Lo que esconde la noche (Trilogía Nomeolvides 1)

Kerstin Gier

Fragmento

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—Un gin-tonic, por favor. O mejor, que sean dos.

Y los dos eran para mí. En principio no entraba en mis planes emborracharme aquella noche porque le había prometido a Lasse que me quedaría hasta el final de la fiesta para vigilar que nadie se pasara jugando al beer pong y después destrozara los muebles, vomitara en la moqueta o (como la última vez) se quedara dormido en la cama de sus padres. Pero los planes cambian. En mi caso concreto, había ido con intención de cortar con mi novia Lilly y, en lugar de eso, ahora llevaba en la muñeca una pulsera de cuero que ponía «tesorito». Necesitaba una copa con urgencia.

—¡Perdona! ¡Estaba yo primero! —Ni me había fijado en la chica que me clavaba una mirada furibunda. Cuando la miré, se puso muy colorada.

—Ah, eres tú… Quinn —murmuró.

Yo también la conocía. Era una de las hijas de nuestros muy católicos vecinos, los Martin o «la plaga bíblica», como mi padre solía llamarlos. Toda la descendencia femenina tenía el mismo aspecto, con sus naricillas respingonas y sus ricitos rubios. Jamás había sabido distinguirlas.

—Pero bueno, Luise —contesté, arriesgándome con el nombre—. No me parecías el tipo de chica que se cuela en las fiestas. —Volviéndome hacia el camarero, le dije—: Adelante con los gin-tonics. Este querubín no tiene invitación.

El camarero esbozó una sonrisilla y Luise se puso aún más colorada. De manera oficial, Lasse había invitado a cincuenta personas a la celebración de su dieciocho cumpleaños. Pero extraoficialmente eran por lo menos el doble, la bebida no habría durado ni hasta las diez. Por suerte para él, sus abuelos le habían preparado un regalo sorpresa: un bar de cócteles que llegó al principio de la noche, barman incluido.

—Primero: no soy Luise, sino Matilda. Y segundo: tanto Julie como yo podemos estar aquí, nos ha invitado Lasse —contestó Luise… o, bueno, Matilda, según ella misma decía. Le temblaba un poco la voz, seguramente por la rabia—. Una caipiriña, por favor.

Intentó sonreírle al camarero pero el gesto le salió algo torcido. Yo, por el contrario, sentí que mi humor mejoraba. En mi familia, chinchar a «los horribles Martin» era desde hacía años una especie de deporte en el que participaba incluso mi madre, siempre tan conciliadora.

—Primero te cuelas en la fiesta y ahora pides alcohol. —Sacudí la cabeza en señal de preocupación—. Luise, hoy estás disgustando mucho al Señor…

—¡Que soy Matilda, chulito creído…! —Cerró la boca y apretó los labios.

Aunque el camarero estaba preparando las bebidas, me pareció que nos prestaba atención mientras disponía en los vasos rodajitas de lima y cubitos de hielo.

—Vaya, vaya… ¿Y ahora insultos? —Aunque el volumen de la música había subido mucho, supe que me entendía porque las aletas de la naricilla-respingona-de-las-Martin temblaban de rabia—. A ver, chulito, creído, ¿qué más…? ¿O es que te da miedo terminar en el infierno si sigues hablando?

Me miró con odio y sus ojos me recorrieron hasta que repararon en la pulsera. Entonces, con satisfacción más que evidente, me espetó:

—Eres un chulito y un creído y un… tesorito.

Punto para ella. De pronto recordé la razón que me había llevado allí.

—Para ser exactos, yo soy «cielito» —la corregí.

Al menos eso ponía en la pulsera que ahora llevaba Lilly. Me llamaba «cielito» todo el tiempo, y esa era una de las razones por las que deseaba cortar con ella esa noche. Pero de momento era imposible, al menos mientras estuviera sobrio y no quisiera sentirme como un capullo integral. Porque (¡sorpresa!) resulta que aquel día «tesorito» y «cielito» cumplían setenta y cinco días juntos. Al parecer eso era razón suficiente para regalar pulseritas hechas a mano y para asegurar que nunca, nunca, se había sido más feliz.

El camarero nos sirvió las copas y le sonreí a modo de disculpa antes de beberme el primer gin-tonic como si fuera agua. ¿Qué era aquello de «tesorito»? Si de verdad hubiera llamado así a Lilly alguna vez, me tendría bien merecido no solo la pulsera, sino otros setenta y cinco días con ella. Como castigo. ¿Por qué les hice caso a mis padres? Debí dejarla por teléfono antes de la fiesta, rápido y sin dolor. Así me habría ahorrado la escenita de los regalos.

El error de contarles a mis padres mis intenciones se debió a que, en los últimos dos meses y medio, le habían tomado más cariño a Lilly que a todas mis novias anteriores. A mi madre le parecía fantástico que hubiera una chica por casa, para ella todas mis novias eran «maravillosas» y «encantadoras». En cuanto a mi padre, el amor pasaba por el estómago: los padres de Lilly poseían dos tiendas de delicatessen en la ciudad, así que ella solía llevar cosas cuando venía a verme a casa.

—¿Me estás diciendo que ya no habrá más carpaccio? ¿Ni más risotto de boletus a domicilio? —Se lamentó mi padre al conocer mis planes—. ¿Adiós a los macarons de canela y a los pralinés de sorbete de limón? Quinn, ¡no encontrarás otra chica como esa!

