Los mares de Wang

Gabi Martínez

Fragmento



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Portadilla

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Citas

Mapa de los mares de China

La costa china

Pekín

Beidaihe

Tianjin

Dandong

Dalian

Yantai

Qingdao

Nanjing

Suzhou

Shanghai

Putuoshan

Hangzhou

Wenzhou

Xiamen

Guangzhou

Shenzhen

Hong Kong

Macao

Hainan Dao

Beihai

Dongxing

Cita

Agradecimientos

Sobre el autor

Créditos

Cita

—Bueno, nos espera un siglo asiático —dijo Austen—. Espero que nos traten mejor de lo que nosotros los hemos tratado a ellos.

El mundo está cambiando muy deprisa. Mil doscientos millones de personas son chinas. El cambio lento y gradual no va a funcionar. Necesitamos una transformación revolucionaria en todos los aspectos.

JOHN LANCHESTER
El puerto de los aromas

Ésta es una cultura indiferente al afán de transparencia, que prefiere lo alegórico incluso a riesgo de la propia vida.

SHIGEHISA KURIYAMA
La expresividad del cuerpo

Avanzar hacia el sur será afortunado, porque así se cumplirá su voluntad.

Yijing. El libro de los cambios

Map

La costa china

La costa china

«¿Y por qué viene de tan lejos a ver nuestros mares?», preguntó el conductor. Trataba de ser amable después de la estafa.

En el aeropuerto habíamos acordado el precio del trayecto hasta Pekín en el achacoso vehículo que utilizaba como taxi ilegal. Al encajar la mochila en el maletero, preguntó qué me traía por su país y fue entonces cuando respondí que me dirigía a la costa. «Siéntese atrás.» Salió del parking. Cuando estaba a punto de acceder al ramal que desembocaba en la autopista, paró en una zona intermedia flanqueada por vehículos que pasaban zumbando. Un hombre apareció de algún lugar ocupando el sitio del copiloto. «Aprovecharemos el viaje para llevar a este señor», decidió el chófer. Giró el volante embocando la vía y, con el motor en marcha, dijo: «Como son dos personas, le costará doscientos yuanes». «¿Qué? Hemos quedado en cien. Que pague él su parte.» Los hombres se volvieron hacia mí. «Si no le gusta, puede bajarse.» Los autos pasaban deprisa por los flancos dejando restos de sonido. «De acuerdo, vamos», dije. El taxi se incorporó a la autopista.

«¿Y por qué viene de tan lejos a ver nuestros mares?», preguntó el conductor un par de silenciosos kilómetros más tarde. Yo prefería no hablar, aún menos de cosas tan íntimas como los porqués de un gran viaje. Podía haberme enfundado la irritación y aceptar la charla para recabar los primeros datos sobre Pekín, pero al fin y al cabo la capital no interesaba a mi proyecto —es una ciudad interior, tiene el mar a tres horas— y estaba cansado después de cruzar Europa y Asia escuchando las expectoraciones ultrahumanas de los chinos en los lavabos de Schiphol —donde hice escala— y en el avión.

De todas formas, la pregunta era buena para empezar: ¿por qué la costa china? La respuesta detallada concluiría que al principio me sugestionó la abrumadora cantidad de informaciones recibidas sobre China en los últimos años, la mayoría apuntando al boom económico sin precedentes en la Historia. Números muy largos rutilaban en los media, que reproducían cifras y estadísticas a destajo, tan incomprensibles como aparentemente asombrosas. Se publicaron grandes reportajes y libros sobre las condiciones laborales de las fábricas chinas, sobre el retorno de Hong Kong y Macao a la égida del Partido Comunista, sobre las nuevas mecas del shopping, la piratería y la corrupción desbocada, la política de hijo único, los maltratados derechos humanos, la incierta amenaza que suponía el país para Occidente…

En nuestro imaginario, los chinos habían sustituido los tejados Ming por rascacielos de vanguardia, los trajes Mao por vestidos de colores, y los lejanos soldados con coleta o los televisivos luchadores de kung-fu habían pasado a convertirse en el vecino despeinado, el frutero o el dueño del todo a un euro. Gente discreta y endogámica, difícil de comprender para nosotros, aunque no diera problemas.

El taoísmo, la principal filosofía religiosa china, afirma que el agua sigue el curso de la sabiduría. Enérgica y flexible, no se yergue, sustenta; no se enfrenta, penetra. Así los chinos habían procurado actuar a lo largo de la historia, evitando colisiones, extendiéndose. Y así los chinos habían comenzado a influirnos, sin aspavientos, con la suave pero inexorable eficacia de una marea alta.

El Imperio del Medio resurgía como líder planetario tras un par de siglos en retaguardia. Era un regreso anunciado, al menos por los propios chinos, que confían en los ciclos y sabían que este momento llegaría. También saben que acabará. De todos modos, su nueva era despega ahora y, ya hasta el final de mi vida, China continuará figurando como una gigantesca presencia mundial, de acuerdo a su tamaño. La grandeza suele ser atractiva, al menos difícil de arrinconar, pura cuestión de espacio. Y las sombras de los gigantes se ciernen sobre el resto.

