ESTUCHE HAN KANG: Contiene Imposible decir adiós | Actos humanos

Han Kang

Fragmento

cap-1

 

—Parece que va a llover… ¿Y si llueve de verdad? —murmuras entornando los ojos y observando los ginkgos delante del edificio del Gobierno Provincial, como si de pronto fuera a aparecer la silueta del viento entre las ramas que se agitan, como si las gotas de lluvia fueran a salir expelidas de los resquicios del aire para quedar flotando en la atmósfera como brillantes gemas cristalinas.

Pruebas a abrir mucho los ojos, pero los contornos de los árboles se ven más borrosos que cuando los mirabas con los ojos entornados. «¿Tendré que ir a que me hagan unas gafas?», piensas, y recuerdas la cara congestionada de tu hermano mayor, con sus gafas de pasta de color marrón y montura cuadrada, pero enseguida la imagen se vuelve opaca y es tapada por los gritos y aplausos que provienen del lado de la fuente. Tu hermano te había contado que en verano las gafas se le resbalaban de la nariz todo el tiempo y que en invierno se empañaban los cristales en los lugares cerrados y no podía ver nada. ¿No habría alguna forma de evitar que la vista empeore para no tener que usarlas?

—Hazme caso, te lo pido por favor. ¡Vámonos a casa ahora mismo!

Agitas la cabeza para sacudirte la voz enfadada de tu hermano. Por los altavoces instalados delante de la fuente se oye la voz aguda y retumbante de una joven que ha tomado el micrófono. Desde los escalones del polideportivo donde estás sentado no se ve la fuente. Para ver el homenaje fúnebre, aunque sea de lejos, tendrías que ponerte de pie y dar la vuelta al edificio por la derecha. En lugar de eso, prestas atención a la voz de la mujer.

—¡Amigos, están llegando los cuerpos de nuestros conciudadanos que estaban en el Hospital de la Cruz Roja!

Dirigidos por ella, todos comienzan a entonar el himno nacional. Las voces superpuestas de miles de personas forman una torre que llega hasta el cielo y que tapa por completo la de la mujer. Tú también tarareas en voz baja la música, que, después de alzarse grávida y contundente hasta el clímax, desciende con determinación.

¿Cuántos cuerpos habrán llegado del Hospital de la Cruz Roja? Cuando se lo has preguntado a Jinsu esta mañana, te ha contestado con parquedad que unos treinta. Mientras el estribillo de la solemne canción vuelve a elevarse como una torre interminable para precipitarse a continuación, treinta ataúdes serán descargados uno a uno del camión y serán puestos al lado de los veintiocho que tú y tus compañeros habéis trasladado esta mañana desde el polideportivo hasta la fuente.

Veintiséis de los ochenta y tres ataúdes que estaban en este edificio no habían recibido todavía el homenaje colectivo, pero ayer por la tarde vinieron dos familias y reconocieron dos cuerpos, por lo que fueron depositados en féretros a toda prisa y finalmente terminaron siendo veintiocho ataúdes. Tú anotaste en el libro de registro sus nombres y los números de los féretros, uniendo con un gran corchete todo el grupo de la lista bajo el encabezamiento «Homenaje fúnebre n.º 3». Lo hiciste así porque Jinsu te dijo que había que ser muy concienzudo con las anotaciones, no fuera a ser que el mismo ataúd recibiera dos veces el acto de homenaje.

—En cualquier momento puede venir alguien, así que quédate aquí.

Eso fue lo que te dijeron antes de irse todos al acto, dejándote solo por ser el de menor edad. Los familiares, que habían velado los cuerpos durante noches, se pusieron una cinta negra en el lado izquierdo del pecho y salieron andando pesadamente detrás de los ataúdes como muñecos de trapo rellenos de arena. Eunsuk fue la última en marcharse y te sonrió, mostrando ligeramente sus dientes irregulares, cuando le dijiste que no se preocupara, que se fuera de una vez. Como le sobresalían los dientes, cuando se sentía turbada o culpable y esbozaba una sonrisa incómoda su expresión se tornaba juguetona.

—Iré solo a ver el principio y enseguida volveré —dijo antes de marcharse.

En cuanto te quedaste solo, te sentaste en los escalones de entrada del edificio y pusiste sobre tus rodillas el libro de registro con tapas de cartón negro. Sentiste el frío del escalón de cemento a través del delgado pantalón de gimnasia azul claro, así que te abrochaste hasta el cuello la camisa militar y te cruzaste de brazos con firmeza.

Rosas de Sharon, tres mil millas de espléndidas montañas y ríos…

De repente dejas de tararear el himno. Al llegar a la parte de «espléndidas montañas y ríos», recuerdas el ideograma de «espléndidas» que memorizaste en la clase de escritura china. Ese ideograma, que ya no sabes si podrías escribir correctamente, estaba compuesto por numerosos trazos que querían decir «flores hermosas». ¿Significaba entonces que eran montañas y ríos con flores espléndidas o que eran montañas y ríos espléndidos como una flor? Sobre el recuerdo del ideograma se superponen las malvarrosas que en verano crecen más altas que tú en el patio de tu casa. Largos y rectos tallos que florecen en lo alto como platos de paño blanco… Quieres acordarte mejor de ellas y cierras los ojos. Al abrirlos un poco, los ginkgos que están delante del Gobierno Provincial siguen agitándose al viento. Ni una sola gota de lluvia ha saltado todavía de los resquicios del viento.

*

Ya se ha acabado el himno, pero parece que no han terminado de retirar los ataúdes. Se oye vagamente a alguien que solloza a viva voz en medio del sordo runrún de la multitud. Quizá para ganar tiempo, la mujer del micrófono propone que ahora canten todos el «Arirang».

El amado que se ha ido, abandonándote,

enfermará de los pies antes de caminar diez millas…

—Guardemos un minuto de silencio por las almas de los que se han ido —dice la mujer del micrófono en cuanto el llanto enmudece.

