Índice
Portadilla
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Cita
1. Kamante y Lulú
1. La Granja de Ngong
2. Un niño nativo
3. El salvaje en la casa del emigrante
4. Una gacela
2. Un accidente en la granja
1. El accidente
2. Cabalgando en la reserva
3. Wamai
4. Wanyangerri
5. Un jefe kikuyu
3. Visitantes en la granja
1. Las grandes danzas
2. Un visitante de Asia
3. Las mujeres somalíes
4. El viejo Knudsen
5. Un fugitivo descansa en la granja
6. Visitas de amigos
7. El noble pionero
8. Alas
4. De la agenda de un emigrante
1. El salvaje viene en ayuda del salvaje
5. Adiós a la granja
1. Tiempos difíciles
2. La muerte de Kinanjui
3. La tumba en las colinas
4. Farah y yo vendemos
5. Adiós
Notas
Sobre la autora
Créditos
Equitare, Arcum tendere,
Veritatem dicere.
1
Kamante y «Lulú»
«Desde los Bosques y las Tierras Altas, venimos, venimos.»
1. La Granja de Ngong
Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.
La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. Los árboles tenían un follaje luminoso y delicado, de estructura diferente a la de los árboles de Europa; no crecían en arco ni en cúpula, sino en capas horizontales, y su forma daba a los altos árboles solitarios un parecido con las palmeras, o un aire romántico y heroico, como barcos aparejados con las velas cargadas, y los linderos del bosque tenían una extraña apariencia, como si el bosque entero vibrase ligeramente. Las desnudas y retorcidas acacias crecían aquí y allá entre la hierba de las grandes praderas, y la hierba tenía un aroma como de tomillo y arrayán de los pantanos; en algunos lugares el olor era tan fuerte que escocía las narices. Todas las flores que encontrabas en las praderas o entre las trepadoras y lianas de los bosques nativos eran diminutas, como flores de las dunas; tan sólo en el mismísimo principio de las grandes lluvias crecía un cierto número de grandes y pesados lirios muy olorosos. Las panorámicas eran inmensamente vacías. Todo lo que se veía estaba hecho para la grandeza y la libertad, y poseía una inigualable nobleza.
La principal característica del paisaje y de tu vida en él era el aire. Al recordar una estancia en las tierras altas africanas te impresiona el sentimiento de haber vivido durante un tiempo en el aire. Lo habitual era que el cielo tuviera un color azul pálido o violeta, con una profusión de nubes poderosas, ingrávidas, siempre cambiantes, encumbradas y flotantes, pero también tenía un vigor azulado, y a corta distancia coloreaba con un azul intenso y fresco las cadenas de colinas y los bosques. A mediodía el aire estaba vivo sobre la tierra, como una llama; centelleaba, se ondulaba y brillaba como agua fluyendo, reflejaba y duplicaba todos los objetos, creando una gran Fata Morgana. Allí arriba respirabas a gusto y absorbías seguridad y ligereza de corazón. En las tierras altas te despertabas por la mañana y pensabas: «Estoy donde debo estar».
La montaña de Ngong se extiende, como una larga cordillera, de norte a sur y está coronada por cuatro majestuosos picos que, como olas inmóviles azul oscuro, se recortan contra el cielo. Tiene una altura de ocho mil pies sobre el nivel del mar y al este dos mil pies sobre la tierra que le rodea; pero hacia el oeste la vertiente es más profunda y empinada: las colinas bajan verticalmente hacia el valle de la Falla Grande.
El viento en las tierras altas soplaba de modo continuo de norte a nordeste. Es el mismo viento que por las costas de África y Arabia llaman el Monzón, el viento del este, que era el caballo favorito del rey Salomón. Allí arriba se sentía simplemente la resistencia del aire, como la tierra al lanzarse hacia delante en el espacio. El viento corría directamente contra las colinas de Ngong y sus laderas ofrecían un lugar ideal para los planeadores, que podían ser levantados por las corrientes por encima de la montaña. Las nubes, que viajaban con el viento, chocaban contra las laderas de la colina, quedaban colgadas o eran atrapadas en la cima y rompían en lluvia. Pero las que iban más altas y evitaban el escollo se disolvían hacia el oeste, sobre el ardiente desierto del valle de la Falla. Muchas veces he seguido desde mi casa el avance de esas maravillosas procesiones, admirando sus orgullosas masas flotantes, que en seguida pasaban las colinas, se perdían en el aire azul y desaparecían.