Me encontré contemplando China.

Hablé con personas de aquí que habían estado allá y coincidían en las sorpresas continuas y en la fascinación, no siempre positiva. La mayoría, también los que dominaban el idioma, aludieron a la dificultad de «conectar». «No hay manera de entenderse», repetían después de cerrar tratos multimillonarios con los inescrutables asiáticos.

El coche de los estafadores circulaba por una vía de varios carriles bien asfaltada. Los árboles y las fábricas se alternaban en los márgenes tocados por una grisura espesa que se compactaba reduciendo el horizonte conforme nos aproximábamos a la capital de tierra adentro.

No iba a detenerme en Pekín, aunque ahí radicara el interruptor del novísimo alumbrado nacional. En realidad, al encender la luz de China, el espectáculo resultaba mucho menos cegador de lo esperado. En el mapa no había tantas zonas iluminadas por el dinero y el progreso. El enorme oeste permanecía casi a oscuras, mientras que el centro y el sur ofrecían reverberaciones llamativas pero dispersas, Pekín una de ellas. La zona de luz más homogénea serpenteaba como una alfombra rutilante a lo largo de los dieciocho mil kilómetros de costa, y envolvía a algunas islas, que centelleaban como estrellas en el mar.

Dalian, Qingdao, Shanghai, Hong Kong, Cantón, Macao…, ésa era la China que estaba transformando al mundo, y a ella misma. Y parecía dispuesta a hacerlo de una forma tan radical que en adelante la historia se mediría por un antes y un después de la eclosión de sus metrópolis costeras.

La mutación del viejo Imperio llegaba desde el mar, espléndida en paradojas. La China litoral aplicaba simultáneamente los antagónicos capitalismo y comunismo al tiempo que ponía la quinta velocidad del desarrollo después del letargo maoísta, obligando a reajustes vitales que no todos estaban en condiciones de asumir. Ante la prosperidad de las urbes costeras, millones de campesinos peregrinaron ilegalmente en busca de trabajo, creando megasuburbios donde fermentaron nuevos tipos de miseria.

En el taxi, fue un reflejo preguntarse adónde me conducían los timadores. Yo no había respondido a su pregunta y ellos no habían intercambiado palabra en la más de media hora que llevábamos en el coche. Accedimos a un carrusel de anchas avenidas que flanqueaban altos edificios desvaídos por el smog. La gran nube de polución impedía ver más allá de trescientos metros. En los arcenes rodaban ciclistas tapados con mascarillas médicas o con viseras que recordaban las de un soldador. Una mujer en minifalda con el paraguas abierto —¿dónde estaba el agua? ¿Dónde el sol?— pasó por delante de un anciano mendigo con sombrero de paja, los pantalones rotos, llagas en las manos y gafas ahumadas Armani.

China intentaba conciliarlo todo y en la costa aún más. Allí convivían hiperricos e infrapobres, más de medio centenar de etnias, religiones de todo tipo; el mandarín oficial comulgaba con múltiples dialectos empleados por millones de personas. Pese a su clandestinidad, la prostitución se disparaba para satisfacer la demanda del turismo creciente y de los nuevos ricos en la cresta. «Nunca faltan putas junto al mar», me había asegurado un viajero.

Los chinos del mar se desprendían de remilgos para disfrutar a todo tren de unos bienes negados durante décadas. Lo querían todo, pronto y a espuertas. El gobierno apoyaba el experimento, multiplicando las Zonas Económicas Especiales, que trajeron la riqueza a numerosas ciudades. La cosa rodaba. Sin democracia, una fórmula que los mandatarios atribuían a sociedades bárbaras.

Observada por el resto del país y del planeta, la costa china se recreaba en la burbuja eufórica de todos los comienzos. Se sentía joven y, a la vez, experta, avalada por su historia tan larga. Pero, como a todo lo joven a principios del siglo XXI, la perturbaban avalanchas de contradicciones que amenazaban dinamitar sus cimientos, su esencia. Al menos algo estaba claro: si China reventaba o crecía, si se desintegraba o reordenaba, lo haría desde el mar.

Los chinos confiaban en los ciclos de la historia, que con cronométrica exactitud se venían repitiendo desde hacía milenios, y por eso aún creen que, pase lo que pase, su civilización prevalecerá. Siempre fue así. De cualquier forma, la nueva coyuntura no tenía precedentes.

En los siglos VII y VIII, China había despertado al comercio marítimo explotando la ruta hacia India, pero esta vía decayó y no fue hasta los albores del siglo XV cuando el marino Zheng He abrió espectacularmente el país al mar, anticipándose a Colón, Vasco de Gama y Magallanes en el descubrimiento de otros mundos. Las flotas de Zheng He marcaron un apogeo cultural pronto finiquitado, sin embargo, por la propia dinastía Ming que le apoyó: Zheng He salía caro. Terminaron las expediciones marinas y, con ellas, el interés por lo extranjero. China se volvió hermética y ensimismada.