—¡Pues claro que sí, Albert! —Mi madre lo miró muy seria—. Y con suerte su familia tendrá un gimnasio donde podrás bajar esa barrigota de gorrón que se te ha puesto. —Mientras él se miraba avergonzado la panza, ella se volvió hacia mí y me dijo comprensiva—: Haces bien, cariño. Escucha a tu corazón. Pero no puedes dejarla por teléfono, esas cosas se hacen en persona.

—¡Desde luego! —confirmó mi padre—. Si no, te odiará para siempre. Y debes mirarla a los ojos.

Y justo eso tenía que hacer ahora, únicamente para no decepcionarlos. Dejé el vaso vacío. A lo mejor estaría bien que también Lilly hubiera bebido un poco. Así que con una mano agarré el segundo gin-tonic y, con la otra, la caipiriña. Por suerte la chica Martin no la había tocado, estaba demasiado ocupada mirándome con ojos como platos.

—Esto mejor me lo llevo, Luise —le dije mientras ella cogía aire con indignación—. Ya sabes, no se puede servir alcohol a menores.

Sin esperar respuesta empecé a abrirme camino entre la multitud para volver al salón, levantando los vasos todo lo que podía.

—¡Que me llamo Matilda! ¡Creído… tesorito! —me gritó—. ¡Y tú tampoco tienes dieciocho!

—Ya, pues hazme un favor y reza para que no me manden al infierno —le contesté entre risas, girándome un poco.

—A lo mejor ya es tarde —intervino una voz cargada de ironía.

Me paré en seco, muy sorprendido. Conocía a casi todos los invitados, ya fuera del instituto o de parkour, pero jamás había visto a la chica que tenía delante: la recordaría seguro. Llevaba el pelo teñido de azul intenso, un arito plateado en la nariz, otro en la ceja, unos vaqueros negros ajustadísimos y un top con mucho escote, todo combinado con pesadas botas de media caña. Un montón de maquillaje negro le rodeaba los ojos. Solo le faltaba un colgante con una cruz al revés o un 666 tatuado para completar el cliché perfecto. A pesar de ello, o quizá precisamente gracias a ello, resultaba muy atractiva. Me pareció que tendría algún año más que yo, quizá unos veinte, aunque podía deberse al maquillaje o a la seguridad que transmitía su postura. Cuando esbozó una sonrisa dejó a la vista un tercer piercing en el frenillo, con una piedrecita azul brillante. Después volvió a ponerse seria y dijo en tono solemne:

—Menos mal que te he encontrado, Quinn Jonathan Yuri Alexander von Arensburg.

—Ah, ¿sí…? —contesté, estirando las vocales.

¿Cómo sabía todos mis nombres? Ni siquiera a mí mismo me resultaban familiares. Me daba vergüenza aquel exceso cometido por mi madre y por eso evitaba pregonarlos a los cuatro vientos. Pronunciado de un modo tan lento y ceremonioso, «Quinn Jonathan Yuri Alexander von Arensburg» sonaba casi amenazante, como el principio de un conjuro.

—Tenemos que hablar.

—Lo siento, ahora no puedo —contesté mientras pensaba: «Tengo que llevarle estas bebidas a mi futura exnovia y tú pareces un poco loquita. Por desgracia». Aunque por otro lado… sentía curiosidad. De modo que le pregunté—: ¿Nos conocemos?

—Me llamo Kim. —Otra vez sonrió y volvió a ponerse seria—. Lo que voy a contarte te parecerá extrañísimo. Pero hace muy poco que sabemos de tu existencia.

—Ajá. —«No está un poco loquita, sino loca del todo», corregí para mis adentros, aunque sin conseguir apartarme de ella. Era guapísima.

Me miró inquisitivamente con sus ojos castaños.

—Es importante. Si nosotros te hemos encontrado, ellos también lo harán.

Aquello ya me pareció ridículo.

—Claro, y ellos son los asesinos de una mafia internacional que quiere hacerse con unos planos secretos que la semana pasada un agente me metió en la mochila sin que me diera cuenta mientras iba por la calle… O bien una delegación del planeta Metis, del que provengo sin saberlo y que ahora debo salvar porque soy…

—Nos vemos en diez minutos en la entrada —me interrumpió sin inmutarse—. Y Metis no es un planeta, sino una de las lunas de Júpiter. —Se dio la vuelta y se marchó.

Me quedé perplejo, contemplándola pasar por delante del bar y perderse en el pasillo.

—¡Vaya pibón! —Mi amigo Lasse apareció de pronto a mi lado y me pasó el brazo por los hombros con tanto ímpetu que parte de la caipiriña se me derramó—. ¿Quién era?

—¡Pues iba a preguntártelo a ti, para eso es tu fiesta! Pensaba que sería una de tus primas raritas, o alguien así. Se llama Kim.

—No, mi prima la rarita está ahí, en la ventana. Lleva media hora intentando quitarse un chicle del pelo. A esa Kim no la había visto nunca, te lo juro. A lo mejor la ha traído alguien del grupo de parkour.

—Quiere verme en la entrada dentro de diez minutos. Tendrá ahí aparcada la nave espacial…

—¡Qué fuerte! —Lasse me sacudió emocionado y más bebida acabó en el suelo—. Chaval, ¡qué suerte tienes con las mujeres! Pero en fin, lo entiendo. Si yo fuera una chica estaría loquita por ti, de verdad. —Me quitó la caipiriña y le dio un gran trago—. Si es que solo hay que verte. Son esos contrastes: el cuerpo de gimnasio y la carita de niño asiático, el pelo negro y los ojos superazules… —De pronto se interrumpió—. Joder, sí que parezco una nena enamorada… Pero ahora en serio, bro, ¡te quiero mucho!

