La novia de Matisse

Manuel Vicent

Fragmento

Capítulo 1

1.

El marchante internacional Míchel Vedrano recordaba muy bien la proposición que le hizo su cliente Luis Bastos aquella noche: «Quiero que te acuestes con Julia. Le quedan sólo tres meses de vida. ¿Puedes hacerme ese favor?». Luis Bastos le expresó este deseo durante una fiesta en su casa de las afueras de Madrid, mientras le mostraba una de las habitaciones para invitados, que tenía un espejo en el techo sobre una cama adquirida en una subasta de muebles antiguos por la que pagó un sobreprecio, porque al parecer en ella se había acostado Isabel II con un amante alabardero y puede que allí hubiera engendrado a una de las infantas, aunque esto no se especificaba con claridad en el catálogo. No es que su mujer estuviera agonizando en ese lecho real. Julia era una chica llena de vitalidad que en ese momento movía por el salón su cuerpo aparentemente espléndido, en el que los médicos habían detectado una leucemia aguda según le acababa de confesar el marido. Al oír semejante proposición, Míchel se quedó impasible sonriendo con un whisky en la mano.

—¿Te vendo un cuadro y encima quieres que me acueste con tu mujer? —se extrañó.

—Eso es lo que quiero —le dijo su cliente Luis Bastos.

—No sé…, no sé si debo hacer tanto por el arte.

Luis no bromeaba. Puede que fuera un cínico, pero acababa de comprarle al marchante un Picasso por doscientos cincuenta millones y lo había colgado en el vestidor del dormitorio principal. Quien se permita el lujo de contemplar un Picasso mientras se pone los calcetines cada mañana está autorizado a este tipo de alardes modernos, y uno quedaría en ridículo si no se mostrara a la altura de semejante abyección. Al marchante no le molestó que su cliente tratara de usarlo como un penetrador de oficio. Siguió con la misma sonrisa cínica y ni siquiera hizo tintinear el hielo del whisky en el vaso, pero le dijo que lo pensaría.

Luis Bastos había organizado aquella fiesta en honor del retrato de una mujer desconocida de Picasso, expuesto en ese lugar de la casa adonde ahora acudían en peregrinación desde el salón con una copa en la mano los invitados, entre los que había financieros, un par de artistas famosos, un crítico, varios políticos y algunos amigos de cacerías con sus esposas o amantes. Todos se veían obligados a hacer algún comentario más o menos banal ante aquella obra de arte. Una chica bronceada por los rayos uva, en apariencia muy frívola, fue la única que advirtió que la mujer del retrato tenía una leve herida en la mejilla. Como la luz del vestidor no era buena, se entabló allí mismo una pequeña discusión entre el crítico de arte y uno de los financieros sobre este punto, ya que el empaste de la pincelada hacía difícil distinguir si esta lesión estaba ya en el rostro de la modelo o se debía a un desperfecto que había sufrido el lienzo. Sólo el marchante sabía la clave de aquel enigma, pero optó por guardar silencio y se dedicó a observar a Julia, que en ese momento ayudaba a las dos criadas marroquíes a pasear las bandejas de canapés y licores en medio de todas las risas felices, entre las cuales sobresalían las carcajadas que daba el dueño de la casa, pese a que su mujer tenía los días contados.

Míchel Vedrano sólo estaba obsesionado por vender cuadros, una pasión que en él excluía todas las demás. Nunca había tenido un interés especial por el sexo, aparte de que un divorcio tormentoso le había dejado muy desactivado. No había participado en los cambios de parejas ni en las comunas en que la marihuana allanaba todos los caminos hacia los cuerpos hacinados en las esteras de esparto en Ibiza o en las fascinantes carboneras de Nueva York, pero ahora le parecía excitante que un marido de la nueva aristocracia empresarial le pidiera por favor que se acostara con su mujer como el último regalo que pensaba ofrecerle en este mundo. Eso podía llenar de orgullo a cualquier hombre con cincuenta y siete años cumplidos.

En aquella fiesta de La Moraleja se hablaba más que nada de pintura. Mejor dicho, se hablaba de la enorme cantidad de dinero que se estaba moviendo en el mundo del arte, un fenómeno presente todos los días en las páginas de cultura de los periódicos. Sentado ahora en un sillón indochino en aquella galería acristalada donde Julia cultivaba un jardín interior, el marchante internacional contaba que ciertos cuadros de pintores famosos llevan dentro un maleficio. Algunos financieros y políticos arrellanados en los tresillos entre carnosas plantas tropicales se mostraban muy interesados en este asunto.