¿Resultado? Es verdad que además de emplear el paraguas o la cometa dos mil años antes que en Europa, China inventó la tinta, el papel o la pólvora, y sus marinos fueron los primeros en beneficiarse de la brújula, el sextante y el timón. Pero la revolución industrial de Occidente evidenció el letargo tecnológico del país, que acabó pagando su cerrazón siendo humillado con unos treaty ports que lo obligaron a ceder puertos estratégicos a potencias extranjeras.

Los primeros grandes bofetones llegaban del mar.

Luego, una decisión clave del líder del Partido Comunista, Mao Zedong, fue desatender las ciudades costeras para potenciar el interior del país. Pretendía una distribución más justa de la riqueza. Cuando Deng Xiaoping tomó el relevo no sólo devolvió poderes a la costa sino que la privilegió con las Zonas Económicas Especiales (ZEE). Desde entonces, el litoral asumía el papel motor del «milagro económico».

Una de las primeras iniciativas turísticas del país fue el trayecto en barco por el río Huangpu de Shanghai, la ciudad donde se transliteró al chino la palabra inglesa modern. Los ciudadanos acudieron a las playas en masa aprendiendo a disfrutarlas. Se construyeron paseos marítimos con vistas emocionantes; el de Qingdao alcanzó los cuarenta y dos kilómetros. Se popularizó la expresión xia hai, que significa «lanzarse al mar» y señalaba a los adolescentes que abandonaban los estudios para hacerse sitio en el mercado. Los puertos competían con los más transitados del mundo. Y en torno a estos núcleos emergían colmenas fabriles donde se producía a mansalva, a menudo para la exportación.

En la autopista, el taxi superó a varios hombres solos que caminaban por el margen de la vía contradirección, sin nada en las manos. Sus imágenes taciturnas en semejante espacio inerte poseían un no sé qué inquietante y espectral.

Después de centurias de hermetismo, las dinámicas globalizadoras animaron a China a relacionarse por primera vez en serio con el exterior, recibiendo sus influencias. Para enfrentarlas, los indígenas contaban con la impenetrabilidad de la lengua y la confianza en sí mismos. Creían tener claro quiénes eran. Se afirmaban ahorradores, familiares, respetuosos con la autoridad, comedidos, pacíficos y lo bastante listos como para acuñar el dicho «siempre timamos al extranjero». Porque también están dotados para la mentira. Los chinos son hipócritas naturales, mucho mejores que los ingleses, cuya gestualidad casi siempre les delata. Consideran que el diablo es tonto. Cuentan que a los japoneses les despistaron en la guerra con una flota papirofléxica y que, durante las tempestades, los marineros echaban barcos de papel al agua para que las olas se cebaran con ellos olvidándose de los de verdad.

Enseguida iba a comprobar que no sólo mi chófer era en realidad un hombre de costumbres, sino que la tradición del engaño se seguía a gran escala: el gobierno consideraba cubierto el objetivo de remodelar la costa y había decidido dirigir los fondos de los bancos de inversión a las ciudades del interior más deprimidas. Pero emprender proyectos en zonas depauperadas no iba a reportar los réditos fulgurantes y extraordinarios del litoral, así que muchas de las ciudades más beneficiadas por la inversión extranjera optaron por falsificar sus números para permanecer en el meollo del pastel.

Por otra parte, los portavoces políticos daban ruedas de prensa minimizando los éxitos económicos del país mientras analistas internacionales aseguraban que el gobierno escatimaba cifras aún más impresionantes, en una estrategia que, además de congeniar con la discreción que tanto reclamaba Mao, servía para no intimidar al resto del mundo con la visión de un dragón demasiado poderoso.

El caso es que se mentía por sistema mientras la brecha entre el campo retrasado y la sofisticada línea marina se ampliaba sin que las proclamas solidarias del comunismo pudieran arreglar gran cosa. Los campesinos se indignaban ante las abisales diferencias. Las manifestaciones violentas aumentaban cada año, China adentro. Las mentiras de la costa ya tenían unas víctimas visibles en las calles de sus propias urbes, donde coincidían zarrapastrosos emigrantes ilegales con ejecutivos en Ferraris.

La paciencia y el desapasionamiento eran otros rasgos proverbialmente chinos que se agrietaban junto al mar. Los jóvenes, de natural enérgicos y ambiciosos, hallaban oportunidad de prosperar de modo que, antes que el chino, les dominaba el hombre, y con él sus apetitos, sus tentaciones. Se volvían más salvajes en aquel universo ordenado, acostumbrado a compartimentar. Sentían los latigazos de la pasión y no renunciaban a ella, al contrario de lo que hicieron sus padres, y así se les disparaba la fantasía y el ansia de acción. El inconformismo juvenil abría fisuras que podrían devenir cataclismos si el sistema insistía en preservar su rigidez.

Las diferencias entre viejos y jóvenes eran mayores que nunca. También fue así en Occidente, pero en China aún más, porque la tecnología de vanguardia y la paleta de colores impactaron contra una sociedad agraria instalada en la uniformidad de los trajes Mao. Otras dos galaxias incompatibles eran el campo y la ciudad.

