Una casa en el desierto

Javier Fernández de Castro

Fragmento

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Vista a distancia, y solo a juzgar por sus hechuras, bien podría tratarse de una de aquellas mansiones que las familias acomodadas de antaño se construían en lugares de moda y dotaban de todos los equipamientos que se consideraban indispensables para pasar un buen verano.

Pero, a diferencia de aquellas casas, esta se alza en medio de una zona desértica, desesperantemente pedregosa y de una sequedad casi ofensiva. Las lejanas estribaciones de la sierra que surgen a su espalda hacen de pantalla a los frentes de nubes procedentes del mar y que tras chocar contra esa barrera montañosa se desvían hacia el este llevándose consigo la posibilidad de una lluvia que podría ser casi un milagro para esta tierra paupérrima y de aspecto lunar. Pese a las dificultades que por fuerza hubo de plantearles un medio tan hostil a la vida, los actuales propietarios tuvieron la precaución de plantar nada más instalarse una tupida arboleda que defendiese la casa y sus dependencias de los embates del cierzo y atemperase los efectos de las tormentas de polvo que con tanta frecuencia se desencadenan en esta parte del país. De aquellos árboles protectores quedan en pie bastantes ejemplares perfectamente robustos y saludables, aunque lo que predominan son las raquíticas siluetas de unas variedades que, encima de ser más débiles o menos aptas para medrar en un desierto, se han avisto afectadas por un mal que con toda evidencia acabará matando cualquier tipo de vida. Sin embargo, y en contra de lo que pueda parecer debido a semejante entorno, la casa misma ofrece un aspecto cuidado e incluso de las rejas del jardín y las contraventanas de las cuatro fachadas se diría que no hace mucho han sido repintadas de verde.

Por completo ajenos a la desolación que los rodea, dos hombres de edad y aspecto muy dispar se dedican con más ahínco que acierto a una tarea que evidentemente les sobrepasa, sea esta la que sea. Uno de ellos, el más viejo, está aquejado de una debilidad tan imperiosa que después de cada desplazamiento busca una sombra y tras tomar asiento despliega sobre las rodillas un mapa que le permite dirigir a distancia, valiéndose de un teléfono móvil, los movimientos de su ayudante, el cual, incluso visto de lejos, demuestra no estar hecho para hacerse cargo de una cámara fotográfica que tiene todo el aspecto de ser de manejo difícil, aparte de que además está haciendo de ella un uso muy peculiar: una vez se ha puesto de acuerdo con el otro acerca del lugar adecuado, el ayudante planta el trípode con las patas tan separadas que el objetivo queda a menos de medio metro del suelo, hecho lo cual procede a tirar sucesivas instantáneas mientras, casi doblado en dos, va girando sobre sí mismo hasta completar una panorámica de trescientos sesenta grados. ¿Y tanto trabajo para qué? Para tomar primeros planos de unos matojos raquíticos y requemados por el sol y que no parecen diferir gran cosa de otros hierbajos que fotografiará poco después.

Oculto y a cierta distancia para no ser detectado, un tercer hombre provisto de prismáticos sigue con suma atención los manejos de los otros dos. A juzgar por su insistencia en enfocar alternativamente a uno u otro, está desconcertado y se esfuerza por entender el sentido de un empeño disperso pero sobre todo desproporcionado, pues si en cualquier dirección hacia la que dirija los prismáticos únicamente le entran por los ojos a través de las lentes las imágenes de unas llanuras inmensas, estériles y achicharradas por el sol, ¿qué efecto pueden tener sobre tan desmesurada devastación los afanes de un hombre visiblemente enfermo y que encima solo cuenta con el apoyo de un ayudante voluntarioso aunque por completo inepto?

Después de una minuciosa e insistente, aunque muy poco conclusiva observación, mientras guarda los prismáticos en su funda, el emboscado deduce que el anciano y su ayudante han acordado dar por terminada la tarea del día, por lo que a él tampoco le queda nada que hacer allí. Sin embargo, mientras camina a su vez hacia su propia casa, la mirada que surge de sus ojos denota una firme determinación a averiguar qué diantre estarán haciendo esos dos. Y con qué propósito.

