la biblioteca del castillo de su familia y algunas reliquias como un botón de la guerrera de Almásy obtenido subrepticiamente en la misma visita-peregrinación a Burg Bernstein, traté de trazar el perfil del aventurero real que inspiró la novela de Michael Ondaatje El paciente inglés y la película consiguiente. Marcando las diferencias entre, por un lado, el enjuto Lászlo Ede Almásy de verdad, alias Teddy, húsar y aviador en la Gran Guerra, piloto de pruebas de coches, audaz explorador del desierto líbico puesto luego al servicio de las fuerzas de Rommel durante la Segunda Guerra Mundial para realizar misiones especiales y guiar al espía Eppler con su ejemplar de Rebeca tras las líneas enemigas (no por amor como en el filme, sino por convencimiento: su país, Hungría, era aliada de los alemanes), Cruz de Hierro de primera clase, y homosexual. Y por otro lado, el atormentado (y abrasado) conde Ladislaus de Almásy novelesco y cinematográfico, el arrebatado aventurero con los rasgos en pantalla de Ralph Fiennes, enamorado rematada y trágicamente de la mujer de otro; efectivamente: Katharine (Kristin Scott Thomas). Ay, Katharine, demasiado fogosa para el desierto. «Sus dedos rascaban la arena en mi cabello.»

Pero mientras iba hablando, se me mezclaban los Almásy. El de verdad, el literario, el de celuloide de Minghella y yo mismo, que llevo tantos años tras ellos que me he fundido con los tres y hasta creo que podría pilotar un aeroplano, cartografiar el Farafra y seguir un rastro en el Gilf Kebir. Por no hablar de tener una cita en la Cueva de los Nadadores del Wadi Sora o en aquel cuarto en la calle de los Loros de El Cairo que daba al zoco, para recorrer con los labios, hélas!, el Bósforo de Almásy (algunos preferirán partes más jugosas que la sinoide vascular o escotadura supraesternal, allá ellos). Expliqué entonces, bajo una pantalla en la que se mantenía fija como la estrella Polar, la foto de un viejo mapa que poseo y en el que aparece inexplicablemente la ignota Zerzura (cuya fascinación nos une a todos los Almásy), la historia de mi deslumbramiento. Que empezó al leer la novela en 1995, que se tornó incandescencia al ver la peli en 1996 (el mismo año que comencé esgrima de sable con el maestro húngaro Imre Dobos) y que se plasmó en una serie de artículos que arrancaron en el programático y elocuente «El conde Almásy, una obsesión» (28 de junio de 1997) y siguen hasta hoy mismo, como ven.

En el camino, he ido descubriendo retazos de la vida del Almásy verdadero, en sus propios libros (Nadadores en el desierto, With Rommel’s Army in Libya) y en otros (Libyan Sands y Sand, Wind & War de su colega-enemigo Bagnold, el monumental Operation Salam, de Gross, Rolke y Zboray), en biografías que van apareciendo (la mejor la de John Bierman: The Secret Life of Lászlo Almásy: The Real English Patient) o en hallazgos casuales (la relación con Orde Wingate, la posible con Paddy Leigh Fermor y con Otto Skorzeny). Y vivo mi almasyanismo como un culto, una devoción y un sacerdocio. En una ocasión, fui hasta el Museo de Arte de Ponce, en Puerto Rico, para contemplar el maravilloso cuadro El rey Candaules (1859), de Gérôme, que plasma el famoso episodio de esa historia de Heródoto en la que la reina del monarca se desnuda ante el escondido lugarteniente de su marido a instancias de este, y que Katharine narra en un momento central del libro y de la película lleno de dobles significados. ¡Hasta escribí el prólogo de la edición en catalán de El paciente inglés! («Del amor y otros desiertos»).

La verdad, pensaba que lo tenía superado. Pero ha sido volver a ponerme las antiparras y el gorro de vuelo (en sentido figurado y literal), para el bolo en el Ateneo, y oye, volver a dar vueltas sobre el Mar de Arena acunado por la nana de Marta Sebastyen (Szerelem, Szerelem) y escudriñando fogonazos entre las dunas anaranjadas. Me temo que es algo crónico.

