Hija del cielo

Rodrigo Cortés

Fragmento

I

I

El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre Alén. El fragor de las hojas en el otoño, cuando los árboles se deshacen y los jardines se deshacen y el suelo se llena de marrón y todo cruje, como si estuviera recién hecho, y el suelo se separa un poco más del cielo. Es un ruido espantoso.

Poco sabían, fuera del secreto, qué quería decir el padre Alén con eso, pero el padre Alén era un viejo temible de sonrisa gastada que casi nunca hablaba en vano, aunque a veces sí, y que se comunicaba con los demás con aspereza, confiriéndoles así existencia. El otoño es un espanto en cualquier sitio y en Gabaón más, aseguraba con esa voz raída que era también tos; en este lugar sin lugar cuya realidad toca recordarle a Dios de vez en cuando.

El padre Alén temía el otoño de un modo irracional. Todo el mundo teme el otoño, decía, cada uno a su manera. Todo el mundo sabe que lo siguiente es la muerte.

Gabaón, con sus cincuenta fuegos largos, era un rincón apartado incluso para el norte del país, aunque una cosa es Gabaón pueblo, más grande antes que ahora, y otra Gabaón colegio, u orfelinato, según, o Gabaón seminario —ya no—, o Gabaón monasterio. En realidad, se llamaba Colegio de la Estricta Observancia de Gabaón, sin una gota de cisterciense. Todos le decían Gabaón, Gabaón sólo, así era más corto y se entendía de sobra, y tampoco es que en el pueblo hubiera más cosas que destacar, algún pecado venial, bosques de castaños y robles, casas un día coloridas, adoquines fuera de lugar, descalzados, invadidos de hierba, restos de fuentes adventicias (el pasado es un lugar), mucho musgo, indistinguible ya de la piedra, y un bar celeste apagado que al atardecer se llenaba de pescadores.

En Gabaón colegio, por su lado, se practicaba la religión verdadera, no la de ahora, la buena, la que acomoda sus usos a las verdades de Dios, que sólo cambian si él lo hace —Dios no está del mismo humor siempre— y en lo demás es flexible. El gran edificio de piedra, al borde de un cortado que moría donde nace el mar, exhibía una falsa robustez que, una vez superada, tornaba en falsa hospitalidad: cuando a alguien le daba por contemplar el mar durante más de dos minutos, le apetecía tirarse a las rocas.

No era que el muro de granito espantara las visitas. Tampoco que la suavidad de tonos buscara engañar a nadie, aunque hacerlo lo hacía, cosas de las energías. Aquellos matices y formas, aquellos volúmenes que se fingían amables, admitían a los de siempre y a ellos sólo, a los que vivían allí, a los que estaban ya dentro.

El edificio principal, que debería haber sido del granito de las casas y del propio muro, era de sillarejo enjalbegado con forjado de madera; de paredes, por tanto, sólidas, blancas casi, con refuerzos de piedra en las esquinas y rebordes para enmarcar los vanos y los balcones mismos, aunque pocos daban afuera y los que aún lo hacían raramente se abrían si no encaraban el patio o el jardín trasero, recogidos en molduras de castaño viejo, con un gran blasón familiar, a saber de qué familia, en la fachada lateral de poniente, de tamaño grande, dos leones, uno a cada lado, así, por si alguno se moría, todo de antes de la guerra, de cuando la Reforma General, y una cruz grande, pero no muy grande, de granito también, justo a la entrada, tan tosca y contrarreformista que se diría recién robada del camino.

Así que Gabaón colegio era una de esas fincas de las órdenes de antes, de cuando las cosas marchaban, pero lo era de un modo inexacto, casi recordado. Todo era distinto allí, difícil de razonar; todo estaba un poco del revés, un poco boca abajo y un poco patas arriba, aunque, pasado el susto, se trataba de un colegio normal, con niños aburridos y gritones, pobres en general, de rodillas peladas, huesudas.

Nadie recordaba por qué monjas y no curas se ocupaban de un colegio de niños y no niñas, y por qué tantas. Gabaón era grande, el huerto exigía atención y allí no paraban los hombres, como eran grandes el jardín y hasta el invernadero, donde las hermanas cultivaban hierbas raras y flores amenazantes. Así era todo en Gabaón, que seguía sus propias reglas; hasta cuando fue seminario estuvo lleno de mujeres, con los inevitables accidentes, nunca tantas como ahora, sesenta y una en total, pululantes y llenas de propósito.