—Pero ¿cuánto has bebido? —Lo escruté. Estando sobrio, Lasse no era de los que expresan sentimientos. Pero bueno, solo se cumplen dieciocho años una vez. Y además, yo también empezaba a sentir los efectos del gin-tonic que me había tomado de un trago—. Yo también te quiero, hermano. Y esa chica del pelo azul no me atrae, es… superrara.

—A mí eso me daría igual. —Y le dio otro trago a la caipiriña.

—Lasse, ¿tú te sabes mi nombre completo? —le pregunté—. ¿Con todos los nombres intermedios?

—Pues claro. Quinn Johann Mega Gengar Conde von Arensburg… O algo parecido. —Soltó una carcajada y entonces se fijó en la pulsera—. «Tesori…». Pero joder, ¿esto qué es? ¿Es de Lilly? Te lo tienes que quitar. La del pelo azul no lo puede ver, le va a cortar el rollo.

—Es imposible de desatar —contesté con pesimismo.

Lilly me había puesto la pulserita con todo su entusiasmo, usando un triple nudo doble capaz de aguantar no ya los próximos setenta y cinco días, sino al menos setenta y cinco años.

—Solo necesitas unas tijeras.

Ah, pues sí.

—Pero si la corto Lilly se va a enfadar.

Aunque… de todas maneras se iba a enfadar cuando rompiera con ella, y yo al menos recuperaría la dignidad. Y con suerte a lo mejor se cabreaba tantísimo al verme sin la pulsera que la situación se daría la vuelta y sería ella quien cortara conmigo. En ese caso habría matado dos pájaros de un tiro. O, mejor dicho, de un tijeretazo.

—Las tienes en el cuarto de baño de arriba, en el cajón del lavabo. —Me había leído el pensamiento—. Anda, ¡dame ese vaso! Aquí te espero. —Me quitó también el gin-tonic y le dio un sorbo—. Creo que esta es la mejor fiesta de mi vida. Solo tenemos que estar pendientes para que nadie eche nada raro en el acuario de mi padre.

Desde luego. Después de la fiesta de sus dieciséis, nos gastamos una auténtica fortuna en reponer los peces del acuario antes de que sus padres volvieran de vacaciones. Recorrimos todas las tiendas de animales en busca de cíclidos dorados, shitaris del Amazonas y come algas siameses. No me apetecía nada repetir aquella odisea.

—Ahora mismo vuelvo —aseguré. No podía imaginar que esas eran las últimas palabras que le diría a Lasse en mucho tiempo.

Todo estaba tranquilo en la primera planta. Por si acaso, eché un vistazo a la habitación de los padres de Lasse: la cama estaba intacta. La fiesta todavía se desarrollaba en la planta baja sin dar problemas. Los padres de Lasse se habían ido de vacaciones, como siempre en los últimos años, y le habían dejado la casa con la condición de encontrársela en el mismo estado que al marcharse. Como a mis padres, los arañazos en el parquet les importaban menos que el olor a tabaco que se quedaba pegado a moquetas y cortinas. Por eso, los fumadores tiritaban de frío en el jardín de atrás, aunque de momento nadie se había quejado.

Por desgracia la tijerita de uñas que encontré en el baño no era para zurdos. Como Lilly me había atado la pulsera en la muñeca derecha, necesité un buen rato para serrar el cuero. Estuve a punto de tirarla a la papelera pero preferí guardármela por si acaso me exigía que se la devolviera para regalársela a su próximo «cielito». La verdad, no tenía ninguna prisa por descubrirlo. La ventana del baño daba a la calle y sentí curiosidad por comprobar si la chica del pelo azul me esperaba de verdad en la entrada. Seguía sin decidirme a acudir, aunque por otro lado deseaba averiguar cómo conocía todos mis nombres (que ni siquiera mi mejor amigo sabía) y qué quería de mí. «Hace muy poco que sabemos de tu existencia». ¿Qué demonios quería decir eso?

Por precaución apagué la luz antes de abrir la ventana tratando de hacer el menor ruido posible. Me asomé todo lo que pude para atisbar lo que había bajo el tejadillo.

Pues sí, aquellas eran sin duda sus largas piernas, acabadas en las botas negras. Por lo que veía se apoyaba en la fachada, junto a la puerta de entrada. Estaba sola, en aquel momento ya no llegaban más invitados. Desde donde me encontraba no podía verle la cara, pero sus dedos tamborileaban con impaciencia contra la pared. Parecía que de verdad me esperaba.

Vale, pues entonces iría a hablar con ella. Ya me ocuparía de Lilly después.

Cuando me disponía a cerrar la ventana y a volver abajo, una figura surgió de entre las sombras del jardín delantero y avanzó lentamente hacia la casa por el camino de adoquines. Me asomé aún más, movido por la curiosidad. Se trataba de un hombre bajito, con abrigo y sombrero. La luz era escasa, así que no podía calcular su edad. Pero como llevaba el sombrero típico de los ancianitos que pasean perros salchicha, di por hecho que tendría bastantes años. Claramente no iba a la fiesta, sino que buscaba a Kim. Ella se separó de la fachada al instante.