En el instante en que el rumor de los miles de personas reunidas se acalla de golpe te sorprendes de la calma que reinaba a tu alrededor y que ahora se hace evidente. En lugar de sumarte al minuto de silencio, te levantas con el libro de registro bajo el brazo y subes los escalones hacia la puerta del edificio, que está entreabierta. Sacas una mascarilla del bolsillo y te la pones.

«Las velas no sirven de nada», piensas al entrar en el polideportivo aguantando las náuseas que te provoca el fuerte hedor. Como el cielo está nublado, dentro parece que ya hubiera anochecido. Cerca de la entrada están alineados en orden los ataúdes que ya han recibido el homenaje fúnebre; y debajo del gran ventanal hay treinta y dos cuerpos cubiertos con sábanas blancas que todavía no han sido reclamados por ningún familiar. Junto a sus rostros se queman lentamente las velas, sostenidas por botellas de gaseosa vacías.

Caminas hasta el fondo del pabellón. Se ven las siluetas alargadas de los cuerpos tendidos en un rincón. Están cubiertos hasta la cabeza con sábanas blancas y sus rostros se muestran un instante solo a las personas que están buscando a mujeres jóvenes o niños, pues los cuerpos están cruelmente destrozados.

El que está en peor estado es el ubicado al fondo y en el último lugar. Cuando lo viste por primera vez, era el cuerpo de una muchacha de complexión pequeña y de alrededor de veinte años, pero se ha hinchado al irse descomponiendo y ahora tiene el tamaño de un varón adulto. Cada vez que levantas la sábana para mostrarla a quienes están buscando a su hija o a su hermana te sorprendes de lo rápido que se está corrompiendo. La frente, el ojo y el pómulo izquierdos, el mentón, el lado izquierdo de su pecho desnudo y la cintura presentan heridas cortantes hechas con una bayoneta. El lado derecho del cráneo está hundido como si hubiera recibido un bastonazo, y el cerebro está a la vista. Estas lesiones visibles fueron las que comenzaron a corromperse primero y las siguieron los cardenales del torso. Los dedos de los pies, cuyas uñas lleva pintadas con esmalte transparente, estaban intactos porque no habían sido lastimados, pero con el tiempo se han vuelto gruesos y oscuros como el jengibre. Lleva una falda plisada y con lunares que al principio le llegaba hasta los tobillos, pero ya no alcanza a taparle las rodillas hinchadas.

Caminas hacia la entrada del pabellón y, tras sacar algunas velas nuevas de la caja que está debajo de la mesa, te diriges otra vez a la mujer del fondo. Acercas la mecha de la nueva vela al pabilo mortecino que arde cerca de su cabeza. Al prenderse la mecha de algodón, apagas de un soplo el cabo de la vela gastada, lo quitas con cuidado de la botella para no quemarte y colocas en su lugar el nuevo cirio.

Te quedas un rato inclinado con el cabo de la vela todavía caliente en la mano. Observas la llama de la vela mientras aguantas como puedes el hedor cadavérico, temiendo que te estalle la nariz. La zona externa de la llama de un tono claro, que dicen que quema el mal olor, arde temblando con fuerza. La interna, de color naranja, ondea tibiamente subyugando la vista. Todavía más adentro puedes ver la llama azulada que rodea la mecha y palpita con la forma de un corazón minúsculo o de la semilla de una manzana.

Incapaz de seguir aguantando el olor, te enderezas. Al dar una vuelta por la sala ensombrecida te parece que las llamas oscilantes de las velas junto a la cabecera de los muertos te observan como pupilas silenciosas.

«¿Adónde irán las almas cuando se mueren los cuerpos? —piensas de pronto—. ¿Cuánto tiempo se quedarán junto a él?».

Después de asegurarte de que no hay más velas que cambiar, te diriges hacia la puerta.

«Cuando una persona viva observa el cuerpo de un muerto, ¿estará también al lado el alma de este último observando su propio cuerpo?».

Echas un último vistazo antes de salir del polideportivo. No se ven las almas por ningún lado. Solo están los cuerpos tendidos en silencio y el terrible hedor cadavérico.

*

Al principio todas esas personas estaban tendidas en el pasillo de la sala de atención al público del edificio del Gobierno Provincial. Te quedaste mirando en silencio cómo una chica algo mayor que tú, vestida con el uniforme de verano de solapas anchas del instituto femenino Speer, y otra chica de edad parecida limpiaban con un trapo húmedo los rostros cubiertos de sangre y trataban de extender a la fuerza los brazos contraídos de los cadáveres para pegárselos al cuerpo.

—¿Qué haces aquí? —te preguntó la chica de uniforme, bajándose la mascarilla hasta el mentón.

Tenía unos ojos redondos y saltones muy graciosos y llevaba el pelo recogido en dos trenzas de las que se le escapaban abundantes cabellos rizados; estos se le pegaban a la frente y las sienes por el sudor.

—Estoy buscando a un amigo —le respondiste, bajando la mano con la que te tapabas la nariz para no oler la sangre.

—¿Has quedado en encontrarte aquí con él?

—No, quería ver si estaba entre estas personas…

—Búscalo, entonces.

Examinaste sistemáticamente las caras y los cuerpos de la veintena de personas que estaban tendidas a ambos lados del pasillo. Habrías debido mirarlas con atención para cerciorarte, pero era imposible fijar la vista mucho tiempo y parpadeabas todo el rato.

—¿No está? —te preguntó, enderezándose, la joven que llevaba una camisa verde limón arremangada hasta los codos.

Habías imaginado que era de la misma edad que la chica de uniforme, pero al verle la cara cuando se bajó la mascarilla supiste que debía de tener más de veinte años. Su piel era pálida y amarillenta, y el cuello muy delgado, lo que le daba un aspecto frágil, pero tenía una mirada dura y su voz también era firme.