Y dos curas indolentes para seguirles el paso, tal vez uno si el padre Solitude se marchaba de viaje, lo que sucedía a menudo. Y el enjuto y vertical padre Alén para gobernarlos a todos, con su voz de rallador de pan y sólo Dios por encima.

Y una niña endemoniada encerrada en una habitación sin ventanas, arriba, donde nadie pisa ni respira si el padre Alén no quiere. En la parte de atrás del edificio. En el lado norte. Al final del pasillo. En el cuarto piso. Donde ni las enredaderas llegan.

II

A veces me siento ir, no sé cómo decirlo, me siento como desaparecer, así, patapum, desaparecí, pero eso es lo normal, me parece a mí, o por lo menos me pasa muchas veces, por dormir poco será, por eso y porque sí, te lo digo yo, o a lo mejor es por los vacíos, porque a veces tengo vacíos, no sé si lo he dicho ya, como todo el mundo será, supongo que no seré yo sola, y el padre Alén me dijo un día que es normal, que eso es lo normal, me dijo, y siempre me dice que no tengo que preocuparme por nada, que los vacíos son nor­males, dice, y luego me dice que si he soñado algo raro y yo le digo que sí, pero porque siempre sueño cosas, y luego me dice que si necesito algo y yo le digo que no, y luego se va y me deja sola y le da dos vueltas a la llave, clac, clac, que las cuento yo siempre, clac, clac, y a veces se queda un rato largo y, si se queda, pues se sienta en la silla del rincón y ya, que ya sé perfectamente que no se dice silla, que no es una silla silla, es otra cosa, porque es blanda, y entonces cuando es blanda pues no es silla, y se queda allí como si no tenía prisa, mirándome el vestido y todo, y a mí no me importa nada que el padre me miraría el vestido, ni tampoco sor Adriana, que a veces se llama madre Adriana y a veces hermana Adriana, porque se puede decir de muchas formas, ni me importa que me miraría la madre superiora, que yo creo que es la madre superiora porque está llena de arrugas, ni tampoco el médico, que a veces viene y se queda un rato largo. Y eso. Y, ahora que lo pienso, no sé si la madre superiora es la madre superiora, porque igual es sólo que es muy vieja y entonces la llamo así porque parece una madre superiora, pero siempre pone caras cuando se lo digo, caras de torcer la boca, digo, aunque la tiene torcida ya, por las arrugas será, que la tirarán de un lado, o a lo mejor porque no oye bien, o a lo mejor porque no dice nada y ya, como si estaría seria, que a veces oyes perfectamente y no dices nada pero porque no quieres, o a lo mejor resulta, porque a veces pasan esas cosas, que ni siquiera es monja monja y es sólo una señora disfrazada, ¿te imaginas? Yo sí. Y a veces me da por pensar que la madre superiora es una tortuga que tiene como mil años.

Y a veces oigo a los niños al otro lado de la pared como si estarían muy lejos, y ya sé yo que son niños porque gritan como locos, que a mí no me la dan, que yo también soy niño, niña, vamos, así a lo loco gritan, cuando salen al recreo, te lo digo yo, o cuando salen a jugar a la pelota aunque no hay recreo, que a veces se puede jugar a la pelota porque te lo dicen, no porque hace falta, por ejemplo en gimnasia. Y la he dicho a la madre superiora, que no sé si es la madre superiora, que por qué no me pone mejor en una habitación con ventana, pero, como ella nunca dice cosas, pues no me ha contestado y ya, y se lo he dicho al padre Alén, que es el que manda, que me ha dicho que de ventana nada, por mi bien, que es para que no me dé por saltar cuando me agarran los vacíos, dice, por si me quedo mirando el mar, dice, que tiene mucho peligro, niña, y yo no creo que me daría por saltar, la verdad, yo creo que me quedaría mirando sólo, que seguro que el mar es muy bonito y a lo mejor es tan bonito que me quedo así, tonta, pero sin saltar ni nada, porque a veces me lo imagino bien y, no sé por qué será, pero entonces venga a sudar, venga a sudar, pero a lo frío, y es como si había vivido dentro del mar siempre.