Las colinas, vistas desde la granja, cambiaban de aspecto muchas veces durante el día, en ocasiones parecían muy cercanas y otras muy lejanas. Por la tarde, al oscurecer, parecía al principio como si en el cielo se hubiera dibujado una delgada línea plateada siguiendo la silueta de la montaña ensombrecida; luego, al caer la noche, los cuatro picos parecían planos y alisados, como si la montaña se hubiera extendido y estirado.
Desde las colinas de Ngong se tiene una vista única: hacia el sur se extienden las vastas llanuras del gran cazadero que llegan hasta el Kilimanjaro; hacia el este y hacia el norte la región que es como un parque, de colinas bajas con bosques detrás, y el terreno ondulante de la reserva kikuyu, que llega hasta el monte Kenya, a cien millas de distancia —un mosaico de pequeños campos de maíz cuadrados, huertos de plátanos y pastos, el humo azul aquí y allá de una aldea nativa, como un pequeño grupo de toperas puntiagudas—. Pero hacia el oeste, muy abajo, yace el seco y lunar paisaje de las tierras bajas africanas. El desierto pardo está irregularmente moteado por pequeñas matas de arbustos espinosos, los serpenteantes lechos de los ríos siguen el trazo de tortuosas sendas de color verde oscuro; ésos son los bosques de las poderosas mimosas con sus grandes ramas, con espinas como púas; allí crecen los cactus y es el hogar de la jirafa y el rinoceronte.
Cuando se penetra en la región de las colinas se da una cuenta de que es tremendamente grande, misteriosa y pintoresca; variada, con sus largos valles, matorrales, verdes laderas y peñascos escarpados. A gran altura, bajo uno de los picos, hay incluso un bosquecillo de bambúes. Hay manantiales y pozos en las colinas; he acampado allá arriba junto a ellos.
En mi época en las colinas de Ngong vivían el búfalo, el alce africano y el rinoceronte —los nativos más viejos recordaban un tiempo en que había elefantes—; y siempre lamenté que la montaña entera de Ngong no estuviera dentro de la Reserva. Sólo una pequeña parte estaba dentro de ella y el faro del pico del sur señalaba su límite. Al prosperar la colonia y convertirse Nairobi, la capital, en una ciudad grande, las colinas de Ngong podrían haber sido un cazadero sin par. Pero durante mis últimos años en África muchos de los jóvenes que trabajaban en el comercio de Nairobi venían hasta las colinas los domingos en motocicleta y disparaban contra todo lo que veían, y supongo que la caza mayor se habrá ido de las colinas, más hacia el sur, a través de los matorrales y el terreno pedregoso.
Se caminaba fácilmente por las colinas y hasta por los cuatro picos; la hierba era tan corta como la de un prado y entre ella aparecían de vez en cuando piedras grises. A lo largo de la cordillera, subiendo y bajando los picos, como un tren de cremallera suavemente empinado, había un estrecho sendero de caza. Una mañana, cuando estaba acampada, subí y recorrí el sendero y encontré huellas frescas y estiércol de una manada de alces africanos. Los grandes y pacíficos animales debieron subir hasta allí arriba al amanecer, caminando en una larga fila, y no puedo imaginarme que tuvieran otra razón más que la de mirar, flanqueados por grandes profundidades, la tierra que se extendía muy abajo.
En mi granja cultivábamos café. La tierra, sin embargo, era un poco demasiado alta para ello y resultaba muy difícil sacarlo adelante; nunca nos hicimos ricos con el cafetal. Pero un cafetal es algo que se apodera de ti y no te suelta, y siempre hay algo que hacer: por lo general siempre estás atrasada en el trabajo.