—No está aquí…

—¿Has ido a los hospitales de la Universidad de Jeolla y de la Cruz Roja?

—Sí.

—¿Dónde están sus padres? ¿Por qué lo estás buscando tú?

—Solo tiene a su padre, pero está en Daejon. Él vive con su hermana mayor en un cuarto alquilado de mi casa.

—Todavía no se puede llamar fuera de la ciudad, ¿verdad?

—No, no se puede, y eso que lo he intentado varias veces.

—¿Y dónde está la hermana de tu amigo?

—Ella no volvió a casa el domingo, por eso mi amigo y yo salimos a buscarla. Un vecino me dijo que ayer, cuando los soldados estuvieron disparando cerca de aquí, vio que una bala alcanzaba a mi amigo.

Sin levantar la cabeza de su tarea, la chica de uniforme escolar se metió en la conversación:

—¿No estará en el hospital, entre los heridos?

—No, se hubiera puesto en contacto conmigo, sabiendo que estaríamos muy preocupados —respondes tú, sacudiendo la cabeza.

—Entonces vuelve dentro de unos días. Dicen que van a traer todos los cuerpos aquí porque los muertos en el tiroteo son tantos que en las morgues de los hospitales ya no queda sitio —le sugirió la joven de camisa verde limón.

La chica de uniforme acabó de limpiarle la cara a un joven al que le habían rajado la garganta con una bayoneta dejándole la nuez de Adán al descubierto, y luego le cerró los ojos, que tenía muy abiertos, presionando los párpados con la palma de la mano. A continuación, lavó el trapo en una palangana y lo escurrió con fuerza. Cayó un chorro de agua sanguinolenta que salpicó fuera del recipiente. La joven de camisa verde limón se irguió cogiendo la palangana y te dijo:

—¿Tienes tiempo? ¿Podrías ayudarnos, solo por hoy? Nos hace falta gente. No es difícil, el trabajo… Solo tienes que cortar trozos de ese lienzo blanco que ves allí y tapar los cadáveres. Si viene alguien para ver los cuerpos como lo has hecho tú, se los muestras levantando la tela. Tienen las caras muy dañadas, así que hay que mostrarles también la ropa que llevan y el resto del cuerpo para que puedan reconocerlos.

Desde aquel día formas un equipo con esas chicas mayores que tú. Eunsuk, tal como suponías, va al instituto de chicas Speer y está en el tercer curso. Seonju, la de la camisa verde limón arremangada, manejaba la máquina de coser en una sastrería de la calle Chungjang-ro, pero se ha quedado sin trabajo, pues los dueños se han marchado con su hijo universitario a la casa de un pariente que vive en un pueblo del interior. Ambas habían oído por los altavoces de la calle que se moría la gente porque faltaba sangre y se habían acercado al Hospital de la Universidad Jeolla para donar. Allí se habían enterado de que también hacía falta gente para trabajar en el Gobierno Provincial, donde la ciudadanía se estaba organizando por propia iniciativa, y en cuanto llegaron allí, antes de darse cuenta ya estaban encargándose de los cuerpos.

Como en la clase los pupitres se repartían por orden de altura, a ti siempre te tocaba sentarte en la primera fila. Tu voz se había tornado algo más grave y habías crecido bastante ahora que estabas en el tercer año de secundaria, pero seguías sin verte como un chico de tu edad. Cuando llegó Jinsu del centro de control, preguntó muy sorprendido al verte:

—Estás en el primer año de secundaria, ¿verdad? El trabajo es muy duro aquí, mejor vete a casa.

Tenía los pliegues de los párpados bien marcados y las pestañas largas y bonitas como las de una muchacha. Estudiaba en una universidad de Seúl, pero había venido a Gwangju al decretarse la suspensión de las clases.

—No, estoy en el tercer año. Y el trabajo no me parece duro —respondiste.

Y era cierto, tu trabajo no era duro. Seonju y Eunsuk se ocupaban de poner planchas de madera aglomerada o poliestireno en el suelo y extender una lámina de plástico para colocar encima los cadáveres. Les limpiaban la cara y el cuello con una toalla húmeda, les peinaban los cabellos enmarañados con un peine fino y los envolvían con el plástico para evitar que despidieran olor. Mientras tanto, tú anotabas en el libro de registro el sexo, la edad aproximada, la clase de vestimenta y calzado que llevaban y les asignabas un número. A continuación, escribías el mismo número en un trozo de papel basto y lo fijabas a la ropa de los cuerpos con un imperdible a la altura del pecho. Luego los cubrías hasta el cuello con telas blancas de algodón y, con la ayuda de tus compañeras, empujabas el cuerpo hacia la pared. Como si fuera la persona más ocupada de todo el edificio, Jinsu venía corriendo a buscarte varias veces al día para copiar en grandes carteles los datos identificativos que habías anotado y pegarlos en la puerta de entrada del Gobierno Provincial. A los familiares que entraban después de leer esos carteles o de enterarse por otros medios les mostrabas los cuerpos alzando los lienzos blancos. Si identificaban a alguno de los muertos, te retirabas un poco para darles tiempo a llorar y gemir sobre el cuerpo. Luego los familiares tapaban con algodón los orificios nasales y los oídos de aquel cuerpo que había sido atendido mínimamente para que no se viera tan horrible, y lo vestían con ropa limpia y en buen estado. Después de amortajarlo de aquella manera simple y depositarlo en un ataúd, el cuerpo era trasladado al polideportivo, dato que también te encargabas de anotar en el libro de registro.

En todo aquel proceso había algo que no podías entender, y era que los deudos cantaran el himno nacional en la breve ceremonia fúnebre que se les dispensaba a los cuerpos una vez que eran depositados en los ataúdes. También te parecía extraño que extendieran la bandera nacional sobre los féretros y la dejaran bien asegurada con cuerdas.