Tras dos horas largas de hablar en un estado de intoxicación romántica, caí en la cuenta de que tenía público. Fue como salir de un sueño o una caminata por el desierto sin sombrero. Al menos la gente estaba con los ojos muy abiertos. Cené algo con Pendlebury y Khun de Prorok, es decir con Ángel Carlos y Jorge —que me regaló muy generosamente el guion editado de El paciente inglés, un tesoro— y me marché a las tantas sin un destino fijo (ya era muy tarde para el Ave y me había olvidado de reservar un hotel). La noche en Madrid era oscura, ancha y solitaria. Y la mochila, a rebosar de libros y enriquecida con una botella de vino húngaro Tokay que me habían suministrado, pesaba un congo. Pero yo lo único que deseaba era caminar por una tierra sin mapas. Y paladear mi reencontrada pasión. «Morimos con un rico bagaje de amantes y tribus, sabores que hemos gustado, cuerpos en los que nos hemos zambullido y que hemos recorrido a nado como si fueran ríos de sabiduría, personajes a los que hemos trepado como si fuesen árboles, miedos en los que nos hemos ocultado como cuevas», recité. Y añadí en una invocación final mientras me tragaba la noche como la arena al ejército fantasma de Cambises: «Deseo que todo esto esté inscrito en mi cuerpo cuando muera.»

El vagabundo y la princesa

Mis propósitos para este año incluyen secuestrar a un general alemán en Creta y enamorarme de una princesa centroeuropea. Lo primero me pilla un poco tarde porque, claro, ya no hay generales alemanes en Creta, afortunadamente. En cuanto a lo segundo, también es difícil porque las princesas, las centroeuropeas y las otras, me temo, suelen estar todas prometidas, cuando no definitivamente pilladas.

Son propósitos ambos estos del 2019 que resultan, claro, de haber pasado las navidades con el escritor y héroe de guerra Patrick Leigh Fermor, no directamente pues el querido Paddy murió en 2011, sino a través de los libros, que es la única manera en que, desgraciadamente, puedo ya relacionarme con algunos amigos. Aparte de la relectura de sus maravillosas obras, especialmente la trilogía compuesta por El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua y la inconclusa parte final, El último tramo —¡qué increíblemente hermosa es su escritura!—, he disfrutado estos días con dos novedades. Una es la segunda entrega de las cartas de Paddy que ha seleccionado, como la primera, Adam Sisman (More Dashing: Further Letters of Patrick Leigh Fermor) y entre las que hay algunas misivas sensacionales, como la que escribió en Creta en 1944, la de la India en pos de Kim o en las que habla sobre sus visitas a Barcelona (incluyendo copas en casa de Xavier Corberó, una misa en catalán en la Sagrada Familia y una riña en un bar de las Ramblas). La otra novedad es la deliciosa The Vagabond and the Princess: Paddy Leigh Fermor in Romania, de Alan Ogden, que trata, como cualquier fan de Paddy habrá adivinado por el título, de la romántica relación entre el escritor y su primer gran amor, la princesa Marie-Blanche Cantacuceno (en rumano Cantacuzino), Balasha, brote de una de las grandes dinastías nobiliarias de Europa Oriental, voivodas de Moldavia y Valaquia y con incluso un emperador de Bizancio en su genealogía, que ya es pariente.

Arrebujado ante la chimenea mientras la pronta oscuridad del invierno allá afuera se enseñoreaba de los bosques y las montañas, acallando los últimos trinos de los pájaros y empezando a revestir de destellante hielo los prados, me he sumergido, manejando a la vez el libro de Ogden, las cartas, la espléndida biografía de Artemis Cooper (Patrick Leigh Fermor: Una aventura) y mis propios recuerdos —Paddy mismo me dejó entrever algunas partes de ese episodio sentimental—, en el romance de Leigh Fermor y Balasha, una de las aventuras más bellas y, finalmente, tristes que vivió nuestro viejo héroe y, sin duda, una de las grandes historias de amor del siglo xx.