En realidad, se dice el emboscado mientras empieza a dar un rodeo para no atravesar el paraje donde un día se alzaba el desgraciado Cabezo de la Franca, si al anciano ha sabido reconocerlo de inmediato, su acompañante, vestido de una forma como nunca se ha visto por aquí, le resulta totalmente desconocido. Pero tampoco piensa tardar mucho en averiguar de quién se trata. Y qué diantre se proponen esos dos.

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Primera parte

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1. La caja de galletas

Más que nada por el simple placer de estar al aire libre, los días templados en los que no sopla el cierzo procedente del desierto, Dimas, el antiguo guarnicionero, acostumbra a disponer bajo la parra que sombrea la entrada de la casa un banco de trabajo al que le tiene adosado un pequeño yunque de platero para realizar sus trabajos más delicados. La vivienda está situada justo a la salida del pueblo y casi a la sombra de una gran casona señorial que en tiempos fue próspera y de aspecto imponente, pero que hoy se ve vacía y destartalada. Quizá porque comprendieron que el abandono podría ser muy prolongado, los administradores judiciales de la incautada planta de tratamiento de residuos metálicos ordenaron que se tapiasen y enrejasen todas las ventanas de la planta inferior de esa casa y que se reforzasen las puertas con gruesas barras de hierro dotadas de enormes candados. Pero todo ello, puertas, rejas, barras y candados, está medio roto o ha terminado por desaparecer, al igual que los muebles y los objetos que quedaron en el interior cuando sus inquilinos se fueron (por no decir que salieron huyendo) de Herrera.

Desde su taller, o cuando el tiempo invitaba a trabajar bajo la parra, Dimas fue testigo durante años de cómo la gente del pueblo entraba en esa casa incluso en pleno día y volvía a salir al cabo de un rato cargando con objetos que según pasaba el tiempo y se sucedían los saqueos cada vez tenían menos valor. Ahora en el torreón que remata el tejado a cuatro aguas ya no quedan ni los marcos de las ventanas y hasta la antena de televisión ha desaparecido. Y lo mismo puede decirse de la tapia que antaño rodeaba el jardín y la huerta: incluso los árboles, en especial aquel hermoso tilo que asomaba imponente por encima de la tapia trasera del jardín, han sido talados para leña. Puro encono.

Hace un momento, mientras se liaba sin prisas un cigarro, Dimas ha visto aparecer procedente del desierto la solitaria silueta de un hombre. Se trata de un anciano de aspecto huraño y desabrido, mal afeitado y vestido de cualquier manera. Al hombro lleva una gastada mochila de lona y en la mano un grueso y nudoso bastón. Pese a la edad camina erguido y con la cabeza alta, casi desafiante, pero su mirada resbala sobre las cosas y las personas como si no las viera. O como si supiera que todo cuanto aparezca ante sus ojos carecerá del menor interés.

Ahora, mientras aspira las primeras bocanadas del cigarro recién encendido, Dimas ha visto pasar al caminante a su lado sin saludar y adentrarse en el pueblo por la calle Mayor camino de la tienda Comestibles Arévalo de la que saldrá no mucho después con la mochila repleta y dispuesto a emprender el regreso.

Cualquiera que no sea vecino del pueblo y los haya visto hace un momento, uno con la mirada obstinadamente clavada en el infinito, el otro tan inclinado sobre su banco de trabajo que parece como si lo estuviese oliendo, quedaría muy sorprendido de saber que, además de vecinos (pues entonces el anciano vivía con su numerosa familia en la imponente mansión de al lado), con el tiempo habían terminado siendo dos grandes amigos que gustaban de recorrer juntos el desierto y las sierras cercanas enfrascados en actividades tan incomprensibles para los habitantes del pueblo como llevar a cabo el censo de aves esteparias por cuenta de la Sociedad Ornitológica de Aranzana. Curiosamente, si en las horas de trabajo uno era el jefe y el otro su subalterno, en cuanto se adentraban en las parameras quedaba muy claro quién estaba allí en su elemento y quién era un simple iniciado.