—¿Por qué les cantan el himno nacional a esas personas que mataron los militares? ¿Por qué las envuelven con la bandera, como si no fuera la misma patria quien las ha matado? —preguntaste con cautela.

—Los militares se amotinaron para hacerse con el poder. Tú has visto cómo apaleaban y usaban sus bayonetas contra la gente a plena luz del día, ¿no? Como eso no fue suficiente, dispararon sus armas. Así se les ordenó que hicieran. ¿Cómo se puede considerar patria a quienes hicieron semejante cosa? —te respondió Eunsuk, abriendo mucho los ojos.

Te sentiste confuso, como si su respuesta no se correspondiera en absoluto con la pregunta que habías hecho.

Ese día por la tarde hubo más reconocimientos de cadáveres de lo usual, por lo que se amortajaron a varios al mismo tiempo en el pasillo. Entre los sollozos de los deudos se oía, como en contrapunto, el canto del himno. Conteniendo el aliento, te fijaste en la sutil discordancia que se producía en el choque de ambos sonidos, como si eso pudiera ayudarte a comprender el significado de la palabra «patria».

*

Dos días después, tú y tus compañeras trasladasteis algunos cuerpos que hedían demasiado al patio que está detrás de la sala de atención al público, pues faltaba espacio para ubicar a los muertos que seguían llegando.

—Pero ¿y si llueve? —preguntó sorprendido Jinsu, quien como siempre acababa de llegar a toda prisa del centro de control y recorría con perplejidad el pasillo lleno de cadáveres y con apenas sitio para poner los pies.

—No hay otro remedio, pues aquí ya no queda espacio. ¿Qué hacemos si por la noche traen más cuerpos? ¿Cómo está la situación en el polideportivo? ¿Hay sitio allí? —le preguntó Seonju, quitándose la mascarilla.

Antes de que pasara una hora, llegaron cuatro personas enviadas por Jinsu. Debían de haber estado resistiendo en algún lugar, porque llevaban rifles al hombro y se cubrían con los cascos que la policía antidisturbios había dejado abandonados. Mientras cargaban en el camión los cuerpos que ocupaban el pasillo y el patio, tú y tus compañeras recogisteis todo lo necesario y fuisteis andando hasta el polideportivo siguiendo al primer camión. Era una mañana radiante. Pasaste por debajo de los ginkgos, que aún no habían echado todas las hojas, y toqueteaste sin pensar las ramas más bajas, que casi te rozaban la frente.

Eunsuk, que iba delante, fue la primera en llegar y entrar al edificio. Cuando la alcanzaste, estaba contemplando los ataúdes que llenaban por completo el pabellón, apretando con fuerza los guantes de algodón manchados de sangre negruzca. Seonju, que iba detrás de ti, se adelantó y, atándose con un pañuelo el pelo que le caía hasta los hombros, dijo:

—No me di cuenta cuando enviábamos hacia aquí los ataúdes… Ahora que los veo todos juntos, realmente son muchísimos…

Viste a los familiares, que estaban sentados con las rodillas casi pegadas entre sí, velando a sus muertos. Sobre los ataúdes habían colocado fotos enmarcadas de los difuntos. Había un féretro que tenía en la cabecera dos botellas de Fanta de naranja. Una de ellas lucía un ramo de flores silvestres, y la otra, una vela encendida.

Esa noche le preguntaste a Jinsu si podría conseguirte una caja de velas y él te respondió asintiendo con entusiasmo:

—Claro, las velas encendidas mitigarán el mal olor.

Ya fueran telas de algodón, ataúdes de madera, papel o banderas, Jinsu anotaba en su libreta todo lo que se le pedía y lo traía antes de que terminara el día. Según Seonju, Jinsu iba a comprar todas las mañanas a los mercados Daein o Yangdong; y lo que no conseguía allí, lo encontraba recorriendo las carpinterías, funerarias y tiendas de tela de la ciudad. Todavía quedaba bastante del dinero recolectado durante las manifestaciones y, además, cuando les decía a los comerciantes que venía del Gobierno Provincial le daban todo a precio de ganga o le decían que se lo llevara sin más, de modo que no había mayores problemas para conseguir lo que hacía falta. Sin embargo, Jinsu también le había contado que se habían agotado todos los ataúdes de la ciudad y que, para salir del paso, había tenido que encargar a una carpintería que se los fabricara con planchas de madera aglomerada.

Cuando, a la mañana siguiente, Jinsu trajo cinco cajas de cincuenta velas cada una y una caja de fósforos, recorriste todos los rincones del edificio del Gobierno Provincial para reunir botellas vacías de gaseosa y usarlas como portavelas. Después de encenderlas sobre la mesa que estaba cerca de la puerta e introducirlas en las botellas, los familiares las colocaban delante de los ataúdes. Como había suficientes, se pudieron iluminar también los ataúdes que no eran velados por sus parientes y los cuerpos que todavía no habían sido identificados.

*

Todas las mañanas entraban nuevos ataúdes al polideportivo, donde habían levantado un altar fúnebre colectivo. Eran los cuerpos de las personas que habían muerto mientras eran atendidas en los hospitales. Cuando los familiares traían los féretros sobre carretillas, con las caras brillantes de sudor y lágrimas, tú te encargabas de hacerles sitio apretujando los ataúdes que habían llegado primero.

Al anochecer traían los cuerpos de las personas que habían sido tiroteadas en los enfrentamientos con el ejército en las lindes de la ciudad. Era gente que había muerto en el acto, alcanzada por proyectiles, o mientras era trasladada a los servicios de urgencias. Como acababan de morir, sus cuerpos estaban aún tan llenos de vida que Eunsuk tenía que salir corriendo a vomitar, interrumpiendo la tarea de meterles en el vientre las entrañas translúcidas, que se derramaban continuamente. Seonju sangraba con frecuencia por las fosas nasales y cada tanto tenía que echar la cabeza hacia atrás y apretarse con fuerza la mascarilla contra la nariz.

