25 años antes...
La noche antes del solsticio de verano, cinco niñas se escondían en una casa en un árbol. La cabaña, demasiado bonita para llamarla así, era sólida y estaba entre las viejas ramas de un roble de trescientos años. Debajo, en Vance Hall, los preparativos para la celebración del día siguiente habían terminado. Era más una excusa para que las adultas sacasen las botellas de vino con más polvo de la bodega durante dos días que una reunión para planificar el festejo. Las mayores, bastante entonadas, no se habían dado cuenta de que las niñas ya no estaban.
En el árbol, la más pequeña de todas, Leonie, estaba enfadada porque la mayor, Helena, había dicho que no podía casarse con Stephen Gately de Boyzone.
—No juego —dijo Leonie.
Varias velas ardían en la ventana de la cabaña, y la cera goteaba y formaba estalactitas. La luz ambarina se movía por las paredes y proyectaba sombras en la cara de Leonie.
—¿Por qué Elle siempre elige la primera?
A Elle empezó a temblarle el labio inferior, y sus ojos azules se llenaron de lágrimas. Otra vez. Por eso, Elle siempre elegía la primera. Tenía la capacidad de llorar y de parar cuando quería.
—Yo creo que las dos pueden casarse con Stephen —dijo Niamh Kelley, siempre conciliadora.
—¡No, no pueden! —gritó su gemela—. ¿Cómo va a ser eso?
Niamh la miró frunciendo el ceño.
—No creo que vayamos a casarnos de verdad con Boyzone, ¿no, Ciara? ¡Tenemos diez años!
—Cuando Elle tenga veinte, él tendrá treinta, así que no habrá problema —dijo Helena con autoridad.
Leonie se levantó apretando fuerte los puños como si fuese a salir de la casa del árbol.
—¡Bueno, si te vas a ir enfadada como una niña pequeña, vale! —dijo Helena—. Las dos podéis quedaros a Stephen. Pobre Keith.
Leonie empujó la trampilla con la puntera del zapato.
—No se trata de eso, Helena. Es solo un juego. Es una tontería. De todas formas, yo he dicho que voy a casarme con el príncipe de Bel Air, así que da igual.
Hubo un momento de silencio porque todas sabían lo que en realidad preocupaba a su amiga, que era lo que les preocupaba a todas. Las velas chisporrotearon, y sonaron unas risotadas ebrias de adultas procedentes del interior de la casa.
—No quiero hacer lo de mañana. —Finalmente, Leonie dijo lo que pensaba. Volvió a la alfombra y se sentó con las piernas cruzadas—. Mi papá no quiere que lo haga. Dice que es malo.
—Tu papá es idiota —gritó Ciara.
Niamh, la mayor de las gemelas Kelly por tres minutos y medio, dijo:
—En Irlanda consideran que traemos suerte.
—¿Quiere decir que mi abuela es mala? —añadió Elle—. ¡Si es la persona más maja del mundo!
Para Leonie era más difícil; ella representaba la primera de su familia, al menos de la que se tenía memoria, que mostraba los rasgos. ¿Cómo podía aspirar Helena a entenderlo? Su madre, la madre de su madre y todas las madres de los Vance habían gozado de esos dones.
—Leonie —dijo Helena con la certeza absoluta que solo una niña mandona de trece años podía poseer—. Lo de mañana está chupado, será como una reunión general de alumnos del colegio. Nos pondremos en fila, haremos el juramento, Julia Collins te dará la bendición, y se acabó. En realidad, no cambia nada.
Enfatizó las palabras «en realidad», pero en el fondo todas sabían que era mentira. Quedaban ya muy pocas de su condición, y cada generación había menos. Esa vida, ese juramento, no era como cuando Ciara se cortó el flequillo con unas tijeras de uñas. Eso crecía pronto, pero lo del día siguiente no tenía vuelta atrás. Había sonado el timbre, y el recreo había terminado. Leonie solo tenía nueve años.
—Yo también estoy nerviosa —reconoció Elle mientras agarraba la mano de Leonie.
—Yo también —dijo Niamh, antes de volverse hacia su hermana.
—Supongo que yo también lo estoy—convino Ciara a regañadientes.
Helena colocó una vela en el centro de la vieja y sucia alfombra.
—Venid a formar un círculo —dijo—. Practiquemos la oración.
—Uf, ¿es necesario? —se quejó Ciara, pero Helena la hizo callar.
No le intimidaban las gemelas, por mucho que a las mayores se les cayese la baba con su potencial.
—Si nos la sabemos de memoria, no tendremos por qué estar nerviosas, ¿no?
Niamh comprendió que eso ayudaría a Leonie y regañó a su hermana. Las niñas se reunieron en torno a la vela y se tomaron de las manos. Es difícil saber cuánto fue producto de su imaginación, pero más tarde todas jurarían haber notado una corriente que recorría su circuito humano, compartiendo y amplificando sus dones latentes.
—Todas juntas —dijo Helena, y empezaron.
Juro por la madre
defender solemnemente la hermandad sagrada.
Su poder ejerceré,
el secreto guardaremos,
la tierra protegeremos.
Un enemigo de mi hermana es un enemigo mío.
La fuerza es divina;
nuestro lazo, eterno.
Que ningún hombre nos separe.
El aquelarre es soberano
hasta mi último aliento.
Todas se la sabían de memoria. Palabra por palabra.
A la noche siguiente las dejaron ponerse las capas de terciopelo negras por primera vez. Olían a nuevo y al plástico en el que estaban envueltas. Como eran demasiado largas («Cuando crezcáis os quedarán bien»), las recogieron para no arrastrarlas por la maleza al subir por Pendle Hill.
La procesión avanzó serpenteando cuesta arriba hasta el corazón del denso bosque que cubría el valle como una piel. Todas llevaban un tarro con una vela dentro para iluminar el camino, aunque de noche el sendero desigual era un auténtico peligro para los tobillos. Al final, los negros árboles se separaron y dejaron ver un claro iluminado por la luna con una roca plana en el centro. El lugar irradiaba poder; cualquiera podía notarlo.
Naturalmente, a las niñas les daba miedo estar rodeadas de todas las mayores. Había cien, con las caras medio ocultas por las capuchas. Pero más miedo daba ver cómo se acercaban de una en una a la losa para dejar su ofrenda. Se pinchaban en el pulgar con un cuchillo plateado y depositaban una diminuta perla roja de sangre en el caldero de tejo. Julia Collins, cuyo rostro de matrona asomaba por debajo de la capucha, llamó a las niñas de una en una. Bebieron del cáliz hasta que se les pusieron los ojos negros y, cuando eso ocurrió, ella mojó un dedo en el cuenco de tejo y dibujó la marca del pentáculo en sus tiernas frentes.