Y mientras los medios de comunicación, siempre controlados por el gobierno, divulgaban proclamas a favor de la unidad de una nación cada vez más aglutinada en torno a los Juegos Olímpicos que se preparaban en Pekín, los internautas descargaban músicas y películas nutriéndose de argumentos que les abrían interrogantes y hurgaban en la paradoja de un país donde se vendía casi de todo menos antenas parabólicas, tocado por la censura y con la matanza de Tiananmen aún fresca en la memoria.

La nueva revolución china, la que no tenía vuelta atrás, se levantaba como una gran ola desde los confines del continente y nadie conocía hasta dónde llegaría al romper, ni cuántas olas vendrían después ni cuánta frescura dejaría a su paso ni cuánta devastación. El futuro de China se jugaba en la costa. Pero ¿quién vivía allí? ¿Les gustaba pescar? ¿Cambiarían el gusto del té por el del café? ¿Tenían miedo al volver tarde a casa? No había casi libros que respondieran a esas preguntas. No había libros sobre la gente del planeta que experimentaba la metamorfosis más grande de las últimas décadas, sometida a todas las angustias y esperanzas de la época más vertiginosa hasta entonces, que era la mía. El país emergió como un símbolo de renacimiento y rebelión, su corazón bombeando como el de un animal portentoso e indómito pero perdido, inconsciente de sus auténticas posibilidades. Y ahí fue cuando pensé que todos éramos China.

Rodando en el auto intrigante por los anillos concéntricos de Pekín, no sabía aún que la Gran Muralla empieza en el mar. Quedaba tanto por saber… Luego crucé en barco el sucio golfo de Bohai; oteé en lontananza desde el cabo Chengshan rodeado de emperadores de piedra; recibí a putas en mi cuarto; paseé un jardín bajo la nieve; bailé en Cantón con una docena de expatriados balbuceantes por la droga, versión moderna de los colonos más lujuriosos del opio; viví un tifón; discutí a gritos, con lágrimas; me bañé a pocos metros de soldados y en playas paradisíacas donde un grupo de ucranianas en topless dejaban boquiabiertos a hombres y mujeres; Hong Kong y Macao son dos joyas muy distintas, ambas reportan placeres por encima de la media; y hubo música donde los cañones apuntan a Taiwán; risas torcidas con mafiosos vietnamitas; bicis; perlas… Y, siempre, mar.

Pero esto son sólo fogonazos resultones de aquella normalidad costera capaz de extrañar hasta a un chino (de tierra adentro). Y es que lo que menos imaginaba era que iba a testimoniar las consecuencias de tantas colisiones situado en primera fila, a través de mi compañero Wang.

Un abuelo ojeroso y calvo fumaba en camiseta de tirantes junto a un semáforo. El tráfico era denso y lento. Los pitidos, constantes. Pekín nos había engullido en su trama de colosos de hormigón, pero también de acero y cristal. Nada brillaba en la áspera ciudad del norte empalidecida por el smog de sus apestosas branquias.

Wang iba a ser mi traductor durante la primera mitad del recorrido, de Dandong a Shanghai. Llegaría la mañana siguiente. Tenía veintiún años y venía en tren desde la provincia interior donde estudiaba español. Le había ofrecido costear su viaje al completo, sin más, porque como de costumbre me movía justo de dinero. Wang aceptó. Aseguró que le estimulaba viajar gratis por zonas desconocidas mientras practicaba un español que ya hablaba realmente bien, después de dos años en la universidad.

Con Wang comprobé cómo un país te puede explotar en la cara. Fui testigo del desmantelamiento de una forma de entender el mundo, el choque brutal y dañino entre las dos Chinas que pretendían conciliarse. Fue una experiencia violenta y aleccionadora que procuró sorpresas y agitaciones en un momento de mi vida que creía reservado a la tranquilidad. Aunque lo más extraordinario fue la certidumbre no sólo de asomarme a la cabeza de alguien educado de una forma tan opuesta, sino de asistir a cómo los prejuicios y repulsas del principio del viaje se iban modificando gracias a la comprensión de algunos matices que me aproximaron a muchos porqués, concediéndome un entendimiento reconfortantemente mayor de aquellas naturalezas.

Desde luego que el taxista ladrón no fue el mejor inicio posible. El vehículo se detuvo en mitad de una avenida. «¿Dónde está el hotel?», pregunté. El chino señaló una calle saturada de carteles en caracteres que no entendía. Abrió el maletero y aguardó a que yo sacara la mochila. Estiró la palma de la mano y le pagué. No nos dijimos adiós. Tampoco volvió a preguntar por qué me dirigía al mar. De haberlo hecho, yo lo habría resuelto con la opción más breve y auténtica: «Por curiosidad».

Pekín

Pekín

Por fin terminaba el día, aún más enfadado de lo que preveía mi Protocolo de Aterrizaje particular. Hace años asumí que cuando viajara a países especialmente extraños sería timado a lo largo de la primera jornada, al menos así había sido hasta entonces. No es que buscara mi propia ruina ni encontrara placer en la rabia. No. Es que me timaban.