Patrick Leigh Fermor no encontró a Balasha en su famoso viaje de un año a pie por Europa contado en su trilogía, sino después de acabar ese extraordinario deambular que le llevó desde Holanda a «Constantinopla», como llamaba a Estambul, adonde llegó el 31 de diciembre de 1934, y que fue el germen de su obra señera. Se conocieron en Atenas en el verano de 1935 y se enamoraron como locos. Ella, sofisticada, guapa, elegante, dieciséis años mayor que Paddy (que, galantemente siempre reducía la cifra a doce), entonces un joven de veinte, era la mujer del diplomático español Francisco de Amat y Torres. El matrimonio se había disuelto tras el adulterio de él con la esposa de otro diplomático, Billy Cavendish, luego noveno duque de Portland. Paddy y Balasha, que compartían la pasión por la cultura (¡y que viva la cultura!), se convirtieron en amantes («terrific pals», diría él) y se buscaron un nido de amor en un viejo molino en Lemonodassos, con vistas a la isla de Poros, donde pasaron una temporada felices como solo lo puedes ser cuando descubres un cuerpo nuevo, nadas desnudo a su lado y lees junto a él los clásicos.

Al llegar el otoño, Balasha le propuso instalarse en la residencia de su familia en Moldavia, la famosa (para los que somos lectores de Paddy) y mágica mansión o conac, que es como denominan en rumano a una manor house, de Baleni, un lugar idílico en el que fueron aún incluso más felices los dos enamorados. La decadente casa solariega de los Cantacuceno, llena de cornamentas (de ciervos), pieles de oso, una biblioteca nutrida y selecta, música de piano y cítara y sirvientes tan entrañables como el cochero polaco Pan, el mayordomo ucraniano Ilfin, el turco Mustafá y la criada Niculina, la llevaban la hermana de Balasha, Pomma, y su marido Constantin (que se había batido varias veces en duelo), padres de la joven Ina, cuya belleza prerrafaelita comparaba Paddy con la Ofelia de Millais. En The Vagabond and the Princess, Ogden describe pormenorizadamente ese mundo crepuscular en el que la pareja vivió su amor. Bosques de robles en los que brillaban las doradas oropéndolas, campos llenos de abubillas y cielos anchos en los que se engastaba la pintada belleza de los abejarucos. A Balasha los campesinos le besaban la mano de rodillas. Paddy pasó cuatro años en Baleni —con un interludio en Londres en 1937— que ni les cuento, como si se hubiera metido en un relato de Tolstói o Chéjov. Si eres un mitómano de lo añejo centroeuropeo, los húsares, los aristócratas, la equitación, los zíngaros y las grullas, debías vivir en la Moldavia de los treinta como en un sueño, viendo cómo la noche se llenaba del canto de los ruiseñores y el sol salía por Besarabia. Todo acabó con un repentino despertar de cañonazos en 1939.

Al estallar la guerra, Paddy partió para Gran Bretaña para alistarse y acabó en las fuerzas especiales, infiltrado en la Creta ocupada por los nazis. «Desde un mundo triste que se hunde en un vacío absoluto», ella le escribía cartas sin saber dónde estaba él mientras Centroeuropa se precipitaba en el abismo y Paddy combatía y devenía un héroe. No volvieron a verse hasta 1965, veintiséis años después de su despedida. En el ínterin, los rusos habían llegado a Baleni. Balasha y su hermana, despojadas de todo por los comunistas —les dieron quince minutos para abandonar la finca, requisada—, malvivían en un pisito en Pucioasa ganando apenas para comer impartiendo clases particulares de francés. Leigh Fermor consiguió atravesar el Telón de Acero con un visado de cuarenta y ocho horas y encontrar a su princesa, pero de aquella mujer que amó apenas quedaba nada. Con sesenta y seis años, tras sufrir prisión, humillaciones, miseria y penalidades sin cuento y haber visto el fin de su mundo, era «una ruina ambulante»; incluso había perdido buena parte del legendario cabello, y la dentadura. A Paddy, camino de convertirse en un escritor de fama, acostumbrado a la alta sociedad, a los grandes viajes y la buena vida, y emparejado ya con la que sería el otro gran amor de su vida, la hermosa, mundana, rica (lo mantenía a él) Joan Rainer, hija del vizconde Monsell, tan solar y rubia como la princesa rumana era morena y lunar, le impresionó lo que vio. Balasha sabía que no podía hacerse ilusiones. Pero no cesó de escribirle a Paddy, y también luego a Joan, hasta su muerte en marzo de 1976 de un cáncer de pecho del que no pudo tratarse. Está enterrada en la cripta familiar en Baleni. Cuando unos amigos llevaron allí el ataúd atado en el techo de un coche, los campesinos se alinearon en el camino de la vieja finca con sus ropas de domingo para rendir un último tributo a la princesa.