Y cuando, a lo lejos, el reloj dio lúgubremente la una en el pueblo, dejaron de ser niñas y se convirtieron por fin en brujas.
El Aquelarre de Su Majestad
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Me llamo Helena Vance y soy la suma sacerdotisa del ASM. Es para mí un gran honor dirigir el principal, y único, aquelarre del Reino Unido, afiliado a la Alianza Única de AquelarresTM.
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Helena Vance
Suma sacerdotisa
1
Ciencia elevada
Niamh
En los sueños de ella, Conrad seguía vivo.
Eran pequeñas escenas domésticas intrascendentes: todavía olía la cena que él había preparado y, cuando estaba fregando los platos, él le rodeaba la cintura con los brazos. Notaba el roce de sus labios en la nuca, mientras de fondo sonaba The Archers. Recordaba fragmentos de lo más raro: las migas de las tostadas del domingo por la mañana que les jugaban malas pasadas por la noche; inclinarse por encima de él para mirar por la ventanilla del avión cuando aterrizaban en Dublín; pasear al perro por Hardcastle Crags una tarde relajada de sábado, con aquel olor a mantillo húmedo y ajo silvestre.
Otras veces simplemente soñaba que lo oía respirar. Él siempre se quedaba dormido en cuanto ponía la cabeza sobre la almohada, como si tuviese narcolepsia o algo parecido, y por eso Niamh, que como mucho dormía a ratos, solía concentrarse en la plácida marea de él para aplacar su inquieto cerebro.
Al despertarse lo buscó con la mano, pero solo notó el lado frío de la cama.
Era como apretar un morado con el pulgar cada vez que ocurría.
«¿Por qué estoy despierta?».
El móvil. El móvil estaba sonando. Se acordó de que estaba de guardia. Mierda.
Retiró el edredón de una patada y se apartó un nido de pelo castaño rojizo de la cara. El teléfono vibraba en la mesita de noche, y en la pantalla ponía granja barker. Eran las 00.53. Todavía era la hora de las brujas, pensó. Un error muy común; cualquier hora es ideal para las brujas.
Niamh se aclaró la garganta. Le parecía poco profesional que se notase que se había quedado dormida estando de guardia, aunque casi nunca la llamaban tan tarde.
—¿Diga? ¿Señora Barker?
—Hola, doctora Kelly —dijo Joan con su mejor voz telefónica—. Espero no haberla despertado.
—Para nada —mintió Niamh—. ¿Se encuentra bien?
—Es Pepper, otra vez…
No hacían falta más explicaciones. La yegua estaba mayor. Mayor y cansada.
—Estaré ahí en diez minutos —dijo Niamh.
Se puso a toda prisa la ropa desparejada que se hallaba amontonada sobre el respaldo de la silla del tocador y se recogió el pelo en una cola de caballo. Tiger apenas se movió en su cesta cuando ella cruzó de puntillas la cocina, y se limitó a soltar un resoplido nasal para expresar su enfado por haber sido despertado. El border terrier estaba muy acostumbrado a sus idas y venidas nocturnas.
Era una noche fría para finales de marzo, no tan fría para una helada, pero casi. Lástima, ella creía haberse despedido ya del invierno hasta el año siguiente. Se envolvió el cuello con una bufanda —un regalo tejido por una de sus clientas— al salir. Llegó a su Land Rover y, mirando por el espejo retrovisor, se frotó los ojos con la yema de los pulgares para intentar parecer menos adormilada. No hace falta decir que no funcionó del todo.
La granja Barker estaba a un breve trayecto en coche, al otro lado de Hebden Bridge. Niamh se sabía la ruta con los ojos cerrados, pero prefirió poner la radio muy alta por si acaso. La carretera del pueblo de Heptonstall a la ciudad de Hebden Bridge, en el fondo del valle, era sinuosa y tan empinada que suponía un peligro, y más estando resbaladiza debido a la lluvia que había caído antes. Condujo con cuidado, con las ventanillas abiertas de par en par para espabilarse.
En Hebden Bridge, una localidad normalmente animada, se respiraba una tranquilidad casi inquietante. Los pubes, bares y restaurantes habían cerrado hacía horas, y Market Street estaba a oscuras. Niamh avanzó hasta que las casitas y los viejos molinos dieron paso a la oscura extensión de Gragg Vale. En el horizonte, la granja era la última luz visible en kilómetros.
La verja estaba abierta, y enfiló el accidentado camino de tierra con el Land Rover hacia la escuela de equitación. Joan Barker estaba esperando, con una chaqueta encerada sobre el pijama de franela y las perneras de tela escocesa metidas por dentro de las botas de agua. Niamh apagó el motor, bajó del coche y sacó el bolso del asiento del pasajero al salir.
—¿Qué tal se encuentra, Joan?
—Oh, doctora Kelly, no está nada bien.
Un temor conocido en el estómago.
—Vamos a echarle un vistazo.
En cuanto llegaron al establo, Niamh no tuvo que recurrir a ningún conocimiento arcano para saber que Pepper estaba muy mal.
—Vaya —dijo Niamh, arrodillándose junto a la vieja yegua de raza cleveland que descansaba entre el heno respirando débilmente.
—¿Necesita algo, doctora? —preguntó Joan.
Era preferible que Joan no estuviese delante durante unos instantes. Si veía lo que estaba a punto de ocurrir, a Niamh le costaría mucho explicárselo.
—Tengo todo lo que necesito para Pepper, pero no tendrá un café solo para mí, ¿verdad? A estas horas suelo estar en la cama.
—Claro. Enseguida vuelvo.
Joan dio media vuelta para regresar a la granja. Es cierto lo que dicen de la gente de Yorkshire: siempre están dispuestos a hacer cualquier cosa por la gente y nunca les falta agua caliente en el hervidor.
Una vez fuera de peligro, Niamh posó las manos en el flanco de Pepper.
—Oh, pobrecilla.
Con los animales, no podía oír pensamientos enteros como con los humanos. Los pensamientos, como la luz y el sonido, se desplazan por ondas, y ella podía sintonizar con una frecuencia determinada si el estado de ánimo le llamaba la atención, pero los animales se comunican a un nivel puramente emocional. En ese preciso momento, Niamh percibió un luctuoso cansancio, un agotamiento absoluto, procedente de Pepper. En resumidas cuentas, ya había tenido suficiente. Era como mirarse a un espejo y reconocerlo en la propia cara en lugar de oírlo.