Los chinos atribuyen al estúpido la capacidad de «levantar una piedra para dejarla caer en los propios pies», y la sentencia resumía bastante bien mi estilo de coleccionar fraudes desde que recalara en su país.

Aquella tarde, después de pagar el doble al taxista y dejar la mochila en el cuarto, caminé hasta la Ciudad Prohibida. En las anchísimas aceras, algunos tenderos jaleaban sus mercancías y servicios en los umbrales recalentados por el aire del desierto de Gobi, que ganaba densidad gracias al humo de los millones de fumadores locales —China tenía el mayor índice per cápita de fumadores del mundo, con trescientos cincuenta millones de consumidores—, los gases de los autos y las fábricas o los vapores de las cazuelas callejeras donde hervían raviolis y fideos, creando una neblina perpetua y tóxica que ennegrecía las fosas nasales.

Se dijo que el Comité Olímpico había desestimado la candidatura pekinesa para el año 2000 a causa de los excesos de mugre volante y por eso, cuando el comité volvió para decidir las Olimpiadas de 2008, el alcalde ordenó detener todas las fábricas mientras los delegados permanecieran en la ciudad con el objetivo de que al menos pudieran ver el sol.

Cuando llegué, el sol se intuía al otro lado de los vahos emitiendo un fulgor otoñal, aunque el verano ya había empezado. El efecto de la contaminación era muy romántico en la Ciudad Prohibida. Las cúpulas y los alerones cola-de-golondrina de los tejados se recortaban contra la bóveda tan gris, que ponía un fondo melancólico propicio para recordar a los veinticuatro emperadores de las dinastías Ming y Qing que disfrutaron como nadie del lugar. La Ciudad Prohibida era uno de los últimos rincones intocados de una Pekín cada vez más homogénea. Los nostálgicos aseguraban que en la ciudad no quedaba mucho más que visitar.

Por los jardines, contra las paredes de los palacios o en el suelo descansaban familias de excursionistas que improvisaban partidas de cartas y picnics a base de mazorcas de maíz y té. Al otro lado del estanque, una mujer bailaba con tres soldados que no jugaban al baloncesto ni al billar, como muchos de sus compañeros destacados en las guarniciones militares emplazadas en el interior de la Ciudad y que delimitaban vallas simples o cordeles.

Una familia detectó a un voluminoso hombre negro en bermudas. La madre corrió hacia él para pedirle mimosa que se hiciera una foto con ellos. Cuando el desconcertado hombre aceptó, seis chinos le rodearon y, radiantes, levantaron las manos trazando con los dedos la V de victoria mientras la boca del negro se descomponía en un gesto de dibujo animado presa de una estupefacción quizá comparable a la experimentada en 1841 por el primer cónsul británico en Shanghai, que no reprimió su descontento ante la extrema curiosidad que le demostraban los vecinos. «Comparados con los chinos —ha escrito el filósofo José Antonio Marina—, todos los europeos tenemos un aire de familia y, comparados con los cocodrilos, todos los hombres nos parecemos un poquito».

A pocos metros de la foto, una harapienta anciana pisoteó una botella de agua vacía hasta aplanarla. Luego la guardó en un bolsón de estraza lleno de otros plásticos observada por una joven pareja derrengada contra los muros de un palacio, ambos tan lánguidos y deshechos que parecían enfermos. Pero no. Tan sólo descansaban.

A lo largo de la tarde presencié bostezos a toda boca, prolongados rascamientos de barrigas al aire por parte de hombres estirados en el suelo, gargajos de concienzuda elaboración, recios empujones en las colas, a una mujer pelando un huevo junto a un hombre que roncaba en mitad del barullo… Todo esto me resultaba realmente extraordinario.

Y las hordas. Enormes grupos de turistas se sucedían por las explanadas en torno a banderines muy altos blandidos por guías que también usaban megáfonos. Y cuando señalaban por ejemplo una cornisa picuda al estilo de las yurtas mongolas, varios miembros del séquito enfocaban sus prismáticos hacia allí. Los aparatos para identificar a distancia eran muy populares.

Semejantes muchedumbres desplazándose por espacios tan magníficos habían dado lugar no sólo a un instrumental práctico sino a rastreadores inmejorables, capaces de localizar ipso facto en el tumulto a alguien o algo perdido. La delgadez de la raza favorecía el zigzagueo y la progresión entre un gentío habituado al contacto físico, que empleaba los codos, empujaba o presionaba de cualquier forma, aliento incluido, a menudo por simple inercia.

En su libro Claves para China, escrito a mitades del siglo XX, Claude Roy no pudo evitar el símil oceánico para aludir a las fascinantes cantidades de individuos asegurando sentirse ahí en medio «como el nadador que experimenta la realidad del agua salada, de la ola, del océano sin término». La metáfora acuática de las mesnadas quizás agradara a los poetas pero el concepto «millones» estaba a punto de tomar un temible nuevo significado si los planes de Mao, el Gran Timonel, prosperaban. El propio Roy lo sintetizó en este diálogo:

«—Si los chinos viven mejor, morirán menos.