Paddy, hombre de grandes dones pero también con muchas sombras (Somerset Maugham lo describió con muy mala leche como «ese tipo de clase media que hace de gigoló de mujeres de clase alta»), no volvió a ver a Balasha. Las cartas que le escribía a ella se fueron volviendo más distantes y frías. Pero conservó el recuerdo de aquel amor, de Moldavia y de Baleni, como una pequeña brasa que se resistía a morir en su corazón, en lo mejor de su corazón. En su casa en Kardamyli, en Grecia, recreó la chimenea de Baleni, una hermosa metáfora. «Tú eres parte de Baleni, Paddy», le escribió Balasha una vez que pudo visitar su vieja mansión moldava devastada, convertida en una «casa para almas rotas» y que albergaba «toda la tristeza del mundo». Todos pertenecemos a casas y personas perdidas.

En 2001, Patrick Leigh Fermor me llevó, después de comer, a una librería en Chelsea, John Sandoe Books. Lo hizo para regalarme una fantástica primera edición de Ill Met by Moonlight, el relato de Billy Moss de la operación de ambos para secuestrar al general Kreipe en Creta. Pero mientras paseábamos hablando de guerrilleros y aventuras me explicó que en esa librería había mantenido años, desde 1965, abierta una cuenta para que Balasha pudiera pedir todos los libros que quisiera y se los enviaran a Rumanía. La vida sin amor no vale mucho, pero sin amor y sin libros... Alzó Paddy los ojos húmedos al cielo de otoño y en su mirada había todo el pesar del recuerdo, la añoranza y el remordimiento del joven vagabundo que un día dejó para siempre a su princesa.

Una espada de samurái

Desenvainé la espada japonesa como había visto hacer en tantas películas, desde Rashomon y mi favorita, Harakiri, del maestro Kobayashi, hasta Yakuza y, claro, Kill Bill. Pese a que la fiesta ya estaba avanzada y había corrido generosamente el alcohol, la gente que estaba alrededor se apartó con sorprendente celeridad. El movimiento inicial de sacar la espada de la vaina (iaijutsu) es un arte mayor del kenju­tsu, la esgrima de los samuráis. Se basa, ilustré a la beoda concurrencia, en la velocidad instantánea y coordinada del desenvainado y en asestar un golpe penetrante a continuación. Un repentino arco de acero. Los otros invitados recularon aún más. Y eso que no les había explicado aún que las buenas katanas se probaban antiguamente sobre un cuerpo humano: el denominado tsujigiri o «corte de la encrucijada» (porque a veces se practicaba en un paseante desprevenido: ¡qué lugar peligroso es el Japón!).

Iba a seguir con la exhibición, pero me quedé paralizado. La hoja de la espada era una maravilla. Brillaba fría y tensa y parecía emitir un siseo, como una serpiente. No soy, ni mucho menos, un mekiki, uno de los expertos oficiales que determinaba a la vista (nunca al tacto) el origen y la calidad del arma. Pero sin duda, aquella era una espada de aquí te espero. Capaz de degollar de golpe a los cuarenta y siete ronín, si hiciera falta. Digna de forjadores legendarios como Masamune o su tenebroso discípulo Muramasa, cuyas espadas, se creía, estaban sedientas de sangre y eran funestas para sus dueños (y para los demás ni te digo).