—¿Quieres decir que algunos cuadros traen mala suerte? —preguntó alguien.

—Está demostrado. A mí me ha pasado —contestó el marchante Vedrano.

—¿Incluso pueden acarrear la muerte al comprador?

—Creo que algunos cuadros traen un maleficio más refinado —terció el crítico de arte—. Obligan al propietario a llevar una vida agónica hasta el límite de la estética. No hay nada más cruel.

—¿Qué es eso de la estética? ¿Qué tiene que ver la peluquería con un cuadro? —preguntó Julia bajando la bandeja de caviar al nivel del marchante.

—¡Julia, preciosa, cierra el pico! —exclamó su marido.

En ese momento, Míchel trató de descubrir en el fondo de los ojos de Julia algún reclamo secreto que le hiciera cómplice de una posible aventura, pero ella le miró de forma muy limpia, sin la más leve sombra de intención o malicia.

—¿Qué es la estética, Míchel? ¿Me lo puedes explicar? —le preguntó ella.

—Que cierres el pico. Tú no sabes nada de estas cosas. Te van a pillar.

—Por Dios, Luis, no me trates como a una bruta. Estás borracho.

—Mi mujer cree que la estética consiste en ponerse una mascarilla y hacerse la manicura. Tenéis que perdonarla. La pobre todavía no está corrompida. Lo suyo son los chipirones en su tinta. Los prepara de una forma increíble. ¿Por qué creéis que me he casado con ella, aparte de que está muy buena? —dijo el marido con un cinismo muy celebrado por los invitados.

Era evidente que en cualquier caso Míchel Vedrano tendría que acostarse con una analfabeta en materia de arte. Abundaba gente como esta pareja entre los nuevos coleccionistas. A las galerías y subastas acababan de acceder los nuevos ricos, especuladores de Bolsa, contrabandistas de armas, constructores y narcotraficantes que llevaban el dinero en cajas de zapatos y pagaban un cuadro con billetes sudados sin preguntar el precio ni el nombre del artista. La fortuna de Luis Bastos se debía a varios negocios, entre ellos a una fábrica de envases para laboratorios heredada de su padre, a una inmobiliaria y a una empresa que exportaba tripas de marrajo a Japón y vísceras de res a Suecia, además de una finca de caza que alquilaba a magnates financieros para que llenaran de plomo la barriga de los venados casi alimentados con piensos compuestos por los servidores del coto. En cambio, Julia no tenía más riqueza que su extraordinaria belleza, como solía suceder siempre en los viejos melodramas, y aunque el perfil de su rostro era sumamente delicado, sus manos demasiado redondas y sus rodillas poco moduladas hacían patente una condición popular. De su padre, que había sido brigada, maestro armero o algo parecido en el Ejército, había heredado el carácter franco y espontáneo, pero de su madre, una simple ama de casa, había recibido la enseñanza básica para retener al hombre bien trincado por el sexo y en su defecto por el estómago, o mejor por esos dos mangos a la vez.

Durante esa fiesta, mientras el crítico de arte exaltaba la sutileza de la tonalidad malva del cuadro de Picasso con una pasión que subyugaba a algunos invitados, Julia le contaba a la mujer de un famoso financiero la forma de preparar los chipirones cuya gracia había ponderado en ella su marido.

—En una sartén mediana se ponen a calentar cinco cucharadas soperas de aceite y cuando está caliente se añade la cebolla picada y se refríe hasta que esté doradita.

—Picasso en sus retratos nunca tuvo piedad con las mujeres. Se complacía en torturarles el rostro. En cambio en ese cuadro… —explicaba el crítico con palabras acaloradas que de un extremo a otro del corro se cruzaban con la receta de Julia.

—Después se agrega el tomate pelado, cortado, y una vez frito se pone harina y agua.

—Para Picasso el rostro tiene un sentido figurado. La primera obligación de una modelo consiste en parecerse al retrato…

—Antes de que empiece a hervir la salsa se añaden los chipirones enteros o cortados en trocitos…

—Picasso quiere conquistar el rostro humano sin someterse a sus exigencias. Sus retratos brotan con el mismo desorden de la naturaleza…

—Y todo esto se hace sin sal… —dijo Julia.

