You and your words, obsessed with your legacy. [...]
I’m erasing myself from the narrative.
Let future historians wonder how Eliza reacted.
LIN-MANUEL MIRANDA
Hamilton, Burn, acto II
È una storia da dimenticare,
è una storia da non raccontare.
È una storia un po’ complicata,
è una storia sbagliata.
[...]
Cos’altro vi serve da queste vite
ora che il cielo al centro le ha colpite,
ora che il cielo ai bordi le ha scolpite.
[...]
Non ci chiedere più com’è andata,
tanto lo sai che è una storia sbagliata,
tanto lo sai che è una storia sbagliata.
FABRIZIO DE ANDRÉ
Una storia sbagliata
La creación de mil bosques está en una sola bellota.
RALPH WALDO EMERSON
Historia
PRIMERA PARTE
Caucho
1
Imagina un paraje denso, impenetrable y preñado de actividad, algo parecido a tu corteza prefrontal. Un lugar donde cada centímetro es testigo de millones de encrucijadas vibrantes, con células palpitando, materia en todos sus estados posibles y organismos naciendo y muriendo a la vez, en una sinfonía de transformación y descomposición simultánea. Ahora adéntrate y no temas: no podrán oírte, porque aquí nunca hay silencio. El concierto es constante, aunque cada día la partitura se ejecuta con un arreglo distinto. Hoy suenan turacos, colobos, tábanos, termitas, lirones y ranas. No podrás identificarlos, lo que es una pena —todos son dignos de ver—, porque aquí tampoco hay luz. Se pasa de la oscuridad de la noche a la penumbra del mediodía. En la selva que sigue el curso del Maringa, el cielo se comporta como quien afronta un lago opaco y sucio y solo se arriesga a introducir la punta de los pies. Su titubeo es razonable: esto es Congo, un territorio maldito donde lloran hasta las plantas.
Para volver a la claridad tendrás que hacerte paso entre cientos de ejemplares de landolphia owariensis, una criatura que no se da paz: repta, trepa, corretea y baila, oscilando en todas las direcciones. Hacia los lados es un monstruo de infinitos brazos, una Kali de madera. Hacia lo alto crece levantando un techo del que cuelgan ramas circulares, sogas listas para abrazar tu cuello. En el suelo, sus raíces son serpientes que llenan de dunas el terreno, como si la lluvia o un fuerte viento empezara a dejar al descubierto un enorme cementerio de huesos. Y por todas partes la landolphia llora. De su corteza brotan lágrimas de un oro blanco que su ladrón, el hombre llegado de lejos, llama caoutchouc.
Un enjambre de negros se afana recogiendo cada gota para entregarla a ese patrón. Observa cómo se mueven, son puro nervio y actividad: es la presteza que da el miedo. Quieren llegar vivos al final de la jornada y eso, en este lugar y en 1908, no es tarea fácil. De entre la maleza se te aparecerá de repente uno de ellos, un hombre delgado, de ojos rojos y mirada enloquecida, negrísimo. No pretende asustarte, se menea frenético porque intenta frotarse el cuerpo con oro blanco. El engrudo tiñe su piel como cal derramada en asfalto. Recuerda esta imagen —el espanto que tiene su expresión, sus brazos extendidos—: volveremos a ella.
Cuando llegues al claro tardarás unos segundos en acostumbrarte a la luz. Ahora aparta los helechos y camina a través de los arbustos, las palmeras enanas y las enredaderas. Cuidado con las piedras: si las mueves con los pies podrías despertar algo que quizá tenga hambre. La vegetación también muerde: arañas, culebras o escorpiones no toleran el mínimo roce. Mejor no te agarres a nada. Avanza hasta que divises la gran casa y sube las escaleras de la veranda. Allí encontrarás a dos hombres conversando mientras limpian sus fusiles. Piel, divisas y cascos blancos, espesos bigotes rojizos, botas llenas de barro. No te detengas. Entra y déjalos atrás, porque esta historia, por una vez, no va de ellos. En la sala central, tres mujeres, también blancas, dejan pasar las horas. Las dos jóvenes lo hacen bordando; la mayor, sentada en una mecedora de mimbre, lee en voz alta. Todas llevan botines de lona, faldas largas color hueso y camisas en tono marfil con botones nacarados y cuello subido. Como único adorno, colgantes con cruces de plata que brillan sobre el lino. Melenas cobrizas, ojos grises y azulados, talles esbeltos. Ante ti tienes una hermosa foto, de esto no hay duda. Pero no es ahí donde deberías enfocar la mirada. Y no, tampoco en el aparador de sapele con su hilera de platos traídos de Bélgica, ni en el cuenco con hibiscos que hay sobre la mesa. Te pido que hagas el esfuerzo de centrarte en lo más invisible que hay en la habitación: allí, en la zona más oscura, detrás de la mecedora, apunta a la joven negra que abanica a Madame Lambert, la mujer que está leyendo.