Y en mi pueblo no hay mar ni hay nada, que en mi pueblo hay un castillo, pero es un castillo de esos que sólo se sabe que es castillo porque te lo dicen, porque ya casi no queda, o porque está muy alto, que es lo que le pasa al de mi pueblo, que está en lo alto de Orate, que es como se llama el pueblo, Orate, y el castillo no sé cómo se llama, castillo, digo yo siempre, que está bien alto y ya casi no le quedan piedras, pero algunas sí, y si te dicen que son de otra cosa pues te lo crees, y el castillo se ve muy bien desde la plaza y se le ve desde más sitios, pero desde la plaza es desde donde mejor se le ve, te lo digo yo, porque desde la plaza da como la pinta que es un cuadro o algo, allí arriba, como mandando al pueblo, sobre todo por la tarde, con el sol y eso, cuando todo es tan bonito tan bonito tan bonito tan bonito que lo que más te apetece del mundo es salir corriendo. Y una vez vino un retratista de la capital, que no fueron a buscarle ni nada, te lo digo yo, que vino él porque quiso, y le sacó un retrato ahí mismo, ¡zas!, al castillo, digo, y el retratista se quedó un rato ahí parado, allí, como esperando, y luego, ¡zas!, salió en el periódico, que no me lo han dicho ni nada, que lo vi yo con estos ojos, al día siguiente, digo, que me lo dijo Agapito, el de la farmacia, en la farmacia justo, y luego me dijo que iría con él a la parte de atrás, donde guarda los mentoles y las aspirinas, que hay más farmacia por detrás que por delante, y que me quedaría bien quieta, y quedaba muy bien el castillo en el periódico, aunque se me manchaban los dedos, por la tinta sería, que no sé por qué no la secarán antes, negros se me quedaron de agarrar tan fuerte el periódico, como si me le irían a quitar le agarraba, y Agapito me dijo que ya estaba, y a mí me dio como orgullo que salía mi pueblo en el periódico.

Y en Eresma, que es la capital de Eresma, que también es provincia y es río porque hay cosas que pueden ser muchas cosas, no hay mar ni hay nada, no sé si lo he dicho ya, yo creo que no, en toda la provincia, digo, aunque en Eresma sólo he estado una vez que yo sepa, o a lo mejor dos, y me parece que allí había romanos, pero antes antes, o a saber, igual hay romanos ahora, que esas cosas no se saben, esas cosas no están claras nunca, que tampoco es que he ido tanto a Eresma, que es la capital de Eresma, no sé si lo he dicho ya, sólo una vez o dos he ido, y no habría visto romanos aunque me habría fijado, porque para ver romanos hay que tener mucha suerte y saber bien cómo visten, y yo iba a acompañar a padre a un recado, que no me dijo cuál era, algo del ayuntamiento. Y padre me compró un gorro, un gorro la mar de fino, te lo digo yo, si no la decía nada a madre, si no la dices nada, me dijo, si no la cuentas nada, te le compro, y hasta me dijo que igual, si era buena buena buena buena, me compraba otro otro día, y luego me dejó donde la plaza, ahí tirada, tan pancha, y me dijo que volvía a las tres o así, me dijo, sobre las tres o así vuelvo, y, como no tengo reloj ni nada, pues tenía que preguntarle a todo el mundo, porque el reloj de la iglesia no sé leerle bien, a gente distinta, digo, porque no se puede preguntar a los mismos siempre. Se cansan. Y luego padre volvió como a las cuatro, que menudo es padre, oliendo a vino y a torrija volvió, más flojo que antes, pero como yo ya tenía el gorro y a lo mejor un día me compraba otro y en Orate hace un frío que pela, pues yo tan contenta, que lo mismo me daba a mí que serían las cuatro que las tres, que el gorro al final era el mismo, aunque es más sombrero que gorro, te lo digo yo, más de fieltro que de lana, que me daba como una vuelta por delante y a ver qué me decía madre cuando me le veía en la cabeza y veía que no era gorro, tan contenta como estaba yo, y padre más, con la cara bien roja los dos.