La fiesta fluía en aquella casa de La Moraleja, en las afueras de Madrid, con la alta frivolidad del dinero que incluía comentarios superficiales sobre la filosofía del arte, recetas de cocina y algunas intimidades cenagosas entre mujeres. Betina, la chica pasada por los rayos uva que había descubierto la herida en el rostro de la mujer del cuadro, le contaba a una amiga con la copa en la mano:

—Ese problema hace tiempo que lo tengo resuelto. Cuando me siento deprimida tomo el avión, me voy a Nueva York, llego a las cuatro de la tarde de allí y desde el mismo aeropuerto llamo a Nelson, un negro amigo mío de dos metros, le digo que se vaya poniendo a punto, me presento en su apartamento con las bragas en la mano, me folla durante veinticuatro horas seguidas y una vez que me siento bien machacada, en el avión del día siguiente me vuelvo a Madrid y aún me da tiempo de llegar al despacho del banco a las nueve de la mañana. Sólo pierdo un día.

—Aquí también hay negros que te pueden hacer ese trabajo —le dijo su amiga.

—No es lo mismo. Además es que estoy enamorada de ese Mickey Mouse.

Betina acababa de regresar de su último viaje terapéutico a Nueva York y, si se hubiera levantado la falda de Versace, la amiga aún podría haber visto los vestigios de unas mordeduras casi sangrantes en la parte interior de sus muslos. Sin duda, por allí había pasado un felino muy experto en amores modernos, y para la chica estas marcas eran un motivo de orgullo, pero le contaba a su amiga que al llegar al aeropuerto de Barajas había pasado por una experiencia humillante.

—En la aduana me han abierto el bolso de viaje donde llevaba mis cosas de aseo y envuelto en la ropa sucia traía un vibrador del mismo color y tamaño del pene de mi chico. Lo acababa de comprar en la Pink Pussy Cat del Village, una sexshop que tiene hasta sierras mecánicas para masoquistas. El guardia civil fue palpando por dentro del bolso entre los sostenes y las bragas y de repente la pila del vibrador se disparó, el hijoputa metió la nariz y al encontrarse con el aparato me dijo, haciéndose el gracioso: «Señorita, es usted aún muy joven y bonita para usar estas cosas». Le solté: «Y usted es un gilipollas».

—Muy bien dicho. ¿Y él qué contestó?

—Me soltó: «Si algún día tiene una necesidad me llama y yo la arreglo».

—Qué machista, el hijo de puta —exclamó la amiga.

—Le he puesto una denuncia en el juzgado de guardia. Lo mismo me he buscado un lío —dijo Betina.

En el tresillo de mimbre indochino aún seguía la discusión sobre la herida que ostentaba en la mejilla la mujer desconocida del cuadro de Picasso. Entre el crítico de arte, el marchante y los dos pintores se había establecido una cuestión filosófica.

—Las erosiones en la piel que esa modelo sufrió en su vida real, sin duda, le dieron todo su carácter que después el artista plasmó en el lienzo, ¿no es cierto? El paso del tiempo le fue modulando la expresión del rostro, y las pasiones que pudo haber vivido esa mujer desconocida estarían grabadas en cada pliegue de sus ojos o de su boca —dijo el crítico de arte.

—Muy bien. Y qué —replicó el marchante.

—Es el caso de Dorian Gray. ¿Esa marca que la modelo tiene en la mejilla pertenece a la vida que vivió ella o a la vida que ha llevado el lienzo? —se preguntó el crítico.

—Se trata de saber precisamente eso —respondió uno de los artistas.

—Quiero decir que los cuadros también tienen historia. Algunos envejecen muy mal, como sucede con las personas —siguió el crítico—. El tiempo se posa en la pintura. La historia que viva una obra de arte, las manos por las que haya pasado, la codicia que haya despertado, la emoción estética o los deseos de belleza que haya generado en sus sucesivos propietarios son tan importantes para su carácter como las pasiones o desgracias que nos conforman. Hay cuadros que traen maleficios, ¿no es así?

—Así es. Lo acabo de explicar —asintió el marchante.

—¿Dónde se esconde esa carga negativa, en la modelo, en la obra, en el artista o en el comprador?

—No lo puede saber nadie. De lo contrario el arte perdería toda su magia.