—¡Usted! —exclamó asustada.

El hombre se detuvo.

—¿De verdad pensabas que no te detectaríamos? ¿En nuestro propio territorio? ¡Cómo te has atrevido!

Tenía una voz metálica y nasal, y no me hizo falta observar la reacción de la chica para saber que en absoluto se trataba de un adorable ancianito paseador de perros salchicha.

Kim se apartó unos pasos hacia un lado y pude ver que todo su cuerpo se encontraba en tensión.

Al hombre pareció agradarle aquella reacción.

—Ahora ya es tarde, chiquilla —dijo con una risa ahogada—. A nosotros nadie se nos escapa tan fácilmente.

Ella miró a su alrededor, como buscando una salida. O a alguien que pudiera ayudarla.

Drogas. Esa fue la primera explicación que se me pasó por la cabeza. La chica del pelo azul estaba vendiendo su mercancía en el territorio de la competencia.

El hombre se le acercó lentamente.

—Ahora mismo me vas a contar todo lo que necesito saber. Quién forma parte, cómo lo has organizado y quién está detrás de todo.

—Antes muerta —contestó Kim en voz baja.

El hombre estalló en sonoras carcajadas, tan nasales e inquietantes como su forma de hablar.

—Siempre nos encanta cumplir ese deseo. Y por delitos menos graves que el tuyo. Pero antes tenemos que charlar un poquito. Aunque en realidad nada impide que vayamos matándote mientras hablamos…

Kim hizo un movimiento súbito hacia un lado, como para comprobar la velocidad de reacción de su adversario. Él chasqueó los dedos y entonces resonó un gruñido. No supe de dónde provenía, pero hizo que se me pusieran los pelos de punta. ¿Lo había emitido el propio anciano? Aquel gruñido espeluznante obligó a la chica a detenerse en seco, se quedó como paralizada.

—Usted no puede hacerme nada —dijo—. Llamaría demasiado la atención. Tengo grabaciones que saldrían a la opinión pública. Vídeos y…

El hombre se mantuvo impasible.

—Ah, ¿sí? —preguntó, y echó mano al bolsillo del abrigo.

Sin pensarlo, me encaramé al antepecho de la ventana, salté desde allí al tejadillo y un segundo después aterricé en los adoquines, justo entre los dos, con una recepción perfecta de cuatro puntos como las que había practicado cien veces en mis entrenamientos de parkour. Solo al incorporarme comprendí lo que había hecho. Me quedé tan perplejo como ellos, que me miraban incrédulos. Pero no había tiempo para pensar.

—¡Vámonos ahora mismo! —Agarré del brazo a la chica y la arrastré conmigo.

La puerta de la casa estaba cerrada y el hombre nos bloqueaba la salida a la calle, de modo que la única opción era atravesar el denso seto que separaba la parte delantera del resto del jardín. Puesto que Lasse y yo éramos amigos desde niños, conocía el terreno tan bien como si fuera mi casa y sabía por qué lugares podías colarte entre los arbustos si cogías suficiente impulso. Empujé a Kim por un hueco y la seguí sin pararme a mirar al hombre; esperaba que aún no se hubiera recuperado de mi sorpresiva aparición. Si conseguíamos rodear la casa y llegar al jardín de atrás, podríamos entrar y ponernos a salvo.

—¿Quién es ese tipo? —jadeé mientras atravesábamos la oscuridad en dirección a las franjas de luz que el invernadero proyectaba sobre la hierba.

—Pero ¿cómo se puede ser tan estúpido? —preguntó ella al mismo tiempo.

Yo mismo me daba cuenta de que no había sido especialmente inteligente saltar por la ventana siguiendo un impulso, sin tener ningún plan. Habría sido mejor idea arrojarle al hombre un objeto contundente, la báscula por ejemplo. O gritar con la voz más grave posible: «¡Policía! ¡Arriba las manos! ¡Póngase contra la pared!». Pero bueno, a pesar de todo había sido un detalle por mi parte. Y me había quedado bastante guay. Vaya tía desagradecida.

—De nada, ¿eh? —le dije.

—No te enteras. Pase lo que pase, no deben atraparte.

—¿A mí? —Qué graciosa. No era a mí a quien acababan de amenazar de muerte—. ¿Qué es todo esto? Por favor, dime que es un cosplay estrafalario.

No contestó, seguramente debido a las tres figuras que aparecieron a diez o quince metros de nosotros volviendo la esquina de la casa. Por desgracia no eran invitados que estuvieran besuqueándose, sino, a juzgar por las siluetas, un hombre, una mujer y una sombra que parecía un perro gigantesco.

—¡Mierda! —susurró Kim.

Pues sí, mierda.

La figura femenina parecía relativamente inofensiva; la masculina, en cambio, correspondía a alguien mucho más joven y musculoso que el hombre del sombrero. Pero el verdadero problema era el perro, que le llegaba al joven casi hasta la cintura. Lo oímos resollar y se abalanzó hacia nosotros, sujeto tan solo por una correa.

A nuestras espaldas, el hombre se abría paso por el seto. Lo oíamos más que lo veíamos. Estábamos atrapados.

El jardín lateral de la casa era muy estrecho y un muro de dos metros de alto lo separaba de los vecinos, que eran los generosos abuelos de Lasse. Aparte de unas matas de grosellas, las compostadoras y una pila de leña, allí no había más que el cobertizo de las herramientas. La música y el murmullo de voces de la fiesta llegaban muy apagados. Gritar pidiendo ayuda no serviría de nada.