Y entonces todo era normal o casi, no como ahora, normal en general, digo, porque antes todo era lo mismo, te lo digo yo, lo mismo para todos más o menos, y no me imaginaba yo, ni padre ni madre ni el cura ni nadie, que iba a acabar aquí, patapam, en este cuarto sola, que no te digo que es malo, que aquí me tratan muy bien, que es un cuarto de los buenos. Más bonito, si te fijas, que el de Orate, que es tirando a chiquitujo. Pero ojalá me dejarían ver el mar, porque me han dicho que el mar está justo donde el suelo, no justo, pero bastante a mano, más abajo si se quiere que el colegio, que a lo mejor es un poco castillo también y, si le da la gana, llega donde moja, justo ahí, y allí ya no hay ruido ni hay nada, detrás del humo, digo, el que se te mete en la cabeza, digo, no sé cómo explicarlo, que es más como ceniza blanda, no sé cómo decirlo bien, que es como cuando te pintan la cabeza por dentro sin pedirte permiso ni nada. Así que el mar está ahí abajo, que es lo que estaba diciendo, que esas cosas se notan muy bien, sobre todo en la cabeza. Y a veces, por la noche, si te pegas bien a la pared y te quedas muy muy quieta, suena.

III

Los pasos del padre Alén, arrastrados y suaves en su arrastrar, no delataban edad, ni corporeidad siquiera, y eran en muchos aspectos los de un espectro, sin que eso tuviera nada de particular; el padre Alén era un fantasma para muchas cosas, salvo para las que cuentan. Como el calzado apenas le sonaba, nadie se atrevía a saludarlo y los niños se le hacían a un lado como si fueran el mar Rojo.

El padre Alén no era un hombre culto, o no particularmente, su sabiduría era del tipo natural, había sido albañil antes que fraile y aun después un rato, y, entre una cosa y otra, se pasó dos años en Roma, estudiando. Nada tuvo que ver en la construcción de Gabaón, fundado hacía dos siglos ya, sí en la de aquel suelo cruzado de líneas blancas para las carreras y el fútbol que borraba un poco cada día mientras los niños se le apartaban. Hacía más de medio siglo que inventara un tipo de cemento que no quiso patentar, o que no le dejaron patentar, no está claro. Los superiores le dijeron que era cura: eres cura, Alén, recuérdalo, los curas no patentamos. Le dijeron que se debían a lo que se debían: nos debemos a lo que nos debemos. Que estudiara, que aprendiera lo que había que aprender y atendiera a los niños, que eran lo primero; si quieres patentar ideas, le decían, haberte pedido inventor, o haberte quedado en tu pueblo, que era Valceña, al otro lado del país, en el sur del sur y al sur de Ojácar, justo antes de llegar al Delta. Pero que, como se había pedido cura, pues eso.

El padre Alén afirmaba que su invento era tan duro como el granito mismo: un poco de clínker molido y un poco de sílice puestos a gritar a más de mil grados, con una parte de yeso que no desvelaba a nadie. El padre Alén no creía que hubiera tanta distancia entre educar a un niño y hacer suelos, todo es cuestión de proporciones, decía, al principio somos todos blandos y luego nos endurecemos, la clave es aprovechar el instante en que todo es posible. El padre Alén era un sabio, pero no se le notaba hasta pasado un tiempo.

Alén aprendió en Ojácar las primeras letras, y luego se fue a Gaiena. Y luego a Roma. En Roma había sido muy feliz, en un edificio muy estrecho de la plaza Navona que hacía casi esquina y casi chaflán, junto a la calle Agonale. Allí fue pobre como una rata, como todos los estudiantes, y se murió de calor y de frío, muchas veces a la vez. A veces los futuros curas —españoles todos— robaban salchichones de las tiendas. Por puro respeto al lugar, los llamaban salami. Después se confesaban. Allí se aprendió la Biblia entera, de cabo a rabo, y allí se le olvidó lo que no importa y se le quedó lo que vale: un sentido de lo bueno y de lo malo que la Biblia explica muy bien, también un sentido del drama (a veces canturreaba mientras leía) y un gusto por lo antiguo que, rebasados los ochenta, no se le había pasado. En Roma había aprendido mucho.

