Martha
Nací el 5 de marzo de 1953, el mismo día en que Iósif Stalin moría en su dacha de Kúntsevo.
Dado el año en el que estamos es evidente que la vejez me ha alcanzado. No puedo engañarme, llevaba tiempo sintiendo su aliento destructivo sobre mi cuerpo. En realidad, empieza a perseguirnos aun antes de nacer, cuando solo somos células que nadan en el líquido amniótico en el útero de nuestras madres.
Creo que mi padre, comunista y ferroviario, nunca me perdonó que naciera el día que Stalin murió. En los recuerdos de mi madre no estaba Stalin, sino los dolores del parto.
Pero hoy me asaltan unos cuantos pensamientos sombríos por culpa de un libro que acabo de terminar de leer: No me gusta mi cuello, de Nora Ephron.
Los críticos aseguran que está repleto de humor. No les llevaré la contraria. Sin duda la autora decidió poner en solfa cuanto la rodeaba, ella misma, su ciudad, Nueva York, los vecinos, los restaurantes que frecuentó o las cremas contra las arrugas que utilizaba con el afán de restaurar su cuello.
La comprendo. A ella no le gustaba su cuello y a mí no me gustan mis brazos. Ephron veía en las arrugas de su cuello los signos ineludibles de la edad y yo los veo en mis brazos.
Por más que acudo cada mañana al gimnasio para levantar pesas que disimulen la flojera de las carnes que aún me habitan, la realidad es implacable: a mis brazos les falta la tersura y la dureza de antaño. Por eso, sin decírmelo a mí misma, hace tiempo decidí no comprarme ninguna blusa ni vestido que deje al descubierto el tramo que va desde la clavícula hasta los codos. En mi opinión, los creadores de moda son muy desconsiderados con las mujeres que ya han cumplido los sesenta. La ropa que diseñan exige piernas infinitas, sin las salpicaduras de las manchas de la edad, brazos firmemente moldeados y un rostro donde estén difuminadas las arrugas conseguidas a lo largo de la vida llorando, riendo, hablando…
He de reconocer el talento y el estilo de Nora Ephron para lamentarse con ironía del paso del tiempo por su cuerpo, y más concretamente por su cuello.
Me pregunto si yo sería capaz de hacerlo y me digo que no, que a mí me molesta muchísimo la flacidez de mis brazos, y sigo entrenando, aunque, en ocasiones, levantando pesas he sentido una contractura en varios músculos.
También me resultan impostados todos los artículos que aparecen en las revistas de moda y belleza en los que aseguran que los sesenta de ahora son los cuarenta de antes y que los setenta son poco más que los cincuenta.
Mienten y lo saben. Podemos mantener pintada la carrocería del coche, pero no engañaremos a nadie intentándolo hacer pasar por un modelo de esta década.
—Martha…
La voz de Penny me sobresalta tanto como su presencia. No termino de acostumbrarme a su cabeza, dividida en dos partes: la de la derecha la ocupa una mata de pelo color trigueño, la de la izquierda no tiene ni un solo cabello.
—¿Sí?
—Llevo cinco minutos aquí y ni te has enterado —me reprocha sin demasiada acritud para lo que me tiene acostumbrada.
—¿Qué quieres? —pregunto con desgana.
—¿Estabas leyendo?
—Sí… Acabo de terminar de leer un libro de Nora Ephron.
—Ni idea de quién es esa.
—Ya, no creo que la vayas a leer, por lo menos ahora, quizá cuando tengas mi edad.
—¿Y de qué va?
—Pues… No le gusta su cuello.
—¿Y a quién le importa que a esa señora no le guste su cuello? ¡Menuda frivolidad! ¡Con lo que está pasando en el mundo!
Mi nieta se muestra implacable a la hora de exponer sus juicios; no opina, emite veredictos, ya sea sobre el sabor de un helado o una fórmula de Física Cuántica.
Dudo si debo responderle. Si lo hago, podríamos enzarzarnos en un diálogo absurdo sin otra consecuencia que fastidiarnos la una a la otra. Mientras decido qué hacer, gano tiempo preguntándole qué quiere.
—Decirte que esta noche se va a quedar a dormir conmigo Peter.