Comparado con el trabajo que hacen ellas, lo tuyo es una tarea fácil. Del mismo modo que hacías en la sala de atención al público del Gobierno Provincial, anotas en el libro de registro la fecha y la hora de llegada de los cuerpos y sus señas de identificación. Cortas los lienzos de algodón del largo adecuado con antelación y dejas los trozos de papel con sendos imperdibles clavados para poder anotar de inmediato los números que les corresponden. También te ocupas de acortar el espacio que hay entre los cuerpos de los no identificados y entre los ataúdes para hacerles sitio a los que siguen llegando. En las noches que llegan más cadáveres de lo normal, como no hay tiempo ni espacio disponible, juntas todos los ataúdes haciendo coincidir sus esquinas. Entonces te paras a contemplar a todas esas personas muertas que llenan por completo el pabellón y se te ocurre que parecen una muchedumbre que se hubiera dado cita en ese lugar para manifestarse. Con el libro de registro debajo del brazo, caminas entre esa multitud que no grita ni se mueve ni se toma de la mano, sino que simplemente despide un terrible hedor cadavérico.

*

«De verdad parece que va a llover».

Es lo que piensas cuando sales del polideportivo e inspiras profundamente. Te diriges al patio trasero para poder respirar un aire más fresco, pero te detienes en la esquina del edificio, diciéndote que no debes alejarte demasiado. Se oye la voz de un hombre joven hablando por el micrófono.

—No podemos entregar las armas y rendirnos incondicionalmente como nos ordenan. Antes tienen que devolvernos los cuerpos de nuestros conciudadanos. También tienen que liberar a los cientos de personas que se llevaron detenidas. Y, sobre todo, tienen que prometernos que darán a conocer al país lo que realmente ocurrió aquí para limpiar nuestro buen nombre. Solo entonces entregaremos las armas, ¿qué os parece?

Percibes que se ha reducido bastante el clamor de la multitud que jaleaba y aplaudía. Te acuerdas de la muchedumbre que se congregó al día siguiente de retirarse el ejército. Era un hervidero de gente y hasta había personas subidas a la azotea y a la torre del reloj del Gobierno Provincial. Salvo los espacios ocupados por los edificios, cientos de miles de personas llenaban las calles libres de vehículos y se agitaban como una ola gigantesca. Entonaron el himno nacional como si erigieran una torre infinita de miles de pisos de altura y sus aplausos parecían miles de petardos explotando en cadena. Ayer oíste lo que le decía Jinsu a Seonju con expresión seria. Corría el rumor de que si los soldados volvían a entrar en la ciudad matarían a la gente congregada en las calles, y debido al miedo la multitud estaba disminuyendo rápidamente. «Tal como están las cosas, tendríamos que ser muchos más para que los soldados no pudieran entrar como se les antoje. Me da mala espina. Cada vez hay más ataúdes, pero la gente sale cada vez menos de sus casas».

—Conciudadanos, ha corrido demasiada sangre. ¿Cómo hacer tabla rasa de toda esa sangre derramada? ¡Las almas de los que se fueron nos están mirando con los ojos bien abiertos!

La voz del hombre del micrófono se desgarra al final de la frase. Tanto oír la palabra «sangre» te sofoca y abres la boca para inspirar profundamente.

«Las almas no tienen cuerpo, ¿cómo van a mirarnos con los ojos abiertos?», piensas mientras te acuerdas de cuando falleció tu abuela materna el invierno pasado. Un resfriado leve que contrajo se convirtió en pulmonía y estuvo casi dos semanas internada en el hospital. La tarde del sábado, cuando tuviste el último examen parcial en el colegio y te sentías liberado, fuiste a visitarla al hospital con tu madre. Sin embargo, el estado de salud de tu abuela había empeorado de repente, y tú y tu madre estuvisteis a su lado cuando ella exhaló el último suspiro, lo que ocurrió antes de que llegaran tu tío y su esposa, que acudieron a toda prisa en un taxi.

Cuando eras pequeño e ibas a casa de tus abuelos maternos, tu abuela —quien, hasta donde alcanza tu memoria, siempre tuvo la espalda encorvada casi en noventa grados— te decía en voz baja que la siguieras y te conducía a un cuarto en penumbra que ella usaba como despensa. Sabías que iba a abrir la alacena para sacar dulces de arroz frito y galletas hechas con frutos secos que tenía guardados para el ritual de ofrendas a los ancestros. Cuando le sonreías con todos los dientes y con los dulces en la mano, ella también te sonreía entornando los ojos. Su tránsito al otro mundo había sido tan silencioso como su carácter apacible. De pronto algo parecido a un pájaro se escapó de su rostro, del que solo se podían ver los ojos cerrados y la máscara de oxígeno. Te quedaste de pie, pasmado, contemplando su cara llena de arrugas, que se había convertido en la de un cadáver en apenas un instante, porque no sabías adónde se había ido esa avecilla.

¿Las almas de los que están en el polideportivo también habrán salido de sus cuerpos como pájaros? ¿Adónde habrán ido esas avecillas asustadas? No crees que sea a ningún lugar exótico, el paraíso o el infierno, como habías oído decir en la escuela dominical a la que fuiste hace mucho tiempo con tus amigos, durante la Pascua, para comer los huevos que repartían. Tampoco te parece que se dediquen a vagar en la niebla vestidos de blanco y con los cabellos enmarañados, como sucede en las viejas películas.

Gruesas gotas de agua comienzan a caer sobre tu cabeza, pelada al rape. Al levantar la cara, caen también sobre tus mejillas y tu frente. Un instante después se derraman convertidas en lluvia.

El hombre del micrófono grita con apremio:

—Sentaos, por favor. Todavía no ha terminado el homenaje fúnebre. Esta lluvia son las lágrimas que vierten los que se nos han adelantado en el camino de la muerte.