Niamh era mucho mejor sintiente que sanadora. Podía detectar un problema, percibir los rojos furibundos en el cuerpo de un animal, pero no tenía suficiente poder para hacerlo desaparecer del todo ella sola como hacía una sanadora. Sin embargo, sí que podía absorber parte del dolor y aliviar a la pobre criatura.
Niamh transmitió sus pensamientos con claridad a la mente de la yegua. «Te cuesta mucho seguir, ¿verdad? Déjate ir, amiga, ya puedes irte. Descansa. Lo has hecho muy bien y te has portado de maravilla».
Pepper hizo un último esfuerzo obstinado y movió las patas traseras. Relinchó tenuemente. Niamh comprendió. Pepper no quería fallarle a su ama.
«No le vas a fallar. Joan te quiere y no desea que sufras. Relájate y déjate llevar, vieja amiga. Aquí no te queda nada por hacer, y Joan es muy fuerte. Al principio sufrirá, pero luego solo quedará amor».
Acto seguido, percibió un gran alivio procedente de Pepper, como si le hubiesen dado permiso.
—Puedo ayudarte a marchar —dijo Niamh en voz alta.
Metió la mano en el bolso y sacó un frasquito de Reposo Eterno: una tintura de valeriana y cicuta que Annie le había enseñado a preparar poco después de licenciarse. Pepper estaba sufriendo, y eso la calmaría. Sería como quedarse dormida con la calefacción puesta. Desenroscó el tapón del pequeño frasco marrón. «Abre bien la boca», le dijo a Pepper, y la yegua obedeció. Niamh le puso un par de gotas en la lengua.
—Ya está, bonita.
Niamh apoyó la cabeza contra la de Pepper y casi oyó su gratitud, de lo intensa que era.
Joan volvió a las cuadras con una taza de café humeante.
—¿Qué tal está, doctora?
Niamh se levantó y aceptó la bebida. La peor parte.
—Se está muriendo, señora Barker. Lo siento mucho. Esta será su última noche.
A la mujer le tembló el labio.
—¿No puede hacer nada?
—Le he aliviado las molestias, no notará ningún dolor. —Niamh pasó el brazo alrededor de ella y la condujo al box de Pepper—. Hagámosle compañía mientras se duerme. Sabe que estamos aquí.
Niamh y la granjera se arrodillaron al lado de Pepper mientras la respiración del animal se iba apagando como si bajase la marea.
2
El golpe
Helena
El techo tenía más agujeros que un colador. Su atalaya, un almacén abandonado, era heladora, y Helena llevaba pisando una costra de mierda de paloma desde el amanecer. No se quejaba. No convenía hacerlo delante de los demás. Ella tenía que dar ejemplo, y no soportaba a los quejicas.
En una organización compuesta casi al completo por mujeres, tenía que estar muy atenta para apagar los pequeños fuegos de disensión antes de que enviasen señales de humo a los hechiceros o, peor aun, al gobierno. Eso significaba que no podía haber cotilleos ni protestas y, mucho menos, quejas. El Aquelarre de Su Majestad era fuerte, impenetrable y unido.
Helena solía hacer referencia al discurso inaugural de Eva Kovacic en la AqueCon 18: ella expuso con gran elocuencia que el patriarcado, por encima de todas las cosas, teme que las mujeres se unan, de modo que la división interna entre féminas no hace más que engrasar esa máquina. Desde entonces, Helena lo había adoptado como su mantra personal.
Se llevó los prismáticos a la cara. La calle estaba tranquila y la hora punta estaba terminando. Algún que otro rezagado que llegaba tarde a la oficina pasaba a toda prisa por delante del refugio de ladrillo rojo, con un café con leche en la mano, pero nada más. Helena se volvió hacia Sandhya y —siguiendo su credo personal— mantuvo la irritación a raya.
—¿Tenemos algo?
Sandhya se llevó los dedos a la sien y se dirigió sin hablar a las sintientes que aguardaban fuera en la furgoneta.
—Nada aún, señora.
Una mierda de pájaro cayó a un centímetro de los mocasines Prada de Helena. Notó que pasaba silbando junto a su nariz y dio un paso atrás. Las palomas de las vigas arrullaron burlándose de ella.
—Por el amor de Gea —soltó, volviéndose contra Emma, la joven oráculo de su equipo—. Emma, ¿ha cambiado la información?
—No, señora. Él vendrá hoy. Lo hemos visto.
Como muchas de las oráculos más jóvenes, Emma no intentaba ocultar su calva con una peluca y la lucía como una señal de orgullo. Todo eso estaba muy bien, pero ¿dónde andaba él?
—¿Por casualidad habéis visto alguna hora concreta? ¿Puedo salir un momento a por un cruasán?
—Señora —la interrumpió Sandhya—. Es posible que tengamos algo. En la calle alguien está utilizando un glamour.
Magia pedestre, pensó Helena. ¿Tanto se había rebajado él? Si se tomaba la molestia de disfrazarse, significaba que sabía que lo estaban vigilando.
—¿Pueden averiguar quién las sintientes?
Volvió a mirar por los prismáticos. En la calle de enfrente de la vieja fábrica de chocolate, era un día de lo más normal en Manchester. Helena vio a una mujer con un cochecito, un par de mujeres mayores con bolsas de la compra llenas, un hombre que llevaba la corbata rosa salmón y el traje brillante característicos de un agente inmobiliario, y unos estudiantes chinos que probablemente se dirigían a su primera clase del día. Se encontraban a pocas calles de la Universidad Metropolitana de Manchester.
—Están en ello —dijo Sandhya, tocándose la sien otra vez.
Helena preferiría que no hiciese eso, era muy molesto, y las sintientes no necesitaban tocarse la cara para transmitir mensajes. Su asistenta lo hacía para indicarle que estaba trabajando, pero solo conseguía que pareciese que le estaba dando migraña.
Helena miró otra vez a la calle. Uno de los estudiantes —un joven con el pelo decolorado— se quedó un poco por detrás de la pandilla jugando con el móvil. Parecía un miembro de un grupo de K-pop de los que le gustaban a su hija. ¿Iba con los demás? ¿O trataba de mezclarse con la multitud?
El chico se rezagó y miró directamente la casa que ellas estaban vigilando esa mañana. Un momento después, echó un vistazo por encima del hombro y luego, miró hacia atrás, al refugio. No iba con los demás.