Solo quedaba una salida.

—Por aquí —susurré. La agarré de la mano, me metí entre las matas y corrí hacia el cobertizo—. ¿Puedes saltar el muro?

La probabilidad de que también practicara parkour y fuera capaz de superar un obstáculo de dos metros no era muy alta, pero habría sido de gran ayuda.

—¡No! Tienes que irte sin mí, ¿me oyes? ¡No deben atraparte!

¿Por qué tenía aquella obsesión conmigo? Daba igual, ya lo averiguaría después. Por el momento nuestros perseguidores parecían estar organizándose, al menos no se oían pasos, tan solo la voz metálica del hombre del sombrero que impartía órdenes al otro lado de las matas:

—Hay un chico con ella, ¡cogedlos a los dos! Pero a la chica la quiero viva. ¡Soltad a Sirin!

¡Oh, no! Sirin debía de ser aquel perrazo. Y si solo querían viva a la chica, eso significaba que no había problema en que el chico, o sea yo, acabara despedazado por el animal.

Teníamos que actuar deprisa. Cuando Lasse era pequeño sus abuelos abrieron en el muro, junto al cobertizo, una especie de gatera para que pudiera pasar a su casa cuando quisiera. Nos habíamos metido muchas veces por allí. En aquel momento rezaba para que esa trampilla aún existiera. Mientras Kim insistía en que no me preocupara por ella y huyera solo, me arrodillé, encontré el tirador y abrí la portezuela.

—¡Pasa tú!

El hueco era muy estrecho, pero por suerte la chica era delgada y ágil. Agradecí que no perdiera el tiempo discutiendo quién iba primero y se limitara a tirarse al suelo y meterse reptando. Aunque no sin repetir entre susurros:

—Quinn, ¡tenemos que separarnos! Corre todo lo que puedas y no pares hasta estar a salvo. Pase lo que pase y oigas lo que oigas, no vuelvas para salvarme. ¡Prométemelo!

—Entendido. —Me había quedado clarísimo que no quería que la rescatara.

—Venatores, capite! —resonó aquella la voz nasal, y yo dejé caer la portezuela y me puse de pie.

¿Acaso se sumaban nuevos perseguidores, llamados Venatores y Capite? Oí un corto aullido y, por miedo a que el enorme perro me mordiera los pies mientras reptaba por la gatera, decidí tomar impulso y encaramarme al muro para saltar luego al jardín del otro lado. Justo a tiempo. Nada más aterrizar oí que el animal atravesaba gruñendo las matas y chocaba contra el muro. Por gigantesco que fuera, parecía incapaz de salvar aquel obstáculo. En mi caso, en cambio, los largos meses de entrenamiento con Lasse habían valido la pena. Si no descubrían la trampilla, el muro los retendría por un tiempo.

No quedaba ni rastro de la chica del pelo azul. ¿Habría salido corriendo hacia la calle o hacia el siguiente jardín? No podía saberlo. Por muy inteligente que fuera la idea de separarnos para llevar a nuestros perseguidores en distintas direcciones, yo quería averiguar qué demonios estaba pasando.

Sin ningún plan en concreto me dirigí a la izquierda, pasé corriendo junto al estanque del jardín y avancé hacia la valla que lo separaba del terreno del vecino. Había luz en casa de los abuelos de Lasse aunque, según contaron cuando llegó el bar de cócteles, se habían marchado a la ópera. Dejaban las luces encendidas para ahuyentar a posibles intrusos. Eso me ayudó a orientarme en la oscuridad. Seguía sin ver ni rastro de la chica, esperaba que se las arreglara. Y que contara con un móvil para poder pedir ayuda. El mío estaba, como siempre, en el bolsillo de la chaqueta, pero la chaqueta estaba en la cama de Lasse. En el bolsillo del pantalón solo llevaba el resguardo de la coctelería móvil, que había firmado en vez de Lasse. Muy útil.

Mientras pasaba al jardín vecino por encima de la valla y junto a un abeto, percibí unos extraños crujidos que sonaban como el aleteo de un pájaro. De un pájaro colosal, para ser exactos. Me agaché instintivamente, movido por la terrible sensación de que me atacaba un ave gigante. Pero al levantar la vista no encontré nada.

Seguramente se trataba de una lechuza que se había asustado en los árboles cercanos. Pero no tuve ocasión de relajarme porque en aquel momento resonó a mis espaldas un aullido escalofriante que no encajaba en aquella urbanización idílica, sino más bien en una mala serie de terror. ¡Aquella bestia se las había arreglado para salvar el muro y me pisaba los talones!

De pronto me pregunté si todo aquello me estaba pasando realmente. ¿De verdad me perseguían una chica con el pelo azul, un hombre con sombrero anticuado, un perro gigantesco y un pájaro invisible? ¿Qué le habían echado al gin-tonic? Sospechaba que todo aquello desaparecería si pudiera meter la cabeza bajo un chorro de agua fría.

Pero entonces los aullidos se redoblaron y su sonido era tan espeluznante que no me quedó más remedio que continuar corriendo. Ya me reiría de mí mismo en otro momento.