Pero eso fue hace mucho tiempo. Desde su reciente e inopinado regreso al pueblo, y pese a que cada vez le cuesta más desplazarse desde su actual casa, el anciano se acerca al menos una vez al mes a buscar provisiones y luego regresa trabajosamente por donde ha venido, tan ajeno al mundo exterior como si todo cuanto le rodea formase parte ya de un pasado demasiado lejano.

Hoy, ahora, casi a su pesar, o como si no pudiera evitar seguirlo con la mirada pese a dar por supuesto su huraño comportamiento cuando vuelva a pasar a su lado, Dimas lo ve hacer de repente algo en verdad insólito, pues al llegar a la altura de su antigua casa se ha dirigido inopinadamente hacia ella y, tras dejar apoyada la mochila contra la pared en el suelo, ha desaparecido en su interior colándose por entre las dos hojas de una puerta lateral medio desencajada.

A Dimas le ha tomado tan por sorpresa la ocurrencia del anciano que ahora mismo, con el cigarro colgando del labio inferior, todavía le cuesta aceptar haber visto lo que ha visto. «¿Qué esperará encontrar ese hombre en una casa tan sañudamente saqueada desde hace años que ya ni siquiera viene nadie en busca de algo que robar?», piensa perplejo.

Cuando, al cabo de un rato, el anciano sale de nuevo a la calle, recoge su mochila y reanuda el camino, Dimas lo sigue con la mirada pero, fijándose un poco más cuando lo tiene a solo unos pasos de distancia, advierte que el caminante lleva bajo el brazo una de esas abolladas cajas metálicas de galletas que, una vez consumido el contenido original, en las casas terminan sirviendo para guardar los útiles de costura, o un batiburrillo de tesoros de inapreciable valor para los niños.

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2. Auge y decadencia de Herrera a secas, antes Herrera de la Cañada

I

A Herrera los años buenos se le acabaron para siempre cuando cayó en desuso la cañada de trashumancia, tan estrechamente vinculada al pueblo que incluso figuraba en su nombre originario, Herrera de la Cañada. Para los pastores y sus ganados, pero también para los arrieros y las recuas de mulas cargadas de mercancías, e incluso para las pesadas carretas de transporte o las primeras diligencias de pasajeros, hacer un alto en Herrera de la Cañada era casi inevitable porque no había ninguna otra población a lo largo de esa transitada vía de comunicación que atravesaba casi en diagonal una desolada extensión conocida como La Llanada de Aranzana. Con la paulatina entrada en servicio de las nuevas conexiones y el desarrollo de los modernos sistemas de transporte, pastores, arrieros, carreteros y postillones dejaron de frecuentar los establecimientos creados en Herrera de la Cañada para atender sus necesidades porque también ellos, sus clientes naturales, acabaron barridos por los nuevos tiempos. Hasta que finalmente, con motivo de alguna de las sucesivas reformas catastrales, el pueblo perdió la primitiva referencia a la cañada y pasó a llamarse Herrera sin más.

Así, Herrera quedó convertido en un pueblón destartalado y desproporcionadamente grande para sus posibilidades y cuyo caserío se extendía por una hondonada situada al abrigo de las sierras de la Peregrina y San Dimas, que a partir de su origen común se abren como dos brazos retorcidos y sarmentosos que luego parecen diluirse en el inmenso desierto. Una vez consumado el desuso de la cañada, las únicas rentas posibles para unos vecinos cuyo número iba disminuyendo de año en año provenían, en el caso de las mujeres, de las prendas de vestir que a cambio de unos sueldos miserables cosían para unos grandes almacenes de ámbito nacional y, para los hombres, de unos pocos olivares y viñas, y en menor medida de las huertas cultivadas en los márgenes de los ríos Entrega, que nace en la Peregrina y corre al norte de la población, y Clamor, que viene de la sierra de San Dimas y rodea el pueblo por el sur. Contra lo que pueda parecer, esos ríos apenas contribuyen al regadío debido a la debilidad de sus caudales, con el agravante de que en lo más agudo del estiaje ambos se ocultan bajo tierra y sus cauces superficiales quedan reducidos a una sedienta sucesión de charcas comidas por las algas. Una vez dejada atrás Aranzana, la capital de la provincia, los ríos emergen de nuevo a la superficie y ven enriquecidos sus caudales por los aportes procedentes de otras sierras situadas más allá de los límites de La Llanada y por lo tanto sin utilidad para regar los huertos.