En la fragosidad e irregularidad de la región, un trozo de tierra cultivado y cuidado según las reglas parecía muy hermoso. Más tarde, cuando volé sobre África y me familiaricé con el aspecto que ofrecía mi granja desde el aire, empecé a admirar mi cafetal, que resplandecía de un verde brillante en medio del gris verdoso de las tierras que lo rodeaban, y me di cuenta de cuánto necesitan las mentes humanas de las figuras geométricas. Toda la zona de Nairobi, especialmente el norte de la población, está dividida de la misma forma y allí vive una gente que piensa y habla constantemente de plantar, podar o recolectar café, y que durante la noche, en la cama, continúa meditando sobre cómo mejorar sus cafetales.
Cultivar café es trabajo que requiere mucha paciencia. No se parece en absoluto al que te imaginabas cuando joven y llena de esperanza cogías tus cajas de relucientes esquejes de café del vivero, bajo una lluvia torrencial, y veías cómo los trabajadores de la granja ponían las plantas en hileras regulares de agujeros en la tierra húmeda y luego las protegían del sol con ramas arrancadas de los arbustos, porque la oscuridad es privilegio de lo que es joven. En cuatro o cinco años los árboles comienzan a dar frutos, pero entre tanto hay sequías, enfermedades y crecen tenaces semillas de maleza nativa —black jack—, cuyas largas y ásperas vainas se pegan a tus ropas y a tus medias. Algunos de los árboles, mal plantados, con sus raíces primarias retorcidas; morirán al empezar a florecer. Se plantan poco más de seiscientos árboles por acre; y yo tenía seiscientos acres de tierra con café; pacientemente mis bueyes arrastraban las escarbadoras por los campos, arriba y abajo, entre las hileras de árboles, muchos miles de millas, esperando una futura recompensa.
Hay momentos de gran belleza en un cafetal. Cuando florecía la plantación, al principio de las lluvias, había una visión radiante, como una nube de tiza en la neblina y la llovizna, en seiscientos acres de tierra. La flor del café tiene un delicado aroma, ligeramente amargo, como la flor del endrino. Cuando los frutos maduros enrojecían el campo, todas las mujeres y niños, a los que denominaban totos, eran llamados para recoger café de las plantas, junto con los hombres; luego los carros y carretas llevaban el café hasta la factoría cercana al río. Nuestra maquinaria nunca fue muy buena, pero nosotros proyectamos y construimos la factoría y la apreciábamos mucho.
Una vez la factoría se quemó y tuvimos que reconstruirla. El gran secador de café daba vueltas y vueltas, haciendo sonar los granos en sus tripas de hierro como si fueran guijas que el mar lava en sus orillas. A veces el café se secaba en plena noche y entonces había que sacarlo del secador. Era un hermoso momento, con las linternas encendidas en la grande y sombría sala de la fábrica, llena por todas partes de telarañas y cáscaras de café, y los impacientes y relucientes rostros oscuros, a la luz de las lámparas alrededor del secador; sentías como si la factoría estuviera suspendida en la gran noche africana como una joya resplandeciente en la oreja de un etíope. Después el café era descascarillado, clasificado y seleccionado a mano, y luego empaquetado en sacos cosidos con una aguja de talabartero.
Al final, a primera hora de la mañana, cuando todavía estaba oscuro y yo aún no me había levantado, oía los carros cargados hasta los topes de sacos de café, doce una tonelada, con dieciséis bueyes por carro, que iniciaban su camino hacia la estación de ferrocarril de Nairobi, subiendo la larga cuesta de la factoría entre gritos y matraqueo, y a los carreteros que corrían junto a los carros. Me gustaba pensar que ésa era la única cuesta que iban a encontrar en su camino porque la granja estaba mil pies más alta que la ciudad de Nairobi. Por la tarde salía a encontrarme con la procesión que volvía: los agotados bueyes, con la cabeza baja, tiraban de los carros vacíos, guiados por un pequeño y agotado toro, y los cansados carreteros arrastraban su látigo por el polvo de la carretera. No podíamos hacer más. El café estaría navegando por el mar en uno o dos días y lo único que podíamos hacer era esperar a tener buena suerte en las grandes subastas de Londres.