—Es él —dijo Helena, lanzando los prismáticos a una de sus ayudantes. A veces no hace falta ser vidente, solo ser observadora—. El chico del pelo decolorado. Movilizaos y hechizad la calle entera.
Flexionando los dedos, Helena impulsó el aire de la habitación hacia delante y arrancó los trozos de cristal que quedaban en los marcos de las ventanas. Formó un colchón de aire bajo sus pies y dejó que la elevase y la sacase por la salida que había creado. No iba a dejar que Travis Smythe escapase otra vez. Había esperado mucho para poder ajustar cuentas.
El corazón le latía a toda velocidad, casi a ritmo de vértigo.
No. Tenía que dejar de lado las venganzas personales. Era poco profesional.
Mientras descendía hasta la calle con el abrigo ondeando, vio que su equipo bajaba de un salto de su falsa furgoneta de DPD y corría hacia la marca. Tenía razón. En cuanto Smythe vio lo que estaba pasando, dejó el glamour y recuperó su aspecto habitual: ágil y desgarbado, con rastas casi hasta la cintura.
Primero vio al equipo interceptor y, con un movimiento rápido de muñeca, lanzó un coche aparcado a tres de las brujas. El vehículo voló por los aires a toda velocidad hacia ellas. Sus poderes habían aumentado desde la guerra. Afortunadamente, Jen Yamato tenía unas capacidades telequinéticas superiores y atrapó el coche en el aire con la mente antes de que impactase contra ellas. Mantuvo en alto el coche, un Fiesta, de manera que Robyn y Clare pudiesen agacharse y pasar rodando por debajo. Smythe volvió a hacer uso de sus poderes y derribó a Clare, que se dio contra los escalones del refugio. La chica cayó con un grito de dolor.
Detrás de él, un poco más al fondo, Helena aterrizó grácilmente. Los peatones pasaban ajenos a lo que ocurría. Era evidente que el hechizo de ocultación estaba surtiendo efecto. Técnicamente, no eran invisibles, pero los mundanos tampoco las verían. Muy por encima de ellos, Sandhya inculcaba sin parar una orden en sus mentes: «Aquí no hay nada que ver».
—Ríndete, Smythe —gritó Helena—. Te tenemos rodeado. Estás acabado.
Al mismo tiempo, encauzó todo el viento que pudo. Pronto un gélido vendaval recorría Bombay Street a toda velocidad.
—¡Vete a la mierda, Vance! —chilló Smythe contra el viento, tambaleándose hacia atrás.
—¿Por qué has venido? ¿Por qué te plantas delante de nuestras narices?
Helena manipuló con destreza su campo de energía y cargó el aire de iones. En la punta de sus dedos se levantó una tormenta.
Smythe arrebató el coche a Jen y lo arrojó por lo alto describiendo un arco hacia Helena. Ella descargó el rayo que había creado, y cien millones de voltios le salieron de las manos y alcanzaron el pequeño y patético Fiesta. El vehículo explotó alrededor de ella, pero Helena no notó nada. Enfrío el aire en torno a ella hasta que estuvo helado y se creó un capullo seguro. Atravesó el fuego como si nada y vio que Smythe hacía una mueca. Los poderes de ella también habían aumentado desde la guerra.
Él se disponía a huir, pero Robyn intervino.
—Quédate donde estás —le ordenó con calma, y él se quedó inmóvil como si tuviese los pies pegados con cola de contacto al asfalto. Ella era una sintiente de nivel 4, y él no era más que un hombre.
—Sal de mi cabeza, puta —gruñó Smythe.
—No me gusta esa palabra —dijo Helena, situándose a su lado. Cargó de nuevo el aire a su alrededor por si acaso. Robyn no podría contener a otro sintiente mucho más, ni siquiera a uno varón—. ¿Por qué has vuelto, Travis? Podrías haberte escondido en Italia el resto de tu patética vida.
Boloña estaba adquiriendo cierta reputación como hervidero de disidencia, un epicentro del creciente malestar que aquejaba Europa.
Más o menos cada década, a una bruja o —lo más probable— a un hechicero se le ocurría la brillante idea de sublevarse contra sus opresores mundanos como si a nadie se le hubiese pasado antes por la cabeza. Helena se contuvo. ¿Todavía podía llamar a los mundanos HOLA? «Humanos que Ostentan Limitadas Aptitudes». Recordó que Snow le había dicho que esas siglas ahora eran políticamente incorrectas. Al fin y al cabo, los humanos tenían muchas aptitudes, aunque no muy interesantes.
Al aquelarre le constaba que había focos de descontento en Europa del Este y Rusia, pero nadie tenía prisa por repetir la guerra civil de Dabney Hale. Y ahora ella había capturado al cómplice más despiadado de Hale. Que sirviese de ejemplo a cualquiera con ganas de dar problemas. Smythe tenía las manos manchadas de abundante sangre de bruja. Se merecía ir a las Tuberías por lo que había hecho.
—Estoy esperando —dijo Helena entre dientes, con un azul eléctrico chasqueando entre los dedos.
—Ya sabes por qué he venido…
La suma sacerdotisa lanzó una mirada al refugio.
—¿Por ella?
—Por ella.
Helena rio. No pudo contenerse.
—Idiota. ¿Crees que ella habría hecho lo mismo?
Los ojos color ámbar de Smythe echaban chispas, ardientes de odio. Estaba a punto de contestar, pero Helena metió la mano en el bolsillo del abrigo y le sopló un poco de Sandman a la cara. Pensándolo mejor, no le interesaba escuchar nada de lo que él podía decir. Smythe aspiró el polvo rosa y, un segundo más tarde, puso los ojos en blanco. Robyn lo soltó, y se desplomó al suelo.
A Helena le impresionó bastante su control de sí misma. Sería justo prenderle fuego por lo que había hecho. Hale había dado las órdenes, pero Smythe —y otros como él— las habían cumplido voluntariamente.
En cambio, fue a ver cómo estaba la pobre Clare, que había recibido un buen golpe. Su colega se levantó de la cuneta, con la dignidad más herida que el cuerpo. Convencida de que se encontraba bien, Helena dio órdenes al equipo:
—Inmovilizadlo, solicitad la limpieza de todo y localizad al dueño del vehículo para que le sea reembolsado. —Señaló la casa con la cabeza—. Yo voy a ver a la Bella Durmiente. Luego, creo que tendré que hacer una visita a Hebden Bridge…
Moviendo los dedos, Jen elevó el cuerpo sin fuerzas de Smythe y lo hizo flotar hacia la furgoneta. Helena se tapó la cara para protegerse de las nubes de humo denso que venían de los restos del accidente. Puso las dos manos sobre el fuego y las llamas se apagaron en un abrir y cerrar de ojos.