Han decidido llamarla Ladouce, porque eso vieron en su rostro: mirada tierna y serena, el físico dócil, una agradable disposición. Ahí la tienes, abanicando incansable a un ritmo pausado y constante, la corriente de un río en verano. Ninguno de estos mindele, los blancos que habitan esta casa, sabe que ese no es su nombre. La madre de Ladouce esperó a que cumpliera un año para darle uno. Había perdido ya a dos hijos, muertos ambos antes de alcanzar el mes. Pero su niña, que no lloró al nacer —según la mama ya kobota, la partera que la acompañó, por respeto a sus hermanos—, se agarró a la vida con ferocidad. Una mañana, mucho antes de ese primer aniversario, la encontraron caminando hacia un guayabo. Cuando lo alcanzó, se quedó allí delante, erguida, bien recta, con la barbilla alzada y la mirada al frente, ocupando con orgullo su espacio en esta tierra, como queriendo manifestar: «digan lo que digan, todo esto me pertenece». Ese día la llamaron Makasi, que en la lengua mongo de los pueblos del Maringa significa «fuerza de la naturaleza».
Los mindele no ven esa firmeza. Para ellos Ladouce es una comodidad más, como el loro que los distrae con sus chuscadas y sus palabrotas o el gramófono traído de Lieja que ameniza las veladas. Vale tanto como el aire que mueve su constante abanicar, nada más. Y sí, Ladouce apenas conoce el mundo. No sabe que este planeta gira alrededor del sol, ni lo que son realmente las luciérnagas que se despiertan cada noche allá arriba en el cielo. Nunca ha oído hablar de las matemáticas, de la brújula, de los centímetros o de las catedrales, ni siquiera entiende para qué sirve un reloj. Pero subestimar un alma humana es negarse la posibilidad de abrazar la parte más sorprendente de nuestra realidad. Si tan solo se dignaran a mirarla unos segundos, se percatarían de lo que está pasando. La joven lleva dos años sirviendo allí, en esa maison edificada por culpa de una obsesión: el blanco quiere moverse en todas las direcciones y pretende hacerlo cada vez más rápido. Y ese caucho que roban es necesario para ello, porque les sirve para fabricar automóviles. «¿A dónde corren?», se pregunta Ladouce. Ella, tras pasar meses detrás de Madame Lambert, refrescando con el abanico sus horas de lectura, ha conseguido su mayor logro quedándose inmóvil en ese lugar. Porque esa aparente quietud esconde algo extraordinario. Y no me refiero a la oscilación de su brazo, que nunca mengua. Presta atención. ¿Puedes notarlo? En efecto, sus pupilas también se están moviendo. Tras muchas horas viendo los libros de la Madame, escuchando cada sílaba y observando las líneas, Ladouce, la niña que se echó a andar sola, ha vuelto a hacer algo sorprendente: sin ayuda de nadie, ha aprendido a leer.
2
Se cuenta que Vulcano quiso vengarse de Juno, su madre, porque lo despreciaba. Para hacerlo, pidió a los mejores artesanos y forjadores que lo ayudaran a construir un magnífico trono dorado y, cuando estuvo terminado, se lo regaló. Ella cayó rendida ante tanta belleza y enseguida quiso estrenarlo. Pero el trono escondía varios resortes que se activaron en cuanto se sentó, y Juno se quedó encerrada en él. Era listo este dios del fuego. Sabía que, para atrapar a alguien, lo que nunca falla es apuntar a su avaricia.