Tenía seis mil acres de tierra y, por tanto, mucho terreno sobrante, además del cafetal. Parte de la granja era bosque nativo y unos mil acres tierras de aparceros, a los que llamaban shambas. Los aparceros eran nativos que, con sus familias, tenían unos cuantos acres en la granja de un hombre blanco y a cambio trabajaban para él un cierto número de días al año. Me parece que mis aparceros veían la relación de una manera diferente, porque muchos habían nacido en la granja, al igual que sus padres, y muy probablemente me consideraban una especie de aparcera superior asentada en sus propiedades. La tierra de los aparceros tenía más vida que el resto de la granja y cambiaba con las estaciones del año. El maíz sobresalía sobre tu cabeza cuando ibas caminando por los estrechos senderos endurecidos por los pasos, entre los altos, verdes y susurrantes regimientos, y luego se cortaba. Las mujeres recogían y desgranaban las alubias que maduraban en los campos, juntaban los tallos y vainas y los quemaban, así que, en determinadas estaciones, en la granja se elevaban delgadas columnas de humo azul. Los kikuyus también cultivaban boniatos, de hojas parecidas a las de la viña, que se extendían por el suelo como una tupida y complicada estera, y calabazas grandes de diversos tipos moteadas de amarillo y verde.
Al entrar en las shambas de los kikuyus lo primero que te llamaba la atención era el trasero de una anciana rastrillando el suelo, como el cuadro de un avestruz que esconde su cabeza en la arena. Cada familia kikuyu tiene varias cabañas pequeñas, redondas y puntiagudas, y otras que sirven de almacén; el espacio entre las cabañas está lleno de vida y su suelo es duro como el cemento; allí se muele el maíz, se ordeñan las cabras y corren los niños y las gallinas. Solía cazar faisanes con espolones en los campos de boniato en torno a las cabañas, a la luz azulada del crepúsculo, y las palomas torcaces zureaban su sonora canción en los árboles de troncos altos y floqueados, restos que aún quedaban en las shambas de los bosques que una vez cubrieron toda la granja.
Tenía, además, dos mil acres de pradera en la granja. Las altas hierbas corrían y huían como las olas del mar azotadas por el viento y los pastorcillos kikuyus apacentaban las vacas de sus padres. En las estaciones frías llevaban consigo carbones encendidos en cestitas de mimbre, lo que a veces provocaba grandes incendios que eran desastrosos para el pastoreo en la granja. En los años de sequía las cebras y los alces bajaban hasta los prados de la granja.
Nairobi era nuestra ciudad, a doce millas de distancia, allá abajo en una porción de tierra llana entre colinas. Allí estaba la casa del Gobierno y las grandes oficinas centrales; desde allí se gobernaba el país.
Es imposible que una ciudad no desempeñe un papel en tu vida, no importa lo bueno o lo malo que puedas decir de ella, tu espíritu se siente atraído por la ley mental de la gravitación. La luminosa calina del cielo sobre la ciudad por la noche, que se veía desde algunos lugares de mi granja, me hacía pensar y me recordaba las grandes ciudades de Europa.