Atravesé un césped que se iluminó con unas luces automáticas y pasé al siguiente jardín saltando otra valla. Allí cambié súbitamente de dirección y trepé por una espaldera hasta el tejado de un garaje para, desde la parte delantera, saltar a la entrada y alcanzar la calle paralela, que crucé para meterme en el jardín de la casa de enfrente y atravesar el seto hasta el siguiente jardín. «No pares hasta estar a salvo», me había dicho Kim. Buen consejo. Pero ¿dónde se suponía que estaría a salvo? Aquella era una zona residencial y en ese momento no había nadie por la calle, como mucho podías encontrarte al repartidor de pizzas o a alguien que había salido a correr. Llamar a algún timbre a esas horas no serviría de nada: o bien no me abrirían, o bien me darían con la puerta en las narices mientras el enorme perrazo me clavaba las zarpas por la espalda. Era mejor seguir corriendo para alejarme todo lo posible de aquella bestia. Además me daba cuenta de lo muy rápido que avanzaba y eso, cuanto más me internaba por los jardines, más confianza me proporcionaba. Practicar parkour en la oscuridad, por un terreno desconocido y sin medidas de seguridad era imprudente y peligroso, pero mis pies parecían hallar los puntos de apoyo por sí solos y mi cuerpo se encontraba en una tensión perfecta mientras volaba desde el tejado de un garaje hasta el siguiente. Cuanto más avanzaba, más vivo me sentía. Era imposible que nadie me siguiera el ritmo, mucho menos un anciano con sombrero. Y ningún perro del mundo podía encaramarse a lo alto de un garaje.

De un par de saltos me subí a un roble, o a lo que fuera aquel árbol cuya copa sobresalía por encima de una valla alta. Me paré un momento, agucé el oído en la oscuridad y sentí que me inundaba una oleada de triunfo. No se oían pasos, ni órdenes, ni horribles aullidos. ¡Me había librado de ellos!

Pude recobrar el aliento. Lo que acababa de pasar era totalmente absurdo e irreal, como una escena sacada de un sueño o de una película. Solo en las películas se dicen frases como «¡la quiero viva!» o «¡no deben atraparte!». Y solo en las películas aparecen sonidos como el aleteo que, de pronto, se cernió sobre mí. Iba acompañado de un chillido agudo y estridente que no era ni humano ni animal y que parecía una mezcla de grito y graznido. Para nada me había librado.

Me hundí entre las ramas y me fui descolgando por ellas hasta alcanzar el césped. Otra vez estaba en un jardín. Ya no sabía en qué calle me encontraba pero, puesto que se veía más tráfico, debía de ser cerca de una avenida principal. Allí había restaurantes abiertos, tranvías y teatros. Y gente por la calle.

Por el contrario, donde yo estaba todo el mundo se había acostado ya. Nadie se movió en la casa ni siquiera cuando se encendieron las luces automáticas del jardín. De nuevo resonó el terrorífico chillido y decidí correr hacia el garaje con la esperanza de que la puerta estuviera abierta. Pero no llegué a comprobarlo. Porque antes de alcanzarlo descubrí un par de ojos dorados que me acechaban entre los arbustos.

¡No! ¡Era imposible! Y además… cuando el gigantesco perro salió a la zona iluminada vi que era en realidad un lobo: negro, con el pelaje erizado y mostrando amenazadoramente los dientes. Me había estado esperando.

Sus afilados colmillos eran enormes. Tras unos segundos de parálisis, mi cuerpo reaccionó por sí solo. De un brinco me encaramé a una inestable pila de leña y desde allí realicé un salto desesperado hacia el tejado. Unos cuantos troncos cayeron con estrépito al suelo. En la casa no se movió nadie. Si sus moradores se asomaran a la ventana, verían un lobo gigante que galopaba por el césped y gruñía dando saltos alrededor del garaje. Pero por desgracia no se asomaron. Nadie acudió en mi ayuda. De un salto hui al garaje del vecino, desde allí pasé a un porche alargado, bajé a unos contenedores de basura y volví a encaramarme a otro garaje. A lo lejos distinguía el neón rosa de la peluquería A toda mecha, que hacía esquina con la avenida, así que corrí como un poseso hacia allí. Podía refugiarme en el kebab de Güngör, que estaba al lado, y desde allí llamaría a la policía. O al zoológico. O a mis padres: «Papá, ¿puedes venir rápido a recogerme? ¡Me persiguen un lobo y un pájaro gigante!».

El ruido de los coches que pasaban me impidió distinguir el aleteo hasta que lo tuve justo encima. Fue tal mi pánico que no tomé impulso correctamente y, en lugar de en el tejado siguiente, mi salto terminó mientras aún estaba en el aire. El canalón al que me agarré se soltó al instante de sus anclajes y aterrizó estruendosamente conmigo en el suelo. Un dolor súbito me atravesó el pie, pero no hice caso y corrí con todas mis fuerzas hacia el cruce de la avenida. Me cegaron los faros de un coche que venía de frente y por eso solo vi al lobo cuando, abalanzándose hacia mí desde un lateral, me empujó a la calzada. Lo último que oí antes de estrellarme contra el asfalto fue el chirrido de unos frenos que se confundía con el chillido del pájaro gigante. Y lo último que pensé fue que ojalá la gente comprendiera que aquel estrépito no provenía de sus televisiones. Pero para mí ya era tarde.

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Hasta aquel momento, el 5 de diciembre permanecía en mi recuerdo como «el día en que desenmascaré la mentira del obispo san Nicolás» o, en la memoria de mi familia, como «el día en que Matilda le arrancó la barba al tío Ansgar, le pisoteó la mitra y nos aguó la fiesta a todos». Pero, a partir de ese momento, sería sin duda el día en que Quinn von Arensburg sufrió un accidente.