Travis Smythe estaba encadenado antes de las diez de la mañana. Cualquier otra semana la noticia habría sido motivo de gran celebración; pero, lamentablemente, ese roedor era la menor de sus preocupaciones.
Como suma sacerdotisa, nunca se había enfrentado a un problema que no pudiese resolver. Si su trabajo consistía básicamente en hacer malabarismos, había tenido cientos de objetos dando vueltas en el aire durante años, pero eso era algo nuevo e inquietante, y aunque no lo soportaba, detestaba sinceramente reconocerlo, necesitaba ayuda. Necesitaba a Niamh.
3
El otro aquelarre
Leonie
«Arriba, cariño».
Las palabras de Chinara penetraron en las capas más profundas de su sopor. Además, Leonie estaba teniendo un sueño maravilloso: unas vacaciones solo para chicas en Jamaica con Rihanna. La satisfacción absoluta de ocho horas seguidas de sueño que, al despertar, se le escurrieron entre los dedos. Se desvanecieron, polvo barrido por un viento seco. Qué frustrante.
Leonie se despertó con un gemido mientras se estiraba en diagonal sobre la enorme cama y amaneció de mala gana. Una celestial luz blanca se colaba por las persianas venecianas; un prometedor día de primavera. Habían optado por un estilo minimalista de decoración: ropa de cama blanca, suelos blancos a rayas, orquídeas blancas, todo blanco. De momento, era dificilísimo tenerlo todo limpio y ordenado.
Chinara se arrodilló encima del edredón y se inclinó para darle un beso.
—Vamos, despierta, dormilona.
—¿Qué hora es?
—Tarde. Yo ya he ido al gimnasio.
—Cómo no. —Leonie se incorporó y se quitó el gorro de dormir, y el pelo le quedó suelto. La noche anterior no podía estar tan borracha si se había acordado de ponérselo. Miró el reloj; solo eran las nueve y media. «¿Tarde?». ¿No se supone que las brujas son nocturnas? Tenía la lengua como una alfombra.
—¿Qué tal anoche? —preguntó Chinara, quitándose sin ningún esfuerzo el top de deporte: una proeza de la que Leonie era incapaz.
Su novia tenía un cuerpo tonificado, duro como una piedra, con la piel reluciente de las gotas de sudor. A Leonie le gruñó la tripa y no supo a ciencia cierta si estaba cachonda, tenía hambre o sentía náuseas.
—Bingo con el show de drag queens y luego chupitos de tequila en Brixton.
Pensó que no hacían falta más explicaciones. Estaba claro que en cualquier momento iba a empezar a dolerle la cabeza. Chinara era seguidora de la escuela de pensamiento de los smoothies de col, la dieta paleo y el lema «Mi cuerpo es un templo», y casi nunca bebía, pero no le importaba (mucho) lo que hacía Leonie.
—¿Quieres café, nena?
—Sí. —Entonces se acordó de su cita—. Oh, no, espera. He quedado con mi hermano. Mierda. Dentro de una hora. Joder.
Chinara frunció el ceño.
—¿Radley está en Londres?
Leonie trató conscientemente de despejar la nube de su cerebro. El alcohol entorpecía mucho su facultad; tenía que controlarse un poco.
—Sí. Un rollo de hechiceros. ¿Podrías traerme la ducha, nena?
Lo decía en broma, pero no dudaba de que ella pudiese desviar el agua del cuarto de baño debidamente motivada.
Con un movimiento suave de mano, Chinara manipuló el aire a su alrededor y elevó a Leonie del colchón.
—Ya estás levantada. ¿Mejor?
Leonie rio sintiéndose totalmente a salvo bajo en sus manos.
—Eso es trampa.
Chinara la hizo flotar, ligera como una pluma, a través de la habitación hasta sus brazos. Se besaron con ternura, aunque Leonie temía que el aliento le oliese a arena para gatos algo por el estilo. Eso le recordó que el gato necesitaba las putas pastillas antiparasitarias. Tenía que contratar con urgencia una nueva asistenta. La última se había ido «de viaje», la muy egoísta.
—Mueve ese culito sexy hasta la ducha. —Chinara le dio un cachete en el trasero. Leonie había salido por la puerta de la habitación cuando su novia la llamó—. Ah, Lee, cuando puedas, mira el grupo de chat de Diáspora.
Ella miró hacia atrás.
—¿De qué se trata?
—Bri dice que en el ASM está pasando algo.
Las visiones de Bri eran infalibles. La resaca de Leonie, un puto duende de la parálisis del sueño que le ocupaba el cerebro, no necesitaba esa mierda.
—¿El qué?
Chinara negó con la cabeza.
—Algo gordo.
«ME CAGO EN EL ASM».
Chinara rio entre dientes al oírla alto y claro.
Sabrina —Bri— no estaba muy comunicativa. Leonie le mandó un mensaje desde el autobús de la línea 68 tapándose la nariz para no notar el rancio olor corporal de algún pasajero. O tal vez el autobús apestaba a cubo de basura. Con los autobuses de Londres, era difícil saberlo. Se lio un cigarrillo en el regazo deseando que el tráfico se apresurase.
Al parecer, Bri percibía que las oráculos del ASM, en Manchester, se estaban poniendo de los nervios. Menuda novedad. Por eso a Leonie le gustaba trabajar con una única oráculo en Londres. Las chicas del ASM se desquiciaban unas a otras, como gallinas enjauladas que cacareaban por nada. Había una profecía cada dos semanas. Leonie se inclinaba a pensar que, sí, el mundo está claramente hecho una mierda; no hace falta que te lo digan veinte oráculos, bonita.
Radley estaba esperando delante del parque Brockwell cuando el autobús paró. Hacía poco que la piscina exterior había vuelto a abrir al inicio de la nueva temporada, y había unos cuantos nadadores con el valor necesario para darse un chapuzón.
—Perdón por el retraso —dijo Leonie, haciendo ver que corría los últimos metros para saludarlo.
—No pasa nada —declaró él, casi con una sonrisa—. Siempre te digo que llegues quince minutos antes de la hora a la que quiero que llegues.
—Enano —dijo Leonie, abrazando a su hermano pequeño, un apelativo que le dedicaba en broma puesto que él le sacaba bastantes centímetros—. Radley… ¿te están saliendo canas?