Uno que hubiera podido ayudar a Vulcano fue Amasa Goodyear, un hombre criado en New Haven con manos capaces de fabricar cualquier cosa. En 1825 compró un gran almacén en Connecticut donde se podía encontrar desde botones de metal hasta maquinaria agrícola, casi todo hecho por él. Su hijo Charles heredó su pasión y acabó montando una gran ferretería en Filadelfia, donde vendía también los artilugios que inventaba por las noches. Charles se casó con Clarissa Beecher, hermana de Harriet, la mujer que nos mostró la cabaña del tío Tom. La ferretería prosperaba y los hijos empezaron a llegar. Todo iba bien. Pero la avaricia, como hemos visto, es un trineo que disfruta arrastrándote en descenso libre: Charles quería más. Estaba convencido de que la clave era un material que, intuía, podía hacerlo millonario. Entonces el caucho natural casi no tenía usos, porque no era muy estable y con el calor se descomponía. Charles quería sacar todo su potencial y se dedicó a ello durante cinco largos años. Realizó mil pruebas y, por el camino, se llenó de deudas. Aun así, no desistió y una noche, por fin, lo consiguió. Algunos dicen que fue una coincidencia, pero los que hablan así no entienden que la suerte solo visita a los mejores anfitriones, esos que llevan mucho tiempo preparándolo todo para su llegada. La clave, al final, estaba en el azufre: si se quemaban juntos, el caucho ganaba elasticidad y mucha más resistencia. Charles llamó al proceso vulcanización en honor a aquel dios de la forja que —y esto Goodyear quizá no lo sabía— tenía un alma vengativa. Como si se tratara de una maldición, el caucho se convirtió en un nuevo trono de Juno que lo atrapó. Charles acumuló litigios sobre la validez de su patente, que aumentaron sus deudas, y terminó en la cárcel. Su salud, tocada tras años de exposición a los productos químicos, se resintió y, una tarde, se desplomó en un hotel de Nueva York y murió sin que el caucho le hubiera supuesto ni un mísero centavo.
Mientras tanto, el mundo entero enloqueció con el nuevo oro blanco. En Michigan, Henry Ford vio en aquel material barato la llave de la producción en serie. En 1908, el año en el que comenzamos esta historia, declaró: «Crearé un automóvil para las masas», antes de lanzarse a fabricar millones de aquel Modelo T que lo transformó todo. Cada uno de ellos nacía allí, en ese Congo rico en caucho que corrieron a saquear.
Es hora de volver a orillas del Maringa y adentrarnos de nuevo en el oscuro laberinto de lianas. Allí dejamos una imagen, ¿recuerdas?, la del hombre ocupado en frotarse el cuerpo con engrudo de oro blanco, la mirada enloquecida, brazos y piernas agitándose, formando un ventilador humano. ¿Qué puede haberlo llevado a semejante desquicie?
Rebobinemos hasta el inicio del día: ahí va, de buena madrugada, Ekila, nuestro joven. Ha desayunado su ración de fufu, gachas de yuca, y ahora va al encuentro de su guarnición, el grupo de recolectores que ha juntado en esta zona la Force Publique del rey belga. Es curioso: los días que nos cambian la vida suelen empezar como cualquier otro. Recuerdan a un okapi que alcanza el abrevadero y bebe sereno, ignaro de que todo terminará en pocos segundos, los que le lleva a un leopardo abalanzarse sobre él. De nada serviría alertarlo de que esta será una jornada decisiva. Aun sabiéndolo, el okapi querría sobrevivir esas últimas horas y, para ello, necesita beber o, en el caso de Ekila —que también camina desconociendo la importancia de ese día—, presentarse a trabajar.
Avanza esquivando baches y enredaderas con gran agilidad; sus pies saben dónde deben posarse para sortear los cordones de madera que enredan el terreno. Está preocupado. Ha pasado la noche pidiendo a Nzambe, la Gran Madre, que Mosantu esté bien. Cuando llega a la zona donde está su grupo, enseguida se da cuenta de que Nzambe no lo ha escuchado. Kabudi, un compañero, se esconde detrás del capataz y le hace señales. Mosantu ya nunca volverá. Ekila siente un calor que se le instala en todo el cuerpo. Lo genera un combustible hecho de rabia, angustia y aflicción. Mosantu era su maestro, su hermano, su mejor amigo.
Una mañana, veinte años antes, las mujeres de la zona encontraron un bulto tapado con helechos cuando bajaban a lavar al río. Desplegaron las hojas y se toparon con una cosita minúscula, de ojos enormes, que les hacía pucheros. Tras la sorpresa vino la intriga. Aquello era muy raro. ¿De quién podría ser? Allí se conocían todas —entonces Basankusu, donde nos encontramos, no tenía ni doscientos habitantes— y esos días ninguna había estado de parto. Decidieron que era cosa del ekila, el destino, y así lo llamaron. Ekila se convirtió en el hijo de todos. Tata Nlongi, el gran jefe, encargó a Mosantu, siete años mayor, que le enseñara todo lo que sabía. El niño se tomó muy en serio su misión y, en cuanto Ekila pudo caminar, se lo llevaba a todas partes. «Esta baya nunca, Ekila, esta es venenosa.» «¿Escuchas eso? Es el búho pescador, anunciando lluvias.» El pequeño trotaba detrás de su hermano, meneando su gran barriga y registrando cada lección. Mosantu le enseñó a construir lianas, a hacer volteretas y a lanzar guijarros al río que saltaban más que las ranas.