La historia de samuráis más estremecedora que conozco, vía Romulus Hillsborough en Samurai Tales, es la del destripamiento del comerciante inglés Charles Lennox Richardson (precisamente un transeúnte, aunque a caballo) por interrumpir fortuitamente el cortejo de un daimyo, el xenófobo señor de Satsuma, camino de Edo, en 1862. Enfurecido por la afrenta que suponía que el jinete obligara a detener el palanquín de su señor, el samurái Narahara Kizaemon le propinó un golpe tan excelente al jinete con su katana, de abajo a arriba, que este, que aún estaba arguyendo que no había para tanto, no sintió nada hasta que notó cómo le caía un trozo entero de sí mismo al suelo. Richardson huyó con las entrañas saliéndosele por el corte, hasta que le dieron alcance cinco samuráis y lo remataron piadosamente. El asunto provocó un grave incidente diplomático, y hasta una guerra, y Narahara acabó haciéndose el harakiri, como está mandado.

Las grandes espadas de samurái son obras de arte valiosísimas, además de herramientas letales. Una parte práctica de mí calculaba cuánto podría valer una espada como la que tenía en la mano... y si la podría esconder debajo de la chaqueta, con cuidado de no acabar como Mishima, cuya espada final, por cierto, era obra del maestro Magoroku (véase Mishima’s Sword, de Christopher Ross).

La katana la había sacado en mitad de la fiesta nuestra amiga Laura, la anfitriona. «¿Queréis ver la samurái de mi padre?» La extrajo de una funda de seda. A primera vista parecía un objeto sencillo, sin los adornos recargados y las filigranas de las espadas para turistas. Pero irradiaba, desde el extremo de la saya, la funda —en laca con motivos de vid (también en la guarda o tsuba)—, al tsuka, el mango encordado de piel de manta raya, una elegancia y un prestigio de una sobriedad aristocrática. «Se la regaló la hermana del emperador.» A esas alturas estaba la audiencia, marinada en gin-tonic, como para evocarle la casa imperial del Japón, ni que fuera la dinastía sake. Pero yo escuché muy atentamente a Laura. Su padre había conocido a la princesa Takako (1939), la hija pequeña de Hirohito y hermana de Akihito, y había pintado su retrato. Eso explicaba la calidad de la espada que le regaló. Me estremecí. Pensé si no sería la katana que llevaba el tío abuelo Asaka en la Violación de Nankín. La espada es lo que se conoce como una Handachi, un tipo de katana del periodo Edo, y probablemente data de mediados del xix.

El padre de Laura, fallecido en 2014, era Gerard Henderson, un pintor y muralista aclamado internacionalmente con obra en numerosos países y colecciones. Suyos son algunos de los murales del Raffles de Singapur, del Savoy de Londres y del Mandarin de Hong Kong. Hijo de Laurence Henderson, un británico dueño de una plantación en Johore, Malasia, y de una bella artista china, Eileen Lim, Gerard nació en Kuala Lumpur en 1928 y tuvo una privilegiada educación en Singapur con lo mejor de Oriente y Occidente. Antes de iniciar su carrera como pintor fue primer violín de la Orquesta Sinfónica de Malasia. Hombre de un cosmopolitismo, una cultura y una vitalidad portentosos, desbordantes, asombrosos, se codeó —como muestran sus fotos— con gente tan variada como Gina Lollobrigida, Pearl S. Buck o Steve McQueen. Encontró inspiración en los lugares más diversos, desde Hong Kong y París a las llanuras afganas —le fascinaban los caballos galopantes y los jinetes de las estepas, y el buzkashi, Bután, Australia, Perú. En 1956 apareció en Barcelona para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de Sant Jordi y realizar algunas obras (Cirlot lo cita, alabándolo). Y aquí aparece ese lado inesperado de la historia, que hace que exista Laura (de lo que no podemos estar más a favor), y que el otro día pusiera en mis manos, provisionalmente, la espada de su padre.