Le tocó varios pelos plateados de su pulcra barba.
Él le apartó la mano de una palmada.
—Gracias por avisarme. Yo también me alegro de verte.
Ella rio, con el cigarrillo sujeto entre los labios. Dioses, qué estirado y qué serio era, como si se hubiese puesto la camisa sin quitarle el cartón. En serio, ¿cómo era posible que perteneciesen al mismo grupo genético?
—Vamos, necesito un café o acabaré potando en una papelera.
Pasearon por el parque —estaban en plena temporada de los jacintos silvestres, lo que era una maravillosa casualidad— hasta el café Brockwell Hall, compraron dos cafés y siguieron hasta el estanque para dar de comer a los patos. Una bolsita de comida para pájaros por cincuenta peniques. Una ganga.
Se entretuvieron cotilleando sobre su familia mundana: su tía Louisa se había recuperado totalmente de su enfermedad, cosa que estaba bien (aunque trataba a su madre como un felpudo), y su primo Nick iba a ir a la cárcel por defraudar a una compañía de seguros. Fascinante. Su madre pertenecía a una familia de cinco hermanos de las Barbados, de modo que siempre había temas de conversación. Por supuesto, todas las noticias llegaban a través de su madre, felizmente instalada en su piso de Leeds. Chapel Allerton —el «Notting Hill del norte»— estaba lleno de cafeterías cucas y tiendas de comida ecológica, nada que ver con el barrio de las afueras en el que ellos se habían criado.
Los dos hijos de los Jackman habían heredado la ética laboral de su madre. Para salir de ese barrio, ella había limpiado oficinas, cosido ropa y trabajado de niñera hasta que había caído de pie al conseguir un puesto administrativo de nueve a cinco en el banco de Yorkshire. Todavía trabajaba allí, a la espera de jubilarse o de que la cesasen; lo que llegara antes.
Esther Jackman no aparentaba entender el «estilo de vida» de sus hijos, como ella lo llamaba, pero siempre les preguntaba por sus respectivos aquelarres.
Mientras andaban, ninguno de los dos mencionó a su padre. ¿Por qué iban a hacerlo? Él apenas era ya un recuerdo. Con suerte tendría una nota de mierda a pie de página en las memorias de Leonie.
Vio que un ánade real se zambullía al fondo del estanque y su trasero blanco asomaba fugazmente. Le pareció graciosísimo. Dioses, debía de tener resaca. Un sol de tono vainilla se colaba entre las hojas y teñía el agua llena de algas del color del puré de guisantes. Rad y ella se sentaron uno al lado del otro en un banco y se quedaron en un agradable silencio mientras él consultaba sus correos electrónicos.
—Perdona —dijo—. Cosas del curro.
Ella decidió ceder.
—Adelante. ¿Qué tal el conciliábulo?
—Oficialmente, todos los asuntos del conciliábulo son confidenciales; pero, extraoficialmente, muy bien, gracias.
Leonie hizo una mueca.
—Caray, hablas como un tory, tío.
—Al contrario, el Conciliábulo de Hechiceros es totalmente bipartidista.
—¡Anda, relájate! —dijo ella riendo—. Que soy yo. Y no llevo micro, joder.
Por alguna razón, él se puso todavía más en guardia.
—¿Tienes potestad para hablarme de tu pequeño aquelarre?
¿Por qué no se portaba como un hermano normal? ¿Es que nunca se tomaba un día libre?
—¡Sí! ¡Te contaré lo que quieras saber! ¿Sabes qué? Por eso la gente está harta de vuestras gilipolleces, Rad. Tú y el ASM, siempre con misterio. ¿Por qué? ¿Para qué? Y otra cosa, hermanito, haz el favor de dejar de referirte a la labor de mi vida como «pequeño aquelarre». Misogynoir; búscalo.
Él sonrió maliciosamente.
—Vaya, te he ofendido.
Ella esperó a que se le pasase el mal humor. Un aquelarre debía ser una comunidad, no un altivo club de socios. No había necesidad de toda aquella parafernalia, de todo aquel misterio.
—Perdona. —Él dio marcha atrás—. Lo que has hecho con Diáspora es admirable. Todo el mundo lo piensa.
—Ya —contestó ella con una sonrisa pícara—. Podrías entrar, ¿sabes? A diferencia de algunas organizaciones que no quiero nombrar, nosotros incluimos tanto a brujas como a hechiceros de color.
—Leonie…
Ella se volvió, de manera que quedaron sentados con las rodillas tocándose. Leonie hablaba en serio. Antes de que los mandasen a distintos hogares para formarlos, eran uña y carne. Él se le pegaba como una lapa cuando eran niños. Tal vez se debía a la desaparición de su padre, o tal vez era porque en aquel entonces no había muchos niños mestizos en el barrio de Belle Isle, pero estaban más unidos que la mayoría. Leonie dejó caer una vez un adoquín sobre la cabeza de Gavin Lee porque había llamado a Radley «maricón». A Gavin le tuvieron que dar tres puntos en la cabeza, y Leonie fue la que resultó ser gay.
—¡No, escúchame! Estaría bien. Yo podría ser la cara de la revolución y tú podrías encargarte de todo el papeleo aburrido, las reuniones y esas cosas. ¡Haríamos un equipo increíble!
Él rio, esta vez con ganas.
—Bueno, a pesar de lo tentador de la propuesta, por fin he conseguido volver a poner el conciliábulo en condiciones. Ahora es algo de lo que podemos estar otra vez orgullosos.
Su voz traslucía una profunda vergüenza. Dabney Hale, bajo el disfraz de sumo sacerdote, había utilizado el conciliábulo como caballo de Troya para su alzamiento. Después de la guerra, Helena había querido disolver la organización entera.
«No fue culpa tuya, Rad».
—Lo sé.
Enseguida él le impidió acceder a sus pensamientos. Se llenó la cabeza de recuerdos de su padre. Una maniobra hostil, por no decir rastrera.
—Radley…
—Por favor, no te metas en mi cabeza, no es justo. —Técnicamente, su hermano era un sanador de nivel 2, pero su verdadero punto fuerte residía en su meticulosidad y su inagotable paciencia: cualidades de las que ella carecía por completo. Siguió consultando sus mensajes, sin hacer caso a las flores y los patos y las abejas—. Sinceramente, tengo una posición muy estable en el conciliábulo. Y agradecería un poco de apoyo, Leonie. Primer líder negro, líder más joven de la historia…
—Estoy muy orgullosa —dijo Leonie en voz baja.