—Seguramente.

—Y si mueren menos, serán más.»

Indudablemente, Mao logró que los chinos fueran más. De hecho, se le fue la mano. Confió en que la nueva fuerza obrera sacaría al país de la ruina sin calcular las contrapartidas de un boom demográfico que terminó con los líderes de fin de siglo imponiendo la política de hijo único en un intento desesperado por paliar el problema de que los chinos murieran menos.

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China es un país superlativo, y Pekín comparte el síndrome de gigantismo desde su misma concepción. Según la leyenda, los geománticos que trazaron sus planos decidieron apoyarla sobre los huesos del gigante mitológico Nao Cha. En concreto, la Ciudad Prohibida se levantó sobre el tórax, en el corazón mismo de la capital del Imperio del Medio, un país que contabiliza un quinto punto cardinal: el centro.

En pocos sitios encajaba tan bien la palabra grandiosidad. O magnífico. Descomunal. Apabullante. Pasmoso. Y abrumador. Inhumano. Desorbitado. Inmensidad. E, influido por esta orgía de colosalismo, Mao ordenó cuadruplicar las dimensiones de la plaza de Tiananmen, que desde la Ciudad Prohibida se divisaba como un pequeño mar al otro lado de la avenida de la Larga Paz, una suerte de autopista interurbana sólo franqueable a través de pasadizos subterráneos.

Iba a cruzar a Tiananmen cuando una veinteañera bajita y de nariz chata al estilo del sur asiático me preguntó en inglés si estaba de vacaciones, si conocía la ciudad.

—Yo soy Brenda, aquí todos tenemos un nombre occidental. Y ellas —un par de pasos por detrás— son Lily y Cherry.

Lily y Cherry parecían recién sacadas de una pasarela neoyorquina por su belleza enriquecida con prendas a la última. Lily vestía tejanos cortos por encima de panties a listas de colores; Cherry, una chaqueta de gasa sobre una camiseta rajada por el costillar pero donde aún se podía leer la palabra Fashion; y Brenda era la más recoleta: zapatillas Nike y camisa negra sobre una falda igual de negra y larga, el conjunto resaltado, eso sí, por una pedrería a base de zafiros y más que posibles diamantes. Las tres llevaban gafas oscuras y ergonómicas en alguna parte del cuerpo.

Brenda habló de sus estudios en Pekín mientras Lily y Cherry intervenían en los breves intervalos en que no tecleaban el móvil. Atravesamos Tiananmen más que nada presentándonos y, cuando la plaza se acababa, Brenda dijo:

—Tengo sed. ¿Vamos a tomar un té?

En una casa de la saturada y olorosa calleja Da Zha, subimos un par de pisos hasta un recinto de crujiente madera y luz tenue. Cortinillas entreabiertas separaban los reservados donde se atisbaba a sigilosos bebedores de té. La camarera Shan Yen Pin —«tengo veinticinco años, llevo dos haciendo esto»— ejecutó la ceremonia de servir tés distintos explicando sus propiedades.

—El té de jazmín alarga la vida. Te hace más joven y es bueno para la piel.

Vestía batín de seda, el pelo recogido en un moño.

—El té verde es especial para el verano, muy húmedo. Se extrae de la misma planta que el rojo pero no llega a fermentarse.

China toma té al menos desde el siglo I antes de Cristo. Hay constancia de casas de té ya en la dinastía Tang (618-907). Monjes y poetas lo consideraban fuente de inspiración. Su consumo se extendió por dar sabor al agua que se tomaba hervida para prevenir la disentería.

—La planta del té dura unos cincuenta años y se suele podar a los veinticinco, así los tallos vuelven a crecer con fuerza.

A lo largo de los siglos se ha ofrecido a amigos y visitantes, para agasajar y como signo de hospitalidad, aunque estaba claro que aquella tarde iba a pagar yo. Estaba claro que la camarera conocía a las tres chicas. Y asumí que, de nuevo y como dictaba mi Protocolo de Aterrizaje, estaba «levantando una piedra para dejarla caer en los propios pies». Pero la factura, en un papelucho arrugado sin membretes, resultó mucho más pesada de lo previsto. Un timo sin parangón iluminado por la —ahora muy entendible— pedrería y la ropa fashion de las chicas. Monologué rabiosamente en español sin regatear un precio que debía haber consultado antes de entrar. Después de orinar en los frecuentadísimos baños públicos de la calle, sermoneé a la indiferente Brenda en solitario porque las dos bellas habían desaparecido. Y adiós.

La furia de noche entre extraños parece más furia, atrae los pensamientos peores, asociaciones perversas que eclosionaron al regresar a Tiananmen, la Puerta de la Armonía Celestial, donde se cernía, entre otros recuerdos, el de la revolucionaria Chai Ling.

El 4 de mayo de 1989 Chai Ling tiene veintitrés años y está en la plaza con los miles de estudiantes e intelectuales que aprovechan la conmemoración de las protestas estudiantiles del 4 de mayo de 1919 para denunciar la escandalosa corrupción del Partido y reclamar al gobierno derechos civiles, libertad de prensa y cierta apertura democrática. Hartos de corruptelas y abusos del Partido, los manifestantes intuyen una brecha que tratan de ampliar reivindicando negociaciones televisadas con los políticos.