Por un instante pienso que es muy considerado de su parte al menos informarme de que va a traer un invitado. Ya lo hizo ayer cuando me anunció que su amiga Natalie se quedaría a dormir.
—Le diré a Lucía que le prepare la habitación del fondo.
—¿Es que no me has entendido?
Sí, claro que la he entendido, pero preferiría que las dos hiciéramos como que no la he entendido. Fijo mi mirada en la suya esperando que sea ella quien diga la siguiente palabra.
—Me parece que eres como mi madre, no quieres asumir que soy no binaria.
Estoy a punto de decirle que en realidad es ella la que no sabe lo que es, ni quién es. Es una cuestión de edad. En la adolescencia abres la puerta al futuro que te espera y eso te obliga a decidir sobre ti, lo que quieres, sí, pero también lo que crees que los demás esperan de ti. A su edad, los dieciséis, las opiniones que te importan son las de tu círculo de amigos, ahora ampliado a las redes sociales y a tantos y tantos grupos que han ido aflorando, defendiendo múltiples identidades en las que ya me pierdo. Mi hija dice que prefiero ignorar lo que no me interesa y que el debate sobre las identidades me trae al fresco. Pero es que Felicitas tiene opiniones tan tajantes como las de Penny; se parecen más de lo que les gustaría.
—Dormiremos juntos —asegura Penny y en su voz creo distinguir una nota histérica.
Sé que debería decir algo, pero no se me ocurre qué. En realidad, sí se me ocurre, pero si lo digo, daría lugar a un enfrentamiento doloroso para las dos. Si hay algo que a Penny le gusta es discutir sobre lo que ella califica de «diversidad», y veo en su mirada que no sabré cómo librarme del envite.
—Empieza a asumir que el mundo ha cambiado y que todos somos diferentes, se acabó la uniformidad, somos como somos y no tenemos por qué avergonzarnos. Hace tiempo que me he dado cuenta de que no llevas los brazos al aire, como si a alguien le fuera a importar que te cuelguen los pellejos. Y no creo que la aversión que sientes por tus brazos tenga nada que ver con los problemas de esa escritora con su cuello —me dice retadora.
Silencio. Penny aguarda mi respuesta y yo opto por mirarla con indiferencia. Sé que eso le molesta.
—¿Estáis aquí?
La voz de Thomas rompe la tensión del momento. Entra en la sala de estar como si fuera la primera vez y estuviera en casa ajena, mirando a derecha e izquierda.
—Sí, abuelo, estamos aquí —responde Penny con un deje de resignación.
Me sorprende que le llame «abuelo». Penny siempre se suele dirigir a nosotros por nuestro nombre. También a Felicitas. Nunca se ha dirigido a ella diciendo «mamá». A mi hija no parece importarle, creo que lo prefiere.
A Thomas también le da lo mismo la manera como Penny se dirija a él. He de reconocer que la relación entre ambos es inmejorable, se nota una complicidad nada impostada.
Creo que a Penny le fascina que su abuelo sea un filósofo, lo mismo que me fascinó a mí cuando le conocí.
Un filósofo prendado de una bailarina de ballet. Yo. Y, ahora, abuelo paciente y cómplice de una nieta insoportable con exceso de ideas contrapuestas bailando en su cabeza.
—¿Os apetece que salgamos a almorzar fuera? —pregunta Thomas sin dirigirse a ninguna de las dos en concreto.
—¿Y por qué se te ha ocurrido que no comamos en casa? —pregunto con cierta suspicacia.
—Estamos en verano. Casi ni me había dado cuenta hasta hace un momento. Estaba escribiendo un artículo sobre la influencia de Ludwig Wittgenstein en Alf Ross y al levantar la mirada del ordenador me he distraído.
«¿Eso es una explicación?», estoy tentada de preguntarle. Pero seguramente Thomas y Penny me mirarían con asombro pensando que soy idiota si no soy capaz de ver la relación entre escribir un artículo sobre Wittgenstein y Ross, mirar por la ventana y darse cuenta de que ya estamos en verano. Opto por el silencio a la espera de que Penny diga la siguiente palabra.
—Me parece una idea estupenda, abuelo. Peter no vendrá hasta media tarde.
—Entonces,