Recién llegado a Barcelona, Henderson asistió a las fiestas de Gràcia, donde encontró a una bella joven desconocida con la que bailó, enamorándose perdidamente, hasta que ella se marchó amedrentada por el despliegue bohemio y mundano del aquel artista exuberante y sus amigos. Sin sus señas ni otra información, ni siquiera un zapato, salvo su memoria del rostro amado, Gerard hizo un dibujo de la chica y recorrió el barrio enseñándolo a los vecinos para averiguar su nombre y su paradero. Tras una larga búsqueda, un portero la reconoció: era María Baltasar, la María del 36 de Torrent de l’Olla, la futura madre de Laura y de su hermano músico Ignasi. Ante una historia así, incluso el mejor acero de Masamune palidece de envidia. Dichosa la espada que en vez de cuentos de sangre te lleva a una historia de amor.

En globo sobre los leones

«¡Cuidado!, ¡león a las doce en punto!, ¡ojo, que le aterrizamos encima, ay, ay, ay!» Si una semana antes me hubieran dicho que iba a estar encaramado en un globo sobre la inmensa sabana africana viendo como la tierra se acercaba cada vez más debajo de la cesta y advirtiendo a gritos al piloto de que íbamos directos hacia una fiera, no lo hubiera creído. Toda la vida he pensado que los globos y yo no estábamos hechos los unos para el otro. La sola idea de subir ahí a merced de los vientos y al albur del aire me ponía los pelos de punta. He pasado mucho tiempo evitando los globos y mira que tengo contactos en ese mundo porque soy amigo, y me precio, de Jaume Llansana, arrojado aeróstata natural de Igualada. Jaume es socio fundador de Ultramàgic, empresa de la localidad que fabrica globos y los suministra a todo el mundo. De hecho, si usted ha volado en Capadocia, por ejemplo, tiene muchas posibilidades de haberlo hecho en un globo de origen catalán, pues el 60 % son de ellos. También vuelan en Tanzania, al lado de Kenia, y en otros sitios. Jaume ha conseguido muchas cosas asombrosas, como sobrevolar media África imitando Cinco semanas en globo de Julio Verne (él empleó once meses), brindar en la cesta por un explorador sueco justo encima del Polo Norte o aterrizar de emergencia en la plaza de Lesseps. Pero no había logrado, hasta ahora, que yo me subiera en uno de esos trastos de tan frágil apariencia y precaria gobernación.

La verdad es que no tuve más remedio. Formaba parte de un grupo de selectos periodistas en misión en la reserva keniata de Masai Mara, al norte del Serengueti (tres hurras por esta profesión), y el programa exigía una salida en globo. La noche antes no pude dormir, más aún porque rondaba mi cabaña un hirsuto facóquero de grandes colmillos y una nube de hormigas voladoras gigantes se había colado por un agujero de mi mosquitera. Todavía estaba el mundo en amenazadoras tinieblas cuando partimos en todoterrenos hacia el campamento de los globos. Reinaba una aprensión general —en mi caso puro miedo— que todos hacíamos pasar por somnolencia y que daba a la comitiva un aire de fusilamientos al alba. No ayudó el que nos hicieran firmar un papel de asunción de los riesgos: «Acepto que mi participación en el vuelo contiene riesgos inherentes de enfermedad, muerte o pérdida o daño de propiedades personales, que pueden producirse por diferentes causas incluyendo sin limitación terreno, árboles, flora, fauna, animales salvajes, fuerzas de la naturaleza o actos de Dios.» Les juro que pone eso, guardo mi copia. ¡Jopé, parecía que más que a volar en globo íbamos a cazar a Moby Dick!