Cuando llegué por primera vez a África no había coches en el país y teníamos que cabalgar hasta Nairobi o íbamos en un carro arrastrado por seis mulas, que dejábamos luego en los establos de The Highland Transport. Durante toda mi época Nairobi fue una ciudad variopinta, con unos cuantos nuevos y espléndidos edificios de piedra y zonas enteras de viejas tiendas, oficinas y bungalows construidos de chapa ondulada, con hileras de eucaliptus, en calles desnudas y polvorientas. Las oficinas del Alto Tribunal, el Departamento de Asuntos Nativos y el Departamento Veterinario estaban instalados de cualquier manera: sentía un gran respeto hacia aquellos funcionarios gubernamentales capaces de trabajar en unas habitaciones asfixiantes y oscuras como un pozo. A pesar de todo Nairobi era una ciudad donde podías hacer compras, enterarte de noticias, almorzar o cenar en los hoteles y bailar en el club. Un lugar animado que se movía como agua fluyendo y crecía como algo joven, que cambiaba de año en año, mientras estabas fuera en un safari. La nueva casa del Gobierno estaba ya construida y era un edificio majestuoso y fresco, con un espléndido salón de baile y un bonito jardín; se levantaban grandes hoteles, se celebraban grandes e impresionantes exposiciones agrícolas y florales, y nuestra Quasi Gente Bien de la colonia de vez en cuando animaba la ciudad con trifulcas de melodrama ligero. Nairobi te decía: Aprovéchate lo que puedas de mí y del tiempo. «Wir kommen nie wieder so jung», tan indisciplinada y rapaz, «zusammen». Por lo general, Nairobi y yo nos entendíamos muy bien y una vez en que iba conduciendo por la ciudad pensé: «El mundo no existiría sin las calles de Nairobi».
Los barrios de los nativos y de los emigrantes de color eran muy grandes en comparación con la ciudad europea.
La ciudad Swaheli, en la carretera al Club Muthaiga, gozaba de dudosa reputación; era un lugar animado, sucio y chillón, en donde a cualquier hora ocurrían cosas. Estaba construida fundamentalmente con latas viejas de parafina aplanadas a martillazos y en diversos grados de oxidación, como el coral, de cuya estructura fosilizada el espíritu de la civilización avanzada se aleja continuamente.
La ciudad Somalí estaba más lejos de Nairobi debido, supongo, al sistema somalí de aislamiento de sus mujeres. En mis tiempos había unas cuantas muchachas somalíes, jóvenes y hermosas, cuyos nombres conocía todo el mundo, que se fueron a vivir al Bazaar y le tomaban el pelo a la policía de Nairobi; eran inteligentes y cautivadoras. Pero a las mujeres somalíes honradas nunca se las veía en la ciudad. La ciudad Somalí estaba expuesta a todos los vientos, sin sombra y con polvo, y a los somalíes les debía recordar sus desiertos nativos. Los europeos, que viven durante mucho tiempo, generaciones incluso, en el mismo sitio, no pueden acostumbrarse a la completa indiferencia ante lo que les rodea que caracteriza a las razas nómadas. Las casas somalíes estaban diseminadas irregularmente por el terreno desnudo y parecía como si hubieran sido sujetas por clavos de cuatro pulgadas para que duraran una semana. Lo que resultaba sorprendente es que cuando entrabas en ellas te encontrabas con interiores ordenados y frescos, perfumados con inciensos árabes, con preciosas alfombras y tapices, vasijas de bronce y de plata, y espadas con empuñaduras de marfil y nobles hojas. Las mujeres somalíes poseían unos modales dignos y corteses, eran hospitalarias y alegres, con una risa que sonaba como campanillas de plata. Me sentía a gusto en su aldea somalí gracias a mi criado somalí, Farah Aden, que estuvo conmigo durante toda mi época africana, y asistí a muchas de sus fiestas. Una boda somalí es una soberbia celebración tradicional. Como invitada de honor me llevaban a la habitación de la novia, de cuyas paredes y lecho nupcial colgaban antiguos tejidos resplandecientes y bordados, en medio de los cuales se veía a la muchacha de oscuros ojos, derecha como el bastón de un mariscal, vestida con pesadas sedas, oro y ámbar.
Los somalíes eran tratantes de ganado y comerciaban por todo el país. Para el transporte de las mercancías empleaban burritos grises y a veces camellos, que eran altivos, endurecidos productos del desierto, más allá de los sufrimientos terrenales, como los cactus y los somalíes.