Las gotas de lluvia que entran por el cuello de tu chaqueta militar te provocan un escalofrío, te mojan la camiseta y se te deslizan hasta la cintura. «Las lágrimas de las almas son frías», piensas. Se te eriza la piel de los brazos y la espalda. Corres y te resguardas bajo el techo de la puerta de entrada. Las gotas de agua rebotan con fuerza en las hojas de los ginkgos que están delante del Gobierno Provincial. Acurrucado en lo alto de la escalera, piensas en la clase de biología que tuviste hace poco. Te parece de otro mundo esa quinta hora de clase en la que el sol calentaba cansino mientras estudiabas la respiración de las plantas. Escuchaste al profesor decir que los árboles realizan una única respiración al día. Hacen una larga inspiración cuando sale el sol y espiran lentamente el dióxido de carbono cuando el sol se oculta. Sobre las bocas y narices de los árboles, que hacen esa única, dilatada y paciente respiración, cae ahora la lluvia con todo su peso.

Si ese otro mundo hubiera continuado con normalidad, la semana pasada habrías tenido los primeros exámenes parciales. Como hoy sería el domingo después de los exámenes, te habrías quedado durmiendo hasta tarde y luego habrías jugado al bádminton con Jeongdae. Del mismo modo que te parece increíble todo lo ocurrido en esta semana, igualmente increíble te parece el tiempo vivido en ese otro mundo.

Ocurrió el domingo de la semana pasada, cuando saliste de casa para ir a comprar un libro de ejercicios de matemáticas en la librería que está enfrente del colegio. Te dieron miedo los soldados armados que llenaban las calles de un modo inusitado, así que fuiste por el camino que bordea el riachuelo. En sentido contrario a ti venía caminando una pareja que parecía de recién casados. Él vestía traje y llevaba en la mano la Biblia y el libro de himnos, y ella lucía un vestido. Se oyeron varios gritos muy agudos procedentes de la calle que corre más arriba y paralela al camino del riachuelo, y de pronto tres soldados que portaban fusiles y blandían bastones bajaron por la pendiente y rodearon a la joven pareja. Parecía que estaban persiguiendo a alguien y habían accedido al sendero del riachuelo por error.

—¿Qué pasa? Vamos de camino a la igle…

Antes de que el hombre terminara de hablar, viste lo que son capaces de hacer una mano, una cintura y unas piernas humanas.

—¡Por favor, no me maten! —alcanzó a exclamar el hombre, sin aliento.

Ellos siguieron apaleándolo, aunque estaba tirado en el suelo, hasta que su pie, que temblaba convulsivamente, se quedó finalmente inmóvil. No llegaste a ver lo que le pasó a la mujer, que no paraba de gritar y a la que agarraron de los cabellos, pues subiste por la pendiente a cuatro patas, castañeteando los dientes, y te metiste en la calle, donde se desarrollaba una escena todavía más inaudita.

*

Te sobresaltas y levantas la vista. Una mano te ha rozado el hombro derecho. Parece el contacto de un espíritu frágil, como si tuviera las puntas de los dedos envueltas con tiras de algodón frío.

—Dongho…

Tiene las trenzas, la chaqueta blanca y los tejanos empapados hasta el dobladillo. Es Eunsuk, que te sonríe, inclinada sobre ti.

—¿Por qué te asustas tanto? —pregunta ella.

Estás pálido y te ríes, confuso. «Pero si los espíritus no tienen manos», piensas.

—Iba a volver antes, pero como llovía me dio cosa levantarme… No quería que al ver que me iba los demás también se marcharan. Aquí todo bien, ¿no?

—No ha venido nadie —respondes tú, asintiendo con la cabeza—. Ni una sola persona.

—Más o menos lo mismo que en la fuente. Ha venido muy poca gente.

Eunsuk se sienta a tu lado, poniéndose en cuclillas. Del bolsillo de la chaqueta saca con muchos crujidos un pedazo de bizcocho y un yogur líquido.

—Nos lo repartieron las señoras de la iglesia, así que te he traído un trozo.

Te habías olvidado de que tenías hambre, pero rompes con premura el envoltorio y te llenas la boca con un enorme mordisco del bizcocho. Eunsuk abre la tapa de papel de aluminio del yogur y te lo ofrece.

—Me quedaré yo a partir de ahora, así que vete a casa y cámbiate de ropa. Parece que ya han venido todos los que tenían que venir.

—Yo casi no me he mojado, vete mejor tú a cambiarte —le respondes, masticando el bizcocho y bebiendo el yogur para no atragantarte.

—Hueles a sudor. Llevas muchos días comiendo y durmiendo aquí.

Te sonrojas. Cuando te aseas en el edificio anexo, también te lavas la cabeza. Y para que no se te pegue el olor a cadáver, todas las noches te bañas con agua fría, que te hace castañetear los dientes, pero al parecer no sirve de mucho.

—He oído en la reunión que esta noche van a entrar los soldados. Vete a tu casa y no vuelvas por aquí.

De pronto Eunsuk baja la cabeza.

Parece que el pelo le hace cosquillas en la nuca. Te quedas mirando en silencio cómo reúne con la mano los mechones mojados y se los saca del cuello de la chaqueta. En pocos días se le ha demacrado la cara regordeta y graciosa que tenía cuando la viste por primera vez. Te quedas observando sus ojos hundidos y ojerosos, y piensas: «La avecilla que se escapa del cuerpo cuando muere alguien, ¿dónde se encuentra cuando la persona está viva? ¿En el entrecejo? ¿Detrás de la cabeza, como un halo? ¿Quizá en un rincón del corazón?».

Como si no hubieras oído lo que te acaba de decir Eunsuk, te metes el último pedazo de bizcocho en la boca y respondes:

—La que tiene que cambiarse eres tú, que tienes la ropa mojada. ¿Qué importa oler un poco a sudor?