Cuando lo devolvieron a España, cayó en Gabaón lleno de ideas, empeñado en convertir el pueblo en una pequeña Roma. Hizo dibujos y planos de lo más detallado, dispuesto a darles a las paredes una mano de ocre, salmón, amarillo suave, y a adoquinar las calles, y a poner aquí y allá fachadas con frontones curvos, cornisas, medallones (Roma es barroca, decía, más que antigua). Hasta en el colmado de Marica Suz plantó un pórtico que no le dejaron acabar: ni había dinero para el mármol ni ganas de obtenerlo, sí un estupor general que zarandeó bien el árbol y puso el pueblo a respirar, algo es algo, porque muchas cosas sí se hicieron. Del adoquinado se encargó él mismo, con arena afilada y virutas de piedra. Los vecinos colaboraban. Alén les pedía que caminaran y ellos caminaban, para pulirlo bien: que brille mucho, les decía. Que cambiaran de ruta si hacía falta, de costumbres, de sentido. Y eso hacían. Aquello mejoró la aldea, que por mudar de piel mudó también el ánimo y desde entonces reflejaba un poco más el cie­lo. Los coches botaban más, pero, como allí no había, no era un inconveniente. Y las calles ya no se embarraban. Eso era mucho.

El padre Alén ahorraba un poco para comprar ropa buena, como hacen los italianos siempre, hasta los pobres. Se paseaba por el pueblo hecho un pincel, con traje negro (o gris pizarra visto de cerca), alzacuello almidonado, gafas de sol de marca. Y un maletín de cuero para meter los planos y la funda de las gafas. Y un paraguas negro. Y un rosario de hilo oscuro enredado de nudos franciscanos que le habían regalado en Roma y que guardaba como recuerdo. En Roma es así todo, decía, y es verdad que era así: en Roma los curas pueden ser actores de cine si quieren, y hasta directores, y las monjas pueden echar a volar convertidas en palomas blancas en cuanto se levanta algo de viento. En Roma hay monjas con hábitos tan amplios, con velos tan tenues e inconsútiles y escapularios tan mullidos y suaves y cogullas tan acogedoras y tocas tan algodonosas, tan llenas de picos y valles, que apetece acampar en ellas; por eso las monjas de Gabaón —que por Alén remedaban a las romanas— siguen siendo las mejores del país, y por eso el padre Alén adquirió ascendiente tan pronto, antes en el pueblo que en el colegio, como una sombra callada que no dejó de crecer y que ni los más recalcitrantes ignoran hoy.

Luego el colegio fue hacia arriba y el pueblo abajo, a saber por qué. No se puede estar a todo. En cuanto supo que la Roma chica no iba a ser, Alén se dedicó en cuerpo y alma al colegio.

Primero amplió el lado sur. Luego añadió unos establos que, por falta de caballos, acabaron de almacén con forma de establo, con amarres, bebedero, canal para el estiércol, sala de ordeño (el padre sabía hasta donde sabía), bien ventilado todo por la fuga del techo. Quiso también hacer piscina, pero las monjas se le pusieron de manos. Tapó el hueco a regañadientes. No se entiende la paciencia que tuvo con él la diócesis: como lo habían mandado fuera, tocaba defender la inversión. Les cogió el gusto a los niños, eso también, a empujarlos aquí o allá con suavidad; a veces sólo hay que esperar, hay frutas que maduran tarde.

Más cosas.

Como el primer androceo —bullente un día— se había quedado en cuadro, tocó cerrar el seminario; en Gabaón sólo las monjas brillaban, para satisfacción de Alén, quien recordaba muy bien su juventud primera; sus impulsos, más que sus deseos. Recordaba a la bailarina de la que se enamoró en la plaza Farnese de Roma, frente a la iglesia de Santa Brígida, y de la que huyó un día sembrándolo todo de pistas sólo para estar seguro de que, si ella no lo perseguía, era porque no quería, no porque no supiera cómo. Desde entonces confiaba en las mujeres, en su crueldad sencilla, en su indiferencia, como desconfiaba del hombre, de sus vanidades tontas, que reconocía en sí y combatía a ratos, a veces hablando con Dios, a veces con baños de mar, muy temprano, a veces a base de ayunos que llegaban a durarle dos semanas.

Por eso el padre Alén pasaba tanto tiempo con aquella criatura del cuarto piso, a la que temía tanto y adoraba tan mal, o a la que temía siempre y adoraba a veces, fascinado como estaba por su autoridad infantil, como un entomólogo frente a la majestad y belleza del ciervo volador.

El padre Alén era un hombre abrumado de estímulos.