Y sucedió tan solo media hora después de que yo lo mandara al infierno en la fiesta de cumpleaños de Lasse Novak. En principio se podría creer que existía relación entre las dos cosas, pero ya en otras ocasiones lo había mandado mil veces al infierno sin que le pasara nada. Aunque era muy propensa a todo tipo de sentimientos de culpa (Julie decía que Sentimiento de Culpa era mi segundo nombre), no pensé ni un momento que yo hubiera tenido algo que ver.

La noticia de que a Quinn lo había atropellado un coche puso fin a la fiesta de manera abrupta. La policía acudió a la casa y lo último que vimos Julie y yo antes de marcharnos junto con los horrorizados invitados fue a Lasse. Estaba hundido en el sofá y, totalmente desorientado, intentaba contestar a las preguntas de los policías mientras Lilly Goldhammer, arrasada en lágrimas, se abrazaba a una agente que ponía cara de no saber qué hacer.

En ese instante sentí el extraño deseo de cambiarme por Lilly, para poder desahogarme con un buen llanto.

Aunque aquello era absurdo. Oficialmente yo odiaba a Quinn von Arensburg, en concreto desde que, a los seis años, me llamó «cara de hámster» y me tiró a una mata de ortigas.

La familia Von Arensburg y la familia Martin eran enemigas desde que yo tenía uso de razón, aunque, naturalmente, los términos «enemigo» u «odiar» jamás se pronunciaran en mi casa. Como mucho se reconocía que los Von Arensburg ponían un poquito a prueba nuestro amor al prójimo. Pero en fin, en el fondo venía a ser lo mismo.

Julie era la única que conocía mi secreta simpatía por Quinn, que iba mucho más allá del mero amor al prójimo; aunque estaba claro que a él no le pasaba lo mismo conmigo. «La pesada esa de los hoyuelos» era lo más amable que me había llamado en los últimos años. Lo peor de la lista era «col parlante», seguido muy de cerca por «bebé del suavizante».

Había que reconocer que en la mayoría de las ocasiones Quinn no sabía que yo era yo, sino que me confundía aleatoriamente con mis primas Luise y Mariechen, o bien con mi hermana mayor, Teresa. Pero eso, lejos de arreglar la situación, la volvía más injusta. Que me confundiera con Luise era lo que más me enfadaba. Me explico: el deseo de tirarla a las ortigas me parecía de lo más comprensible, no pasaba un día sin que yo misma quisiera hacerlo.

Para mi desgracia, ella y yo nos parecíamos muchísimo, así que Quinn no era el único incapaz de distinguirnos. En realidad, todas éramos casi iguales: Luise, Mariechen, Teresa y yo. Incluso Lepold, el hermano mellizo de Luise. Esto se debía a que mi madre y la madre de Luise (mi tía Bernadette) eran hermanas y, a su vez, mi padre y el padre de Luise eran hermanos. Todos los hijos teníamos ricitos dorados, naricillas de botón y hoyuelos en las mejillas, rasgos que quizá suenen muy adorables pero solo lo son si tienes menos de ocho años.

O si eres un querubín, como Quinn me había llamado en la fiesta.

Resoplé al recordar nuestra conversación. Aunque me había cabreado muchísimo, me alegraba que no se me hubiera ocurrido ningún insulto más creativo. Porque seguramente habrían sido las últimas palabras que le dijera…

—No le pasará nada, ya lo verás. Y está por ver si de verdad era él. —De camino a casa, Julie me sonrió para darme ánimos y me apretó la mano. Por supuesto, había notado que me esforzaba por contener aquellas lágrimas inoportunas—. Además, no eres la única afectada, yo también me siento muy alterada. Hasta la prima rarita de Lasse se ha echado a llorar, y eso que no conoce a Quinn de nada.

—Creo que lloraba porque tenía chicle pegado en el pelo —respondí—. Me preguntó si llevaba una navaja y si podía hacerle un flequillo.

Unas calles más allá se oyó una sirena y me detuve de pronto.

—Seguro que no está grave. —Julie tiró de mí para que avanzara—. No me puedo imaginar a Quinn convaleciente, ¿y tú? ¡Si hace nada saltó desde el tejado del gimnasio!

Me acordaba perfectamente porque había aterrizado a dos metros de mí con la agilidad de un gato. Se incorporó entre risas y, de un soplido, se apartó de la cara un mechón de cabello negro intenso. Sus brillantes ojos azules me pasaron por encima para fijarse en sus amigos, que por supuesto jaleaban y aplaudían.

—Sí que me lo imagino —contesté—. Por desgracia siempre me lo imagino todo.

—Especialmente si son cosas malas, lo sé. Tu pesimismo es muy creativo. —Soltó un resoplido—. Pero ahora tenemos que ser optimistas. Estoy segura de que Quinn volverá el lunes a clase. Y entonces podrás admirarlo en la distancia mientras él no te hace ni caso, como siempre.

—Eso será si no me confunde con Luise. —Intenté sonreír—. Hoy tenía que haberme puesto tu camiseta.

Cuando cumplí los quince Julie me regaló una camiseta que ponía: «NO soy Luise». Pero solo me dejaban ponérmela para dormir, igual que otra que decía: «Hay dos tipos de personas. Odio a los dos». Mi madre llevaba año y medio intentando estropearla al planchar, como hacía con todas las prendas que no le gustaban. Mientras en la camiseta misántropa ya solo se leía: «os onas dio os», el estampado de la otra se mantenía milagrosamente intacto. A lo mejor era una señal.