Las terribles disputas tribales perjudicaban mucho a los somalíes. En este aspecto sentían y razonaban de un modo distinto al resto de la gente. Farah pertenecía a la tribu Habr Yunis, así que personalmente, cuando había una riña, me ponía de su parte. Una vez hubo una verdadera batalla entre las dos tribus de Dulba Hantis y Habr Chaolo, con disparos e incendios, y murieron diez o doce personas antes de que pudiera intervenir el Gobierno. Farah tenía un joven amigo de su propia tribu, llamado Sayid, muy simpático, que solía venir por la granja, así que me apenó cuando me contaron los sirvientes que estaba de visita en una casa de los Habr Chaolo cuando un miembro iracundo de los Dulba Hantis disparó dos tiros al azar a través del muro de la casa, rompiendo la pierna del muchacho. Le dije a Farah que sentía la desgracia de su amigo.
—¿Qué? ¿Sayid? —exclamó con vehemencia—. Se lo merecía. ¿Quién le mandó ir a tomar el té a casa de un Habr Chaolo?
Los indios de Nairobi dominaban el gran barrio nativo del Bazaar y sus grandes mercaderes poseían pequeñas villas en las afueras de la ciudad: Jevanjee, Suleiman Virjee, Allidina Visram. Les encantaban las escaleras de piedra labrada, las balaustradas y los jarrones, no muy bien tallados en la blanda piedra del país —como las construcciones que hacen los niños con piezas de color rosa—. Daban té en sus jardines, con pastelillos indios al estilo de las villas, y eran gente astuta, viajada y sumamente cortés. Pero los indios de África son comerciantes tan codiciosos que una nunca sabía si estaba frente a un ser humano o ante el cerebro de una firma comercial. Estuve en la casa de Suleiman Virjee y cuando una vez vi la bandera a media asta sobre su complejo comercial, le pregunté a Farah:
—¿Ha muerto Suleiman Virjee?
—Muerto a medias —dijo Farah.
—¿Ponen las banderas a media asta cuando uno está medio muerto?
—Suleiman ha muerto —dijo Farah—. Virjee está vivo.
Antes de hacerme cargo de la dirección de la granja me gustaba mucho cazar y participé en numerosos safaris. Pero en cuanto me convertí en granjera, guardé mis rifles.
Los masai, la nación nómada y ganadera, eran vecinos de la granja y vivían al otro lado del río; de vez en cuando alguno venía a casa a quejarse de que un león mataba sus vacas y me pedía que lo cazara; lo hacía, si podía. Algunos sábados seguida de una alegre comitiva de jóvenes kikuyus, iba también a las llanuras de Orungui a cazar una o dos cebras para que las comieran mis jornaleros. Mataba pájaros en la granja, faisanes con espolones y gallinas de Guinea, que eran una excelente comida. Pero durante muchos años dejé las expediciones de caza.
Sin embargo, con frecuencia en la granja hablábamos de los safaris que habíamos hecho. Los lugares de las acampadas se fijan en tu mente como si hubieras vivido durante mucho tiempo en ellos. Recordabas la huella de una curva de tu carro en la hierba de la pradera como los rasgos de un amigo.
En los safaris había visto una manada de búfalos, ciento veintinueve, que emergían de la niebla matinal bajo un cielo cobrizo, de uno en uno, como si aquellos oscuros y enormes animales, como de hierro, con sus poderosos cuernos que se balanceaban horizontalmente no se acercaran, sino que se fueran creando ante mis ojos y desaparecieran a medida que quedaban terminados. Vi a una manada de elefantes que viajaba por el espeso bosque nativo, donde la luz solar se derrama entre las espesas trepadoras formando manchitas y franjas, y que caminaban pausadamente como si tuvieran una cita al fin del mundo. Era, en tamaño gigantesco, como el reborde de una viejísima e infinitamente preciosa alfombra persa, con matices de verde, amarillo y negro amarronado. Muchas veces a través de las palmeras vi el paso de las jirafas con su curiosa e inimitable gracia vegetal, como si no fuera una manada de animales, sino una familia de flores enormes, raras, de tallos largos y moteados, que avanzara lentamente. Había seguido a dos