El marchante Míchel Vedrano nunca podría olvidar la aventura que había corrido ese cuadro de Picasso desde aquel día en que lo vio expuesto en el escaparate de una galería de la avenida Madison de Nueva York. Era una mañana de primavera y él se sentía tan feliz que no pudo resistir la tentación de comprarlo llevado por una pulsión erótica que ya había experimentado otras veces. La atracción que una obra de arte produce en ciertos coleccionistas y especuladores es a veces tan fuerte e irracional que nada pueden hacer para controlarla. En ocasiones, el afán de poseer un cuadro hace que el comprador comience a expeler ciertas secreciones, y un vendedor con buen olfato las detecta igual que los animales saben por el olor cuándo su pareja está en celo. Por ejemplo, Míchel Vedrano, ante una pieza de arte en la que viera una posible ganancia, no podía evitar el sudor. Era una reacción puramente química. Esta vez, delante de aquel cuadro de Picasso, el marchante comenzó a sudar abundantemente por todos los poros de la frente y, aunque permanecía estático frente al caballete, parecía que por dentro de sí mismo estaba escalando una cima muy abrupta, e incluso en esta ocasión la nariz también le goteaba. La encargada de la galería conocía muy bien la secreción característica de este comprador y por eso supo que ya lo tenía en sus manos, aunque en principio dejó que se relajara y ya sentados en el despacho le ofreció una pequeña bandeja con bombones.

—Esta cabeza de Picasso perteneció a la colección de Rothschild —le dijo.

—¿De veras? ¿Y por qué se desharía de esta pieza siendo tan rico? —murmuró Míchel Vedrano.

—Usted es un profesional. Sabe muy bien que los coleccionistas se enamoran y se desenamoran. En el mercado del arte se establecen relaciones extrañas de pareja. ¿Qué le voy a contar?

—¿Se sabe algo de esta mujer?

—En la catalogación de Zervos se especifica que es el retrato de una desconocida, pero parece ser que fue alguna de las amantes esporádicas que pasó por el estudio del pintor. Se suicidó en el hotel Negresco de Niza. Por lo visto se cortó las venas en una bañera llena de champán rosa. Son historias que se cuentan. Aunque no sean ciertas dan mucho volumen a un cuadro.

El acto de poseer una obra de arte participa de esa misma pulsión erótica que te arroja en brazos de una mujer fatal o de un chulo muy morboso. Es un fervor incontrolado e irremediable, pero una vez satisfecho este primer impulso irracional el coleccionista se suele enfriar con rapidez. Es lo más parecido a un orgasmo masculino. Por eso un fino vendedor de arte nunca permite que un coleccionista convulso se lleve el cuadro a casa para ver cómo queda colgado en la pared del salón. Si este comprador no lo ha pagado, probablemente la galería recibirá poco después una orden para que pasen a recoger la obra cuya corta posesión no ha hecho otro servicio que calmar una libido momentánea. Míchel Vedrano sabía muy bien estas cosas porque él era a la vez comprador y vendedor y sentía ambas pasiones desdobladas bajo una misma descarga.

—¿No tiene nada más que decirme de esta señorita? —preguntó.

—Quiere saber cómo se llama, ¿no es cierto?

—Eso es.

—Se llama un millón de dólares. Ése es su verdadero nombre —dijo la galerista.

—Estoy sudando.

—Ya veo.

—Deme un vaso de agua, por favor —pidió el marchante.

—Un simple vaso de agua fría no cambiará la realidad de las cosas, mister Vedrano. Un millón de dólares es el precio que pide esta linda suicida por ser poseída. Lo está pidiendo ella, no la galería, que quede claro, ¿comprende? Nosotros no podemos hacer nada. Hágale usted el favor a esta dama —dijo la galerista con frialdad.

Después de secarse repetidas veces el sudor, Míchel Vedrano compró el retrato de esa mujer desconocida por un precio todavía asequible y regresó feliz con el Picasso al hotel Plaza. Esa esquina del Central Park, sin duda la más lujosa de Nueva York, huele intensamente a boñiga de los caballos que esperan a los turistas en la posta de las calesas, y ese olor tan sofisticado el marchante lo llevaba asociado a algunos negocios de arte que había realizado durante años. Muchos cuadros de pintores importantes habían sido perfumados previamente por ese aroma de estiércol de caballo antes de alcanzar su último destino. Siempre le había dado buena suerte.

Esta vez también dejó el Picasso abandonado sobre una butaca de la habitación y salió del hotel hacia la tienda de alfombras persas. El dependiente que le atendió ya sabía que este cliente era un poco raro: más que en la calidad de la alfombra solía fijarse en la consistencia del tubo de cartón que la envolvía. En otra ocasión había tenido el mismo problema. Míchel Vedrano exigió dos tubos con una pequeña diferencia de calibre, de modo que encajaran uno dentro del otro con una presión muy medida para crear entre ellos un doble fondo invisible. Con eso el marchante preparó el engaño para la aduana. Desclavó la tela del Picasso de su bastidor, la enrolló entre los dos tubos, los lacró por los extremos e importó la alfombra persa metida en lo que parecía a simple vista un solo cartonaje.