—Julie, si Quinn vuelve a clase el lunes, me pongo tu camiseta para ir a misa el domingo —prometí en tono solemne—. Sin chaquetita por encima.

Ella soltó una carcajada.

—Si haces eso tus padres llamarán a un exorcista. Pero no seré yo quien te lo impida. De hecho, llevo años soñando con algo así.

En ese momento nos vibraron los móviles y, al mismo tiempo, echamos mano al bolsillo de la chaqueta.

—Mierda… —murmuró Julie.

Habían empezado a circular los primeros rumores, según los cuales Quinn estaba muerto, o sufría heridas graves, o sufría heridas leves, o bien en realidad no había tenido un accidente.

El resto del camino lo recorrimos muy confundidas, con la vista clavada en las pantallas e intentando separar la información verdadera de la que se basaba únicamente en fantasías o en deseos malintencionados. Alguien de la clase de Quinn apoyaba la hipótesis de su muerte mediante un post subido por el dueño del kebab. El post mostraba una foto borrosa del lugar del accidente acompañada del texto: «Espero que en el cielo le preparen a este chico un döner tan bueno como el nuestro. Era un gran fan de nuestro Iskender». Y alguien que al parecer conocía a alguien que a su vez conocía a uno de los sanitarios de la ambulancia sostenía que en el asfalto había quedado una gran masa de sesos y una oreja.

Pero si Quinn estaba muerto, ¿por qué la ambulancia arrancó con la sirena y las luces puestas, tal como había visto con sus propios ojos el hermano de Smilla Bertram? ¿Cómo era compatible su muerte con la afirmación de que se encontraba tan borracho que al llegar al hospital tuvieron que hacerle un lavado de estómago?

Y a todos estos rumores se sumaba nuestra amiga Aurora, que juraba haber visto a Quinn sano y salvo en el cine y escribía: «Solo lo vi por detrás, pero ¡era él seguro!».

Lástima que ni siquiera Julie pudiera dar crédito a la historia de Aurora: en octubre intentó convencernos de que había visto a Justin Bieber en el supermercado comprando papel higiénico y semillas de lino. Al final, concluí que la verdadera situación de Quinn debía de encontrarse en algún punto intermedio entre las heridas y la muerte. Al menos el rumor de que estaba borracho tenía un punto de verdad: se bebió un gin-tonic de un trago y, si se tomó el otro igual de deprisa y después mi caipiriña, iría muy ciego y su capacidad de reacción sería bajísima. Si yo hubiera defendido mi copa con más ahínco quizá no le habría pasado nada…

—Ya estaban tardando en aparecer los sentimientos de culpa —apuntó Julie cuando le confié mis reflexiones—. Creía que con ser responsable del cambio climático tendrías bastante.

—Todos somos cómplices cuando consumimos productos con aceite de palma —repliqué, sin levantar la vista del móvil.

Solo eran las diez y media cuando llegamos a casa de Julie, pero ya estaban todos acostados. Sus tres hermanastros pequeños habían colocado ante la puerta las botas de agua en espera de san Nicolás. Al parecer, el obispo mágico había pasado ya: las botas rebosaban de regalitos y mandarinas.

—Deja aquí el zapato —me susurró Julie mientras se quitaba su elegante botín de ante negro y lo alineaba con las botas—. Si no, se pondrá triste.

—Y yo más —contesté. Julie se refería a su madrastra, mi tía Berenike, también conocida como la mujer más amable del mundo—. El año pasado me encontré una máscara de pestañas genial y una cajita de mazapanes.

Dispuse cuidadosamente el botín al lado del suyo. También era negro, pero nada elegante porque lo heredé de Teresa, que siempre salía de compras con mi madre.

Subimos de puntillas a la habitación de Julie y cerramos la puerta con cuidado. La tía Berenike había preparado ya el sofá-cama y nos había dejado galletas y zumo de grosellas. Aquella hospitalidad suya era una razón de peso para dormir allí y no en mi casa. Además, mi habitación medía solo ocho metros cuadrados, mientras que Julie tenía incluso su propio baño. Y lo más importante: allí los domingos podíamos quedarnos en la cama todo lo que quisiéramos, mientras que mis padres se empeñaban en que los acompañáramos a la iglesia a las nueve, incluso los días que no había coro.

Al igual que mi madre y la tía Bernadette, en el aspecto físico la tía Berenike había heredado el paquete completo de ricitos-hoyuelos-naricilla-boquita-de-piñón. Pero en todo lo demás no podía ser más distinta.

Sus hermanas aprovechaban cualquier ocasión para mencionar lo «inestable» que había sido su vida antes de casarse, y las tías bisabuelas utilizaban gustosamente adjetivos como «libertina» o «escandalosa» para referirse a ella. Pero la tía Berenike se echaba hacia atrás la melena rizada y soltaba una carcajada. Siempre se reía mucho y quizá por eso sus hoyuelos aún resultaban atractivos, no como los de mi madre y la tía Bernadette, que se habían transformado en dos arrugas de desaprobación, una a cada lado de la boca.

La madre de Julie era de Tanzania y falleció de cáncer de mama cuando ella apenas caminaba. Tras la muerte de su esposa, su padre regresó a Alemania y tiempo después conoció a la tía Berenike. Julie se convirtió así e

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