Y no mentía. Orgullosa de los dos. Les había ido bien en la vida para ser un par de niños mulatos de un hogar desestructurado. Buscó la lata de tabaco en el bolso. Tenía los pulmones cargados de la noche anterior. Había caído y había comprado una cajetilla de Marlboro, y al día siguiente siempre lo notaba.
—Puedo conseguir más cambios desde dentro del conciliábulo que desde… ¡Oh, venga ya! —estalló en plena frase, e hizo que una familia de patitos corriese a cobijarse.
—¡Has asustado a los patos, capullo! —le espetó Leonie—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no pruebas a poner ese trasto en modo avión? Vas a pillar cáncer en el dedo o algo parecido.
—¡Increíble! —Dejó de golpe el móvil sobre el banco—. Voy a tener que marcharme.
A ella le picó la curiosidad. Su hermano no se alteraba con facilidad. Ella lo intentaba bastante a menudo.
—¿Qué pasa?
Él apretó tan fuerte la mandíbula que le palpitó la vena del cuello. Debía de provocarse unas cefaleas terribles, pensó Leonie. Por un momento, creyó que iba a decirle que era información confidencial, pero su hermano estaba lo bastante molesto para desembuchar.
—Helena Vance, eso es lo que pasa.
—Oh, no. ¿De qué se trata esta vez?
—Acabamos de enterarnos. Han detenido a Travis Smythe.
Leonie se sorprendió. Los últimos restos de su resaca se despejaron. ¿Era ese el problema que había percibido Bri? Se trataba de algo importante, sobre todo para Helena. Leonie había estado en las inundaciones de Somerset y había visto los cuerpos exangües flotando en el agua. Se encontraba al lado de Helena cuando ella se percató de que uno de los cadáveres era Stefan. No olvidaría jamás su grito de dolor; su rostro crispado; la forma en que se había derrumbado.
—Qué fuerte… Vale. Pero eso es algo bueno, ¿no?
A Radley se le ensancharon los orificios de la nariz.
—Él traicionó el juramento que hizo al Conciliábulo de Hechiceros. Era competencia nuestra. —Se acercó el móvil al oído y le dijo a su hermana—: Tengo que irme a Manchester. Debo encargarme de esto.
Leonie también se levantó.
—Espera, Radley. No importa. Piénsalo. Él es el último traidor que había que atrapar… Se acabó.
Radley habló por teléfono.
—Soy Jackman. Necesito teletransportarme urgentemente a la oficina, por favor. Gracias.
Leonie le tiró de la manga.
—Rad. La guerra ha terminado.
Él la miró, serio.
—Pero la lucha continúa.
Antes de que pudiese pronunciar otra palabra, su hermano se deshizo en motas de polvo que se esparcieron con la brisa. Leonie se quedó sola con los patos.
4
Visitas inesperadas
Niamh
Elle parecía nerviosa: tenía las mejillas sonrosadas y se abanicaba con la carta. Niamh, que llegaba con sus diez minutos habituales de retraso, entró corriendo en el Tea Cosy y se disculpó sentándose a la mesa.
—No pasa nada —dijo Elle—. Hoy está siendo un día de locos, y ni siquiera son las once.
Esa mañana no lucía su acostumbrado aspecto inmaculado, con el pelo enroscado en un moño inusitadamente despeinado.
Niamh tampoco estaba de humor. Al final no había vuelto de la granja Barker hasta casi las tres de la madrugada. Ese día hacía una de esas mañanas borrosas y espesas en las que uno no estaba del todo seguro de haberse despertado.
—Voy a pedir un desayuno inglés completo, y no quiero que nadie me juzgue —dijo Elle.
—Me parece justo —asintió Niamh, echando un vistazo a la carta, aunque siempre pedía lo mismo: tostadas de pan de masa madre con aguacate.
Un plato muy poco elaborado, sí, pero ella se convencía de que era bueno para la salud porque era verde.
Hebden Bridge había adoptado con entusiasmo la cultura foodie. A Niamh no le hacía gracia la etiqueta, pero le gustaba picar de todo. En St George’s Square había un concurrido mercado dos veces a la semana, y merecía la pena acercarse solo por los churros. Cuando no era día de mercado, la plaza contaba con suficientes establecimientos para visitar uno distinto cada día de la semana: restaurantes baratos, panaderías hípster con bombillas de Edison y salones de té cursis con banderitas de tela a cuadros. Justo al otro lado del puente, en Market Street, el Tea Cosy era el favorito de Niamh: decorado con tapices descoloridos, estanterías de libros en rústica manoseados y una colección de vinilos con muchos álbumes de Kate Bush, Fleetwood Mac y Blondie. La comida era intencionadamente «rústica», con el punto justo de pretenciosidad.
—Bueno, ¿qué pasa? Me has dejado con el suspense, cariño.
Elle le había mandado un mensaje la tarde anterior para preguntarle si podía quedar ese día para almorzar. Intentaban verse cada quince días cuando la vida no se interponía en su camino, pero esta vez Niamh percibía con intensidad la angustia de su vieja amiga. La había detectado ya en la calle, irradiando de ella en ondas oscuras.
Elle suspiró hondo y bebió un sorbo de agua.
—No quiero bombardearte —dijo mansamente—. Pide primero un café. Puede que lo necesites.
Niamh estiró la mano sobre la mesa y tomó la de Elle.
—¿De qué se trata, tesoro?
—¿Qué es lo peor que podría pasar?
A Niamh se le cayó el alma a los pies.
—¿Demonios? —preguntó con voz entrecortada.
Elle abrió mucho sus ojos azules.
—¡Oh, no! ¡Eso no! Es Holly…
Niamh reajustó su catastrofómetro.
—Ah, entiendo… —La camarera se acercó a la mesa, e interrumpieron la conversación un momento para darle la comanda—. Continúa…
Elle movió la cabeza con desaliento, y Niamh comprendió. Ese era el momento que Elle había temido durante casi quince años.
—Ha empezado.
No hizo falta que Niamh le preguntase qué. Se inclinó más y bajó la voz. Era demasiado pronto para la temporada turística, y el café estaba casi lleno de mamás jóvenes y atractivas recién salidas de clase de pilates…, y por lo que Niamh averiguó echando una rápida ojeada, todas eran mundanas.
—Bueno, siempre supimos que existía la posibilidad…
De un cincuenta por ciento, para ser exactos, si una bruja tiene un hijo con un mundano.
—Lo sé —dijo Elle, suspirando—. Pero como con Milo no pasó nada, me imaginé que Holly tendría la misma suerte. Pensaba que me había librado de una buena.