El 13 de mayo, más de dos mil estudiantes se instalan en la plaza de forma permanente junto al monumento a los Héroes de la Revolución, en huelga de hambre. Decenas de ciudades chinas secundan la protesta realizando concentraciones de adhesión. Por Tiananmen desfilan hasta un millón y medio de personas dando ánimos. Pero la insurgencia no prende en el campesinado y el gobierno decide reprimir a los manifestantes.

Cinco días después, tras un último intento de desalojo negociado, se anuncia la ley marcial. Los altavoces de la plaza advierten de la inminente llegada de tropas, y el 20 de mayo entra en vigor la ley mientras millares de pekineses ya han bloqueado al Ejército Popular de Liberación los accesos a la plaza con la ayuda de los feihudui (tigres voladores), motoristas que circulan por las inmediaciones informando a los rebeldes sobre cómo se mueven los soldados.

De todas formas, los líderes estudiantiles se angustian. Por votación unánime deciden abandonar la plaza el 30 de mayo. Pero Chai Ling, una de las cabecillas, duda. Experimenta una auténtica «tormenta bajo el cráneo». Habla a sus compañeros de los valores de la lucha, de que merece la pena resistir, invoca al martirio, si es preciso. Chai Ling es muy convincente, así que el día del presunto abandono miles de manifestantes continúan a los pies de su recién levantada estatua de la diosa de la democracia (minzhu nushen), una especie de réplica de la Estatua de la Libertad.

A principios de junio, Chai Ling es entrevistada por un periodista norteamericano al que, sollozando, comenta la necesidad de que los estudiantes viertan su sangre por la patria. ¿Y tú te quedarás en la plaza cuando entren los tanques? Chai Ling dice que ella es una líder y debe seguir dando guerra así que, cuando llega el Ejército y mata a un número grande aunque aún indeterminado de, sobre todo, chavales, la joven Chai Ling se ha esfumado. Reaparece años más tarde en Hong Kong donde, según el sinólogo Manel Ollé, se ha convertido en «brillante ejecutiva» de una multinacional de capital norteamericano.

Los chinos se jactaban de su destreza para engañar y, de seguir así, habría que darles la razón. Muchos occidentales habían reconocido ya su virtuosismo. El escritor Lin Yutang dijo que «los chinos son incapaces de confiar en un sistema porque es de natural inhumano y los chinos odian lo inhumano». Una consecuencia posible era el engaño sistemático.

China ha dado gente muy capaz de driblar reglas, en cierto modo porque adoran los inventos y el juego, los desafíos en fin. Padecieron el superlapsus maoísta, pero ahí también reaccionaron a través de un grupo de campesinos que decidió escamotear al Partido sus particulares ideas sobre cómo dividir el trabajo y la riqueza. La cosa funcionó y el gobierno extendió la fórmula al resto de un país que tomó la siguiente nota: «Engaña para prosperar».

Inquietaba la perspectiva de un viaje por la zona más evolucionada de China: ¿hasta dónde habrían sofisticado la mentira?

De vuelta a Tiananmen, la noche incipiente y los gases formaban una nebulosa espectral surcada por decenas de cometas con cara de dragón, tiburón o tigre manejadas por niños a la carrera que a los pocos metros desaparecían en la niebla. Grupos dispersos cenaban en el suelo de la planicie como nómadas sin hogueras acampados en el páramo. Los focos mustios impedían identificar a nadie semidistante. Cerraba una niebla más propia de las montañas. Policías patrullaban entre vendedores de globos por debajo de las chasqueantes banderas nacionales, que se veían por todas partes, igual que el escudo chino, cuyo centro es precisamente la puerta de Tiananmen iluminada con cinco estrellas, espigas y una rueda. Numerosos viandantes ostentaban adhesivos y pins o meneaban banderines con la enseña nacional, aún más agitados por una ventolina que rayaría los once kilómetros por hora, en las lindes del viento muy flojo, según la escala de Beaufort tan útil a los marinos. El mar. La razón de aquel viaje.

«Mi decisión está tomada: me marcho de Europa. El aire marino quemará mis pulmones y climas perdidos me curtirán. Nadar, corretear por la hierba, cazar, sobre todo fumar; y beber licores fuertes como metal derretido, al igual que hacían nuestros antepasados alrededor del fuego» (Rimbaud).

En Tiananmen, el Museo Nacional anunciaba una gran exposición sobre Zheng He, el último almirante legendario que dio el país, seis siglos antes. Después, nadie más. ¿Cómo era posible esa falta de grandes marinos en un país con una costa tan magnífica?

Ya lejos de la plaza, un mercado nocturno ofrecía escorpiones fritos, escarabajos, serpiente seca… Comí larvas de gusano —crepitantes e insípidas— antes de comprender que la mayoría de los chinos preferían el cerdo —consumían la mitad de carne de cerdo del mundo—, las gambas, el pulpo, la sepia, los pescaditos y las verduras, desplazando a una época más remota toda esa cháchara proverbial sobre su indiscriminada forma de comer: «Los chinos comen todo lo que vuela, menos los aviones; todo lo que corre, menos los tanques, y todo lo que nada, menos los submarinos».