Míchel Vedrano se permitió el lujo de dejar en la aduana de Barajas durante una semana el paquete confiando en que esta vez tampoco descubrirían el contrabando, como así sucedió. No trataba de desafiarse a sí mismo ni de correr ningún riesgo, pero sabía por experiencia que los aduaneros valoraban este aparente abandono como una prueba de confianza, de modo que esta relativa calma que se tomaba neutralizaba su curiosidad. Pasados unos días, el marchante mandó a un empleado a Barajas para recoger la alfombra persa importada legalmente. Cuando el rollo llegó al estudio Míchel Vedrano sacó la alfombra, la extendió en la moqueta, dejó el tubo apoyado en la pared cerca de la papelera y esa misma tarde salió de viaje para pasar el fin de semana en la Costa Brava con su nuevo cliente el empresario Luis Bastos, uno de esos tipos capaces de hacer mil kilómetros sólo por degustar un plato recién creado por un cocinero de fama.

En este caso, su objetivo había consistido en probar unos salmonetes del Ampurdán que preparaban en el restaurante El Bulli con una salsa de verduras cuya combinación de colores estaba inspirada en una cerámica de Gaudí. Frente al mar en la cala Montjoi del cabo de Rosas, en la mesa, entre Míchel, Luis Bastos y su mujer, había también una escalibada de berenjena con muslitos confitados de codorniz.

Mirando el azul de la bahía a través de la copa de agua mineral, Julia trataba de olvidarse de la resaca que le golpeaba las sienes con unos latidos y que ella confundía con los embates que el oleaje daba en las rocas, pero aun así estaba muy atractiva con las ojeras cargadas por el placer de la noche anterior. En la suite real del hotel Ritz de Barcelona, ella había complacido una vez más a su marido poniéndolo a cuatro patas, cabalgándolo desnudo para llevarlo a abrevar en el bidé lleno de champán, y perdidos de nuevo entre varias botellas vacías a los dos se les había hecho la oscuridad en el cerebro, y al entrar el sol por la ventana había iluminado lo que parecía ser un campo de batalla en el que todos habían sido derrotados, con lámparas derribadas, sillas patas arriba, Luis tirado a los pies del sofá y Julia cruzada boca abajo en la cama casi con la cabeza en la alfombra, pero la luz del día también había añadido un extraño elemento a ese caos: una joven desconocida y extremadamente bella había aparecido desnuda y dormida dentro de la bañera con una copa vacía en la mano, y ellos no sabían quién era aquella mujer ni por qué se había presentado de noche en la suite del hotel.

Durante el almuerzo en El Bulli, en medio de sonidos de mar, Luis Bastos le contó a Míchel Vedrano que no recordaban haberla llamado. Suponían que sería una simple prostituta porque habían tenido que pagarle cincuenta mil pesetas que ella les exigió, sin que la pareja supiera qué clase de servicios había desempeñado aquella desconocida en medio de la inmensa borrachera que agarraron y que les había dejado sin memoria. No le dieron importancia. Ya se sentían limpios otra vez, puesto que esa misma mañana, recién salidos de la bacanal nocturna, habían quedado con Míchel Vedrano en la puerta de la Fundación Miró para purificarse, y ante un cuadro de constelaciones el marchante había tratado de explicar a la pareja por qué Miró había alcanzado la cumbre de la belleza al unir los signos con el ritmo del álgebra. Aquello que parecían estrellas no eran sino sexos femeninos.

—¿Y por qué es caro un cuadro de Miró si no son más que garabatos? —preguntó Julia.

—No hables, cariño, que tú no sabes de estas cosas —le cortó el marido con un cariñoso pellizco en el trasero.

—Los cuadros de Miró son tan caros porque sólo los pueden comprar los muy ricos —dijo Míchel Vedrano.

—¿Has visto, Luis, qué fácil? Ahora lo he entendido —exclamó Julia.

Cuando ya estaban degustando los muslitos de codorniz frente a la cala, Míchel Vedrano propuso al empresario Luis Bastos que le comprara un Picasso, una cabeza cubista de mujer desconocida, de 50×40, que había perte

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