IV

La primera vez que mordí a una niña tuve bastante razón, qué pena no acordarme ahora del nombre, los nombres son importantes, te lo digo yo, los nombres son para algo. A mí morder no me gusta en general, no lo hago porque me gusta, lo hago porque me sale y ya, o a veces porque, si te fijas, es difícil no morder. A veces es dificilísimo. Por eso me llevaron a Madrid, o no sé si por eso, porque tardaron un poco en llevarme, pero antes le había mordido a un cerdo donde el corral del Sotovelo y le mordí porque sí, porque me dieron las ganas, para ver cómo chillaba y eso, y luego mordí ya a madre, que no se lo dijo a nadie, sólo a padre, pero a la segunda ya, y a lo primero le dijo que se había dado con algo, que me he dado en la cabeza, le dijo, que es donde la había mordido yo, pero al final ya se lo dijo dijo, y luego la mordí a la niña bien mordida, pero porque me incordiaba y me llamaba cosas y me decía cosas de su hermano: no te acerques a mi hermano, que dejes en paz a mi hermano, y yo la dije que si era su hermano qué, que a mí qué me decía, que no era nada mío, que hablaría con él si quería y que me dejaría en paz a mí, que era él quien se me arrimaba, y primero se lo dije normal y luego, como no se callaba, pues ya la mordí en la boca y luego tiré para atrás a ver si así se la quitaba la bobada, y por ver a qué sabía, que sabía como a llave, y por eso te digo que la mordí con razón, porque tenía una razón muy buena. Y luego ya le mordí a padre y luego a Sebas, el hijo del maestro de Lesmas, que es un pueblo que está cerca, pero le mordí muy poco porque me caía bien, un bocado nada más, y luego me llevaron donde el cura, que es cuando le mordí al cura. Y luego me llevaron ya a Madrid. Por la vía rápida me llevaron.

Puedo morder con vacíos y sin vacíos. Según. Es distinto. Sin vacíos es normal, sin vacíos muerdo más como queriendo, para acabar un follón, por ejemplo, o porque a veces morder es lo suyo, que no me digan a mí que no, si no, no harían falta dientes, aunque a veces también hablo o insulto o lo que sea, o a veces me río sin venir a cuento, o saco la lengua y todo y me la doblo y cosas así, normales, y, cuando tengo vacíos, que son las otras veces, pues pueden pasar muchas cosas, sólo que con vacíos me entero luego, al despertarme o porque me lo cuentan, y entonces, cuando pasa eso, pues normalmente muerdo más rato.

Y una vez tuve un vacío y me desperté como en casa, como por fuera de la casa, digo, arriba, en el tejado, pum, que no sé ni cómo llegué, aunque, como la casa es baja por el lado de detrás, por donde empieza el monte, digo, que allí le decimos el otero, en Orate, digo, que ahora que lo pienso se parece a otero, Orate, otero, Orate, pues por ahí es más fácil subirse, aunque dormida sería aún más fácil, te lo digo yo, eso seguro. Y qué pena no verlo.

Y una vez me desperté de golpe y tenía a padre encima.

Y una vez me desperté de golpe y estaba como cansada, en el suelo, digo, justo al lado de la cama, que es donde duermo yo mucho, que madre me dice siempre que para qué está la cama, que ya la he oído, madre, que yo sabía muy bien que me habían pasado cosas porque había como sangre por el suelo, eso lo primero, antes de empezar a manchar, digo, que entonces todavía no manchaba, y porque la luz era distinto, por la luna sería, o por el vacío mismo.

Y una vez me pasó una cosa que no se la cree nadie, te lo digo yo, y también la luz era distinto, en el Bosque de las Casas, digo, pero no en el bosque bosque, más en el lado de allá, más cerca de la cantera, por la noche, digo, y a mí me gustan las plantas, no sé si lo he dicho ya, eso te lo reconozco, por eso a veces las miro y a veces me las como y todo, aunque más las miro que me las como porque sé perfectamente que hay plantas que no se pueden comer y plantas que sí, como las plantas de los huertos, por ejemplo, o las de los campos de atrás, o la remolacha y las alcaparras, que sí que se pueden comer pero entonces se llaman verduras, o me comía los helechos, aunque sobre todo les mastico como si fueran pan, agarro bien la hoja, así, amarga y todo, con cara de boba, así, y se me cae el helecho por un lado de la boca y ese día no había luna y me iba da

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