También se comentaba que comían manos de oso y, como eran muy ahorradores y fans de la carne fresca, mantenían al animal vivo después de amputarle una pata a la espera de gastrónomos que se comieran las demás. En el mercado no había manos de oso pero sí bebés con agujeros en los pantalones que les dejaban el culo al aire para agilizar las evacuaciones y para ahorrar dinero en pañales, confirmando la tendencia china al pragmatismo y la austeridad.

Como todo se freía o hervía, los vapores emboscaban a los cocineros que, a la luz de potentes bombillas, parecían diablos de opereta emergiendo tras la bruma para servir pinchos morunos caramelizados o una sopa de algas.

En la esquina de Wangfujing, la gran calle comercial atestada de kanjis de neón hasta remedar una apariencia seudodiurna, una chica en faldita corta se ofreció a masajearme los pies y, al rechazarla, propuso sexo. En el hotel, un hombre sin uniforme se apresuró a subir en el ascensor para, una vez solos y encerrados, preguntar si quería chicas.

De madrugada me despertaron ruidos; quizás alguno de mis vecinos había aceptado la oferta del hombre del ascensor. Contra el desvelo, escribí. Después leí un rato My Country and My People de Lin Yutang, el libro quizá más imprescindible para asomarse a la China contemporánea. Pearl S. Buck lo prologó a la voz de «el más verdadero, el más profundo, el más completo libro, el más importante libro jamás escrito sobre China».

My Country and My People habla de mucho más que de todos los tópicos que a lo largo de ese día encadené. La ventaja de Lin Yutang fue vivir entre China y Occidente, enfrentándolos con un solo interés: «Saber más sobre la vida, pasada y presente, y escribir sobre ella».

Su padre, un pastor presbiteriano enganchado a la modernidad, opta por que sus hijos aprendan inglés recibiendo una educación occidental. Lin Yutang, que había nacido en 1895, estudia en la Universidad de Saint John en Shanghai y, aunque al principio se escora como teólogo, lee pilones de libros científicos que le plantean dudas sobre el dogma cristiano hasta cambiar esa asignatura por la de Filosofía.

En el colegio Qinghua de Pekín, la historia de China se despliega ante él. Batallas, liberaciones, emperadores, muertos, guerreros, agricultores van perfilando un país que se le revela tan ignoto como vasto. «Grandeza es el término que damos a lo que no entendemos y deseamos entender», dirá Yutang, convertido en el Gran Cazador de Libros que enseguida enfoca a las raíces de la lengua china, la clave de su civilización, para a los veintitrés años publicar un Índice para los caracteres chinos que impacta entre los académicos. Pero a él no le convence, de manera que sigue perfeccionando el Índice incluso en Estados Unidos, adonde se muda después de tres años en Qinghua.

Va a Harvard. En 1919 se casa con Liao Cuifeng, originaria de Xiamen, y juntos se trasladan a Cambridge, Massachusetts. La Primera Guerra Mundial acaba de terminar y el matrimonio va tan justito de ahorros que Yutang no se puede costear el máster en Harvard y embarca hacia Francia para enseñar a leer y escribir a algunos de los ciento cincuenta mil trabajadores enviados por China al país. Aprende alemán y gracias a ello puede ingresar en la Universidad de Jena, en Alemania, donde el nivel de vida es más barato.

En 1923 se gradúa en Filología por la Universidad de Leipzig y vuelve a una China convulsa por las incesantes escaramuzas de los señores de la guerra, que combaten entre sí. Desde su despacho de profesor del departamento de inglés en Beida, Yutang escribe cartas de crítica al gobierno ineficaz y corrupto y su nombre es incluido en una lista de cincuenta intelectuales que deben ser arrestados. Huye con su esposa y sus dos hijos, primero a Xiamen, luego a Wuhan, pero no hay forma de esquivar a los políticos, omnipresentes y dañinos para él y para cualquiera con ánimos reivindicativos, y termina en la más aperturista Shanghai, donde publica los Kaiming English Books, exitosísima serie que se adapta como libros de texto para escolares y que, junto con las Analectas bimensuales de 1932, le reputan en todo el país como Maestro del Humor y Genio de la Sátira.

Para entonces, Pearl S. Buck ya ha reparado en la calidad de Yutang. Como la norteamericana está viviendo cerca de la costa y tienen amigos e intereses comunes, una tarde se encuentran.

—Debería escribir un libro diciendo exactamente qué siento sobre China —especula Yutang.

—Eres el mejor para hacerlo —responde la Premio Pulitzer.

En 1935, Yutang termina My Country and My People. La prensa mundial lo halaga. Expone virtudes y defectos chinos contraponiéndolos sin tapujos a los modos occidentales, que resultan una influencia cada vez más obvia. Ambos estilos de vida se juzgan en función d

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