Niamh optó por no criticar ese punto de vista. Brujafobia interiorizada se mirase por donde se mirase. Ella no consideraba su herencia algo malo de lo que había que librarse. Sí, la vida a veces era complicada…, pero ella no renunciaría a sus poderes si existiese una cura mágica.
—¿Cómo lo sabes? ¿Qué puede hacer?
Los cafés llegaron, y se hizo otra vez un silencio artificial. A saber de qué pensaba la camarera que estaban hablando.
—Creo que podría ser una sintiente —confesó Elle—. A veces sabe lo que uno de nosotros está pensando, aunque no hayamos dicho nada y…
Su voz se fue apagando.
—¿Y qué?
—Oh, Niamh, qué vergüenza. ¿Me prometes que no me juzgarás?
Niamh sonrió.
—Ni por las salchichas que has pedido ni por ninguna otra cosa.
—Puede… —Elle hizo una pausa— ver a través de mi glamour.
Niamh la miró fijamente con expresión de perplejidad.
—¿Y de qué glamour estamos hablando?
Elle no podía mirarla a los ojos.
—Lo normal…, un pequeño encantamiento para que Jez me vea un poco más delgada…, un poco más joven…, un poco más rubia…
Niamh se quedó con la boca abierta.
—¡Elle Pearson!
—¡Has dicho que no me juzgarías!
—¡He mentido, considérate juzgada! Es un uso indebido de tus aptitudes, como bien sabes.
—Venga ya, todo el mundo lo hace.
—Yo no.
—Tú pareces una supermodelo.
Niamh chasqueó la lengua sonoramente.
—¡Ya me gustaría!
Habían subido poco a poco el volumen, y se controlaron.
—No puedo creerme que estés embrujando a tu marido —susurró.
En realidad, Niamh no era la mayor admiradora de Jez Pearson. Eso era quedarse corto. Pero él era un mundano, y que Elle utilizase sus poderes con él estaba muy mal.
—No te desvíes del tema, por favor —dijo Elle—. A mi hija no le engaña el hechizo.
Niamh se mordió la lengua. Podía contarle a Elle muchas cosas de su marido, pero no era el momento. Niamh notaba perfectamente lo tensa que estaba su amiga.
—Está bien, empieza por el principio. ¿Cómo lo sabes?
—El otro día dije de pasada que uso una talla treinta y ocho. Ella me miró de arriba abajo y me soltó: «Mamá, tú no usas una treinta y ocho». Qué descarada. Ella tenía razón, y yo no, pero no debería poder verlo.
A Niamh le dieron ganas de agarrar a Elle por los hombros y zarandearla hasta que entrase en razón. Elle Pearson era preciosa, tanto que podía ser una chica del tiempo o una auxiliar de vuelo. Cómo se atrevía a tener tan mala opinión de sí misma.
—Si no estuviéramos en un café, te daría un guantazo para hacerte recapacitar, Pearson. Eres espectacular con cualquier talla, tontorrona. —Elle no quedó convencida—. ¿Sabe Holly lo que es?
—No —respondió Elle, abrumada por una enorme carga—. Tengo que hacerlo, tengo que decirle la verdad.
—Elle, debes decirle quién es. Y rápido. No saberlo da mucho miedo.
En las chicas, los poderes normalmente empiezan a manifestarse en torno a la primera menstruación, aunque ella había comenzado mucho antes. Hacía bastante que Niamh no veía a Holly, pero la última vez que habían coincidido le había parecido apreciar en la niña ese sutil cambio hacia la feminidad.
—Lo sé, lo sé. Por eso quería verte: si se lo cuento a alguien, no podré echarme atrás. Necesitaba una patada en el trasero. Lo haré esta noche —dijo—. Vaya, se me han quitado las ganas de comerme toda la fritanga.
Niamh quería a Elle Pearson, de soltera Device, con toda su alma. De su viejo grupo de amigas, ella era la más fácil de entender: una mujer sencilla que deseaba cosas sencillas. Y las había conseguido casi todas: un marido guapo, unos hijos adorables, un trabajo de enfermera de media jornada. Curiosamente, nunca había trabajado en el ASM; solo había echado una mano allí durante poco tiempo durante la guerra. A todos los efectos, era una bruja solo de nombre. Y qué nombre. Las mujeres de la familia Device habían sido ejecutadas en los juicios de brujas. Y ahora ese legado perviviría en Holly.
Tal vez debido al prestigio de su familia, a Niamh no le acababan de convencer las decisiones de Elle —el secretismo, la vergüenza de ser quien era—, y por eso la juzgaba un poco. Y se juzgaba a sí misma por juzgarla.
Decidió hacerle una pregunta delicada.
—¿Se lo contarás también a Jez y a Milo?
Elle la miró como si estuviese loca.
—¿Qué? No. ¿Por qué?
Niamh ladeó la cabeza, sin necesidad de decir nada.
—¿Qué? ¿Que le diga al hombre con el que llevo dieciocho años casada: «¿Sabes qué? Soy una bruja y te he estado mintiendo todo este tiempo?».
—Bueno, ahora le vas a pedir a Holly que mienta ella también.
—No me vengas con esas, Niamh. Ya me siento bastante mal.
—¿Prefieres que te diga solo lo que quieres oír?
Elle sonrió un poco, pero hizo un mohín.
—Si quisiera que me dieran caña, habría invitado a Helena.
Niamh rio de buena gana.
—Cierto. Deberías confiar un poco más en Jez. Conrad lo entendió.
Al pronunciar su nombre, el corazón se le desinfló como un globo hinchado hacía una semana. Ella tenía veinte años, estaba estudiando en el University College Dublin, y se habían conocido en un bar de Grafton Street. Después de un mes de intenso noviazgo estudiantil, ella «salió del armario». Él se lo tomó sorprendentemente bien, aunque más adelante Niamh se enteró de que él pensó que con «bruja» se refería a que le gustaban las velas y los cristales. Cosa que, en honor a la verdad, era cierta.
Entonces, Elle le tomó la mano. Enseguida, Niamh sintió que parte de su tristeza penetraba en su amiga sanadora.
—No tienes por qué hacerlo —dijo Niamh.
—Quiero hacerlo —afirmó simplemente Elle, absorbiendo la melancolía como una esponja—. Conrad era un hombre muy especial. Yo quiero a Jez con locura, pero, seamos sinceras, es un mecánico de Yorkshire. Si supiera las cosas que nosotros sabemos, creo que le explotaría la cabeza.