Pero eso no era todo. «Asimismo reconozco y acepto que dichos riesgos pueden presentarse en cualquier momento del vuelo, y que mientras que la empresa es capaz de procurar solo limitados medios médicos, entiendo que esos medios pueden no ser de los estándares más altos» (bueno, más altos, en globo, sí). «Confirmo que hablo y entiendo el inglés suficiente», algo que obviamente yo no cumplía, pues a esas alturas (¡!) me veía apenas capaz de balbucear en mi lengua: «para entender las instrucciones del piloto y especialmente las referentes a la Posición de Aterrizaje» (véase más adelante). Cuando llegamos al Little Governor’s Camp, la base, los pilotos, vestidos con cazadoras de cuero y fedoras a lo Indiana Jones, no tenían muy claro si podríamos despegar, dadas las condiciones atmosféricas, y, lo confieso, yo recé en silencio para que empeorasen. La espera se me hizo más larga que la víspera de la batalla de Filipos, y eso que no había fantasmas. Finalmente, se decidió que volábamos: ¡glups!

Los operarios destaparon tres grandes estructuras cubiertas con plásticos en el suelo que resultaron ser las cestas y comenzaron a hinchar los globos, que es una maniobra impresionante, y más en la penumbra en África, y todavía más si sufres de vértigo compulsivo. Las llamaradas para inflar las grandes esferas daban a aquello un aire dantesco. Pasamos un control de seguridad, con cacheos. Tras preguntar por el piloto catalán que vuela en el Masai Mara, Carles Comellas, amigo de Jaume y que resultó que trabaja para otra compañía, me apunté al grupo del aeronauta que me pareció más veterano. Era el jefe, Mike Carnevale, de Alaska, con 6.900 horas de vuelo. Es verdad que tiene un sentido del humor un tanto especial, aparte del acento, que es como de cazador de pumas y cuesta entenderle lo de la Posición de Aterrizaje, que es, colegí, que cuando llegas a tierra has de esperar un cierto batacazo y ponerte como en posición fetal y que sea lo que Dios quiera.

Cuando el globo se irguió, subí a la cesta atropelladamente aprovechando unos agujeros como escalones. Ya estaba dentro. No había vuelta atrás. Los ayudantes de tierra soltaron las cuerdas, Mike abrió su quemador y el globo se fue hacia arriba. Ahí estábamos, en el aire. En un segundo, oigan, pasé del terror a la más pura felicidad. Fue como un milagro. Nos movíamos con una suavidad casi sensual que provocaba un sentimiento de infinita alegría. Observé que todos a mi alrededor sonreían: Rachel, Cecile, Rose, James, Ruby, Claire... Yo notaba un gozo, una ligereza en el alma digna de un poema de Shelley. El paisaje se desplegaba bajo nosotros como si lo recorriéramos con una steadicam. Desde el follaje, abajo, me miraban unos babuinos asombrados, luego levantó la cabeza un búfalo. En un momento estábamos sobre el río Mara (donde hace unos años observé el frenético y desesperado cruzar de los ñus durante la Gran Migración). Unos hipopótamos se alejaron chapoteando cuando casi les rozamos la nuca con la cesta. En el margen vi un gran cocodrilo que abrió los ojos y pareció relamerse. Pero ni siquiera eso, ni el que aparentemente voláramos demasiado bajos para sobrepasar los altos márgenes arbolados del río, me inquietó. El piloto abrió la espita, surgió una llamarada con un suave bufido («el gas es su sangre, es su vida») y el aeróstato ascendió plácidamente. Recordé al conquistador Robur: «El aire es un punto de apoyo sólido.» Seguimos volando ya sobre la gran sabana que se extendía hasta el lejano horizonte. Grupos de cebras, antílopes, gacelas y elefantes se movían allá abajo. Era como nadar en un sueño. «C’était en verité une promenade charmante. [...] Quelle extase!, un rêve dans un hamac!»

Le pregunté a Carnevale, nuestro Samuel Fergusson, que se había quedado en mangas de camisa y lucía galones de capitán, por Julio Verne. «Lo leí mucho de joven, mi novela favorita era 20.000 leguas de viaje submarino.» Arqueé una ceja, allá arriba. ¿No las historias con globo? Mira que las hay, en Verne, donde es un medio de locomoción emblemático: Cinco semanas en globo Si j’ai trop chaud, je mo

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