A Mosantu se lo llevó el chicotte, ese látigo hecho con piel de hipopótamo que tanto excita a su capataz. La tarde anterior, el muchacho había derramado su cuenco sin querer y el mundele, al ver desperdiciada toda su colecta de la jornada, enfureció. Lo arrojó al suelo y ordenó que todos formaran un corro a su alrededor y jalearan cada vez que el chicotte desgarraba su espalda. El capataz, un señoritingo escuchimizado con alma de sabandija, se venía arriba con cada sacudida. Cuando llevaba más de una docena de golpes, se dio cuenta de que Ekila no aplaudía como los demás y le obligó a agarrar el látigo. «¡Sigue tú, noir!», le ordenó, quitándose el casco para secarse el sudor que le bajaba por la frente.
Ekila tuvo un momento de duda —lo tuvo de verdad—, pero ya lo sabes: el miedo es una apisonadora con rodillos capaces de machacar cualquier obstáculo que le impida liderar. Obedeció y se puso a ello. El ruido del chicotte asustó a varios turacos que, espantados, se echaron a volar, y él deseó poder escaparse con las aves, lejos de aquel infierno. El pánico contagió también a los demás y sus vítores aumentaron; nadie quería tomar el relevo. Un puñado de eternos minutos después, Mosantu ya no se movía. Lo cargaron en una hamaca junto con otro compañero que se había derrumbado poco antes, tal vez por el cansancio o por el calor. Los soldados desaparecieron con ellos en la profundidad de la jungla. «¡Se acabó la fiesta, pedazo de vagos, retournez au travail!», gritó el capataz. Por suerte, Ekila entendía muy poco el francés. Le quedaba claro el tono y lo que les estaba pidiendo, pero al menos se ahorró la cruel sorna. La desolación aflojaba sus piernas, pero no pudo hacer otra cosa que seguir recolectando. Esperaba que, como había sucedido otras veces, los soldados devolvieran a Mosantu al día siguiente: necesitaban mano de obra, aunque estuviera herida. Tenía esperanza porque, para poder sobrellevarlo, había pegado a su hermano casi sin mirar. Si hubiera abierto los ojos, se habría dado cuenta de que, cuando Mosantu ocupó la hamaca, su alma ya volaba con aquellos turacos.
Hoy Ekila está subido a un tronco para hacerlo sangrar, como cada día. Se abraza a él con menos seguridad de lo habitual; las lágrimas siguen anieblando su vista. Sostiene, como siempre, el cuchillo entre los labios y, atado a la cintura, cuelga su esaka, un recipiente hecho con hojas de palma donde espera recolectar su cuota diaria de caoutchouc. Cuando siente una hinchazón en la corteza —con los años ha aprendido a notar cada cambio en esas trepadoras—, suelta un brazo para aferrar el cuchillo y realiza una incisión perfecta, una fina carretera que rodea la landolphia y termina en un reguero denso de látex, lento pero continuo, con el que Ekila empieza a llenar su contenedor. Justo en el momento en que las gotas superan la mitad del esaka, es entonces cuando su jornada pasa de ser horrible a ser definitiva.
Todo empezó con un tábano. El calor del mediodía golpeaba y el pobre insecto tenía sed. Era un ejemplar macho, así que, en vez de saciarse en el tobillo de Ekila, quiso hacerlo en la herida de savia. Se acercó rozando la nariz del chico y él, en un gesto inconsciente, lo espantó con la única mano que lo sujetaba al tronco. Su cuerpo, al caer, aplastó el esaka y gran parte del caucho se echó a perder. Los soldados estaban a punto de llegar —se encontraban a pocos metros, revisando unos papeles— y Ekila necesitaba una solución. El recipiente estaba roto y no tenía más cuencos con él. Chistó al compañero más cercano, pero él tampoco pudo ayudarlo. Pasó a un plan B: en ocasiones, si los cuencos rebosaban antes de que los soldados dieran por terminada la jornada, los collecteurs se restregaban caucho por todo el cuerpo. En poco tiempo el látex se endurecía y, cuando llegaban a la z