Ella saca otro yogur de su chaqueta y te lo da.

—Come despacio, que no te lo voy a quitar. Este lo había reservado para Seonju…

Lo coges con voracidad. Mientras quitas la tapa de papel de aluminio con las uñas, le sonríes a Eunsuk con todos los dientes.

*

Seonju no es de las que se te acercan sin que lo notes y posan suavemente la mano sobre tu hombro. Te llama desde lejos con voz enérgica. Al llegar a tu lado, pregunta:

—¿No ha venido nadie? ¿Has estado solo todo el tiempo?

Súbitamente te tiende un rollo de kimbap envuelto en papel de aluminio. Luego se sienta sobre los escalones junto a ti y come contigo contemplando la lluvia, que está amainando.

—¿Todavía no has encontrado a tu amigo? —Te lanza de repente la pregunta, como si nada. Cuando niegas con la cabeza, sigue diciendo—: Los soldados lo habrán enterrado en alguna parte.

Para bajar mejor el kimbap, que comes sin agua, te frotas el pecho con la palma de la mano.

—Yo estuve allí ese día. Los soldados cargaron en los camiones a la gente que estaba delante y había recibido los tiros —sigue diciendo ella.

Al darte cuenta de que va a continuar hablando a su antojo, le tapas la boca y le dices:

—Tú también estás mojada, vete a casa a cambiarte. Eunsuk ya se ha ido a ponerse ropa seca.

—¿Para qué? Si quedaremos empapados de sudor cuando nos pongamos a trabajar al caer la noche.

Ella dobla y vuelve a doblar el papel de aluminio hasta dejarlo del tamaño del dedo meñique y, presionándolo con fuerza en la mano, se queda contemplando las gotas de lluvia. Tiene una expresión de tanta serenidad y fortaleza que te dan ganas de hacerle preguntas.

Sin embargo, titubeas y no las pronuncias en voz alta. «¿De verdad morirán todos los que se queden esta noche? Si eso es lo que va a ocurrir, deberíamos marcharnos todos y dejar el edificio vacío. ¿Por qué algunos se van y otros se quedan?».

Ella arroja la bola de papel de aluminio al parterre. Se queda mirando sus manos vacías y luego se las restriega con fuerza por los ojos, las mejillas, la frente y las orejas como lavándose la cara, como si la venciera la fatiga.

—Se me cierran los ojos… Me voy a tumbar un rato en cualquier sofá mullido del edificio anexo. Así me seco un poco también. —Te sonríe mostrando sus dientes pequeños y a continuación añade, como pidiéndote disculpas—: ¿Qué le vamos a hacer? Te dejo otra vez solo haciendo penitencia…

*

Puede que Seonju tenga razón y los soldados se hayan llevado a Jeongdae en un camión y lo hayan enterrado en alguna parte. Pero también puede ser que tenga razón tu madre y lo estén curando en algún hospital y que, como todavía está inconsciente, no pueda llamar a casa. Eso fue lo que dijo tu madre ayer cuando ella y el segundo de tus hermanos mayores vinieron a buscarte y tú insististe en quedarte porque tenías que encontrar a Jeongdae.

—Hay que buscarlo en los servicios de urgencia. Vayamos juntos a los hospitales —dijo tu madre y, cogiéndote de la manga, añadió—: No te imaginas cómo me asusté cuando me dijeron que te habían visto aquí. ¡Por Dios, mira todos estos cadáveres! ¿No tienes miedo? ¡Con lo asustadizo que eres!

Esbozando una sonrisa, le respondiste:

—Lo que me da miedo son los soldados, no los muertos.

Tu hermano se puso serio y te miró enfadado. Desde pequeño había sido muy estudioso, siempre el primero de su clase, pero no le acompañó la suerte en los exámenes de ingreso a la universidad y ahora se estaba preparando para el tercer intento. Era igual que tu padre y tenía la cabeza grande y la barba espesa, por lo que parecía ya un señor cuando solo tenía veintiún años. Por el contrario, el mayor, que trabajaba en Seúl como funcionario en el grado más bajo del escalafón, tenía un rostro aniñado y era de complexión pequeña, por lo que cuando volvía a casa durante las vacaciones todos creían que era el menor.

—La unidad de élite de las fuerzas especiales que controla el estado de sitio tiene ametralladoras y tanques. ¿Te crees que no entran en la ciudad por miedo a las milicias civiles, que no tienen más que armas de la época de la guerra? Simplemente esperan el día fijado para la operación. ¡Si te quedas aquí, te matarán!

—¿Por qué me van a matar si no he hecho nada? Yo solo estoy ayudando un poco —le respondiste, retrocediendo por temor a que tu hermano te diera un coscorrón en la frente. Luego te deshiciste de un tirón de la mano de tu madre, que te aferraba el brazo, y añadiste—: No te preocupes, mamá. Voy a ayudar unos días más y luego volveré a casa. Una vez que encuentre a Jeongdae.

Les saludaste agitando la mano con incomodidad y entraste corriendo en el polideportivo.

*

El cielo, que se estaba despejando lentamente, se aclara de pronto y se vuelve deslumbrante. Te levantas y rodeas el edificio por la derecha. Contemplas la plaza vacía; la muchedumbre ya se ha dispersado. Se ven pequeños grupos de familiares vestidos con ropa blanca y negra, reunidos alrededor de la fuente. También puedes distinguir a tus compañeros, que están cargando en el camión los ataúdes de delante del estrado. Entornas los ojos por el sol y tus párpados tiemblan ligeramente tratando de reconocerlos. Enseguida el temblor se extiende a tus mejillas.

