Los caballos de Dios

Mahi Binebine

Fragmento

libro-3

1.

Un paseante podría bordear nuestro poblado sin sospechar ni por un momento su existencia. Adornado de almenas, un muro imponente de adobe lo separa del bulevar donde un caudal continuo de coches mete un ruido de todos los demonios. En ese muro habían perforado rendijas parecidas a troneras desde las que era posible contemplar a gusto ese otro mundo. Nuestro juego favorito, cuando era niño, consistía en arrojarles tazones de orines a las personas pudientes y quedarnos callados mientras echaban pestes y soltaban insultos mirando al cielo. Mi hermano Hamid era nuestro jefe. Pocas veces erraba el tiro. Lo mirábamos operar reprimiendo la risa que, poco después de la ducha dorada, se disparaba frenéticamente. Rebosábamos de júbilo y nos revolcábamos en el polvo como cachorritos. Desde el día en que una piedra que tiró una víctima furibunda me aterrizó en la cocorota, no ando muy bien de la cabeza. Al menos eso es lo que piensan quienes me rodean y lo que me han repetido sin parar desde que era muy pequeño. He acabado por hacerme a la idea y, a la larga, por cogerle gusto. Me perdonaban a medias todas las travesuras por esa incapacidad. Sin embargo, no soy más tonto que otros. Jugando al fútbol, todo el mundo os lo confirmará, soy el mejor portero de la barriada. Mi ídolo se llamaba Yashin. El famoso Yashin. Nunca lo vi en acción, pero se cuentan tantas historias acerca de él… Hay quienes aseguran que era capaz de parar un balón disparado por un cañón Krupp. Otros, que su cuerpo no obedecía a las leyes de la gravedad. Decían incluso que su muerte prematura fue obra de atacantes internacionales a quienes humillaba su talento. En cualquier caso, yo quería ser Yashin o nada. Así que me cambié de nombre para usar el suyo. A Yemma no le gustaba, pero como me negaba a responder al nombre por el que habían sacrificado un cordero delante de nuestra chabola, se había resignado a llamarme como los demás. Solo mi padre, que siempre fue viejo y cabezota, insistía en la apelación arcaica: Moh. Pero con un nombre así no se puede llegar muy lejos. Por lo demás, no me quedé mucho tiempo en la vida, porque en la vida no había gran cosa que hacer. Y tengo empeño en decirlo sin más demora: no lamento haber terminado con ella. No echo de menos ni poco ni mucho los puñeteros dieciocho años que me tocó vivir. Y eso que al principio, los días inmediatamente posteriores a mi muerte, me habría costado decirle que no a una de esas tortas de mantequilla rancia que preparaba mi madre, a los pasteles de miel o al café con especias. Sin embargo, esas necesidades terrenales se han ido disipando poco a poco, e incluso su recuerdo, que mi nueva condición de espectro ha ido erosionando, se ha esfumado también. Si todavía, en algunos momentos de debilidad, resulta que me acuerdo de las caricias de Yemma cuando me rebuscaba en el pelo para matarme los piojos, me digo: «Venga, Yashin, se te partió la cabeza en mil pedazos. ¿Dónde iban a anidar los piojos si no tienes siquiera pelo para darles acogida?». En fin, me alegro de estar lejos de las chapas onduladas, del frío, de las alcantarillas reventadas y de todos los miasmas que anduvieron por mi infancia. No voy a describiros el sitio en que estoy ahora porque ni siquiera yo lo sé. Todo cuanto puedo decir es que me he quedado reducido a una entidad que, por recurrir a la lengua de ahí abajo, llamaré una conciencia: es decir, la sosegada resultante de una miríada de pensamientos lúcidos. No aquellos, oscuros y raquíticos, que jalonaron mi breve existencia, sino pensamientos de facetas infinitas, irisadas, cegadoras a veces.

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2.

Mucho antes de que se democratizasen las antenas parabólicas, florecían en los tejados de nuestra barriada ingeniosas chapuzas a base de ollas de cuscús que permitían sintonizar emisiones del extranjero. Cierto es que las imágenes estaban borrosas, casi codificadas, pero pese a todo se intuía la estela de las siluetas y el sonido era más o menos decente. Veíamos sobre todo, para el fútbol, las cadenas españolas y portuguesas; las alemanas para la pornografía (y la mala calidad de la imagen tenía el mérito de transmutar el bestialismo en erotismo), y finalmente, las cadenas árabes para la dosis cotidiana de conflicto palestino-israelí y los desmanes del Occidente caníbal. Como la televisión en color estaba fuera del alcance de la mayoría de los súbditos de Su Majestad, disponíamos de una lámina de plástico coloreado que colocábamos pegada a la pantalla: tres bandas horizontales, azul cielo en la parte superior, que evocaba poéticamente el firmamento; amarillo pálido en el centro; y, para terminar, un tono verde césped en la parte inferior. En resumen, disfrutábamos de un chisporroteo de imágenes debajo de un plástico multicolor y con frecuencia arañado y sucio. Además, por la sordera de mi padre, poníamos el volumen tan alto que no nos quedaba más remedio que ver la misma cadena que nuestros vecinos para que hubiera un poco de orden y concierto. Y, a pesar de todo, nos reuníamos cada noche, pequeños y mayores, en torno a aquel tragaluz mágico que daba, sin recato, a las curiosidades del mundo.

Si hubiese existido un libro de los récords en Casablanca, Yemma habría figurado en él en lugar muy destacado: ¡catorce embarazos en catorce años! ¿Quién da más? Y, encima, con once aciertos. Todos chicos. Si a los gemelos no se los hubiera llevado la meningitis a los tres años, habríamos podido formar nosotros solos el equipo de fútbol orgullo de la barriada: Las Estrellas de Sidi Moumen. Seguro que les habríamos metido el miedo en el cuerpo a todas las chabolas de los alrededores. Y Yashin, vuestro humilde servidor, portero titular, sería el baluarte inexpugnable. Habríamos sido tan famosos que incluso los vecinos de los barrios ricos se habrían arriesgado a cruzar el muro para acudir a aplaudirnos. ¿Quién sabe? A lo mejor el vertedero público se habría convertido en un campo de fútbol de verdad. No digo que con césped, como los estadios de los clubes grandes; pero por lo menos un espacio vacío, libre de las inmundas colinas de desperdicios. Y que se fastidie la gente que vive de eso. Que se vayan a rebuscar a otro sitio. No será por falta de basureros. Éramos pobres, pero Yemma nos prohibía trabajar en el vertedero. No había forma de librarse de la sesión de olisqueo al volver a casa por la noche. ¡Y ya podía andarse con cuidado el que oliera a cubo de la basura! Madre había fabricado un látigo tremendo que tenía colgado en la entrada. Y eso de llevar algo a casa, ni soñarlo. Yemma disfrutaba cargándoselo en el acto. Sin embargo, la de cosas que se encontraban en el vertedero… Hamid era el único que podía desafiar a mi madre. Como era incapaz de prescindir del hachís, se había resignado a pagar a diario lo que hiciera falta. Y aunque tuviera buen cuidado de lavarse a fondo en la fuente pública, seguía oliendo a culpa. Por mucho que lo zurrase Yemma, no conseguía nada. Precisaba su dosis de hachís, su tabaco amarillo y su papel de liar. De todos los rebuscadores del vertedero, puedo decirlo sin presumir, mi hermano Hamid era el que más valía. Tenía algo así como un sexto sentido para encontrar la perla de valor. Su olfato animal, al q

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