Y así estaban las cosas en ese pueblo ahora llamado Herrera sin más, cuando hizo su aparición un desconocido que dijo ser holandés y llamarse Casper Verhoeven. A continuación, y tras puntualizar que hablaba como representante de una gran multinacional con sede en Ámsterdam, anunció que el motivo de su presencia allí era la posible creación de una industria dedicada a la manipulación de residuos metálicos.

En principio, que una gran empresa extranjera eligiese una población situada en una comarca desértica y prácticamente despoblada debería haber alertado a las autoridades, pues lo lógico es que ese tipo de negocios surjan en los suburbios industriales de las grandes ciudades, incansables productoras de toda clase de desperdicios. Y, por si fuera poco, por su atuendo y sus arrogantes maneras, aquel tipo pelirrojo y vestido con descuido no respondía en absoluto a la imagen que generalmente se asocia con un gran capitán de empresa y, como poco, también eso debería haber dado pie a algún tipo de pesquisas por parte de las autoridades. Cualquier cosa antes que entregarle sin más las llaves del pueblo.

Sin embargo, debido a las duras condiciones de vida que se daban en aquel entonces en Herrera, y porque la propuesta era demasiado tentadora para rechazarla, la inesperada aparición de aquel sujeto fue acogida con un interés rayano en el entusiasmo: al fin y al cabo sus promesas implicaban inversiones y trabajo para todos y quién rechaza, basándose solo en las apariencias, la posibilidad de acceder a los lujos y servicios que se consideran normales en cualquier sociedad civilizada.

Ocurre sin embargo que ni siquiera las progresivas y misteriosas incursiones del recién llegado en el desierto y las sierras vecinas, siempre acompañado del abigarrado pelotón de ayudantes que hizo venir de Holanda, parecieron inquietar a una población demasiado sumida en la necesidad. Incluso los conspicuos y siempre alerta integrantes de la tertulia del Casino La Amistad fueron incapaces de intuir el verdadero alcance de lo que se estaba fraguando. Lejos de ello, celebraban con regocijo los desencuentros que surgían a cada paso debido al inevitable choque de una mentalidad pueblerina con la modernidad europea que llamaba a sus puertas.

Uno de los malentendidos más celebrados en el casino tuvo lugar cuando el llamado Casper Verhoeven, que para entonces ya era conocido por todos a su espalda como el Holandés, presentó en el ayuntamiento de Herrera la preceptiva solicitud de permiso para instalar una planta industrial. Al parecer, en la casilla del formulario en la que se debía especificar la clase de negocio que se pretendía crear, el solicitante había escrito: «Empresa dedicada a la manipulación y gestión integral de residuos metálicos». Puesto que a partir de las explicaciones que le daba el solicitante, el desconcertado funcionario municipal no lograba hacerse una idea de lo que implicaba semejante actividad industrial, había pedido información a su asesor habitual en la Diputación Provincial. Y tras una larga conversación telefónica, al cortar la comunicación el ya aleccionado funcionario tomó un bolígrafo, tachó enérgicamente lo que estaba escrito en esa casilla y puso debajo: «Chatarrería».

II

No mucho después de iniciarse las obras en la flamante Planta Casper Verhoeven para la Gestión Integral de Residuos Metálicos (popularmente conocida ya como «la Planta») empezaron a surgir las primeras

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