Les dijiste una cosa que no era cierta a tus compañeras la primera vez que las viste. La última persona que vio a Jeongdae en la muchedumbre no fue un vecino, sino tú mismo. Fue el día de la marcha encabezada por la carretilla que transportaba los cuerpos de los dos hombres que fueron tiroteados en la estación, el día que todos se congregaron de forma multitudinaria en la plaza, desde ancianos con sombrero y niños de doce años hasta mujeres con coloridas sombrillas. No solo lo viste, sino que incluso presenciaste cómo recibía una bala en el costado. Es más, Jeongdae y tú caminabais de la mano hacia la bulliciosa avanzada de la manifestación. Al oírse los tiros, ensordecedores, todos se dieron la vuelta y echaron a correr. «¡Son balas de fogueo! ¡No pasa nada!», gritó alguien y, en la confusión que se creó cuando algunos quisieron volver al frente de la marcha, soltaste sin querer la mano de Jeongdae. Cuando sonaron otra vez los atronadores fusiles, dejaste a tu amigo, caído en el suelo, y te alejaste corriendo. Te refugiaste junto a otros tres hombres detrás de una casa contigua a una tienda de productos electrónicos que tenía las persianas bajadas. Cuando un cuarto hombre, que parecía ser amigo de ellos, quiso acercarse, cayó de bruces al suelo con la sangre manándole a borbotones del hombro.

—¡Dios mío! ¡En la azotea! —masculló resollando el hombre calvo que estaba a tu lado—. ¡Le han disparado desde la azotea!

Sonó otro disparo procedente de la azotea del edificio contiguo. Una bala atravesó la espalda del hombre caído, que trataba de incorporarse con dificultad. La sangre empezó a manar, esta vez de su estómago, y se extendió en un instante por todo el torso. Alzaste la cabeza para mirar a los hombres que estaban a tu lado. Ninguno habló. El calvo temblaba, tapándose la boca con la mano.

Entornaste los ojos y miraste a las docenas de personas que estaban tiradas en el suelo en medio de la avenida. Te pareció ver a alguien que llevaba los mismos pantalones deportivos azul claro que tú. Había perdido las zapatillas, y sus pies desnudos parecían moverse un poco. Cuando estabas a punto de salir corriendo, el hombre que temblaba tapándose la boca te detuvo sujetándote por el hombro. Justo en ese instante salieron tres muchachos de una calle lateral. Se acercaron a los caídos y trataron de alzarlos agarrándolos por debajo de los brazos, pero entonces sonaron las armas de los soldados que estaban en el centro de la plaza y los jóvenes cayeron al suelo como sacos de patatas. Tú dirigiste la mirada a la calle que se abría al otro lado de la plaza. Una treintena de hombres y mujeres estaban pegados a los muros de ambos lados de la vía observando la escena, paralizados.

A los tres minutos aproximadamente de acallarse los disparos, un hombre de baja estatura salió corriendo de la calle de enfrente y se precipitó a toda velocidad hacia una de las personas abatidas. De nuevo sonaron los disparos y el hombre cayó al suelo; entonces el que te tenía agarrado del hombro te tapó los ojos con sus manos gruesas y dijo:

—Te matarán como a un perro si sales ahora.

Cuando retiró las manos, viste salir a otros dos hombres de la calle de enfrente y correr como atraídos por un imán hacia una joven tumbada para levantarla del suelo. Esta vez los disparos sonaron desde la azotea y los hombres cayeron rodando.

Ya nadie más intentó acercarse a los caídos.

Pasaron unos diez minutos de absoluto silencio; luego, una veintena de soldados salieron de dos en dos y comenzaron a llevarse arrastrando a toda prisa los cuerpos que estaban más adelante. Como si estuvieran esperando ese instante, una docena de personas salieron corriendo de las calles de ambos lados de la avenida y cargaron a los que estaban más cerca de ellos. Esta vez no hubo disparos desde la azotea. Sin embargo, tú no saliste corriendo hacia Jeongdae. Los hombres que estaban contigo alzaron a su amigo sin vida y desaparecieron a toda prisa por una calle. Te entró el pánico al verte de pronto solo y, preocupándote únicamente de no ser descubierto por el tirador de la azotea, te pegaste bien a la pared y te alejaste a toda prisa de la plaza.

*

Ese día por la tarde, la casa estaba en silencio. A pesar del caos reinante, tu madre había salido a trabajar a la tienda de cueros que tenía en el mercado Daein; y tu padre, que se había hecho daño en la espalda moviendo las cajas donde venía el cuero, estaba acostado en su dormitorio. Cuando entraste al patio empujando el portón de hierro, que estaba entreabierto, oíste a tu hermano memorizando palabras en inglés en su cuarto.

—¿Eres tú, Dongho? —La voz de tu padre resonó con fuerza desde su habitación—. ¿Has vuelto a casa?

Tú no respondiste.

—Si eres tú, ven aquí y masajéame la espalda.

Como si no lo hubieras oído, te acercaste al arriate y bombeaste el grifo para hacer salir el agua. La palangana de hojalata se llenó enseguida de agua fresca y clara. Primero metiste las manos y luego la cabeza. Cuando la levantaste, el agua te chorreó por la cara y el cuello.

—¡Dongho! ¿No eres tú el que está ahí fuera? Ven aquí un momento.

Te quedaste un rato de pie sobre el escalón de piedra, con las palmas chorreando agua apoyadas sobre los párpados. Después te quitaste las zapatillas, cruzaste el vestíbulo y abriste la puerta del cuarto de tus padres. En la habitación, que olía fuertemente a moxibustión de artemisa, tu padre estaba tendido boca abajo.

—Hoy me he vuelto a torcer la espalda y no me puedo levantar. Masajéame un poco con los pies cerca de las nalgas.

Te quitaste los calcetines, pusiste el pie derecho sobre la parte baja de la espalda de tu padre e hiciste un poco de presión.

—¿Por dónde has estado callejeando? ¿Sabes cuántas veces ha llamado tu madre para preguntar si habías vuelto a casa? No se te ocurra acercarte a las

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